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En los años en los que aquí resultaba difícil escribir de cualquier cosa, se hizo popular una clase de artículos característicos. Era, por llamarlo así, un periodismo blanco, que no comprometía a nada, como un género dentro del periodismo, que practicaban incluso los grandes periodistas de la época, de Ruano, Azorín o Pla para abajo, artículos que podían leerse en familia. Cada estación tenía los suyos fijos, como también sus frutos. En otoño todos los articulistas del país parecían ponerse de acuerdo, de la misma manera que los lectores, que habrían quedado defraudados si no leían el artículo de la castañera, o en navidades el de los pavos, o en verano el del botijero, o en primavera el de los novios que iban a remar al estanque del Retiro o a pasearse por las alamedas provinciales. Dentro del género triunfaron también mucho los artículos de los oficios que iban pereciendo: el afilador, el espartero, el aguador, el fumista. Incluso podía uno encontrarse con un artículo sobre el verdugo, siempre y cuando fuese un verdugo del pasado y no del presente.
Los oficios, como las especies, han de adaptarse al medio para sobrevivir, al igual que las manufacturas y las máquinas. Hace años en la calle de Hortaleza, en Madrid, se concentró un gran número de comercios que vendían máquinas de escribir, nuevas y viejas. En muchos de estos establecimientos se impartían también clases de mecanografía. Pasaba uno por la calle y veía, a través de los escaparates, veinte o treinta señoritas, de espaldas al público, aporreando con entusiasmo y furia los teclados mientras el instructor les leía un pasaje de un Quijote maltratado por el uso. En unos pocos años, con la irrupción de los ordenadores, esas tiendas ofrecen un aspecto deplorable y polvoriento, y los dueños, con los brazos cruzados, se pasan el día en el quicio de la puerta, viendo pasar la gente.
Puede uno ser partidario de las viejas máquinas de escribir, mucho más bonitas que todos los ordenadores, por lo mismo que el Orient Express podría resultar más lento, pero, desde cualquier otro punto de vista, más satisfactorio que nuestros trenes modernos. Lo cierto es ya, sin embargo, que las locomotoras de vapor han desaparecido y las máquinas de escribir se nos harían insufribles, de tener que volver a ellas.
De los oficios antiguos hay uno que aún persiste, de modo inexplicable, el del limpiabotas, que nació justamente cuando el 90 por 100 de la población gastaba alpargatas, para limpiarles los zapatos al otro 10 por 100. No sé de qué modo ha podido sobrevivir el que se pone a diario en una de las esquinas de la Gran Vía, precisamente enfrente de aquella otra donde aguardan las mujeres de la vida, viejo oficio también. En cierto modo se parecen mucho ambas ocupaciones; los clientes siempre son hombres. Llegan y el limpia los sienta en una silla de tijera, y él, en cuclillas y a sus pies, empieza a encerar y lustrar los zapatos. Una vez, hace años, por saber lo que se sentía, yo también hice que me limpiara los míos. Fue una experiencia desagradable tener de rodillas delante a un hombre hecho y derecho, como si fuese a suplicar clemencia, allí, delante de todo el mundo que pasaba, haciendo que uno se sintiera un reyezuelo africano, o peor, una reliquia de los tiempos del estraperlo y el mercado negro.
A veces, al ver las dos esquinas, una enfrente de otra, he pensado que los hombres, antes de irse con las fulanas, se hacían limpiar los zapatos. Como una delicadeza. Sería, en medio de todo, enternecedor. Pero no. No se sabe por qué el hombre, que ha acabado con otros oficios mucho más nobles, preserva en cambio éstos, tenidos por suntuosos, en los que la única dolorosa ciencia es estar uno arriba y otro abajo, como el de la otra esquina también.