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Ahora sé que con los niños hay que ser sinceros y contarles siempre la verdad; de lo contrario se refugian en fantasías que pueden ser más perniciosas que aquello que se les oculta. Y esa tarde, en Madrid, mientras paseaba contigo, descubrí que por primera vez podía hablar de tu hermano sin rencor, sin culpar a nadie de su muerte. Había tardado muchos años en aceptarla. Fue como entrar en un túnel en el que perdí el deseo de vivir. No sé cuántos meses estuve en la oscuridad de ese túnel, sin hacer nada. ¿No te has fijado en que cuanto peor está una persona menos se queja? Me pasaba como en los sueños, cuando quieres moverte y no puedes. Sentía una tristeza eterna, como si hubiera aceptado humillaciones que ahora formaban parte de mí. Pero también eso fue pasando, y tú me esperabas a la salida del túnel con la naturalidad con que se baja a la plaza del pueblo a recibir al familiar que regresa. ¡Qué fácilmente olvidan los niños! Alguien se ahorca en un árbol y, unos días después, ya andan subidos a sus ramas ajenos a la desgracia. Son ellos los que ofrecen a la vida la inocencia y el olvido que precisa para continuar. Y eso hacías tú conmigo. No te separabas ni un momento de mí y me ayudabas a sobrellevar mis penas. Pero no puedes ni imaginarte lo rápido que crecen los niños. Los tienes contigo y un buen día, cuando vas a darles el beso de cada noche, descubres que hay un muchacho o una muchacha en su cama. Un muchacho o una muchacha que incluso se avergüenzan de que entres a verles sin haber llamado antes a su puerta. Y te descubres fuera de ese cuarto en el que entrabas y salías como hacen los pájaros en las copas de los árboles. El cuarto de los besos, de las llamadas de madrugada, de las noches con fiebre; el cuarto de las migas de pan, de las promesas que siempre se cumplían. Y comprendes que ya no puedes volver a él.
Recuerdo que un sábado por la tarde nos encontramos a la salida del cine. Ponían Doctor Zhivago y yo había ido a verla sola pues tu padre no había querido acompañarme por lo larga que era. Y a la salida estabas tú, esperando en la puerta con un grupo de amigos para entrar en la siguiente sesión. A tu lado había una chica de tu edad. Era muy guapa y mirabais a vuestros amigos con ese orgullo con que los animales que viven en los árboles miran a los que andan por el suelo. Me fui a casa discretamente, pero a tu regreso no pude resistirme a comentarte que te había visto con una chica. Te pusiste rojo como la grana, pero trataste de disimular. Me contestaste que era la prima de uno de tus compañeros del colegio y que os habíais encontrado con ella y sus amigas a la entrada del cine.
Yo no estaba triste sino orgullosa de verte tan mayor. Sentí el alivio que deben de sentir esas pájaras que, después de trabajar tanto, un buen día descubren el nido vacío porque sus crías se han ido. No era tan importante que pasara algo así. Al fin y al cabo, ¿qué es un nido? Un montón de ramitas entrelazadas, selladas con barro, plumas y cordeles. Podían ir a otro árbol y construir otro igual si les apetecía. Entonces me llegó la carta de Montse. Le contesté, y ella volvió a escribirme. Lo hacíamos casi todas las semanas y cada vez intimábamos más. Ella me hablaba de su marido, del que se acababa de separar; y yo, de vosotros. Le conté lo que había pasado con tu hermano, mis problemas con tu padre, todo mi dolor, y Montse me propuso irme unos días con ella, tomarme unas vacaciones. Podríamos hablar hasta hartarnos, como en el colegio, que nos metíamos juntas en la cama cuando se iban las monjas. Sabía que tu padre no se iba a negar si se lo pedía. No porque quisiera complacerme, sino porque le daba igual lo que yo pudiera decidir. Creo que si una noche hubiera abierto la ventana y le hubiera dicho que me iba a dar una vuelta por los tejados, se habría limitado a encogerse de hombros y a decirme que tuviera cuidado no me fuera a enfriar. Por eso me lo callé. Me había pasado la vida pidiéndole permiso para todo, y pensé que si alguna vez decidía aceptar la propuesta de Montse, lo haría sin consultarle, diciéndoselo de un día para otro, cuando tuviera sacados los billetes.
Montse me había comentado que incluso podía quedarme a trabajar en su farmacia, y yo ya me veía atendiendo a la gente y buscando las bolsas de compresas o las cajitas de las medicinas. Pero jamás lo habría hecho si no llega a suceder algo que todo lo cambió. Recibimos una llamada diciéndonos que se había muerto Paula, la hija de Carmina. Cuando se quedó huérfana, tu padre aceptó ser su tutor y la internó en un centro para niños retrasados que acababan de inaugurar cerca de Palencia. Íbamos a verla dos o tres veces al año, pero poco a poco fuimos espaciando las visitas porque ni siquiera nos reconocía.
La noticia de su muerte me hizo sentir culpable. La enterramos en el mismo pueblo, en un rincón del cementerio, como si fuera un perrito, sin lápida ni nada, pues no habíamos tenido tiempo de encargarla. En el viaje de vuelta me puse a hablar de lo mucho que había querido Carmina a su hija y de las tardes en que la llevábamos al canal a bañarse. Carmina era muy fuerte y la metía en el agua agarrada a sus brazos; ella gritaba y pataleaba de placer, mientras Luisa y yo las contemplábamos desde la orilla. En el agua no parecía torpe, y sus movimientos eran dulces y ensimismados, como si estuviera hecha para vivir en el fondo de los ríos. Carmina era un desastre, pero quería con locura a su hija. Una vez la acompañé a acostarla y, cuando la niña se quedó dormida, murmuró: fíjate lo guapa que es; lo que pasa es que ha nacido en un mundo que no es el suyo. La estuvo arropando con mucha dulzura y fuimos a la cocina a prepararnos un café. Y añadió: todos lo hemos hecho, ¿no? Le pregunté qué quería decir y me miró con los ojos llenos de luz, como si nadaran en miel. Nacer en un lugar equivocado, murmuró. Y yo pensé en mi vida, en lo mal que me iba con tu padre; en Antonio, que había muerto; y en ti, al que siempre creía que no amaba como debía, y me pareció que era cierto.
La carretera estaba bordeada de altos chopos de hojas doradas. Todo el campo estaba lleno de la dulce luz del otoño. Era extraño que todos aquellos colores maravillosos y dorados estuvieran ligados a la muerte. Un resplandor parecía acompañarnos en nuestra destemplada huida, porque estábamos huyendo de allí. Tu padre iba serio y abstraído, con su sempiterno cigarrillo colgando de los labios, y yo comenté que habíamos hecho mal en dejar a Paula en aquel lugar. Mi comentario le irritó. Me dijo que no era nada nuestro, y además ¿qué podíamos haber hecho por ella? Ni siquiera nos conocía, y lo mejor que le había podido pasar era morirse.
Me sentí una cobarde. Nos la habíamos quitado de encima llevándola a aquel centro, y habíamos dejado de ir a verla para no tener que enfrentarnos con sus ojos redondos y febriles, ojos de muchacho, pues nunca habíamos podido pensar en ella como en una niña. Era como uno de esos chicos que se van a la guerra y vuelven locos y heridos para siempre. ¿Por qué dices eso?, le pregunté. Tu padre frenó bruscamente el coche y me contestó que no le jodiera más. A la luz dorada de aquel día su chaqueta tenía el amarillo de los viejos manteles guardados en las cómodas. Fue como si cayera entre los dos una lluvia de arena. No se tenía en pie, continuó, no sabía hablar, se cagaba y meaba encima, y daba unos gritos que parecían salir de una película de terror, ¿a eso le llamaba vida? Le dije que a su madre se lo parecía. Porque estaba tan loca como ella, me contestó cabreado. Me acordé de lo que había hecho, de todo el tiempo que había estado engañándome sin que le importara que en el pueblo se supiera, y le dije: ¿y por eso te la follabas?
Fue un golpe bajo. Lo habíamos hablado, me había pedido perdón y yo se lo había dado, y ahora volvía a sacar las viejas cuentas, como si nunca terminara el tiempo del rencor. Permanecimos en silencio el resto del viaje. Al llegar a la ciudad, brillaban las estrellas en el cielo. No, no quería seguir luchando. Estaba cansada de aquel mundo de reproches, insultos y silencios cargados de rencor. No quería volver a empezar. Tenía la mano sobre el pecho y sentía los latidos acelerados de mi corazón. ¿Que será de nosotros?, pensé, ¿en qué nos convertiremos? Era como si hubiéramos sufrido un hechizo y de aquellos que se habían enamorado en una pequeña joyería de una ciudad de provincias sólo quedaran las cáscaras.
Veía el rostro de tu padre y sabía que era él, pero no podía alcanzarle. Había un muro que me lo impedía. Tendí la mano para acariciar la suya y fue como si el corazón que antes latía en mi pecho lo hiciera entonces sobre el volante. Tu padre tenía el don de intensificar la vida, y ahora que todo había acabado entre nosotros, sentía un vacío que no sabía cómo llenar. No había nada luminoso en nuestro amor. Miré hacia las estrellas que había en el cielo y me acordé de cuando vivíamos en casa de la tía Marta. Nos hacía dormir separados, porque decía que no estaba bien que una mujer embarazada durmiera con su marido, pero yo me escapaba por las noches para colarme en el cuarto de tu padre. Siempre iba descalza, para no hacer ruido y no despertar a la tía. Entonces yo no sabía que la vida podía ser así, que la vida podía dar tanto sufrimiento. Y busqué en el cielo estrellado algo que me recordara la felicidad de esos pies descalzos.
Unos días después vino Luisa a la ciudad. Venía cada poco, a comprar y a darse un paseo, y siempre me llamaba para vernos. Era muy guapa, y los hombres se volvían a mirarnos, lo que a ella le encantaba, pues seguía teniendo alma de actriz. Pasamos junto a un baile. Había muchos jóvenes agrupados en la puerta, esperando entrar. Los muchachos acosaban a las chicas, y a ellas se las veía excitadas y felices, como si se agitaran entre una manada de potros.
Fuimos a un café y nos sentamos a hablar. Yo seguía muy impresionada por la muerte de Paula y le estuve contando que la habíamos enterrado en el pequeño cementerio del pueblo. Un cementerio que se parecía a un corral, y en el que los pequeños nichos recordaban los ponederos de las gallinas. Luisa me pidió que perdonara a Carmina. Me dijo que era una ignorante y que no tenía dos dedos de frente. Le contesté que dependía de para qué, y que desde luego no pensaba que fuera ninguna santa. Acababa de llover y la lluvia había dejado brillantes las calles y los cristales de los escaparates. Pasaron varios niños. Iban en hilera, muy serios, erguidos y altivos como el cortejo de una boda. Se había hecho de noche. La pantalla verde de la lámpara proyectaba sobre la mesa su sombra transparente. Recordaba el resplandor de un diminuto acuario. Entonces Luisa empezó a hablarme de Carmina, de su desgraciado matrimonio con Gonzalo, que a su muerte las había dejado prácticamente en la calle. Y me contó algo que cambiaría mi vida.
Los amoríos entre tu padre y Carmina comenzaron a finales del mes de agosto y se prolongaron hasta que a Carmina se le declaró a comienzos de otoño la enfermedad que la llevaría a la tumba. A su entierro sólo fueron el cura y dos o tres personas más. El vergonzoso cortejo cruzó el pueblo bajo una intensa lluvia, y nadie se asomó a las puertas para santiguarse o despedirse de ella. Ni siquiera tu padre fue a ese entierro. Había cogido el coche con esa intención pero finalmente cambió de idea. Y, sin embargo, tu padre la había querido. Bueno, no sé si era amor. Era algo más físico, semejante a lo que debía de sentir cuando montaba a una de sus yeguas y se sentía dueño de su fuerza. Pero para Carmina esa relación había sido algo muy distinto, tal vez la única posibilidad que había tenido en su vida de amar de verdad a un hombre. ¡Cómo comparar a tu padre con su exangüe marido! Recuerdo que Luisa, que era muy graciosa, le llamaba Gonzalo II el Hechizado, en recuerdo de aquel rey de España que creció raquítico, enfermizo y de corta inteligencia, además de estéril. Tu padre lograba que una se sintiera protegida y en peligro a la vez, siempre basculando entre el temor y el deseo, pero Carmina encontró un obstáculo para enredarse con él. No me refiero a nuestra amistad, que de las amigas una se olvida enseguida, al menos mientras estás en los brazos de sus maridos. Era algo que tenía más cerca, en su propia casa: Paula, su hija.
Carmina era dueña de ese poder animal de atraer a los hombres y hacerles perder la razón, y tu padre la buscaba como buscan los perros a las hembras en celo. Ni siquiera se preocupaba de disimular. Iba al pueblo y aparcaba el coche en la misma puerta de su casa, y se pasaban horas enteras sin salir. Y, cuando por fin se iba, era Carmina la que se pavoneaba ante el pueblo de su victoria. Una vez tu padre se olvidó allí su sombrero, y al día siguiente Carmina se paseó por la plaza llevándolo sobre la cabeza, como si fuera un trofeo. Las beatas se santiguaban y las otras mujeres murmuraban a su paso, pero ella cruzó desafiante por delante de todas con esa crueldad de los niños y los animales salvajes. Triste trofeo aquel, pues tu padre la dejaría poco después. Fue a causa de Paula. Tu padre, como la mayoría de los hombres, no soportaba la presencia de aquella niña deforme, sus berridos, su terrible desamparo, su permanente mal olor. Un día empezó a gritar mientras ellos estaban en la cama, y Carmina tuvo que levantarse y quedarse un rato a su lado para atenderla. A partir de esa noche, siempre que volvía tu padre, Paula se ponía a gritar. Eran gritos estremecedores, como si se diera cuenta de que ese hombre venía a quitarle el amor de su madre. Y una tarde él le dijo a Carmina que no lo soportaba más, y que era mejor que no volvieran a verse. Supongo que los gritos de Paula le traían la conciencia de su propio pecado.
Carmina apenas aguantó un par de semanas su ausencia. Fue a Valladolid y le dijo que había encontrado una solución: llevar a Paula a casa de una prima las noches en que él la visitara. Bastaban unas pocas monedas para que no abriera la boca, pues no andaba muy bien de dinero. Y así lo hicieron desde entonces. Tu padre llamaba a Carmina para decirle cuándo iba a llegar, y esa noche ella llevaba a la niña con su prima. A él, sin embargo, le extrañaba que Carmina siempre le pidiera pilas para la linterna. No te olvides de las pilas, le decía cuando hablaban por teléfono para concertar la próxima cita. Y le explicaba que eran para Paula, que tenía miedo a la oscuridad y que sin una luz a su lado no dormía tranquila. Una noche tu padre se levantó porque tenía sed y vio por la ventana una luz que venía del pajar. Apenas era una leve fosforescencia que temblaba en las sombras, como si fuera la luz de una criatura que estuviera muriendo. Salió al patio y, acostada sobre un jergón, atada por una de las manos a la argolla a la que sujetaban el ganado, halló a Paula en el pajar. Llevaba una mordaza en la boca, y la linterna le colgaba del cuello atada con una cuerda. Las pilas se estaban acabando, pues apenas desprendía luz. La niña permanecía despierta y sus ojos se cruzaron con los de tu padre. Él nunca olvidó aquella mirada, la misma con que los animales domésticos miran a los hombres, cuya conducta no entienden. Y supo que no era cierto que Carmina llevara a Paula con su prima. Lo que hacía, cuando él iba a visitarla, era atarla en el pajar, para que no les molestara. Aquello le horrorizó. Al volver a la habitación, Carmina seguía dormida y él la despertó con violencia. Tu padre apenas podía hablar. Le dijo que si estaba loca, que cómo tenía a la niña así, como si fuera un animal. Carmina le confesó llorando que lo había hecho para que no les molestara, que tenía miedo de que él no quisiera volver. Carmina amaba a su hija, pero vivía sola, casi en la miseria, y se había enamorado de tu padre como la muchacha que flota en medio del mar lo hace del capitán del barco que viene a salvarla. Luego le contaría a Luisa que aquéllas habían sido las semanas más felices de su vida. ¡Las más felices! ¿Te imaginas cómo tuvo que ser el resto de su vida? Carmina ataba a Paula como si fuera un animal, y luego, cuando iba a buscarla, le pedía perdón. Ella no podía entenderlo, le decía, pero el amor a veces era así, y pedía a las mujeres que fueran buenas y malas a la vez.
Así era el amor que sentían las mujeres por los hombres en aquel lugar. Ellos iban al campo con sus azadas y sus caballerías, y cuando regresaban, cansados y sucios, no las trataban mejor que al ganado, pero ellas seguían esperándolos. Eran dueños de los campos, las espigas, los viñedos, las mulas, los carros y los pozos; de los días y las noches. Las gritaban cuando volvían borrachos, y ellas se callaban para que no dejaran de amarlas. No era gran cosa ese amor, pero sin él, ¿cómo podrían soportar la soledad, el frío, la fatiga? Soñaban con esa dulzura que traían con ellos sin saberlo cuando regresaban. Tenían que buscarla a escondidas, cuando se acostaban juntos. Ellos las cubrían con sus cuerpos, y ellas aprovechaban para robarles la dulzura que necesitaban para vivir.
Tu padre no volvió por su casa. Supongo que pensó que Carmina estaba loca, y que lo mejor era estar lo más lejos posible para evitarse complicaciones. Y eso acabó con ella, que había traicionado por su causa lo único capaz de dar sentido a su vida: el amor a su hija deforme. Apenas dos meses después empezó con fuertes dolores y cuando la llevaron al hospital le diagnosticaron la enfermedad que acabaría con su vida en pocas semanas.
Muchos años después, cuando por fin hablamos de aquello, tu padre me juró que siempre había pensado que Carmina llevaba a Paula a casa de su prima, pero yo no le creí. Se encerraban durante horas en aquel cuarto, y lo más cómodo era no preguntarse qué hacía ella con la niña. Me imaginaba a Carmina levantándose a escondidas para darle besos a la niña y decirle que estuviera callada, que enseguida volvería, para luego olvidarse de ella. Carmina era de esas personas que han sido hechas para el amor, para arder en su fuego, pero cuando tu padre se iba, le faltaba tiempo para subir al monte en bicicleta y echarse a llorar en las faldas de Luisa.
Al enterarme, decidí dejar a tu padre. Me daba igual que no hubiera sabido lo de Paula. Visitar a Carmina le hacía responsable de la niña, e imaginarla atada en el pajar, mientras ellos retozaban en el cuarto, me resultaba intolerable. La inocencia de tu padre era la falsa inocencia de los que viven junto al castillo de Barba Azul y evitan preguntarse por el destino de las muchachas que ven conducir a su interior, a fin de que nada perturbe su sueño. Ni la imagen más dura de la peor pesadilla podía compararse a lo que Luisa me acababa de revelar.
Recuerdo que una de esas noches me llamó Montse y se lo conté todo sin dejar de llorar. Le dije que iba a dejar a tu padre, que no soportaba vivir un momento más en su compañía, y ella se ofreció a ayudarme. Podía irme a Palma de Mallorca, vivir en su casa y trabajar en la farmacia. Quedamos en encontrarnos en Madrid. Montse tenía que ir a un congreso de farmacéuticos y yo hice coincidir las fechas de nuestro viaje con las suyas. Volvimos a hablar por teléfono dos o tres días después. Me dijo que había reservado una habitación en un hotel, junto a la plaza de Cibeles, y quedamos en reunirnos allí. Era una locura, pero me sentí tan excitada como cuando quedaba de soltera con mis amigas y nos íbamos a las fiestas de los pueblos sin decírselo a nuestras madres. No, no se podía vivir sin mentir. Tenía que ver con el deseo de hacer otras cosas, de estar en otro lugar, de olvidarte de la que habías sido hasta entonces. Claro, que estabas tú y eso lo cambiaba todo. Pensé en llevarte conmigo, pero me di cuenta de que si lo hacía no podría actuar libremente. Además, por esas fechas te llevabas muy bien con tu padre y era a él a quien necesitabas para hacerte un hombre. Me iría sola y, pasados unos meses, quedaría contigo para explicártelo.
Y todo se cumplió como estaba previsto. Fuimos a Madrid, y una noche os dije que había quedado para cenar con una antigua amiga de colegio. Te marchaste con tus tíos y primas, y yo regresé a casa para recoger mi ropa y escribirte la carta que leerías al volver, y en la que te explicaba mi conducta. Y volé al hotel con mi maleta. Montse había llamado para decir que me dieran la llave de la habitación. El ascensor era completamente dorado, y recuerdo que pensé en lo que tendrían que sufrir las pobres criadas para mantenerlo limpio. La habitación daba a la calle. Se veían patios llenos de árboles, y fachadas con balcones. Al fondo, había una casa de color crema, que recordaba una tarta de boda. Yo flotaba en una nube. Me duché, y me puse una blusa blanca y una falda de color rojo que acababa de hacerme en Valladolid. Había tomado el modelo de Vacaciones en Roma, aquella película tan romántica en que trabajaban Gregory Peck y Audrey Hepburn. Me sentaba muy bien, pues en esa época estaba muy delgada y parecía más joven de lo que era. Además, me había cortado el pelo muy cortito, como lo llevaba Audrey Hepburn en esa película. Y, como me aburría, bajé a esperar a Montse al vestíbulo. Era un hotel muy sencillo, pero distinguido. Montse me había dicho que allí se había hospedado Ernest Hemingway durante la guerra y me emocionó saberlo porque yo había leído su novela Por quién doblan las campanas. Estaba prohibida en España, pero una amiga mía, en Zamora, la había conseguido en una edición hispanoamericana, y me la había pasado en secreto. Éramos unas crías y recuerdo cuánto nos emocionó aquella historia tan triste, y el que sus protagonistas hubieran sentido temblar la tierra bajo sus cuerpos en su primera noche de amor. ¿Era eso lo que se sentía cuando te abrazaba el hombre que amabas?, nos preguntábamos. Pero, aún más que esa tierna escena, se me había quedado una frase del final: «No hay nada que sea una única verdad. Todo es verdad». Los ojos se me llenaron de lágrimas, porque era cierto que te estaba abandonando y que merecía por ello las penas del infierno, pero también que era feliz allí, viendo a la gente que entraba y salía del hotel; era verdad que te amaba, pero también que deseaba vivir como si nada me atara a ningún lugar ni a nadie.
Me senté a una de las mesas. Estaba al fondo, cerca de unas ventanas que daban a una calle llena de árboles. Recuerdo que el sol se colaba entre sus ramas creando sobre las aceras un mundo de sombras y de charcas temblorosas. En la mesa de al lado había un hombre joven. Era rubio, muy guapo, parecía extranjero, tal vez un norteamericano. Estaba escribiendo en un cuaderno y lo contemplé con avidez. Sus cabellos, sus ojos, su cuerpo indolente y perezoso. Pensé en el protagonista de la novela de Hemingway, con aquel cuerpo que siempre tenía prisa, al que no te podías negar. Me di cuenta de que había algo que jugaba con nosotros, que nos llenaba de fantasías, que no tenía que ver ni con nuestra voluntad ni con nuestra razón. Algo capaz de embrujarnos, aunque no supieras por qué; algo que se confundía con la vida. No podía dejar de mirar a aquel hombre. Quizá fuera un escritor, un novelista famoso, alguien que aprovechaba cualquier momento para anotar en su cuaderno las ideas que se le ocurrían. De pronto, levantó los ojos y nuestras miradas se cruzaron. Y nos sonreímos, lo que me hizo apartar los ojos avergonzada. Mi corazón latía apresuradamente. ¿Estás loca?, pensé, ¿qué puede pensar un hombre si le miras así? Pero apenas habían pasado unos segundos cuando lo hice otra vez. No había apartado sus ojos y volvió a sonreírme. Era una sonrisa suave, natural, que excluía toda disculpa. Soy libre de mirarte si quiero, me advertía. Me acordé de cuando el joyero me encerró en la cámara y me ofreció las joyas de la Virgen, porque era como si también él me estuviera ofreciendo algo, aunque no sabía qué. En ese instante, oí que alguien gritaba mi nombre. Uno de los empleados del hotel me pedía que me pasara por recepción. Era raro oír mi nombre allí, y me levanté avergonzada. Montse me llamaba por teléfono. Su avión no había podido despegar y hasta el día siguiente no llegaría a Madrid. La habitación estaba pagada y podía quedarme en ella. Me preguntó si estaba bien, y le dije que no tenía que preocuparse, que la decisión estaba tomada y nada haría que me volviera atrás.
Regresé a mi mesa temblando, con el deseo de que aquel hombre continuara en el bar. Y allí estaba. Había cerrado el cuaderno y me miraba sin ningún disimulo. Un rayo de sol iluminaba su mesa, haciendo que pareciera cubierta de agua. Sólo atraigo a los chiflados, pensé. En sus ojos había una luz nueva, como de ensueño. Entonces el camarero se acercó a mi mesa para decirme en su nombre que le gustaría invitarme a una copa de vino. Tenía la botella a su lado, en una cubitera que la mantenía fría. Asentí con la cabeza, y luego me volví hacia él para agradecérselo con una sonrisa. No te olvides de que no le conoces de nada, me dije. Probé el vino. Estaba muy fresco, y tenía un sabor que me gustó. Vi que dos señoras muy atildadas no se perdían detalle. Parecían dos marionetas de cartón, viejas e inútiles. ¿Me volvería yo alguna vez como ellas? Aparté sus miradas como se hace con esas torpes mariposas que acuden a la luz en las noches de calor y que espantamos con la mano.
El americano se había levantado de su mesa y venía hacia mí. Era muy alto y caminaba levemente encorvado, como si se avergonzara de su tamaño. Traía su copa en la mano y me preguntó con gestos si podía sentarse a mi lado. Asentí con la cabeza. Nadie me conocía, era libre, ¿por qué no hacer lo que me viniera en gana? Además, ¿por qué iba a ser malo que se sentara conmigo? De cerca parecía más joven, las piernas apenas le cabían debajo de la mesa. Me hizo gracia verle allí, plegado sobre la silla como uno de esos atriles en que los músicos ponen sus partituras. Tenía unas manos enormes que puso en la mesa como si no fueran suyas y las sacara a pasear. Sentí ganas de tocárselas. Yo estaba muy recta y trataba de no mirarle a los ojos, pero él no dejaba de hacerlo. Y entonces me dijo algo. ¿Qué?, le contesté. Volvió a hablar. Lo hacía en un idioma desconocido, aunque enseguida me di cuenta de que debía de ser inglés. Me preguntaba algo que no lograba entender. Y se lo dije con gestos. Abrió su cuaderno y escribió un nombre, lo señaló con el dedo y luego se señaló a sí mismo. Me estaba diciendo cómo se llamaba: Saúl. Le pedí el lapicero y escribí debajo el mío: Ana. Los dos nos echamos a reír. Brindamos con el vino y nos quedamos en silencio, mirándonos.
Estaba tranquila, inexplicablemente serena, no pensaba que acababa de abandonarte, que a lo mejor nunca me lo ibas a perdonar. Me sentía feliz y culpable a la vez, como si me hubiera dado la risa en medio de un entierro. Saúl se señaló el estómago y luego la boca. Cogió a continuación el lapicero y se puso a dibujar en su cuaderno. Le bastaba con dos trazos para que aparecieran las figuras ante tus ojos. Enseguida había dibujado una calle completa, con sus casas, sus árboles y sus coches. Sobre la puerta de una de las casas había un rótulo en que se leía: RESTAURANTE. Y delante, mirándolo, una pareja agarrada de la mano. Y, a sus pies, escribió nuestros nombres. Me reí porque me di cuenta de que me estaba invitando a cenar. Y le dije nerviosa que sí. Era como si hubiera otra en mi interior que me obligara a hacer cosas en las que ni siquiera había pensado.
El americano llamó al camarero para pagarle, y nos levantamos. Al llegar al vestíbulo me hizo gestos para que le esperara. Le vi tomar el ascensor y desaparecer. Me volví llena de aprensión, temerosa de que alguien se hubiera dado cuenta de que me disponía a irme con un hombre al que acababa de conocer, pero ni siquiera las señoras que hacía un momento no me quitaban ojo manifestaban el menor interés por mí. Allí nadie se fijaba en lo que hacían los demás. Saúl no tardó en bajar. Se había puesto una gabardina muy larga, que le llegaba casi hasta los pies, y un sombrero como los que llevaban los actores. Parecía arrancado de una de esas carteleras de cine que tanto nos gustaba mirar antes de entrar a las salas. Era muy alto, y yo apenas le llegaba por el hombro. Parecemos la ele y la i, pensé. Me dio la risa. De qué te ríes, pareció preguntarme. Se lo dije, que debíamos de hacer una pareja graciosa. Hablaba con él como si pudiéramos entendernos.
Al salir, se había hecho de noche. Las luces estaban encendidas y los coches pasaban a nuestro lado con sus carrocerías brillantes. Al cruzar una calle, él me tomó delicadamente del brazo para protegerme, y ese contacto me estremeció. No sabía dónde iba ni lo que estaba haciendo. Nos cruzábamos con otros peatones. El aliento de sus cuerpos formaba pequeñas nubes en el espacio. Saúl paró un taxi y nos subimos a él. Llevaba una tarjeta con el nombre de un restaurante y se la entregó al taxista para que nos llevara. Mientras conducía, yo veía su rostro reflejado en el espejo. Tenía un aspecto triste y cansado, pero sus ojos eran los ojos de un niño.
Se acercaba la Navidad y ya habían puesto los adornos en las calles. Colgaban de las ramas en grandes racimos luminosos. Me sentía llena de energías, como si hubiera descubierto que podía hacer cosas nunca antes hechas. Tenía las manos sobre la falda y Saúl las cubrió con las suyas. Me sorprendió su suavidad y lo calientes que estaban. Sentí cómo el calor traspasaba mis manos y la tela de mi falda, hasta llegar a mis rodillas. No aparté su mano, aún más, cerré los ojos pensando en lo maravilloso que sería que retirara mi falda y acariciara mi piel desnuda. Me parecía que nunca había sabido qué era el amor, aunque desde que era una niña me había dedicado a buscarlo.
El restaurante era pequeño, con una luz cálida. Las sillas estaban tapizadas de rojo y los espejos brillaban como pequeños iconos. Nos sentamos a una de las mesas del fondo. Saúl me ofreció la carta con el menú para que eligiera. Yo me había puesto la mano en la mejilla y, al levantar los ojos, vi que él había hecho lo mismo. Retiré la mano y me volvió a imitar. Estuvimos jugando un rato, como dos críos. Si yo juntaba las manos, Saúl también las juntaba; si ponía los dedos en los labios, él se tocaba los suyos. Somos el mismo ser, me decía. El amor venía a nosotros graciosamente, sin avisar, recordaba el agua que se recogía en un lugar misterioso y secreto. Nos pusimos a cenar y, al llegar a los postres, Saúl me tomó de la mano. No me había quitado la alianza y él me preguntó cuántos hijos tenía simulando acunar a un niño en sus brazos. ¿Y sabes qué hice? Os negué moviendo la cabeza. El vino empezaba a hacerme efecto y estaba un poco borracha. Estuve contemplándole en silencio. Luego, de repente, me puse a llorar. Las lágrimas fluyeron de mis ojos en tal abundancia que cayeron sobre la tarta que me estaba tomando. Y Saúl se puso a llorar conmigo. Los dos llorando sin saber por qué: viajeros que caminaran perdidos por el país de las lágrimas. Y eso fue lo que pasó. Al terminar la cena, regresamos al hotel, y Saúl me acompañó hasta mi cuarto. Si hubiera querido entrar conmigo le habría dejado, pero no lo hizo. Antes de irse, sólo me besó con suavidad en los labios. Qué pena las personas, pensé mientras cerraba la puerta.
Dormí de un tirón y, al día siguiente, me desperté extrañamente tranquila. Tras ducharme y hacer el equipaje, abandoné el hotel. Fui a casa de los tíos y me encontré con Chelo, que gritó de alegría al verme. Las gemelas estaban en el colegio y tú te habías ido a la joyería. No podía dejar de pensar en mi carta y en lo que te habría hecho sufrir. Papá ya estaba viajando a Madrid. El tío estaba al tanto de mi plan y le había llamado por la mañana, como habíamos convenido, para que fuera a buscarte. Se presentó poco después y, al verme, me abrazó con ternura. Yo me sentía como el hijo pródigo, pues todos me esperaban para perdonarme. Papá me dijo que aprenderíamos a superar nuestros problemas y que todo lo que habíamos sufrido tenía que servir para unirnos en vez de separarnos.
Fuimos a buscarte a la joyería. Estabas con el tío y entré temiendo que me rechazaras. Pero te refugiaste sin dudarlo en mi pecho. Ni siquiera habías leído la carta, que me entregaste sin abrir cuando regresamos a casa. En ese momento me alegré, pero luego me dio pena de que no lo hubieras hecho. Te hablaba en ella de mis deseos, y te contaba que yo también tenía derecho a mi propia vida aunque no supiera muy bien qué hacer con ella. Te hablaba de tu hermano y de ti, y naturalmente de tu padre. Te hablaba de nuestro fracaso y te pedía que me perdonaras, porque también la vida era eso: aprender a fracasar sin amargura.
Al día siguiente de mi fuga, cuando por fin regresamos a casa, fui a tu cuarto y me acosté contigo. Sólo tenías catorce años y estabas muy inquieto. Te dije que te tranquilizaras, que nunca me volvería a marchar. No tenía miedo por ti, a esa edad se tiene más fuerza de la que nunca vas a tener. Poco a poco te quedaste dormido. Mi consuelo era saber que todos buscamos el amor y yo lo había hecho de la única manera que sabía. Cerré los ojos y me puse a pensar en Saúl, en lo dulce que habría sido quedarme con él. Acompañarle a su país y aprender su lengua, dedicarme a traducir sus libros. Pero Saúl era un ángel, había venido a decirme que no me apartara de ti, que si lo hacía me arrepentiría siempre. Eso fue lo que me dijo: que el amor era tener las manos vacías.
Conservé aquella carta cerrada durante muchos años, pero finalmente un día la tiré a la caldera. Supe entonces que, más que vivir, pasamos por encima de nuestra vida, espigando alegrías y penas. Buscamos el amor sin encontrarlo, pero el amor está en todas partes y, gracias a él, todo vuelve, aunque de otra manera.
Recordé una canción: Días como perlas, redondos, unidos por un hilo de oro. Sí, todo volvía. Me pareció que podía sentirme afortunada. Los joyeros me seguían entregando sus tesoros, sacaba de quicio a los policías, hablaba lenguas desconocidas, reinaba en el corazón de los niños y los ángeles lloraban en mis brazos, ¿qué más podía pedir alguien como yo?