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Uno de los momentos más solemnes en la vida del hombre es cuando éste, adivinando ya próximo su fin, va desprendiéndose poco a poco de muchas de aquellas cosas de que se ha rodeado a lo largo de la vida, y que han venido a ser como su propia imagen, algo así como si, poco a poco, decidiera ir borrando el azogue del espejo que le ha servido durante tantos años para mirarse en él y comprobar que seguía vivo. Como si quisiera emprender ese último trecho del camino ligero de impedimento, sin nostalgia ni pesadumbre. Es ese momento en el que una tarde, de manera insospechada, la abuela llama a un aparte a sus hijas y va repartiendo entre ellas, en una escena a la que tratará de restar dramatismo y solemnidad, sus queridas joyas, pocas o muchas, pobres o suntuosas, las alhajas que también llegaron hasta ella con historias de amor y de muerte y que aquéllas, sumándolas amor y muerte, repartirán un día entre sus propias hijas.
Está también lo contrario, el caso patético del avaro, que se vuelve tanto más avariento y codicioso cuanto más viejo se hace, figura dramática donde las haya, que los novelistas o pintores nos la representan siempre decrépita, con un pie en la tumba y las manos descarnadas metidas en una arqueta con monedas de oro.
La figura del coleccionista es, por paradójico que parezca, una extraña mezcla de ambas. Podría pensarse que acapara las cosas que colecciona, con pulsión incorregible, pero en realidad no está sino reencauzando el mundo, ordenándolo, tratando de salvarlo del diluvio del tiempo, como hiciera un día Noé, por mandato de Yahvé, en la más grande y completa colección de la que se haya tenido noticia jamás, como fue conseguir dos ejemplares de todas y cada una de las especies del reino animal, y meterla en un álbum que ha llegado a hacerse célebre con el nombre de Arca.
Hay muchas clases de coleccionistas. No siempre codicia objetos valiosos, ni siquiera su coleccionismo guarda una relación directa con su poder adquisitivo. Al contrario. A veces es el hombre acaudalado el que reúne religiosa y tenazmente bagatelas, y otras veces es el hombre de recursos limitados quien, con supremos esfuerzos y obcecación asombrosa, fatiga las sendas de la fortuna, quitándoselo incluso de comer. Está el que colecciona automóviles antiguos y el que busca, en los buquinistas del Sena, estampas de diez o doce francos, el que acopia bolas de cristal en las que nieva dentro cuando se agitan y el que se abisma en los carillones de sus cien relojes, quien va metiendo en unas cajas, como momias tristes, plumas estilográficas o vitolas de puro o posavasos, y quien forma un harén inquietante y funéreo de muñecas de porcelana. Uno les observa en los mercadillos, en las tiendas de antigüedades, en los rastros del mundo, vagando un poco como las mariposas, de aquí para allá, examinando cada flor con una rara mezcla de candor y desconfianza, y les ve, pese a todo, felices como los inocentes. Y son felices porque son inocentes, y son inocentes porque creen que el mundo es eso que van juntando a lo largo de su vida y sobre lo que la vida soplará su viento aventador.
Sí, la mayor parte de esas colecciones, llegado un día, volverán de nuevo a derramarse por las salas de subastas, los mercadillos, los rastros, las almonedas. Y es bueno que así sea. Todo es un río y la fortuna es sabia porque tiene forma de rueda.
La vida no debería ser dramática ni solemne. Un día somos llamados a suceder a alguien y un día llamarán a otro para que nos suceda. Hemos ordenado el mundo y el mundo lo desbarata. El mundo es así completo, en lo que tiene de inacabado e imperfecto. Ayer fue el viejo avaro del invierno quien nos impuso su usura, pero hoy la primavera, una gran coleccionista, se lo gasta todo en flores y por una vez amor y muerte son alegres igualmente.