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Tal vez el único lugar de la tierra donde un hombre moderno pueda ser enteramente feliz todavía es en un tren, montado en un tren, solo, sin hablar con nadie, mirando por la ventanilla paisajes sucesivos, pensando sin pensar en nada, que es como mejor se piensa, en esa monotonía lluviosa de los rebaños que pastan y las ciudades que se pierden para siempre.
El tren tuvo sus grandes apologetas en los escritores del novecientos, en Machado, en Azorín, en Baroja, trenes viejos y lentos con paradas en todas las estaciones, asmáticos trenes de madera, estrepitosos y silentes al mismo tiempo, con silbatos que llevaban hasta Castilla el bucle sonoro de los lejanos barcos, melancólicas y fúnebres sirenas que parecían justamente despedir aquellos viejos veleros y aquellos herrumbrosos buques que iban desapareciendo de los mares. Arrumbada la galera, desenganchada la tartana, el tren era el transporte de unos hombres fundamentalmente líricos y sentimentales. Y montaban en ellos sin saber muy bien a dónde iban, porque tampoco sabían muy bien de dónde venían.
Aquello se olvidó y vinieron los tiempos de las hélices, los émbolos y las turbinas ultraístas que aborrecieron la lírica con el graznido de las urracas pintas. De ese modo a los hombres del Novecientos vinieron a sucederles las gentes de las vanguardias, exaltadores del aeroplano, los ruidos y el automóvil. Antonio Machado cantó su vagón de tercera y Ortega se compró un Chevrolet, he ahí una diferencia de vida y de literatura, la revolución que va de la poesía al arte invertebrado, y de la filosofía que va al encuentro y la que huye: un tren siempre llega a alguna parte conocida; el coche no, el coche, si no te deja tirado en el camino, es sólo, como cierta modernidad, algo sin tradición, o sea, una respuesta a una pregunta que no se ha formulado.
Durante unos años se pensó que los aviones y los coches arrumbarían a los trenes, por lo mismo que el ferrocarril acabó con la diligencia. Alguna vez ha dicho uno aquí que el único lugar del mundo occidental donde aún queda un poco de silencio es en las iglesias, casi siempre vacías. Pero uno, la verdad entra poco en las iglesias, porque en ellas huele a cera y huele a incienso, dos cosas que están en contradicción con el silencio. Quedaban igualmente, es cierto, los trenes, pero también los infectaron de vídeo e hilos musicales, y uno, que era un sentimental, dejó por esa sola razón de utilizarlos o si los utilizaba, lo hacía con la misma dolorosa resignación que si montara en el avión artero. Fue un duro golpe, porque hasta entonces subíamos a los trenes no tanto para viajar hacia un lugar, sino al pasado, más hospitalario por lo general que el presente. En toda esa quimera, el silencio jugaba un papel fundamental, porque tanto como viajar en tren nos hacía bien viajar en silencio, aquel «maravilloso silencio» que halló don Quijote en casa del mozo hospitalario.
Acaba de llegar un amigo de hacer un viaje por Holanda. Allí ha montado en trenes, cuenta, en los que han restituido unos vagones para viajeros silenciosos, en los que no hay vídeo ni músicas ni conversaciones. Suben a ellos gentes que quieren estar solas y en silencio. Suben y bajan discretamente, como hacen las vidas misteriosas y poéticas, y mientras permanecen en él acompañan sus mediaciones con un traqueteo que tiene mucho de los hexámetros de Homero, larga, larga, breve, larga, breve, un hexámetro y otro, un canto y otro canto, dioses y hombres, hasta llegar al infinito, que el poeta llamó Ítaca.
Y uno, que es sentimental y romántico, piensa ya en esas partes de la ciudad que preservarán dentro de poco de todo ruido que no sea natural, donde sólo se oigan los pasos de la gente o sus palabras solas, con ese silencio que acompaña siempre a toda palabra verdadera como su misma sombra.