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Los vientos y las corrientes eran siempre más favorables que el largo y tortuoso camino por tierra, por lo que zarpamos hacia Yolco ciñéndonos a la costa. Cuando arribamos a puerto me quedé en cubierta con Áyax; era mi primera visita al país de los mirmidones y Yolco me pareció hermosa, una ciudad de cristal que resplandecía bajo el sol invernal. Carecía de murallas y la parte posterior del palacio estaba coronada por el monte Pelión, cubierto de inmaculada nieve. Me arrebujé en las pieles que me cubrían los hombros y me soplé las manos mientras miraba de reojo a Áyax.
– ¿Bajarás por el costado de la nave, mi coloso? -le pregunté. Asintió en silencio, pues no era propicio a los juegos verbales. Pasó su corpulenta pierna por la barandilla, se apoyó en el peldaño superior de la escalerilla de cuerda y desapareció rápidamente por ella. Tan sólo se cubría con las ropas que llevaba en los salones de Micenas, un faldellín, y no dejaba traslucir el menor indicio de frío. Lo observé mientras llegaba hasta la playa y entonces le grité que buscase algún tipo de transporte. Como era bien conocido en Yolco podría escoger entre lo que hubiera disponible.
Néstor se ocupaba en recoger nuestras pertenencias personales del refugio construido en la cubierta de popa.
– Áyax ha marchado a procurarnos un carro. ¿Te sientes bien para bajar a la playa o prefieres aguardar aquí? -le pregunté irónicamente, pues disfrutaba haciéndolo irritar.
– ¿Qué te hace suponer que chocheo? -replicó poniéndose bruscamente en pie-. Aguardaré en la playa, desde luego.
Salió a cubierta con rapidez murmurando para sí y, tras rechazar impaciente la mano que le tendía un marinero, descendió por la escalerilla con la agilidad de un muchacho. ¡El viejo diablo!
Peleo acudió a recibirnos en persona a la puerta. Cuando yo era joven y él estaba en la flor de la vida nos habíamos visto con frecuencia, pero no recientemente. Aunque en aquellos momentos ya era un anciano, se mantenía erguido y orgulloso, con aire regio. Era atractivo e inteligente. Lástima que tan sólo tuviera un hijo para sucederle; engendrado por Peleo, al joven Aquiles le respaldaba una excelente reputación.
Una vez cómodamente sentados ante el gran trípode de fuego con vino caliente con azúcar y especias ante nosotros, abordé la cuestión de nuestra llegada. Pese a la categoría superior de Néstor, yo había sido elegido portavoz, y así el muy astuto podría retirarse limpiamente si se cometían errores.
– Nos envía Agamenón de Micenas para pedirte un favor, señor.
– Se trata de Helena -dijo mirándome con astucia.
– Las noticias circulan con rapidez.
– Esperaba un correo imperial, pero no ha llegado. Mis carpinteros de ribera nunca habían visto semejante material invadir sus sedes.
– Agamenón no podía enviarte ningún correo puesto que no formulaste el juramento del Caballo Descuartizado, Peleo. Nada te obliga a suscribirte a la causa de Menelao.
– Aunque así fuera, soy demasiado viejo para ir a la guerra, Ulises.
Néstor decidió que yo me andaba con excesivos ambages.
– En realidad, mi querido Peleo, no venimos a buscarte a ti -dijo-. Queríamos saber si podemos contar con los servicios de tu hijo.
El gran rey de Tesalia pareció estremecerse.
– Aquiles… Bien, confiaba que no fuera así, pero en realidad lo esperaba. No dudo que aceptará la oferta de Agamenón inmediatamente.
– ¿Podemos preguntárselo entonces? -inquirió Néstor. -Desde luego -repuso Peleo.
– Gracias en nombre de Agamenón, Peleo -respondí ya relajado-. Y te expreso personalmente mi reconocimiento desde lo más profundo de mi corazón.
Me dirigió una larga y firme mirada.
– ¿Tienes corazón, Ulises? Imaginaba que sólo poseías cerebro.
Por un instante me escocieron los ojos; pensé en Penélope y su imagen desapareció. Devolví al hombre su firme mirada. -No, no tengo corazón. ¿Para qué lo necesita un hombre? Tener corazón entraña una grave responsabilidad.
– Entonces es cierto lo que se dice de ti. -Cogió su copa del trípode, una pieza muy delicada de orfebrería egipcia-. Si Aquiles decide ir a Troya -añadió-, irá al frente de los mirmidones. Hace veintitantos años que se hallan preparados para una importante campaña.
En aquel momento entró un hombre. Peleo sonrió y lo señaló con la mano.
– ¡Ah, Fénix! Caballeros, os presento a Fénix, mi amigo y camarada desde hace muchos años. Tenemos invitados muy prestigiosos, Fénix, se trata de los reyes Néstor de Pilos y Ulises de ítaca.
– He visto afuera a Áyax -dijo Fénix tras saludarlos con una profunda reverencia.
Por su edad se encontraba entre Peleo y Néstor, marchaba muy erguido y tenía aire militar y aspecto de mirmidón: rubio, grande y digno.
– Acompañarás a Aquiles a Troya, Fénix -dijo Peleo-. Cuida de él en mi lugar, protégelo de su destino.
– A costa de mi vida, señor.
Pensé que todo aquello estaba muy bien y era muy conveniente pero sentía crecer mi impaciencia.
– ¿Podemos ver a Aquiles en persona? -pregunté.
Ambos tesalios se mostraron confusos.
– Aquiles no se encuentra en Yolco -dijo Peleo.
– ¿Dónde se halla entonces? -inquirió Néstor.
– En Esciro. Pasa allí las seis lunas frías cada año, está casado con Deidamía, hija de Licomedes.
Me golpeé el muslo enojado.
– De modo que nos queda otro viaje invernal que realizar.
– En absoluto -repuso Peleo cordialmente-. Enviaré en su busca.
Pero en cierto modo yo intuía que si no nos preocupábamos nosotros mismos, nunca veríamos a Aquiles embarcar en una nave de Yolco en las arenas de Áulide. Negué con la cabeza.
– No, señor. Agamenón consideraría más adecuado que se lo preguntásemos nosotros en persona.
De modo que recalamos de nuevo en un puerto y recorrimos el camino desde la ciudad hasta el palacio, con la diferencia de que este segundo edificio era poco más que una casa grande. Esciro no era rica.
Licomedes nos acogió amablemente, pero cuando nos hallábamos sentados, comiendo y bebiendo un sencillo refrigerio, intuí que sucedía algo raro, que la situación no era normal, y no solamente a causa del propio Licomedes. Se percibía una peculiar tensión en el ambiente. Los sirvientes, todos hombres, circulaban alrededor de nosotros sin mirarnos, Licomedes tenía el semblante de quien actúa bajo una pesada carga de temor y su heredero Patroclo entraba y salía con tanta rapidez que casi lo creí un ser creado por mi imaginación y, lo más inquietante de todo, no se percibía ningún sonido característicamente femenino. Ni siquiera a lo lejos se oían las risas, quejidos, chillidos ni los estallidos de llanto propios de mujeres. ¡Era muy extraño! Las mujeres no participaban en los asuntos masculinos, pero siempre eran plenamente conscientes de su importancia en el orden de las cosas y disfrutaban de libertades que nadie se atrevería a negarles. Al fin y al cabo habían gobernado bajo la Antigua Religión.
Había recobrado mi sensación de malestar, cada vez más inquietante, y creía percibir el antiguo y familiar olor a peligro. Capté una mirada de Néstor y advertí que también él lo intuía. El hombre arqueó las cejas y yo suspiré. Entonces no me equivocaba, teníamos un problema.
Regresó el atractivo joven Patroclo. Lo examiné con más detenimiento preguntándome qué significado podría tener en tan extraña situación. Era un individuo tierno y dulce que no carecería de arrojo ni valor pero que posiblemente sería muy parcial en sus afectos, los cuales, decidí, no reservaba a las mujeres. Bien, estaba en su derecho. Nadie le reprocharía que prefiriese a los hombres. En aquellos momentos estaba sentado, con aire desdichado.
– Rey Licomedes, nuestra misión es muy urgente -comencé tras aclararme la garganta-. Venimos en busca de tu yerno Aquiles.
Se produjo una extraña e intangible pausa durante la cual a Licomedes estuvo a punto de caérsele la copa; luego se levantó con torpeza.
– Aquiles no está en Esciro, caballeros.
– ¿Que no está aquí? -repitió Néstor, consternado.
– No. -Licomedes parecía incómodo-. Se… peleó violentamente con su esposa, mi hija, y se marchó al continente con la promesa de no regresar jamás.
– De modo que no está en Yolko -puntualicé con suavidad.
– Confieso no creerlo así, Ulises. Habló de marcharse a Tracia.
– ¡Vaya, vaya! -suspiró Néstor-. Al parecer estamos destinados a no encontrar nunca a ese joven, ¿no es cierto?
La pregunta iba dirigida a mí, pero yo no respondí en seguida, consciente de experimentar una repentina y curiosa claridad, un gran alivio. Mi instinto no se equivocaba. Algo marchaba muy mal y Aquiles se encontraba en el centro de la cuestión.
– Puesto que Aquiles no está aquí, creo que deberíamos partir al punto, Néstor -repuse al tiempo que me levantaba. Aguardé, pues sabía que Licomedes tendría que formular las expresiones de rigor según disponía el hospitalario Zeus. Y mientras esperaba me volví de modo que sólo Néstor pudiera ver mi rostro y le dirigí una intencionada mirada de advertencia.
– Quedaos con nosotros esta noche por lo menos, Ulises -nos ofreció Licomedes obligado por las circunstancias-. El rey Néstor debería descansar un poco.
Volví a mirarlo intencionadamente y el hombre, en lugar de replicar que se sentía en condiciones de declarar la guerra al Olimpo, asumió el aire patético propio de un desdichado anciano. ¡El viejo zorro!
– Gracias, rey Licomedes -exclamé simulando alivio-. Precisamente esta mañana Néstor se quejaba de cuan agotado se sentía. Se resiente terriblemente de los vientos marinos invernales. Confío en que nuestra presencia no sea un inconveniente para ti -concluí bajando los ojos con modestia.
Sí lo era. No había imaginado que aceptaríamos su protocolaria invitación cuando nuestra misión era un fracaso y debíamos regresar a Micenas para informar de ello a Agamenón.
Sin embargo disimuló perfectamente su contrariedad, al igual que Patroclo.
Más tarde me reuní con Néstor en su cámara y aguardé sentado en el brazo de un sillón mientras él se relajaba en un baño caliente y un viejo criado, curiosamente también del género masculino, le limpiaba el salitre y la suciedad de su arrugado pellejo. En el instante en que Néstor salió del baño envuelto en toallas, el hombre se retiró.
– ¿Qué opinas? -le pregunté entonces. -En esta casa se esconde un misterio -repuso muy convencido-. Supongo que si Aquiles se hubiera peleado con su esposa y hubiera partido a Tracia, se hubiera provocado una reacción como ésta, aunque no lo creo así. Si algo no marcha bien, no se trata de eso.
– Creo que Aquiles se halla en palacio. Abrió los ojos sorprendido. -¡No! Está escondido, pero no aquí.
– Está aquí -insistí-. Lo conocemos bastante para saber que es tan impulsivo como belicoso. Si se hallara a cierta distancia de Licomedes y Patroclo, les sería imposible controlarlo. Está aquí, en palacio.
– Pero ¿por qué? No formuló el juramento, como tampoco Peleo. No sería deshonroso para él negarse a ir a Troya.
– ¡Oh, sí desea ir! ¡Lo desea desesperadamente! Son los demás quienes no se lo permiten. Y quienes, de algún modo, lo han comprometido.
– ¿Qué debemos hacer entonces? -¿Cuál es tu opinión? -repliqué.
– Que tendremos que infiltrarnos por todas partes en este pequeño edificio, a ser preferible con la luz del día. Yo puedo simular hallarme en estado senil -repuso con una sonrisa-. Y cuando todos duerman, puedes inspeccionar tú. ¿Crees sinceramente que lo mantienen prisionero? Yo no opinaba así.
– No se atreverían, Néstor. Si Peleo se enterase de ello, destruiría esta isla con más fiereza que el propio Poseidón. No, lo han comprometido con algún juramento.
– Me parece lógico -dijo mientras comenzaba a vestirse-. ¿Cuánto falta para cenar?
– Algún tiempo todavía.
– Entonces ve a dormir mientras que yo curioseo por ahí, Ulises.
Acudió a despertarme a tiempo para la cena con aire malhumorado.
– ¡Que el diablo cargue con ellos! -gruñó-. Si lo han escondido aquí, no puedo encontrarlo. Me he metido en todos los rincones, desde el tejado hasta la cripta, sin encontrar rastro de él. El único lugar al que no he logrado acceder ha sido a los aposentos femeninos que están custodiados.
– Entonces es allí donde se encuentra -dije levantándome.
Fuimos juntos a cenar y nos preguntamos si Licomedes se había vuelto tan asirio que prohibía la presencia de sus mujeres en el comedor. Un servidor masculino ayudaba en el baño, no se veían mujeres por ninguna parte y un guardián custodiaba la puerta de sus aposentos. Aquello era muy sospechoso. Licomedes no quería que llegasen habladurías a nuestros oídos y por ello las mantenía lejos de nosotros.
Pero sin duda se hallaban allí, confinadas en el rincón más sombrío y lejano. Pensé que Licomedes tendría que mostrarlas en la comida principal. Dadas las dimensiones de sus cocinas y del palacio, le sería imposible alimentarlas en sus aposentos sin crear un caos culinario para sus regios invitados.
Sin embargo no se vio ni rastro de Aquiles. Ninguna de aquellas formas confusas tenía proporciones tan robustas para tratarse del muchacho.
– ¿Por qué están aisladas las mujeres? -se interesó Néstor.
Nos servían la comida en la mesa presidencial con Licomedes y Patroclo.
– Han ofendido a Poseidón -repuso inmediatamente Patroclo.
– ¿Y? -insistí.
– Se les ha prohibido el contacto con los hombres durante cinco años.
– ¿Incluso sexualmente? -inquirí sorprendido.
– Eso está permitido.
– Parece una exigencia más propia de la Madre que de Poseidón -observó Néstor, que tomaba un trago de vino.
– La prohibición procede de Poseidón, no de la Madre -repuso Licomedes con un encogimiento de hombros.
– ¿A través de su sacerdotisa Tetis? -preguntó el rey de Pilos.
– Tetis no es su sacerdotisa -replicó Licomedes, incómodo-. El dios se ha negado a volver a aceptarla. Ahora está consagrada a Nereo.
Cuando acabó la comida y desaparecieron las mujeres me instalé para hablar con Patroclo y dejé a Licomedes a merced de Nereo.
– Lamento mucho no haber encontrado a Aquiles -le dije.
– Te habría gustado conocerlo -repuso Patroclo con voz apagada.
– Supongo que le hubiera entusiasmado la posibilidad de ir a Troya.
– Sí, Aquiles es un guerrero nato.
– Bueno, no tengo la intención de registrar Tracia para encontrarlo. Se sentirá disgustado cuando descubra lo que se ha perdido.
– Sí, muy disgustado.
– Explícame cómo es -lo invité.
Me constaba que Patroclo estaba muy enamorado de Aquiles, y al joven se le iluminó el rostro.
– Es algo más pequeño que Áyax… ¡Y muy elegante de movimientos! Y también es muy hermoso.
– Me han dicho que no tiene labios. ¿Cómo puede ser tan hermoso?
– Porque… porque… -dudó mientras trataba de encontrar la expresión adecuada-. Tendrías que verlo para comprenderme. Su boca es tan conmovedora… que arranca lágrimas. ¡Aquiles es la belleza personificada!
– Es demasiado hermoso para ser cierto -le respondí.
Estuvo a punto de caer en la trampa. Casi me dijo más o menos que era un necio por dudarlo, que podía presentarme a semejante belleza para que lo comprobase, pero apretó los labios con fuerza reservándose las duras palabras. Aunque fue como si las hubiese pronunciado, pues yo había obtenido la respuesta que esperaba.
Antes de retirarnos mantuve un breve conciliábulo con Néstor y Áyax y luego me acosté y dormí profundamente. Al día siguiente, muy temprano, bajamos con Áyax a la ciudad donde yo había hecho alojarse a mi primo Sinón, ya que no es prudente exhibir todos los tesoros propios de golpe y Sinón era uno de ellos. Me escuchó impasible mientras le explicaba lo que debía hacer y le daba una bolsa de oro de las escasas reservas que Agamenón me había entregado para sufragar nuestros gastos. Lo que era mío me lo reservé, pues algún día estaría destinado a mi hijo. Agamenón bien podía pagar por Aquiles.
La corte aún dormía cuando regresé al palacio, aunque Áyax no me acompañó pues le aguardaban otros quehaceres. Néstor estaba despierto y había recogido su equipaje; no pretendíamos mantener en vilo a Licomedes. Como es natural, protestó cortésmente cuando le anunciamos nuestra partida y nos rogó que permaneciésemos más tiempo, pero en aquella ocasión decliné su invitación ante su inmenso alivio.
– ¿Dónde está Áyax? -preguntó Patroclo.
– Va por la ciudad preguntando si alguien tiene idea de dónde se halla Aquiles -repuse.
Y volviéndome hacia Licomedes añadí:
– Señor, ¿podrías hacerme el favor de reunir en la sala del trono a todos tus domésticos?
Pareció sorprendido y luego muy receloso.
– Verás…
– Estoy a las órdenes de Agamenón, señor, de no ser así no te lo rogaría. Me encareció, al igual que cuando estuve en Yolco, que diese las gracias a todas las personas libres de la corte en nombre del gran rey de Micenas. El soberano estipuló que todos debían estar presentes, tanto varones como hembras. Aunque hayáis excluido la presencia de vuestras féminas, aún siguen perteneciéndoos.
Cuando concluía mi perorata entraron algunos de mis marinos portadores de grandes brazadas de regalos. Baratijas para las mujeres: adornos, abalorios, frascos de perfume, tarros de ungüentos, aceites y esencias, telas delicadas y gasas. Pedí que trajesen unas mesas para que los hombres pudieran amontonar en ellas sus cargas. Acudieron otros marinos, en esta ocasión con obsequios destinados a los varones: magníficos brazaletes de bronce, escudos, lanzas, espadas, corazas, cascos y grebas que hice colocar en otras mesas.
Los ojos del rey pugnaban entre la codicia y la prudencia. Patroclo le puso la mano admonitoriamente en el brazo pero él se desprendió de su contacto y dio unas palmadas llamando a su mayordomo.
– ¡Avisa a todos los criados! Que las mujeres se mantengan a prudente distancia para atenerse a la prohibición de Poseidón.
La sala se llenó de hombres y seguidamente aparecieron las mujeres. Néstor y yo escudriñamos entre sus filas de manera infructuosa; ninguna de ellas podía ser Aquiles.
– Señor, el rey Agamenón desea agradecerte a ti y a los tuyos vuestra ayuda y hospitalidad -dije adelantándome.
Señalé los montones de objetos de carácter femenino.
– Ésos son los regalos para tus mujeres -indiqué-. Y aquéllos -me volví hacia las armas y armaduras- los destinados a tus hombres.
Ambos grupos murmuraron encantados, pero ninguno se movió hasta que el rey les concedió su permiso. Entonces se amontonaron en torno a las mesas para escoger alegremente los objetos.
– Y esto, señor, es para ti -dije tomando un bulto envuelto en tejido de hilo de manos de un marino.
Con el rostro radiante, apartó la tela que lo cubría y apareció una hacha cretense, de doble cabeza de bronce y con empuñadura de roble. Se la tendí para que la tomara y él se aproximó sonriente y complacido tendiendo las manos.
En aquel preciso momento se oyó un chillido en el exterior, un estridente grito de alarma. Alguien hizo sonar un cuerno y a lo lejos oímos que Áyax profería el grito de guerra de Salamina. A continuación sonó el inconfundible ruido de una armadura que alguien se ceñía; Áyax gritó de nuevo, más próximo, como si retrocediera. Las mujeres chillaron a su vez y echaron a correr; los hombres prorrumpieron en preguntas confusas y el rey Licomedes, mortalmente pálido, se olvidó de su hacha.
– ¡Piratas! -exclamó sin que pareciera saber qué hacer.
Áyax gritó una vez más, con mayor intensidad y aún más próximo, un grito bélico de las laderas del Pelión que sólo Quirón podía haberle enseñado. En el profundo silencio que de pronto nos había inmovilizado mudé mi sujeción en el hacha, así la empuñadura con ambas manos y la levanté en lo alto.
Alguien más se movilizó e irrumpió en la sala del trono con tal ímpetu que las aterradas mujeres que se agrupaban a la puerta se vieron despedidas como carretes de hilo. Se trataba de una fémina muy especial. ¡Era comprensible que Licomedes no se atreviera a mostrarla! La mujer se despojó con impaciencia de la túnica que la cubría y dejó ver un pecho tan musculoso que despertó mi admiración mientras avanzaba hacia la mesa en la que se amontonaban las armas; por fin había aparecido Aquiles.
El hombre barrió el contenido de una mesa, que se desplomó en el suelo con estrépito, cogió un escudo y una lanza que alzó sosteniendo todo su peso y dispuesto a luchar con todas las fibras de su cuerpo. Avancé hacia él con el hacha extendida.
– ¡Toma, señora, utiliza esto! ¡Parece más apropiado para tu talla!
Y la hice ondear en el aire mientras mis brazos crujían bajo la tensión.
– ¿Me encuentro ante el príncipe Aquiles?
¡Oh, cuan extraño era! Pese a los elogios de Patroclo, lo que debía haber sido hermoso no lo era. Pero no porque su boca le restara belleza, pues en realidad le confería cierto patetismo muy necesario. Su falta de belleza, siempre lo he creído así, procedía de su interior. Los dorados ojos estaban llenos de orgullo y gran inteligencia; aquél no era el palurdo Áyax.
– ¡Gracias! -exclamó entre risas.
Áyax entró en la sala. Aún sostenía las armas que había utilizado para crear el pánico en el exterior y al ver a Aquiles junto a mí lanzó un alarido. Al cabo de un instante estaba junto a él y lo abrazaba con tal fuerza que hubiera aplastado mi caja torácica. Aquiles se liberó de él, al parecer ileso, y le pasó un brazo por los hombros.
– ¡Áyax, Áyax! ¡Tu grito de guerra me ha desgarrado como la flecha de un arco! ¡No podía permanecer impasible, tenía que responder! Cuando proferías el alarido bélico del viejo Quirón me estabas llamando. ¿Cómo resistirme? -Distinguió a Patroclo y le señaló con su mano-. ¡Ven aquí, conmigo!
¡Guerrearemos contra Troya! ¡Mis más caros deseos me han sido concedidos! ¡El padre Zeus ha respondido a mis plegarias!
Licomedes estaba fuera de sí, lloraba y se retorcía las manos.
– ¡Hijo mío, hijo mío! ¿Qué será ahora de nosotros? ¡Has quebrantado el juramento que hiciste a tu madre! ¡Nos fulminará!
A sus palabras sucedió un profundo silencio. Aquiles se serenó al instante y mostró una expresión reconcentrada. Observé a Néstor con aire interrogante y ambos suspiramos; todo quedaba explicado.
– No sé cómo ha sido, padre -repuso Aquiles por fin-. Reaccioné de modo intuitivo, respondiendo a una llamada que me había sido grabada en mi niñez. Al oír a Áyax, respondí. No he quebrantado ningún juramento. La astucia ajena lo destruyó.
– Aquiles no se equivoca -exclamé dirigiéndome a todos ellos-. Te engañé. Ningún dios puede considerarte culpable de faltar a tus promesas.
Como es natural dudaron de mí, pero el daño ya estaba hecho.
Jubiloso, Aquiles extendió los brazos sobre su cabeza y luego se acercó a Patroclo y a Áyax y los abrazó.
– ¡Iremos a la guerra, primos! -dijo con una amplia sonrisa.
Y a continuación me miró reconocido.
– ¡Es nuestro destino! -dijo-. ¡Ni siquiera entre sus más viles conjuros logró convencerme mi madre de lo contrario! ¡Nací para guerrear, para combatir junto a los más grandes hombres de nuestro tiempo, para conseguir fama perdurable y gloria imperecedera!
Sus palabras sin duda eran ciertas. Contemplé con ironía a aquel espléndido trío de jóvenes mientras recordaba a mi esposa y a mi hijo y pensaba en los infinitos años que deberían transcurrir entre el comienzo de mi exilio y mi regreso al hogar. Aquiles conseguiría su fama perdurable y la gloria imperecedera en Troya, pero yo gustosamente hubiera renunciado a mi participación en tan valiosos fines a cambio de regresar al día siguiente a mi hogar.
Al final logré retornar a ítaca so pretexto de que tenía que formar en persona mi contingente para Troya. A Agamenón no le agradó en absoluto verme partir de Micenas, ya que representaba su papel mucho más fácilmente si yo me encontraba presente para respaldarlo.
Pasé tres meses preciosos con mi Penélope de rostro entramado, un tiempo con el que no habíamos contado disponer, pero al cabo no pude retrasar más mi partida. Mientras mi flotilla superaba con dificultad las tormentosas costas de la isla de Pélops, yo efectué mi viaje a Áulide por tierra. Pasé rápidamente por Etolia sin interrumpir mi avance de noche ni de día hasta arribar a la montañosa Delfos, donde Apolo, dios de las profecías, tenía su santuario, y donde su sacerdotisa, la pitonisa, emitía sus infalibles vaticinios. Le pregunté si mi oráculo doméstico se había equivocado al anunciar que pasaría veinte años lejos de mi hogar. Su respuesta fue sencilla y claramente negativa. Luego añadió que por voluntad de mi protectora Palas Atenea debería permanecer ausente de mi patria durante veinte años. Le pregunté la razón, pero sólo obtuve una risita por respuesta.
Malogradas mis esperanzas, proseguí hacia Tebas, donde había dispuesto reunirme con Diomedes, que venía desde Argos. Pero la ruinosa ciudad estaba desierta; él no se había atrevido a quedarse. Tampoco me angustiaba la soledad mientras dirigía mis caballos por la última y breve etapa de mi viaje, traqueteando por el camino rodado que conducía al estrecho de Eubea y a la playa de Áulide.
El punto de encuentro para la expedición había sido discutido detenida y cuidadosamente; más de mil naves necesitarían varias leguas de espacio y las aguas debían ser protegidas. Por consiguiente, Áulide constituía una buena elección. La playa superaba las dos leguas de longitud y estaba resguardada de las borrascas y del mar por la isla de Eubea, no lejos de la costa.
Aunque era el último en llegar, me remonté a lo alto de una colina que dominaba la costa para contemplar la perspectiva. Incluso mis corceles parecieron percibir algo siniestro en el ambiente porque se detuvieron, ofrecieron resistencia y comenzaron a retroceder, como suelen hacerlo cuando se los obliga a aproximarse a las carroñas. Mi auriga tuvo que esforzarse por controlarlos, pero por fin consiguió inducirlos a avanzar.
¡Se extendían ante mis ojos hasta el infinito! En la playa, en doble hilera, se encontraban los navios rojinegros de altas proas, capaces cada uno de ellos de transportar un centenar de hombres por lo menos, con espacio suficiente para cincuenta remeros y para que otros cincuenta pudieran descansar entre el equipo, y con altos mástiles en los que izar las velas. Me pregunté cuántos árboles habrían sido derribados para construir aquellas naves, cuántos regueros de sudor habrían empapado sus curvados costados hasta que estuvo ajustado el último perno para que pudieran deslizarse con soltura sobre las aguas.
Innumerables embarcaciones, diminutas desde la elevada perspectiva que yo disfrutaba, suficientes para trasladar a Troya a ochenta mil soldados y otros miles más de no combatientes. Aplaudí a Agamenón en mi fuero interno, pues se había arriesgado y había triunfado en su empeño. Aunque no lograra conducir a aquellas infinitas naves más allá de la playa de Áulide, no dejaba de ser un logro espléndido. En aquellos momentos yo no advertía la belleza del lugar, ya que las montañas empequeñecían y el mar se convertía en un instrumento pasivo al servicio de Agamenón, rey de reyes. Me reí y grité estentóreamente:
– ¡Has vencido, Agamenón!
Atravesé el pueblecito pescador de Áulide a trote ligero prescindiendo de la multitud de soldados que atestaban su única calle. Me detuve más allá de las casas, desorientado. ¿Dónde se hallaría el cuartel general entre tantas naves? Me dirigí a un oficial.
– ¿Dónde se encuentra la tienda de Agamenón, rey de reyes?
Me observó morosamente mientras se escarbaba los dientes y examinaba mi armadura, mi casco engalanado con colmillos de jabalí, el magnífico escudo que había pertenecido a mi padre.
– ¿Quién lo pregunta? -me preguntó con impertinencia.
– Un lobo que ha devorado ratas mayores que tú.
El hombre, atónito, tragó saliva y respondió cortésmente:
– Sigue este mismo camino durante un rato y pregunta de nuevo, señor.
– Ulises de ítaca te lo agradece.
Agamenón había establecido su campamento de modo provisional, con tiendas de cuero cómodas y de dimensiones considerables.
Con carácter sólido y permanente únicamente había construido un altar de mármol bajo un plátano solitario, un pobre y escuálido ejemplar que pugnaba contra la sal y el viento para hacer germinar brotes primaverales. Confié mis corceles y mi auriga a uno de los guardianes imperiales y me escoltaron hasta la tienda de mayores proporciones.
En su interior se encontraban los personajes más importantes: Idomeneo, Diomedes, Néstor, Áyax y su homónimo Áyax el Pequeño, Teucro, Fénix, Aquiles, Menesteo, Menelao, Palamedes, Meriones, Filoctetes, Eurípilo, Toas, Macaón y Podaliero. Calcante, el sacerdote albino, sentado discretamente en un rincón, paseaba sus ojos enrojecidos de uno a otro, entre cálculos y conjeturas. Su bizqueo no me confundió. Durante unos momentos lo observé con disimulo tratando de adivinar sus pensamientos. No me gustaba, no sólo por su repulsivo aspecto, sino por algo intangible en su apariencia que me inspiraba una profunda sensación de desconfianza.
Me constaba que Agamenón había tenido igual sensación al principio, pero tras hacer observar al hombre durante muchas lunas había llegado a la conclusión de que Calcante era leal. Yo no estaba tan seguro. Aquel tipo me parecía muy sutil y era troyano.
– ¿En qué te has demorado, Ulises? -exclamó Aquiles jovialmente-. ¡Tus naves llegaron hace una luna!
– He venido por tierra. Tenía asuntos que solventar.
– Pero llegas en el momento oportuno, viejo amigo -intervino Agamenón-. Nos disponíamos a celebrar nuestro primer consejo formal.
– ¿Soy realmente el último?
– Entre los importantes.
Ocupamos nuestros asientos. Calcante abandonó su rincón y sostuvo el dorado bastón de debate en su puño con aire indolente. Pese a que hacía un tiempo soleado y primaveral, las lámparas estaban encendidas porque sólo se filtraba una tenue luz por la puerta de la tienda. Como correspondía a un consejo oficial de guerra, vestíamos nuestras armaduras completas. Agamenón lucía un equipo de oro muy hermoso con amatistas y lapislázulis incrustados. Confié en que tuviera otro más adecuado para la batalla. Tomó el bastón de Calcante y se enfrentó orgulloso a todos nosotros.
– Como es natural, he convocado este primer consejo para tratar de la travesía más que de la campaña. Pero en vez de dictar órdenes considero preferible responder a preguntas. No es necesario un debate riguroso. Calcante sostendrá el bastón. Sin embargo, si alguno de vosotros desea tomar extensamente la palabra, deberá utilizarlo.
Con aire satisfecho devolvió el bastón al sacerdote.
– ¿Cuándo piensas zarpar? -preguntó Néstor en tono cordial.
– Con la próxima nueva luna. He delegado la parte principal de la organización en Fénix, el marino más experto de todos nosotros. Fénix ya ha establecido un destacamento especial de oficiales que dispondrán la orden de zarpar, establecerán qué contingentes son los más rápidos o lentos, las naves que deben transportar las tropas indispensables y las que trasladarán caballos o personal no combatiente. Podéis estar tranquilos, pues no se producirá un caos cuando desembarquemos.
– ¿Quién es el piloto principal? -inquirió Aquiles.
– Télefo. Él me acompañará en la nao insignia. Los pilotos de cada embarcación tendrán órdenes de mantener su nave a la vista de, por lo menos, una docena de los restantes. Ello nos asegurará de que la flota permanece intacta, contando con un tiempo favorable, claro está. Las tormentas dificultarían la situación, pero la época del año nos es propicia y Télefo prepara cuidadosamente a los pilotos.
– ¿Con cuántas naves de abastecimiento contaremos? -le pregunté.
Agamenón pareció algo ofendido, no había esperado una pregunta tan prosaica.
– Se han destinado cincuenta para tal fin, Ulises. La campaña será breve y rápida.
– ¿Sólo cincuenta para cien mil hombres? Agotarán los alimentos en menos de una luna.
– En menos de una luna disfrutaremos de todos los alimentos que Troya haya almacenado -manifestó el gran rey de Micenas.
Su rostro era mucho más elocuente que sus palabras: había tomado una decisión y no pensaba hacer concesiones. ¿Por qué en aquel punto, el más insignificante, el más imprevisible? Pero en ocasiones se comportaba de aquel modo y entonces ni Néstor, ni Palamedes ni yo mismo podíamos hacerlo mudar de opinión.
Aquiles se levantó y tomó el bastón.
– Esto me preocupa, señor. ¿No deberías dedicar tanta atención a nuestros medios de suministro como a nuestras tácticas de embarcación, navegación e incluso bélicas? Más de cien mil hombres deben comer más de cien mil raciones de grano diarias, más de cien mil pedazos de carne, platos de huevos o porciones de queso cada día y beber más de cien mil copas de vino diario. Si los medios de suministro no están debidamente organizados, el ejército se morirá de hambre. Como Ulises dice, cincuenta naves no durarán más de una luna. ¿Y si esas cincuenta naves estuvieran en constante tránsito entre Grecia y la Tróade para suministrarnos víveres? ¿Y si resulta una campaña larga?
Si Néstor, Palamedes y yo no podíamos hacerlo mudar de opinión, ¿qué oportunidad tenía un joven cachorro como Aquiles? Agamenón se irguió con los labios apretados y las mejillas muy sonrojadas.
– Agradezco tu interés, Aquiles -dijo secamente-. Pero te sugiero que delegues tales preocupaciones en mí.
Aquiles devolvió el bastón a Calcante sin inmutarse y se sentó. Y sin que pareciera dirigirse a nadie en particular dijo:
– Bien, mi padre siempre dice que aquel que no se preocupa personalmente de sus soldados es un necio, por lo que creo que llevaré provisiones adicionales para mis mirmidones en mi propia embarcación. Y contrataré a algunos mercantes que transporten más.
Un mensaje que encontró eco: advertí que algunos de los presentes decidían hacer lo mismo.
También pareció comprenderlo así Agamenón. Observé que fijaba pensativo sus negros ojos en el rostro aniñado y entusiasta del joven y que suspiraba. Agamenón estaba celoso. ¿Qué habría sucedido en Áulide durante mi ausencia? ¿Se ganaría Aquiles partidarios a costa de Agamenón?
A la mañana siguiente nos reunimos y salimos a inspeccionar el ejército. Fue algo impresionante. Pasamos casi todo el día recorriendo la playa de uno a otro extremo, las rodillas me temblaban de permanecer erguido en los estribos de mimbre de mi carruaje sosteniendo el peso de toda la armadura. Dos hileras de naves se levantaban sobre nuestras cabezas, altas y con rojos costados, cubiertas las cuadernas de negras franjas de brea y las avanzadas proas embadurnadas de azul y rosa, con grandes ojos que nos miraban inexpresivos.
El ejército permanecía en las sombras que las naves proyectaban sobre la arena. Todos los hombres iban armados de pies a cabeza, con la lanza y el escudo preparados, hileras interminables de soldados, todos ellos leales a una causa de la que nada conocían salvo que les aguardaba la perspectiva del botín. Ninguno gritaba ni se adelantaba para ver mejor a sus reyes.
En el extremo de la hilera se encontraban las naves de Aquiles y los hombres de quienes tanto habíamos oído hablar y que sin embargo nunca habíamos visto, los mirmidones. Por mi parte contaba con suficiente experiencia para no haberlos imaginado de otro modo, pero sí eran diferentes: altos, rubios, de brillantes ojos azules, verdes o grises bajo sus cascos de excelente bronce, e iban totalmente protegidos de dicho material en lugar de llevar el habitual equipo de cuero de los soldados corrientes. Cada uno sostenía un haz de diez jabalinas en vez de las dos o tres, así como pesados escudos de la altura de un hombre, no muy inferiores al mío propio, e iban armados de espadas y dagas, en lugar de flechas u hondas. Aquéllas eran tropas de primera línea. Las mejores que teníamos.
En cuanto al propio Aquiles, Peleo debía de haberse gastado una fortuna al equipar a su único hijo para la guerra. Su carro era dorado, sus caballos, que formaban el mejor tronco, eran sementales blancos de raza tesalia en cuyos arneses resplandecían el oro y las joyas. Fuera cual fuese la procedencia de su armadura yo sólo conocía otra mejor, y era la que reposaba en mi propio tesoro. Al igual que el equipo de Agamenón, el suyo estaba chapado en oro, pero respaldado por un peso de bronce y estaño que probablemente sólo Áyax o él podían transportar, y estaba grabado totalmente con símbolos y dibujos sagrados y embellecido con ámbar y cristales. Llevaba una sola lanza, un objeto torpe y carente de gracia. Conducía su carro su primo Patroclo. ¡Oh, sorpresa! Cuando surgía algún imprevisto que detenía un instante el avance de los soberanos, los caballos de Aquiles comenzaban a hablar.
– ¡Saludos, mirmidones! -gritaba el más próximo.
Y agitaba la cabeza para ondear sus largas crines blancas.
– ¡Lo conduciremos con valentía, mirmidones! -murmuraba el caballo del centro, el más apacible.
– ¡Nunca temáis por Aquiles mientras nosotros llevemos su carro! -decía el más alejado con un sonido más relinchante que los otros.
Los mirmidones sonreían inmóviles y descansaban sus manojos de lanzas a modo de salutación mientras Idomeneo, que marchaba en el carro anterior al de Aquiles, se estremecía boquiabierto.
Pero yo había descubierto el truco, pues seguía de cerca el dorado carruaje. El que hablaba en realidad era Patroclo, sin apenas mover los labios. ¡Muy astuto!
El tiempo seguía siendo soleado y soplaba un leve céfiro, todos los presagios auguraban una navegación sin incidentes y una travesía tranquila. Pero la noche previa a nuestra partida no pude conciliar el sueño y tuve que levantarme y salir a dar un prolongado e impaciente paseo bajo las estrellas. Contemplaba el perfil de una nave próxima cuando alguien se me acercó entre las dunas.
– Veo que tampoco puedes dormir.
No tuve que esforzarme para saber quién era. Sólo Diomedes buscaría a Ulises de modo preferente. Aquel camarada marcado por cicatrices de combate era un excelente amigo y el soldado más curtido en combates de toda la gran compañía que marchaba a Troya. Había intervenido en todas las campañas libradas desde Creta hasta Tracia, fuese cual fuese su importancia, y había sido uno de los Epígonos que tomaron la ciudad de Tebas y la arrasaron, algo que sus padres no habían conseguido. A diferencia de mí, era entusiasta e implacable, porque aunque me sabía inexorable no era vehemente. Mis emociones siempre se atemperaban por la frialdad de mi mente.
Como en otras ocasiones, sentí una punzada de envidia porque Diomedes había jurado construir un santuario con los cráneos de sus enemigos y mantenía su promesa. Era hijo de Tideo, un famoso argivo, pero al que superó con creces. Diomedes no fracasaría ante Troya. Había llegado a Micenas procedente de Argos con el ardiente entusiasmo que cabía en su corazón porque había amado a Helena con frenesí y, como el pobre Menelao, se negaba a creer que hubiera huido por voluntad propia. Me tenía en muy alta estima, un sentimiento que en ocasiones se aproximaba a la adoración hacia el héroe. ¿Adorarme a mí como a un héroe? ¡Qué extraño!
– Mañana lloverá -dijo levantando la cabeza y observando las profundidades del cielo. -No hay nubes -observé. Se encogió de hombros.
– Me duelen los huesos, Ulises. Mi padre siempre decía que un hombre sometido muchas veces al fragor de las batallas, con el cuerpo fracturado o herido por lanzas y flechas, siente dolores con la llegada de la lluvia o el frío. Esta noche el dolor es tan grande que no puedo dormir.
Me habían hablado anteriormente de tal fenómeno y al oírlo sentí un estremecimiento.
– Por el bien de todos confio en que en esta ocasión tus huesos se equivoquen, Diomedes. ¿Pero por qué me buscas?
– Sabía que el Zorro de ítaca no dormiría hasta sentir las olas bajo su nave -repuso con una sonrisa-. Y quería hablar contigo.
Le pasé el brazo por los anchos hombros y lo conduje hacia mi tienda.
– Vamos, pues, a hablar. Tengo vino y un buen fuego en el trípode.
Nos instalamos en sendos divanes junto al trípode donde se mantenía el fuego encendido entre nosotros y ante sendas copas de vino. La luz era tenue, el ambiente cálido, los asientos estaban protegidos con cojines y el vino no había sido aguado con la confianza de que nos induciría al sueño. Era improbable que nadie nos molestara pero, para asegurarnos, corrí la cortina que cubría la entrada de la tienda.
– Eres el hombre más importante de esta expedición, Ulises -dijo gravemente. No pude contener la risa.
– ¡De ningún modo! ¡El más importante es Agamenón! ¡O, en su defecto, Aquiles!
– ¿Agamenón? ¿Ese autócrata envarado y cabezota? ¡No, de ningún modo! Acaso dé esa impresión, pero es porque se trata del soberano supremo, no porque sea el más importante. En cuanto a Aquiles, es sólo un muchacho. ¡Oh, admito que posee un gran potencial para alcanzar la fama! Posee cerebro y acaso demuestre ser formidable en el futuro, pero en estos momentos aún debe demostrarlo. Quién sabe, acaso dé media vuelta y eche a correr a la vista de la sangre.
– No, Aquiles no hará tal cosa -repuse sonriente.
– De acuerdo, lo admito. Pero nunca será el hombre más importante de nuestro ejército porque lo eres tú, Ulises. ¡Tú lo eres! Serás tú y nadie más quien ponga Troya en nuestras manos.
– ¡Tonterías, Diomedes! -repuse amablemente-. ¿Qué puede lograr la inteligencia en diez días?
– ¿Diez días? -rió burlón-. ¡Por la Madre, más bien serán diez años! Ésta es una auténtica guerra, no una cacería.
Depositó su copa vacía en el suelo.
– Pero no he venido a verte para hablar de guerra, sino a pedirte tu ayuda.
– ¿Mi ayuda? ¡Eres tú el guerrero experto, Diomedes, no yo! -¡No, no, no tiene nada que ver con los campos de batalla! Por ellos puedo andar con los ojos vendados. Se trata de otras cuestiones en las que necesito tu ayuda, Ulises. Deseo observar cómo trabajas, aprender cómo controlas tu genio. -Se inclinó hacia mí-. Verás, necesito que alguien vigile este maldito carácter que tengo, que me enseñe a dominar mis demonios internos en lugar de desatarlos en mi propio perjuicio. He pensado que si te viera con frecuencia, quizá me transmitirías parte de tu frialdad.
Su sencillez me había impresionado. -Entonces considera tuyo mi cuartel general, Diomedes. Manten tus naves cerca de las mías, despliega tus tropas junto a mis tropas en la batalla y acompáñame en todas mis misiones. Todos los hombres necesitamos un buen amigo que sea paciente con nosotros. Es la única panacea para la soledad y la nostalgia.
Extendió el brazo sobre las vivas llamas, sin advertir al parecer cómo lamían su muñeca, y yo enlacé los dedos en su antebrazo; de este modo sellamos nuestro pacto de amistad. Compartimos nuestra soledad para hacerla más soportable.
En algún momento a medida que avanzó la noche debimos de dormirnos porque me despertó la luz del amanecer entre el bramido de un viento creciente que envolvía como un sudario todos los navios y circulaba estrepitoso y maligno entre sus proas. Al otro lado del ennegrecido y apagado fuego Diomedes se removía interrumpiendo la suave belleza de su despertar con un gruñido de dolor.
– Mis huesos han empeorado esta mañana -dijo mientras se sentaba.
– No sin razón. Afuera sopla un vendaval.
Se puso prudentemente en pie, fue hacia la abertura cubierta de la tienda y, tras asomarse al exterior, retornó a su diván.
– El padre de todas las tormentas desciende del norte. El viento aún se halla en aquel sector y ya siento el hálito de la nieve. Hoy no zarparemos, pues seríamos enviados hacia Egipto.
En aquel momento acudió un esclavo portador de un trípode encendido, arregló los divanes y nos trajo agua caliente para lavarnos. No era necesario apresurarse, ya que Agamenón estaría tan irritado que no convocaría consejo antes de mediodía. Mi esposa me había preparado humeantes pasteles de miel y pan de cebada, queso de cabra y vino caliente con azúcar y especias para concluir la comida. Fue un almuerzo excelente, y más puesto que era compartido. Nos entretuvimos calentándonos las manos en el fuego hasta que Diomedes regresó a su tienda para cambiarse a fin de asistir al consejo. Yo me puse un faldellín y una blusa de cuero, me até las altas botas y me eché una capa forrada de piel por los hombros.
El rostro de Agamenón era más sombrío y tempestuoso que el cielo; la furia y la contrariedad pugnaban en sus rígidos rasgos, todos sus planes se habían desplomado entre sus dorados pies. Tenía la secreta sensación de parecer ridículo, de que su gran aventura se había ido a pique antes de haberse iniciado.
– ¡He convocado a Calcante para que efectúe un augurio! -exclamó.
Con un suspiro nos abrimos paso entre las inhóspitas ráfagas del vendaval, arrebujándonos en nuestras capas. La víctima yacía con las cuatro patas atadas sobre el altar de mármol, bajo el plátano. ¡Y Calcante vestía de púrpura! ¿De púrpura? ¿Qué habría sucedido en Áulide antes de mi llegada? Agamenón debía quererlo con locura para permitirle llevar tales ropas.
Mientras aguardaba a que comenzase la ceremonia pensé que tal coincidencia era excesiva para poder asimilarla; dos lunas de tiempo perfecto y luego, el mismo día en que la expedición debía zarpar, todos los elementos se combinaban contra ella. La mayoría de soberanos habían decidido regresar a sus cuarteles generales en lugar de sufrir el viento helado y el aguanieve al quedarse a presenciar los resultados del augurio. Sólo aquellos decanos en años o autoridad permanecimos para apoyar a Agamenón: Néstor, Diomedes, Menelao, Palamedes, Filoctetes, Idomeneo y yo mismo.
Era la primera vez que veía a Calcante en funciones y tuve que admitir que lo hacía muy bien. Con rostro cerúleo y manos tan temblorosas que apenas podía levantar el enjoyado cuchillo, degolló a la víctima y estuvo a punto de volcar el gran cáliz de oro cuando lo sostenía para recoger la sangre. Al verter el chorro rojizo sobre el frío mármol pareció que humeaba. Luego abrió el vientre y comenzó a interpretar los múltiples pliegues de las entrañas según la práctica de los sacerdotes instruidos en Asia Menor. Sus movimientos eran rápidos y arrítmicos y su respiración, tan estertórea que se distinguía en todo momento en que el viento se apaciguaba.
De pronto se volvió bruscamente hacia nosotros. -¡Escuchad la voz del dios, oh reyes de Grecia! ¡He conocido la voluntad de Zeus, dios absoluto, que se ha apartado de vosotros y se niega a dar su bendición a esta empresa! Sus motivos están empañados por su ira, pero es Artemisa quien, sentada en sus rodillas, le ruega que mantenga su obstinación. ¡No puedo ver nada más! ¡Su furia me abruma!
Pensé que era lo que yo había esperado, aunque mencionar a Artemisa me pareció un hábil toque. Sin embargo, para hacerle justicia, Calcante parecía realmente un hombre perseguido por las hijas de Coré, en un breve instante despojado de todo salvo de su vida. Sus ojos reflejaban auténtica angustia. Me sorprendió una vez más porque era evidente que, aunque hubiera elaborado todo aquello previamente, creía sus propias palabras. Cualquiera que posea la facultad de influir en los demás me interesaba, pero ningún sacerdote me había interesado jamás tanto como él. Y consideré que todavía no había concluido su representación, que aún quedaba algo más.
Al pie del altar el sacerdote se volvió y abrió ampliamente los brazos, sus enormes mangas se agitaron empapadas por el aguanieve que caía a impulsos del viento, echó atrás la cabeza y por su inclinación comprendí que contemplaba el plátano. Seguí su mirada hasta las ramas que aún seguían desnudas, con los tallos encogidos, sin desplegar las hojas. En una bifurcación se encontraba un nido y en él empollaba una ave. Era un pájaro corriente, de color castaño y clase indefinida.
La serpiente del altar se retorció a lo largo de la rama con sus fríos y negros ojos cargados de codicia. Calcante encogió los brazos aún levantados y señaló con ambas manos el nido, que todos observamos conteniendo el aliento. El gran reptil abrió las mandíbulas y engulló al pájaro de golpe, de modo que su cuerpo se convirtió en una serie de tatuajes abultados en sus brillantes escamas marrones y, a continuación, devoró uno tras otro los huevos, seis, siete, ocho y nueve, según conté. A la madre y a sus nueve huevos.
Concluida su comida, como todos los de su especie, interrumpió su trayectoria, se enroscó en la delgada rama y se quedó como petrificada, fijos sus ojos totalmente inexpresivos en el sacerdote, sin parpadeos que interrumpiesen la frígida penetración de su mirada.
Calcante se retorció como si algún dios le hubiese clavado una invisible estaca en el vientre y gimió quedamente. Acto seguido tomó la palabra:
– ¡Escuchad, oh reyes de Grecia! ¡Habéis sido testigos del mensaje de Apolo! ¡Apolo nos habla cuando el Señor Absoluto se niega a hacerlo! La sagrada serpiente se ha tragado al pájaro y a sus nueve crías nonatas. El ave representa la próxima estación; y sus nueve hijos no nacidos, las nueve estaciones aún no engendradas por la Madre. ¡En cuanto a la serpiente, es Grecia; y el pájaro y sus crías, los años que costará conquistar Troya. ¡Diez años tardaremos en conquistarla! ¡Diez años!
El silencio era tan profundo que pareció dominar la tormenta. Durante largo rato nadie se movió ni pronunció palabra. Tampoco yo sabía qué pensar de aquella sorprendente representación. ¿Era el sacerdote extranjero un auténtico adivino o se trataba de una complicada farsa? Observé a Agamenón y me pregunté qué ganaría: su seguridad de que la guerra concluiría en breves días o su fe en el sacerdote. La pugna fue violenta porque era un hombre religiosamente supersticioso por naturaleza, pero al final triunfó su orgullo.
Se encogió de hombros y giró sobre sus talones dándonos la espalda. Yo fui el último en marcharme, sin apartar en ningún momento los ojos de Calcante, que permanecía absolutamente inmóvil mirando al gran soberano con malévola expresión e indignado porque había sido ignorada su primera y auténtica exhibición de poder.
Los días transcurrieron lentamente hasta plena primavera, atormentados por fuertes vientos y auténticos diluvios. El mar agitado formaba olas tan altas que llegaban a las cubiertas de las naves, sin permitirnos abrigar esperanzas de zarpar. Nos instalamos dispuestos a aguardar cada uno a su modo. Aquiles entrenaba inexorablemente a sus mirmidones; Diomedes paseaba arriba y abajo del reducido ámbito de mi tienda con creciente impaciencia; Idomeneo se solazaba en brazos de las cortesanas que había traído consigo desde Creta; Fénix parloteaba como una gallina enloquecida acerca de su flota; Agamenón se mordía la barba y se negaba a escuchar ningún consejo mientras las tropas se entregaban al ocio y al juego, disputaban y bebían. Tampoco era fácil transportar suficientes alimentos para suministrar al ejército por aquellos terrenos empapados de lluvia.
Yo me sentía indiferente. Tanto me daba cómo iba a pasar el comienzo de veinte años de exilio. Sólo algunos de nosotros nos reuníamos cada mediodía para presenciar la interpretación de los presagios. Ninguno esperaba una explicación positiva por parte de Calcante acerca de las razones por las que el gran dios se había vuelto contra nosotros. La luna nueva se volvió llena y se desvaneció en la nada sin que cesara la tempestad; comenzábamos a pensar seriamente en la imposibilidad de zarpar. Si transcurría otra luna sin que amainara, el viento sería más imprevisible y, cuando concluyese el verano, Troya se cerraría para nosotros hasta el año próximo.
No me perdía nunca el ritual de mediodía, más motivado por la fascinación que el propio Calcante me inspiraba que por abrigar auténticas esperanzas de que el dios descorriera el velo y nos permitiera conocer sus propósitos. Ni tampoco aquel día en particular apuntaba indicio alguno de llegar a ser diferente. Sencillamente seguía en mi papel de observador del sacerdote. Sólo me acompañaban Agamenón, Néstor, Menelao, Diomedes e Idomeneo. Al pasar había advertido que la serpiente del altar hacía tiempo que había emergido de su glotona hibernación y había reasumido su antigua posición en el nicho.
Pero aquel día fue diferente. A medio examinar las entrañas de la víctima, Calcante se volvió bruscamente hacia Agamenón y lo señaló con un largo, huesudo y ensangrentado dedo.
– ¡Ahí se halla el culpable de que no zarpemos! -gritó-. ¡Agamenón, rey de reyes, no has satisfecho tu deuda con la Arquera! ¡Has despertado su ira largo tiempo dormida y Zeus, su divino padre, ha escuchado sus súplicas de justicia! ¡Hasta que no entregues a Artemisa lo que le prometiste hace dieciséis años, tu flota no zarpará, rey Agamenón!
Yo no tenía la menor sospecha de a qué se refería. Observé que Agamenón se tambaleaba ligeramente y se le descomponía el rostro. Calcante sabía qué le decía.
El sacerdote descendió por los peldaños vibrante de indignación.
– ¡Entrega a Artemisa lo que le negaste hace dieciséis años y podrás zarpar! De otro modo será imposible. ¡El todopoderoso Zeus ha hablado!
Agamenón se cubrió el rostro con las manos y se apartó de la nefasta figura vestida de púrpura.
– ¡No puedo! -clamó.
– Entonces disuelve el ejército -repuso Calcante.
– ¡No puedo dar a la diosa lo que desea! ¡No tiene ningún derecho a exigirlo! Si hubiera imaginado cuál sería el resultado… ¡Nunca se lo hubiera prometido! Ella es Artemisa, casta y sagrada. ¿Cómo puede exigirme semejante cosa?
– Tan sólo exige lo que se le debe. Entrégaselo y podrás partir -repitió el sacerdote con fría voz-. Si sigues incumpliendo tu promesa de hace dieciséis años, la casa de Atreo se sumirá en las tinieblas y tú mismo morirás arruinado.
Me adelanté y aparté las manos del rostro de Agamenón.
– ¿Qué le prometiste a la Arquera, Agamenón? -le dije.
Con los ojos llenos de lágrimas se asió a mis muñecas como un náufrago a un tablón.
– ¡Fue una promesa necia e irreflexiva, Ulises! ¡Algo absurdo! Hace dieciséis años Clitemnestra había llegado al final de su último embarazo, pero el parto se prolongó durante tres días sin resultado. No lograba dar a luz a la criatura. Rogué a todos los dioses… a la Madre, a Hera la misericordiosa y a Hera la estranguladora, a los dioses y diosas del hogar, del parto, de los niños y de las mujeres. Ninguno me respondió, ¡ninguno!
Las lágrimas rodaban por sus mejillas pese a sus esfuerzos por contenerlas.
– Ya desesperado, le rogué a Artemisa, aunque es una virgen que rechaza a las mujeres fecundas. Le supliqué que ayudase a mi esposa a dar a luz un hijo perfecto y sin mácula y, a cambio, le prometí sacrificarle la criatura más hermosa que naciera aquel año en mi reino. Poco después de formular tal promesa, Clitemnestra dio a luz a nuestra hija Ifigenia. Y al concluir aquel año envié mensajeros por toda Micenas para que me trajesen las crías que considerasen más hermosas: cabritillas, becerros, corderos, incluso pájaros. Tras examinarlos a todos se los ofrecí en sacrificio, pero en el fondo de mi corazón sabía que la diosa no se sentiría satisfecha. Y ella rechazó todas las ofrendas.
¿Acaso nada cambiaba? Podía adivinar el final de aquella espantosa historia tan claramente como si estuviera pintada en un muro frente a mis ojos. ¿Por qué serían tan crueles los dioses?
– Concluye tu historia, Agamenón -dije. -Un día en que estaba con mi esposa y la pequeña, a Clitemnestra se le ocurrió observar que Ingenia era la criatura más hermosa de toda Grecia, según dijo, más hermosa que la propia Helena. Mientras ella pronunciaba tales palabras comprendí que se las había inspirado Artemisa. La Arquera deseaba a mi hija, de otro modo no se sentiría satisfecha. Pero yo no podía hacer tal cosa, Ulises. Exponemos a las criaturas cuando nacen, pero en Grecia no se practican sacrificios rituales humanos desde que la Nueva Religión expulsó a la Vieja. De modo que rogué a la diosa que comprendiera por qué no podía complacerla. Y a medida que transcurrió el tiempo ella nada hizo, por lo que imaginé que lo había comprendido. Ahora veo que tan sólo aguardaba el momento oportuno. Me exige lo que no puedo darle, la vida que permitió iniciarse y que insiste en concluir cuando la muchacha aún es virgen. La historia de mi hija ha vuelto al punto de partida. ¡Pero no puedo consentir que se realice un sacrificio humano!
Se me endureció el corazón. Sentía que había perdido a mi hijo, ¿por qué tenía él que conservar a su hija? Aún le quedaban dos más. Su ambición me había separado de todo cuanto amaba, ¿por qué no tenía que sufrir también él? Si seres más insignificantes se veían obligados a obedecer a los dioses, también el gran rey debía acatar su voluntad, pues él nos representaba a todos ante los dioses. Se había comprometido y luego había incumplido su promesa durante dieciséis años porque le afectaba personalmente. Si el ser más hermoso nacido aquel año en su reino hubiera sido el hijo de otra persona, habría realizado la ofrenda con absoluta decisión. Así pues, lo miré al rostro intencionadamente, lleno de resentimiento por el dolor del exilio, y sucumbí al apremio de algún demonio que se había albergado en mi interior desde el día en que mi oráculo doméstico pronosticó mi destino.
– Has cometido un pecado terrible, Agamenón -dije-. Si Ifigenia es el precio que Artemisa exige, debes pagarlo. ¡Ofrécele a tu hija! Si no lo haces, tu reino se desmoronará y la campaña que te propones emprender contra Troya te convertirá en el hazmerreír de todos los tiempos.
¡Nada podía serle más odioso! Ni el miembro más preciado de su familia significaba tanto para Agamenón como su realeza, su orgullo. Vi reflejarse en su rostro las huellas del conflicto, la desesperación y el dolor, la visión de su propio y desdichado descenso a la ignominia y al ridículo. Se volvió hacia Néstor en busca de apoyo.
– ¿Qué debo hacer, Néstor?
El anciano, que se debatía entre el horror y la piedad, se retorció las manos y se echó a llorar.
– ¡Es terrible, Agamenón, terrible! Pero debemos obedecer a los dioses. Si el todopoderoso Zeus te ordena que entregues a la Arquera lo que te exige, no te queda otra elección. Lo lamento, pero debo coincidir con Ulises.
Nuestro gran rey recurrió a cada uno de los restantes llorando desconsoladamente y uno tras otro, pálidos y graves, me dieron la razón.
Por mi parte no apartaba la vista de Calcante y me preguntaba si habría realizado algunas discretas consultas sobre el pasado de Agamenón. ¿Cómo olvidar su expresión de odio y venganza el día en que se inició la tormenta? Era un hombre muy sutil. Y, por añadidura, troyano.
Después fue una cuestión de simple logística. Agamenón, reconciliado y convencido -gracias a mí- de que no le quedaba otra alternativa que sacrificar a su hija, nos explicó cuan difícil sería conseguir que la madre se desprendiera de ella.
– Clitemnestra nunca permitirá que Ifigenia venga a Áulide como víctima del cuchillo de un sacerdote -dijo abatido y envejecido-. Apelará como reina a su pueblo, que la respaldará en esta situación.
– Existen medios de conseguirlo -le dije. -Dime de qué se trata.
– Envíame como emisario a Clitemnestra, Agamenón. Yo le diré que Aquiles, por causa de las tormentas, se halla muy inquieto y que manifiesta sus intenciones de regresar a Yolco con sus mirmidones. Entonces le explicaré que tú has tenido la brillante idea de ofrecerle a Ifigenia como esposa siempre que se quede en Áulide; Clitemnestra no tendrá nada que objetar a esto. Me confesó que ambicionaba casar a su hija con Aquiles. -Pero es un agravio contra él -repuso Agamenón, dubitativo-. Nunca accederá. Lo conozco bastante para saber que actúa noblemente. Al fin y al cabo es hijo de Peleo. Miré al cielo exasperado.
– ¡Él nunca lo sabrá, señor! Supongo que no pretenderás explicarle a todo el mundo este asunto, ¿verdad? Todos los aquí presentes juraremos gustosos guardar el secreto. Los sacrificios humanos no alcanzarían gran predicamento entre nuestras tropas: los soldados comenzarían a preguntarse quién sería el próximo. Pero si no se filtra ningún rumor, no se causará ningún mal y Artemisa se sentirá satisfecha. ¡Aquiles nunca lo sabrá!
– Muy bien, adelante con ello -dijo. Cuando salimos me llevé aparte a su hermano. -¿Deseas recuperar a Helena, Menelao? -le pregunté. Una oleada de dolor le inundó el rostro. -¿Cómo puedes preguntármelo? -respondió. -Entonces ayúdame o la flota jamás zarpará. -¡Haré lo que quieras, Ulises!
– Agamenón enviará un mensajero a Clitemnestra previamente para advertirle y decirle que no acceda a mi propuesta y me niegue la custodia de la muchacha. Tienes que interceptarlo.
Apretó los labios con obstinación.
– Te juro que serás el único que hablarás con Clitemnestra, Ulises -me dijo.
Me sentí satisfecho, sin duda lo haría por Helena.
Resultó muy fácil. Clitemnestra estuvo encantada con el enlace que según creía había convenido Agamenón para su querida hija menor y le encantó casar a la muchacha con un hombre que estaba a punto de embarcar hacia una guerra en el extranjero. Adoraba a Ifigenia y su matrimonio con Aquiles le permitiría conservar a la joven a su lado en Micenas hasta que él regresara de Troya. De modo que en el palacio del León resonaron las risas y el regocijo mientras Clitemnestra metía en cajas las galas de su hija hechas con sus propias manos y pasaba el tiempo con ella para iniciarla en los misterios femeninos y los secretos del matrimonio. Siguió junto a la litera hablando con Ifigenia cuando ésta pasó por la puerta del León, mientras Crisótemis, su hija nubil y soltera aunque de más edad, lloraba de frustración y envidia. Electra, la mayor de todas, delgada, adusta y carente de atractivos, una réplica de su padre, permanecía en las murallas con su hermanito Orestes, al que sostenía con ternura en sus brazos. Advertí que madre e hija no se tenían ningún afecto.
Al pie del sendero Clitemnestra asomó por las cortinas para besar la blanca frente de Ifigenia. Me estremecí. La gran reina era una mujer que se entregaba con pasión al odio y al amor, ¿qué haría cuando tuviera conocimiento de la verdad, cómo llegaría a suceder? Si en alguna ocasión odiaba a Agamenón, él tendría excelentes razones para temer su venganza.
Apresuré todo lo posible la marcha de los portadores que transportaban la litera, deseoso de llegar a Áulide. Siempre que nos deteníamos a descansar o acampábamos, Ifigenia charlaba conmigo ingenuamente, me explicaba cuánto había admirado a Aquiles cuando lo miraba furtivamente en el palacio del León, cuan ardientemente se había enamorado de él y lo maravilloso que sería que fuera su esposo, puesto que lo deseaba con todo su corazón.
Me había endurecido para no compadecerme de ella, pero en ocasiones me resultaba difícil. ¡Su expresión era tan inocente, se la veía tan dichosa! Pero Ulises es más fuerte que nadie en ese aspecto humano que le confiere resistencia y victoria ante la adversidad.
Cuando cayó la noche hice entrar la litera con las cortinas echadas en el campamento imperial y acomodé a Ifigenia inmediatamente en una pequeña tienda próxima a la de su padre. Allí se quedó con él mientras Menelao vigilaba obstinado por temor a que, al verla, se quebrantara la decisión de Agamenón. No aposté guardianes en torno a su tienda puesto que consideraba más oportuno mantener con discreción su llegada. Menelao tendría que asegurarse de que ella permanecía allí.