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Hablando de teatro, dijo Chejov que no se podía sacar una carabina a escena si no se pensaba hacer uso de ella. Otra versión de esta frase, del mismo Chejov, decía que si se ponía un clavo en una pared y una soga, no había más remedio que colgar de ella a alguien.
En bastantes novelas actuales salen tipos que llevan pistola y comenten un crimen. Buscan a alguien durante diez o quince capítulos para matarle, y al final lo consiguen. A veces lo matan en las primeras páginas, y entonces la novela es la huida del asesino hacia su arrepentimiento o hacia el fracaso. Si la novela la ha escrito un hombre petulante aparecerán unas cuantas consideraciones vulgares sobre la violencia, la ignominia y la infamia y unas cuantas cópulas atormentadas. Si no es más que una novela para las librerías de los ferrocarriles, tendrá la misma clase de frases deleznables sobre la vida, pero las coyundas serán un poco más lúbricas y risueñas. Las pistolas en ambos casos tendrán categoría de personaje o mejor de símbolo, como en los primitivos autos sacramentales, donde había personificaciones de la Riqueza o la Muerte. Lo más difícil, sin embargo, en España al menos, si no se es de la policía o de la delincuencia organizada, es conseguir una pistola. Por qué los novelistas, que suelen llevar una vida regular y burguesa, muestran esa propensión a las armas de fuego y tanta querencia por los malhechores o los arrebatados, es una cuestión difícil de dilucidar.
En el cine la proporción de policías que aparece en la pantalla es infinitamente superior a la de cualquier otra profesión. Pocos de nosotros podrán asegurar que hayan presenciado un tiroteo entre atracadores o un asesinato, y se diría, si nos fiásemos del cine o de las películas que emiten sin descanso en la televisión, que nos pasamos la vida o robando o asesinan do, o robados o asesinados, entre elípticas sirenas policiales de destellos azules y clarines psicodélicos.
La vida de la mayor parte de nosotros es monótona y gris, pese a lo cual no querríamos cambiarla por la de ninguno de esos héroes de novela ni de película, ni siquiera con el señuelo de besar a Sharon Stone o a cualquier otros de los planteamientos carnales con los que se regalan los hombres que tienen alguna relación con las pistolas o con la policía.
Uno de los grandes títulos de todos los tiempos es, sin lugar a dudas, el que Baudelaire puso al frente de sus poemas, Las flores del mal. Y sin embargo muchos de esos versos no son sino un canto a la virtud y a la inocencia perdida de alguien que se encuentra en un infierno del que no puede salir.
De igual modo no se habrá visto nada más desprestigiado que la felicidad, dentro de la cual la modernidad se ha ensañado crudamente con la conyugal, sinónimo en muchos casos de todo lo execrable: vida burguesa, adocenamiento, ataraxia intelectual. El mal es fotogénico, sin embargo. Y pese a ello todos querríamos llevar una vida estable, eternamente enamorados de la misma mujer o del mismo hombre, llevando una existencia saludable y metódica. Tal vez menos fotogénicos, pero más felices. ¿Qué nos seduce, entonces, del mal? En las películas y en las novelas las mujeres suelen preferir los tipos duros a los sentimentales, los que tallan músculos de acero a los que tienen las carnes flojas, pero la mayoría de nosotros somos sentimentales y no hacemos gimnasia ni podemos saltar una valla en caso de una persecución.
¿Por qué las novelas y las películas no quieren saber nada de nosotros? No sería tan difícil descubrir que además de tener un aspecto poco glorioso y llevar una existencia anodina, somos igualmente infelices, como todos esos héroes que fracasan cuando aparece sobreimpresionada en su vida la palabra fin.