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Después que hubo partido la hija segunda y Wang Lung se sintió libre de su ansiedad por ella, le dijo un día a su tío:
– Ya que sois el hermano de mi padre, aquí tenéis un buen tabaco.
Abrió el frasco del opio y el viejo cogió la odorífera substancia, la olió, se rió complacido y dijo:
– Alguna vez he fumado un poco de opio, aunque raramente, pues es demasiado caro. Pero me gusta mucho.
Y Wang Lung le respondió con fingida indiferencia:
– Esto es solamente un poco que compré para mi padre cuando se hizo viejo y no podía dormir por las noches. Pero no llegó a utilizarlo y hoy lo encontré y me dije: "Ahí está el hermano de mi padre, y ¿por qué no ha de emplearlo él antes que yo, que soy más joven, y no lo necesito aún?" Tomadlo, pues, y fumadlo cuando lo deseéis o cuando tengáis dolor.
Entonces el tío de Wang Lung lo tomó codiciosamente, pues era cosa grata de oler y algo que solamente los ricos usaban, y se compró una pipa y fumó el opio tendido todo el día sobre su cama. Entonces Wang Lung se ocupó de que se comprasen pipas y fueran dejadas aquí y allá, y fingió que él mismo fumaba, aunque sólo se llevaba una pipa a su cuarto y la dejaba allí hasta que se enfriaba. Y a sus dos hijos y a Loto no les permitía tocar el opio, diciendo como excusa que era demasiado caro, pero lo procuró liberalmente para su tío y para la mujer y el hijo de su tío, y la casa se llenó del dulzón aroma. Pero Wang Lung no escatimó la plata para esto, porque le traía la paz.
Ocurrió un día, cuando el invierno finalizaba y las aguas empezaban a retroceder, de manera que Wang Lung podía andar por su tierra, que el mayor de sus hijos le siguió y le dijo orgullosamente:
– Bueno, pronto habrá otra boca en la casa y será la boca de vuestro nieto.
Al oír esto, Wang Lung volvióse, se rió frotándose las manos y dijo:
– ¡Este es en verdad un gran día!
Y riéndose nuevamente fue a buscar a Ching y le dio orden de ir a la ciudad a comprar pescado y buenos manjares que envió a la esposa de su hijo, diciéndole:
Come y haz fuerte el cuerpo de mi nieto.
Durante toda la primavera, Wang Lung tuvo, para su consuelo, la idea de este nacimiento que se preparaba. Y cuando estaba ocupado en otras cosas pensaba en ello y se sentía confortado.
Según la primavera se convertía en verano, las gentes que habían huido de la inundación regresaban. Uno por uno y grupo por grupo regresaban, consumidos y exhaustos por el duro invierno y felices de volver a sus lares, a pesar de que donde se habían levantado sus casas no había ahora nada más que el barro amarillento de la tierra empapada en agua. Pero de este barro se podían construir las casas otra vez y se podían traer esterillas para cubrirlas. Mucha gente fue a Wang Lung a pedirle dinero prestado, y él lo prestó a un interés alto, ya que la demanda era tan grande; y la garantía que exigía siempre era tierra. Con el dinero prestado compraban semilla para sembrar la tierra rica con la fuerza que había dejado en ella el agua, y si necesitaban bueyes y más simientes y arados, y no conseguían más dinero a préstamo, algunos vendían tierras y parte de sus campos para poder plantar lo que restaba. Y de éstos Wang Lung adquiría tierra y más tierra, y la adquiría barata porque necesitaban dinero. Pero había algunos que no querían vender su tierra, y cuando no tenían con qué comprar simiente, bueyes y arados, vendían a sus hijas; muchos fueron los que se dirigieron a Wang Lung para venderlas, porque se sabía que era rico y poderoso y hombre de buen corazón.
Y él, pensando constantemente en la criatura que iba a nacer y en las otras que nacerían de sus hijos cuando se casaran, compró cinco esclavas, dos de unos doce años de edad, con grandes pies y cuerpos vigorosos; dos más jóvenes para servirles y llevar y traer cosas, y otra para el servicio personal de Loto, pues Cuckoo se hacía vieja y desde que la segunda hija partió no hacía habido nadie más para trabajar en la casa. Estas cinco esclavas, Wang Lung las compró en el mismo día, pues era hombre suficientemente rico para poder cumplir en seguida sus decisiones.
Y un día, mucho después de esto, llegó un hombre trayendo una doncellita pequeña y delicada, de unos siete años de edad y deseando venderla. Al principio, Wang Lung dijo que no, pues le parecía demasiado pequeña y débil, pero a Loto le cayó en gracia la niña y dijo caprichosamente:
– Quiero quedarme ésta porque es tan bonita, y la otra es basta y huele a carne de cabra y no me gusta.
Wang Lung miró a la niña y vio sus lindos ojos asustados y la delgadez de su cuerpecillo: y, en parte por complacer a Loto y en parte por ver a la niña alimentada y gruesa, dijo:
– Bueno, pues así sea si tú lo quieres.
La compró, pues, por veinte piezas de plata y la pequeña fue a vivir a las habitaciones de Loto y dormía a los pies de su cama.
Ahora le parecía a Wang Lung que podría tener paz en su casa. Cuando retrocedieron las aguas, llegó el verano y la tierra estuvo preparada para recibir la buena semilla, Wang Lung fue de aquí para allí mirando campo por campo y discutiendo con Ching la calidad de cada suelo y los cambios que debería haber en las cosechas para la fertilidad de la tierra. Y dondequiera que iba se llevaba con él a su hijo menor, que había de seguir con la tierra después de él, para que el muchacho aprendiera. Y Wang Lung nunca veía si prestaba atención o no, pues caminaba con la cabeza baja y tenía la expresión hosca y nadie sabía lo que pensaba.
Pero Wang Lung no se enteraba de lo que el muchacho hacia; sólo sabía que estaba allí, caminando en silencio detrás de su padre. Y cuando todo estuvo planeado. Wang Lung regresó a su casa satisfecho y se dijo:
"Ya no soy joven y no es necesario que trabaje con mis propias manos, puesto que tengo hombres en mi tierra y tengo hijos y paz en mi casa."
Y, sin embargo, cuando entraba en su casa no había paz en ella. A pesar de que le había dado una esposa al hijo, y a pesar de que había comprado esclavas suficientes para servirlos a todos, y a pesar de que a su tío y a la mujer de su tío les daba todo el opio que necesitaban para su placer, no había paz en su casa. Y de nuevo era por el hijo de su tío y por su propio hijo primogénito.
Parecía como si el hijo de Wang Lung no pudiese cesar en el odio que sentía por su primo y en su sospecha de las malas intenciones que le animaban. Bien había visto, con sus propios ojos, en los días de su adolescencia, las malas artes de su primo, y las cosas habían llegado a tal extremo que se negaba a abandonar la casa para ir a la ciudad, saliendo sólo cuando el otro lo hacia, y sospechaba de sus intenciones con las esclavas y aun con Loto, lo cual era innecesario, pues Loto engordaba y envejecía cada día más y desde hacía mucho tiempo no le importaba nada más que sus comidas y sus vinos, y no se hubiera tomado la molestia de hacerle caso aun cuando él la hubiese solicitado. Loto se alegraba ahora hasta de que Wang Lung viniese a ella cada vez menos según pasaban los años.
Aquel día, cuando, acompañado por su hijo menor, Wang
Lung entró en la casa, su primogénito le llevó aparte y le dijo:
– No quiero sufrir más a mi primo en la casa, y estoy cansado de sus miradas furtivas y de su continuo haraganear con las ropas desabrochadas, y de que no quite los ojos de las esclavas.
No se atrevía a decir: "Y hasta se atreve a mirar a vuestra propia mujer", porque recordaba, con asco, que hubo un tiempo en que él mismo andaba tras esta mujer de su padre, y ahora, viéndola gorda y más vieja, no podía soñar que hubiera hecho tal cosa y sentíase amargamente avergonzado y por nada del mundo lo hubiera traído a la memoria de su padre. Guardó, pues, silencio sobre esto y tan sólo se refirió a las esclavas.
Wang Lung había llegado del mejor humor de sus campos, porque el agua se iba alejando de la tierra y el aire era seco y caliente; y también porque estaba contento de que su hijo menor hubiera ido con él. Así es que contestó coléricamente a esta nueva complicación que surgía en su casa:
– Bueno, y tú eres un chiquillo necio por pasarte la vida pensando en esto. Te has encariñado con tu mujer y te has encariñado excesivamente, pues un hombre no ha de preocuparse tanto por la esposa que sus padres le dieron. No es propio ni está bien que un hombre ame a su esposa con un amor bobo y presuntuoso, como si fuese una ramera.
El joven se sintió herido por esto, pues lo que más temía era que alguien le pudiera acusar de conducta incorrecta, como si fuera él un hombre vulgar e ignorante, y repuso apresuradamente:
– No es por mi esposa. Es que su manera de portarse es impropia en la casa de mi padre.
Wang Lung no le oyó. Estaba musitando enojadamente y dijo otra vez:
– ¿Es que no terminarán nunca en mi casa estas guerras entre macho y hembra? ¡Aquí estoy yo, envejecido; mi sangre se enfría y al fin me veo libre de deseos! ¿Tendré que soportar los deseos y los celos de mis hijos?
Y al cabo de un rato gritó de nuevo:
– Bueno, ¿y qué quieres que haga?
El joven había esperado pacientemente que pasase el enojo de su padre, pues tenía algo que decirle, y Wang Lung comprendió esto claramente cuando le preguntó: "¿Qué quieres que haga?"
El joven contestó entonces firmemente:
– Quisiera que dejásemos esta casa y que nos fuéramos a vivir a la ciudad. No está bien que continuemos viviendo en el campo como patanes; podríamos dejar aquí a mi tío, su mujer y su hijo, y nosotros vivir seguros tras las murallas de la ciudad.
Wang Lung se rió con una risa hiriente y breve al oír esto, y desechó el deseo del joven como algo sin valor e indigno de tenerse en cuenta.
– Esta es mi casa -respondió enérgicamente, sentándose a la mesa y cogiendo la pipa de agua de donde se hallaba-, y puedes vivir en ella o no, según te plazca. Es mi casa y mi tierra, y si no fuera por la tierra nos habríamos muerto de hambre, como les ha pasado a otros, y tú no podrías pasearte con tus hermosas túnicas, descansado y ocioso como un estudiante. Gracias a la buena tierra eres algo más que el hijo de un labrador.
Y Wang Lung se levantó y comenzó a dar zancadas por el cuarto central comportándose zafiamente y escupiendo en el suelo como haría un campesino, pues aunque por un lado se complacía en el refinamiento de su hijo, por otro lado lo desdeñaba, y esto a pesar de que sabía que, secretamente, estaba orgulloso de él, y orgulloso porque nadie que le viera creería que sólo una generación le separaba de la tierra.
Pero el hijo mayor no estaba dispuesto a ceder y siguió a su padre, diciéndole:
– Bueno, y ahí está esa vieja casa, la gran Casa de los Hwang. La parte delantera está llena de gentuza, pero las habitaciones interiores están cerradas y silenciosas. Podríamos alquilar algunas y vivir en paz, y vos y mi hermano menor podríais ir y venir a la tierra y yo no viviría enfurecido por ese perro de mi primo.
Y entonces, para persuadir a su padre, dejó que las lágrimas asomaran a sus ojos, las forzó a caer sobre las mejillas, sin enjugarlas, y dijo de nuevo:
– Yo trato de ser un buen hijo; no juego ni fumo opio y me contentó con la mujer que me habéis dado; os pido un poco de ayuda y eso es todo.
Wang Lung ignoraba si las lágrimas le habían o no conmovido, pero si le conmovieron las palabras de su primogénito cuando dijo: "la gran Casa de Hwang".
Wang Lung no había olvidado nunca que una vez había entrado humildemente en aquella casa y llegado lleno de vergüenza a la presencia de sus moradores, asustándose incluso del guardián. Esto había sido para él un recuerdo de oprobio durante toda su vida, y lo detestaba. Durante toda su vida había sentido que a los ojos de los demás hombres era inferior a los que habitaban en la ciudad, y cuando permaneció en pie ante la Anciana Señora de la casa grande, esta sensación alcanzó su crisis. Así es que cuando su primogénito dijo: "Podríamos vivir en la casa grande", esta posibilidad saltó con tanta fuerza en su imaginación que le pareció verla ya realizada. "Podría sentarme donde se sentaba la anciana, y desde donde me ordenó levantarme como si fuera un siervo. Si, podría sentarme allí ahora y llamar así a otro hombre a mi presencia." Y musitó unas palabras y se dijo de nuevo: "Si quisiera, podría hacer eso".
Dándole vueltas a este pensamiento, se volvió a sentar en silencio, sin contestarle nada a su hijo; llenó la pipa de tabaco, y la encendió, fumando y soñando en lo que podría hacer si quisiera.
Así, pues, aunque al principio no quería decir que tal vez consintiera ni que haría cambio alguno, desde aquel momento se sintió más disgustado que nunca con la haraganería del hijo de su tío, y le observó atentamente, viendo que era verdad que ponía los ojos en las esclavas; y Wang Lung musitó y se dijo:
"Yo no puedo vivir con ese perro lujurioso en mi casa."
Miró a su tío y vio que adelgazaba a fuerza de fumar opio, que tenía la piel amarilla, que estaba viejo y encorvado y que echaba sangre cuando escupía. Y miró a su tía y la vio arrugada como una col, entregada al opio y contenta y amodorrada con él. Estos dos, poco trabajo le daban ahora, pues el opio había surtido el efecto que Wang Lung deseara.
Pero aún quedaba el hijo de su tío, hombre sin casar todavía. lleno de deseos como una bestia salvaje y reacio a caer a merced del opio, como habían hecho los dos viejos, y a gastar su lascivia en sueños. Y Wang Lung no deseaba casarle en la casa por miedo a la prole que creara, ya que uno como él era suficiente. Tampoco se ocupaba en trabajo alguno, pues no había necesidad ni nadie le obligaba a ello, como no pudiera llamarse trabajo las horas que, por las noches, pasaba fuera de casa. Pero aun esto ocurría con menos frecuencia, pues según los hombres regresaban a la tierra, el orden volvía a reinar en los pueblos y en la ciudad, y los ladrones se retiraron a las montañas, hacia el Noroeste, adonde el joven no quiso seguirles, prefiriendo vivir de la bondad de Wang Lung. Era, pues, una espina en la casa, por donde vagaba ociosamente, charlando, bostezando y a medio vestir hasta el mediodía.
Por lo tanto, cuando Wang Lung fue un día a la ciudad a ver a su hijo segundo en el mercado de granos, le preguntó:
– ¿Qué te parece lo que desea tu hermano: que nos traslademos a la ciudad y habitemos la casa grande, si es posible alquilar parte de ella?
Y el hijo segundo contestó:
– Que me convendría, pues entonces podría casarme y tener allí a mi esposa, viviendo todos bajo un mismo techo como hacen las grandes familias.
Wang Lung no se había ocupado nunca de la boda de su segundo hijo, ya que éste era un muchacho frío y austero y jamás había mostrado señales de lujuria. Además, Wang Lung había tenido otras preocupaciones. Sin embargo, ahora dijo con cierta vergüenza, pues sabía que no había obrado como era preciso con su hijo segundo:
– Hace mucho tiempo que vengo pensando en que habría que casarte, pero con unas cosas y otras no he tenido tiempo, y con el hambre que ha habido últimamente y la necesidad de evitar toda fiesta… Pero ahora que los hombres pueden comer otra vez, se hará la boda.
Y secretamente buscó con el pensamiento una doncella. El hijo segundo dijo entonces:
– Bueno, pues me casaré, ya que es una buena cosa y mejor que gastar el dinero en una ramera cuando la necesidad obliga. Además, está bien que un hombre tenga hijos. Pero no me deis una esposa que pertenezca a una casa de la ciudad, pues estará siempre hablando de lo que había en casa de su padre, como la mujer de mi hermano, y me hará gastar dinero y será un disgusto para mi.
Wang Lung oyó esto con asombro, pues no sabía que su nuera fuese así, viendo únicamente que era una mujer bastante bonita y cuidadosa de ser siempre correcta en su comportamiento. Pero le parecía muy sensato lo que decía su hijo, y se alegró de que fuese avisado e inteligente en la economía. En realidad, apenas conocía a este muchacho, pues había crecido débilmente junto al vigor de su hermano, y excepto por sus cuentos y chismes no fue nunca un niño ni un joven a quien se hiciese gran caso, de manera que, cuando partió para el mercado, Wang Lung se olvidó de él, excepto para decir cuando alguien le preguntaba cuántos hijos tenía: "Tengo tres hijos".
Ahora miró a este joven, su hijo segundo, y vio su cabello bien cortado, liso y brillante, y su túnica de inmaculada seda gris, y vio que los movimientos del joven eran agradables y sus pupilas enérgicas y discretas.
Y se dijo, lleno de sorpresa:
"¡Bueno, y éste también es mi hijo!"
Y en voz alta exclamó:
– ¿Qué clase de doncella te gustaría, pues?
Entonces el joven contestó tan simple y decididamente como si lo hubiera pensado de antemano:
– Deseo una doncella de pueblo, de buena familia terrateniente y sin parientes pobres; una doncella que no sea ni fea ni hermosa, que traiga una buena dote y que sepa cocinar, para que, aunque haya sirvientes en la cocina, ella los vigile. Y ha de ser mujer que, si compra arroz, compre lo suficiente y no un puñado de más, y si compra tela, el vestido esté bien cortado y los retales que le sobren le quepan en la mano. Quiero una doncella así.
Wang Lung se asombró todavía más al oírle hablar de esta manera, pues no conocía la vida de este joven, aunque fuera su hijo. No era una sangre así la que corría por su propio cuerpo lujurioso cuando era joven, ni por el cuerpo de su hijo primogénito; sin embargo, admiraba su sabiduría y le dijo riéndose:
– Bueno, pues buscaré una muchacha como ésta; Ching se encargará de buscarla por los pueblos.
Y todavía riendo, se marchó; descendió por la calle de la casa grande y dudó junto a los leones de piedra y luego, como no había nadie para detenerle, entró en la casa. Las habitaciones delanteras estaban como las recordaba de cuando fue a buscar a la ramera a quien temía por su hijo. De los árboles colgaban piezas de ropa puestas a secar y por todos sitios había mujeres sentadas y parloteando mientras metían y sacaban la aguja de las suelas de zapatos que estaban haciendo, y los chiquillos rodaban desnudos y polvorientos sobre las losetas de los patios. El lugar apestaba al olor de la chusma que invade la casa de los grandes cuando los grandes desaparecen. Y Wang Lung miró hacia la puerta del cuarto donde había vivido la ramera, pero la puerta estaba abierta y otra persona vivía ahora allí: un viejo; Wang Lung se alegró de esto y siguió adelante.
En los tiempos pasados, cuando la opulenta familia vivía en la mansión, Wang Lung se hubiera sentido igual a toda aquella chusma y enemigo de los poderosos, odiándolos y temiéndolos a un tiempo. Pero desde que tenía plata y oro escondidos despreciaba a ésta gentuza que pululaba por dondequiera y se abrió camino entre ella con la cabeza levantada y respirando ligeramente por la peste que despedía. Y la despreció y sintió rencor contra ella como si él mismo perteneciese a la casa grande.
Atravesó los patios y habitaciones dirigiéndose hacia la parte de atrás, aunque por pura curiosidad y no porque hubiera decidido nada todavía; al fin llegó a una puerta cerrada junto a la cual dormitaba una mujer y la miró y vio que era la esposa picada de viruelas del antiguo guardián. Esto le sorprendió, pues la recordaba como una mujer de mediana edad, fresca y rolliza, y ahora era una vieja macilenta, llena de arrugas, con el pelo blanco y los dientes sueltos en sus quijadas como raigones amarillos. Mirándola, Wang Lung se dio cuenta de cuántos y que rápidos eran los años que habían transcurrido desde que él llegó aquí con su primer hijo en los brazos, y por vez primera sintió el peso de la vejez cayéndole encima. Entonces le dijo a la mujer con tristeza:
– Despertad y abridme la puerta.
La vieja se despertó, parpadeando y pasándose la lengua por sus labios resecos, y repuso:
– No debo abrir para nadie, excepto para los que quieran alquilar toda la parte interior de la casa.
Y Wang Lung dijo de pronto:
– Bueno, tal vez la alquile yo si me gusta.
Pero no le dijo a la mujer quién era, y la siguió en silencio recordando el camino. Allí estaban los patios y estancias, allí el pequeño cuarto donde dejó el cesto, aquí las largas balconadas sostenidas por frágiles columnas rojas. La siguió hasta el mismo gran salón y su imaginación dio un salto atrás hacia el pasado cuando estuvo aquí en pie, esperando que le diesen como esposa a una esclava de la casa. Y ante él tenía ahora la gran tarima labrada sobre la que se había sentado la Anciana Señora, envuelto su frágil cuerpo en plateado satén.
Y movido por un extraño impulso, Wang Lung se adelantó, fue a sentarse donde ella se había sentado y puso la mano sobre la mesa. Desde aquella eminencia contempló a la vieja bruja que le miraba parpadeando, en espera silenciosa de lo que él decidiera. Entonces, una satisfacción que había deseado toda su vida sin saberlo, inundó como una marejada el corazón de Wang Lung, y dando con la mano sobre la mesa exclamó de pronto:
– ¡Me quedo con esta casa!