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No me cuente usted su vida

Había oído contar que en España, después de la guerra civil, que tantas historias originó, siempre desdichadas y penosas, y como rasgo de incontestable humor negro, habían llegado a circular unas chapas solaneras con esta frase inequívoca: «No me cuente usted su vida», que se ponía la gente guasona para frenar las ansias de todos aquellos que iban relatándole lástimas al prójimo sin que éste las solicitara.

Cerca de donde uno vive, en la corta, sombra y derrengada calle de la Libertad de Madrid, hay una tienda que vende postales antiguas. Es una tienda preciosa, pequeña, muy ordenada, uno de esos paraísos para los coleccionistas. Además de postales, en el escaparate hay una multitud de pequeños objetos que han sobrevivido no se sabe cómo al paso de los tiempos. En realidad sí se sabe cómo. Ahora hablaremos de eso. Es un conglomerado heterogéneo de minucias y curiosidades, etiquetas de viejos hoteles, botellas de Anís del Mono con las paredes como la Casa de los Picos, sagrados corazones que parecen vitolas de puro, cajas de dulce membrillo orladas con el rojo y el gualda, mueblajes en miniatura para equipar las casas de las muñecas, visores de caoba, bolas de cristal, banderitas carlistas y banderas republicanas o carnets de viejos cenetistas… En medio de ese pacífico ejército estaba la insignia con el «No me cuente usted su vida». Por el aspecto parecía muy anterior, tal vez de la guerra de 1914, donde también se imprimieron otras chapas parecidas con un «No me hable usted de la guerra».

La tienda de Libertad tiene mucho, para el coleccionista, de casita de chocolate, cuyo propietario, persona pacífica y atenta, parece en todo momento a la altura de esa afición silenciosa que es coleccionar tarjetas postales. Hay allí dentro miles de ellas, catalogadas en sus ficheros, por épocas, por países, por ciudades, por temas. Los compradores son personas misteriosas, educadas, se dirían incluso que son gentes que no han salido jamás de Madrid, ni siquiera de ese barrio, y que coleccionan postales para ver un poco de mundo sin el agobio de tener que tomar un tren o un avión. Llegan, saludan con la familiaridad de los parroquianos habituales y el dueño pone en sus manos un montón de postales, se sientan en una silla y las van pasando con fascinación y evidente nostalgia, como si hubiesen sido ellos mismos los que las enviaron hace ochenta o cien años y se reencontraran con su pasado, más satisfactorio que el presente, que, como se ve, les desaloja hacia los años pretéritos, pues las postales tienen algo que las ha hecho más invulnerables al tiempo que las cartas: son siempre testigos y mensajeras de los momentos felices de la vida.

Todos somos coleccionistas, y de hecho atrapamos los momentos felices de la nuestra, los conservamos y los repasamos de vez en cuando, como si estuvieran en su postalero. Acaba de aparecer en España, y antes había sido un best-seller en Francia, un libro de Philippe Delerne sobre El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida. En este libro, como en el escaparate de Libertad, se exponen unos cuantos pequeños placeres: el olor de las manzanas, el cruasán de la mañana, el ir a coger moras, los lúkums en las tiendas de los moros… Son, como se ve, placeres modestos, al alcance de todo el mundo, como comprar una postal vieja.

Razón y fe ha titulado el Papa su encíclica. El pensamiento navarro, que diría Baroja. Por la fe, se nos ha predicado la resignación, el valle de lágrimas; la razón nos conduce a los pequeños placeres, uno de los mayores, sin duda alguna, es cuando alguien nos cuenta su vida, asunto del que se hablará el próximo domingo, y que viene más a cuento de lo que parece.