38587.fb2 La brevedad de los d?as - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 41

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El loco de los caminos

En cada pueblo, en cada barrio, se diría incluso que en cada calle hay un loco pregonado y notorio. Anda suelto, casi nunca hace daño a nadie, la gente lo conoce, algunos le socorren, otros pocos le chinchan e impacientan y casi todos, cuando lo ven, lo saludan de buen humor: «!Eh!, Fulano», le dicen, «¿Qué tal va todo?», aunque nadie se detiene luego para escuchar la respuesta.

El Pago de San Clemente es una pedanía de Trujillo, pueblo éste de donde salió Pizarro para conquistar el Perú. De un lugar al otro hay dos leguas. Ese camino y otros muchos de estas sierras los anda un loco al que llaman Miguel. El andarín cuenta en leguas y los automóviles en kilómetros. El loco de nuestra calle de Madrid también se llama Miguel. Es una coincidencia, aunque pudiera ser que se tratase del mismo loco que andase de aquí para allá disfrazado, pues gustan los locos y los dioses obrar de modo que los mortales no les comprendan. Cosas más raras se han visto.

El Miguel trujillano está todo el día en los caminos, unas veces le vemos andando por el arcén de las carreteras comarcales, otras por las callejas intransitables y angostas de la sierra, a menudo campo a través, por los olivares y encinares, a la deriva. Puede uno verlo de día, de noche, al mediodía, al amanecer, con los rigores del invierno y la flama de agosto. Va siempre con un fardo a la espalda, pero los niños no se asustan de él. No reposa nunca. Debe tener más de cincuenta años y menos de sesenta. Es algo, fuerte, con las manos grandes de los anacoretas y los ojos hundidos y brillantes de los visionarios.

Unos días anda detrás de las criadillas de tierra, otros va a por cardillos o espárragos trigueros o escobas, que atropa y merca en Trujillo con discreción a quienes le hacen la caridad o el avío de comprárselos.

Las mujeres, sobre todo si son viejas, aseguran haberse asustado si por casualidad se lo toparon un día en tal o cual vado, en tal o cual encrucijada. Pero no ha hecho mal a nadie, y menos aún cometido falta contra la honestidad de las personas. Otras veces viene hablando solo y excepcionalmente, como hoy, viene haciendo tres voces, habla, canta y ríe a carcajadas al mismo tiempo, con lo que uno cree que es una alegre campaña la que viene de gira o romería.

Cuando tiene sed entra en los cortijos y bebe agua de los pozos. No se sabe que haya bebido nunca vino, siempre agua. A veces cuando ya ha traspasado cercas y cancelas, roba un pollo, que mete debajo de la camisa, o unos pimientos, que arrima a su costal, pero todos se lo perdonan.

Llevamos viéndole por estos parajes más de veinte años. No hemos notado que haya envejecido. Es asustadizo, como el Cardenio cervantino, y nunca hemos cruzado dos palabras con él. Ayer nos contaron la historia de su madre. Se malcasó ésta con un bandido que robaba las caballerías de todos estos caseríos y lagares. Les echaban de los pueblos. Acabó metiendo a su mujer y a una hija que tenían a vivir en el tronco de un castaño viejo, en los Ibores. Mientras él trajinaba sus bestias, por la noche, la mujer tenía que prender lumbre dentro del árbol para alejar a los lobos, que las rondaban. Aquella buena mujer sólo encontró la paz el día en que la Guardia Civil se lo mató de un tiro en Alburquerque. Después volvió a casarse, y del segundo matrimonio nació este Miguel. Hoy venía, como digo, de un humor excelente. Traía a la espalda haces de persuasiva menta y venía contándose tales cosas, que no podía contener la risa, él solo, pero con muchos dentro, al igual que los dioses, los únicos que también pueden reírse de esa manera ilimitada estando solos, pues tampoco conocen la asperísima soledad que a todos los mortales nos epidemia.