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Todos hemos creído que en alguna parte había alguien idéntico a nosotros, como un doble que pensaba y sentía las mismas cosas, con parecidas tribulaciones y miserias.
Todavía en mi infancia alcancé a oír la leyenda del hombre del saco o sacamantecas, aquel individuo avieso y sombrío que recorría las no menos tiznadas ciudades y pueblos de nuestra agónica posguerra cazando niños que metía en un costal, para después sacarles los untos. Se ve que era un mito propiciado por unos tiempos de hambruna y penuria.
El mito del doble era mucho más literario e inocuo.
Cierto día, en el Flore de París, me sucedió algo extraño. El Flore es uno de esos viejos cafés que no terminan nunca de ser sólo para los turistas, porque tampoco ha dejado de ser para los parisinos, con diminutos veladores del tamaño de un duro y sillas de madera en las que hay que permanecer sentado muy rígido, a menos que se quiera molestar al parroquiano del velador vecino. Con todo, con ser un café al que unos y otros o lo encuentran caro o lo encuentran incómodo, lo difícil es hallar en él una mesa libre, porque es uno de los cafés más bonitos del mundo.
Por eso, si tiene uno la suerte de llegar a sentarse en él, se dedica a estudiar a la gente que pasa por la calle o a los que tiene alrededor. Lo normal, cuando uno ve una fotografía de grupo en la que él mismo está, es que encuentre bien retratados y fotogénicos al resto. Uno, en cambio, se ve mal, por exceso o por defecto, y dice pesaroso: «Todos los demás están bien, en cambio yo…».
Aquel día en el Flore sucedió exactamente lo contrario. Junto a la puerta giratoria había un tipo que se parecía bastante a uno, con el mismo pelo, el mismo corte de cara, hasta las gafas igual, de concha, redondas. Si acaso un poco más joven y con bastante mejor aspecto que uno. A todos nos han dicho alguna vez esa frase estúpida (estúpida porque uno no sabe qué responder), cuando acabamos de ser presentados por primera vez a alguien: «Me recuerdas mucho a un amigo o a una amiga mía…». No fue un descubrimiento agradable. Al contrario, parecía algo diabólico, una especie de versión actualizada del Estudiante de Salamanca, aquel que sorprendió un cortejo fúnebre en que el muerto era él mismo.
Al cabo de un rato llegó una chica, que se sentó con él. Dejó éste como pudo el libro sobre el velador, que ocupaba con apreturas una taza de café y un vaso de agua. Ella era bastante más joven que él, bellísima, y vestía como sólo saben hacerlo las francesas desde los dieciocho años, con esa mezcla que sale de juntar París y dos palabras: jeunesse y glamour, juventud y magnolias. La mujer que venía conmigo exclamó, con extraña melancolía: «Ella, en cambio, es más joven y más guapa que yo». Al levantarse para salir, pasaron junto a nosotros, pero iban lo bastante distraídos con su conversación como para reparar en nada. Podría pensarse que era yo quien salía por la puerta giratoria acompañado de aquella chica, envuelta en un perfume demasiado sofisticado para sus pocos años, pero al mismo tiempo que me alegré por él, me alegré de no ser él, lo que no quiere decir que estuviera contento con ser yo. En cualquier caso fue un encuentro desagradable.
La vida está llena de sucesos como éste, intrascendentes y raros, de los que no puede uno extraer enseñanza ninguna. A todos nos han sucedido. De niño soñábamos con encontrar a alguien que se pareciera a nosotros y de mayores el menor parecido nos inquieta y aterra. Todo esto tendría que tener una explicación. Pero no la tiene y, pese a no estar contentos con lo que somos, tampoco querríamos cambiarnos por otro. Ya digo, todo muy raro.