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Dedicatorias

He comprado este otoño en la Feria de libros viejos del Paseo de Recoletos las prodigiosas y tentadoras Recetas de Pickwick de Néstor Luján, que lleva en la primera página una dedicatoria manuscrita bastante escueta de su autor, un ser fantástico a medio camino entre Falstaff y Saavedra Fajardo.

Las dedicatorias en los libros son, o eran, o debieran ser, expresión de un afecto, ofrecimiento de una amistad o reconocimiento de una gratitud.

La costumbre de que los autores dedicaran sus libros es relativamente reciente, de los arrabales del romanticismo, época dada, como es sabido, a las efusiones y a dejar muestras del ingenio humano en todas partes, incluidos abanicos.

En aquellos años el escritor no dedicaba sus libros sino a muy contadas personas, muy especiales se diría, de su círculo íntimo, y es muy raro encontrar libros dedicados por sus autores anteriores al 1850. La costumbre de dedicar libros se fue, no obstante, generalizando y poco a poco desbordó los ambientes literarios, hasta llegar a hoy, en que un escritor puede dedicar doscientos ejemplares en unos grandes almacenes o en una caseta de feria a doscientas personas a las que nunca había visto en la vida y a la que probablemente nunca volverá a ver porque le son del todo indiferentes.

Hay muchas variantes de dedicatorias, mínimas, largas, corteses, hipócritas, sinceras, barrocas, secas, con una letra descuidada, con curvas de pendolista…, y si se estudia con atención, ya en la dedicatoria podemos adivinar mucho del carácter de su autor.

Hace años, entre otros muchos que venían de la misma biblioteca, encontré un libro de un poeta de Barcelona, dedicado a un compañero de generación y de fatigas. «A Fulano, con total admiración y el más fraternal abrazo de su amigo […] Barcelona, 1957» leo ahora en él. En la fecha en que compré el libro estos dos poetas vivían todavía. A quien estaba dedicado el libro era un hombre rico, lo que descartaba la posibilidad de que lo hubiese vendido en una apretura económica, sin contar que le habrían dado por él sólo unos céntimos, a tenor de lo que me costó a mí. ¿Qué le había pasado a su dueño para desprenderse de una muestra tan inequívoca de afecto? ¿Qué caminos había recorrido el libro hasta llegar a mí? Hace tres años murió el último de estos poetas.

Alguna vez hablé con él, pero jamás le conté que aquel ejemplar estaba en mi poder, para no añadir una nueva decepción a una vida ya de por sí decepcionante.

Hace un tiempo un amigo compró un libro mío dedicado a una escritora, que figura en él con un apodo familiar, y cuando aquél me preguntó de quién se trataba, le aseguré no recordar ya a quién podría estarle dedicado. Creo que incluso me hizo gracia. Es una buena amiga a la que he seguido enviando algunos de mis libros. No sé si ése lo vendió ella misma al librero de viejo o si alguien lo substrajo de su casa o si ella lo prestó y ese alguien… Conozco un escritor que se puso furioso cuando descubrió en el Rastro un libro suyo dedicado a un colega. Lo compró y volvió a enviárselo de nuevo con una dedicatoria sarcástica. Esa furia es cómica. Una indiscrección de Giménez Caballero, que aseguró que acababa de comprar en la Cuesta de Moyano un libro reciente de Azorín dedicado por éste al director de ABC, donde colaboraba el alicantino, estuvo a punto de originar una ruptura de amistad a tres bandas. A mí, en cambio, todas esas historias me parecen puertas de una opereta.

El libro de Luján iba dirigido a alguien a quien no conozco siquiera, pero siento que de algún modo el temblor de esa amistad o de esa traición me comprende a mí también y me une no sólo a su literatura sino a un pequeño trozo de su vida, seguramente alegre y triste al mismo tiempo.