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Hay dos regalos tristísimos que se suelen hacer en Navidades. Uno es un frasco de colonia y el otro una agenda. Yo no recuerdo que nadie me haya regalado nunca un frasco de colonia ni uno de esos perfumes con el que se pueda tener ciertas esperanzas de salir solo y volver a casa con una joven escultural y sedienta de experiencias sexuales, enloquecida por los humores y efluvios que trasminan de unos pectorales de acero y unas axilas oscuras. Se conoce que quienes podían hacerme un regalo así ven mi aspecto físico y comprenden que es mejor dejar que la Naturaleza siga su curso en mí sin demasiadas alteraciones. En cambio cada año acaban llegando aquí dos o tres agendas, todas absurdas.
Si se tiene una vida organizada, si se sale, si se conciertan citas y almuerzos de trabajo, si se llama a unos y a otros, la agenda es útil. Si se lleva una vida como la mía, en la que se levanta uno temprano y no se sale de casa, trabajando todo el día solo en una mesa vieja y desordenada, con pocos viajes de vitola, haciendo en casa las tres comidas y acostándose temprano, la agenda no es sólo algo absurdo sino una dolorosa constatación que nos recuerda lo poco que somos en la sociedad, en el mundo.
Al principio, hace muchos años, yo mismo llegué a comprarme una pequeña agenda, con el convencimiento de que quizá ella contribuiría a cambiar mi vida insatisfactoria y sin alicientes, en el sentido de que me obligaría a mí mismo a llenarla, para dar un sentido a todos y cada uno de mis días aburridos y rutinarios. Recuerdo que en enero, aunque de cosas absurdas, llenaba algunas páginas, pero luego, poco a poco, las anotaciones desaparecían, y las páginas correspondientes a los ocho o nueve meses últimos se quedaban indefectiblemente vacías, o peor, con lamentables garabatos que trataban de disimular la falta de proyectos, los blancos espacios delatores.
Hay muchas clases de agendas, buenas, malas, caras, baratas, pequeñas, grandes, pero todas ellas suelen acopiar al final una serie de informaciones que se consideran interesantes para los hombres activos, pero que sin embargo cuando las lee alguien como uno resultan absurdas y dolorosas, como la diferencia horaria con todas y cada una de las ciudades importantes del mundo, Sydney, Tokio, Burkina Faso, o el nombre de esas monedas con las que jamás compraremos nada, o las coordenadas bursátiles que no sabemos manejar o los prefijos telefónicos de ciudades donde no hay nadie que sepa que existimos.
Este año han llegado dos. Una de ellas es una agenda importante, seguramente muy cara, impresa a dos tintas, con los cortes de oro y una cinta escarlata, y una encuadernación en piel peculiar, suave y mullida. No es como acariciar a una joven sedienta de experiencias sexuales, pero tiene mapa de las carreteras de España y Europa, mapas del mundo y santorales, el nombre de los días en español, inglés, francés y alemán y, esa es la novedad, en cada página una frase de un hombre notable o de un sabio, trescientas sesenta y cinco sentencias o máximas prudentes y elevadas para llevar un poco de sabiduría y serenidad a la vida trepidante y atascada de los ejecutivos y políticos para quienes está pensada una agenda como ésa.
Son citas de clásicos y modernos, proverbios chinos o galicianos (de la parte de Lugo, que también los hay), palabras lapidarias para gente que tiene poco tiempo para la meditación, encaminadas a facilitar su rutilante vida de éxito, frases de gran decoración, como cuernas de un venado. Alguna, como una de Plutarco, digna de Maquiavelo, le ha permitido a uno pergeñar una teoría de la cita, que vendrá la semana que viene, como anoto en esta misma agenda. Dice así: «Quien disimular no pueda, que no gobierne».
El de Oráculo manual, el libro de conceptuosas y quintaesenciadas máximas de Gracián, es uno de los títulos más felices de nuestra literatura para una de las obras más hermosas, quizá porque es al mismo tiempo una de las más inútiles, pues nada hay tan inútil como una máxima, así llamada porque es mínima, o un aforismo o una greguería o una sentencia o un proverbio.
Todavía recuerdo con asombro y admiración el efecto que me producían de chico aquellas películas del oeste en las que pistoleros de toda laya desgranaban proverbiales sentencias de la Biblia antes, durante y después de haber acabado a tiros con un infeliz, pistoleros que eran abatidos a su vez por un chérif o un predicador, quienes también echaban mano de los Proverbios o de los Salmos o del Eclesiastés para llenarle el pecho de plomo o darles cristiana sepultura.
Fue entonces quizá cuando comprendí que la Biblia era también uno de los libros más hermosos, quizá porque sirviera por igual a los pistoleros y a los predicadores, en lo que declaraba su palmaria inutilidad.
Todos los libros de máximas, de aforismos, de sentencias, son por lo mismo unos grandes libros, porque no sirven para nada, y tal vez por eso uno le tenga tantísima afición a eso que hemos llamado la filosofía del pobre, la de Joubert, la de Nietzsche, la de Leopardi, la de Lichtenberg, cuyas deslumbrantes palabras brillan de pronto en la noche como aquella luz que Hansel y Gretel, perdidos en el bosque, buscaban con tanta congoja. Llegaron a la casa gracias a esa luz, pero no les sirvió de nada. Fue incluso peor.
Las sentencias son como las rosas, desvanecido su primer perfume, nos dejan más insatisfechos e ignorantes que antes de haberlas leído. Hablábamos el otro día de las agendas y de una en especial, la más completa y lujosa de las que haya conocido nunca, en cuyas páginas, decíamos, viene reproducida una frase, máxima o sentencia de diversos autores, destinada, suponemos, a los ejecutivos.
He leído con atención todas y cada una de las frases que éstos se encontrarán cada día al frente de lo que habrá de ser su agresiva y dura jornada. La primera observación es dolorosa. No hay nada peor que haber luchado para ser un gran hombre y acabar en una agenda recordado por una frase de una vulgaridad incontestable y ciclópea. «Sólo hay un bien, el conocimiento; sólo hay un mal, la ignorancia» no está, desde luego, a la altura de la fama de Sócrates, a quien se atribuye.
Otras parecen escritas especialmente para que el propietario de la agenda las suelte en un consejo de administración, porque pareciendo que dicen mucho, no dicen absolutamente nada, como ésta: «El futuro es la renta más cuantiosa de la imaginación», de un tal François L.C. Marin, que sospecho si no será un seudónimo del autor de la agenda.
Hace años pensé escribir un relato, que habría sido demasiado virgen para ser bueno, en el que un hombre de vida gris se ganaba la vida en comisiones editoriales oscuras, como confeccionar crucigramas para los periódicos o ésta de acopiar frases notables de autores célebres. El personaje de aquel relato terminaba él mismo, por pereza y escepticismo, escribiendo las frases vulgares o solemnes que atribuía luego a Homero, a Confucio, a Shakespeare o a otros no menos espurios, como ese Marin.
Vuelvo a leer ahora las frases de esa agenda que seguramente también este año se quedará vacía. Pienso en el hombre gris que habrá tenido que inventárselas para atribuírselas a otros a los que tal vez querría parecerse, y pienso en el raro placer que le dará ver que nadie ha descubierto su fraude y que los hombres influyentes y poderosos del mundo adecuan cada mañana su vida a esas sentencias que a él mismo no le han servido para nada.