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Aún recordamos todos la ilusión que de niños nos producía el estreno de un nuevo cuaderno escolar. Veíamos sus páginas sin mancilla, «más blancas que los astros», sus esquinas perfectas, sin aquel abarquillado doloroso, la espiral del alambre como un euclidiano serpentín no aculatado por el uso, y, sobre todo, percibíamos el embriagador olor a nuevo que desprendían sus páginas, aquel perfume a engrudo, a papel recién prensado y cizallado, a almidón y a apresto. Recordaremos también cuánto cuidado poníamos en no mancharlo demasiado pronto.
Uno, que hace ya muchos años dejó de ser joven, conoció los tiempos en los que se escribían aún con palillero y un plumín que hacíamos abrevar en tinteros de loza blanca, de modo que aún puede uno recordar el terror que llegaba a producirnos el fantasma de un borrón de tinta en aquel cuaderno recién inaugurado. Nos asustaba su inoportuna y desagradable irrupción como la de un murciélago alevoso, aunque no supiéramos a ciencia cierta cómo eran los murciélagos alevosos y sigamos sin saberlo de una manera cabal. Pero ése era el terror, verle asomar al pájaro siniestro en la impoluta y nívea página, como un vampiro que succionara la inocencia del blanco, de modo que cuando lográbamos dejar atrás el viejo cuaderno, acribillado de tachones, enmiendas y gotas de tinta en forma de huevos fritos, éramos felices, porque en un instante creíamos que también nosotros éramos conciencias limpias, proyectos de largo alcance, ímpetus sin freno. Era también como una nueva oportunidad que se nos daba a los malos estudiantes para equipararnos con aquellos otros cuya única ciencia venía a ser muchas veces que sólo eran más aseaditos, y así, con el cuaderno todos en blanco nos disponíamos a arrostrar un nuevo trecho de las penalidades.
El año nuevo es también un poco como los cuadernos nuevos. Uno se hace la ilusión de que el anterior, viejo, sembrado de raspaduras, pasajes ilegibles y poco honorables, cuentas mal cuadradas sobre las que el bolígrafo rojo del profesor-realidad ha rubricado un enérgico e inapelable «mal», se hace la ilusión, digo, de que el viejo y maltratado cuaderno ha quedado olvidado para siempre, de una manera definitiva, y que ante nosotros tenemos un año entero, limpio, recién abierto, perfumado de estaciones intonsas.
¿Qué deberes le llevaremos, cuáles serán nuestras sumas y restas, de qué hablaremos en nuestras redacciones? Incluso cabe preguntarnos si lograremos terminarlo, pero esa es una pregunta que no ha de formularse jamás, si hacemos caso a Horacio, el poeta latino que escribió ese corto y hermoso canto que conocemos como la oda del carpe diem, la oda del «apresa el día». Es una buena filosofía, seguramente la única que podemos tener. Y añade Horacio: «No pretendas saber el fin que a mí y a ti nos tienen asignados los dioses. Mejor será aceptar lo que venga, sean muchos los inviernos que Júpiter te conceda o sea éste el último, y adapta al breve espacio de tu vida una esperanza larga». Y sin embargo…
Horacio ya ha muerto, y Leucónoe, la mujer para la que escribió ese poema, y Mecenas y Augusto. Han muerto todos, pero no esos versos, que Horacio habría canjeado por volver a la vida. «Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso. Vive el día de hoy. Aprésalo. No fíes del incierto mañana», nos pedía también, pero uno, que tiene ante sí el cuaderno viejo y el cuaderno nuevo piensa que no puede vivir el día de hoy sin el día de ayer, indestructible como una sombra. Al fin y al cabo es todo lo que tenemos, junto al hoy, su larga sombra, extraño fruto. Así lo recordó el horaciano Caeiro: «He cortado la naranja en dos, y las dos mitades no pudieron quedar iguales. ¿Para cuál he sido injusto, yo, que voy a comerme las dos?».