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El paraíso, perdido al fin

Ahora que ya han pasado, o que están a punto de pasar, podemos decirlo: son, me parece, los días más tristes de todo el año, quizá por la rabiosa alegría con la que quiere rodeárseles. Sucede siempre de la misma manera. Entramos en estas fiestas como en un túnel del que no vemos el final. Son más tristes aún que uno de esos tiovivos vacíos que da vueltas y vueltas en unos desmontes, a las afueras de la ciudad, cuando empieza a atardecer y las bombillas lucen sobre los caballitos de madera con una luz irreal y desmaquillada. Ahora las bombillitas tienen forma de estrellas, ampollas de colores como las de esos solitarios clubs de carretera, también en un despoblado, farolillos rojos que se bambolean en una cuerda a merced de un viento glacial.

Durante mucho tiempo pensaba que era yo, que esa manera de ver las cosas era como una enfermedad sólo mía. Pero no. Somos muchos los que sentimos algo parecido frente a la bandeja de los turrones, como un empacho sentimental y la subsiguiente y perentoria necesidad de ayunar una temporada.

Todos venimos a este mundo enfermos de una cosa o de otra, de sueño, de tedio, de entusiasmo. Son enfermedades de las que uno no se cura jamás. Con suerte no nos agravamos. Antes creía que yo era uno de esos hombres tristes que se fija en los hombres tristes, como ese enfermo que sólo descubre a su alrededor enfermos como él. Basta tener una pequeña úlcera de estómago para darnos cuenta de que casi todo el mundo padece o ha padecido una pequeña úlcera de estómago. Pero no, no sólo era yo.

Es difícil expresar lo que nos sucede a algunos con estas fiestas. Se trata sólo de un sentimiento ambiguo, como si viviésemos una tarde de domingo que durara catorce días seguidos. Y eso es precisamente lo que es cruel, recordar durante tanto tiempo que el día de fiesta ha terminado, que la vida es corta y que apenas hemos entrado en escena, hemos de despedirnos, tal y como se cantaba en aquel villancico que decía: «La Nochebuena se viene, tarará, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos, tuturú, y no volveremos más», villancico que sería para masoquistas de no haber sido por ese «tuturú» que lo convierte en una chirigota de Cádiz, para los carnavales.

Es raro, anómalo, todo lo que sucede estos días. Muchos querríamos saltárnoslos, como querríamos pasar por encima de todas las tardes de domingo. Otros tal vez los vivan como un retorno al Paraíso.

Durante un tiempo también yo pensaba que la vida era como la tarde de domingo, mientras que el Paraíso era como la tarde del sábado, la perpetua felicidad y la gozosa espera. Pero no. Ahora piensa uno exactamente lo contrario. La vida diaria, la cotidiana, es el sábado por la tarde. Es breve, como recordaba Leopardi en su poema «El sábado en la aldea», pero es intensa y llena de matices admirables y únicos, incluso para quienes padecemos una u otra enfermedad del alma. En cambio la tarde de domingo es «eternamente interminable y larga», tediosa e indigesta, como la sola visión de la bandeja de los turrones el día de Reyes, después de haber sido saqueada durante catorce incontinentes jornadas.

Dentro de tres días habremos doblado definitivamente el Cabo de Hornos, que es como deberían llamarse a estas peligrosas fiestas, habremos perdido de vista al fin el Paraíso, y el ánimo, ligero, hinchará las velas. No sé si uno será capaz de llevar una nueva vida. Tampoco es necesario. A uno le gusta la vida tal como es, en lo que tiene de común y cotidiano, y en las fiestas es precisamente lo primero que se sacrifica, lo común y corriente. Lo decía Pessoa: «Si no hubiese tierra en el cielo, más valdría que no hubiese cielo». El paraíso lo han cerrado de nuevo hasta el año que viene. Has logrado sobrevivir a tanta felicidad, a tanta alegría. Bienvenido, pues, de nuevo a la vida corriente.