38587.fb2 La brevedad de los d?as - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 31

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Lo mejor de los periódicos

Hace unos pocos años conocimos a un tipo que decía trabajar en El País, en Madrid. Nos aseguró que se ocupaba de la sección de necrológicas. Un día nos confesó que la mayor parte de las necrológicas que sacaba se las inventaba él mismo y las hacía pasar como buenas. Tenía ciertas inclinaciones literarias. Las inventadas por él eran siempre vidas extraordinarias, un violinista austrohúngaro, una vieja actriz, amante del Duce, el inventor de algo extraño y productivo, un antiguo indiano que había dejado su fortuna a una organización benéfica, en fin, siempre biografías ejemplares o pintorescas. Nos las enseñaba ufano publicadas. Se enorgullecía de que nadie sospechara nunca nada. Aquel hombre, después de una triste historia de separaciones y alcoholismo, murió él mismo y un día averiguamos que jamás había trabajado en El País. Aquella confirmación nos dejó perplejos, pues habíamos visto aquellas necrológicas, las habíamos leído, y en efecto la mayor parte de ellas eran absolutamente inverosímiles. Fue un enigma que jamás hemos sabido ni podido resolver.

Hace unas semanas, en un rincón de un periódico español, ese rincón que se reserva a las noticias que han de ser reutilizadas por los novelistas, se informaba del despido de la columnista del The Boston Globe que se inventaba las historias que publicaba en él.

Todo el mundo ha pensado alguna vez que la mayor parte de las noticias que leemos a diario, sobre todo en la sección de sucesos, no podían ser verdad. Mientras la vida transcurre en los parqués de la bolsa, las cámaras de los bancos, los parlamentos y los consejos de ministros, todo tiende de por sí a la irrealidad. Pero es en la sección de sucesos, nutrida siempre de realidad y de vida, perentorias y extremas, donde las cosas adquieren todas su justa proporción de irrealidad, que acaba volviéndolas inmediatamente novelables, y por ende, tan inverosímiles, lo mejor de los periódicos.

Esa mujer a la que han expulsado del The Boston Globe, Patricia Smith, de cuarenta y dos años, finalista del Pulitzer, inventaba en sus columnas historias estremecedoras e impactantes. En una de ellas, por la que ha sido desenmascarada, relataba la agonía de una enferma que se estaba muriendo de cáncer. Al parecer sus lectores esperaban cada semana sus artículos, que devoraban conmovidos, como aquellos marineros ingleses que seguían los folletines de Dickens por los barcos con los que se cruzaban en alta mar. El caso nos lleva a hacernos algunas consideraciones de orden moral, la primera de todas muy importante: ¿Cómo unos hechos ficticios logran arrancar del corazón de los lectores sentimientos reales que ni uno solo de los hechos reales consigue despertar? ¿Cómo el relato de esa mujer que sólo se estaba muriendo en la imaginación de su autora llegó a hacerse más real que todos los niños, hombres, mujeres y viejos que mueren a diario, de forma irremediable y dolorosa, en las páginas de cualquier periódico?

Smith, descubierta sólo cuando The Boston Globe comenzó a aplicar a sus columnistas el mismo sistema de control de veracidad que a sus informadores, pidió informar ella misma del caso a sus lectores en la que ha sido su última crónica en ese periódico.

Lo que posiblemente no sepan en El Globo de Boston es que todo ha sido una treta de la propia Smith, que ha querido dejar el periódico y no se le ha ocurrido nada mejor que dibujarse ella misma la puerta por la que desaparecer, como vemos que hacen a menudo La Pantera Rosa y otros héroes de la animación. Detrás ha quedado una duda, más firme cada vez, de que todo lo que leemos es una sutil e insidiosa mentira, urdida por alguien para entretenimiento de unos dioses demasiado crueles.