38587.fb2 La brevedad de los d?as - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 28

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La mortaja de Antonio Machado

La idea general es ésta: la vida de un escritor es irrelevante. ¿Qué sabemos de Homero? Ni siquiera estamos seguros de que no fuese una invención de la antigüedad, una feliz y poética patraña como lo fueron Hércules o Prometeo. Ahora bien, si llega a nuestro conocimiento algo de esas vidas, es legítimo que nos sirvamos de ello para comprender mejor la obra.

Aunque no conociéramos nada de la vida de Shakespeare ni de la de Cervantes, ambas igualmente misteriosas y ambiguas, leeríamos sus obras con el mismo asombro, gratitud y placer. Un día, sin embargo, sale a la luz una carta, un documento, un dato precioso e inesperado. No es legítimo que la vida interfiera en las obras de los escritores, de los pintores y artistas, y sería injusto que ese nuevo dato viniera a mermar nuestra consideración por ellas. Al contrario, lo que conocemos de esas vidas nos ayudará a entenderlas. Nos es indiferente que Cervantes fuese, por ejemplo, judío u homosexual, y que ambas cosas pudieran probarse de manera irrebatible. Si fuese así, condicionaría nuestra lectura de algunos pasajes, desde luego. ¿Esto sería bueno? Quién sabe. Quizá fuese preferible que de momento no se pudiese probar ninguno de los dos extremos: cuando la gente supiera que además de haber escrito el Quijote era judío y marica, tendrían una disculpa más para no leerle, sin contar con la desagradable propaganda que tendríamos que soportar de todos aquellos que justamente porque Cervantes perteneció a su misma logia, encontrarían irrelevante leerlo, entusiasmados por tenerlo en la facción.

Pero no siempre la revelación de un dato modifica el pasado hasta dejarlo irreconocible. Normalmente lo completa, como nacen las sombras cuando se acerca una llama.

Viene, en un libro modesto de hace veinte años, un pequeño dato que jamás habíamos leído en ninguna otra parte. El autor, Carlos Sampelayo, un periodista exilado, rememora un momento en la vida de Antonio Machado. En realidad es de su muerte de lo que habla. Cuenta Sampelayo cómo llegó él a Colliure, desde un campo de concentración, el mismo día en que el poeta acababa de morir. Le dieron la noticia en un café de ese pueblo Zugazagoitia y Cruz Salido. Las circunstancias de esa muerte, como todo el mundo sabe, fueron penosas: el poeta y su madre acababan de entrar en el exilio por la puerta grande: viejos, sin dinero y enfermos. Los acogieron en un hotelito de ese pueblo. Al morir Machado, la madame que lo regentaba pidió que lo sacaran de allí, porque un muerto causaba enorme desprestigio al establecimiento. La convencieron de que aquel hombre era un sabio y un poeta célebre e importante y se avino de mala gana al velatorio. Luego la madre. Sin embargo, fue ella quien pidió a estos tres hombres que buscaran un hábito de San Francisco para amortajar a su hijo. Tardaron en encontrar un sayal viejo y sucio al que faltaba el cordón. Sirvió en su defecto una soga burda que prestó la madame. Lo amortajaron, cerraron la caja y pusieron por encima la bandera republicana. Es probable que haya sido la única vez en la historia que se enterró a alguien amortajado de franciscano bajo aquella bandera. Al día siguiente murió su madre y a los dos días llegó, desde otra bandera, su adorado hermano Manuel y la mujer de éste, quien, a su vez, en vida, acabaría vistiendo, ya viuda, parecido sayal.

Es, como se ve, un dato pequeño en la vida de un poeta. No sirve de nada para leer su obra. Ni siquiera sabemos si todo eso fue exactamente así, aunque para qué iba a mentir el periodista. No es más que un fleco de la historia de un hombre cuya obra nos conmueve lo indecible, algo como el eco de un Mairena a quien esta clase de insignificancias volvía más filósofo, más sabio, más sentimental y más escéptico.