38587.fb2 La brevedad de los d?as - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 24

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El transeúnte virtual

La vida que lleva uno es finita y curva, como el espacio, volviendo sobre sí con la fatalidad de un nudo, pero no un nudo gordiano, sino simple, uno de esos lazos corredizos que se desharán al instante cuando alguien tense y tire de los dos cabos. Así se desvanece la vida para todos nosotros. Cada día, al acabar la tarea, hacia las siete de la tarde, me bajaba a la calle y vagaba sin rumbo fijo durante una hora. No iba a ninguna parte, no miraba escaparates, no entraba en tienda ninguna, no me sentaba en los bancos de la vía pública. Sencillamente iba por ahí, como un pequeño Soares, pero sin la rúa de los doradores, sin la Baixa, sin nada que no fuese el áspero y frío viento del Guadarrama o el ardiente airón de Toledo. No sacaba conclusiones, no pensaba en España ni si España me dolía un poco, señal de que seguramente no me dolía en absoluto, así que ni siquiera tenía que fingir un dolor insincero. Tampoco entraba en ningún bar, porque me habría deprimido beber solo, al lado de personas que también beben solas, que vagan igualmente en esos momentos fatales de los atardeceres urbanos, y a los que quizá, de estar junto a ellos, hubiera tenido que preguntarles por la vida que llevaban y las razones por las cuales estaban en ese momento ahí, a mi lado, hablando con un desconocido, y a los que habría tenido que contarles mi vida y las razones por las cuales hablaba en ese instante con ellos, cuando en realidad tendría que haber estado solo, porque hablar con los desconocidos me deprime.

A veces, no obstante, me encontraba con un amigo que era un poco como yo mismo. Bajaba también a esa hora terrorífica de las siete de la tarde. No sé lo que hacía. Creo que salía también un poco desesperado, con una carta en el bolsillo que decía que iba a echar en el buzón, aunque él y yo supiéramos que siempre era la misma carta, que llegaba al buzón y no la echaba nunca, y se volvía con ella a casa, para poder salir a la calle al día siguiente y decir que iba a hacer algo. Por eso, aunque jamás nos lo confesamos, nos alegrábamos de vernos, pero jamás pasó nuestro trato de ese quedarnos de pie en la acera hablando, a veces durante media hora. A ninguno de los dos se nos ocurría decir, vamos a entrar en ese bar a beber, porque en cierto modo éramos el uno para el otro un desconocido, y el ir a beber juntos nos habría obligado a contarnos nuestra vida, y hubiésemos dejado de ser vagamente desconocidos, el estado perfecto.

Hablábamos, nos despedíamos y dejábamos de vernos, a menudo hasta seis meses o más, pero siempre sabíamos que teníamos eso, que en la calle nos esperaba alguien, aunque no lo encontráramos.

Se ha metido en La Red, la nueva logia de la fraternidad universal. Al principio me habló mucho de eso, de la navegación, de los rincones del mundo, de las esquinas de la vida. Parecía un ballenero, en medio de la calle, haciendo planes para zarpar, o mejor, el segundo contramaestre de La Hispaniola. Hace un año que no le he visto. Quizá haya encontrado el tesoro, quizá le haya matado Moby Dick.

Lo que es evidente es que ya no necesita de los buzones amarillos.

Yo también he entrado en la logia. Hemos dejado de vernos por el barrio. Podríamos encontrarnos alguna vez en la pantalla del ordenador, pero sé que jamás volveremos a vernos. Como yo, ha pasado de ser un transeúnte real a ser una sombra virtual. Al menos antes la vida no sólo era un simulacro.

Nos veíamos al caer la tarde, hablábamos, nos separábamos siempre en la misma dirección, la de ninguna parte. Pero ¿ahora? Lo llamamos navegar, pero todos sabemos que estamos parados en un punto infinito de La Red, el de nuestra propia nada triangular de las Bermudas.