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¿A quién no le han pedido alguna vez cuando va por la calle, que ponga su firma en unas cuartillas para algún grave asunto? Suelen ser muchachos que colocan su pequeña mesa de aspas frente a unos grandes almacenes o en la esquina concurrida. Se acercan a la gente enarbolando un bolígrafo y una sonrisa, y miran siempre a los ojos, porque creen -¡son tan puros!- que la verdad de los hombres nace de las pupilas. Están plantados en medio del hervidero humano y ven venir de lejos a la gente. Mientras van llegando los transeúntes hasta donde están ellos, seleccionan con la mirada y calibran quién pude tener aspecto de firmar eso para lo que piden una firma. A veces a quien le preguntan pega un pequeño respingo, porque venía distraído y teme se trate de otra cosa, de un tirón o un atraco, y sale huyendo de forma un poco cómica. Otros, en cambio, también descubren de lejos a los que hacen las cuestaciones, y al llegar a su altura aprietan el paso, y los driblan con limpieza, con la habilidad de esos esquiadores que bajan por las laderas cimbreantes entre las varas flexibles. Pese a todo, los cruzados no se desaniman cuando ven que se les escapan, y siguen sonriendo a los que vienen detrás, tratan de adivinar en dos o tres segundos a quién podrían arrancarle una firma, y se lanzan sobre él.
Desde la época de Franco, en que lo único que se podía hacer era firmar todos los manifiestos y escritos de protesta, jamás he vuelto a firmar un solo papel en la calle, por dos razones: la primera, porque la firma de uno, dada de esa manera, no vale absolutamente nada, y porque, salvo la de condenar la pena de muerte, uno ha aprendido también a desconfiar de las Grandes Causas, ya que las Grandes Causas nunca son de Dirección Única.
Un día sugerí a uno de esos chicos que pedían firmas para acabar con la Burocracia, que podían falsificarlas todas y que nadie se daría cuenta, pues en el lugar donde luego las entregan no operan como en un relato de Kafka, comprobándolas, sino que las arrojan directamente al cajón de un ujier, donde dormirán un sueño de quince o veinte años. El muchacho, escandalizado, me dijo con una seriedad adorable que no podían hacer lo que yo le sugería, porque «las cosas había que hacerlas bien», que es lo que dicen los burócratas.
Hace unos días, junto a un quiosco, estaban dos o tres de estos peticionarios, y también un mendigo venerable, de esos con un gabán amplio y raído y unas barbas amarillentas y luengas, uno de esos viejos que piden para vino, con sus buenas narizotas gordas y rojas y una expresión de bondad inalterable. La gente huía de los chicos, pero dejaba sus céntimos en la mano sarmentosa del pobre. Lo tenía a mi lado, mientras compraba una revista. Entonces uno de los chicos le dijo de muy buen talante que lo iban a contratar, porque tenía don de gentes. El mendigo se les quedó mirando. Yo creo que al principio no entendió lo que quería decir. El muchacho siguió bromeando. La juventud es la edad en la que miramos a los ojos y en la que nada nos quita el buen humor. Le dijo, textualmente, «abuelo, te fichamos».
El mendigo sonrió también, porque estaba solo, y dijo que la gente le daba limosna porque sabía que se lo iba a gastar en vino, en cambio ellos iban a tener siempre el mismo problema, porque «¿de qué sirven los papeles?», y añadió: «¿De qué me han servido a mí?». Se quedaron los tres sin decir una sola palabra, porque seguramente pensaban que aquel mendigo tenía que haber sido el primer solidario con su causa. El viejo debió de darse cuenta también de que les había hecho daño, rebuscó en un revoltijo de bolsas, sacó una botella de vino y se la tendió al que había hablado con él, pidiéndole su solidaridad en ese instante supremo de tener que emborracharse solo.