38589.fb2 La Buena Tierra - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 24

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XXIII

Ahora bien, Loto, viendo a Wang Lung distraído en su presencia y pensando en otras cosas, se enojó y dijo:

– Si yo hubiera sabido que en un breve año podrías llegar a mirarme y no verme, me habría quedado en la casa de té.

Loto volvió la cabeza, mirando a Wang Lung con el rabillo del ojo, y Wang Lung se echó a reír. Cogiéndole una mano la apoyó contra su mejilla, aspirando su fragancia, y dijo:

– Bueno, el caso es que un hombre no puede pasarse la vida pensando en la joya que ha cosido a su túnica, pero si la perdiera no podría sufrirlo. Estos días estoy pensando en mi hijo mayor, y en como la sangre arde de deseo en sus venas, y en que no encuentro a nadie a propósito con quien casarle. No quiero darle por esposa a una hija de alguno de los labradores del pueblo, ni estaría eso bien, considerando que llevamos el nombre común de Wang. Y, sin embargo, no conozco lo suficiente a ningún hombre de la ciudad para decirle: "Aquí está mi hijo y ahí está tu hija", y me repugna acudir a un casamentero profesional, no vaya a estar de acuerdo con alguien que tenga una hija deforme o idiota.

Loto, desde que el primogénito de Wang Lung se había convertido en un adolescente alto y gallardo, miraba al muchacho con simpatía, y, divertida por lo que Wang Lung le contaba, replico meditativa:

– Cuando yo estaba en la casa de té iba a verme un hombre que me hablaba a menudo de su hija porque decía que era como yo, pequeña y fina, aunque una niña todavía. Y me repetía: "Te quiero con una extraña inquietud, como si fueras mi hija; te pareces demasiado a ella, y eso me turba y no está bien". Y por esta razón, aunque me prefería a mí, se fue con una muchacha alta y roja llamada Flor de Granado.

– ¿Qué clase de hombre era ése? -preguntó Wang Lung.

– Un buen hombre, generoso con el dinero e incapaz de prometer y no dar. Todas le queríamos bien porque no era refunfuñón, y si una se sentía cansada no gritaba, como hacían otros, que se le había estafado, sino que decía tan cortésmente como pudiera hacerlo un príncipe o un gran señor de alguna noble casa: "Bueno, aquí está la plata, y descansa, hija mía, hasta que el amor florezca de nuevo." Siempre nos hablaba con mucha gentileza.

Y Loto se quedó meditando hasta que Wang Lung dijo vivamente, para sacarla de sus reflexiones, pues no le gustaba que pensase en su antigua vida:

– ¿Qué negocio tenía, pues, con toda esa plata?

Y ella contestó:

– Eso no lo sé, pero creo que era propietario de un mercado de granos. Se lo preguntaré a Cuckoo, que sabe todo lo que se refiere a los hombres y su dinero.

Le llamó tocando las palmas, y Cuckoo acudió de la cocina. Loto le preguntó:

– ¿Quién era aquel hombre alto, grueso y bondadoso que venía a verme a mí y luego a Flor de Granado porque yo le recordaba a su hijita y eso le turbaba, aunque siempre me quiso más a mi que a las otras?

Y Cuckoo contestó en seguida:

– Ah, ése era Liu, el negociante en granos. ¡Ah, era un buen hombre! Siempre que me veía me dejaba plata en la mano.

– ¿Dónde está su mercado? -inquirió Wang Lung con negligencia, porque no confiaba que de esta charla de mujeres resultase gran cosa.

– En la calle del Puente de Piedra -dijo Cuckoo.

Entonces, y antes de que Cuckoo hubiese terminado de hablar, Wang Lung frotó sus manos con satisfacción y dijo:

– ¡Ése es el mercado donde yo vendo mi grano! Esto es una cosa propicia y seguro que podrá realizarse.

Y por vez primera se despertó su interés, pues le parecía muy afortunado casar a su hijo con la hija del hombre que compraba sus cereales.

Cuando había algún asunto que llevar a cabo, Cuckoo olía el dinero que hubiese en él como una rata huele el sebo, y limpiándose las manos en el delantal dijo rápidamente:

– Estoy pronta a servir al señor.

Wang Lung dudaba, y dudando fijó la mirada en el rostro astuto de la mujer, pero Loto exclamó alegremente:

– ¡Es verdad! Cuckoo irá a ver al comerciante Liu, que la conoce bien, y la cosa se hará porque Cuckoo es muy lista, y, si se hace, los honorarios del casamiento serán para ella.

– ¡Pues eso haré! -exclamó con vehemencia.

Rióse pensando en la buena plata que iba a ganar, se quitó el delantal apresuradamente y añadió con solicitud:

– Voy a ir ahora mismo, pues la carne está preparada y a punto de guisar, y los vegetales, lavados.

Pero Wang Lung no había meditado suficientemente sobre el asunto ni quería decidirlo con tanta rapidez.

– No -exclamó-; todavía no he decidido nada. Tengo que reflexionar durante unos días y ya os diré lo que determine.

Las mujeres estaban impacientes, Cuckoo por la plata y Loto porque esto era algo nuevo, que la divertía; pero Wang Lung se fue diciendo:

– No; se trata de mi hijo y quiero esperar.

Y hubiera podido esperar durante muchos días, pensando en unas cosas y en otras, si el muchacho, su primogénito, no hubiera un día llegado a casa al amanecer, con la cara ardiente y roja de beber vino, el aliento fétido y los pies vacilantes. Wang Lung le oyó tropezar en el patio, salió corriendo para ver quién era y el muchacho se puso malo y vomitó ante él, pues no tenía costumbre de beber otra cosa que el flojo vino de arroz fermentado que hacían de su propia cosecha. Luego se desplomó al suelo y allí quedó, yaciendo sobre lo vomitado, como un perro.

Wang Lung, asustado, llamó a O-lan, y entre los dos levantaron al muchacho y O-lan le lavó y le tendió en la cama de su propio cuarto, y al cabo de un rato el mozo se durmió como un muerto y no pudo contestar nada a las preguntas de su padre. Entonces Wang Lung fue a la habitación donde dormían los dos muchachos y encontró allí al segundo bostezando, desperezándose y envolviendo sus libros en un paño cuadrado, para llevárselos a la escuela, y le preguntó:

– ¿Se acostó tu hermano mayor contigo anoche?

Y el muchacho contestó de mala gana:

– No.

Había en su rostro una expresión de miedo, y, viéndola, Wang Lung le gritó ásperamente:

– ¿Adónde fue?

Y como él no quisiera contestar, su padre le cogió por el cuello y le sacudió con fuerza, gritándole:

– ¡Ahora dímelo todo, perro!

Esto asustó al chico, que empezó a llorar y a sollozar, y entre sollozos confesó:

– ¡Mi hermano mayor dijo que no tenía que contároslo y que si os lo contaba me pincharía y me quemaría con una aguja ardiente, y que si no os lo contaba me daría peniques!

Y Wang Lung, fuera de sí al oír esto, rugió:

– ¿Contarme qué, tú que debías morir?

El muchacho miró en torno a sí y dijo desesperadamente, viendo que su padre le ahogaría si no contestaba:

– Ha pasado fuera tres noches, pero adónde va no lo sé, excepto que va con el hijo de vuestro tío, nuestro primo.

Wang Lung soltó la mano del cuello de su hijo, le apartó de un empujón y entró en las habitaciones de su tío. Allí encontró al hijo de éste rojo y ardiente por el vino, como su propio hijo, pero con los pies firmes porque era mayor y estaba habituado a las costumbres de los hombres.

– ¿Adónde has llevado a mi hijo? -le gritó Wang Lung.

Más el joven le miró con mofa y repuso:

– ¡Ah, el hijo de mi primo no necesita que le lleven! Sabe ir solo.

Pero Wang Lung repitió su pregunta, y esta vez pensó para sus adentros que ahora iba a matar a este hijo de su tío, a deshacer esta cara dura y desvergonzada, y gritó con voz terrible:

– ¿Dónde ha estado mi hijo esta noche?

Al oír esta voz, el joven se asustó y repuso bruscamente y de mala gana:

– Estuvo en casa de la ramera que vive en un cuarto de los que pertenecieron a la casa grande.

Wang Lung, entonces, dejó escapar un gemido, porque esta ramera era bien conocida de muchos hombres y sólo los más pobres y vulgares iban a ella, pues ya no era joven y estaba dispuesta a dar mucho por poco.

Sin detenerse a tomar alimento, Wang Lung salió de su casa y atravesó sus campos. Por primera vez no se fijó en nada de lo que crecía de su tierra, ni notó lo que la cosecha prometía, debido a esta perturbación que su hijo le había traído. Marchaba con los ojos fijos, atravesó la puerta de la muralla que rodeaba la ciudad y fue a la casa que había sido grande.

Las pesadas puertas estaban ahora abiertas de par en par, pues nadie se tomaba la molestia de hacerlas girar sobre sus gruesos goznes de hierro. Wang Lung entró y halló las habitaciones y los patios llenos de gente baja que alquilaba los cuartos, uno por familia, y vivía hacinada en ellos. La suciedad reinaba en aquel lugar; los viejos pinos habían sido abatidos, los que quedaban en pie estaban muriéndose y los estanques se hallaban cegados con basura.

Pero Wang Lung no vio nada de esto. Entró en el patio del primer edificio y preguntó:

¿Dónde está la mujer llamada Yang, que es una ramera?

Sentada en un taburete de tres patas, remendando una suela de zapato, se hallaba una mujer que levantó la cabeza, señaló una puerta que se abría al patio y continuó con su costura, como si hubiera contestado muchas veces a esta pregunta hecha por hombres.

Wang Lung fue hasta esa puerta y llamó a ella. Una voz irritada contestó:

– ¡Marchaos! He terminado mi trabajo por esta noche y ahora tengo que dormir.

Pero él volvió a llamar y la voz preguntó:

– ¿Quien es?

Wang Lung no contestó, pero repitió la llamada porque estaba decidido a entrar.

Al fin oyó ruido y una mujer abrió la puerta, una mujer que ya no era joven, que tenía un rostro cansado, labios gruesos y caídos, y que llevaba una espesa capa de pintura blanca en la frente y otra de pintura roja en los labios y en la cara, que aun no se había lavado. La mujer le miró y dijo vivamente:

– No, no puedo antes de esta noche, por la noche puedes venir tan pronto como quieras, pero ahora es preciso que duerma.

Pero Wang Lung la interrumpió bruscamente, porque la vista de esta mujer le daba náuseas y la idea de su hijo en este lugar se le hacía insoportable, y le dijo:

– No vengo por mí… Yo no necesito una como tú. Es por mi hijo.

Y sintió de pronto que la garganta se le hinchaba de sollozos por su hijo.

La mujer preguntó:

– Bueno, ¿y qué pasa con tu hijo?

Y Wang Lung contestó con voz temblorosa:

– Anoche estuvo aquí.

– Anoche estuvieron aquí los hijos de muchos hombres -replicó la mujer- y no sé cuál era el tuyo.

Entonces Wang Lung dijo suplicante:

– ¿No recuerdas a un muchacho muy joven, alto para sus años, pero no un hombre todavía?

Y ella, recordando, exclamó:

– ¿Eran dos, y uno de ellos un mozo con la nariz respingada y una expresión en los ojos de saberlo todo, y con el sombrero ladeado sobre una oreja? ¿Y el otro, como tú dices, un muchacho espigado, ansioso de ser hombre?

Wang Lung dijo:

– Sí, sí, ése… ¡Ése es mi hijo!

– ¿Y qué pasa con tu hijo? -inquirió la mujer.

– Esto: si alguna vez vuelve por aquí, recházalo…, dile que sólo quieres hombres…, dile lo que quieras, pero cada vez que lo rechaces te daré el doble de tu paga en buena plata.

La mujer se rió entonces y dijo con súbito buen humor:

– ¿Y quién no diría que sí a esto, a ser pagada sin trabajar? Yo también digo que sí. Además es cierto que prefiero hombres; estos muchachitos proporcionan escaso placer.

Asintió con la cabeza y miró de soslayo a Wang Lung, que sintió otra vez náuseas al mirar su rostro y dijo rápidamente:

– Que así sea entonces.

Se dio vuelta apresuradamente y se encaminó a su casa, y mientras andaba iba escupiendo para librarse de las náuseas que le producía el recuerdo de esa mujer.

Aquel mismo día, pues, le dijo a Cuckoo:

– Que se haga lo que dijiste. Ve al negociante en granos y arregla el asunto. Y que la dote sea buena, pero no demasiado importante si la muchacha conviene y las cosas pueden arreglarse.

Cuando le hubo dicho esto a Cuckoo regresó a la habitación donde estaba su hijo dormido y se sentó a su lado, atormentándose al ver lo joven que era y su rostro puro y suave en el sueño. Entonces pensó en aquella mujer cansada y pintarrajeada, y en sus gruesos labios; su corazón se llenó de asco y de cólera, y permaneció allí sentado, murmurando en voz baja.

Mientras estaba allí entró O-lan y contempló al muchacho, y al ver el sudor que le empañaba la piel trajo agua caliente con vinagre y lo lavó suavemente, como solían lavar a los jóvenes señores en la casa grande cuando habían bebido demasiado. Y entonces, mirando aquel rostro delicado e infantil, sumido en el sueño de la borrachera del que ni siquiera el lavaje podía hacerle despertar, Wang Lung se levantó y, llevado por su cólera, fue al cuarto de su tío, olvidó que era el hermano de su padre y sólo recordó que este hombre era el padre del holgazán y desvergonzado mozo que había echado a perder a su hijo, y fue a él y gritó:

– ¡He dado protección a un nido de sierpes desagradecidas y ahora me han picado!

Su tío, que estaba inclinado sobre la mesa, tomando el desayuno, pues nunca se levantaba antes del mediodía, ya que no tenía trabajo alguno que hacer, alzó los ojos al oír estas palabras y dijo indolentemente:

– ¿Cómo es eso?

Entonces Wang Lung le contó, medio ahogándose, lo que había pasado, y su tío se rió y dijo:

– Bueno, ¿y es que se puede impedir que un chico se convierta en hombre? ¿Y es que se puede evitar que un perro joven se acerque a una perra perdida?

Al oír su risa, Wang Lung recordó, acumulado en un breve instante, todo lo que había tenido que sufrir por causa de su tío: cómo, tiempo atrás, su tío había intentado obligarle a que vendiera su tierra; cómo se habían instalado aquí los tres, bebiendo, comiendo y holgazaneando; cómo su mujer se atracaba de los platos caros que Cuckoo compraba para Loto, y cómo ahora el hijo de su tío había estropeado a su propio hijo, que era sano y decente, y se apretó la lengua entre los dientes al decir:

– ¡Fuera de mi casa con los vuestros! ¡Ya no hay más arroz para ninguno de vosotros desde este momento, y antes prenderé fuego a la casa que dar cobijo en ella a vosotros, que no sabéis tener gratitud ni en la ociosidad!

Pero su tío permaneció sentado donde estaba y continuó comiendo, y Wang Lung, con la sangre hirviéndole en las venas, al ver que su tío no le hacía caso se adelantó a él con el brazo en alto.

Entonces su tío volvióse y dijo:

– Échame si te atreves.

Y cuando Wang Lung, sin comprender, tartamudeó enfurecido: "Bueno, y qué…; bueno, y qué…", su tío se abrió la túnica y le mostró lo que llevaba en el forro.

Wang Lung se quedó helado y rígido al instante, pues había visto una barba postiza de pelo rojo y una franja de tela roja también, y la cólera huyó de él como por ensalmo y se puso a temblar, porque se había quedado sin fuerzas.

Ahora bien, estas cosas, la barba y la tela roja, eran signo y símbolo de una banda de ladrones que vivían y merodeaban hacia el Noroeste, los cuales quemaron muchas casas, raptaron a muchas mujeres e incluso dejaron atados a muchos labradores con sogas a la puerta de sus casas, y los hombres los habían encontrado al día siguiente, locos furiosos si vivían y tostados como carne asada si habían muerto. Y Wang Lung abrió los ojos hasta salírsele de las cuencas, se volvió y se fue sin decir palabra. Y, según se iba, oyó la risa susurrante de su tío, que se inclinaba nuevamente sobre su plato de arroz.

Wang Lung se encontró ahora en un remolino como jamás había soñado. Su tío entraba y salía como antes, sonriendo un poco bajo los ralos y escasos cabellos de su barba gris, con la ropa ceñida al cuerpo tan negligentemente como siempre, y Wang Lung sudaba hielo cuando le veía, pero no se atrevía a hablarle como no fuera con palabras corteses, por miedo a lo que su tío pudiera hacerle.

Era cierto que durante todos aquellos años de prosperidad, y especialmente en los años en que no había cosechas, o sólo muy mezquinas, y otros hombres se morían de hambre con sus hijos, jamás los bandidos habían asaltado su casa ni sus tierras, aunque lo llegó a temer muchas veces y cada noche se aseguraba de que las puertas se hallasen bien cerradas. Hasta que llegó el verano de su pasión habíase vestido siempre simplemente, evitando toda apariencia de riqueza, y cuando entre la gente del pueblo oía contar historias de saqueos, volvía a su casa y dormía con un sueño inquieto, alerta a todos los ruidos de la noche.

Pero los ladrones nunca vinieron a su casa, y él tornóse descuidado y valiente, creyendo que estaba protegido por el cielo y que era un hombre afortunado por designio de su destino. Olvidóse, pues, de todo, incluso del incienso de los dioses, ya que se portaban bien con él sin necesidad de ofrendas, y no pensó ya más que en sus propios asuntos y en su tierra.

Y ahora, de pronto, veía por qué había estado a salvo y por qué lo estaría mientras alimentase a aquellos tres de la casa de su tío. Al pensar en esto sudaba un sudor frío, y no se atrevía a decir a nadie lo que su tío ocultaba en el seno.

Pero a su tío ya no le habló más de abandonar la casa, y a la mujer de su tío le dijo con tanta insistencia como le fue posible:

– Comed lo que queráis en las habitaciones de la segunda esposa, y aquí tenéis un poco de plata para gastar.

Y al hijo de su tío le dijo, aunque las palabras se le ahogaban en la garganta:

– Aquí tienes un poco de plata, pues a los jóvenes les gusta divertirse.

Pero vigiló a su propio hijo y no le permitió salir de la casa después de la puesta del sol, a pesar de que el muchacho se encolerizaba e iba de un lado a otro, rabioso, y les pegaba a sus hermanos pequeños sin otro motivo que su mal humor. Y así vióse Wang Lung cercado de disgustos.

Al principio no podía trabajar pensando en las cosas que le ocurrían, y pensó en este disgusto y en el otro, y se dijo: "Podría echar a mi tío de casa y trasladarme a la ciudad, que está cercada de murallas y cuyas grandes puertas se cierran cada noche para protegerse de los bandidos". Pero entonces se acordó de que cada día tendría que venir a trabajar en los campos, y ¿quién podía saber lo que podría sucederle mientras trabajaba indefenso, aunque se hallase en su propia tierra? Además, ¿cómo era posible vivir encerrado en una ciudad, y en una casa de ciudad? El se moriría si lo arrancaban de su tierra. Sin contar con que seguramente vendría un mal año y entonces ni la ciudad podría librarse de los ladrones, como había ocurrido cuando cayó la casa grande. También podría ir a la ciudad, entrar en la casa donde vivía el magistrado y decirle:

– Mi tío es uno de los Barbas Rojas.

Pero si hiciera esto, ¿quién le creería, quién creería al hombre capaz de decir una cosa así del hermano de su propio padre? Lo más probable es que le dieran de palos por su conducta poco filial antes de que su tío sufriera daño alguno por su acusación, y al final tendría que temer por su vida, pues si los ladrones se enteraban de lo que había hecho le matarían en venganza. Entonces, y como si no tuviera bastantes inquietudes, Cuckoo regresó de parlamentar con el negociante en granos y trajo la noticia de que, aunque el asunto de la boda había ido bien, el comerciante Liu no quería que ahora se verificase otra cosa que el intercambio de los documentos notariales, ya que la doncella era demasiado joven para casarse, pues no tenía más que catorce años y había de esperar tres años más. Wang Lung quedóse consternado al pensar en tres años más de sufrir las murrias de su hijo, sus miradas lánguidas y su ociosidad, pues ahora de cada diez días faltaba dos a la escuela. Y aquella noche, mientras comía, Wang Lung le gritó a O-lan:

– ¡Bueno, vamos a prometer a los otros niños tan pronto como podamos, porque yo no quiero pasar por esto tres veces más!

A la mañana siguiente, después de una noche de escaso sueño, despojóse de su larga túnica y de sus zapatos, y como solía hacer cuando los asuntos de su casa se complicaban demasiado para él, cogió una azada y se fue a los campos. Al salir, pasó por el patio exterior, donde estaba sentada la mayor de sus hijas sonriendo y pasando entre sus dedos el trocito de tela retorcida y volviéndola a alisar, y Wang Lung se dijo:

– A pesar de todo, esta pobre tonta mía me trae más consuelo que todos los otros juntos.

Y estuvo yendo a la tierra día tras día durante un largo espacio de tiempo.

Entonces la buena tierra fue de nuevo su bálsamo mágico; el sol brilló sobre él y le curó, y los aires cálidos del verano le envolvieron en un manto de paz. Y como para curarle totalmente de su incesante pensar sobre las calamidades de su casa, cierto día vino del Sur una nubecilla ligera. Al principio flotó en el horizonte como una niebla tenue que no vagaba de un punto a otro como las nubes movidas por el viento, sino que permaneció inmóvil hasta que se abrió en el aire como un abanico. Los hombres del pueblo la observaron atentamente y hablaron de ella con temor, pues sospechaban que lo que ocurría era esto: que había llegado del Sur una plaga de langosta a devorar sus campos. Wang Lung estaba también entre los hombres, observando, y, mientras observaban, el aire arrastró algo que cayó a sus pies; uno de los hombres se inclinó rápidamente a cogerlo y vieron que era una langosta muerta, más ligera que las huestes vivas que la seguían.

Entonces Wang Lung olvidó todas sus preocupaciones, se olvidó de sus mujeres, hijos y tíos y, corriendo entre los asustados lugareños, les gritó:

– ¡Por nuestra buena tierra, vamos a luchar contra estos enemigos!

Pero algunos hombres movían la cabeza, desesperanzados desde el principio, y decían:

– No, no; es inútil. El cielo ha ordenado que este año muramos de hambre, y ¿por qué hemos de agotamos en una tarea inútil, ya que al final hemos de morir de hambre?

Y las mujeres iban llorando a la ciudad a comprar incienso para ofrecer a los dioses de arcilla del pequeño templo y algunas iban al templo de la ciudad donde estaban los dioses del cielo, y así cielo y tierra eran a la vez adorados. Pero la langosta seguía esparciéndose en el aire y sobre los campos.

Entonces Wang Lung llamó a sus trabajadores, con Ching a su lado, dispuesto y silencioso, y otros de los hombres jóvenes, y prendieron fuego a ciertos campos y quemaron el buen trigo, que estaba ya casi maduro para la siega, y abrieron anchos fosos que llenaron de agua de los pozos, y trabajaron día y noche. O-lan les traía comida y las mujeres de los otros hombres les traían comida y se alimentaban de pie en el campo, engullendo la comida como hacen las bestias y trabajando sin descanso.

Entonces el cielo se ennegreció y el aire se llenó del zumbido profundo de muchas alas y la langosta abalanzóse hacia la tierra, volando sobre este campo sin tocarlo, cayendo sobre este otro y dejándolo tan desnudo como en invierno. Y los hombres suspiraban y decían: "El cielo lo quiere", pero Wang Lung estaba furioso y atacaba a las langostas y las pisoteaba, mientras sus hombres las perseguían con mayales. Los bichos caían en los fuegos que habían encendido y en los fosos abiertos, y muchos millones murieron, pero comparado con los que quedaban no era nada.

Sin embargo, Wang Lung halló una recompensa a sus esfuerzos: sus mejores campos no fueron invadidos, y cuando la nube pasó y pudieron descansar, todavía le quedaba trigo que poder cosechar y sus plantaciones de arroz no habían sufrido daño alguno y estaba satisfecho. Entonces mucha gente empezó a comer las langostas asadas, pero Wang Lung se negó a tocarlas porque para él estos animales eran asquerosos por lo que le habían hecho a la tierra. Pero no dijo nada cuando O-lan las frió en aceite y cuando los trabajadores las comían y los niños las desgarraban delicadamente y las probaban, asustados de sus grandes ojos. Pero él no las comió.

Así y todo, algo bueno hizo la langosta por Wang Lung. Durante siete días no pensó nada más que en su tierra y se sintió curado de sus preocupaciones y angustias, por lo que se dijo:

"Bueno, todo hombre tiene sus inquietudes y yo tengo que soportar las mías como mejor pueda; mi tío es más viejo que yo y morirá; tres años han de pasar para mi hijo como sea, y, a pesar de todo, no me suicidaré." Y cosechó su trigo, cayeron las lluvias, el arroz tierno verdeó en los campos inundados, y otra vez fue verano.