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Una de las primeras cosas, si acaso no la primera, que le sorprende al viajero meridional por tierras inglesas son esos cementerios pequeños y silenciosos que hay en medio de los pueblos, incluso de las ciudades. Son siempre muy parecidos: una iglesia y a su lado una pradera con el césped cuidado y eternamente verde en el que están clavadas, con asimetría e indolente aplomo, unas cuantas cruces y lápidas negruzcas, cubiertas de musgo y de líquenes. Todo en ellos es sencillez, y si en alguna parte el silencio alcanza una mórbida voluptuosidad es allí. A diferencia de la iglesia, que casi siempre está cerrada, estos cementerios ingleses están siempre abiertos.
Se entra a ellos por una cancela de hierro, como se entraría a un jardín. De hecho la verja que los cerca les da ese aspecto. Suelen ser también verjas que tienen cien o doscientos años, de lanzas herrumbrosas y de poca altura, probablemente para que puedan saltarlas los chicos, como prueba el hecho de que sus puntas sean romas y su filo embotado.
Hace años, en Hampstead, al norte de Londres, donde pasamos un verano, vivimos muy cerca de un cementerio precioso. La gente solía atravesarlo cada mañana para tomar el metro e ir al trabajo. Preferían aquel itinerario no sólo porque les ahorrara unos minutos, sino porque el paseo era agradable. El contraste de aquellos seres que se apresuraban a sus negocios diarios y el de los muertos en su perpetua inamovilidad, era, o así me lo parecía a mí, algo muy hermoso, un homenaje que le hacía la vida a la muerte, con el acompañamiento añadido de todos aquellos mirlos que silbaban sin desmayo.
A mediodía, cuando el frío sol inglés se mostraba más benigno y considerado, bajaban al cementerio algunas de esas mujeres que les dan de comer a las palomas y a los gatos vagabundos, y unos viejos con sus bastones. A éstos, en cambio, daba un poco de congoja verles pasear aquellas sendas, porque ofrecían la penosa impresión de estar eligiendo ya un lugar propicio y perentorio. En cualquier caso, sorprendía que los muertos formasen parte tan activa de la vida de los vivos, a contrario de lo que sucede entre nosotros, donde los cementerios están siempre a las afueras de los pueblos, metidos entre cuatro tapias viejas con aspecto de corral de cabras, como si además de muertos fueran apestados. No obstante, alguna vez los muertos entre nosotros vuelven a la vida, a formar parte de la que llevamos, apresurada también y sin sosiego.
Hace ya muchos años, seguramente cuando morir en un accidente de carretera no dejaba de ser un hecho excepcional, se extendió la costumbre de poner una cruz de piedra en el lugar del suceso. Algunas de esas cruces todavía se conservan, sobre todo en las carreteras pequeñas cuyo trazado no ha variado en los últimos cincuenta años. Entre el pueblo de la Herguijuela y Santa Cruz de la Sierra, puede verse aún, al salir de una curva inesperada, una de esas cruces. Es un paraje umbrío y romántico, como la misma carretera, entre encinas de un paisaje infinito. Si alguien preguntara, como yo lo he hecho, es probable que nadie supiera darle razón de esa muerte, ya lejana, que todos parecen haber olvidado. Y sin embargo, cada año, por estas fechas veraniegas, al pie de la cruz, alguien deja unas flores sabiendo que apenas tardarán unas horas en marchitarse bajo el calor extremeño. Cada año también, al pasar por esa carretera, volvemos a tropezarnos con una muerte del pasado, revivida, pero lo que sentimos en realidad es más bien aquella vida, ya pasada. «Sosegaos, dormid; dormid, si es que podéis. / Acaso Dios también se olvida de vosotros», escribió Cernuda de los muertos de uno de aquellos cementerios ingleses. Nuestros muertos esperan aún en una remota carretera. Son como nosotros. Somos nosotros incluso, pero antes, al recordarles, han querido que fuésemos como pequeños dioses que no olvidan.