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Dicen que el albacea literario de León Felipe inventó el futbolín hace alrededor de cincuenta años en el exilio mejicano, y que la patente de ese invento le proporcionó ingentes sumas de dinero. No sé ni siquiera si esa historia es real o inventada, pero la he oído relatar muchas veces y en cierta ocasión alguien me señaló a un hombre viejo que porfiaba violentamente con uno. Llevaba unas ropas gastadas y oscuras. Me dijeron: aquél es el albacea de León Felipe. ¿El de los futbolines?, pregunté. El mismo. No parecía ni mucho menos un hombre rico. Quizá no lo había sido nunca, quizá había gastado ya su inmensa fortuna, y su furia procedía de eso, de ver cómo los juegos eléctricos habían desbancado definitivamente su invento mecánico.
Como en todas las historias hay al go en ella absurdo, tal vez la triangulación entre la Poesía, la Muerte y el Fútbol.
La vida está llena de historias parecidas, que nos gustan a todos por lo que tienen de fantásticas combinaciones: el inventor del chupachups, el de la fregona o el de las tapas de los refrescos. También, claro, el de aquellos futbolines que de una u otra forma estuvieron presentes en la infancia de todos los chicos de una cierta España.
Del fútbol grande creo que se ha dicho todo, desde todos los córners posibles, con pedantería, sin ella, con gracia, cosas ingeniosas, retorcidas, banales o metafísicas. Ha originado incluso cierto lenguaje poético, y así, al oír en la retransmisión de un partido la palabra cancerbero o la palabra esférico parece que viviéramos un sincretismo literario que ha resucitado a los griegos y a los futuristas al mismo tiempo.
Cuando Franco, se aseguraba que se usaba el fútbol para alienar a las masas. Franco murió y en unos años empezamos a ver que los mismos intelectuales que habían dicho lo de la alienación, hablaban ahora con entusiasmo del fútbol, como auténticos proletarios, porque se conoce que el fútbol que era reaccionario con Franco, sin él dejó de serlo.
Nunca he pisado un estadio de fútbol. Si me hubieran llevado de chico, tal vez le habría cobrado afición, como veo que les ha ocurrido a otros. Ahora, a mi edad, va a ser difícil que el hábito varíe.
Del fútbol sólo le quedan a uno los penosos recuerdos del colegio, aquella liguilla obligatoria jugada en frías y sombrías tardes de invierno. Perseguíamos con desgana durante una hora y media una pelota de cuero que olía a sebo y que alguien remedaba con leznas de zapatero, lo que acababa por darle un aspecto primitivo y picado. Esto, unido al estado en el que quedaban nuestras rodillas, desolladas sin piedad sobre una tierra roja y dura, arrimaba al juego del balompié un sinfín de matices heroicos y dolorosos.
Ésa fue la razón por la que uno acabó encontrando mucho más interesante, y menos cruento e ingrato que el fútbol, el juego del futbolín, pese a que el nuestro, único, viejo y sucio, lo compartiéramos doscientos cincuenta internos en tardes aún más frías y sombrías, precisamente aquellas en las que la lluvia o la nieve impedían salir a los mal llamados campos de deporte, un yermo pedregoso y polvoriento que había sido una viña de uvas agrias y en el que, aquí y allá, solían aparecer desafiantes y pugnaces algunos tiernos brotes de aquellas primitivas cepas.
Dicen que si los juegos prenden en los hombres es por su valor simbólico. El del fútbol debe de ser muy grande, puesto que tantos millones viven pendientes de él. El futbolín debió de tener también el suyo. Quizá fuese sexual, con aquellas manipulaciones y los giros violentos y las acometidas de pelvis. ¿Quién podría decirlo? Supongo que llegará un día en que ya no quede ni uno solo de aquellos armatostes pesados y ruidosos, y se olvidarán de ellos, y del albacea del poeta León Felipe, y de León Felipe, y de ti, lector, y de mí, o sea, lo de siempre, el viejo juego de una elegía lamentable.