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Sabemos muy poco, por no decir nada, de algunos personajes con los que nos tropezamos a diario en los periódicos y las revistas. De Carlos de Inglaterra, de Diana, de la familia real inglesa, ¿cuántos libros se habrán publicado hasta la fecha? Casi todos nos van llegando envueltos en revelaciones tan escandalosas y espectaculares como poco fiables. Por otro lado, se han traicionado tantas veces entre ellos mismos, amantes, amigos íntimos y consortes, hijos contra padres, madres contra hijos, cuñadas contra cuñados, secretarias contra antiguos jefes, niñeras contra señoras, han conspirado tanto unos contra otros, que la mayoría, a estas alturas, sin confidentes leales en los que descansar, son sólo unos seres neuróticos, desquiciados y sin sosiego.
Muchos creen que el mundo de la monarquía británica es un asunto que incumbe únicamente a amas de casa no menos neuróticas y desquiciadas, algo menos serio en cualquier caso que El Gran Nacional. Se vio cuando murió Lado Di la saña y el desdén de la mayor parte de los intelectuales. Pero se engañan, porque tenemos ante nosotros, los ávidos de novelas, una de esas historias con las que Shakespeare fabricaba sus dramas, puesto que en ella los deseos (de poder, de fama, de amor) son tan fuertes como adversa es la realidad que impide que puedan cristalizar en algo.
Hace quince o dieciséis años Carlos de Windsor hizo un viaje privado desde Inglaterra a Recanati. Ese viaje, incluso para un Príncipe de Gales, tuvo que ser fatigoso y complicado, pues se hace largo, siempre por carreteras sinuosas y secundarias, atravesando pueblecillos de poca monta hasta llegar a esa marca cimera desde donde se contemplan, los días despejados, el Adriático y los azules montes Sibilinos. ¿Qué iba a hacer este príncipe de Gales en Recanati, patria del conde Giacomo Leopardi? Rendir un homenaje al príncipe de los poetas, el más melancólico, dulce y desengañado de todos los hombres. Ya estaba casado con Diana Spencer, y se dijo que en realidad Carlos había viajado para reunirse en Milán con una amante italiana. ¿Quién sabe? Sabemos que estuvo en Recanati y que declaró que adoraba a Leopardi, lo otro fue algo que aseguraron los periodistas y que olvidaron, con la misma alegría, unas cuantas semanas después.
¿Sabrá nuestro Rey quién es Leopardi, lo habrá leído, lo tendrá entre sus lecturas predilectas, le gustará a nuestro rey la literatura, se aburrirá leyendo poesía, entre moto y moto habrá tenido tiempo de leer un poema? Tal vez para ser rey no haga falta tanto. Al contrario, es casi seguro que haber leído «El infinito», uno de los diez más hermosos poemas de la historia de la poesía, sea un estorbo para calarse la corona. Y de ahí, de esa anomalía, nació la admiración que siente uno hacia un hombre del que en realidad conocemos muy poco, nada, sombras, cenizas, y que es un príncipe triste, melancólico, desengañado. Le gusta pintar paisajes del natural, que es una afición también de solitarios, de silenciosos. Ni siquiera pinta al óleo, como Churchill, sino mínimas acuarelas. Tiene, pues, el alma femenina. La mujer de la que ha estado siempre enamorado es una mujer fea, que prefirió a la suya, tan hermosa y elegante. A menudo, en las audiencias y actos sociales a los que acude, se queda ausente y su cara expresa entonces una tristeza inabarcable. Es posible que no reine jamás. Al pueblo no le gustan los reyes tristes ni los hombres sensibles, porque la verdad del dolor es más elocuente, y la gente no quiere oír hablar de la verdad ni de lejos. Por eso piensan ya en su hijo Guillermo, el Deseado, del que aún saben menos que de su padre. Carlos, el Melancólico, si tiene el alma sensible que parece tener, quizá piense, como Leopardi, que habiendo nacido para tenerlo todo, en el fondo no tiene apenas nada cuando ha empezado el tercero y definitivo acto de su tragedia.