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Todos conservamos cerca de nosotros unos pequeños álbumes donde ponemos esas fotografías que hemos ido haciendo o que nos han hecho a lo largo de nuestra vida. A veces, con nuestros recuerdos, es todo lo que queda de ella, y quizá por eso, por evitar una constatación tan melancólica, espaciamos su visitación durante años.
Porque nuestra memoria es pequeña y se debilita con el paso del tiempo, necesitamos hacer nuestras colecciones particulares, nuestros amados álbumes, de ciudades, de personas, de películas, de atardeceres, con el fin de revisitarlos de vez en cuando para constatar que no todo ha sido pérdida.
Conocí en cierta ocasión a un viejo homosexual que había hecho la lista de todos sus amores, desde que era un adolescente. Había en ella muchos nombres, quizá más de ciento cincuenta, pero cabían todos en un folio, escritos con su pequeña letra, por las dos caras. En las muchas horas que pasaba solo en su desolada casa de Madrid, repasaba esa lista, y evocaba aquellos días en los que amó y fue amado, o engañado, o no correspondido o sencillamente ignorado. Todo, incluso convivir con espectros del pasado, antes que olvidar y quedarse a merced de una soledad cada día más penosa.
En estos últimos años se ha puesto de moda hacer también listas de los libros fundamentales de la literatura universal. Al fenómeno se la ha dado el nombre de canon. Percibimos en tales canones un como ocioso divertimento escolar, pues otro de los componentes del coleccionismo es su insoslayable carácter infantiloide: creer que las cosas de este mundo tienen principio y fin, como las colecciones de cromos.
Los dos últimos publicados apenas hace unas semanas, son extraordinariamente demenciales. Uno es de los cien libros mejores del siglo y el otro de las cien obras maestras, también de este siglo desdichado nuestro. En una de estas listas se incluye un libro de Hitler, al lado de uno de Kafka, y uno de Tintín al lado de otro de Rilke. Ambas, se supone, las ha confeccionado gente sesuda, preparada, competente. En la otra el bote de sopas Campbell de Warhol comparte pódium con La montaña mágica o con En busca del tiempo perdido, y los nunca del todo muy denostados Walt Disney o Salvador Dalí, tan iguales, posan junto a El jardín de los cerezos de Chejov.
¿No es todo demasiado extraño? ¿Vivimos todos en el mismo planeta, en el mismo siglo, hemos leído los mismos libros? ¿Qué nos ha sucedido? Quien acaparaba a Proust y a Mann con Kerouac o Agayha Christie, ¿lo hacía en serio o no era más que uno de esos personajes que planearon en los años sesenta verter cierta cantidad de ácido lisérgico en los depósitos de agua en Amsterdam? ¿Es la vida un sueño, una pesadilla o una broma sin gracia?
Ni siquiera se trata de añadir todo lo que uno echa a faltar en tales enloquecidos memoriales, porque a los locos es mejor seguirles la corriente. Pero se pregunta uno algunas cosas. Es más que probable que la finalidad de tales listas sea la de conseguir que la gente candorosa se las tome tan en serio, que acabe por hacerlas verdaderas. Pero lo que denotan es un odio visceral: no están hechas a favor de la literatura, sino contra ella, no para conseguir muchos y buenos lectores, sino pocos y mediocres, y las han confeccionado pescadores de río revuelto que no pudiendo sufrir la grandeza de Proust, tratarán de reducirlo a la pequeñez de éste o de aquél.
Tampoco había sido hasta ahora la literatura un hit parade. La literatura era sólo el rincón silencioso que los hombres solitarios teníamos para confortación y consuelo, para alegría y disfrute de los pocos goces nobles que nos han sido dados, lejos de ruidos, de mercados, de subastas, lejos de todas las medidas, 60, 90, 60, que ni son las exactas ni son las únicas ni son las perfectas.