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Cuando mi nuevo reino de Tesalia estuvo en orden y pude confiar en aquellos que dejaba en Yolco para que cuidasen debidamente de mis asuntos, marché a la isla de Esciro. Estaba agotado, ansiaba la compañía de algún amigo y hasta el momento no tenía ninguno como el rey Licomedes de Esciro. Él podía considerarse afortunado: jamás había sido desterrado del reino paterno, ni había luchado con uñas y dientes para construirse otro reino propio, ni había emprendido guerras para defenderlo como yo. Sus antepasados habían reinado en aquella isla rocosa desde el inicio de los tiempos de los dioses y de los hombres y él había sucedido a su padre en el trono cuando éste murió en su propio lecho, rodeado de sus hijos, sus esposas y sus concubinas. Porque el padre de Licomedes seguía la Antigua Religión, al igual que él mismo, que no sometía a monogamia a los reyes de Esciro.
Fuese de la religión antigua o nueva, Licomedes podía aspirar a una muerte similar mientras que mis posibilidades no eran tan seguras. Aunque envidiaba su tranquila existencia mientras paseábamos por sus jardines, comprendí que él se había perdido muchos placeres de la vida. Su reino y su reinado le importaban mucho menos que a mí los míos; desempeñaba su labor de manera minuciosa y concienzuda y tenía a un tiempo buen corazón y era hábil gobernante, pero carecía de esa firme decisión para aferrarse a lo que le pertenecía porque nadie le había amenazado jamás con arrebatárselo.
Yo conocía sobradamente el significado de la derrota, el hambre y la desesperación. Y amaba a mi nuevo reino de Tesalia conseguido con dureza como él nunca amaría a Esciro. ¡Tesalia, mi Tesalia! ¡Yo, Peleo, era su gran soberano! Los reyes me debían fidelidad. Yo, Peleo, que no había puesto el pie en Ática hasta hacía unos años, gobernaba a los mirmidones, los hombres hormiga de Yolco.
– Piensas en Tesalia -dijo Licomedes interrumpiendo mi meditación.
– ¿Cómo dejar de hacerlo?
Hizo un ademán displicente con su blanca y lánguida mano.
– No comparto tu conmovedor entusiasmo, mi querido Peleo. Mientras yo me consumo poco a poco, tú ardes con viveza y energía. Aunque me alegra que sea así. Si estuvieras en mi lugar, no te habrías detenido hasta apoderarte de todas las islas existentes entre Creta y Samotracia.
Me recosté en un nogal y suspiré.
– Sin embargo estoy muy cansado, viejo amigo. Ya no soy tan joven.
– Una verdad tan evidente que no merece mencionarse.
Me observó pensativo con sus ojos claros.
– ¿Sabes que se te considera el mejor hombre de Grecia, Peleo? Incluso en Micenas han reparado en ti.
Me erguí y seguí caminando.
– No soy más ni menos que cualquier hombre.
– Niégalo si así gustas, pero seguirá siendo cierto. ¡Lo tienes todo, Peleo! Un cuerpo magnífico, una mente astuta y sutil, genio para el liderazgo y talento para inspirar amor a tu pueblo… ¡Vamos, incluso eres guapo!
– Sigue elogiándome así y tendré que hacer mi equipaje y marcharme, Licomedes.
– Tranquilízate, ya he terminado. En realidad deseo comentarte algo. Los elogios que te dirigía conducían a ello.
Lo miré con curiosidad.
– ¿De qué se trata?
Se humedeció los labios y frunció el entrecejo decidido a sumergirse en aguas turbulentas sin mayor dilación.
– Tienes treinta y cinco años, Peleo. Eres uno de los cuatro grandes soberanos de Grecia y por consiguiente disfrutas de enorme poder en el país. Sin embargo, no tienes esposa ni reina. Y… puesto que te has adherido totalmente a la Nueva Religión y has escogido la monogamia, ¿cómo asegurarás la sucesión en Tesalia si no tomas esposa?
No pude contener una sonrisa.
– ¡Eres un farsante, Licomedes! ¡Seguro que ya me la has escogido!
El hombre se mostró cauteloso.
– Tal vez. A menos que pienses de otro modo.
– Suelo pensar en el matrimonio. Por desdicha no se me ocurre candidata alguna.
– Conozco a una mujer que te atraería muchísimo y que sin duda sería una magnífica consorte.
– ¡Adelante, hombre! Te escucho con el mayor interés.
– Y riéndote entre dientes. Pero no me interrumpiré. Se trata de la gran sacerdotisa de Poseidón en Esciro, y pese a que el dios le ha ordenado que se case, ella sigue célibe. Aunque no puedo obligar a tan alto personaje a obedecerme, por el bien de mi pueblo y de mi isla debo persuadirla para que se case.
En aquel momento lo miré sorprendido.
– ¡Soy un recurso para ti, Licomedes!
– ¡No, no! -exclamó con el rostro contraído-. ¡Escúchame, Peleo!
– ¿Poseidón le ha ordenado que se case?
– Sí. Los oráculos dicen que, si no lo hace, el dios de los mares abrirá la tierra de Esciro y sumergirá mi isla en las profundidades de sus reinos.
– ¿Oráculos, en plural? ¿De modo que has consultado a varios?
– Incluso a la pitonisa de Delfos y al robledal de Dodona. Y la respuesta es siempre la misma: Cásala o perecerás.
– ¿Por qué es tan importante? -inquirí fascinado. -Por ser hija de Nereo, antiguo dios del mar -repuso impresionado-. Por consiguiente es de origen semidivino y comparte su devoción: por herencia de sangre pertenece a la Antigua Religión y, sin embargo, sirve a la Nueva. Conoces la mutación constante experimentada por nuestro mundo griego desde que Creta y Thera se desmoronaron. ¡Fíjate en Esciro! Nunca estuvimos tan dominados por la Madre como Creta, Thera o los reinos de la isla de Pélops (los hombres siempre han reinado allí por derecho) pero la Antigua Religión es muy fuerte. Sin embargo, Poseidón pertenece a la Nueva Religión y estamos bajo su dominio, no sólo es dios de los mares que nos rodean sino también de los temblores de tierra.
– Comprendo que a Poseidón le enoje que una mujer de la Antigua Religión sea su gran sacerdotisa -repuse lentamente-. Pero debió sancionar su designación.
– Así fue, pero ahora está irritado. ¡Ya conoces a los dioses, Peleo! ¿Cuándo son consecuentes? Pese a su previo consentimiento, en estos momentos está enojado y no desea que su altar sea atendido por una hija de Nereo.
– ¡Licomedes, Licomedes! ¿Crees sinceramente esas historias de seres engendrados por los dioses? -inquirí incrédulo-. ¡Me has defraudado! El supuesto hijo de un dios suele ser un bastardo y, por lo general, por gentileza de algún pastor o de algún mozo de cuadras.
El hombre agitó los brazos como una ave asustada.
– ¡Sí, lo sé! ¡Sé todo eso, Peleo, y sin embargo lo creo! Tú no la has visto, no la conoces. Yo sí. Es la criatura más singular… Si la ves, comprenderás sin duda alguna que procede del mar.
En aquel momento me sentí ofendido.
– ¡No logro dar crédito a mis oídos! ¡Gracias por el cumplido! ¿Pretendes endilgar al gran rey de Tesalia una extraña y demente criatura? ¡Pues bien, no la quiero!
Me asió fuertemente del brazo con ambas manos.
– ¿Me crees capaz de jugarte semejante pasada, Peleo? No me he expresado claramente… no pretendía insultarte. ¡Te lo juro! Sólo que al verte después de tantos años me pareció intuir que era la mujer adecuada para ti. No le faltan ilustres pretendientes: todos los solteros de noble cuna de Esciro se han interesado por ella, pero los ha rechazado a rajatabla. Dice que aguarda a aquel que el dios le ha prometido enviarle con una señal.
– De acuerdo, Licomedes -repuse con un suspiro-. La veré. Pero no me comprometo a nada, ¿comprendido?
El sagrado recinto y el altar de Poseidón -no se trataba de un templo como tal- se encontraban en el extremo más alejado de la isla, el menos fértil y la zona menos habitada, localización algo peculiar para el principal santuario del dios de los mares. Su favor era vital para cualquier isla rodeada por todas partes de sus acuáticos dominios. Su talante y su gracia decidían si prevalecería la prosperidad o la hambruna, no en vano era el causante de los temblores de la tierra. Yo mismo había sido testigo de los frutos de su ira: ciudades enteras habían quedado arrasadas como el oro laminado bajo el martillo del herrero. Poseidón se irritaba fácilmente y se sentía muy celoso de su prestigio. Me constaba que Creta se había desmoronado en dos ocasiones a efectos de su venganza, cuando sus reyes, tan henchidos de su propia importancia, habían olvidado cuánto le debían. Y lo mismo había sucedido con Thera.
Si se rumoreaba que la mujer que Licomedes deseaba que yo viera era descendiente de Nereo, que había reinado en los mares cuando Cronos gobernaba el mundo desde el Olimpo, comprendía que los oráculos exigieran la retirada de sus funciones. Zeus y sus hermanos no tenían tiempo para los antiguos dioses a quienes habían derrocado. En realidad, ¿quién perdona fácilmente a un padre que lo devora?
Me presenté solo y a pie en el recinto, con sencillas ropas de caza y arrastrando mi ofrenda con una cuerda. Deseaba que ella me considerara un ser vulgar, que no supiera que se encontraba ante el gran rey de Tesalia. El altar estaba instalado sobre un enorme promontorio que dominaba una pequeña cueva. Me abrí camino con sigilo entre el sagrado bosquecillo que se encontraba delante, aturdido por el silencio y la densa y asfixiante santidad del lugar. Incluso el rumor del mar se amortiguaba en mis oídos, aunque las olas llegaban lentamente y se estrellaban en blancas burbujas contra las rocas de la accidentada base del precipicio. El fuego eterno ardía ante el sencillo altar en un trípode de oro. Me acerqué a él, me detuve y atraje mi ofrenda a mi lado.
La mujer salió a la luz del sol casi de mala gana, como si prefiriese morar en una fría y líquida filtración del día. La miré fascinado. Era menuda, esbelta y delicada y, sin embargo, poseía cierta calidad que no era femenina. En lugar del atavío habitual, con sus adornos y bordados, llevaba una sencilla túnica de fino y transparente lino egipcio, tras el que se percibía con claridad el color de su piel pálida y azulada, aunque confusa porque el tejido estaba teñido de modo inexperto. Sus labios eran gruesos pero tenuemente rosados, sus ojos, cambiantes de color, exhibían todos los matices y tonalidades del mar -grises, azules, verdes, incluso morados como el vino- y no se pintaba el rostro, sólo una tenue línea negra contorneaba sus ojos y se extendía hacia arriba de modo que le confería un aspecto algo siniestro. Sus cabellos eran incoloros, de un blanco ceniciento, con un brillo que casi parecía azulado entre la oscuridad del recinto.
Me adelanté y le tendí mi ofrenda.
– Señora, soy un visitante de tu isla y he venido a ofrecer un sacrificio al padre Poseidón.
Con una señal de asentimiento cogió la cuerda que le tendía y a continuación examinó el blanco ternero con mirada experta.
– El padre Poseidón se sentirá complacido. Hace tiempo que no veía un animal tan espléndido.
– Puesto que los caballos y los terneros son sagrados para él, me pareció adecuado ofrecerle lo que más le agrada, señora.
Ella miró con fijeza la llama del altar.
– El tiempo no es oportuno para realizar un sacrificio. Lo ofreceré más tarde -dijo.
– Como gustes, señora -repuse.
Y me volví dispuesto a marcharme.
– Aguarda.
– ¿Qué deseas, señora?
– ¿Quién debo decirle que se lo ofrece?
– Peleo, rey de Yolco y gran soberano de Tesalia.
Sus ojos mudaron rápidamente del azul claro al gris oscuro.
– No eres un hombre vulgar. Tu padre era Eaco y su padre el propio Zeus. Tu hermano Telamón reina en Salamina y eres de casta real.
– Sí -repuse sonriente-, soy hijo de Eaco y hermano de Telamón. En cuanto a mi antepasado… no tengo idea. Aunque dudo que fuese el rey de los dioses. Tal vez se tratara de algún bandido que se encaprichó de mi abuela.
– La impiedad conduce al castigo divino, rey Peleo -repuso en tono mesurado.
– No creo comportarme como un impío, señora. Rindo culto y ofrendas a los dioses con fe absoluta.
– Sin embargo, niegas que Zeus sea antepasado tuyo. -Tales historias suelen contarse para ensalzar los derechos de un hombre al trono, como sin duda sucedió en el caso de mi padre Eaco, señora.
La mujer acarició el hocico del blanco ternero con aire distraído.
– Debes de alojarte en palacio. ¿Por qué el rey Licomedes te ha dejado venir solo y sin anunciarte?
– Porque así lo he querido, señora.
Ató el animal a una anilla de una columna y siguió dándome la espalda.
– ¿Quién acepta mi ofrenda, señora?
Me miró por encima del hombro con ojos de un gris frío y neutro.
– Soy Tetis, hija de Nereo, y no por meras habladurías, rey Peleo. Mi padre es un gran dios.
Había llegado el momento de irse. Le di las gracias y me marché.
Pero no llegué muy lejos. Me deslicé sendero abajo hasta la cueva procurando no ser visto desde el santuario, oculté mi lanza y mi espada tras una roca y me tendí sobre la arena cálida y amarilla protegido por el saliente de una roca. Tetis, Tetis… Sin duda reflejaba la esencia marina. Comprobé que incluso yo mismo deseaba creer que era hija de un dios, porque había mirado profundamente aquellos ojos camaleónicos y había encontrado en ellos todas las tormentas y calmas que afectan al mar, el eco de un indescriptible fuego helado. Y deseaba que fuese mi esposa.
También ella se había interesado por mí: mis años y mi larga experiencia así me lo hacían creer. El quid de la cuestión era cuan intensa sería la atracción en ella; por mi parte sentía una premonición derrotista. Tetis no se casaría conmigo como no lo había hecho con otros excelentes partidos que la habían cortejado. Pese a no ser misógino, las mujeres sólo me habían importado para satisfacer los deseos que hasta los grandes dioses experimentan con igual intensidad que los humanos. A veces me acostaba con alguna mujer de la casa, pero hasta aquel momento no había amado a nadie. Lo supiera ella o no, Tetis me pertenecía. Y como yo había abrazado la Nueva Religión en todos sus aspectos, no tendría otras esposas que rivalizaran con ella. Sería mi única consorte.
El sol caía sobre mi espalda con creciente intensidad. Llegaba el mediodía. Me despojé de mi traje de caza para que los cálidos rayos de Helio penetrasen en mi piel. Pero no podía yacer tranquilo, tuve que sentarme y miré irritado al mar increpándolo por aquel nuevo problema. Luego cerré los ojos y me arrodillé.
– ¡Sé propicio conmigo, padre Zeus! -exclamé-. Sólo en mis mayores necesidades y aprietos te he rogado como quien busca el auxilio de su antepasado. Pero ahora así lo hago, apelo a tu parte más amable y benéfica. Nunca has dejado de escucharme porque nunca te he agobiado con trivialidades. ¡Ayúdame ahora! ¡Te lo ruego! ¡Dame a Tetis como me diste Yolco y a los mirmidones, al igual que has puesto toda Tesalia en mis manos! ¡Dame una reina apropiada para que ocupe el trono mirmidón e hijos poderosos que ocupen mi puesto cuando yo falte!
Permanecí largo rato arrodillado y con los ojos cerrados y al levantarme descubrí que nada había cambiado. Pero era de esperar: los dioses no obran milagros para inculcar la fe en los corazones humanos. Entonces la descubrí. El viento agitaba su tenue túnica hacia atrás como un estandarte, sus cabellos brillaban como cristales al sol y levantaba el rostro con expresión absorta. A su lado se encontraba el blanco ternero y en la diestra sostenía una daga. El animal avanzaba tranquilo hacia su sino, incluso se instaló ante sus piernas cuando ella se arrodilló al borde de las rompientes olas y no se revolvió ni gimió cuando lo degolló y lo sostuvo mientras brillantes regueros de color escarlata recorrían los muslos y los desnudos y blancos brazos de la mujer. Las aguas que la rodeaban se volvieron rojas mientras las cambiantes corrientes absorbían la sangre del animal en su propia sustancia y la consumían.
Ella no me había visto, ni me vio al adentrarse en las olas arrastrando el cadáver del animal hasta que se halló a suficiente profundidad para colgárselo del cuello y seguir su marcha. A cierta distancia de la playa se encogió de hombros para soltar su carga, que se hundió al punto en las aguas. Una roca grande y lisa sobresalía del mar; llegó hasta ella, la escaló y su silueta se recortó contra el claro cielo. Entonces se tendió de espaldas, apoyó la cabeza en los brazos cruzados y pareció adormecerse.
Un ritual extravagante, no tolerado por la Nueva Religión. Tetis había aceptado mi ofrenda en nombre de Poseidón, pero la había sacrificado a Nereo. ¡Aquello era un sacrilegio! ¡Y se trataba de la gran sacerdotisa de Poseidón! ¡Ah, Licomedes, no te equivocabas! ¡En ella se esconde el germen de la destrucción de Esciro! No le entrega al dios de los mares lo que le corresponde ni lo respeta como causante de los temblores de tierra.
El aire era denso y tranquilo y las aguas, límpidas. Pero cuando me adentré en las olas temblaba como si sufriera escalofríos. El mar no tenía la facultad de refrescarme mientras nadaba. Afrodita había clavado en mí sus afiladas uñas hasta herirme en los mismos huesos. Tetis era mía. La conseguiría y salvaría al pobre Licomedes y su isla.
Al llegar a la roca me así a un saliente lateral y me aupé con un esfuerzo que hizo crujir mis músculos. Me incliné sobre ella y súbitamente comprendió que estaba más próximo que el palacio sobre la ciudad de Esciro. Pero no dormía: sus ojos, de un verde suave y soñador, estaban abiertos. Se apartó a un lado y me miró con negra ira.
– ¡No me toques! -jadeó-. ¡Ningún hombre se atreve a tocarme! ¡Me he entregado al dios!
La así bruscamente por el tobillo.
– Tus votos al dios no son permanentes, Tetis. Estás en libertad de contraer matrimonio. Y te casarás conmigo.
– ¡Pertenezco al dios!
– En tal caso, ¿a qué dios? ¿Te expresas en nombre de uno y ofreces sacrificios a otro? Me perteneces y lo desafiaré todo. Si el dios… ¡el que sea!, exige mi muerte por ello, la aceptaré sin protestas.
Trató de deslizarse hasta el mar desde la roca mascullando entre angustiada y presa del pánico. Pero yo fui más rápido, la así por la pierna y la arrastré hacia mí mientras la mujer arañaba la arenosa superficie haciendo rechinar sus uñas. Le cogí la muñeca y le solté el tobillo obligándola a ponerse en pie.
Tetis se revolvió contra mí como diez gatos monteses, toda dientes y uñas, atacándome con mordiscos y patadas en silencio mientras yo la aferraba entre mis brazos. Se escabulló en varias ocasiones pero otras tantas volví a capturarla, ambos cubiertos de sangre. Yo tenía el hombro arañado, ella el labio partido y mechones de cabellos de ambos volaban entre el viento. No hubo violación, tampoco yo pretendía llevarla a cabo; era una simple pugna de fuerzas, hombre contra mujer, la Nueva Religión contra la Antigua, que concluyó como suelen hacerlo tales enfrentamientos: con la victoria masculina.
Nos desplomamos en la roca con un impacto que la dejó sin aliento. Su cuerpo había quedado debajo del mío y la sujetaba por los hombros. La miré al rostro.
– La lucha ha concluido, te he vencido.
Ladeó la cabeza con labios temblorosos.
– Eres tú, lo supe desde el momento en que entraste en el santuario. Cuando fui consagrada a su servicio, el dios me dijo que llegaría un hombre por mar, un hombre del cielo que disiparía el océano de mi mente y me haría su reina. -Suspiró-. Así sea.
Instalé a Tetis en el trono de Yolco entre honores y pompa y al cabo de un año de vida en común ella se quedó embarazada, la dicha definitiva de nuestra unión. Fuimos más felices que nunca durante aquellas largas lunas en que esperábamos a nuestro hijo. Ninguno de los dos pensábamos en la posibilidad de que fuese una niña.
Aresuna, mi propia niñera, fue designada como principal comadrona, de modo que cuando Tetis comenzó con los esfuerzos del parto me sentí profundamente impotente: la vieja ejerció su autoridad y me envió al otro extremo de mi palacio. Durante todo un circuito del carro de Febo permanecí solo, sin hacer caso de los sirvientes que me rogaban que comiera o bebiera, aguardando incansable. Hasta que, entrada la noche, Aresuna acudió a mi encuentro. No se había molestado en cambiarse la túnica de comadrona e iba manchada de sangre. Se acurrucó junto a mí, marchita y angustiada, con el arrugado rostro contraído por el dolor. Sus ojos hundidos en las negras cuencas vertían amargo llanto.
– Era un niño, señor, pero ni siquiera ha respirado. La reina está bien, ha perdido sangre y está muy cansada, pero su vida no corre peligro.
Unió las manos en expresión suplicante.
– ¡Te juro que no he hecho nada malo, señor! ¡Era un niño hermoso, espléndido! ¡Ha sido voluntad de la diosa!
No pude soportar que viera mi rostro a la luz de la lámpara. Le di la espalda y me alejé tan afligido que no podía llorar.
Transcurrieron varios días hasta que cobré ánimos para ver a Tetis. Cuando por fin entré en su habitación me sorprendió encontrarla sentada en su gran lecho, con aire saludable y satisfecho. Formuló todas las expresiones correctas acompañadas de palabras que expresaban su pesar, pero comprendí que no eran sinceras. ¡La mujer se sentía complacida!
– ¡Nuestro hijo ha muerto, mujer! -exclamé-. ¿Cómo puedes soportarlo? ¡Jamás conocerá el significado de la vida! ¡Nunca ocupará mi lugar en el trono! ¡Lo has llevado nueve meses en tu seno… para nada!
Me dio unos golpecitos en la mano con aire condescendiente.
– ¡Oh, queridísimo Peleo, no te aflijas! Nuestro hijo no disfruta de existencia mortal, ¿pero has olvidado que soy una diosa? Puesto que no ha llegado a respirar aire terreno le pedí a mi padre que le concediese vida eterna, a lo que él accedió gustoso. ¡Nuestro hijo vive en el Olimpo! ¡Come y bebe con los otros dioses, Peleo! Nunca reinará en Yolco, pero disfruta de algo inalcanzable para cualquier ser mortal. Al morir, jamás hallará la muerte.
Mi asombro se trocó en repulsión. La miré y me pregunté cómo había llegado a arraigar de tal modo en ella aquella historia de la divinidad. Era tan mortal como yo y su hijo lo había sido como nosotros. Entonces advertí su mirada plena de confianza y me sentí incapaz de decirle lo que deseaba. Si creer semejante absurdo extinguía su pena, que así fuera. Vivir con Tetis me había enseñado que ella no pensaba ni se comportaba como todas las mujeres. De modo que acaricié sus cabellos y me marché.
En el transcurso de los años me dio seis hijos y todos nacieron muertos. Cuando Aresuna me comunicó la muerte del segundo niño estuve a punto de enloquecer y no pude soportar la visión de Tetis durante varias lunas porque sabía lo que me diría: que nuestro hijo muerto era un dios. Pero al final el amor y el deseo siempre me devolvían junto a ella y repetíamos aquel ciclo fantasmal una y otra vez.
Cuando nació muerta la sexta criatura -¿cómo era posible si el embarazo había llegado a su término y el pequeño yacía en su carrito funerario con aspecto robusto pese a su azulada piel?- me prometí que no obsequiaría al Olimpo con más hijos. Hice consultar a la pitonisa de Delfos y la respuesta fue que Poseidón estaba enojado, que se sentía ofendido por haberle robado a su sacerdotisa. ¡Vaya hipocresía! ¡Qué locura! ¡Primero no la quería y luego se resentía por haberla perdido! Ciertamente que los hombres no pueden comprender las mentes ni los hechos de los dioses, antiguos ni nuevos.
Durante dos años no cohabité con Tetis, pese a que me estuvo rogando que engendráramos más hijos para el Olimpo. Luego, al final del segundo año, sacrifiqué a Poseidón hacedor de caballos un potro blanco ante todo mi pueblo, los mirmidones.
– ¡Retira tu maldición y concédeme un hijo vivo! -le rogué.
La tierra retumbó en sus entrañas, la sagrada serpiente salió disparada de debajo del altar como un relámpago marrón y la tierra se estremeció espasmódicamente. Una columna se desplomó a mi lado mientras yo permanecía impasible, se abrió una grieta entre mis pies y me sentí asfixiar con el hedor a azufre, pero me mantuve imperturbable hasta que el temblor se extinguió y la fisura se cerró. El potro blanco yacía en el altar exangüe y patéticamente inmóvil. Al cabo de tres meses Tetis me comunicó que estaba embarazada de nuestro séptimo hijo.
Durante todo aquel tiempo agobiante la hice vigilar más estrechamente que un halcón a los polluelos en su nido. Ordené a Aresuna que durmiera en su mismo lecho y amenacé a las mujeres de la casa con indecibles torturas si la dejaban sola un instante a menos que mi antigua niñera se hallara presente. Tetis soportó aquellos «caprichos», como ella los calificaba, con paciencia y buen humor, jamás discutió ni trató de desafiar mis dictados. En una ocasión se me erizaron los cabellos y me provocó escalofríos al oírla entonar un extraño e inarmónico cántico de la Antigua Religión. Pero cuando le ordené que callase me obedeció y jamás volvió a cantarlo. El parto era inminente y yo comencé a abrigar esperanzas. ¡Siempre había sido temeroso de los dioses! ¡Sin duda me debían un hijo vivo!
Tenía una armadura completa que había pertenecido a Minos y que constituía mi más preciado tesoro. Era un objeto maravilloso. Estaba laminado en oro sobre cuatro capas separadas de bronce y tres de estaño, con incrustaciones de lapislázuli, ámbar, coral y cristal que configuraban un dibujo extraordinario. El escudo, de similar construcción, tenía proporciones humanas y era como dos escudos unidos uno sobre otro, por lo que se estrechaba en el centro a modo de cintura. En cuanto a la coraza, las grebas, el casco, el faldellín y los protectores de los brazos estaban destinados para un hombre de mayores proporciones que yo, Minos, que la había llevado cuando paseaba por su reino de Creta confiando en que nunca la necesitaría para protegerse y que sólo deseaba demostrar su riqueza a su pueblo. En su caída le fue inútil, porque Poseidón lo aplastó a él y a su mundo por no suscribirse a la Nueva Religión. En Creta y Thera siempre había reinado madre Kubaba, la gran diosa de la Antigua Religión, reina de la tierra y todopoderosa.
Con la armadura de Minos guardaba una lanza de fresno de las laderas del monte Pelión, rematada por una pequeña cabeza forjada de un metal llamado hierro, tan raro y precioso que muchos lo creían una leyenda, pues pocos lo habían visto. La experiencia me había demostrado que la lanza volaba de modo infalible hasta su objetivo y sin embargo pesaba como una pluma en mi mano, por lo que cuando dejé de necesitarla para su uso bélico la guardé con la armadura. Se llamaba Viejo Pelión.
Cuando debía nacer mi primer hijo había desenterrado aquellas curiosidades para limpiarlas y pulirlas, convencido de que la criatura crecería hasta convertirse en un hombre bastante grande para utilizarlas. Pero al ver que mis descendientes seguían naciendo muertos las devolví a las cámaras del tesoro para sumirlas en una oscuridad menos negra que mi desesperación.
Unos cinco días antes de que Tetis debiera recluirse para alumbrar a nuestro séptimo hijo cogí una lámpara, bajé los desiguales peldaños de piedra que conducían a las entrañas de palacio y me interné por los pasadizos hasta la gran puerta de madera tras la que se ocultaba el tesoro. Me preguntaba a mí mismo por qué me encontraba allí y no hallaba respuesta satisfactoria. Abrí y traté de vislumbrar algo entre las tinieblas, pero descubrí un haz de luz dorada en el otro extremo del inmenso recinto. Apagué la llama que me iluminaba y me deslicé sinuoso con la mano en la daga. El lugar estaba atestado de urnas, baúles y cofres que contenían objetos sagrados, por lo que debía escoger cuidadosamente mi camino.
A medida que me aproximaba distinguí el inconfundible sonido de llanto femenino. Mi niñera Aresuna estaba sentada en el suelo y abrazaba el casco áureo que había pertenecido a Minos, cuyas delicadas plumas surgían entre sus arrugadas manos. Lloraba queda pero amargamente, gemía y prorrumpía en la cantinela plañidera de Egina, la isla de la que ambos procedíamos, reino de Eaco. ¡Oh Coré! ¡Aresuna ya lloraba por mi séptimo hijo!
No podía dejar de consolarla, escabullirme y simular que nada había visto ni oído. Cuando mi madre le ordenó que me diera su seno ella ya era una mujer madura, me crió ante su distraída mirada y me siguió como un perro fiel por una docena de naciones. Y al conquistar Tesalia la elevé a un alto rango en mi casa. Así pues, me acerqué a ella, la toqué suavemente en el hombro y le rogué que no llorara. Le quité el casco y estreché su rígido y anciano cuerpo contra mi pecho mientras le decía muchas tonterías para tratar de consolarla pese al sufrimiento que yo mismo sentía. Por fin se tranquilizó y aferró sus huesudos dedos a mis ropas.
– ¿Por qué se lo permites, querido señor? -dijo con voz ronca.
– ¿Qué le permito? ¿A quién?
– A la reina -repuso entre hipos.
Entonces comprendí que su dolor la había transtornado un poco: de no ser así no hubiera podido consentírselo. Aunque me era mucho más querida que mi propia madre, ella siempre había sido consciente de la diferencia de nuestros rangos. La así con tal fuerza que gimió y se retorció.
– ¿Qué pasa con la reina? ¿Qué es lo que hace?
– ¡Mata a tus hijos!
Me sobresalté.
– ¿Que Tetis mata a mis hijos? ¿Cómo es eso? ¡Explícate!
La mujer se contuvo y me miró con repentino horror al comprender que yo no sabía nada.
La agité violentamente.
– Será mejor que prosigas, Aresuna. ¿Cómo mata a mis hijos? ¿Y por qué? ¿Por qué?
Pero ella apretó los labios y no respondió, fija en la llama la aterrada mirada. Desenfundé mi daga y apreté su punta contra la piel flaccida de la anciana.
– ¡Habla, mujer, o por el poderoso Zeus te juro que te arrancaré los ojos y las uñas… lo que sea necesario para desatar tu lengua! ¡Habla, Aresuna, habla!
– ¡Ella me maldecirá y eso es mucho peor que cualquier tortura, Peleo! -repuso temblorosa.
– La maldición sería perversa y se volvería contra quien la profiriese. ¡Cuéntamelo, por favor!
– Estaba convencida de que tú lo sabías y lo consentías, señor. Tal vez ella esté en lo cierto… Tal vez la inmortalidad sea preferible a vivir en la tierra si uno no envejece.
– Tetis está loca -respondí.
– No, señor, es una diosa.
– No lo es, Aresuna. ¡Apostaría mi vida en ello! Es una mujer corriente y mortal.
La mujer no parecía convencida.
– Ha matado a todos tus hijos, Peleo. Con la mejor intención, pero así ha sido.
– ¿Cómo ha hecho semejante cosa? ¿Ingiere alguna poción?
– No, querido señor. Es mucho más sencillo. Cuando la instalamos en la silla paritoria despide a todas las mujeres de la sala menos a mí. Entonces me ordena que coloque un cubo de agua de mar debajo de ella, y en cuanto aparece la cabeza del pequeño la sumerge en el agua y la mantiene hasta que no le es posible respirar.
Abrí y cerré los puños con fuerza.
– ¡Por eso están azules! -exclamé.
Me levanté y le ordené:
– Regresa con ella para que no te eche de menos. Te doy mi palabra real de que nunca divulgaré lo que me has dicho y que cuidaré de que no pueda causarte daño. Vigílala y, cuando comience el parto, comunícamelo inmediatamente. ¿Está claro?
La mujer asintió. Había interrumpido su llanto y había perdido su terrible sensación de culpabilidad. Me besó las manos y marchó apresuradamente.
Permanecí sentado, inmóvil, con las lámparas apagadas. Tetis había matado a mis hijos. ¿Por qué? Por alguna insensata y quimérica pesadilla, por superstición, por capricho. Los había privado del derecho a ser hombres, había cometido crímenes tan horribles que deseaba ir a su encuentro y atravesarla con mi espada. Pero aún llevaba en su seno a mi séptimo hijo: la espada tendría que aguardar. Y la venganza correspondía a los dioses de la Nueva Religión.
Cinco días después de haber hablado con Aresuna, la anciana corrió a mi encuentro con el cabello alborotado por el viento. Anochecía y yo había bajado a las cuadras para ver a mis sementales porque se aproximaba la época de apareamiento y los dueños de los caballos deseaban darme el programa para formar las parejas.
Regresé rápidamente a palacio con la anciana colgada de mi cuello, como si yo mismo fuera un corcel.
– ¿Qué te propones? -me preguntó cuando la dejé ante la puerta de Tetis.
– Entrar contigo -repuse.
– ¡Pero eso está prohibido, señor! -exclamó con un grito sofocado.
– También lo está el crimen -repuse.
Y abrí la puerta.
El nacimiento es un misterio femenino que no debe ser profanado por ninguna presencia masculina. Es un mundo terreno que carece de cielo. Cuando la Nueva Religión superó a la Vieja algunas cosas no cambiaron: madre Kubaba, la gran diosa, aún rige los asuntos femeninos. En especial todo cuanto tiene que ver con el crecimiento del nuevo fruto humano y de arrebatarlo, aún prematuro, en perfecta madurez o marchito por la edad.
De modo que, cuando entré, por unos momentos nadie me vio: tuve tiempo para observar, oler y escuchar. La habitación apestaba a sangre, sudor y otras cosas horribles y extrañas para un hombre. Era evidente que el parto se hallaba ya muy avanzado porque, en aquellos momentos, las mujeres trasladaban a Tetis del lecho a la silla paritoria entre las maniobras, órdenes y ajetreo de las comadronas. Mi mujer estaba desnuda y su abdomen, hinchado de modo grotesco, parecía casi luminoso a causa de la distensión. Las mujeres dispusieron sus piernas cuidadosamente sobre la dura superficie de madera, a ambos lados del amplio hueco del asiento destinado a despejar el fin del canal del nacimiento, el lugar por donde aparecería la cabeza de la criatura seguida de su cuerpo.
Cerca de la silla se encontraba un cubo de madera rebosante de agua, pero las mujeres no le dirigieron ninguna mirada porque no imaginaban para qué se encontraba allí.
Al verme se abalanzaron contra mí indignadas, pensando que el rey se había vuelto loco y decididas a echarme de allí. Empujé a la que tenía más próxima y la tiré al suelo, y las demás retrocedieron asustadas. Aresuna estaba inclinada sobre el cubo murmurando sortilegios para alejar el mal de ojo y no se movió cuando las eché y atranqué la puerta.
Tetis lo observaba todo con el rostro brillante de sudor y sombría mirada, pero controlando su furia.
– Sal de aquí, Peleo -dijo quedamente.
Por toda respuesta aparté a Aresuna a un lado, fui hacia el cubo de agua marina y lo volqué arrojando su contenido en el suelo.
– ¡Basta de crímenes, Tetis! ¡Este hijo es mío!
– ¿Crímenes? ¿Crímenes? ¡Oh insensato! ¡No he matado a nadie! ¡Soy una diosa y mis hijos, inmortales!
La así por los hombros mientras ella seguía sentada y me incliné sobre la silla paritoria.
– ¡Tus hijos están muertos, mujer! ¡Condenados a convertirse en sombras inútiles porque no les diste la oportunidad de realizar las grandes hazañas que les granjearan el amor y la admiración de los dioses! Para ellos no existen Campos Elíseos, condición heroica, ni lugar entre las estrellas. ¡No eres una diosa, sino una mujer mortal!
Respondió con un grito agudo y atormentado, arqueó la espalda y se aferró a los brazos del sillón con tanta fuerza que se le blanquearon los nudillos.
De pronto Aresuna se animó.
– ¡Ha llegado el momento! -exclamó-. ¡Está a punto de nacer!
– ¡No lo tendrás, Peleo! -masculló Tetis.
Y apretó sus piernas una contra otra rechazando el instinto que las obligaba a separarse.
– ¡Aplastaré su cabeza hasta convertirla en pulpa! -gruñó. Luego se echó a gritar ininterrumpidamente-: ¡Oh padre; ¡Padre Nereo! ¡Me está desgarrando!
Aunque las venas se tensaban en su frente en cordones morados y las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, aún se esforzaba por cerrar las piernas. Estaba enloquecida por el dolor pero realizaba un supremo esfuerzo de voluntad para mantener unidas las piernas; las cruzaba y las retorcía una sobre otra para no separarlas.
Aresuna se había agachado sobre el suelo empapado y asomaba la cabeza bajo la silla. La oí gritar y proferir una risita.
– ¡Ah! -chilló-. ¡Asoma el pie, Peleo! ¡Viene de culo, es su pie!
Refunfuñó, se levantó y me obligó a volverme, de pronto con fuerza juvenil en su viejo brazo.
– ¿Quieres tener un hijo vivo? -me preguntó.
– ¡Sí, sí!
– ¡Pues ábrele las piernas, señor! ¡La criatura sale de pie y la cabeza está ilesa!
Me arrodillé, puse la mano izquierda sobre la rodilla de Tetis, deslicé la derecha debajo para asir su otra rodilla y tiré con fuerza de ambas. Sus huesos crujieron peligrosamente, echó la cabeza atrás y lanzó maldiciones y saliva como una lluvia corrosiva. Juro que su rostro -mientras ambos nos mirábamos- se había convertido en las escamas de una serpiente. Comenzaban a separarse sus piernas: yo era demasiado fuerte para ella. ¿Y qué otra cosa podía demostrar su mortalidad?
Aresuna se sumergió debajo de mis manos. Cerré los ojos y perseveré. Llegó un breve y seco sonido, un jadeo convulsivo y de pronto en la habitación resonó el llanto de una criatura viva. Abrí bruscamente los ojos y miré incrédulo a mi niñera y al objeto que sostenía cabeza abajo con una mano, una cosa horrible y resbaladiza que se agitaba, removía y gritaba de manera escandalosa, algo con pene y escroto abultados bajo la envoltura de una membrana. ¡Un hijo! ¡Tenía un hijo vivo!
Tetis estaba inmóvil, inexpresiva y tranquila, pero no me miraba. Fijaba sus ojos en mi hijo, al que Aresuna limpiaba, cortaba el cordón umbilical y envolvía en limpias y blancas ropas.
– ¡Un hijo que alegrará tu corazón, Peleo! -reía Aresuna-. ¡La criatura más grande y sana que he visto en mi vida! ¡Y la he sacado por su talón derecho!
Me sentí presa del pánico.
– ¡El talón! ¡El talón derecho, anciana! ¿Está roto o deformado?
Levantó las ropas que lo envolvían para mostrar un pie perfecto, el izquierdo, y otro pie y tobillo hinchados y magullados.
– Ambos están intactos, señor. El derecho sanará y desaparecerán las marcas.
Tetis rió con un sonido débil y siniestro.
– Su talón derecho, de ese modo respiraba el aire de la tierra. Primero apareció su pie… No es de sorprender que me haya desgarrado. Sí, las marcas desaparecerán, pero el talón derecho será su perdición. Cuando lo necesite firme y fibroso, le recordará el día de su nacimiento y le traicionará.
No hice caso de sus palabras y tendí los brazos.
– ¡Dámelo, Aresuna! ¡Déjame verlo! ¡Corazón de mi corazón, hijo de mis entrañas! ¡Mi hijo!
Informé a la corte de que tenía un hijo vivo. ¡Cuánta exaltación y alegría! Todo Yolco, toda Tesalia habían sufrido conmigo en el transcurso de los años.
Pero cuando ellos se hubieron marchado me quedé sentado en mi trono de puro mármol blanco con la cabeza entre las manos, tan agotado que no podía pensar. Las voces se extinguieron de manera gradual en la distancia y comenzaron a tejerse las más sombrías y solitarias telarañas de la noche. Un hijo, tenía un hijo vivo, pero podría haber tenido siete. Mi esposa estaba loca.
Tetis entró descalza en la cámara tenuemente iluminada, vestida de nuevo con la túnica transparente y flotante que llevaba en Esciro. Su rostro estaba arrugado y envejecido y cruzaba lentamente el frío embaldosado con pasos que revelaban el dolor de su cuerpo.
– Peleo -dijo desde el fondo del dosel.
La había vislumbrado entre los dedos, aparté las manos del rostro y lo levanté.
– Regreso a Esciro, esposo.
– Licomedes no te quiere, mujer.
– Entonces iré a algún otro lugar donde sea bien recibida.
– ¿Como Medea, en una carroza tirada por serpientes?
– No. Cabalgaré en el lomo de un delfín.
No volví a verla. Al amanecer, Aresuna apareció con dos esclavas y me obligó a levantarme y a meterme en el lecho. Durante todo el circuito de un infinito viaje de Febo alrededor de nuestro mundo dormí sin recordar un solo sueño y por fin desperté pensando que tenía un hijo. Subí la escalera que conducía a la habitación del niño calzado con las aladas sandalias de Hermes y encontré a Aresuna con una nodriza, una joven saludable que había perdido a su propio hijo, según me explicó la anciana. Se llamaba Leucipa, «la yegua blanca».
Era mi ocasión. Cogí al pequeño en brazos y comprobé que pesaba bastante. Nada sorprendente en alguien que parecía estar hecho de oro. Sus cabellos eran dorados y rizados al igual que su cutis, pestañas y cejas. Los ojos que me miraban abiertamente y con fijeza eran negros, pero imaginé que cuando adquirieran visión tendrían algún matiz áureo.
– ¿Cómo lo llamarás, señor? -preguntó Aresuna.
No lo sabía. Debía darle un nombre especial, no cualquiera. Pero ¿cuál? Observé su naricilla, sus mejillas, barbilla, frente y ojos y me pareció delicadamente formado, más parecido a Tetis que a mí. En cuanto a sus labios, muy personales porque carecía de ellos, formaban una línea recta en un rostro que denotaba enérgica decisión aunque dolorosa tristeza.
– Aquiles -dije.
La mujer asintió aprobadora.
– «Sin labios.» Un nombre muy apropiado para él, queridísimo señor. -Suspiró-. Su madre profetizó su futuro. ¿Consultarás a Delfos?
Negué con la cabeza.
– No. Mi mujer está loca, no creo en sus predicciones. Pero la pitonisa no miente y no deseo saber lo que le aguarda a mi hijo.