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Cuestiones bizantinas

I

En literatura, como en casi todo, hay un escalafón, no sólo entre los literatos, sino entre los géneros. Es un escalafón extraño, pues cambia con el tiempo y las modas, como si una temporada mandaran los coroneles y la siguiente los comandantes y los sargentos. El copete literario actual es la novela. Ha detentado su cetro durante ciento cincuenta años. Se lo arrebató a la poesía, quien a su vez lo compartía con el teatro, y desde entonces, desde los remotos tiempos del romanticismo no lo ha soltado. El pistoletazo de salida lo dio Werther, aprovechando la bala para metérsela en la cabeza.

La novela es también el género que concita hoy mayor número de lectores, casi diríamos que el único. La poesía, para usar la imagen de Octavio Paz, lleva en las catacumbas cincuenta años cultivada por sectas más o menos conspicuas, y en cuanto al teatro ha terminado siendo una cosa que oscila, según los actores y las obras, entre la arqueología más o menos noble, las deleznables y bochornosas funciones de final de curso o la pirotecnia subvencionada. La filosofía, si la poesía está en las catacumbas, sigue en las trincheras universitarias resistiendo como puede.

De vez en cuando el hombre necesita, por razones de supervivencia, extender actas de defunción, por lo mismo que para seguir vivos enterramos a nuestros muertos, incluso cuando están vivos. El de Dios ha sido el funeral que más ha dado que hablar, pero cuando Nietzsche lo ofició no estaba declarando y celebrando una desaparición, sino una presencia; la suya propia. Zaratustra necesita enterrar a Dios para que Nietzsche, y con él el hombre nuevo, siga vivo y se realice.

A lo largo de este siglo hemos asistido a numerosos levantamientos de cadáveres. He aquí, en el ámbito de la cultura, algunos. Desde luego el teatro, la poesía y el ensayo para la mayoría son carne momia. Cuando la televisión se extendió por el mundo, se dijo que había matado al cine, cuando en realidad lo resucitaba. Hace veinte años se dijo también que había muerto la pintura de caballete de la misma manera que hace cincuenta se afirmó que lo había hecho la pintura y la escultura figurativas, ante el empuje de los informalismos abstractivos. De la música seria de sala de concierto se repite periódicamente, y cada otros diez años alguien pronostica también la definitiva desaparición del toreo.

Hace unas semanas Eduardo Mendoza, un novelista serio, aseguraba que la novela ha llegado a su fin, mientras declaraba su fe en el teatro, del que ve un resurgimiento indubitado. Aunque es algo parecido a sostener que ya no cree que Dios haga milagros, pero que tiene puesta la fe en que los siga haciendo la Virgen de los Remedios, es una opinión respetable. Las declaraciones de Mendoza han producido otras, de rechazo y de apoyo. Entre estas últimas alguien ha recordado que los lectores de novela, comparados con los que emplean su tiempo en la informática o en los videojuegos, es una minoría, como si la vitalidad de una cosa viniera determinada por el sagrado principio de la democracia, inaplicable al arte, y olvidando, de paso, que cualquier novelucha publicada esta semana va a contar más lectores que todos los que tuvo el Quijote durante un siglo y que todos los que tendrá durante este mismo año.

Dios ni existe ni deja de existir porque Nietzsche lo dictamine. Existirá cada vez que alguien, en medio de «la noche oscura del alma», lo necesite esperanzado. Y dejará de existir cuando otro, también en medio de «la noche oscura del alma», desespere y se ahogue sabiéndose vigilado por Él.

La novela no es más que la necesidad de vivir otras vidas. Mientras alguien nos las siga contando alguien habrá que quiera saber de ellas. Todo lo demás son muy palaciegas cuestiones bizantinas.

II

Tiene que haber un hombre contemporáneo como hubo un hombre renacentista y otro enciclopedista. Pensamos en el hombre romántico y nos imaginamos a un joven que ama las noches de luna llena, las ruinas góticas, los viajes por España, Tunicia o Italia, las corbatas de seda y la caligrafía inglesa, y frente al tono declaratorio de los neoclásicos, sus abuelos, el íntimo de las confidencias perentorias.

¿Cómo es el modelo de hombre contemporáneo? Es sin duda una persona fruto de una síntesis, que asegura gustar lo mismo de Velázquez que de Rothko, de los Rollings tanto como de Mozart. Lo mismo saborear unas migas mensajes que rollitos de primavera, una vichyssoise que sesos de macaco vivo. Es alguien también al que no le sorprende casi nada, porque ha estado al menos en tres de los cinco continentes. El hombre contemporáneo, además de ser un hombre ocupado, es el hombre de mundo por antonomasia, y a diferencia de otras épocas en que sólo podía ser romántico, renacentista o enciclopedista un tanto por ciento de la sociedad francamente reducido, en consideración sobre todo a las rentas del capital o del talento, hoy día, en según qué países, puede ser un hombre de esprit prácticamente todo el que se lo proponga: basta con ir a una exposición el domingo por la mañana, y por la tarde al fútbol. En cuestiones políticas es exigente: quiere siempre pagar menos impuestos y soporta impaciente el burbujeo gaseoso que le sube de su conciencia cuando se le hace testigo en los telediarios de hambrunas, inundaciones y masacres de países que tienen el pésimo y fastidioso gusto de seguir siendo medievales y no contemporáneos a la hora en la que ellos están viendo la televisión.

Detrás de la ciencia de un hombre del Renacimiento estaban, girando, los astros y las estrellas, y con ellos media docena de preguntas sobre nuestra infelicidad: quiénes somos, por qué hemos creado a los dioses o por qué somos su juguete. El contemporáneo, por el contrario, ve en la ciencia un auxiliar comodísimo para conseguirlo todo sin salir de su casa, desde detergente para la lavadora hasta el modo de satisfacer sus pasiones, por innobles o abyectas que sean si tiene tarjeta de crédito. El contemporáneo sigue siendo infeliz, pero básicamente es un ser satisfecho, si el banco se lo permite.

No sabe uno si la novela es un género literario que ha dejado de representar al hombre contemporáneo, como han sugerido algunos ilustres colegas, pero no parece que el Quijote representara mucho a la sociedad española del momento, ni nadie hubiera podido decir que El Gatopardo iba a ser posible en la Italia industrial de posguerra. Así que a uno le da igual que la novela sea ya un género del pasado, esté muerta o vaya a resucitar, porque todas las grandes obras más que abrir caminos, los cierran, cosas todas que no se ven sino pasado el tiempo. Los españoles sabemos algo de eso: después de haber tenido un Siglo de Oro nos ha costado cien años reconocer que habíamos tenido otro como quien dice ayer, que estaba casi muerto, y que tan grandes como Cervantes, Manrique, San Juan o Quevedo son Galdós, Machado, Juan Ramón o Unamuno. Ni más ni menos.

¿De qué estamos hablando? Hablamos de la vida. El tema es lo de menos. Los neoclásicos llegaron a creer que una obra se podía salvar si salía en ella una buena caterva de dioses griegos, por lo mismo que hay quienes hoy creen que las novelas han de principiar con una gachí, en sujetador o desnuda, a la que alguien haya matado con una pistola (heredada a ser posible de Bogart), sin sospechar siquiera que la vida y lo mejor de ella están siempre en otra parte, y no lo dudemos, algunas de las mejores novelas de este tiempo ni siquiera las hemos leído o las leímos y tampoco nos dimos cuenta o están, ahora mismo, escribiéndose en cualquier buhardilla, como decía Pessoa.