38589.fb2 La Buena Tierra - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 22

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XXI

No era de suponer que la llegada de Loto y de su servidora Cuckoo a la casa de Wang Lung pudiera realizarse sin discordia, ya que más de una mujer bajo el mismo techo implica siempre una amenaza de disturbio. Pero Wang Lung no lo había previsto, y aunque se percataba, por la expresión sombría de O-lan y por la acritud de Cuckoo, de que algo sucedía, no hacía caso de ello ni concedía atención a nadie mientras su deseo le poseía.

Pero cuando el día cedía el paso a la noche y la noche al amanecer y Wang Lung veía que era verdad que Loto continuaba en su casa; cuando las lunas se sucedían y ella permanecía allí, al alcance de su mano, su sed de amor calmóse un tanto y vio cosas que nunca había visto.

Vio, primeramente, que existía enemistad entre O-lan y Cuckoo. Esto fue una gran sorpresa para él, pues se hallaba preparado a que O-lan odiase a Loto, habiendo oído decir que estas cosas ocurrían y que incluso algunas mujeres se ahorcaban de una viga cuando el marido traía una segunda mujer a la casa, y otras reñían y le hacían al hombre la vida imposible para vengarse de lo que había hecho, de manera que él se sentía satisfecho de que O-lan fuese al menos silenciosa y no encontrase palabras de acusación contra él. Pero lo que no se había figurado era que aunque O-lan pudiera permanecer callada respecto a Loto, su cólera hallaría una válvula de escape en Cuckoo.

Ahora bien, Wang Lung había pensado solamente en Loto cuando la joven le suplicó:

– Déjeme conservar a esta mujer como mi servidora, ya que estoy sola en el mundo, pues mi padre y mi madre murieron cuando yo no andaba todavía y mi tío me vendió en cuanto vio que era bonita. No he conocido más vida que la que tú sabes, y no tengo a nadie.

Dijo esto vertiendo lágrimas, siempre prontas y brillantes en sus bellos ojos, y Wang Lung no podía negarle nada cuando le miraba así. Además era cierto que la muchacha no tenía a nadie para servirla y que estaba sola en la casa, ya que no era de esperar que 0lan se ocupara de ella, puesto que ni le hablaba ni parecía haberse enterado de su presencia en la casa. No quedaba, pues, nadie más que el tío de Loto, y le repugnaba a Wang Lung tenerle allí, entremetiéndose y curioseando por la casa únicamente para que no le faltase a Loto alguien con quien hablar. Así es que consideró conveniente a Cuckoo, pues, de todas maneras, no sabía de ninguna otra mujer que quisiera venir.

Pero parece que cuando O-lan vio a Cuco, encolerizóse en extremo, con una cólera sombría y profunda que Wang Lung no le conocía. Cuckoo estaba dispuesta a que fueran amigas, ya que ella recibía su paga de Wang Lung, pero, no obstante, no olvidaba que en la casa grande ella había compartido la habitación del señor, mientras O-lan era esclava en la cocina y una entre muchas. Sin embargo, exclamó con bastante cordialidad cuando vio a O-lan:

– Bueno, mi vieja amiga, ya estamos juntas otra vez en una misma casa. Y ahora tú eres ama y primera esposa… ¡Mi madre! ¡Cómo cambian las cosas!

Pero O-lan se la quedó mirando sin responder, y cuando comprendió quién era y lo que hacía, dejó el jarro de agua que llevaba en la mano, fue a la habitación central donde Wang Lung permanecía a veces entre sus horas de amor, y abordándole francamente le preguntó:

– ¿Qué hace esa esclava en nuestra casa?

Wang Lung miró al Este y al Oeste. Le hubiera gustado contestar con una ruda voz de amo: "¡Bueno, ésta es mi casa y a quien yo deje entrar en ella, puede entrar en ella! ¿Y quién eres tú para interrogarme?" Pero no podía hablar así, por cierta vergüenza que sentía cuando O-lan estaba ante él. Y esta vergüenza le hacía indignarse consigo mismo, pues cuando analizaba las cosas veía que no tenía por qué sentirla y que él no había hecho más de lo que hacen otros hombres cuando les sobra plata.

Así y todo, no podía hablar, y sólo miraba al Este y al Oeste, pretendía haber perdido la pipa entre sus ropas y rebuscaba en el cinturón. Pero O-lan permanecía allí, esperando una respuesta, y al no recibirla volvió a preguntar con las mismas palabras:

– ¿Qué hace esa esclava en nuestra casa?

Entonces Wang Lung, viendo que O-lan exigía una contestación, repuso débilmente:

– ¿Y qué te importa a ti?

Y O-lan dijo:

– Durante toda mi juventud tuve que sufrir sus orgullosos desplantes en la casa grande. Entraba en la cocina un sinfín de veces cada día, gritando:"¡Ahora té para el señor!, y "¡Ahora comida para el señor!" Y siempre estaba demasiado fría o demasiado caliente y las cosas estaban mal guisadas y yo era demasiado fea y demasiado lenta y demasiado esto y demasiado aquello…

Pero todavía Wang Lung no contestaba, porque no sabía qué decir. O-lan esperó, y al ver que él no hablaba, lágrimas ardientes acudieron a sus ojos, que guiñó repetidamente para retenerlas, y, no lográndolo, se enjugó los ojos con la punta de su delantal azul, diciendo al fin:

– Es amargo que me ocurra esto en mi propia casa… ¡Y no tengo madre a cuyo hogar acogerme, ni a donde poder ir!

Y como Wang Lung permanecía aún silencioso, fumando la pipa que había encendido, O-lan le miró lastimosamente con sus ojos extraños, tristes y mudos como los de una bestia que no puede expresarse, y luego se fue, tendiendo las manos para palpar la puerta porque las lágrimas la cegaban.

Wang Lung la miró alejarse, contento de que le dejara solo, pero todavía avergonzado y todavía furioso consigo mismo por su vergüenza. Y se dijo en voz alta, como si discutiera con otra persona:

– ¡Bueno! ¡Al fin y al cabo, no he sido malo con ella, y otros hombres hay peores!

Y por último se dijo que O-lan tendría que aguantarse.

Pero O-lan, aunque nada decía, no había dado el asunto por terminado. Por la mañana calentaba agua y se la servía al anciano, y a Wang Lung, si no se hallaba en las habitaciones de Loto, le servía té, pero cuando Cuckoo iba a buscar agua caliente para su señora, encontraba el caldero vacío, y todas sus preguntas y sus exclamaciones no lograban arrancarle a O-lan una respuesta. Entonces no le quedaba a Cuckoo más remedio que calentar ella misma el agua para su señora, si es que había que llevársela; pero a todo esto era ya hora de preparar el almuerzo, no había espacio en el caldero para más agua, y O-lan se dedicaba impasiblemente a sus guisos sin responder nada a Cuckoo, que protestaba:

– ¿Y tendrá mi delicada señora que yacer muerta de sed en su cama, esperando el agua caliente?

Pero O-lan no la oía; continuaba echando más hierba y paja en las entrañas del horno, esparciendo el combustible tan cuidadosa y hábilmente como en los viejos tiempos, cuando cada hoja era preciosa por el fuego que significaba. Y Cuckoo tuvo que ir a quejarse a Wang Lung, quien, furioso de que tales cosas nublaran la paz de su amor, reprendió a O-lan, gritándole:

– ¿No puedes añadir al caldero un poco más de agua por las mañanas?

Pero ella contestó, con el rostro más sombrío que nunca:

– Yo no soy esclava de esclavas, en esta casa por lo menos.

Entonces una ira irrefrenable tomó posesión de Wang Lung, y cogiendo a O-lan por los hombros la sacudió con fuerza y dijo:

– ¡No seas estúpida! El agua no es para la sirvienta, sino para su señora.

O-lan sufrió su violencia mirándole al rostro y dijo simplemente:

– ¡Y a esa mujer entregaste mis dos perlas!

Entonces Wang Lung dejó caer las manos, se quedó sin palabras, la cólera huyó de él como por encanto y se fue, lleno de vergüenza, a decirle a Cuckoo:

– Construiré otra cocina y otro horno, en el que podrás cocinar lo que te plazca. La primera esposa no sabe nada de las exquisiteces que la otra necesita para su cuerpo de flor… exquisiteces de las que también podrás gozar tú.

De manera que dio orden a los trabajadores de construir un pequeño cuarto y en él un horno de tierra, y compró un buen caldero. Y Cuckoo se sintió contenta porque Wang Lung había dicho: "Podrás cocinar lo que te plazca".

En cuanto a Wang Lung, se dijo que por fin las cosas habían sido arregladas satisfactoriamente, que sus mujeres tenían paz y él podría gozar del amor con tranquilidad. De nuevo le parecía que jamás llegaría a cansarse de Loto, de sus mimos, de la manera en que bajaba los ojos, sobre los que diríanse los párpados pétalos de lirio, y del modo como la risa brillaba en sus pupilas cuando las alzaba para fijarlas en él.

Pero ocurrió que, a pesar de todo, el asunto de la nueva cocina se le convirtió en un aguijón que llevaba clavado en el cuerpo, pues Cuckoo iba a la ciudad cada día y adquiría manjares caros, de los importados de las ciudades del Sur. De algunos de estos manjares él ni siquiera había oído hablar nunca: curiosas nueces, dátiles secos, raros pasteles hechos con harina de arroz, nueces y azúcar rojo, peces de mar, cornudos y extraños y muchas cosas más. Todo esto costaba más dinero de lo que a él le era grato dar, pero así y todo no tanto, tenía el convencimiento, como Cuckoo le decía. Sin embargo, no se atrevía a decirle: "Me estáis comiendo vivo", por temor a que se ofendiera y Loto se enojase con él. Así, pues, aunque de mala gana, no tenía más remedio que llevarse la mano al bolsillo. Y esto constituía para él una verdadera espina, y porque no tenía a nadie a quien quejarse de ella, la punzada le dolía más y más y enfriaba un poco el fuego de su amor hacia Loto.

Pero aún había otro pequeño aguijón, salido del primero, y era que la mujer de su tío, muy aficionada a los buenos platos, frecuentaba a menudo las habitaciones de Loto a las horas de comer, haciéndose allí muy familiar; y le molestaba sumamente a Wang Lung que de entre las personas de su casa, Loto hubiera escogido como amiga a esta mujer. Las tres comían bien y hablaban incesantemente, cuchicheando y riendo; había algo en la mujer de su tío que a Loto le era simpático, y cuando se reunían hallábanse felices y contentas, lo que a Wang Lung no le hacía gracia alguna.

Pero tampoco en esto podía intervenir, pues cuando le dijo a Loto dulcemente: "Loto, mi flor divina, no malgastes tu gentileza con esa bruja. Te necesito yo para solaz de mi corazón, y esa mujer no es más que una criatura falsa y desleal", al decirle esto, Loto se impacientó y contestó irritada:

– Yo no tengo a nadie, ni poseo amigos, y estoy acostumbrada a vivir en una casa alegre, mientras que en la tuya no hay más que la primera esposa, que me odia, y esos chiquillos tuyos que son una plaga para mí. ¡No tengo a nadie!

Y usó sus armas contra él y aquella noche no le permitió entrar en su cuarto, quejándose y diciendo:

– Tú no me amas. Si me amases desearías que fuese dichosa. Entonces Wang Lung, ansioso, sumiso y arrepentido, exclamó:

– Sea como tú quieras y para siempre.

Con lo cual ella le perdonó magnánimamente y él, temeroso de contradecirla, se abstuvo ya de oponerse a sus deseos. Desde entonces, cuando iba a ver a su Loto, si ésta se hallaba charlando, o tomando té, o comiendo algún dulce en compañía de la mujer de su tío, le mandaba esperarla y prescindía de él, y él se marchaba, furioso de que a Loto le molestase su presencia cuando aquella mujer estaba allí, y su amor se enfrió un tanto, aunque él mismo no lo sabía.

Le indignaba, además, que la mujer de su tío comiese los ricos manjares que él compraba para Loto, y que se volviese más gorda y más aceitosa de lo que ya había sido, pero no podía decir nada porque la mujer de su tío, que era muy lista, mostrábase sumamente cortés con ella, generosa en palabras de alabanza y pronta a levantarse en cuanto él entraba en la habitación.

Así, su amor por Loto no era tan absoluto y perfecto como antes había sido, cuando le absorbía totalmente cuerpo y alma, sino que se hallaba enturbiado por pequeños rencores, tanto más agudos cuanto que ya no podía ir ni siquiera a O-lan para desahogar su espíritu, puesto que ahora sus vidas estaban separadas.

Pero, como un campo de abrojos que desparramase sus espinas aquí y allí, una nueva calamidad vino a turbar a Wang Lung. Cierto día, su padre, de quien se hubiera dicho que jamás veía nada, tan aletargado le tenían sus muchos años, se despertó de pronto de su sopor al sol y se encaminó, apoyándose con vacilación en el báculo con cabeza de dragón que Wang Lung le regalara al cumplir los setenta años, hacia la puerta donde una cortina separaba el cuarto principal del patio donde Loto paseaba. El anciano no se había fijado nunca en esta puerta, ni cuando se construyó el patio, y aparentemente tampoco llegó a enterarse de la existencia en la casa de otra persona; por su parte, Wang Lung no le había dicho nunca: "Tengo otra mujer", pues el anciano estaba tan sordo que no acertaba a comprender nada nuevo si antes no había pensado en ello.

Pero aquel día vio, sin razón especial alguna, aquella puerta, y llegándose a ella descorrió la cortina. Era la hora del atardecer, en que Wang Lung paseaba por el patio con Loto, y se hallaban los dos junto al estanque, Loto mirando los peces y Wang Lung mirando a Loto. Cuando el anciano vio a su hijo al lado de una muchacha frágil y pintada, se puso a gritar con su voz aguda y cascada:

– ¡Hay una ramera en casa!

Y no hubo modo de hacerle callar, a pesar de que Wang Lung, temeroso de que Loto se encolerizase -pues esta leve criatura podía chillar, gritar y batir las manos violentamente cuando se enfurecía-, se adelantó hacia su padre y le condujo al otro patio, apaciguándole y diciéndole:

– Calmad vuestro corazón, padre mío. No es una ramera, sino una segunda mujer en la casa.

Pero el anciano no se callaba, y hubiera oído, o no, lo que Wang Lung le decía, tornaba a repetir una y otra vez:

– ¡Aquí hay una ramera!

Y al ver a Wang Lung a su lado exclamó de pronto:

– ¡Yo tuve una sola mujer y mi padre tuvo una sola mujer, y labramos la tierra!

Y pasados unos instantes, gritó de nuevo:

– ¡Digo que es una ramera!

Así despertó el anciano del agitado sopor de su vejez: con una especie de odio astuto hacia Loto. A veces iba a la puerta de su patio y gritaba al vacío:

– ¡Ramera!

O apartaba la cortina y escupía furiosamente sobre las losetas. O buscaba piedrecillas y las lanzaba con toda la fuerza de sus débiles brazos dentro del estanque, para asustar a los peces. Expresaba su furor por todos los medios tortuosos de un chiquillo malo.

Y esto también era un motivo de perturbación en la casa de Wang Lung, ya que le avergonzaba reprender a su padre y, al mismo tiempo, temía la cólera de Loto, pues había descubierto que la muchacha era de un genio vivo que se inflamaba pronto. Y esta ansiedad continua para evitar que el anciano la enfureciese, acababa por fatigarle y era una cosa más que hacía de su amor una carga.

Un día oyó un chillido en las habitaciones de la muchacha y acudió presuroso, habiendo reconocido la voz de Loto. Entró y encontró allí que los dos pequeños, el niño y la niña nacidos a la vez, habían llevado entre los dos a las habitaciones de Loto a la hija mayor, a la pobre tonta. Ahora bien, los cuatro niños sanos sentían una constante curiosidad por aquella dama que vivía apartada en sus habitaciones, pero los dos mayores mostrábanse conscientes y tímidos, y sabían perfectamente por qué estaba allí y lo que su padre tenía que ver con ella, aunque jamás la nombraban, como no fuera entre ellos y en secreto. Pero los dos pequeños nunca veían saciada su curiosidad, ni daban por concluidas sus miradas y sus exclamaciones, olfateando el perfume que llevaba Loto y metiendo los dedos en los platos que sacaba Cuckoo de su cuarto después que ella había comido.

Loto se había quejado muchas veces a Wang Lung de que sus chiquillos eran una plaga para ella, manifestando su deseo de que los encerrase para que no la molestaran, pero Wang Lung no estaba dispuesto a ello y le había contestado en broma:

– Bueno, les gusta mirar una cara bonita tanto como a su padre.

Y no hizo otra cosa sino prohibirles entrar en las habitaciones de Loto, y cuando él los veía se abstenían de hacerlo, pero cuando no los veía entraban y salían de ellas secretamente. Pero la hija mayor no sabía nada de nada y no hacía sino sentarse al sol, contra la pared del primer patio, y jugar con su trocito de tela retorcida.

Aquel día, sin embargo, hallándose los dos mayores en el colegio, los pequeños habían concebido la idea de que la tonta tambien tenía que ver a la hermosa dama, y cogiéndola por las manos la llevaron a su patio, donde Loto, que jamás la había visto, se la quedó mirando llena de asombro. Ahora bien, cuando la tonta vio la brillante seda de la túnica de Loto, y la vívida luz del jade de sus pendientes, sintióse poseída de una extraña alegría, tendió la mano para coger aquellos brillantes colores y se rió en voz alta, con una risa inexpresiva que era sólo sonido. Y Loto, asustada, había dado un grito que atrajo a Wang Lung; y en pie ante él, temblando de furor, agitando sus pequeños pies en menudos saltitos y señalando con un dedo tembloroso a la pobre tonta, que no cesaba de reír, Loto exclamó:

– ¡Me niego a permanecer en esta casa si ésa vuelve a acercárseme! ¡No me habían dicho que tendría que soportar a malditos idiotas, y si lo hubiera sabido no estaría aquí! ¡Asquerosos hijos tuyos!

Y le dio un empujón al muchachito boquiabierto que se hallaba cerca de ella agarrado de la mano de su hermana gemela.

Entonces despertó en Wang Lung su dignidad herida, pues amaba a sus hijos, y exclamó ásperamente:

– ¡No toleraré que se maldiga a mis hijos, ni siquiera a mi pobre tonta! No lo toleraré de nadie y menos de ti, que no tienes hijo en el vientre para ningún hombre!

Y agrupando a los niños, les dijo:

– Ahora salid, hijos míos, y no volváis a las habitaciones de esta mujer porque no os quiere, y si no os quiere a vosotros tampoco quiere a vuestro padre.

Y a la hija mayor le dijo con gran dulzura:

– Y tú, mi pobre tonta, vuelve a tu sitio al sol.

La muchacha sonrió y Wang Lung la cogió por la mano y salió con ella.

Porque lo que más le dolía era que Loto se hubiera atrevido a maldecir a esa hija suya y a llamarla idiota, y una nueva opresión de pena por la niña se apoderó de él, tanto que en dos días no pudo acercarse a Loto, y se dedicó a jugar con los niños y fue a la ciudad y compró un aro de caramelo para su pobre tonta, sintiéndose algo consolado por el placer que la niña hallaba en aquel dulce pegajoso.

Y cuando volvió a Loto, ninguno de los dos mencionó los días de ausencia, y Loto tuvo especial cuidado en ser agradable y gentil con él.

Cuando entró en su habitación estaba tomando té con la mujer de su tío y se excusó en seguida diciéndole a ésta:

– Aquí está mi señor y he de ser obediente con él porque ése es mi gusto.

Y permaneció en pie hasta que la mujer se marchó.

Entonces se acercó a Wang Lung y, tomándole una mano, la llevó a su rostro mimosamente. Pero Wang Lung, aunque la amaba de nuevo, no la amaba de un modo tan absoluto como antes, ni ya volvió a amarla así.

Llegó un día en que el verano se terminó y el cielo aparecía por la mañana claro, frío y azul como agua de mar. Un viento de otoño soplaba sobre la tierra, y Wang Lung despertó de su sueño.

Fue a la puerta de su casa y miró hacia sus campos. Y vio que las aguas habían retrocedido y que la tierra brillaba bajo el viento seco y frío y el sol ardiente.

Entonces, una voz gritó en él, una voz más honda que su amor gritó en él reclamando la tierra. Y él la escuchó por encima de todas las otras voces de su vida, y despojándose de su larga túnica, quitándose los zapatos de terciopelo y las medias blancas, se arrolló los pantalones hasta la rodilla y, adelantándose ansioso y decidido, gritó:

– ¿Dónde está la azada y dónde el arado? ¿Y dónde está la simiente para plantar el trigo? Ven, Ching, amigo mío, ven… Llama a los hombres… ¡Me voy a la tierra!