38587.fb2 La brevedad de los d?as - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 53

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La caravana pasa

Hay algo que sólo parece revelársenos cuando se nos muere el padre, algo de muy extraña naturaleza. Notamos dentro, en lo más hondo, al lado de la pena inmensa que esa pérdida nos ocasiona, un misterioso fenómeno: como si una puerta girara sobre sus goznes. Notamos cómo esa puerta viene a cerrar muchas cosas y proyectos, pero al tiempo la misma puerta, mientras acaba de cerrar todo aquello que no podrá cumplirse, abre las galerías por donde vendrán a nosotros recuerdos y afectos que creíamos apagados, abolidos, e incluso más, recuerdos y afectos de los que ni siquiera teníamos noticia.

Así, sin saber cómo, empiezan a salir a nuestro encuentro imágenes muy antiguas en las que nos vemos con el padre muerto en los instantes felices de la infancia, de aquellos tiempos remotos en los que él y nosotros estábamos muy lejos de ese día triste, muy lejos aún de los adioses definitivos. Son como fotogramas mudos, en los que no parece que se diga nada, porque la felicidad es precisamente ese estado en el que todo está dicho o en el que, precisamente porque se es feliz, no es preciso despegar los labios. Por eso tales recuerdos se parecen mucho a los sueños, en los que todo transcurre con sigilo y naturalidad. A veces los fotogramas se ordenan en una secuencia. Vemos al padre moviéndose a nuestro lado en el pasado, le vemos junto a nosotros, él y nosotros nos movemos a golpes de luz, como en una vieja película, también muda, en la que sólo se oyera el roce del proyector, ese áspero runrún que suele dejar tras de sí, como una oscura estela, el paso del tiempo.

Como por ensalmo los momentos en los que la discordia triunfó momentáneamente desaparecen, sólo conservamos, vivísimos, aquellos otros apacibles y completos. Son muy difíciles incluso de transmitir, de hacerlos comprensibles a los demás. Notamos su temblorosa vida en nuestra entraña. Quiero imaginar que tales recuerdos sean como criaturas vivas que empiezan ya a gastarse en nuestro interior, nota uno cómo se mueven y tratan de advertirnos de su presencia con ligeros toques de pies y manos, como si se desperezasen.

Sólo nosotros advertimos la vida que viene con ellos, a nadie más parecen decirle nada, y nos dejaríamos matar por ellos porque intuimos que el misterio de lo que somos está en buena medida allí, en nuestros recuerdos con él, el padre muerto: le vemos una tarde dorada de septiembre entre sus colmenas, moviéndose con la lentitud del que ha de pastorear a las abejas. O en el río, lanzando su trasmallo furtivo en el lubricán de julio. Ahora le oyes responder en un susurro la letanía de un rosario que dirige la madre, también al atardecer, en casa, y la escena te parece mucho más antigua, como pintada por Millet o escrita por Francis Jammes. O la noche de cada Nochebuena, en la que empezaba con aquellas palabras «Tal noche como hoy»… y venían a nosotros recuerdos sólo suyos, que sentía también él en su entraña moverse, recuerdos de aquella batalla de Teruel, tan cruenta y tan nevada. En cada una de esas escenas se descubría una virtud: la paciencia, la audacia, la piedad latina, la valentía…

El cementerio de León, en Puentecastro, está junto al río Torío. La próxima primavera verá él verdecer los chopos de la ribera, podrá escuchar susurros también de la corriente, sí, y oirá cómo el viejo agita las alegres sonajas de los árboles. Rubén Darío dijo: la caravana pasa. Una puerta cierra y la misma puerta abre. La muerte se lleva unas cosas y nos trae otras, tanto o más valiosas que aquéllas. Pero un gran dolor nos brota cuando buscamos a nuestro alrededor a la persona a quien tendríamos que darle las gracias por tanto don, y no la hallamos.