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Y así hubieran podido continuar las cosas, hasta terminarse la plata, si el tío de Wang Lung no hubiese regresado súbitamente sin explicar de dónde venía ni lo que había hecho. Apareció en la puerta como si hubiese caído de una nube, con las ropas harapientas, desabrochadas y mal sujetas, como de costumbre, y el rostro igual que siempre, pero arrugado y endurecido por el sol y por el viento. Sonrió anchamente a la familia, reunida en torno de la primera comida del día, y Wang Lung se quedó con la boca abierta, pues tenía olvidado que su tío vivía y creía tener a un muerto ante sí. El viejo, su padre, pestañeó y escudriñó al recién llegado, sin reconocerlo hasta que éste gritó:
– ¡Bien, Hermano Mayor, y su hijo, y sus hijos!
Entonces Wang Lung se levantó del asiento, consternado en el fondo de su alma, pero cortés en sus maneras y en su voz, y dijo:
– Bien, tío, ¿habéis comido?
– No -replicó su tío ligeramente-, pero comeré con vosotros.
Sentóse a la mesa y se acercó una escudilla y un par de palillos y se sirvió en abundancia arroz, pescado seco, zanahorias saladas y judías. Comió con enorme apetito y nadie habló una palabra hasta que hubo dado fin de tres escudillas llenas de finas gachas de arroz, rompiendo con rapidez entre los dientes las espinas del pescado y los granos de las judías. Y cuando hubo comido dijo simplemente, como si fuera su derecho:
– Ahora dormiré, porque hace tres noches que no duermo.
Entonces, ofuscado y sin saber qué otra cosa hacer, Wang Lung le condujo a la cama de su padre, y su tío levantó la colcha y palpó la ropa buena y el pulcro algodón y dio una mirada a la armadura de la cama y a la mesa y a la gran silla de madera que Wang Lung había comprado para el cuarto de su padre, y dijo:
– Bueno, yo había oído que erais ricos, pero no sabía que lo fueseis tanto.
Y se echó sobre la cama, tapándose con la colcha a pesar del calor que hacía; y usándolo todo como si le perteneciese, se quedó dormido sin decir más.
Wang Lung regresó al cuarto central lleno de consternación, pues le constaba que ya no podría sacar al tío de su casa ahora que éste sabía que Wang Lung podía alimentarle. Y Wang Lung pensó en esto y pensó en la mujer de su tío con espanto, pues adivinaba que ahora irían a su casa y que nada les detendría.
Y tal como lo temía, así sucedió. Al mediodía, su tío se desperezó al fin en la cama, bostezó tres veces ruidosamente, salió de la habitación ajustándose las ropas y le dijo a Wang Lung:
– Ahora iré a buscar a mi mujer y a mi hijo. Somos tres bocas, y en esta gran casa tuya no se echará a faltar lo que comamos y las pobres ropas que llevemos.
Wang Lung no podía hacer otra cosa que contestar con miradas tétricas, pues para el hombre que tiene medios sobrados es una vergüenza que arroje de su casa al hermano y al sobrino de su propio padre. Y Wang Lung sabía que si hiciera esto le serviría de oprobio ante los ojos del pueblo, donde, debido a su prosperidad, era ahora respetado. Pero dió orden a los trabajadores de instalarse por completo en la casa vieja para que quedasen libres las habitaciones junto a la entrada, y en éstas entró su tío aquella misma noche trayendo consigo mujer e hijo. Wang Lung estaba colérico en extremo y más colérico aún porque no lo podía demostrar, sino que tenía que acoger con sonrisas a sus parientes y darles la bienvenida, aunque cuando veía la cara mofletuda y lisa de la mujer de su tío le parecía que iba a estallar de ira, y cuando veía la cara insolente y pícara del hijo de su tío tenía que hacer un verdadero esfuerzo para no abofetearla. Y durante tres días no apareció por la ciudad debido a su cólera.
Entonces, cuando ya se habían acostumbrado a lo sucedido y O-lan le había dicho: "Cesa de estar enojado, no nos queda más remedio que sufrirlos", y Wang Lung vio que su tío y la mujer y el hijo de su tío serían suficientemente corteses a fin de asegurarse la comida y la casa, sus pensamientos volvieron con más violencia que nunca hacia Loto y exclamó para sí:
"Cuando un hombre tiene su casa llena de perros salvajes debe ir a buscar la paz en otro sitio."
Y toda la fiebre y la angustia de antes volvió a tomar posesión de él y todavía su amor no podía ser saciado.
Ahora bien, lo que O-lan no había sabido ver por la simplicidad de su espíritu, ni el viejo por sus años, ni Ching por lealtad, la mujer del tío de Wang Lung lo descubrió en seguida, y exclamó con la risa bailándole en los ojos:
– ¡Ahora Wang Lung está tratando de cortar una flor en algún sitio!
Y cuando O-lan se la quedó mirando humildemente, sin comprenderla, se rió y dijo de nuevo:
– Hay que abrir el melón por la mitad para que tú puedas ver las simientes, ¿no es eso? Pues bien, claramente: ¡tu marido está loco por otra mujer!
Wang Lung oyó a través de la ventana de su cuarto como la mujer de su tío decía esto en el patio, cierta mañana en que él yacía en la cama medio adormilado y consumido de amor. Despertóse rápidamente, asombrado de la sagacidad de la mujer, y continuó escuchando mientras la voz fluía de su garganta como aceite:
– Bueno, yo he visto a muchos hombres, y cuando uno empieza a cepillarse el pelo, a comprarse trajes nuevos y a llevar de pronto zapatos de terciopelo, es que hay una mujer de por medio y no cabe duda alguna…
Entonces se oyó la voz de O-lan, rota y confusa, y Wang Lung no pudo oír lo que decía, pero la mujer de su tío continuó diciendo:
– Y no hay que pensar, pobre tonta, que una sola mujer sea suficiente para ningún hombre, y si esa mujer se ha consumido y agotado trabajando para él, entonces le es menos que suficiente. Sus pensamientos huyen hacia otra parte con mayor rapidez, y tú, pobre tonta, no has podido nunca llenar la fantasía de ningún hombre ni has sido para el tuyo otra cosa que una bestia de trabajo. Y no debes quejarte si ahora que tiene dinero compra a otra mujer y la trae a su casa, pues todos los hombres son iguales y lo mismo hubiera hecho el mío si hubiese podido, pero el infeliz no ha tenido nunca bastante plata ni siquiera para comer.
La mujer dijo esto y más, pero Wang Lung ya no lo oyó por que su pensamiento se detuvo aquí. Súbitamente veía ahora de qué manera podría saciar su hambre y su sed de la mujer que amaba. La compraría y la llevaría a su casa y sería su único dueño para que ningún hombre pudiese ir a ella y así le sería posible comer y beber y saciarse de su amor.
Levantóse inmediatamente de la cama y le hizo seña en secreto a la mujer de su tío, y cuando ella le hubo seguido más allá de la entrada, donde nadie podía oírle, le dijo:
– Estuve escuchando y oí lo que decíais en el patio. Tenéis razón: la mujer que tengo no me basta, y ¿por qué no he de tener otra, puesto que poseo tierra suficiente para alimentarnos todos?
Ella contestó vehementemente:
– ¿Y por qué no, en verdad? Así lo han hecho todos los hombres que han prosperado. Solamente el pobre se ve reducido a beber de un solo vaso.
Habló así sabiendo lo que él respondería, y Wang Lung dijo tal como esperaba:
– ¿Pero quién negociará el asunto por mí y será mi mediador? Un hombre no puede ir a una mujer y decirle: "Ven a mi casa".
Al oír esto, ella dijo instantáneamente:
– Deja este asunto en mis manos. Dime solamente de qué mujer se trata y yo lo arreglaré todo.
Entonces Wang Lung contestó de mala gana y tímidamente, porque jamás había pronunciado su nombre en voz alta delante de nadie:
– Es la mujer llamada Loto.
Le parecía a Wang Lung que todo el mundo tenía que haber oído hablar de Loto, olvidando que sólo dos lunas atrás él mismo ignoraba su existencia. Se mostró impaciente, por lo tanto, cuando la mujer de su tío inquirió:
– ¿Y dónde vive?
– ¿Donde ha de vivir -repuso él con aspereza- sino en la gran casa de té de la calle principal de la ciudad?
– ¿Esa que se llama "Casa de las Flores"?
– ¿Y qué otra? -repuso Wang Lung.
La mujer musitó un momento, mientras se tiraba del labio inferior, y al fin dijo:
– No conozco a nadie allí. Tendré que buscar un medio… ¿Quién es el guardián de esa mujer?
Y cuando Wang Lung le dijo que era Cuckoo, la que había sido esclava de la casa grande, ella se rió y dijo:
– ¡Ah! ¿Con que aquélla? ¿Es a eso a lo que se dedicó después que el Anciano Señor se le murió en su cama una noche? Bueno, es algo digno de ella.
Entonces rió otra vez, con un cacareante “¡Eh, eh, eh!", y dijo descuidadamente:
– ¡Con que aquélla! Pues el asunto es realmente fácil. Todo se allanará. ¡Aquélla! Aquélla movería las montañas si le ponen en la mano dinero suficiente.
Y al oír esto, Wang Lung sintió que la boca se le secaba de pronto y la voz le salió como un murmullo:
– ¡Plata, pues! ¡Plata y oro! ¡Cualquier cosa, hasta el precio de mi tierra!
Entonces, debido a una extraña y contraria fiebre amorosa, Wang Lung no quiso volver a la casa de té hasta que todo se hubiera arreglado. Para si mismo decía:
"¡Y si no quiere venir a mi casa y ser para mí únicamente, que me corten el cuello si he de volver donde está ella!"
Pero al pensar las palabras: "Si no quiere venir", el corazón se le paraba de angustia y tenía que correr continuamente a la mujer de su tío y decirle:
– Que por falta de dinero no se cierre la entrada.
Y de nuevo repetía:
– ¿Le habéis dicho a Cuckoo que tengo el oro y la plata que necesite?
Y volvía a insistir:
– Decidle que no tendrá que hacer trabajo alguno en mi casa y que vestirá de seda y podrá comer aletas de tiburón todos los días si lo desea…
Hasta que al fin la mujer se impacientó y le chilló girando los ojos:
– ¡Basta y basta! ¿Soy yo una imbécil o es ésta la primera vez que compongo a un hombre y a una mujer? Déjame tranquila y yo lo arreglaré. Ya les he dicho todo eso muchas veces.
Y a Wang Lung no le quedó otra cosa que hacer que morderse las uñas y mirar la casa como Loto la miraría, y dio órdenes a O-lan de hacer esto y lo otro, de barrer, de lavar, de cambiar de sitio sillas y mesas hasta que la pobre mujer se aterrorizó, pues bien sabía ahora, aunque él no daba explicaciones, lo que iba a suceder.
Ahora a Wang Lung le era insoportable dormir en compañía de O-lan, y se dijo que con dos mujeres en la casa hacían falta más habitaciones y otro patio y que debía haber un sitio donde él pudiera aislarse con su amor. Así es que, mientras esperaba que la mujer de su tío terminase el negocio, llamó a sus trabajadores y les ordenó construir otro patio detrás del cuarto central, y en torno a este patio edificar tres cuartos, uno grande y dos pequeños. Y los trabajadores le miraron con asombro, pero no se atrevieron a replicar y él no les explicó nada, sino que se puso a dirigirlos él mismo para no tener que hablar de lo que hacía ni siquiera con Ching. Y los hombres cogieron tierra de los campos y levantaron las paredes, y Wang Lung mandó a buscar tejas a la ciudad para cubrir el techo.
Entonces, cuando estas cosas estuvieron terminadas y la tierra del suelo apretada y lisa, hizo traer ladrillos y los hombres los colocaron unos junto a otros soldándolos con arcilla, y las tres habitaciones de Loto tuvieron un buen pavimento enlosado. Luego Wang Lung compró tela encarnada para hacer las cortinas de las puertas, y una mesa nueva y dos sillas talladas para colocar a cada lado, y dos rollos de papel en el que había pintados pintorescos paisajes, para colocarlos en la pared, detrás de la mesa.
Y compró una caja redonda, de laca roja y con tapa, puso en ella pasteles de ajonjolí y dulces mantecosos y colocó la caja sobre la mesa. Entonces compró la cama, una cama tallada, ancha y profunda, bastante grande para un cuarto relativamente pequeño, y también compró cortinas floreadas con que adornarla. Pero para todo esto le daba vergüenza requerir la ayuda de O-lan, así es que la mujer de su tío venía por las noches y hacía todas esas cosas que un hombre es demasiado torpe para hacer él mismo.
Entonces todo quedó terminado y no había ya nada por hacer, pero pasó una luna y el asunto no se había arreglado todavía, de manera que Wang Lung se regodeaba solo en el pequeño departamento que había edificado para Loto y pensó en hacer un estanque chiquitito en el centro del patio. Llamó, pues, a un obrero y éste cavó en el suelo, hizo un estanque de tres pies cuadrados que recubrió con losetas, y Wang Lung fue a la ciudad y compró para este estanque cinco peces dorados. Hecho esto, ya no se le ocurrió qué más hacer y esperó otra vez, impaciente y febril.
Durante todo este tiempo no hablaba con nadie, como no fuese para regañar a los chiquillos, si tenían las narices sucias, o para gritarle a O-lan que hacía más de tres días que no se había cepillado el pelo. Hasta que una mañana O-lan rompió a llorar y a sollozar como él jamás la había visto, ni aun en la época en que se morían de hambre. Y Wang Lung exclamó con rudeza:
– ¿Y ahora qué pasa, mujer? ¿No puedo decir que te peines esa cola de caballo que tienes por pelo sin que se arme todo este escándalo?
Pero ella no habló más que para repetir una y otra vez, entre gemidos:
– Te he dado hijos… Te he dado hijos,…
Y Wang Lung, inquieto, se calló. Y como se sentía avergonzado ante ella, la dejó sola. Era cierto que ante la ley no tenía queja alguna de su esposa, pues le había dado tres robustos hijos, los tres vivían, y él no tenía más excusa que su deseo.
Y así siguieron las cosas hasta que un día la mujer de su tío le dijo:
– El asunto está arreglado. La mujer que el amo de la casa de té tiene de guardiana hará el negocio por cien piezas de plata en la palma de la mano y de una vez, y la muchacha vendrá por unos pendientes y una sortija de jade, dos trajes de satén, dos de seda, una docena de zapatos y dos colchas de seda para su cama.
De todo esto, Wang Lung sólo oyó lo primero: "El asunto está arreglado", y corrió a la habitación interior, sacó la plata y la puso en manos de la mujer, pero todavía secretamente porque no le gustaba que nadie viese partir así las buenas cosechas de tantos años. Y a la mujer de su tío le dijo:
– Podéis quedaros con diez piezas de plata.
Al oír esto, ella simuló rechazar el regalo y encogiendo sus gruesos hombros y girando la cabeza a un lado y a otro murmuró:
– No, no las cogeré. Somos una misma familia y tú eres mi hijo y yo soy tu madre y lo que hago lo hago por ti y no por la plata.
Pero Wang Lung vio que tenía la mano extendida mientras rehusaba, y vertió en ella la plata con generosidad.
Hecho esto compro cerdo y buey, y pescado exquisito, brotes de bambú y castañas, nidos de pájaros del Sur para hacer sopa, aletas de tiburón y cuantas exquisiteces conocía, y volvió a esperar…, si es que aquella ardiente y turbulenta impaciencia que le consumía podía llamarse espera.
En un día radiante y ardoroso de la octava luna, que es el final del verano, Loto llegó a su casa. Wang Lung la vio desde lejos. Venía en una silla de manos cerrada, que conducían a hombros unos mozos; la silla se movía hacia aquí y hacia allá, serpenteando a través de los estrechos caminos que bordeaban los campos, y detrás de ella seguía la figura de Cuckoo. Entonces Wang Lung tuvo un instante de miedo y se dijo:
"¿Qué es lo que estoy introduciendo en mi casa?"
Y sin casi darse cuenta de lo que hacía entró rápidamente en la habitación donde durante tantos años había dormido con su esposa, cerró la puerta tras él y allí, en la oscuridad del cuarto estuvo esperando lleno de confusión hasta que oyó la voz de la mujer de su tío que lo llamaba a gritos diciéndole que había alguien a la entrada.
Entonces, avergonzado y como si jamás hubiese visto a la muchacha, salió afuera, inclinando la cabeza sobre sus ropas finas y mirando a la izquierda y a la derecha, pero nunca hacia delante. Cuckoo le llamó alegremente, exclamando:
– ¡Bueno, y no creía yo que haríamos negocio así!
Y dirigiéndose a la silla de manos, que los hombres habían posado en el suelo, levantó la cortina, hizo restallar la lengua y dijo:
– Sal, mi Flor de Loto, que aquí tienes tu casa y tu señor. Y Wang Lung sudaba de angustia porque veía en el rostro de los hombres muecas de risa, y pensó:
"Bueno, éstos son ganapanes de las calles de la ciudad y gentes despreciables."
Y se indignó consigo mismo porque había enrojecido y el rostro le ardía.
La cortina se levantó en aquel momento y Wang Lung vio. Sentada en el umbroso recinto de la silla de manos, pintada y fresca como un lirio, a la joven Loto. Y lo olvidó todo, incluso su ira contra los maliciosos ganapanes de la ciudad, todo menos que había comprado a esta mujer para él solo y que la traía a su casa para siempre, y permaneció rígido y tembloroso mientras ella se levantaba, grácil como una flor sobre la que hubiera pasado la brisa. Entonces, bajo la intensa contemplación de Wang Luna, Loto tomó la mano de Cuckoo y salió de la silla, manteniendo el rostro inclinado y los ojos bajos y andando cimbreante e insegura al paso de sus menudos pies, apoyada en Cuckoo. Y al pasar ante Wang Lung no le dirigió la palabra, sino que le dijo a Cuckoo débilmente:
– ¿Dónde está mi cuarto?
Entonces la mujer de su tío se colocó al otro lado de la muchacha y entre las dos la condujeron al patio y a las habitaciones que Wang Lung había construido para ella. Y a todo esto, nadie de la casa la vio pasar, pues Wang Lung había mandado a los trabajadores y a Ching a trabajar en un campo lejano aquel día, y O-lan se había ido no sabía adónde, llevándose con ella a los dos pequeños, y los dos mayores estaban en la escuela, y en cuanto a la pobre tonta no veía nunca quién entraba ni quién salía ni conocía más rostros que el de su padre y el de su madre. Pero cuando Loto hubo entrado en su departamento, Cuckoo corrió las cortinas tras ella.
Después de un rato, la mujer del tío de Wang Lung apareció de nuevo, riendo con cierta malicia, y se sacudió las manos como para desembarazarlas de algo que se pegaba a ellas.
– Lo que es ésa, apesta a perfume y a pintura como una cosa mala – dijo riendo todavía. Y luego exclamó con más honda malicia-: ¡No es tan joven como parece, sobrino! Y me atrevería a decir esto: que si no hubiera estado bordeando la edad en que los hombres cesarán pronto de mirarla, es muy probable que ni jade para sus orejas, ni oro para sus manos, ni seda y satén para su cuerpo la habrían decidido a venir a la casa de un labrador. Aunque sea un labrador rico.
Sin embargo, al ver la expresión de cólera que tomaba el rostro de Wang Lung al oír este lenguaje demasiado claro, añadió apresuradamente:
– Pero es hermosa: nunca he visto una mujer más hermosa que ella, y será para ti un dulce como el arroz de ocho frutas que sirven en las fiestas, después de tus años pasados con la huesuda esclava de la Casa de Hwang.
Pero Wang Lung no contestó nada; empezó a moverse de un lado a otro de la casa, a escuchar y a no encontrar reposo. Al fin se atrevió a levantar la cortina roja y a entrar en el patio que había construido para Loto y, de allí, a la habitación en penumbra donde ella estaba; y allí permaneció con ella todo el día hasta la noche.
Durante todo este tiempo, O-lan no había aparecido por la casa. Al rayar el alba cogió una azada de la pared y un poco de comida fría envuelta en una hoja de col y, llamando a los niños, había partido con ellos y aún no estaba de vuelta. Pero cuando cayó la noche entró en la casa seguida de los niños, silenciosa, manchada de tierra y ensombrecida de cansancio. Y sin hablar con nadie fue a la cocina, preparó la cena y la puso sobre la mesa como siempre hacía; luego llamó al viejo y le colocó los palillos en la mano, dio de comer a la pobre tonta y comió ella también un poco con los niños. Entonces, cuando se durmieron y Wang Lung permanecía aun sentado a la mesa, perdido en sus sueños, ella se lavó para la noche y al fin entró en su cuarto y durmió sola en su cama.
Entonces Wang Lung comió y bebió de su amor día y noche. Hora tras hora pasaba en el cuarto donde Loto permanecía echada indolentemente sobre su cama, y no se cansaba de observarla. La muchacha no salía nunca temprano durante los calores del otoño, sino que yacía perezosamente mientras Cuckoo bañaba su frágil cuerpo con agua tibia y le frotaba el cuerpo y el cabello con aceite, y la perfumaba, pues había sido la voluntad de Loto, que Cuckoo permaneciese con ella para su servicio, y como le pagaba pródigamente, la mujer aceptó, contenta de servir a una en vez de a muchas. Y ella y Loto, su señora, habitaron separadas de los otros en el departamento que Wang Lung había edificado.
Durante todo el día, la muchacha permanecía en la fresca penumbra de su cuarto, mordisqueando dulces y frutas, vestida únicamente con ligeras ropas estivales de seda verde, una chaquetilla ceñida que le llegaba hasta la cintura y anchos pantalones; así la encontraba Wang Lung cuando venía a verla y comía y bebía de su amor.
Luego, cuando el sol se ponía, Loto rechazaba su señor con linda petulancia, y Cuckoo la bañaba de nuevo, la perfumaba y ponía ropa fresca de la que le había regalado Wang Lung: suavísima seda blanca junto a su carne y, para el exterior, seda color de melocotón, y para los piececitos, zapatos bordados que Cuckoo le calzaba. Entonces la muchacha salía al patio y examinaba el pequeño estanque con sus cinco peces dorados, y Wang Lung la contemplaba, asombrado de la maravilla que poseía. La muchacha pasaba, cimbreándose, a pasos menudos, y para Wang Lung no había en el mundo belleza mayor que sus piececitos puntiagudos y sus manos finas y frágiles.
Y comió y bebió de su amor y se regaló solo y se sintió saciado.