38587.fb2 La brevedad de los d?as - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 8

La brevedad de los d?as - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 8

El mal artículo

Decía González Ruano, que escribió más de diez mil artículos, que los mejores artículos en su caso no trataban de nada en especial. Lo decía, naturalmente, como un alarde, como esos pintores que plantan el caballete en una plaza pública y ejecutan en diez minutos, con sorprendente soltura y por dos mil pesetas, la caricatura de ese transeúnte que está dispuesto a pagar dos mil pesetas por una caricatura de sí mismo. Es probable que el consejo de Ruano, que escribió en una época y en un país en el que era mejor no pensar nada de nada, pudiera ser valioso entonces. No lo creo, pero pudiera ser. Decía también que los artículos sólo había una manera de hacerlos: escribirlos, terminarlos y una vez terminados, decapitarles la primera frase, que era la frase forzada, la frase fría, en la que el articulista hacía su gimnasia previa e inelegante. El artículo que salvaba la primera frase era un mal artículo, según él.

Si en la primera parte es obvio que Ruano se equivocaba, y el articulista y el escritor deben saber siempre de qué están hablando, es posible que en el segundo enunciado tuviera más razón, y uno mismo debería suprimir de un tajo todo el párrafo anterior. Pero uno no es Ruano, uno no vive en aquella otra España (aunque siempre estamos a tiempo para ir un poco a peor) y uno cree que hasta los artículos malos deben consagrarse a una causa.

Hace unos días ha concluido el Ramadán. Un buen artículo debería informarnos de quiénes están detrás de los integristas islámicos argelinos que han vuelto este año a asesinar a cientos de personas inocentes, niños, mujeres, hombres humildes, musulmanes también. En la primera de las matanzas de enero fueron cuatrocientos los muertos. Bajaron de las montañas donde se han hecho fuertes y saquearon dos o tres aldeas, aldeas misérrimas, de aspecto medieval, con tapias torci das y calles llenas de barro. Entraban en las casas, asesinaban a los hombres, a las mujeres, a los niños, y robaban a las muchachas para violaras en sus campamentos, todos con la misma, como explicaba una de ellas, que logró escapar.

Las imágenes que solían sacar en la televisión, cuando no eran los primeros planos de las víctimas, dejaban entrever un país hermosísimo. Salían paisajes intensos y vastos, aldeas perdidas, gentes que vestían largas túnicas y turbantes en la cabeza como lunas crecientes. Las mujeres nos miraban desde un oscuro pozo con ojos a un tiempo brillantes y sombríos, los niños incluso sonreían y los hombres, cuando lograban olvidar la tragedia que estaban viviendo, sonreían también a su modo, con resignación y una insobornable dignidad de patriarcas bíblicos. A veces sacaban también un caminito polvoriento por el que venía alguien montado en un borrico, con las piernas colgando y una vara pequeña para avivar el paso de la caballería, y eso sólo parecía borrar, en su belleza genuina, todo el espanto del que se nos estaba hablando.

Uno, cuando se le hace testigo de tales hecatombes, querría ser solidario, pero no sabe de qué manera. Y se nos hace testigo de muchas hecatombes al mismo tiempo, de Chiapas, del África, del País Vasco, de Argelia, del Irak, de la Persia. Seguramente el buen articulista es aquel que logra movilizar nuestras conciencias durante algo más de tiempo del que tardamos en leer ese artículo.

Oímos el recuento de los muertos, escuchamos el lloro de los niños que sobrevivieron a los cuchillos y vemos cómo guarda silencio esa muchacha violada, y sin embargo nos fijamos en lo hermosa que es la aldea y el camino que conduce a ella. Quizá el nuestro es el mal artículo, pero tal vez lo único que puede vencer en su mismo terreno al desorden, no es la justicia, sino la belleza, en este caso la belleza de una aldea, de un camino, de un asnillo de pasitos alegres, y de unas gentes que hasta hace un mes estaban vivas.