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Lo más fascinante del pasado es precisamente que está vivo, en permanente actividad como los volcanes. La historia que sigue la han leído muchos de ustedes en un periódico. La Unión Soviética estafó a la República Española, durante la guerra civil, millones de dólares, que se cobraron del oro español arrancado a las entrañas del Banco de España y aun a las entrañas de los españoles azotados por el hambre, la destrucción y la desesperación, para depositarlo luego en Moscú y ponerlo a disposición de un vesánico peligroso que se llamaba Stalin.
La guerra civil española es, después de la Segunda Guerra Mundial, el acontecimiento bélico del que más libros, artículos, folletos y reportajes se han hecho nunca. Sin duda ha contribuido a tal profusión de letra impresa el hecho de que fuera civil pero también porque aquí, durante tres años, se ventilaban las ideas más nobles por las que un hombre puede luchar: la fraternidad, la igualdad y la libertad.
Durante muchos años la historia era clara, terminante, definitiva, con dos bandos inmiscibles, buenos y malos, según quien la relatase y desde qué orilla. No era posible enriquecerla con matices de ninguna clase. Cualquiera de los dos bandos podía sentirse infamado y escarnecido por el otro, y las heridas eran tan hondas que siguieron en carne viva durante largo tiempo. Sabemos que en ambas partes circulaban historias oficiales. Una de éstas consistía precisamente en que la Unión Soviética, aquella Santa Rusia, como la llamó don Jacinto Benavente, había sido la gran aliada de la España republicana, a la que socorrió cuanto pudo, quitándoselo, según decía, a sus propios hijos.
Hace cuatro años, Maria Dolors Genovés, realizó un documental para la televisión catalana sobre El oro de Moscú. Viajó hasta allí, le abrieron los archivos, rastreó arqueos y compulsó estadillos. Las fotocopias de más de doscientos documentos que sacó de los fosos moscovitas han servido ahora al historiador británico Herald Howson para llegar a una verdad que a muchos sin duda apenará lo indecible, pensando en todos aquellos que lucharon por algo más que por una idea: la Unión Soviética no sólo hizo un gran negocio vendiendo armas inservibles a los republicanos españoles, sino que se quedó, como un vulgar timador, con lo poco que tenían, incluso las alianzas matrimoniales, los zarcillos de oro, las modestas alhajas que pusieron al servicio de la República, cuando ésta, angustiada, reclamó ese último esfuerzo, ya inútil.
Howson ha pedido que la Historia de la guerra de España se reescriba. O sea, buena parte de lo que ya se había escrito, tantas bibliotecas, tantos miles de libros, se hundirán para siempre en el mar, como la lava fría. Howson habla de números, valores, oscilaciones del cambio, pero habría que ir un poco más lejos. Es cierto que no sirve de nada, o de muy poco, que la Iglesia pida perdón por la violencia ejercida contra un hombre como Galileo, o por crímenes y asesinatos cometidos por la Inquisición (ha tenido su gracia, dicho sea de pasada, que precisamente los obispos españoles llamasen inquisidores a cuantos estaban a favor de la despenalización del aborto), pero una noticia como ésa de la estafa ha de hacernos reflexionar a todos cuantos vimos una noble causa en las revoluciones comunistas de los años diez, de los años treinta. Y de los años cuarenta. Y de los años cincuenta. Y de los años sesenta. Y de los años setenta. Y de los años… Detrás de cada una de ellas había unos cuantos hombres oscuros que tasaban en oro y aquilataban en usura los sueños, la esperanza, el dolor, mientras sus cómplices, en la sala de al lado, redactaban sinfónicos manifiestos que cincuenta años después parecen despertarnos con su fanfarria de una pesadilla.