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Pero la muerte no se producía con rapidez en el cuerpo de O-lan. Apenas había llegado a la media edad y la vida no huía rápidamente de ella, así es que estuvo muriéndose en su cama durante muchos meses. Todo el largo invierno pasó así y por vez primera Wang Lung y sus hijos supieron lo que O-lan había sido en la casa y cuánto hizo por todos ellos sin que se enterasen.
Parecía ahora que nadie sabía encender el fuego y hacer que no se apagase, ni darle vueltas al pescado dentro del caldero sin romperlo o quemarlo de un lado dejándolo crudo por el otro, y nadie sabía con qué aceite convenía freír este o aquel vegetal. La basura de migas y alimentos caídos al suelo yacían bajo la mesa y a nadie se le ocurría barrerla, hasta que Wang Lung se impacientaba por el hedor que emanaba de ella y llamaba a un perro para que se la comiera o le gritaba a la hija menor que la barriese y arrojase fuera.
En cuanto al hijo pequeño, hacía lo que podía por suplir a su madre junto a su abuelo, que ahora se había tornado inútil como una criatura. Wang Lung no podía hacer comprender al anciano lo que le había pasado a O-lan y por qué ya no entraba a traerle té y agua caliente, ni a ayudarle a levantarse y acostarse; y el viejo se enojaba porque llamaba a O-lan y no obtenía respuesta, y arrojaba el tazón de té al suelo como un niño caprichoso. Al fin, Wang Lung le condujo al cuarto de O-lan y se la mostró tendida en la cama, y él la contempló con sus ojos medio ciegos, murmuró unas palabras y se puso a llorar porque comprendía que algo malo había ocurrido.
Solo la pobre tonta no sabía nada y únicamente ella sonreía mientras retorcía sin cesar su trocito de tela. Pero, de todos modos, había que pensar en ella para entrarla a dormir por las noches, para darle de comer, sacarla al sol por el día y conducirla a la casa si empezaba a llover. Uno de ellos tenía que acordarse de esto, pero incluso Wang Lung lo olvidaba y una vez la dejaron fuera toda la noche; a la mañana siguiente encontraron a la infeliz temblando y llorando, y Wang Lung se encolerizó y maldijo a su hijo y a su hija porque se habían olvidado de la pobre tonta, que era hermana de ellos. Entonces vio que eran tan sólo dos criaturas tratando de llenar el puesto de su madre sin conseguirlo, y se calmó. Después de esto, él mismo se ocupaba de la pobre tonta mañana y noche; y si llovía, nevaba o se alzaba un viento cortante, la entraba en casa, sentándola ante las calientes cenizas que caían del horno de la cocina.
Durante todos aquellos oscuros meses invernales, O-lan permaneció en su lecho muriendo poco a poco, y Wang Lung no prestó atención alguna a la tierra. Puso el trabajo de invierno y los trabajadores bajo la dirección de Ching, y ésta laboraba fielmente y cada mañana y cada noche se acercaba a la puerta del cuarto de O-lan y con su voz que era como un susurro preguntaba cómo seguía. Al fin, Wang Lung no pudo, aguantarlo más, porque cada mañana y cada noche sólo podía decir: "Hoy ha tomado un poco de sopa de ave". O: "Ha comido un poco de arroz", así es que le ordenó a Ching que no preguntase más y que se ocupara del trabajo, que con eso bastaba.
Durante todo el invierno, Wang Lung se iba a sentar a menudo junto al lecho de O-lan y si comprendía que tenía frío encendía una vasija de tierra llena de carbón y la ponía junto a su cama para que le diera calor, y cada vez O-lan murmuraba débilmente:
– Es demasiado caro…
Por fin, un día, cuando dijo esto, Wang Lung no pudo soportarlo y exclamó:
– ¡No puedo sufrir esto! ¡Yo vendería toda mi tierra si pudiera curarte!
O-lan sonrió al oír estas palabras y dijo con dificultad, susurrando:
– No…, yo no… te dejaría. Porque yo tengo que morir… alguna vez… y la tierra queda después de mi.
Pero Wang Lung no quería oírle hablar de su muerte y cada vez que lo hacía se levantaba y se iba.
Sin embargo, porque sabía que tenía que morirse y que él no debía olvidar su deber, fue cierto día a una tienda de ataúdes de la ciudad y empezó a mirarlos todos, escogiendo uno hecho de buena madera, dura y pesada. Entonces el carpintero, que esperaba que seleccionase el que fuera de su agrado, le dijo astutamente:
– Si tomáis dos, la rebaja es considerable. ¿Por qué no compráis uno para vos y así ya estáis provisto?
– No; mis hijos pueden hacer eso por mi -contestó Wang Lung.
Pero entonces se acordó de su padre y de que el anciano no tenía ataúd todavía, y dijo nuevamente.
– Pero tengo a mi anciano padre, que no vivirá mucho con lo débil que está, y sordo y medio ciego, así es que me quedaré los dos.
Y el vendedor prometió darles a los ataúdes otra buena capa de negro y mandarlos a casa de Wang Lung.
Así, pues, Wang Lung le explicó a O-lan lo que había hecho y O-lan se alegró de que se hubiera ocupado así de ella y de que la hubiese provisto para la muerte.
Wang Lung pasaba a su lado muchas horas del día, aunque hablaban poco porque ella estaba débil y porque, de todas maneras, nunca habían tenido gran cosa que decirse. A menudo, O-lan se olvidaba de dónde estaba, mientras él permanecía en el cuarto, quieto y callado, y murmuraba cosas de su infancia. Por primera vez, Wang Lung podía ver dentro de su corazón, aunque sólo fuera a través de unas palabras tan breves como éstas: "Llevaré la carne hasta la puerta solamente…, bien sé que soy fea y que no puedo aparecer ante el poderoso señor…" Y otra vez dijo jadeando: "No me peguéis… No comeré nunca más de ese plato. Y repetía una y otra vez: "Mi padre…, mi madre…, mi padre…, mi padre…" Y de nuevo: "Ya sé que soy fea y no puedo ser amada…"
Cuando dijo esto, Wang Lung no pudo soportarlo y, tomándole una mano, trató de calmarla; era una mano grande y dura, rígida como si ya perteneciese a una muerta. Y sintió más pena todavía porque lo que O-lan había dicho era verdad, y aun mientras le tomaba la mano, deseando que sintiera su ternura, estaba avergonzado porque no había ternura en él para O-lan, ni aquella blandura del corazón que Loto conseguía con sólo un mohín de sus labios. Cuando tomó aquella mano rígida y moribunda lo hizo sin amor, y su compasión fue empañada por la repulsión que le inspiraba.
Y por esta causa se mostró todavía más bondadoso con O-lan y le compró alimentos especiales, sopas delicadas hechas de pescado blanco y el corazón de repollos tiernos. Además, le era imposible gozar de Loto, pues cuando iba a verla buscando distraerse de la desesperación que causaba aquella agonía lenta, no podía olvidar a O-lan, y aun cuando tenía a Loto en los brazos, la soltaba a causa de O-lan.
Había momentos en que O-lan despertaba de su sopor y miraba en torno a ella, y una vez llamó a Cuckoo y cuando, con gran asombro, Wang Lung la hizo comparecer a su presencia, O-lan se incorporó temblando y dijo:
– Bueno, tú podrás haber vivido en las habitaciones del Anciano Señor y haber sido considerada bella, pero yo he sido la esposa de un hombre y le he dado hijos, y tú eras todavía una esclava.
Cuando Cuckoo se disponía a darle a esto una respuesta iracunda, Wang Lung la detuvo diciéndole:
– Esa no sabe ahora lo que las palabras significan.
Y al regresar Wang Lung a la habitación, O-lan, que aún se hallaba incorporada, apoyándose sobre un brazo, le dijo:
– Cuando yo muera no quiero que esa mujer ni su señora entren en mi cuarto ni toquen mis cosas, y si lo hacen les mandaré a mi espíritu con mi maldición.
Entonces dejó caer la cabeza sobre la almohada y entró en un sopor inquieto.
Pero un día, poco antes de Año Nuevo, experimentó de pronto cierta mejoría, como una candela que flamea vivamente antes de extinguirse. Volvió a ser lo que desde hacía mucho tiempo no había sido, y sentándose animosamente en el lecho se trenzó sola el cabello, pidió que le trajeran té para beber, y cuando Wang Lung entró en el cuarto le dijo:
– Ahora se acerca el Año Nuevo y no hay dulces ni comida preparada, y yo he pensado una cosa. No quiero que esa esclava entre en mi cocina, pero me gustaría que viniese mi nuera, que está prometida a mi hijo mayor. No la he visto todavía, pero cuando venga le diré lo que tiene que hacer.
Wang Lung se sintió contento al verla tan animada, aunque este año no tenía ningún deseo de festejos, y envió a Cuckoo a suplicarle a Liu, el negociante en granos, que concediese este favor en vista de lo triste del caso. Y Liu cedió pronto al enterarse de que O-lan no pasaría el invierno; al fin y al cabo, la muchacha tenía dieciséis años y era mayor que otras que habían ido a casa de sus esposos.
Pero debido al estado de O-lan no se celebraron festejos. La doncella llegó silenciosamente en una silla de manos, sin otra compañía que su madre y una servidora, y la madre regresó en cuanto hubo entregado su hija a O-lan, pera la servidora se quedó en la casa para uso de la doncella.
Los niños fueron trasladados de su cuarto y éste cedido a la nueva hija política, haciéndose todos los arreglos debidos. Wang Lung no habló con la muchacha, ya que esto hubiera sido impropio, pera inclinó la cabeza gravemente cuando ella le saludó, y la muchacha fue de su agrado, pues sabía su obligación y se movía por la casa calladamente y con los ojos bajos. Además era de agradable apariencia, bonita, pero sin serlo tanto que pudiera sentirse vanidosa por ello. Mostrábase cuidadosa y correcta en su comportamiento y atendía a O-lan esmeradamente, lo que consolaba a Wang Lung de la angustia que sentía por su esposa, pues ésta tenía ahora una mujer junto a su cama y estaba contenta.
Este contento duró algo más de tres días, y luego O-lan pensó otra cosa y le dijo a Wang Lung:
– Todavía hay algo más, antes de que me muera. Al oír lo cual, Wang Lung repuso con enojo:
– ¡No hables de morir si quieres verme contento!
Entonces ella sonrió despacio, con aquella sonrisa lenta que se apagaba antes de que le llegara a los ojos, y contesto:
– Debo morir, porque lo siento en mis entrañas, pero no moriré antes de que mi hijo mayor venga a casa y tome por esposa a la buena doncella que tan bien me cuida y que sabe sujetar con firmeza la escudilla de agua caliente y bañarme el rostro cuando sudo de dolor. Quiero que mi hijo regrese porque voy a morir, y quiero que se case con esta doncella, y así moriré tranquila sabiendo que tu nieto y el bisnieto de tu padre va a ser concebido.
Pero estas palabras eran excesivas para O-lan en cualquier momento, aun hallándose sana, y las había pronunciado con mucha más energía que todo cuanto dijera durante muchos meses. Wang Lung se alegró del vigor que había en su voz y de la fuerza con que quería esto, y no quiso contradecirla a pesar de que él hubiera deseado otra ocasión para poder celebrar con gran pompa la boda de su primogénito. Y le dijo efusivamente:
– Bueno, pues haremos eso y hoy mismo mandaré un hombre al Sur para que busque a mi hijo y le traiga aquí para casarse. Y entonces tienes que prometerme que recobrarás las fuerzas, que te olvidarás de la muerte y te pondrás bien, porque sin ti la casa es como una cueva de bestias.
Dijo esto para que estuviera contenta, y ella lo estuvo, aunque ya no habló más, sino que se recostó de nuevo y cerró los ajos, sonriendo un poco.
Wang Lung, pues, envió un mensajero y le ordenó:
– Dile a tu joven señor que su madre está muriéndose y que su espíritu no puede hallar paz hasta que le vea casado, y que si me estima a mi, a su madre y a esta casa, regresará sin perder momento, pues dentro de tres dial a contar desde ahora tendré preparados los festejos y la gente invitada para su matrimonio.
Y como Wang Lung lo dijo, así lo hizo. Le ordenó a Cuckoo preparar una fiesta lo mejor que supiese y llamar cocineros de la casa de té de la ciudad para ayudarla, y puso plata en sus manos generosamente, diciéndole:
– Haz como se hubiera hecho en la casa grande en una ocasión así, y cuando se acabe esta plata no faltará otra.
Entonces fue al pueblo e invitó a cuantos hombres y mujeres conocía, y fue a la ciudad e invitó a sus conocidos de las casas de té y de los mercados de granos. Y a su tío le dijo:
– Invitad a quien queráis para la boda de mi hijo; invitad a vuestros amigos o a los amigos de vuestro hijo.
Esto se lo dijo porque recordaba siempre quién era su tío, y, desde la hora en que lo supo, Wang Lung le trataba cortésmente y como a un invitado de honor.
La noche antes del día de su boda, el primogénito de Wang Lung llegó a la casa, y al verle entrar, Wang Lung olvidóse de todas las tribulaciones que el muchacho le había ocasionado. Su ausencia había durado dos años y ya no era un adolescente, sino un hombre alto y gallardo, de cuerpo cuadrado, mejillas encendidas y pelo negro y corto, brillantemente aceitado. Iba vestido con una larga toga de satén rojo, como las que se encuentran en las tiendas del Sur, y llevaba una chaquetilla de terciopelo negro, sin manchas. El corazón de Wang Lung estallaba de orgullo por su hijo, y se olvidó de todo excepto de esto: de que era su hijo, y le condujo ante su madre.
Entonces el joven se sentó junto a la cama de O-lan y las lágrimas acudieron a sus ojos al verla así, pero no dijo más que palabras alegres como:
– Estáis mucho mejor de lo que dicen y muy lejos de la muerte. Pero O-lan contestó simplemente:
– Te veré casado y luego me moriré.
Ahora bien, la doncella que había de casarse no tenía, naturalmente, que ser vista por el joven, y Loto se la llevó a sus habitaciones a fin de prepararla para la boda, cosa que nadie podía hacer mejor que Loto, Cuckoo y la mujer del tío de Wang Lung. Las tres se ocuparon de la doncella y en la mañana de su boda la lavaron de pies a cabeza, le ciñeron los pies de nuevo con lienzos blancos, le pusieron medias nuevas y Loto la untó con un fragante aceite de almendras de su pertenencia. Entonces la vistieron con unas ropas que había traído de su casa: blanca seda junto a su carne virginal; luego una ligera túnica de fina lana de oveja, de la más rizada, y encima el traje de satén rojo de la boda. Y le frotaron la frente y con un cordoncillo hábilmente atado le arrancaron los cabellos de la virginidad: la franja sobre las cejas, dejándole la frente alta, pura y cuadrada como convenía a su nuevo estado. Hecho esto, la pintaron con polvos y carmín y le cepillaron las cejas, afinándolas y convirtiéndolas en dos estrechas líneas. Luego le colocaron sobre la cabeza la corona de novia y el velo de abalorios, le calzaron los menudos pies con zapatos bordados, le colorearon las puntas de los dedos, le perfumaron las manos y así quedó dispuesta para la boda. La muchacha consentía a todo, pero con desgana y timidez, como era propio y correcto.
Entonces Wang Lung, su tío, su padre y los invitados se reunieron en el cuarto central y la doncella entró sostenida por su servidora y por la mujer del tío de Wang Lung, y entró con modestia, la cabeza inclinada correctamente y andando como si no quisiera casarse y hubiera de ser sostenida y llevada a ello. Eso demostraba su gran recato, y Wang Lung se sintió satisfecho y se dijo que era una doncella decorosa.
Después entró el hijo de Wang Lung, vestido como había llegado, con su toga roja y su chaqueta negra, y llevaba el pelo brillante y el rostro recién afeitado. Tras él venían sus dos hermanos. y Wang Lung creía estallar de orgullo viendo esta procesión formada por sus gallardos hijos, en los que su sangre había de continuarse.
En cuanto al anciano, que nada había comprendido de lo que estaba pasando, oyendo solamente fragmentos de lo que le decían a gritos, comprendió ahora de pronto y cloqueó con su risa cascada diciendo una y otra vez con su vieja voz temblorosa:
– ¡Hay una boda, y una boda significa otra vez hijos y nietos!
Y se rió de tan buena gana que todos los invitados se rieron con él al ver su gozo, y Wang pensó que si al menos O-lan hubiese podido estar levantada aquel día, hubiera sido en verdad un día dichoso.
Durante todo el tiempo, Wang Lung miró rápida y secretamente a su hijo para ver si éste miraba a la doncella, y vio que sí, que le dio una mirada con el rabillo del ojo, pero esto bastó, pues se le vio en seguida muy complacido y alegre, y Wang Lung se dijo con orgullo: "Le he escogido una que le gusta."
Entonces el joven y la doncella se inclinaron ante Wang Lung y su padre, y luego entraron en el cuarto de O-lan, que se había hecho vestir con su mejor túnica negra. Cuando los jóvenes entraron, se sentó en la cama, y Wang Lung, al ver las dos rosetas rojas que le encendían las mejillas, creyó que eran signo de salud y dijo en voz alta:
– ¡Ahora se pondrá bien de nuevo!
Los dos jóvenes se acercaron a O-lan y se inclinaron ante ella, y la enferma dio unos golpecitos sobre la cama y dijo:
– Sentaos aquí y bebed el vino y comed el arroz de vuestras bodas para que yo lo vea. Y éste habrá de ser vuestro lecho conyugal, ya que yo pronto no lo necesitare y seré llevada fuera.
Nadie le contestó cuando dijo esto, pero los dos jóvenes se sentaron uno junto al otro, tímidos y silenciosos, y entonces la mujer del tío de Wang Lung entró en el cuarto, con toda la importancia que requería la ocasión, trayendo dos tazones de vino de los que bebieron, separadamente primero y luego mezclando el vino de los dos tazones; y comieron arroz y mezclaron ambas porciones, lo que significaba que sus vidas se habían unido y que estaban casados. Entonces se inclinaron ante O-lan y ante Wang Lung y, saliendo a la otra habitación, se inclinaron juntos ante los invitados reunidos.
En seguida dio comienzo la fiesta, y los patios y las habitaciones se llenaron de mesas, de olor a comida y de rosas, pues los invitados habían venido de cerca y de lejos y allí estaban aquellos a quienes Wang Lung había invitado y, con ellos, muchos a quienes Wang Lung no viera jamás en su vida, pues se sabía que era un hombre rico y que la comida no sería escatimada en una ocasión como aquélla. Cuckoo había hecho venir cocineros de la ciudad, pues tenían que servirse muchas exquisiteces de las que no es posible confeccionar en una cocina de labradores, y los cocineros llegaron trayendo enormes cestas de comida ya guisada y que sólo hacía falta calentar para poderse servir, y se daban mucha importancia blandiendo sus delantales y yendo de aquí para allá con gran celo. Y todos comían y bebían cuanto les era posible, y todos estaban muy alegres.
O-lan quiso tener todas las puertas abiertas y las cortinas corridas para poder oír las voces y las risas y percibir el olor de la comida, y una vez y otra le decía a Wang Lung, que entraba a menudo a preguntarle cómo seguía:
– ¿Tiene todo el mundo vino? ¿Está bien caliente el plato de arroz dulce que debe estar en el centro de la fiesta, y le han puesto llana la medida de azúcar y manteca, y las ocho frutas?
Cuando Wang Lung le aseguró que todo estaba conforme a su deseo, pareció contenta y permaneció tranquila, escuchando.
Luego la fiesta terminó, los invitados partieron y llegó la noche. Y al apagarse los ecos de la fiesta y hacerse el silencio en la casa, las fuerzas abandonaron a O-lan y quedó débil y agotada y, llamando a los dos recién casados, les dijo:
– Ahora estoy contenta y esta cosa que tengo en las entrañas puede hacer lo que quiera. Hijo mío, mira por tu padre y por tu abuelo. Hija mía, mira por tu esposo, y por su padre, y por su abuelo, y por la pobre tonta que está ahí, en el patio. Y no tienes obligaciones con nadie más.
Esto último lo dijo refiriéndose a Loto, con quien nunca había hablado. Luego cayó en un sopor agitado, pero todavía se quedaron con ella esperando que hablase de nuevo. Una vez más se incorporó para hacerlo, pero habló como si no supiera que estaban allí y aun como si no supiera dónde ella misma se encontraba, pues dijo susurrando y volviendo la cabeza a un lado y a otro con los ojos cerrados:
– Bueno, y si soy fea, as¡ y todo he tenido un hijo; aunque no soy más que una esclava, hay un hijo en mi casa.
Y de pronto volvió a decir:
– ¿Cómo tiene aquélla que alimentarle y cuidarle como yo le cuido? ¡La belleza no da hijos!
Y se olvidó de todos y se quedó quieta, musitando. Entonces Wang Lung hizo seña a los jóvenes de que se fueran, y él se sentó al lado de O-lan, mientras ésta dormía y se despertaba inquietamente, y se la quedó mirando. Y Wang Lung se odió a si mismo, porque ahora que O-lan estaba muriéndose, él veía de qué manera más horrible sus anchos labios amoratados se apartaban de los dientes, descubriéndolos. De pronto, mientras la miraba, ella abrió los ojos, que parecían empañados por una extraña niebla, pues miró a Wang Lung y lo volvió a mirar asombrada fijamente, como si no supiese quién era. Y de pronto dejó caer hacia atrás la cabeza, que resbaló de la almohada redonda en que se apoyaba, se estremeció y se quedó muerta.
Una vez muerta O-lan, le pareció a Wang Lung que le era imposible permanecer con ella y llamó a la mujer de su tío para que lavase el cuerpo y lo preparase para el entierro, y cuando esto estuvo hecho no quiso entrar de nuevo en la habitación, sino que dejó que la mujer de su tío, su hijo mayor y su nuera colocasen el cuerpo en el ataúd que él había comprado. Pero, para consolarse, él se ocupó de ir a la ciudad y traer hombres que sellasen el ataúd, según era costumbre, y fue a ver a un agorero y le preguntó qué día podía escoger que fuese afortunado para entierros. El agorero encontró uno que era dentro de tres meses, y, como éste era el más próximo que podía encontrar, Wang Lung le pagó y se fue al templo de la ciudad, donde entró en tratos con el abad para que le alquilase un espacio donde tener el ataúd durante tres meses. Y el ataúd de O-lan fue traído al templo, pues le parecía a Wang Lung que no podría sufrir tenerlo ante sus ojos en la casa.
Entonces, atento a que se cumpliese escrupulosamente cuanto había que hacer por la muerta, Wang Lung se ocupó del luto propio y del de sus hijos, y se hicieron zapatos de basta tela blanca, que es el color del luto, y se ataron en torno de los tobillos tiras de lienzo blanco, y las mujeres de la casa se ciñeron los cabellos con cordones de este mismo color.
Después de esto, y como a Wang Lung le era imposible dormir en la habitación donde O-lan había muerto, cogió sus cosas y se trasladó a las habitaciones de Loto, diciéndole a su hijo:
– Ve con tu esposa a la habitación donde tu madre vivió y murió, donde te concibió y te dio a luz, y engendra allí a tus propios hijos.
De manera que los dos jóvenes se instalaron en el cuarto complacidos.
Entonces, y como si la muerte no pudiera abandonar fácilmente la casa donde había entrado, el anciano padre de Lung, que había estado trastornado desde que vio colocar el inerte cuerpo de O-lan en el ataúd, se tendió en su lecho una noche, para dormir, y cuando la hija segunda entró por la mañana a traerle el té, lo halló muerto en la cama, con la cabeza echada hacia atrás y al aire la rala pelambrera de su barba.
Al verle, la muchacha gritó y echó a correr en busca de su padre, y Wang Lung acudió presurosamente y encontró al anciano así. Su viejo cuerpo, consumido y ligero, estaba tan rígido, frío y seco como un pino nudoso: había muerto hacía horas, quizá tan pronto como se tendió en la cama. Entonces Wang Lung lavó él mismo al anciano y lo colocó suavemente en el ataúd que le había comprado, lo hizo sellar y dijo:
– Enterraremos a estos dos muertos de nuestra casa en el mismo día; yo dispondré de un buen trozo de tierra en la colina para enterrarlos en ella, y cuando yo muera yaceré también allí.
Hizo tal como dijera, y cuando hubo sellado el ataúd del anciano lo colocó sobre dos bancos en el cuarto central y allí quedó hasta el día del entierro. Le parecía a Wang Lung que era un consuelo para el anciano estar allí, aunque fuese muerto, y sentíase cerca de él, pues Wang Lung se había afligido por la muerte de su padre, pero no hasta la desesperación, porque su padre era muy viejo y durante muchos años no había estado más que medio vivo.
Cuando llegó el día señalado por el agorero, Wang Lung hizo venir sacerdotes del templo taoísta, que llegaron vistiendo sus togas color gualda y con sus largos cabellos anudados en la coronilla; e hizo venir sacerdotes de los templos budistas, y éstos llegaron vistiendo sus largas togas grises, con las cabezas afeitadas y en ellas las siete sagradas cicatrices. Estos sacerdotes batían tambores y cantaron durante toda la noche por los dos muertos, y si se callaban, Wang Lung ponía plata en sus manos y volvían a cantar, siguiendo así hasta la madrugada.
Wang Lung había escogido un buen sitio, a la sombra de un árbol de la colina, para las tumbas, y Ching las tenía cavadas y a punto, y entre ellas había levantado una pared de tierra. Dentro del espacio de las paredes había sitio para Wang Lung y para sus hijos y esposas y para los hijos de sus hijos. Wang Lung no escatimó esta tierra, a pesar de que era alta y buena para el trigo, porque era señal de la consolidación de su familia sobre su propia tierra. Muertos y vivos descansarían sobre ella.
Cuando amaneció el día señalado, después que los sacerdotes hubieron dado fin a la noche de cánticos, Wang Lung se vistió con una túnica de saco blanco y dio una túnica igual a su tío y al hijo de su tío, y a cada uno de sus hijos, y a la mujer de su primogénito, y a sus dos hijas. De la ciudad hizo venir sillas de mano para que los llevaran, pues no era propio que fueran andando al lugar del sepelio como si él fuera todavía un pobre y vulgar individuo. De modo que por vez primera fue conducido a hombros y así marchó tras el ataúd donde se hallaba O-lan, pero tras el de su padre iba primero su tío.
Hasta Loto, que cuando O-lan vivía no podía presentarse ante ella ahora que O-lan había muerto seguía el cortejo en una silla de manos para que apareciese respetuosa con la primera mujer de su esposo. También para la mujer y el hijo de su tío, Wang Lung alquiló sillas de mano, y a todos entregó túnicas de tela de saco, y hasta para la pobre tonta alquiló una silla y la metió en ella, aunque esto la aturdió y se puso a reír agudamente cuando sólo hubieran debido oírse lamentos.
Entonces, doliéndose y llorando ruidosamente, se dirigieron a las tumbas, seguidos a pie por Ching y los trabajadores, calzados con zapatos blancos.
Wang Lung permaneció en pie ante las dos tumbas. Había hecho traer del templo el ataúd de O-lan, el cual dejaron en el suelo para esperar que se verificase primeramente el entierro del anciano. Y Wang Lung observó en pie la ceremonia y su dolor era seco y duro, y no lloraba aparatosamente como hacían otros, porque no tenía lágrimas en los ojos y le parecía a él que lo que había sucedido, había sucedido y no podía haber hecho más de cuanto hacia.
Pero cuando cayó la última paletada de tierra y las tumbas fueron alisadas, volvióse silenciosamente, despidió la silla de manos y se encaminó solo a su casa. Y en medio de su aflicción sobresalía extrañamente un pensamiento claro y punzante que le torturaba, y era éste: que deseaba no haberle quitado a O-lan las dos perlas el día aquel en que se hallaba lavando sus ropas en el estanque, y que nunca más podría sufrir que Loto se las pusiera en las orejas.
Y así, con estos pensamientos, se dirigió a su casa y se dijo:
"En esa tierra mía está enterrada más de una buena mitad de mi vida. Es como si la mitad de mi mismo hubiera sido enterrada allí. Ahora la vida será diferente en mi casa."
Y de pronto sollozó un poco y se secó los ojos con el dorso de la mano, como un niño.