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Poco después del infructuoso ataque troyano, Agamenón convocó un consejo a pesar de que Neoptólemo aún no había llegado. Un ambiente de optimismo general impregnaba la playa; lo único que nos detenía eran las murallas y tal vez, si Ulises pensaba en ello, incluso las conquistaríamos. Nos reíamos y bromeábamos entre nosotros mientras Agamenón se solazaba con Néstor, divertido ante algo que éste le contaba en voz baja. Acto seguido levantó su cetro y golpeó con él en el suelo.
– Creo que tienes noticias para nosotros, Ulises -dijo.
– Así es, señor. En primer lugar creo que he encontrado el sistema para superar las murallas troyanas, aunque aún no estoy en condiciones de hablar de ello. Pero en otros aspectos también hay noticias interesantes.
Dirigió su mirada a Menelao, fue hacia él y tras ponerle la mano en el hombro le dio unas palmadas.
– Me han llegado rumores de los chismes que circulan por la Ciudadela relativos a una diferencia de criterio entre Príamo, Heleno y Deífobo acerca de una mujer, Helena, para ser más exactos. ¡Pobre muchacha! Tras la muerte de París pidió que se le permitiera dedicarse al servicio de la madre Kubaba, pero Deífobo y Heleno deseaban casarse con ella. Príamo se decidió a favor de Deífobo, que la obligó por la fuerza. Aunque ello ha sembrado la discordia en la corte, Príamo se ha negado a anular la unión. Al parecer Helena fue descubierta cuando trataba de escaparse para reunirse contigo, Menelao.
Menelao murmuró algo en voz baja y se cubrió el rostro con las manos mientras yo imaginaba a la hermosa y majestuosa Helena reducida al nivel de una vulgar ama de casa.
– Todo este asunto ha disgustado tanto a Heleno, el hijo-sacerdote, que ha decidido partir en voluntario exilio -prosiguió Ulises-. Lo intercepté cuando salía de la ciudad, confiaba en que estuviera tan desilusionado como para hablarme de los oráculos de Troya. Cuando lo encontré, se hallaba en el altar dedicado a Apolo Tímbreo que, según me informó, le había ordenado que me dijera cuanto deseara saber. Me interesé por los oráculos de Troya en su totalidad, un asunto fatigoso. ¡Heleno me recitó miles de ellos! De todos modos conseguí lo que necesitaba.
– Una gran fortuna -dijo Agamenón.
– La fortuna, señor, es una mercancía sobrevalorada -repuso con sosiego-. La fortuna no conduce al éxito, sino el duro trabajo. La fortuna sucede en el momento en que caen los dados; el duro trabajo se produce cuando un premio cae en las manos de un hombre porque se ha esforzado por conseguirlo.
– ¡Sí, sí, desde luego! -exclamó el gran soberano lamentando la frase escogida-. Te ruego que me disculpes, Ulises. ¡Duro trabajo, siempre duro trabajo! Lo sé, lo reconozco. Y ahora dinos, ¿qué hay de los oráculos?
– En cuanto a lo que nos atañe, sólo tres entre esos miles tienen alguna importancia. Por fortuna, ninguno de ellos presenta un obstáculo insuperable. Venían a decir algo así: Troya caerá este año si los jefes griegos poseen el omóplato de Pélops, si Neoptólemo acude al campo de batalla y si Troya pierde el Paladión de Palas Atenea.
Me puse en pie entusiasmado.
– ¡Tengo el omóplato de Pélops, Ulises! El rey Piteo me lo entregó a la muerte de Hipólito. El anciano me apreciaba y era su reliquia más valiosa. Dijo que prefería que lo tuviera yo a Teseo. Lo traje a Troya para que me diera buena… fortuna.
– ¿No es esto buena fortuna? -le preguntó Ulises a Agamenón con una sonrisa-. Abrigamos grandes esperanzas de que llegue Neoptólemo, de modo que eso ya está solucionado. Lo que nos deja con el Paladión de Palas Atenea, que por fortuna es mi protectora. ¡Oh dioses, dioses!
– Me estoy irritando, Ulises -dijo el gran soberano.
– ¡Ah!, ¿dónde estaba? Con el Paladión. Bien, tenemos que hacernos con la antigua imagen que se venera más que ninguna en la ciudad y cuya pérdida sería un duro golpe para Príamo. Según tengo entendido, la imagen está situada en algún lugar de la cripta de la Ciudadela. Se trata de un secreto celosamente guardado. Pero estoy seguro de que lograré desentrañarlo. La parte más difícil del ejercicio consistirá en moverla, pues dicen que es muy voluminosa y pesada. ¿Me acompañarás a Troya, Diomedes?
– ¡Encantado!
Puesto que no había nada más importante que discutir, el consejo se disolvió. Menelao detuvo a Ulises a la puerta y lo cogió del brazo.
– ¿La verás? -le preguntó melancólico.
– Probablemente -repuso Ulises con dulzura.
– Dile que hubiera deseado que se reuniera conmigo.
– Lo haré.
Pero cuando regresábamos a su casa, Ulises añadió:
– ¡No se lo digas! Helena está destinada al hacha, no a su antiguo lugar en el lecho de Menelao.
Me eché a reír.
– ¿Te importa que apostemos sobre esto? -le pregunté.
– ¿Subiremos por el conducto? -fue mi primera pregunta cuando nos acomodamos para elaborar un plan.
– Tú podrás, pero yo no. Tengo que estar en condiciones de acceder a Helena sin despertar sospechas. Por consiguiente no puedo parecerme a Ulises.
Salió de la habitación pero regresó al instante con un látigo corto y amenazador dividido en cuatro correas rematadas cada una de ellas por un fragmento mellado de bronce. Los miré perplejo a él y al látigo y entonces Ulises se volvió de espaldas y comenzó a despojarse de su blusa.
– Azótame, Diomedes -me ordenó.
Me eché hacia atrás horrorizado.
– ¿Te has vuelto loco? ¿Azotarte precisamente a ti? ¡Me es imposible!
Apretó los labios con decisión.
– Entonces cierra los ojos e imagínate que soy Deífobo. Tengo que ser debidamente azotado.
Le pasé el brazo por los hombros desnudos.
– Pídeme cualquier cosa menos ésa. ¿Azotarte a ti, a un rey, como si fueras un esclavo rebelde?
Se rió quedamente y apoyó la mejilla en mi brazo.
– ¡Oh, qué importarán algunas cicatrices más en mi flaco pellejo! Debo parecer un esclavo rebelde, Diomedes. ¿Qué mejor que una espalda ensangrentada en un esclavo griego huido? Utiliza el látigo.
– ¡No! -respondí negando con la cabeza.
– ¡Te digo que uses el látigo, Diomedes! -exclamó con expresión torva.
Lo cogí a regañadientes, enrollé las cuatro tiras en mi mano, hice acopio de todo mi valor y las descargué sobre su piel, en la que se levantaron verdugones morados. Observé cómo se hinchaban con repulsiva fascinación.
– ¡Pon algo más de entusiasmo! -me encareció impaciente-. ¡No has vertido sangre!
Cerré los ojos y obedecí sus órdenes. Le propiné diez latigazos en total con aquel infame instrumento y en cada ocasión vi surgir la sangre; y lo dejé marcado para toda su vida como a cualquier esclavo rebelde.
– No te apenes por ello, Diomedes -me dijo dándome un beso-. ¿Para qué necesito un cutis impecable?
Y con una mueca añadió:
– No sienta mal. ¿Tiene mal aspecto?
Asentí en silencio.
Se quitó el faldellín y se movió por la habitación hasta encontrar un pedazo de sucio hilo con el que se cubrió los lomos, se despeinó los cabellos y los tiznó con hollín del trípode de fuego. Juraría que vi brillar sus ojos de pura alegría. Entonces me tendió unas esposas.
– ¡Encadéname, tirano argivo! -me ordenó.
Le obedecí por segunda vez, consciente de sentirme herido por el azotamiento en unos aspectos que él nunca experimentaría. Para Ulises aquello sólo significaba un medio para conseguir un fin. Mientras me arrodillaba para sujetar las esposas a sus tobillos, me dijo:
– Una vez me halle dentro de la ciudad me introduciré en la Ciudadela. Viajaremos juntos en el coche de Áyax, es fuerte, estable y silencioso, hasta que lleguemos al bosquecillo próximo a la tone de vigilancia pequeña que se halla en nuestro extremo de la Cortina Occidental. A partir de allí nos separaremos. Yo me infiltraré por la puertecilla de la entrada Escea y haré lo mismo en las puertas de la Ciudadela… utilizaré el pretexto de que deseo ver urgentemente a Polidamante. Creo que su nombre funcionará a la perfección.
– Pero en realidad no irás a ver a Polidamante -dije mientras me erguía.
– No. Me propongo ver a Helena. Imagino que tras su forzado matrimonio se alegrará de ayudarme. Ella sin duda lo sabrá todo acerca de la cripta. Incluso acaso conozca el paradero del santuario donde se halla el Paladión.
Anduvo unos momentos por la sala practicando con su parafernalia.
– ¿Y qué haré yo entretanto?
– Tú aguardarás entre los árboles hasta que llegue la medianoche. Entonces subirás por nuestro conducto y matarás a los guardianes de las proximidades de la pequeña torre de vigilancia. Yo me las arreglaré como sea para conducir la imagen hasta la muralla. Cuando oigas esta variedad de cántico de la alondra nocturna… -la silbó en tres ocasiones-, vendrás a ayudarme a pasarla por el conducto.
Dejé a Ulises en el bosquecillo sin ser detectado y me instalé allí para esperar. Cojeando y tambaleándose corrió como enloquecido hacia la puerta Escea, vociferando y arrastrándose entre el polvo; era el ejemplar más lastimoso de ser humano que yo había visto en mi vida. Siempre le encantaba representar a un personaje distinto, pero creo que la identidad por él preferida era la del esclavo huido.
Cuando había transcurrido la mitad de la noche busqué nuestro conducto y lentamente me deslicé por su retorcida y sofocante extensión sin hacer ningún ruido. Al llegar a lo alto descansé y traté de acostumbrarme a la luz de la luna, aguzando los oídos para captar los escasos sonidos que se difundían por el pasillo superior de las murallas. Me encontraba próximo a la torre de vigilancia menor que Ulises había convertido en nuestro punto de encuentro porque estaba muy alejada de otros puntos más custodiados.
Se hallaban de servicio cinco guardianes, despiertos y vigilantes, pero estaban todos en el interior. Me pregunté cómo se organizaba esa gente para permitirse tanta comodidad mientras los bastiones quedaban descuidados. ¡Hubieran durado muy poco en un campamento griego!
Yo vestía un traje de ligero cuero negro compuesto de faldellín y blusón y sostenía una daga entre los dientes y una espada corta en la diestra. Me acerqué a la ventana de la sala de guardia y tosí ruidosamente.
– Ve a ver quién hay fuera, Maios -dijo alguien.
Y el tal Maios salió paseando, una tos no disimulada no es en absoluto alarmante, aunque se oiga sobre los muros más duramente disputados del mundo. Al no ver a nadie se puso en tensión, aunque como era un necio no llamó pidiendo refuerzos. Era evidente que creía estar imaginando cosas y salió con la pica preparada. Cuando hubo pasado por delante de mí me levanté en silencio, lo amordacé con una mano y con la otra utilicé la espada. Acto seguido lo dejé caer quedamente en el camino y lo arrastré a un rincón oscuro.
Al cabo de unos momentos salió otro guardián, sin duda enviado en busca del primero. Le corté el gaznate sin producir el menor sonido; habían caído dos y quedaban tres. Entonces, antes de que los que se hallaban en el interior se sintieran incómodos, me acerqué de nuevo a la ventana e hipé como un borracho. Alguien desde el interior profirió un suspiro de exasperación, otro se abalanzó al exterior con impaciencia. Me abracé a él como si estuviera muy ebrio y, cuando hundí el bronce bajo sus costillas y hasta su corazón, ni siquiera llegó a proferir un gruñido. Lo sostuve erguido y lo arrastré haciendo eses en una danza de borracho, imitando una voz troyana. Lo que atrajo a un cuarto hombre al exterior. Le arrojé el muerto con una seca risotada y, mientras trataba de eludirlo, le hundí un codo de la hoja de mi espada, que lo atravesó de parte a parte. Los dejé caer a ambos en el suelo con un tenue tintineo, como si se hubieran puesto en marcha en la oscuridad. Entonces me asomé sobre el alféizar.
Sólo quedaba el capitán de la torre, que murmuraba enojado entre dientes sentado ante la mesa. El hombre contemplaba una trampilla del suelo en claro dilema. ¿Esperaría a alguien a quien pensaba que debía saludar? Entré sigilosamente en la habitación, me abalancé sobre él por detrás e interrumpí su grito con la mano. Perdió la vida tan rápidamente como los otros y se reunió con ellos en aquel rincón oscuro entre el sendero y la pared de la torre. Luego me senté fuera para aguardar, pues consideré preferible que si aparecía el esperado visitante, no viera a nadie en la sala de guardia.
Poco después Ulises silbó su versión del canto de la alondra nocturna. ¡Qué inteligente era! Si no hubiera pensado en variar el habitual gorjeo acaso algún pájaro auténtico hubiera decidido cantar cerca de la torre de vigilancia. Al ser así no había ningún pájaro auténtico a la vista y también debía yo confiar en que no hubiera ningún visitante porque no podía avisar a Ulises.
Abrí la trampilla de la sala de guardia y descendí por la escalerilla hasta reunirme con Ulises, que me esperaba en el fondo.
– ¡Aguarda! -le susurré.
Y salí a dar una visita de inspección. Pero las calles estaban tranquilas, sin lámparas ni antorchas encendidas.
– ¡La tengo, Diomedes, pero pesa tanto como Áyax! -me dijo Ulises cuando regresé-. Nos va a costar muchísimo izarla por una escalerilla de veinticinco codos.
El Paladión estaba posado de manera precaria a lomos de un asno, de modo que lo arrastramos con dificultades hasta la cámara situada al pie de la escalera tras ahuyentar a la bestia. Lo contemplé sobrecogido a la luz de la lámpara. ¡Oh, cuan viejo era! Era una forma femenina toscamente reconocible tallada en una madera que había oscurecido con el paso de los eones para resultar hermosa, algo que ciertamente no era. Tenía pies diminutos, juntos y puntiagudos, enormes caderas, una vulva obscena, vientre dilatado, grandes senos y brazos aferrados a sus costados, cabeza redonda y boca en mohín provocador. Y también era enormemente gruesa; más alta que yo y muy pesada. Los puntiagudos pies le hubieran permitido girar como una peonza infantil, pero no podía sostenerse sobre ellos y teníamos que sujetarla nosotros.
– ¿Crees que cabrá dentro del conducto, Ulises? -le pregunté.
– Sí. El bulto de su vientre no es mayor que nuestros hombros y es más redonda, al igual que el conducto.
Entonces tuve una brillante idea. Busqué un pedazo de cuerda en la sala y lo encontré en una caja, lo enlacé debajo de sus senos, lo até y dejé un cabo suficientemente largo para poder sujetarlo. Subí la escalera en primer lugar arrastrándola por la cuerda mientras Ulises la sujetaba con una mano por sus enormes y redondas nalgas y con otra por la vulva, y la empujaba desde abajo.
– ¿Crees que nos perdonará alguna vez las libertades que hemos de tomarnos? -comenté cuando llegamos a la sala de guardia.
– ¡Oh, sí! -respondió mientras se tendía en el suelo junto a ella-. Es la primera Atenea, o sea Palas, y yo le pertenezco.
Bajarla por el conducto fue mucho más sencillo. Ulises no se había equivocado. Su forma redonda avanzaba con mayor facilidad de lo que a mí me era posible con mis anchos hombros y ángulos masculinos. La mantuvimos atada, lo que resultó una ayuda adicional cuando nos encontramos en la llanura. Una vez allí, la arrastramos hacia el bosquecillo donde estaba el carro de cuatro ruedas de Áyax y, con nuestros últimos arrestos, la cargamos en él y nos desplomamos. La media luna se desplazaba hacia poniente, lo que significaba que aún nos quedaba suficiente tiempo para llevarla a casa.
– ¡Lo has conseguido, Ulises! -lo elogié.
– Sin ti no me hubiera sido posible, viejo amigo. ¿A cuántos guardias has tenido que matar?
– A cinco. -Bostecé-. Estoy cansado.
– ¿Y cómo crees que me siento yo? Por lo menos tú tienes la espalda intacta.
– ¡No me hables de eso! Más bien cuéntame qué ha sucedido en la Ciudadela. ¿Viste a Helena?
– Embauqué perfectamente a los guardianes de la entrada y me permitieron entrar en la ciudad. El único guardián que vigilaba el acceso estaba dormido, de modo que recogí mis cadenas y pasé por encima de él con la mayor delicadeza posible. Encontré sola a Helena, pues Deífobo se hallaba ausente en aquellos momentos. Se quedó atónita al encontrarse ante un esclavo sucio y ensangrentado postrado a sus pies, pero en cuanto reparó en mis ojos me reconoció, y al pedirle que me acompañara a la cripta se dispuso a ello al instante. Creo que esperaba a Deífobo, pero nos escapamos y en cuanto logramos encontrar un lugar seguro me ayudó a liberarme de mis grilletes. Acto seguido fuimos a la cripta. -Rió entre dientes-. Imagino que la cripta le resultó muy práctica cuando ella intrigaba con Eneas, porque Helena conocía aquello como la palma de su mano. Una vez estuvimos abajo me acosó a preguntas: ¿Cómo estaba Menelao? ¿Cómo estabas tú? ¿Qué era de Agamenón? Su curiosidad era insaciable.
– Pero ¿y el Paladión? ¿Cómo conseguiste moverlo si sólo contabas con la ayuda de Helena? -le pregunté.
Se agitaron sus hombros a efectos de la risa.
– Mientras yo formulaba las oraciones y pedía autorización a la diosa para trasladarla, Helena desapareció, ¡y al cabo de unos momentos había regresado con el asno! Entonces me condujo por la cripta directamente a la calle que discurre por debajo del muro de la Ciudadela, donde me besó, muy castamente, y me deseó buena suerte.
– ¡Pobre Helena! -dije-. Deífobo ha debido influir en ella contra los intereses de Troya.
– Tienes toda la razón, Diomedes.
Agamenón erigió un magnífico altar en la plaza de asambleas y entronizó en su interior al Paladión en una hornacina de oro. Después de lo cual convocó a todos los miembros del ejército que pudieron reunirse en la zona y les explicó cómo la habíamos raptado Ulises y yo. Se le asignó un sacerdote propio, que le ofreció sus víctimas más escogidas. El humo se levantó blanco como la nieve y se dispersó con tal rapidez en el cielo que nos hizo comprender que se sentía complacida en su nuevo hogar. ¡Cómo debía de haber odiado la frialdad y la húmeda oscuridad de su hogar troyano! La sagrada serpiente se deslizó en su recinto, bajo el altar, sin vacilar un instante, y luego asomó la cabeza para lamer su platillo de leche y tragarse su huevo. Una ceremonia impresionante y feliz.
Cuando el ritual hubo concluido, Ulises, el resto de los reyes y yo seguimos a Agamenón a su hogar para celebrar un banquete. Ninguno de nosotros rechazábamos jamás una invitación para comer con el rey de reyes, que contaba sobradamente con los mejores cocineros. Disfrutamos de quesos, olivas, panes, frutos, asados, pescados y dulces almibarados, regado todo ello con generoso vino.
El ambiente era muy animado, las conversaciones estaban adobadas con alegría y chanzas, el vino era excelente. Entonces Menelao hizo acudir al arpista para que cantase y, ya sensibilizados por aquellos momentos, nos instalamos cómodamente a escucharlo. Aún no ha nacido el griego a quien no le agraden los cánticos, los himnos, las baladas de su país; preferíamos escuchar al bardo que acostarnos con mujeres.
El arpista nos obsequió con un poema sobre Heracles. Luego aguardó paciente a que se extinguieran los aplausos demasiado entusiastas. Era un magnífico poeta y un gran músico. Agamenón lo había traído consigo de Áulide hacía diez años, pero procedía originalmente del norte y se decía que descendía del propio Orfeo, el cantor por excelencia.
Alguien le pidió que cantara el Himno Bélico de Tideo; otro, el Lamento de Dánae, y Néstor deseaba escuchar la Historia de Medea, pero a cada petición negaba sonriente con la cabeza. Entonces se arrodilló ante Agamenón y le dijo:
– Si me autorizas, señor, he compuesto una canción sobre acontecimientos mucho más próximos a nosotros que las hazañas de héroes ya muertos. ¿Me permites cantarte mi propia composición?
Agamenón inclinó su imperial y blanquísima cabeza en señal de asentimiento.
– Canta, Alfides de Salmideso.
El hombre pasó con delicadeza los dedos por las tensas cuerdas para extraer de su querida lira un lento y melódico tañido de dolor. La canción era triste y sin embargo espléndida: trataba de Troya y del ejército de Agamenón ante sus murallas. Nos mantuvo largo rato absortos porque un poema tan titánico no se canta en unos instantes. Estábamos sentados, apoyadas las barbillas en las manos, con los ojos cerrados y las mejillas mojadas en llanto. El cántico concluía con la muerte de Aquiles. El resto era demasiado penoso. Aún nos resultaba difícil pensar en Áyax.
Elogiamos larga y entusiastamente al arpista Alfides de Salmideso, aunque con el corazón herido, pues nos había dado un sabor de inmortalidad, ya que su canción sin duda nos sobreviviría a todos. Aún respirábamos y sin embargo figurábamos en el cántico. Era una carga abrumadora para poder soportarla.
Cuando por fin concluyeron los aplausos deseé estar a solas con Ulises; aquella multitud humana parecía ajena al estado de ánimo que el músico nos había inspirado. Miré a mi amigo, que comprendió sin tener que profanar el instante con palabras. Se levantó, se dirigió hacia la puerta y sofocó ruidosamente un grito. Puesto que se había instalado un repentino silencio en la sala, todos nos volvimos hacia él y nos quedamos también estupefactos.
Al principio la similitud nos resultó extraña; con el hechizo de la canción aún latente en nosotros, era como si Alfides de Salmideso hubiera conjurado un fantasma con su música. ¡Pensé que Aquiles también había venido a escucharlo! ¿Pero quién le había dado a su sombra la sangre necesaria para permitirle concretarse?
Entonces lo miré con más detenimiento y comprendí que no se trataba de Aquiles. Aquel hombre era tan alto y corpulento como él pero muchos años más joven. Apenas le apuntaba la barba, cuyo incipiente asomo era rubio oscuro y los ojos más ambarinos. Y sus labios estaban perfectamente formados.
No podíamos adivinar cuánto tiempo llevaba allí, pero por el sufrimiento que reflejaba su rostro debía de ser bastante para haber oído por lo menos el final de la canción.
Agamenón se levantó y fue a su encuentro tendiéndole el brazo.
– Bien venido seas, Neoptólemo, hijo de Aquiles -lo saludó.
El joven inclinó gravemente la cabeza.
– Gracias. He venido a ayudar, pero zarpé antes… antes de saber que mi padre había muerto. He tenido conocimiento de ello por el arpista.
Ulises se reunió entonces con ellos.
– ¿Qué mejor modo de conocer tan espantosa noticia? -le preguntó.
Neoptólemo inclinó la cabeza con un suspiro.
– Sí, la canción lo dijo todo. ¿Ha muerto París?
Agamenón le cogió las manos.
– Así es.
– ¿Quién lo mató?
– Filoctetes, con las flechas de Heracles.
El joven trató de mostrarse cortés, de mantener el rostro impasible.
– Lo siento, pero no conozco vuestros nombres. ¿Quién es Filoctetes?
– Soy yo -se presentó éste.
– No estaba aquí para vengarlo, de modo que te doy las gracias.
– Lo sé, muchacho. Me consta que hubieras preferido hacerlo tú mismo. Por casualidad logré acabar con ese bandido… o por la connivencia de los dioses, ¿quién puede saberlo? Y ahora, puesto que no nos conoces, permíteme que nos presente. Nuestro gran soberano es quien primero te ha saludado, el siguiente ha sido Ulises, los demás somos Néstor, Idomeneo, Menelao, Diomedes, Automedonte, Menesteo, Meriones, Macaón y Eurípilo.
¡Pensé en cuánto se habían reducido nuestras filas!
Ulises, Automedonte, que estaba absorto, y yo condujimos a Neoptólemo a la barricada de los mirmidones. Fue un paseo más bien largo y la noticia de su llegada ya nos había precedido. A todo lo largo del camino los soldados salían de sus casas y se exponían al inclemente sol para saludarlo con tanto entusiasmo como habían vitoreado a su padre. Descubrimos que se parecía a Aquiles en algo más que en su aspecto, les agradecía su enorme entusiasmo con la misma tranquila sonrisa y espontáneo ademán y, como su padre, se mantenía reservado; no exteriorizaba pródigamente sus sentimientos con todos aquellos que entraba en contacto. Durante el camino rellenamos los huecos existentes en el cántico y le explicamos cómo había muerto Áyax y le hablamos de Antíloco y de todos los demás que habían encontrado la muerte. A continuación le describimos a los vivos.
Los mirmidones habían formado filas y no pronunciaron ninguna aclamación hasta que el muchacho, que apenas tendría más de dieciocho años, les hubo hablado. Luego golpearon los escudos con sus espadas con tal estrépito que a Ulises y a mí nos impulsó a alejarnos. Anduvimos hasta el otro extremo de la playa, a nuestro propio recinto.
– Y esto nos conduce hacia el fin, Diomedes.
– Si los dioses conocen el significado de la piedad, ruego que conduzca a un fin -le respondí.
Con un soplido se apartó un mechón pelirrojo de los ojos.
– Diez años… Es curioso que Calcante no se equivocara en ello. Me pregunto si fue por azar o si en realidad sería clarividente.
– No es político dudar de los poderes de los sacerdotes -repuse con un estremecimiento.
– Tal vez. ¡Oh, desprender de mis cabellos el polvo de Troya! ¡Zarpar de nuevo por los mares! ¡Lavarse el hedor de esta llanura con limpia agua marina! ¡Ir a algún lugar de aires tranquilos y donde las estrellas brillen sin competir con diez mil fuegos de campamento! ¡Verse purificado!
– Me hago eco de todo ello, Ulises. Aunque también resulta difícil creer que todo esté casi concluido.
– Acabará con un cataclismo que competirá con Poseidón.
Lo miré sorprendido.
– ¿Has imaginado ya la forma de conseguirlo?
– ¡Sí!
– ¡Cuéntamela!
– ¿Antes de que llegue la hora? ¡Diomedes, Diomedes! ¡Ni siquiera por ti puedo hacerlo! Pero no tardará en llegar el momento.
– Entremos y te curaré esos latigazos.
Aquello lo hizo reír.
– Ya sanarán -dijo.
Al día siguiente Neoptólemo vino a cenar con nosotros.
– Tengo algo reservado para ti, Neoptólemo -le dijo Ulises cuando hubo concluido la cena-. Es un regalo.
El joven me miró sorprendido.
– ¿Qué quiere decir? -me preguntó.
Yo me encogí de hombros. -¿Quién puede saberlo salvo Ulises?
Regresó conduciendo un enorme trípode en el que se hallaba extendida la dorada armadura que Tetis había rogado que forjara Hefesto. Neoptólemo se levantó bruscamente y murmuró algo para mí incomprensible, luego se acercó a tocar la coraza con delicadeza y cariño.
– Cuando Automedonte me explicó que se la habías ganado a Áyax en un debate me enojé muchísimo -dijo con lágrimas en los ojos-. Pero debo pedirte perdón. ¿La conseguiste para mí?
– A ti te irá perfectamente, muchacho -repuso Ulises con una sonrisa-. Hay que ponérsela, no debe pender de un muro ni ser desperdiciada con los parientes de un difunto. Vístela, Neoptólemo, y que te traiga buena suerte. Sin embargo, te costará acostumbrarte a ella. Debe de pesar lo mismo que tú.
Durante los cinco días siguientes se produjeron algunas escaramuzas. Neoptólemo tuvo su primera experiencia con los troyanos y se relamió. Era un guerrero, había nacido para la lucha y ansiaba sumergirse en ella. Sólo el tiempo era su enemigo y él lo sabía. Sus ojos expresaban su convencimiento de que desempeñaría un papel de escasa importancia en los momentos finales de una gran guerra, que las coronas de laurel se tejerían para otras cabezas, las que habían resistido aquellos diez años. Sin embargo, él era el factor decisivo. Nos traía esperanza, furia y entusiasmo renovado. Los ojos de todos los soldados, ya fuesen mirmidones, argivos o etolios, lo seguían con igual devoción perruna cuando pasaba en el carro de su padre vestido con su armadura. Para ellos era Aquiles y yo observaba continuamente a Ulises, ávido porque se convocara el consejo.
Sucedió a mitad de una luna desde la venida de Neoptólemo y fue anunciado por uno de los heraldos imperiales: sería al día siguiente, tras la comida de mediodía. Comprendí la inutilidad de intentar sonsacarle a Ulises. De modo que cuando acabamos de cenar adopté un aire totalmente desinteresado mientras lo escuchaba abordar un tema y desecharlo con tal ligereza y habilidad como un acróbata. Asumió muy bien mi actitud y prorrumpió en incontenibles carcajadas cuando me despedí de él con aire muy digno. Debí haberle dado una patada, pero me contuve porque aún me resentía más que él de los azotes que le había propinado; en lugar de ello me resarcí con una mordaz descripción de sus antepasados.
Todos se presentaron temprano en la casa de Agamenón, como perros que olfatean sangre fresca mantenidos a raya, vestidos cuidadosamente con sus mejores ropas y joyas, igual que si asistieran a una recepción formal en la sala del León de Micenas. El heraldo jefe, que se encontraba al pie del trono del León, le repetía los nombres de los presentes a un subalterno cuya tarea consistía en aprenderlos de memoria para la posteridad:
– Agamenón imperial, gran soberano de Micenas, rey de reyes.
»Idomeneo, gran rey de Creta.
»Menesteo, gran rey del Ática.
»Néstor, rey de Pilos.
»Menelao, rey de Lacedemonia.
»Diomedes, rey de Argos.
»Ulises, rey de las islas exteriores.
»Filoctetes, rey de Hestaiotis.
»Eurípilo, rey de Ormenion.
»Toas, rey de Etolia.
»Agapenor, rey de Arcadia.
»Áyax, hijo de Oileo, rey de Locria.
»Meriones, príncipe de Creta, heredero de Creta.
»Neoptólemo, príncipe de Tesalia, heredero de Tesalia.
»Teucro, príncipe de Salamina.
»Macaón, cirujano.
»Podaliero, cirujano.
»Epeo, ingeniero.
El rey de reyes hizo señas para despedir a sus heraldos y entregó a Meriones el bastón de debate. Entonces nos habló con el rebuscado lenguaje de una declaración formal.
– Después de que Príamo, rey de Troya, quebrantó los sagrados convenios de la guerra, encargué a Ulises, rey de ítaca, que ingeniara un plan para tomar Troya por medio de astucia y engaños. He sido informado de que Ulises, rey de ítaca, está dispuesto a hablar. Se os pide que seáis testigos de sus palabras. Real Ulises, tienes la palabra.
Ulises se levantó y le dirigió una sonrisa a Meriones.
– Guarda el bastón en mi nombre -le dijo.
Entonces sacó un rollo de piel de tono pálido de la mesa del centro de la estancia y fue hacia una pared para poder mostrárnoslo a todos. Desenrolló la piel y la sujetó con firmeza a la pared con una pequeña daga enjoyada en cada esquina.
Lo miramos todos con aire inexpresivo preguntándonos si seríamos víctimas de un engaño. Consistía en un dibujo grabado en la piel con negro carbón: una especie de caballo de grandes dimensiones, sin duda bien realizado a su modo, y junto a él aparecía trazada una línea vertical.
Ulises nos miró con aire enigmático.
– Sí, es un caballo. Sin duda os preguntaréis qué hace Epeo hoy con nosotros. Bien, se halla presente para que podamos formularle algunas preguntas y pueda darnos algunas respuestas.
Se volvió a Epeo, que se hallaba tan desconcertado como incómodo en tan elevada compañía.
– Epeo, se te considera el mejor ingeniero nacido en Grecia desde la muerte de Eaco, y el mejor trabajador de la madera. Examina cuidadosamente este dibujo y advierte la línea trazada junto al caballo. La longitud de esa línea corresponde a la altura de los muros de Troya.
Todos observamos el dibujo perplejos, con tanta atención como Epeo.
– En primer lugar deseo conocer tu opinión sobre una cuestión, Epeo -dijo el rey de las islas exteriores-. Durante diez años has podido observar las murallas de Troya. Dime, ¿existe algún ariete, algún ingenio de asedio en el mundo capaz de demoler la puerta Escea?
– No, rey Ulises.
– Bien. Entonces, una segunda pregunta. Si utilizas los materiales, los artesanos y los recursos de que dispones ahora mismo, ¿podrías construir un buque enorme?
– Sí, señor. Cuento con carpinteros de ribera, ebanistas, albañiles, aserradores y muchísimos obreros no calificados. Y considero que disponemos de suficiente madera de la clase adecuada en cinco leguas a la redonda para construir una flota de tales buques.
– ¡Excelente! He aquí la tercera pregunta. ¿Podrías construir un caballo de madera de las dimensiones del animal reproducido en el mapa? Repara de nuevo en la línea negra. Mide treinta codos, la altura de las murallas de Troya. Por lo que comprenderás que en sus orejas el caballo alcanza los treinta y cinco codos de altura. Y, la cuarta pregunta, ¿podrías construir este caballo sobre una plataforma con ruedas capaz de soportar su peso? Y, aún otra pregunta, ¿podrías fabricarlo hueco?
Epeo esbozó una sonrisa. Era evidente que el proyecto estimulaba su fantasía.
– Sí, señor, respuesta afirmativa a todas tus preguntas.
– ¿Cuánto tiempo tardarías?
– Cuestión de días solamente, señor.
Ulises soltó la piel y se la tiró al ingeniero.
– Gracias. Tómalo y ve a mi casa. Nos veremos luego.
Estábamos por completo desconcertados. Nuestros rostros debían de reflejar asombro, recelo y sospechas, pero mientras aguardábamos a que Epeo marchase, Néstor lanzó una risita como si de repente comprendiera la más exquisita broma de toda su prolongada existencia.
Ulises abrió ampliamente los brazos y creció en estatura hasta que pareció elevarse sobre todos nosotros. Iba lanzado, lo que significaba que ninguno de nosotros podría persuadirlo ni detenerlo. Con ademanes ampulosos elevó su voz hasta las vigas del techo.
– ¡Así tomaremos Troya, camaradas reyes y príncipes! -exclamó.
Permanecimos atónitos mirándolo con fijeza.
– Sí, Néstor, tienes razón. Y también tú, Agamenón. En primer lugar calculo que un caballo de esas dimensiones es capaz de albergar en su vientre a un centenar de hombres. Y si la salida es silenciosa, nocturna y desconocida, un centenar de hombres serán más que suficientes para abrir la puerta Escea.
Desde todos los extremos de la sala comenzaron a sucederse con profusión las consultas. Los inseguros gritaban, los entusiastas vitoreaban y aquello fue un pandemónium hasta que Agamenón se levantó del trono del León para tomar el bastón de Meriones y golpear con él en el suelo.
– Podéis formular cuantas preguntas gustéis, pero de un modo más ordenado… y después de mí. Ulises, siéntate y sírvete vino, luego explica este proyecto hasta el mínimo detalle.
El consejo se clausuró cuando se extendía la oscuridad. Acompañé a Ulises de regreso a su casa. Epeo lo aguardaba paciente, extendido ante sus ojos el mapa de piel, que ahora contenía otros bocetos más pequeños. Escuché ociosamente mientras ellos dos discutían asuntos técnicos: los materiales que Epeo necesitaría, el período aproximado de tiempo que requeriría el trabajo y la necesidad de guardar absoluto secreto.
– Puedes trabajar en el hueco misterioso que hay detrás de esta casa -le dijo Ulises a Epeo-. Es profundo, de modo que el caballo no asomará la cabeza por encima de las copas de los árboles del extremo opuesto y nadie podrá distinguirlo desde las torres de vigilancia de la ciudad. El lugar tiene también otras ventajas. Su acceso ha estado vetado para todos sin excepción desde hace tantos años que no se presentarán personajes curiosos ni inquisitivos. Utilizarás a los hombres que viven allí como obreros no calificados. Todos aquellos que tengas que hacer acudir al hueco no podrán salir de él hasta que el trabajo haya concluido. ¿Podrás arreglártelas trabajando en tales condiciones?
Le brillaban los ojos.
– Puedes confiar en mí, rey Ulises. Nadie sabrá lo que allí sucede.