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El triunfo de la vanidad

¿No recuerdan mucho los gestos de Fidel Castro a los de Benito Mussolini, cuando habla, cuando discursea y alza los brazos o los cruza sobre el pecho, al tiempo que levanta la barbilla y contrae la boca en un rictus ambiguo de suficiencia y asco? A veces vemos en la televisión imágenes viejas del Duce, sombras y luces aún tajantes y aceradas, y masas que braman enardecidas cuando el petimetre realiza ademanes que a nosotros se nos antojan nada más que grotescos. Y, sin embargo, en aquel tiempo, con cualquiera de aquellas muecas ridículas podía ordenar la invasión de Etiopía o rendir a sus pies, abrasándola de deseo, a la más hermosa y disputada de las mujeres.

Hace unos días volvimos a ver el documental que la directora de cine Leni Riefenstahl hizo sobre Hitler y que tituló El triunfo de la voluntad, película de una perversidad perturbadora. Quien haya contemplado una vez aquellas imágenes jamás podrá olvidarlas. Todavía ahora resultan inquietantes y desagradables. Miles de soldados en perfecta formación militar, en larguísimas hileras, como en un campo de trigo. Todos sus movimientos están sincronizados. Esto es verdaderamente demoníaco, comprobar que tantos hombres pudieran mover un brazo al mismo tiempo, y la prueba irrefutable de la naturaleza malvada de los ejércitos: nada humano hace lo mismo que su semejante.

En esa película aparece Hitler, claro, en incontables planos: desde arriba, desde abajo, por el cogote, en silencio, gritando a las turbas. Sus palabras son acogidas siempre con delirantes expresiones de entusiasmo y fervor. Son palabras que nacen también al unísono, heil, heil, heil, como certeras balas que buscaran el corazón de la Humanidad. Pero no es esto lo que más impresiona de esa película, sino el propio Führer, con el rostro poblado de tics. Uno de éstos le hacía guiñar nerviosamente un ojo, y al guiñarlo, aquel bigotito suyo subía y bajaba también de una manera nerviosa, imitada de Charlot. Y entonces se preguntaba uno lo mismo: no cómo aquel hombre habría podido llevar al mundo a su guerra más devastadora, sino de qué modo había seducido al pueblo alemán, muchas de cuyas mujeres le encontraban irresistible y apolíneo.

Dentro de unos años es posible que nuestros nietos, repasando las imágenes de Fidel Castro, se hagan estas mismas preguntas. Es cosa indubitable que cuando un hombre ha logrado sostenerse durante cuarenta años en el poder de la manera en que él lo ha hecho es porque se ha vuelto loco, después de haberle vuelto loco a todo el mundo a su alrededor. Como si les hubiera secuestrado el juicio o sorbido el seso.

La Historia ha hecho de él el centro de tantas cosas, que ha acabado por enloquecerse de vanidad. Es probable que ningún país de la Tierra haya sido observado por todo el mundo con tanto interés y pasión como lo ha sido la pequeña isla caribeña de Cuba. Si sobre el Imperio de Felipe Ii jamás se ponía el sol, sobre el nombre de Fidel tampoco, y basta que tosa o mueva una ceja, para que vengan periodistas desde el último rincón de la tierra, como si se tratara del verdadero Rey Sol.

No se crea, sin embargo, que le ha hecho enloquecer sólo la pura vanidad, como a Hitler la Raza o a Mussolini el Imperio, que fueron en ambos casos manifestaciones de sendas metástasis nacionalistas. Pero al fin y a la postre y al otro les sostenían naciones poderosas. Lo raro es lo de Castro. Detrás suyo ni siquiera queda una quimera, sino miseria y una isla que se cae a pedazos. Ésa es la inadecuación que ha acabado con él. La esquizofrenia del que se dirige con la soberbia de un rey a un ejército de fantasmas depauperados, y por eso, cuando habla y discursea, hablando de la Historia, del Hombre, de la Revolución y de las Mayúsculas, le delatan un sinfín de muecas que no son más que grotescas, aunque tan magistral y misteriosamente ejecutadas que sólo nuestros nietos se percibirán de ello de manera cabal.