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Para todos los públicos

Un crítico de cine dijo en cierta ocasión que él jamás veía ninguna película calificada «para todos los públicos».

Hay algo desagradable y antipático en esta declaración, quizá el prurito elitista o desdeñoso, que le sitúa donde el público no pueda alcanzarle ni con el hedor de sus humores ni con el estruendo plebeyo de sus aplausos. Y sin embargo empieza uno a repasar las obras «para todos los públicos» que tiene en su pequeño altar, como Antonio Machado tenía en el suyo a Jorge Manrique, poeta también para todos los públicos, y se asombra no sólo de que sean numerosas sino de que muchas de ellas estén consideradas como las mejores películas de la historia del cine: Ladrón de bicicletas, Roma città aperta, Qué verde era mi valle, El río, Bienvenido Mister Marshall, Amarcord, El padrino…

Hace muchos años, en plena guerra civil, el poeta Miguel Hernández, publicó un libro de versos que entonces se dijeron destinados al pueblo. En su título incluso se le recordaba explícitamente: Vientos del pueblo. Se supone que el pueblo está hecho también de todos los públicos. El libro fue recibido unánimemente como una gran aportación de la guerra a la poesía y a la causa popular. Sólo una voz, la del entonces joven pintor y escritor Ramón Gaya, en una revista ya mítica, Hora de España, llamó la atención sobre la diferencia que había entre público y pueblo, ya que a menudo lo que se cree destinado al pueblo, no busca más que un público, y su aplauso. El pueblo, por el contrario, no aplaude lo excelente que se le da, porque todo lo que hay de excelente viene precisamente, de una u otra forma, del pueblo, y por tanto, cuando le llega de nuevo a él no es sino una restitución, y cuando a alguien le restituyen lo que es suyo puede agradecerlo, pero no se pone a aplaudir. El aplauso, volviendo todo esto del revés, no sería entonces, en muchos casos, más que el reconocimiento de algo que no es genuino, que es robado en las despensas del pueblo o en sus sentinas, diríamos, una mercancía manipulada únicamente para la estupefacción moral.

En la literatura española lo más grande ha acabado también en todos los públicos, empezando por la historia de don Quijote. «Los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran», nos dice de ella el bachiller Sansón Carrasco en la segunda parte. Es Galdós novelista de todos los públicos, y lo es Baroja, como poetas para todos los públicos fueron y son el mentado Machado, lo es Bécquer y lo es Juan Ramón, que con su célebre «A la inmensa minoría» se estaba defendiendo del mal gusto, no del pueblo, que él veneró hasta el final de sus días.

¿Quién es público entonces? «Para todos. Para ninguno», declaró Nietzsche, contestándose de una mane ra paradójica, pero sapiente.

Así que uno saca sus entradas en un cine donde se proyecta una película para todos los públicos. No espera nada y lo espera todo. Puede incluso que le den una bazofia, ya sabéis, catástrofes planetarias, tebeos incongruentes o ñoñerías ulcerantes. A menudo ocurre así, porque en todas partes hay tramposos que confunden pueblo y público. Pero un día, mezclados con toda la gente, vemos surgir de entre ella, de entre nosotros, lo mejor nuestro, una obra que nos restituye lo más valioso y noble del ser humano, nos colma de esperanzas y nos devuelve una alegría que creíamos extinguida, y salimos todos del cine, o de Mozart, o de Dickens, como si hubiéramos compartido, aunque sólo haya sido durante dos horas, una causa común, cuando sin darnos cuenta ya hemos cedido el paso al vecino de la butaca de al lado y hemos sonreído a un desconocido.