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TERCERA PARTE SIERVOS DE LA PASIÓN

21

Segundo domingo de julio de 1339

Iglesia de Santa María de la Mar

Barcelona

Habían transcurrido cuatro años desde que Gastó Segura se negó a conceder la mano de su hija a Arnau el bastaix. Al cabo de pocos meses, Aledis fue dada en matrimonio a un viejo maestro curtidor viudo que aceptó con lascivia la falta de dote de la muchacha. Hasta que la entregaron a su esposo, Aledis estuvo siempre acompañada de su madre.

Por su parte, Arnau se había convertido en un hombre de dieciocho años, alto, fuerte y apuesto. Durante esos cuatro años vivió por y para la cofradía, la iglesia de Santa María de la Mar y su hermano Joan -acarreaba mercaderías y piedras como el que más, cumplía con la caja de los bastaixos y participaba con devoción en los actos religiosos-, pero no estaba casado, y los prohombres veían con preocupación el estado de soltería de un joven como él: si caía en la tentación de la carne tendrían que expulsarlo, y qué fácil era que un muchacho de dieciocho años cometiese aquel pecado.

Sin embargo, Arnau no quería oír hablar de mujeres. Cuando el cura le dijo que Gastó no quería saber nada de él, Arnau recordó, mirando el mar, a las mujeres que habían pasado por su vida: ni siquiera había llegado a conocer a su madre; Guiamona lo acogió con cariño pero después se lo negó; Habiba desapareció con sangre y dolor -muchas noches todavía soñaba con el látigo de Grau restallando sobre su cuerpo desnudo-; Estranya lo trató como a un esclavo; Margarida se burló de él en el momento más humillante de su existencia, y Aledis, ¿qué decir de Aledis? Junto a ella había descubierto al hombre que llevaba dentro, pero luego lo había abandonado.

– Tengo que cuidar de mi hermano -les contestaba a los prohombres cada vez que salía a colación el problema-. Sabéis que está entregado a la Iglesia, dedicado a servir a Dios -añadía mientras ellos pensaban en sus palabras-, ¿qué mejor propósito que ése?

Entonces los prohombres callaban.

Así vivió Arnau esos cuatro años: tranquilo, pendiente de su trabajo, de la iglesia de Santa María y, sobre todo, de Joan.

Aquel segundo domingo de julio del año 1339 era una fecha trascendental para Barcelona. En enero de 1336 había fallecido en la ciudad condal el rey Alfonso el Benigno y tras la pascua de ese mismo año, fue coronado en Zaragoza su hijo Pedro, quien reinaba bajo el título de Pedro III de Cataluña, IV de Aragón y II de Valencia.

Durante casi cuatro años, desde 1336 hasta 1339, el nuevo monarca no visitó Barcelona, la ciudad condal, la capital de Cataluña, y tanto la nobleza como los comerciantes veían con preocupación aquella desidia por rendir homenaje a la más importante de las ciudades del reino. La animadversión del nuevo monarca hacia la nobleza catalana era bien conocida por todos: Pedro III era hijo de la primera mujer del fallecido Alfonso, Teresa de Entenza, condesa de Urgel y vizcondesa de Ager. Teresa falleció antes de que su marido fuera coronado rey y Alfonso contrajo segundas nupcias con Leonor de Castilla, mujer ambiciosa y cruel de la que había tenido dos hijos.

El rey Alfonso, conquistador de Cerdeña, era no obstante débil de carácter e influenciable, y la reina Leonor pronto consiguió para sus hijos importantes concesiones de tierras y títulos. Su siguiente propósito fue la implacable persecución de sus hijastros, los hijos de Teresa de Entenza, herederos del trono de su padre. Durante los ocho años de reinado de Alfonso el Benigno y a ciencia y paciencia de éste y de su corte catalana, Leonor se dedicó a atacar al infante Pedro, entonces un niño, y a su hermano Jaime, conde de Urgel. Tan sólo dos nobles catalanes, Ot de Monteada, padrino de Pedro, y Vidal de Vilanova, comendador de Montalbán, apoyaron la causa de los hijos de Teresa de Entenza y aconsejaron al rey Alfonso y a los propios infantes que escaparan a fin de no ser envenenados. Los infantes Pedro y Jaime así lo hicieron y se escondieron en las montañas de Jaca, en Aragón; después consiguieron el apoyo de la nobleza aragonesa y refugio en la ciudad de Zaragoza, bajo la protección del arzobispo Pedro de Luna.

Por eso la coronación de Pedro rompió con una tradición que se mantenía desde que se unieron el reino de Aragón y el principado de Cataluña. Si el cetro de Aragón se entregaba en Zaragoza, el principado de Cataluña, que correspondía al rey en su calidad de conde de Barcelona, debía ser entregado en tierras catalanas. Hasta la entronación de Pedro III, los monarcas juraban previamente en Barcelona para después ser coronados en Zaragoza. Porque si el rey recibía la corona por el simple hecho de ser el monarca de Aragón, como conde de Barcelona sólo recibía el principado si juraba lealtad a los fueros y constituciones de Cataluña y hasta entonces el juramento de los fueros se consideraba un trámite previo a cualquier entronación.

El conde de Barcelona, príncipe de Cataluña, era tan sólo un primus inter pares para la nobleza catalana y así lo demostraba el juramento de homenaje que recibía: «Nosotros, que somos tan buenos como vos, juramos a vuestra merced, que no es mejor que nosotros, aceptaros como rey y señor soberano, siempre que respetéis todas nuestras libertades y leyes; si no, no». De ahí que, cuando Pedro III iba a ser coronado rey, la nobleza catalana se dirigiera a Zaragoza para exigirle que primero jurase en Barcelona como habían hecho sus antepasados. El rey se negó y los catalanes abandonaron la coronación. Sin embargo, el rey tenía que recibir el juramento de fidelidad de los catalanes y, a despecho de las protestas de la nobleza y las autoridades de Barcelona, Pedro el Ceremonioso decidió hacerlo en la ciudad de Lérida, donde en junio de 1336, tras jurar los Usatges y fueros catalanes, recibió el homenaje.

Aquel segundo domingo de julio de 1339, el rey Pedro visitaba por primera vez Barcelona, la ciudad que había humillado. Tres eran los acontecimientos que llevaban al rey a Barcelona: el juramento que como vasallo de la corona de Aragón debía prestarle su cuñado Jaime III, rey de Mallorca, conde del Rosellón y de la Cerdaña y señor de Montpellier; el concilio general de los prelados de la provincia tarraconense -en la que a efectos eclesiásticos se hallaba incluida Barcelona- y el traslado de los restos de la mártir santa Eulàlia desde la iglesia de Santa María a la catedral.

Los dos primeros actos se llevaron a cabo sin la presencia del pueblo llano. Jaime III solicitó expresamente que su juramento de homenaje no se celebrara delante del pueblo, sino en un lugar más íntimo, en la capilla del palacio y ante la sola presencia de un escogido grupo de nobles.

El tercer acontecimiento, no obstante, se convirtió en un espectáculo público. Nobles, eclesiásticos y el pueblo entero se volcaron, unos para ver y otros para acompañar, los más privilegiados, a su rey y a la comitiva real, que tras oír misa en la catedral se dirigirían en procesión a Santa María para, desde allí, volver a la seo con los restos de la mártir.

Todo el recorrido, desde la catedral hasta Santa María de la Mar, estaba ocupado por el pueblo, que deseaba aclamar a su rey. Santa María ya había visto cubierto su ábside, se trabajaba en las nervaduras de la segunda bóveda y todavía quedaba una pequeña parte de la iglesia románica inicial.

Santa Eulàlia sufrió martirio en época romana, en el año 303. Sus restos reposaron primero en el cementerio romano y después en la iglesia de Santa María de las Arenas, que se construyó sobre la necrópolis una vez que el edicto del emperador Constantino permitió el culto cristiano. Con la invasión árabe, los responsables de la pequeña iglesia decidieron esconder las reliquias de la mártir. En el año 801, cuando el rey francés Luis el Piadoso liberó la ciudad, el entonces obispo de Barcelona, Frodoí, decidió buscar los restos de la santa. Desde que fueron hallados, descansaban en una arqueta en Santa María.

Pese a estar cubierta de andamios y rodeada de piedras y materiales de construcción, Santa María estaba esplendorosa para la ocasión. El archidiácono de la Mar, Bernat Rosell, junto a los miembros de la junta de obras, nobles, beneficiados y demás miembros del clero, ataviados todos con sus mejores galas, esperaban a la comitiva real. El colorido de las vestiduras era espectacular. El sol de la mañana de julio se colaba a raudales a través de las bóvedas y los ventanales inacabados, haciendo refulgir los dorados y metales que vestían los privilegiados que podían esperar al rey en su interior.

También el sol brilló sobre el bruñido puñal romo de Arnau, pues junto a aquellos importantes personajes estaban los humildes bastaixos. Unos, entre los que se encontraba Arnau, ante la capilla del sacramento, su capilla; y otros, como guardianes del portal mayor, junto al portal de acceso al templo, todavía el de la vieja iglesia románica.

Los bastaixos, aquellos antiguos esclavos o macips de ribera, gozaban de innumerables privilegios por lo que hacía a Santa María de la Mar, y Arnau los había disfrutado durante los últimos cuatro años. Además de corresponderles la capilla más importante del templo y de ser los guardianes del portal mayor, las misas de sus festividades se celebraban en el altar mayor, el prohombre de más importancia de la cofradía guardaba la llave del sepulcro del Altísimo, en las procesiones del Corpus eran los encargados de portar a la Virgen y, a menor altura que a ésta, a Santa Tecla, Santa Caterina y Sant Macià, y cuando un bastaix se hallaba a las puertas de la muerte, el Sagrado Viático salía de Santa María, fuese la hora que fuese, solemnemente, por la puerta principal bajo palio.

Aquella mañana, Arnau superó junto con sus compañeros las barreras de los soldados del rey que controlaban el trayecto de la comitiva; se sabía envidiado por los numerosísimos ciudadanos que se amontonaban para ver al rey. Él, un humilde trabajador portuario, había accedido a Santa María junto a los nobles y ricos mercaderes, como uno más. Al cruzar la iglesia para llegar a la capilla del Santísimo, se topó de frente con Grau Puig, Isabel y sus tres primos, todos con vestiduras de seda, engalanados de oro, altivos. Arnau titubeó. Los cinco lo miraban. Bajó la vista al pasar junto a ellos.

– Arnau -oyó que lo llamaban justo cuando dejaba atrás a Margarida. ¿No habían tenido suficiente con arruinar la vida de su padre? ¿Serían capaces de humillarlo una vez más, ahora, junto a sus cofrades, en su iglesia?-. Arnau -volvió a oír.

Levantó la mirada y se encontró con Berenguer de Montagut; los cinco Puig estaban a menos de un paso de él.

– Excelencia -dijo el maestro dirigiéndose al archidiácono de la Mar -, os presento a Arnau… -«Estanyol», balbuceó Arnau-. Es el bastaix del que tanto os he hablado. Sólo era un niño, pero ya cargaba piedras para la Virgen.

El prelado asintió con la cabeza y ofreció su anillo a Arnau, que se inclinó para besarlo. Berenguer de Montagut le palmeó la espalda. Arnau vio cómo Grau y su familia se inclinaban ante el prelado y el maestro, pero éstos hicieron caso omiso de ellos y continuaron su camino hasta otros nobles. Arnau se irguió y, con paso firme y la vista en el deambulatorio, se alejó de los Puig y se dirigió a la capilla del Santísimo, donde se apostó junto a los demás cofrades.

El griterío de la muchedumbre anunció la llegada del rey y su comitiva. El rey Pedro III; el rey Jaime de Mallorca; la reina María, esposa de Pedro; la reina Elisenda, viuda del rey Jaime, abuelo de Pedro; los infantes Pedro, Ramón Berenguer y Jaime, los dos primeros tíos y hermano del rey el último; la reina de Mallorca, también hermana del rey Pedro; el cardenal Rodés, legado papal; el arzobispo de Tarragona; obispos; prelados; nobles y caballeros se dirigían en procesión a Santa María por la calle de la Mar. Jamás se había visto en Barcelona mayor despliegue de personalidades, de lujo y de vistosidad.

Pedro III el Ceremonioso quería impresionar al pueblo al que había tenido abandonado durante más de tres años, y lo consiguió.

Los dos reyes, el cardenal y el arzobispo andaban bajo palio, portado por diversos obispos y nobles. En el provisional altar mayor de Santa María, recibieron de la mano del archidiácono de la mar la arqueta con los restos de la mártir, bajo la atenta mirada de los presentes y el contenido nerviosismo de Arnau. El propio rey transportó la arqueta con los restos desde Santa María hasta la catedral. Salió bajo palio y volvió a la seo, donde se inhumaron en la capilla especialmente construida para ello bajo el altar mayor.

22

Después del entierro de los restos de santa Eulàlia, el rey celebró un banquete en su palacio. En la mesa real, junto a Pedro, se acomodaron el cardenal, los reyes de Mallorca, la reina de Aragón y la reina madre, los infantes de la casa real y varios prelados, hasta un total de veinticinco personas; en otras mesas, los nobles y, por primera vez en la historia de los banquetes reales, gran cantidad de caballeros. Pero no sólo el rey y sus favoritos celebraron el acontecimiento: toda Barcelona fue una fiesta durante ocho días.

A primera hora de la mañana, Arnau y Joan acudían a misa y a las solemnes procesiones que recorrían la ciudad al son del repique de campanas. Después, como todos, se perdían en las calles de la ciudad y disfrutaban de las justas y torneos en el Born, donde los nobles y caballeros demostraban sus habilidades guerreras, a pie, armados con sus grandes espadas, o a caballo, lanzándose uno contra otro a galope tendido con las lanzas apuntando al oponente. Los dos muchachos se quedaban embelesados contemplando los simulacros de combates navales. «Fuera del mar parecen mucho más grandes», le comentó Arnau a Joan señalándole los leños y las galeras que, montadas sobre carros, recorrían la ciudad y desde las que los marineros simulaban abordajes y peleas. Joan censuraba a Arnau con la mirada cuando éste apostaba algunos dineros a las cartas o a los dados, pero no tuvo inconveniente en compartir con él, sonriente, los juegos de bolos, el bòlit o la escampella, en los que el joven estudiante demostró una habilidad inusitada al bolear los palos en el primero o golpear las monedas en el segundo.

Pero lo que más le gustaba a Joan era escuchar, de boca de los muchos trovadores que habían acudido a la ciudad, las grandes gestas guerreras de los catalanes. «Ésas son las Crónicas de Jaime I», le comentó a Arnau en una ocasión, tras escuchar la historia de la conquista de Valencia. «Esa, la Crónica de Bernat Desclot», le explicó en otra, cuando el trovador puso fin a las historias guerreras del rey Pedro el Grande en su conquista de Sicilia o en la cruzada francesa contra Cataluña.

– Hoy tenemos que ir al Pla d'en Llull -le dijo Joan al terminar la procesión del día.

– ¿Por qué?

– Me he enterado de que allí hay un trovador valenciano que conoce la Crónica de Ramon Muntaner. -Arnau lo interrogó con la mirada-. Ramon Muntaner es un afamado cronista ampurda-nés que fue caudillo de los almogávares en su conquista de los ducados de Atenas y Neopatria. Hace siete años que escribió la Crónica de esas guerras y seguro que es interesante…; por lo menos será cierta.

El Pla d'en Llull, un espacio abierto entre Santa María y el convento de Santa Clara, estaba lleno a rebosar. La gente se había sentado en el suelo y charlaba sin apartar la vista del lugar en el que debía aparecer el trovador valenciano; su fama era tal que hasta algunos nobles habían acudido a escucharlo, acompañados por esclavos cargados con sillas para toda la familia. «No están», le dijo Joan a Arnau al observar cómo su hermano buscaba con recelo entre los nobles. Arnau le había contado el encuentro con los Puig en Santa María. Consiguieron un buen sitio junto a un grupo de bastaixos que llevaba algún tiempo esperando a que empezase el espectáculo. Arnau se sentó en el suelo, no sin antes volver a mirar a las familias de los nobles, que destacaban por encima del pueblo llano.

– Deberías aprender a perdonar -le susurró Joan. Arnau se limitó a contestarle con una dura mirada-. El buen cristiano…

– Joan -lo interrumpió Arnau-, nunca. Nunca olvidaré lo que esa arpía le hizo a mi padre.

En ese momento apareció el trovador y la gente estalló en aplausos. Martí de Xàtiva, un hombre alto y delgado que se movía con agilidad y elegancia, pidió silencio con las manos.

– Os voy a contar la historia de cómo y por qué seis mil catalanes conquistaron el Oriente y vencieron a los turcos, a los bizantinos, a los alanos y a cuantos pueblos guerreros trataron de enfrentarse a ellos.

Los aplausos volvieron a escucharse en el Pla d'en Llull; Arnau y Joan se sumaron a ellos.

– Os contaré, asimismo, cómo el emperador de Bizancio asesinó a nuestro almirante Roger de Flor y a numerosos catalanes a los que había invitado a una fiesta… -Alguien gritó: «¡Traidor!», logrando que el público prorrumpiese en insultos-. Os contaré, finalmente, cómo los catalanes se vengaron de la muerte de su caudillo y arrasaron el Oriente sembrando la muerte y la destrucción. Ésta es la historia de la compañía de los almogávares catalanes, que en el año 1305 embarcaron al mando del almirante Roger de Flor…

El valenciano sabía cómo captar la atención de su público. Gesticulaba, actuaba y se acompañaba de dos ayudantes que, tras él, representaban las escenas que narraba. También obligaba a actuar al público.

– Ahora volveré a hablar del César -dijo al empezar el capítulo de la muerte de Roger de Flor-, quien acompañado de trescientos hombres a caballo y mil de a pie acudió a Andrinópolis invitado por por Miqueli, hijo del emperador, a una fiesta en su honor. -Entonces el trovador se dirigió a uno de los nobles mejor vestidos y le pidió que saliera al escenario para representar el papel de Roger de Flor. «Si comprometes al público -le había explicado su maestro-, sobre todo si son nobles, te pagarán más dineros.» Frente a la gente, Roger de Flor fue adulado por los ayudantes durante los seis días que duró su estancia en Andrinópolis, y al séptimo, xor Miqueli hizo llamar a Girgan, jefe de los alanos, y a Melic, jefe de los turcópolos, con ocho mil hombres a caballo.

El valenciano se movió inquieto por el escenario. La gente empezó a gritar de nuevo, algunos se levantaron y sólo sus acompañantes les impidieron acudir a defender a Roger de Flor. El propio trovador asesinó a Roger de Flor y el noble se dejó caer al suelo. La gente empezó a clamar venganza por la traición al almirante catalán. Joan aprovechó para observar a Arnau, que, quieto, tenía la mirada fija en el noble caído. Los ocho mil alanos y turcópolos asesinaron a los mil trescientos catalanes que habían acompañado a Roger de Flor. Los ayudantes se mataron repetidamente entre sí.

– Sólo se libraron tres -continuó el trovador levantando la voz-. Ramon de Arquer, caballero de Castelló d'Empúries, Ramon de Tous…

La historia prosiguió con la venganza de los catalanes y la destrucción de la Tracia, de Calcidia, de Macedònia y de Tesalia. Los ciudadanos de Barcelona se felicitaban cada vez que el trovador mencionaba alguno de aquellos lugares. «¡Que la venganza de los catalanes te aflija!», gritaban una y otra vez. Todos habían participado de las conquistas de los almogávares cuando éstos llegaron al ducado de Atenas. También allí vencieron tras dar muerte a más de veinte mil hombres y nombrar capitán a Roger des Laur, cantó el trovador, y le dieron por mujer a la que fue del señor de la Sola, junto al castillo de la Sola. El valenciano buscó a otro noble, lo invitó al escenario y le concedió una mujer, la primera que encontró entre el público, a la que acompañó hasta el nuevo capitán.

– Y así -dijo el trovador con el noble y la mujer cogidos de la mano-, se repartieron la ciudad de Tebas y todas las villas y los castillos del ducado, y dieron a todas las mujeres por esposas a los de la compañía de almogávares, a cada uno según cuan buen hombre fuera.

Mientras el trovador cantaba la Crónica de Muntaner, sus ayudantes elegían hombres y mujeres del público y los colocaban en dos filas enfrentadas. Muchos querían ser seleccionados: estaban en el ducado de Atenas, ellos eran los catalanes que habían vengado la muerte de Roger de Flor. El grupo de bastaixos llamó la atención de los ayudantes. El único soltero era Arnau y sus compañeros lo levantaron y lo señalaron como candidato a disfrutar de la fiesta. Los ayudantes lo eligieron para alegría de sus compañeros, que rompieron a aplaudir. Arnau salió al escenario. Cuando el joven se colocó en la fila de los almogávares, una mujer se levantó de entre el público clavando sus inmensos ojos castaños en el joven bastaix. Los ayudantes la vieron. Nadie podía dejar de verla, bella y joven como era y exigiendo altivamente que la eligieran. Cuando los ayudantes se dirigieron a ella, un anciano malhumorado la agarró del brazo e intentó sentarla de nuevo, lo que despertó la risa entre la gente. La muchacha aguantó los tirones del viejo. Los ayudantes miraron al trovador y éste los azuzó con un gesto; no te preocupe humillar a alguien, le habían enseñado, si con ello te ganas a la mayoría, y la mayoría se reía del anciano, que, ya en pie, luchaba con la joven.

– Es mi esposa -le recriminó a uno de los ayudantes mientras forcejeaba con él.

– Los vencidos no tienen esposas -contestó el trovador desde lejos-.Todas las mujeres del ducado de Atenas son para los catalanes.

El anciano titubeó, momento que los ayudantes aprovecharon para arrebatarle a la muchacha y colocarla en la fila de las mujeres entre los vítores de la gente.

Mientras el trovador seguía con su representación, entregaba las atenienses a los almogávares y levantaba gritos de alegría con cada nuevo matrimonio, Arnau y Aledis se miraban a los ojos. «¿Cuánto tiempo ha transcurrido, Arnau? -le preguntaron aquellos ojos castaños-. ¿Cuatro años?» Arnau miró a los bastaixos, que le sonreían y animaban; evitó, sin embargo, enfrentarse a Joan. «Mírame, Arnau.» Aledis no había abierto la boca pero su exigencia llegó a él clamorosamente. Arnau se perdió en los ojos de ella. El valenciano tomó la mano de la muchacha y la hizo atravesar el espacio que separaba las filas. Levantó la mano de Arnau y apoyó la de Aledis sobre la del bastaix.

Un nuevo clamor se elevó. Todas las parejas estaban en fila, encabezadas por Arnau y Aledis y encaradas hacia el público. La joven sintió que todo su cuerpo temblaba y apretó suavemente la mano de Arnau mientras el bastaix observaba de reojo al anciano, que, de pie entre la gente, lo atravesaba con la mirada.

– Así ordenaron su vida los almogávares -siguió cantando el trovador señalando a las parejas-. Se establecieron en el ducado de Atenas y allí, en el lejano Oriente, siguen viviendo para grandeza de Cataluña.

El Pla d'en Llull se levantó en aplausos. Aledis llamó la atención de Arnau apretándole la mano. Ambos se miraron. «Tómame, Arnau», le rogaron los ojos castaños. De repente, Arnau notó la mano vacía. Aledis había desaparecido; el viejo la había agarrado por el cabello y tiraba de ella, entre las chanzas del público, en dirección a Santa María.

– Unas monedas, señor -le pidió el trovador acercándosele.

El viejo escupió y siguió tirando de Aledis.

– ¡Ramera! ¿Por qué lo has hecho?

El viejo maestro curtidor aún tenía fuerza en los brazos, pero Aledis no sintió la bofetada.

– No…, no lo sé. La gente, los gritos; de repente me he sentido en el Oriente… ¿Cómo iba a dejar que lo entregasen a otra?

– ¿En el Oriente? ¡Puta!

El curtidor agarró una tira de cuero y Aledis olvidó a Arnau.

– Por favor, Pau. Por favor. No sé por qué lo he hecho. Te lo juro. Perdóname. Te lo ruego, perdóname. -Aledis se hincó de rodillas frente a su marido y bajó la cabeza. La tira de cuero tembló en la mano del anciano.

– Permanecerás en esta casa, sin salir de ella hasta que yo te lo diga -cedió el hombre.

Aledis no dijo nada más ni se movió hasta que escuchó el ruido de la puerta que daba a la calle.

Hacía cuatro años que su padre la había entregado en matrimonio. Sin dote alguna, aquél fue el mejor partido que Gastó pudo conseguir para su hija: un viejo maestro curtidor, viudo y sin hijos. «Algún día heredarás», le dijo por toda explicación. No añadió que entonces él, Gastó Segura, ocuparía el lugar del maestro y se haría con el negocio, pero en su opinión las hijas no necesitaban conocer aquellos detalles.

El día de la boda, el viejo no esperó a que terminase la fiesta para llevar a su joven esposa al dormitorio. Aledis se dejó desnudar por unas manos temblorosas y se dejó besar los pechos por una boca que babeaba La primera vez que el anciano la tocó, la piel de Aledis se encogió al contacto de aquellas manos callosas y ásperas. Después, Pau la llevó a la cama y se tumbó sobre ella todavía vestido, babeando, temblando, jadeando. El viejo la sobó y mordisqueó sus pechos. Le pellizcó la entrepierna. Después, sobre ella, aún vestido, empezó a jadear más rápido y a moverse hasta que un suspiro lo llevó a la quietud y al sueño.

A la mañana siguiente, Aledis perdió su virginidad bajo la liviandad de un cuerpo frágil y debilitado que la acometía con torpeza. Se preguntó si llegaría a sentir algo que no fuera asco.

Aledis observaba a los jóvenes aprendices de su marido cada vez que por una u otra razón tenía que bajar al taller. ¿Por qué no la miraban? Ella sí los veía. Sus ojos seguían los músculos de aquellos muchachos y se recreaban en las perlas de sudor que les nacían en la frente, les recorrían el rostro, les caían por el cuello y se alojaban en sus torsos, fuertes y poderosos. El deseo de Aledis bailaba al son de la danza que marcaba el constante movimiento de sus brazos mientras curtían la piel, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… Pero las órdenes de su marido habían sido claras: «Diez azotes para quien mire a mi mujer por primera vez, veinte la segunda, el hambre la tercera».Y Aledis seguía, noche tras noche, preguntándose dónde estaba el placer del que le habían hablado, aquel que reclamaba su juventud, aquel que jamás podría proporcionarle el decrépito marido al que la habían entregado. Unas noches el viejo maestro la arañaba con sus manos rasposas, otras la obligaba a masturbarle y otras, apremiándola para que estuviera dispuesta antes de que la debilidad se lo impidiera, la penetraba. Después siempre caía dormido. Una de esas noches, Aledis se levantó en silencio, procurando no despertarlo, pero el viejo ni siquiera cambió de postura.

Bajó al taller. Las mesas de trabajo, recortadas en la penumbra, la atrajeron y se paseó entre ellas deslizando los dedos de una mano por los tableros pulidos. ¿No me deseáis? ¿No os gusto? Aledis estaba soñando con los aprendices, pasando entre sus mesas, acariciándose los pechos y las caderas, cuando un tenue resplandor en la pared de una esquina del taller llamó su atención. Un pequeño nudo de uno de los tablones que separaban el taller del dormitorio de los aprendices había caído. Aledis miró por él. La muchacha se separó del agujero. Temblaba.Volvió a arrimar el ojo al agujero. ¡Estaban desnudos! Por un momento temió que su respiración pudiera delatarla. ¡Uno de ellos se estaba tocando tumbado en el jergón!

– ¿En quién piensas? -preguntó el más cercano a la pared en la que se encontraba Aledis-. ¿En la mujer del maestro?

El otro no le contestó y siguió friccionando su pene una y otra vez, una y otra vez… Aledis sudaba. Sin darse cuenta deslizó una mano hasta su entrepierna y, mirando al muchacho que pensaba en ella, aprendió a proporcionarse placer. Estalló antes incluso que el joven aprendiz y se dejó caer al suelo, la espalda apoyada en la pared.

A la mañana siguiente, Aledis pasó por delante de la mesa del aprendiz emanando deseo. Inconscientemente, Aledis se quedó parada delante de la mesa. Al final, el joven levantó la mirada un instante. Ella supo que el chico se había tocado pensando en ella y sonrió.

Por la tarde, Aledis fue llamada al taller. El maestro la esperaba detrás del aprendiz.

– Querida -le dijo cuando llegó a su altura-, ya sabes que no me gusta que nadie distraiga a mis aprendices.

Aledis miró la espalda del muchacho. Diez finas líneas de sangre la cruzaban. No contestó. Esa noche no bajó al taller, tampoco la siguiente ni la otra, pero después sí lo hizo, noche tras noche, para acariciarse el cuerpo con las manos de Arnau. Estaba solo. Se lo habían dicho sus ojos. ¡Tenía que ser suyo!

23

Barcelona todavía estaba de fiesta.

Era una casa humilde, como todas las de los bastaixos por más que aquélla fuera la de Bartolomé, uno de los prohombres de la cofradía. Como la mayoría de las viviendas de los bastaixos, estaba engastada en las estrechas callejuelas que llevaban desde Santa María, el Born o el Pla d'en Llull a la playa. La planta baja, donde se encontraba el hogar, era de ladrillo de adobe, y la planta superior, construida posteriormente, de madera. Arnau no dejaba de tragar saliva ante la comida que preparaba la mujer de Bartolomé: pan blanco de trigo candeal; carne de ternera con verduras, fritas con tocino delante de los comensales en una gran paella sobre el hogar ¡y especiada con pimienta, canela y azafrán!; vino mezclado con miel; quesos y tortas dulces.

– ¿Qué celebramos? -preguntó sentado a la mesa, con Joan enfrente de él, Bartolomé a su izquierda y el padre Albert a la derecha.

– Ya te enterarás -le contestó el cura. Arnau se volvió hacia Joan, pero éste se limitó a callar. -Ya te enterarás -insistió Bartolomé-; ahora come. Arnau se encogió de hombros mientras la hija mayor de Bartolomé le acercaba una escudilla llena de carne y media hogaza de pan.

– Mi hija Maria -le dijo Bartolomé.

Arnau movió la cabeza, con la atención fija en la escudilla.

Cuando los cuatro hombres estuvieron servidos y el sacerdote hubo bendecido la mesa, empezaron a dar cuenta de la comida, en silencio. La mujer de Bartolomé, su hija y cuatro chiquillos más lo hicieron en el suelo, repartidos por la estancia, pero sólo comían la consabida olla.

Arnau paladeó la carne con verduras. ¡Qué sabores tan extraños! Pimienta, canela y azafrán; eso era lo que comían los nobles y ricos mercaderes. «Cuando los barqueros descargamos alguna de estas especias -le habían explicado un día en la playa- rezamos. Si se nos cayesen al agua o se estropeasen no tendríamos dinero para pagar su valor; cárcel segura.» Arrancó un pedazo de pan y se lo llevó a la boca; después cogió el vaso de vino con miel… Pero ¿por qué lo miraban? Los tres lo estaban observando, estaba seguro, aunque intentaban disimularlo. Vio que Joan no levantaba la vista de la comida. Arnau volvió a concentrarse en la carne; una, dos, tres cucharadas y de golpe alzó la mirada: Joan y el padre Albert gesticulaban.

– Bien, ¿qué ocurre? -Arnau dejó la cuchara sobre la mesa.

Bartolomé torció el gesto. «¿Qué le vamos a hacer?», pareció decir a los demás.

– Tu hermano ha decidido tomar los hábitos y entrar en la orden de los franciscanos -dijo entonces el padre Albert.

– O sea que era eso. -Arnau cogió el vaso de vino y volviéndose hacia Joan lo levantó con una sonrisa en la boca-. ¡Felicidades!

Pero Joan no brindó con él. Tampoco lo hicieron Bartolomé y el cura. Arnau se quedó con el vaso en alto. ¿Qué sucedía? Salvo los cuatro pequeños, que ajenos a todo seguían comiendo, los demás estaban pendientes de él.

Arnau dejó el vaso sobre la mesa.

– ¿Y? -preguntó directamente a su hermano.

– Que no puedo hacerlo. -Arnau torció el gesto-. No quiero dejarte solo. Únicamente tomaré los hábitos cuando vea que estás junto a… una buena mujer, la futura madre de tus hijos.

Joan acompañó sus palabras con una furtiva mirada hacia la hija de Bartolomé, que escondió el rostro.

Arnau suspiró.

– Debes casarte y formar una familia -intervino entonces el padre Albert.

– No puedes quedarte solo -le repitió Joan. -Me sentiría muy honrado si aceptases a mi hija Maria como esposa -intervino Bartolomé mirando a la joven, que buscaba el amparo de su madre-. Eres un hombre bueno y trabajador, sano y devoto.Te ofrezco una buena mujer a la que dotaría lo suficiente para que pudieseis optar a una vivienda propia; además, ya sabes que la cofradía da más dinero a los miembros casados.

Arnau no se atrevió a seguir la mirada de Bartolomé.

– Hemos buscado mucho y creemos que Maria es la persona indicada para ti -añadió el cura. Arnau miró al sacerdote.

– Todo buen cristiano debe casarse y traer hijos al mundo- le indicó Joan.

Arnau volvió el rostro hacia su hermano, pero aún no había acabado éste de hablar cuando una voz a su izquierda reclamó su atención.

– No lo pienses más, hijo -le aconsejó Bartolomé.

– No tomaré los hábitos si no te casas -reiteró Joan.

– Nos harías muy feliz a todos si te convirtieras en un hombre casado -dijo el cura.

– La cofradía no vería con buenos ojos que te negaras a contraer matrimonio y que a causa de ello tu hermano no siguiese el camino de la Iglesia.

Nadie dijo nada más. Arnau frunció los labios. ¡La cofradía! Ya no tenía excusa.

– ¿Y bien, hermano? -le preguntó Joan.

Arnau se volvió hacia Joan y se encontró por primera vez con una persona distinta de la que conocía: un hombre que lo interrogaba con seriedad. ¿Cómo no se había dado cuenta? Se había quedado anclado en su sonrisa, en el chiquillo que le había mostrado la ciudad, aquel al que le colgaban las piernas de un cajón mientras el brazo de su madre le acariciaba el cabello. ¡Qué poco habían hablado durante los últimos cuatro años! Siempre trabajando, descargando barcos, volviendo a casa al anochecer, destrozado, sin ganas de hablar, con el deber cumplido. Ciertamente, ya no era el pequeño Joanet.

– ¿De verdad dejarías de tomar los hábitos por mí?

De repente estaban los dos solos.

– Sí.

Solos, Joan y él.

– Hemos trabajado mucho por eso.

– Sí.

Arnau se llevó la mano al mentón y pensó durante unos instantes. La cofradía. Bartolomé era uno de sus prohombres, ¿qué dirían sus compañeros? No podía fallarle a Joan, no después de tanto esfuerzo. Y además, si Joan se iba, ¿qué haría él? Se volvió hacia Maria.

Bartolomé la llamó con un gesto y la muchacha se acercó tímidamente.

Arnau vio a una joven sencilla, con el cabello rizado y expresión bondadosa.

– Tiene quince años -oyó que le decía Bartolomé cuando María se paró junto a la mesa. Observada por los cuatro, juntó las manos en el regazo y bajó la vista al suelo-. ¡Maria! -la llamó su padre.

La muchacha alzó el rostro hacia Arnau, sonrojada, apretando las manos.

En esta ocasión fue Arnau el que desvió la vista. Bartolomé se intranquilizó al ver cómo éste apartaba la mirada. La joven suspiró. ¿Lloraba? Él no había querido ofenderla.

– De acuerdo -afirmó.

Joan alzó su vaso, al que rápidamente se sumaron los de Bartolomé y el cura. Arnau cogió el suyo.

– Me haces muy feliz -le dijo Joan.

– ¡Por los novios! -exclamó Bartolomé.

¡Ciento sesenta días al año! Por prescripción de la Iglesia, los cristianos tenían que guardar abstinencia ciento sesenta días al año, y todos y cada uno de esos días Aledis, como todas las mujeres de Barcelona, bajaba hasta la playa, junto a Santa María, para comprar pescado en alguna de las dos pescaderías de la ciudad condal: la vieja o la nueva.

¿Dónde estás? En cuanto veía algún barco, Aledis miraba hacia la orilla, donde los barqueros recogían o descargaban las mercaderías. ¿Dónde estás, Arnau? Algún día lo había visto, con los músculos en tensión, como si quisieran romper la piel que los cubría. ¡Dios! Entonces Aledis se estremecía y empezaba a contar las horas que restaban para el anochecer, cuando su esposo se dormiría y ella bajaría al taller para estar con él, fresco su recuerdo. A fuerza de abstinencias, Aledis llegó a conocer la rutina de los bas-taixos: cuando no descargaban algún barco transportaban piedras a Santa María y, tras el primer viaje, la fila de bastaixos se rompía y cada cual hacía el camino por su cuenta, sin esperar a los demás. Aquella mañana Arnau volvía a por otra piedra. Solo. Era verano y andaba balanceando la capçana en una mano. ¡Con el torso desnudo! Aledis lo vio pasar por delante de la pescadería. El sol se reflejaba en el sudor que cubría todo su cuerpo, y sonreía, sonreía a quienquiera que se cruzase con él. Aledis se separó de la cola. ¡Arnau! El grito pugnaba por escapársele de los labios. ¡Arnau! No podía. Las mujeres de la cola la miraban. La vieja que esperaba turno detrás de ella señaló el espacio que quedaba entre Aledis y la mujer de delante; Aledis le indicó que pasara. ¿Cómo distraer la atención de todas aquellas curiosas? Simuló una arcada. Alguien se adelantó para ayudarla, pero Aledis la rechazó; entonces sonrieron. Otra arcada y salió corriendo mientras algunas embarazadas gesticulaban entre ellas.

Arnau iba a Montjuïc, a la cantera real, por la playa. ¿Cómo podía alcanzarlo? Aledis corrió por la calle de la Mar hasta la plaza del Blat y desde allí, girando a la izquierda por debajo del antiguo portal de la muralla romana, junto al palacio del veguer, todo recto hasta la calle de la Boquería y el portal del mismo nombre. Tenía que alcanzarlo. La gente la miraba; ¿la reconocería alguien? ¡Qué más daba! Arnau iba solo. La muchacha cruzó el portal de la Boquería y voló por el camino que llevaba hasta Montjuïc. Tenía que estar por allí…

– ¡Arnau! -Esta vez sí gritó.

Arnau se paró a mitad de subida de la cantera y se volvió hacia la mujer que corría hacia él.

– ¡Aledis! ¿Qué haces aquí?

Aledis tomó aire. ¿Qué decirle ahora?

– ¿Pasa algo, Aledis?

¿Qué decirle?

Se dobló por la cintura, agarrándose el estómago, y simuló otra arcada. ¿Por qué no? Arnau se acercó a ella y la cogió por los brazos. El simple contacto hizo temblar a la muchacha.

– ¿Qué te pasa?

¡Qué manos! La cogían con fuerza, abarcando todo su antebrazo. Aledis alzó el rostro, se encontró con el pecho de Arnau, todavía sudoroso, y aspiró su aroma.

– ¿Qué te pasa? -repitió Arnau intentando que se irguiese.

Aledis aprovechó el momento y se abrazó a él.

– ¡Dios! -susurró.

Escondió la cabeza en su cuello y empezó a besarle y a lamerle el sudor.

– ¿Qué haces?

Arnau intentó apartarla pero la muchacha se aferraba a él.

Unas voces que surgían de un recodo del camino sobresaltaron a Arnau. ¡Los bastaixosl ¿Cómo podría explicar…? Quizá el mismo Bartolomé. Si lo encontraban allí, con Aledis abrazada a él, besándolo… ¡Lo expulsarían de la cofradía! Arnau levantó a Aledis por la cintura y salió del camino para esconderse tras unos matorrales; allí le tapó la boca con la mano.

Las voces se acercaron y pasaron de largo, pero Arnau no les prestó atención. Estaba sentado en el suelo, con Aledis sobre él; la agarraba de la cintura con una mano y con la otra le tapaba la boca. La muchacha lo miraba. ¡Aquellos ojos castaños! De repente Arnau se dio cuenta de que la tenía abrazada. Su mano apretaba el estómago de Aledis, y sus pechos…, sus pechos jadeaban contra él, moviéndose convulsos. ¿Cuántas noches había soñado con abrazarla? ¿Cuántas noches había fantaseado con su cuerpo? Aledis no forcejeaba; se limitaba a mirarlo, traspasándolo con sus grandes ojos castaños.

Le destapó la boca.

– Te necesito -oyó que le susurraban sus labios. Después, aquellos labios se acercaron a los suyos y lo dulces, suaves, anhelantes.

¡Su sabor! Arnau se estremeció.

Aledis temblaba.

Su sabor, su cuerpo…, su deseo.

Ninguno de los dos pronunció más palabras.

Aquella noche, Aledis no bajó a espiar a los aprendices.

24

Hacía algo más de dos meses que Maria y Arnau habían contraído matrimonio en Santa María de la Mar, en una celebración oficiada por el padre Albert y en presencia de todos los miembros de la cofradía, de Pere y Mariona, y de Joan, ya tonsurado y vestido con el hábito de los franciscanos. Con la garantía del aumento de salario que correspondía a los cofrades casados, escogieron una casa frente a la playa y la amueblaron con la ayuda de la familia de Maria y de todos cuantos quisieron colaborar con la joven pareja, que fueron muchos. Él no tuvo que hacer nada. La casa, los muebles, las escudillas, la ropa, la comida, todo apareció de la mano de Maria y su madre, que insistían en que él descansara. La primera noche, Maria se entregó a su marido, sin voluptuosidad pero sin reparos. A la mañana siguiente, cuando Arnau despertó, al alba, el desayuno estaba preparado: huevos, leche, salazón, pan. Al mediodía se repitió la escena, y por la noche, y al día siguiente, y al siguiente; Maria siempre tenía dispuesta la comida para Arnau. Lo descalzaba. Lo lavaba y le curaba con delicadeza las llagas y las heridas. Maria siempre estaba dispuesta en el lecho. Día tras día, Arnau encontraba cuanto podía desear un hombre: comida, limpieza, obediencia, atención y el cuerpo de una mujer joven y bonita. Sí, Arnau. No, Arnau. Maria nunca discutía con Arnau. Si él quería una vela, Maria dejaba cuanto estuviese haciendo para dársela. Si Arnau renegaba ella se precipitaba sobre él. Cuando él respiraba Maria corría a traerle el aire.

Diluviaba. Oscureció repentinamente y la tormenta provocaba unos fogonazos que atravesaban con violencia las nubes negras e iluminaban el mar. Arnau y Bartolomé, empapados, se encontraron en la playa. Todos los barcos habían abandonado el peligroso puerto de Barcelona para buscar refugio en Salou. La cantera real estaba cerrada. Aquel día los bastaixos no tenían trabajo.

– ¿Cómo te va, hijo? -le preguntó Bartolomé a su yerno.

– Bien. Muy bien…, pero…

– ¿Hay algún problema?

– Es sólo que… No estoy acostumbrado a que me traten tan bien como lo hace Maria.

– Para eso la hemos educado -adujo Bartolomé con satisfacción.

– Es demasiado…

– Ya te dije que no te arrepentirías de casarte con ella. -Bartolomé miró a Arnau-.Ya te acostumbrarás. Disfruta de tu mujer.

En ésas estaban cuando llegaron a la calle de las Dames, un pequeño callejón que desembocaba en la misma playa. En él, más de una veintena de mujeres, jóvenes y ancianas, guapas y feas, sanas y enfermas, todas pobres, paseaban bajo la lluvia.

– ¿Las ves? -intervino Bartolomé señalando a las mujeres-. ¿Sabes qué esperan? -Arnau negó con la cabeza-. En días de temporal como hoy, cuando los pilotos solteros de los pesqueros han agotado todos sus recursos marineros, cuando se han encomendado a todos los santos y vírgenes y sin embargo no han logrado capear el temporal, sólo les queda un recurso. Las tripulaciones lo saben y se lo exigen. Llegado ese momento, el piloto jura ante Dios en voz alta y en presencia de su tripulación, que si logra hacer arribar sanos y salvos a puerto a su pesquero y a sus hombres contraerá matrimonio con la primera mujer que vea nada más pisar tierra. ¿Entiendes, Arnau? -Arnau se fijó de nuevo en la veintena de mujeres que se movían inquietas calle arriba, calle abajo, mirando el horizonte-. Las mujeres han nacido para eso, para contraer matrimonio, para servir al hombre. Así hemos educado a Maria y así te la entregué.

Los días transcurrían y Maria seguía volcada en Arnau, pero él sólo pensaba en Aledis.

– Esas piedras te destrozarán la espalda -comentó Maria mientras daba un masaje, ayudada con un ungüento, en la herida que Arnau mostraba a la altura del omóplato.

Arnau no contestó.

– Esta noche te revisaré la capçana. No puede ser que las piedras te hagan cortes como éstos.

Arnau no contestó. Había llegado a casa cuando ya había anochecido. Maria lo descalzó, le sirvió un vaso de vino y lo obligó a sentarse para darle un masaje en la espalda, como durante toda su infancia había visto hacer a su madre con su padre. Arnau la dejó hacer, como siempre. Ahora la escuchaba en silencio. Nada tenía que ver esa herida con las piedras de la Virgen, ni con la capçana. Estaba limpiando y curando la herida de la vergüenza, el arañazo de otra mujer a la que Arnau no era capaz de renunciar.

– Esas piedras os destrozarán la espalda a todos -repitió su esposa.

Arnau bebió un trago de vino mientras notaba cómo las manos de Maria recorrían su espalda con delicadeza.

Desde que su marido la llamó al taller para mostrarle las heridas del aprendiz que había osado mirarla, Aledis se limitaba a espiar a los jóvenes del taller. Descubrió que en numerosas ocasiones acudían por la noche al huerto, donde se encontraban con mujeres aue saltaban la tapia para reunirse con ellos. Los muchachos tenían acceso al material, las herramientas y los conocimientos necesarios para fabricar una especie de capuchones de finísimo cuero que debidamente engrasados se acoplaban al pene antes de fornicar con la mujer. La certeza de que no iban a quedarse embarazadas, junto a la juventud de los amantes y la oscuridad de la noche, eran una tentación irrefrenable para muchas mujeres que deseaban una aventura anónima.Aledis no tuvo dificultades para colarse en el dormitorio de los aprendices y hacerse con algunos de aquellos capuchones; la ausencia de riesgo en sus relaciones con Arnau dio rienda suelta a su lujuria.

Aledis dijo que con aquellos capuchones no tendrían hijos y Arnau miraba cómo lo deslizaba a lo largo de su pene. ¿Sería la grasa que después le quedaba en el miembro? ¿Sería un castigo por oponerse a los designios de la naturaleza divina? Maria no quedaba encinta. Era una muchacha fuerte y sana. ¿Qué razón que no fueran los pecados de Arnau podía impedir que quedara encinta? ¿Qué otro motivo podía llevar al Señor a no premiarle con el deseado vastago? Bartolomé necesitaba un nieto. El padre Albert y Joan querían ver a Arnau convertido en padre. La cofradía entera estaba pendiente del momento en que los jóvenes cónyuges anunciaran la buena nueva; los hombres bromeaban con Arnau y las mujeres de los bastaixos visitaban a Maria para aconsejarla y cantarle las excelencias de la vida familiar.

Arnau también deseaba tener un hijo.

– No quiero que me pongas eso -se opuso en una de las ocasiones en que Aledis lo asaltó camino de la cantera.

Aledis no se arredró.

– No pienso perderte -le dijo-. Antes de que eso suceda abandonaré al viejo y te reclamaré. Todo el mundo sabrá lo que ha habido entre nosotros, caerás en desgracia, te expulsarán de la cofradía y probablemente de la ciudad y entonces sólo me tendrás a mí; sólo yo estaré dispuesta a seguirte. No entiendo mi vida sin ti, sentenciada de por vida como lo estoy a permanecer al lado de un viejo obseso e incapaz.

– ¿Arruinarías mi vida? ¿Por qué me harías eso?

– Porque sé que en el fondo me quieres -respondió Aledis con resolución-. En realidad, sólo te estaría ayudando a dar un paso que no te atreves a dar.

Ocultos entre los matorrales de la ladera de la montaña de Montjuïc, Aledis deslizó el capuchón por el miembro de su amante. Arnau la miró hacer. ¿Eran ciertas sus palabras? ¿Era cierto que en el fondo deseaba vivir con Aledis, abandonar a su esposa y cuanto tenía para fugarse con ella? Si por lo menos su miembro no se mostrase tan dispuesto… ¿Qué tenía aquella mujer que era capaz de anular su voluntad? Arnau estuvo tentado de contarle la historia de la madre de Joan; la posibilidad de que, si revelaba sus relaciones, fuese el viejo quien la reclamase a ella y la emparedara de por vida, pero en lugar de eso montó sobre ella… una vez mas. Aledis jadeó al ritmo de los empellones de Arnau. El bastaix sin embargo, sólo podía oír sus miedos: Maria, su trabajo, la cofradía, Joan, la deshonra, Maria, su Virgen, Maria, su Virgen…

25

Desde su trono, el rey Pedro levantó una mano. Flanqueado por su tío y su hermano, los infantes don Pedro y don Jaime, de pie a su derecha, y por el conde de Terranova y el padre Ot de Monteada por la izquierda, el rey esperó a que los demás miembros del consejo guardasen silencio. Se hallaban en el palacio real de Valencia, donde habían recibido a Pere Ramon de Codoler, mayordomo y mensajero del rey Jaime de Mallorca. Según el señor de Codoler, el rey de Mallorca, conde del Rosellón y de la Cerdaña y señor de Montpellier, había decidido declarar la guerra a Francia por las constantes afrentas que los franceses inferían a su señorío y, como vasallo de Pedro, lo requería para que el día 21 de abril del siguiente año de 1341, su señor estuviese en Perpiñán, al mando de los ejércitos catalanes, para ayudarlo y defenderlo en la guerra contra Francia.

Durante toda aquella mañana, el rey Pedro y sus consejeros estudiaron la solicitud de su vasallo. Si no acudían en ayuda del de Mallorca, éste negaría su vasallaje y quedaría en libertad, pero si lo hacían -todos estaban de acuerdo- caerían en una trampa: en cuanto los ejércitos catalanes entrasen en Perpiñán, Jaime se aliaría con el rey de Francia en su contra.

Cuando se hizo el silencio, el rey habló: -Todos vosotros habéis estado pensando sobre este hecho, tratando de encontrar la manera de poder negar al rey de Mallorca el requerimiento que nos ha hecho. Creo que la hemos encontrado: vayamos a Barcelona y convoquemos Cortes y, una vez convocadas, requiramos al rey de Mallorca para que el día 25 de marzo esté en Barcelona para las dichas Cortes, como es su obligación. ¿Y qué puede suceder? Que él esté, o no. Si está, habrá hecho lo que le corresponde, y, en ese caso, nosotros, asimismo, cumpliremos con lo que nos pida… -Algunos consejeros se movieron inquietos; si el rey de Mallorca acudía a Cortes entrarían en guerra contra Francia, ¡al mismo tiempo que contra Genova! Alguien incluso se atrevió a negar en voz alta, pero Pedro le pidió tranquilidad con una mano y sonrió antes de proseguir, alzando la voz-:Y buscaremos el consejo de nuestros vasallos, que decidirán lo mejor que debemos hacer. -Algunos consejeros se sumaron a la sonrisa del rey, otros asintieron con la cabeza. Las Cortes eran competentes en materia de política catalana y podían decidir si iniciar o no una guerra. No sería el rey, pues, quien negaría ayuda a su vasallo, serían las Cortes de Cataluña-.Y si no viene -continuó Pedro-, habrá roto el vasallaje, y en dicho caso, no estaremos obligados a ayudarle ni a mezclarnos en guerra por él, contra el rey de Francia.

Barcelona, 1341

Nobles, eclesiásticos y representantes de las ciudades libres del principado, los tres brazos que componían las Cortes, se habían congregado en la ciudad condal, llenando sus calles de color y adornándola de sedas de Almería, de Barbaria, de Alejandría o de Damasco; de lana de Inglaterra o de Bruselas, de Flandes o de Malinas; de Orlanda o de la fantástica ropa de lino negro de Bisso, todos adornados con brocados de hilos de oro o plata formando preciosos dibujos.

Sin embargo Jaime de Mallorca aún no había llegado a la capital del principado. Desde hacía algunos días, barqueros, bastaixos y demás trabajadores portuarios se preparaban, tras ser advertidos por el veguer, para el supuesto de que el rey de Mallorca decidiese acudir a Cortes. El puerto de Barcelona no estaba preparado para el desembarco de grandes personajes, quienes no iban a ir en volandas desde los humildes leños de los barqueros, como lo hacían los mercaderes para no mojarse las vestiduras. Por ello, cuando algún personaje arribaba a Barcelona, los barqueros afianzaban sus leños, uno contra el otro, desde la orilla hasta bien entrado el mar, y sobre ellos construían un puente para que reyes y príncipes accediesen a la playa de Barcelona con la solemnidad que correspondía.

Los bastaixos, Arnau entre ellos, transportaron a la playa los tablones necesarios para construir el puente y, como muchos de los ciudadanos que se acercaban a la playa, como muchos de los nobles de Cortes que también lo hacían, oteaban el horizonte en busca de las galeras del señor de Mallorca. Las Cortes de Barcelona se habían convertido en el objeto de todas las conversaciones; la solicitud de ayuda del rey de Mallorca y la estratagema del rey Pedro estaban ya en boca de todos los barceloneses.

– Es de suponer -le comentó un día Arnau al padre Albert, mientras despabilaba las velas de la capilla del Santísimo- que si toda la ciudad sabe lo que piensa hacer el rey Pedro, también lo sepa el rey Jaime; ¿por qué esperarle entonces?

– Por eso no vendrá -le contestó el cura sin dejar de trajinar en la capilla.

– ¿Entonces?

Arnau miró al cura, que se detuvo e hizo un gesto de preocupación.

– Mucho me temo que Cataluña entrará en guerra contra Mallorca.

– ¿Otra guerra?

– Sí. Es bien sabida la obsesión del rey Pedro por reunificar los antiguos reinos catalanes que Jaime I el Conquistador dividió entre sus herederos. Desde entonces los reyes de Mallorca no han hecho más que traicionar a los catalanes; no hace más de cincuenta años que Pedro el Grande tuvo que vencer a franceses y mallorquines en el desfiladero de Panissars. Después conquistó Mallorca, el Rosellón y la Cerdaña, pero el Papa lo obligó a devolvérselas a Jaime II. -El cura se volvió hacia Arnau-. Habrá guerra, Arnau, no sé cuándo ni por qué, pero habrá guerra.

Jaime de Mallorca no acudió a Cortes. El rey le concedió un nuevo plazo de tres días, pero transcurrido ese tiempo sus galeras tampoco habían llegado al puerto de Barcelona.

– Ahí tienes el porqué -le comentó otro día el padre Albert a Arnau-. Sigo sin saber cuándo, pero ya tenemos el porqué.

Al finalizar las Cortes, Pedro III ordenó incoar contra su vasallo un proceso legal por desobediencia, al que, además, sumó la acusación de que en los condados del Rosellón y la Cerdaña se acuñaba moneda catalana, cuando sólo en Barcelona se podía acuñar la moneda real de tercio.

Jaime de Mallorca siguió sin hacer caso, pero el proceso, dirigido por el veguer de Barcelona, Arnau d'Erill, asistido por Felip de Montroig y Arnau Çamorera, vicecanciller real, continuó en rebeldía, sin la presencia del señor de Mallorca, quien empezó a ponerse nervioso cuando sus consejeros le comunicaron cuál podía ser el resultado: la requisa de sus reinos y condados. Entonces Jaime buscó la ayuda del rey de Francia, al que rindió homenaje, y la del Papa, para que mediase con su cuñado el rey Pedro.

El Sumo Pontífice, defensor de la causa del señor de Mallorca, solicitó a Pedro un salvoconducto para Jaime a fin de que, sin peligro para él y los suyos, pudiese acudir a Barcelona para excusarse y defenderse de las acusaciones que se le imputaban. El rey no pudo negarse a los deseos del Papa y concedió el salvoconducto, no sin antes solicitar de Valencia que le mandasen cuatro galeras al mando de Mateu Mercer para que vigilase las del señor de Mallorca.

Toda Barcelona acudió al puerto cuando las velas de las galeras del rey de Mallorca aparecieron en el horizonte. La flota capitaneada por Mateu Mercer las esperaba, armada, igual que la de Jaime III. Arnau d'Erill, veguer de la ciudad, ordenó a los trabajadores del puerto que iniciasen la construcción del puente; los barqueros atravesaron sus barcas y los hombres empezaron a unir los tablones por encima de ellas.

Cuando las galeras del rey de Mallorca hubieron fondeado, los barqueros restantes acudieron a la galera real.

– ¿Qué sucede? -preguntó uno de los bastaixos al observar que el estandarte real seguía a bordo y que a la barca descendía un solo noble.

Arnau estaba empapado, igual que sus compañeros. Todos miraron al veguer, que tenía la vista fija en la barca que se acercaba a la playa.

Por el puente sólo desembarcó una persona: el vizconde de Evol, un noble del Rosellón ricamente vestido y armado que se detuvo antes de pisar la playa, sobre las maderas.

El veguer acudió a su encuentro y, desde la arena, atendió las explicaciones de Evol, quien no hacía más que señalar hacia Framenors y después a las galeras del rey de Mallorca. Cuando terminó la conversación, el vizconde regresó a la galera real y el veguer desapareció en dirección a la ciudad; al poco, volvió con instrucciones del rey Pedro.

– El rey Jaime de Mallorca -gritó para que todos pudieran oírlo- y su esposa, Constanza, reina de Mallorca, hermana de nuestro bien amado rey Pedro, se alojarán en el convento de Fra-menors. Hay que construir un puente de madera, fijo, cubierto por los lados y techado, desde donde fondean las galeras hasta las habitaciones reales.

Un murmullo se alzó en la playa, pero la severa expresión del veguer lo acalló. Después, la mayoría de los trabajadores del puerto se volvieron hacia el convento de Framenors, que se alzaba imponente sobre la línea costera.

– Es una locura -oyó Arnau que alguien decía en el grupo de bastaixos.

– Si se levanta temporal -auguró otro-, no aguantará.

– ¡Cubierto y techado! ¿Para qué querrá el rey de Mallorca un puente así?

Arnau se volvió hacia el veguer justo cuando Berenguer de Montagut llegaba a la playa. Arnau d'Erill señaló al maestro de obras el convento de Framenors y después, con la mano derecha, trazó una línea imaginaria desde éste hacia el mar.

Arnau, bastaixos, barqueros y carpinteros de ribera, calafates, remolares, herreros y sogueros permanecieron en silencio cuando el veguer finalizó sus explicaciones y el maestro se quedó pensativo.

Por orden del rey se suspendieron las obras de Santa María y de la catedral y todos los operarios fueron destinados a la construcción del puente. Bajo la supervisión de Berenguer de Montagut, se desmontó parte de los andamios del templo, y aquella misma mañana los bastaixos empezaron a trasladar material hasta Framenors.

– Qué tontería -le comentó Arnau a Ramon mientras los dos cargaban un pesado tronco-; nos afanamos en cargar piedras para Santa María y ahora la desmontamos, y todo por el capricho…

– ¡Calla! -lo instó Ramon-. Lo hacemos por orden del rey; él sabrá por qué.

A fuerza de remos, las galeras del rey de Mallorca, siempre vigiladas de cerca por las valencianas, se situaron frente a Framenors, fondeadas a considerable distancia del convento. Albañiles y carpinteros empezaron a montar un andamio adosado a la fachada mar del convento, una imponente estructura de madera que descendía hacia la orilla, mientras los bastaixos, ayudados por todos quienes no tenían un cometido concreto, iban y venían de Santa María cargando troncos y maderas.

Al anochecer se suspendieron los trabajos. Arnau llegó a casa renegando.

– Nuestro rey nunca ha pedido semejante locura; se conforma con el puente tradicional, sobre las barcas. ¿Por qué hay que permitirle semejante capricho a un traidor?

Pero sus palabras se fueron apagando y sus pensamientos cambiaron al notar el masaje que Maria le daba en los hombros.

– Tienes mejor las heridas -comentó la muchacha-. Hay quien utiliza geranio con frambueso, pero nosotros siempre hemos confiado en la siempreviva. Mi abuela curaba a mi abuelo con ella, y mi madre a mi padre…

Arnau cerró los ojos. ¿Siempreviva? Hacía días que no veía a Aledís. ¡Ésa era la única razón de su mejoría!

– ¿Por qué tensas los músculos? -le reprochó María interrumpiendo sus pensamientos-. Relájate, debes relajarte para que…

Siguió sin escucharla. ¿Para qué? ¿Relajarse para que pudiera curar las heridas causadas por otra mujer? Si por lo menos se enfadara…

Pero en lugar de gritarle, Maria volvió a entregarse a él aquella noche: lo buscó con cariño y se ofreció a él con dulzura. Aledis no sabía qué era la dulzura. ¡Fornicaban como animales! Arnau la aceptó, con los ojos cerrados. ¿Cómo mirarla? La muchacha le acarició el cuerpo… y el alma, y lo transportó al placer, un placer más doloroso cuanto mayor era.

Al alba, Arnau se levantó para acudir a Framenors. Maria ya estaba abajo, junto al hogar, trabajando para él.

Durante los tres días que duraron las obras de construcción del puente, ningún miembro de la corte del rey de Mallorca abandonó las galeras; tampoco lo hicieron los valencianos. Cuando la estructura adosada a Framenors superó la playa y tocó agua, los barqueros se agruparon para permitir el transporte de los materiales. Arnau trabajó sin descanso; si lo hacía, si paraba, las manos de Maria volvían a acariciarle su cuerpo, el mismo que pocos días atrás había mordido y arañado Aledis. Desde las barcas, los operarios introducían las tablestacas en el fondo del puerto de Barcelona, dirigidos siempre por Berenguer de Montagut, que, en pie en la proa de un leño, iba de un lado a otro comprobando la resistencia de los pilares antes de permitir que se cargase sobre ellos.

Al tercer día, el puente de madera, de más de cincuenta metros de largo, cubierto por los lados, rompió la diáfana visión del puerto de la ciudad condal. La galera real se acercó hasta el extremo y al cabo de un rato, Arnau y todos cuantos habían intervenido en su construcción oyeron las pisadas del rey y su séquito sobre las tablas; muchos levantaron la cabeza.

Ya en Framenors, Jaime hizo llegar un mensajero al rey Pedro para notificarle que él y la reina Constanza habían caído enfermos debido a las inclemencias de la travesía marítima y que su hermana le rogaba que acudiese al convento a visitarla. El rey se disponía a complacer a Constanza, cuando el infante don Pedro se presentó ante él acompañado de un joven fraile franciscano.

– Habla, fraile -ordenó el monarca, visiblemente irritado por tener que aplazar la visita a su hermana.

Joan se encogió, tanto que la cabeza que le sacaba al rey pareció perder importancia. «Es muy bajito -le habían dicho a Joan-, y nunca se presenta ante sus cortesanos de pie.» Sin embargo, esa vez lo estaba y miraba directamente a los ojos de Joan, traspasándolo.

Joan balbuceó.

– Habla -lo instó el infante don Jaime.

Joan empezó a sudar profusamente y notó cómo el hábito, aún tosco, se le pegaba al cuerpo. ¿Y si no fuera cierto el mensaje? Por primera vez pensó en ello. Lo oyó de boca del viejo fraile que desembarcó con el rey de Mallorca y no esperó un instante. Salió corriendo en dirección al palacio real, se peleó con la guardia porque se negaba a trasladar el mensaje a nadie que no fuera el monarca y después cedió ante el infante don Pedro, pero ahora… ¿Y si no fuera cierto? ¿Y si no fuera más que otra treta del señor de Mallorca…?

– Habla. ¡Por Dios! -le gritó el rey.

Lo hizo de corrido, casi sin respirar.

– Majestad, no debéis acudir a visitar a vuestra hermana la reina Constanza. Es una trampa del rey Jaime de Mallorca. Con la excusa de lo enferma y débil que está su esposa, el ujier encargado de la custodia de la puerta de su cámara tiene órdenes de no dejar pasar a nadie más que a vos y a los infantes don Pedro y don Jaime. Nadie más podrá acceder a la estancia de la reina; dentro os estarán esperando una docena de hombres armados que os harán presos, os trasladarán por el puente hasta las galeras y partirán a la isla de Mallorca, al castillo de Alaró, donde se proponen reteneros cautivo hasta que liberéis al rey Jaime de todo vasallaje y le concedáis nuevas tierras en Cataluña.

¡Ya estaba!

Entrecerrando los ojos, el rey preguntó:

– ¿Y cómo un joven fraile como tú sabe todo eso?

– Me lo ha contado fra Berenguer, pariente de vuestra majestad.

– ¿Fra Berenguer?

Don Pedro asintió en silencio y el rey pareció recordar de repente a su pariente.

– Fra Berenguer -continuó Joan- ha recibido en confesión, de un traidor arrepentido, el encargo de transmitíroslo a vos, pero como está ya muy mayor y no puede moverse con agilidad, ha confiado en mí para esta misión.

– Para eso quería el puente cerrado -intervino don Jaime-. Si nos apresaran en Framenors, nadie podría darse cuenta del secuestro.

– Sería sencillo -apuntó el infante don Pedro asintiendo con la cabeza.

– Bien sabéis -dijo el rey dirigiéndose a los infantes- que si mi hermana la reina está enferma, no puedo dejar de acudir a visitarla cuando está en mis dominios. -Joan escuchaba sin atreverse a mirarlos. El rey calló durante unos instantes-. Aplazaré mi visita de esta noche, pero necesito…, ¿me escuchas, fraile? -Joan dio un respingo-. Necesito que ese penitente arrepentido nos permita revelar públicamente la traición. Mientras siga siendo secreto de confesión, tendré que acudir a ver a la reina. Ve -le ordenó.

Joan volvió corriendo a Framenors y trasladó el requerimiento real a fra Berenguer. El rey no acudió a la cita y para su tranquilidad, suceso que Pedro entendió como una protección de la divina providencia, se le declaró una infección en el rostro, cerca del ojo, que tuvo que ser sangrada y lo obligó a guardar cama durante unos días, los suficientes para que fira Berenguer consiguiese de su confesante la autorización solicitada por el rey Pedro.

En esta ocasión Joan no dudó un instante de la veracidad del mensaje.

– La penitente de fra Berenguer es vuestra propia hermana -le comunicó al rey en cuanto fue llevado ante él-, la reina Constanza, quien solicita de vos que la hagáis venir a palacio, por su voluntad o por la fuerza. Aquí, lejos de la autoridad de su marido y bajo vuestra protección, os revelará la traición con todo detalle.

El infante don Jaime, acompañado de un batallón de soldados, se personó en Framenors para cumplir los deseos de Constanza. Los frailes le franquearon el paso, e infante y soldados se presentaron directamente ante al rey. De poco sirvieron las quejas de éste: Constanza partió hacia el palacio real.

De poco le sirvió también al rey de Mallorca la consecuente visita que hizo a su cuñado el Ceremonioso.

– Por la palabra dada al Papa -le dijo el rey Pedro-, respetaré vuestro salvoconducto. Vuestra esposa quedará aquí, bajo mi protección. Abandonad mis reinos.

En cuanto Jaime de Mallorca partió con sus cuatro galeras, el rey ordenó a Arnau d'Erill que acelerase el proceso abierto contra su cuñado y, al poco, el veguer de Barcelona dictó sentencia por la que las tierras del vasallo infiel, juzgado en rebeldía, pasaban a poder del rey Pedro; el Ceremonioso ya tenía la excusa que legitimaba que declarara la guerra al rey de Mallorca.

Mientras tanto, el rey, exultante ante la posibilidad de volver a unir los reinos que dividió su antepasado Jaime el Conquistador, mandó llamar al joven fraile que había descubierto la trama.

– Nos has servido bien y fielmente -le dijo el rey, esta vez sentado en su trono-; te concedo una gracia.

Joan ya conocía la intención del rey; así se lo habían comunicado sus mensajeros. Y lo pensó detenidamente. Vestía el hábito franciscano por indicación de sus maestros, pero una vez en Framenors, el joven se llevó una desilusión: ¿dónde estaban los libros?, ¿dónde el saber?, ¿dónde el trabajo y el estudio? Cuando por fin se dirigió al prior de Framenors, éste le recordó con paciencia los tres principios establecidos por el fundador de la orden, san Francisco de Asís:

– Simplicidad radical, pobreza absoluta y humildad. Así debemos vivir los franciscanos.

Pero Joan deseaba saber, estudiar, leer, aprender. ¿Acaso no le habían asegurado sus maestros que aquél también era el camino del Señor? Por eso, cuando se cruzaba con algún fraile dominico, Joan lo miraba con envidia. La orden de los dominicos se dedicaba principalmente al estudio de la filosofía y la teología y había creado diversas universidades. Joan quería pertenecer a la orden de los dominicos y proseguir sus estudios en la prestigiosa Universidad de Bolonia.

– Así sea -sentenció el rey tras escuchar los argumentos de Joan; el vello de todo el cuerpo del joven fraile se erizó-. Confiamos en que algún día volváis por nuestros reinos investido de la autoridad moral que proporcionan el conocimiento y la sabiduría y la apliquéis en bien de vuestro rey y de su pueblo.

26

Mayo de 1343

Iglesia de Santa María de la Mar

Barcelona

Habían transcurrido casi dos años desde que el veguer de Barcelona condenó a Jaime III. Las campanas de toda la ciudad repicaban sin descanso y en el interior de Santa María, abiertos sus muros, Arnau las escuchaba sobrecogido. El rey había llamado a la guerra contra Mallorca y la ciudad se había llenado de nobles y soldados. Arnau, de guardia frente a la capilla de Santísimo, los observaba mezclados entre la gente que abarrotaba Santa María y que se derramaba por la plaza. Todas las iglesias de Barcelona oficiaban la misa para el ejército catalán.

Arnau estaba cansado. El rey había reunido su armada en Barcelona y desde hacía días los bastaixos trabajaban a destajo. ¡Ciento diecisiete naves! Jamás se había visto tal cantidad de barcos: veintidós grandes galeras aparejadas para la guerra; siete cocas panzudas para el transporte de caballos y ocho grandes naves de convento de dos y tres cubiertas para el transporte de soldados. El resto lo componían barcos medianos y pequeños. El mar estaba cubierto de mástiles y las naves entraban y salían de puerto.

Seguro que en alguna de aquellas galeras, ahora armadas, embarcó Joan hacía más de un año, vestido de negro, con el hábito dominico y con destino a Bolonia. Arnau lo acompañó hasta la misma orilla. Joan saltó a una barca y se acomodó de espaldas al mar; entonces le sonrió. Lo vio subir a bordo, y en cuanto los remeros empezaron a bogar, Arnau sintió que se le encogía el estómago y las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas. Se había quedado solo.

Y así seguía. Arnau miró a su alrededor. Las campanas de todas las iglesias de la ciudad seguían sonando. Nobles, clérigos, soldados, mercaderes, artesanos y el pueblo llano se apretujaban en Santa María; sus compañeros de cofradía, a su lado, se mantenían firmes, pero ¡cuan solo se sentía! Sus ilusiones, su vida entera había ido desmoronándose como la vieja iglesia románica que dio vida al nuevo templo. Ya no existía. Ningún vestigio quedaba de la pequeña iglesia, y desde donde se encontraba podía observar la inmensa y ancha nave central, delimitada por las columnas ochavadas sobre las que se sustentarían las bóvedas. Más allá de las columnas, por el exterior, los muros de la iglesia seguían levantándose e izándose hacia el cielo, piedra a piedra, pacientemente.

Arnau miró hacia arriba. La clave de la segunda bóveda de la nave central ya se había colocado y se trabajaba en las de las naves laterales. El nacimiento de Nuestro Señor: aquél había sido el motivo elegido para aquella segunda piedra de clave. La bóveda del presbiterio estaba totalmente cubierta. La siguiente, la primera de la inmensa nave central rectangular, todavía no cubierta, parecía una tela de araña: las cuatro nervaduras de los arcos estaban a cielo abierto, con la piedra de clave en su centro, como una araña dispuesta a desplazarse por finos hilos en busca de su presa. La mirada de Arnau se perdió en aquellos nervios delgados. ¡Bien sabía él qué era sentirse atrapado en una tela de araña! Aledis lo perseguía con mayor ahínco cada día. «Se lo contaré a los prohombres de tu cofradía», lo amenazaba cuando Arnau dudaba, y él volvía a pecar, una, y otra, y otra vez. Arnau se volvió hacia los demás bas-taixos. Si se enterasen… Allí estaba Bartolomé, su suegro, prohombre, y Ramon, su amigo y valedor. ¿Qué dirían? Y ni siquiera tenía a Joan.

Hasta Santa María parecía haberle dado la espalda. Cubierta ya en parte y alzados los contrafuertes que sostenían los arcos de las naves laterales de la segunda bóveda, la nobleza y los ricos mercaderes de la ciudad habían empezado a trabajar en las capillas laterales, decididos a dejar su impronta en forma de escudos heráldicos, imágenes, sarcófagos y todo tipo de relieves cincelados en la piedra.

Cuando Arnau acudía en busca de la ayuda de su Virgen, siempre había algún rico mercader, algún noble moviéndose entre las obras. Era como si le hubiesen robado su iglesia. Habían aparecido de repente y se detenían con orgullo en las once capillas, de las treinta y cuatro previstas, que ya se habían construido a lo largo del deambulatorio. Allí estaban ya los pájaros del escudo de los Busquets, en la capilla de Todos los Santos; la mano y el león ram-pante de los Junyent, en la de San Jaime; las tres peras de Boronat de Pera, cinceladas en la piedra de clave de la capilla ojival de San Pablo; la herradura y bandas de Pau Ferran, en el mármol de la misma capilla; los escudos de los Dufort y los Dusay o la fuente de los Font, en la capilla de Santa Margarita. ¡Hasta en la capilla del Santísimo! En ella, la suya, la de los bastaixos, se estaba instalando el sarcófago del archidiácono de la Mar que había iniciado la construcción del templo, Bernat Lull, junto a los escudos de los Ferrer.

Arnau pasaba cabizbajo junto a nobles y mercaderes. Él sólo acarreaba piedra, y se arrodillaba ante su Virgen para rogarle que lo librara de aquella araña que lo perseguía.

Cuando finalizaron los oficios religiosos, Barcelona entera se dirigió hacia el puerto. Allí estaba Pedro III, ataviado para la guerra y rodeado por sus barones. Mientras el infante don Jaime, conde de Urgel, permanecía en Cataluña a fin de defender las fronteras del Ampurdán, Besalú y Camprodon lindantes con los condados peninsulares del rey de Mallorca, los demás partirían con el rey a la conquista de la isla: el infante don Pedro, senescal de Cataluña; mosén Pere de Monteada, almirante de la flota; Pedro de Eixèrica y Blasco de Alagó; Gonzalo Diez de Árenos y Felipe de Castre; el padre Joan de Arbórea; Alfonso de Llòria; Galvany de Anglesola; Arcadic de Mur; Arnau d'Erül; el padre Gonzalvo García; Joan Ximénez de Urrea, y muchos otros nobles personajes y caballeros, dispuestos para la guerra junto con sus tropas y respectivos vasallos.

Maria, que se encontró con Arnau fuera de la iglesia, los señaló, gritando, y lo obligó a seguir la dirección de su dedo.

– ¡El rey! El rey, Arnau. Míralo. ¡Qué porte! ¿Y su espada?, ¡menuda espada! Y aquel noble. ¿Quién es, Arnau? ¿Lo conoces? Y los escudos, las armaduras, los pendones…

Maria arrastró a Arnau de un extremo a otro de la playa hasta que llegaron a Framenors. Allí, apartados de nobles y soldados, un numerosísimo grupo de hombres, sucios y desharrapados, sin l escudos ni armaduras, sin espadas, vestidos sólo con una camisa larga y raída, polainas y gorros de cuero, estaban embarcando ya en los leños que los llevarían a las naves.

¡Aquellos hombres sólo iban armados con un machete y una lanza!

– ¿ La Compañía? -preguntó Maria a su esposo.

– Sí. Los almogávares.

Los dos se sumaron al silencioso respeto con que los ciudadanos de Barcelona observaban a los mercenarios contratados por el rey Pedro. ¡Los conquistadores de Bizancio! Hasta los niños y las mujeres, impresionados por las espadas y armaduras de los nobles, como le había sucedido a Maria, los miraban con orgullo. Luchaban a pie y a pecho descubierto, confiando única y exclusivamente en su destreza y habilidad. ¿Quién iba a reírse de su indumentaria, de sus camisas o de sus armas?

Lo habían hecho los sicilianos, le habían contado a Arnau: se habían reído de ellos en el campo de batalla. ¿Qué resistencia podían oponer unos desharrapados contra nobles a caballo? Sin embargo, los almogávares los derrotaron y conquistaron la isla. Lo hicieron también los franceses; la historia se contaba por toda Cataluña, allá donde cualquiera quisiera escucharla. Arnau la había oído en varias ocasiones.

– Dicen -le susurró a Maria- que unos caballeros franceses apresaron a un almogávar y lo llevaron a presencia del príncipe Carlos de Salerno, quien lo insultó tachándolo de miserable, pobre y salvaje y se burló de las tropas catalanas.- Ni Arnau ni Maria apartaban la mirada de los mercenarios, que continuaban subiendo a los leños de los barqueros-. Entonces, el almogávar, en presencia del príncipe y sus caballeros, retó al mejor de sus hombres. Él lucharía a pie, armado tan sólo con su lanza; el francés a caballo, con todo su armamento. -Arnau calló unos instantes, pero Maria se volvió hacia él instándolo a continuar-. Los franceses se rieron del catalán, pero aceptaron el desafío. Partieron todos hacia un campo cercano al campamento francés. Allí, el almogávar venció a su oponente tras matar al caballo y aprovecharse de la falta de agilidad del caballero en la lucha a pie. Cuando se disponía a degollarlo, Carlos de Salerno le concedió la libertad.

– Es cierto -añadió alguien a sus espaldas-. Luchan como verdaderos demonios.

Arnau notó cómo Maria se arrimaba a él y le cogía del brazo con fuerza, sin apartar la mirada de los mercenarios. «¿Qué buscas, mujer? ¿Protección? ¡Si supieras! Ni siquiera soy capaz de enfrentarme a mis debilidades. ¿Crees que alguno de ellos te haría más daño del que te estoy haciendo yo? Luchan como demonios.» Arnau los miró: hombres que partían a la guerra contentos, alegres, dejando atrás sus familias. ¿Por qué…, por qué no podía hacer él lo mismo?

El embarque de los hombres se alargó durante horas. Maria se fue a casa y Arnau terminó vagando por la playa, entre la gente; se encontró aquí y allá a algunos compañeros.

– ¿A qué tanta prisa? -le preguntó a Ramon, señalando las barcas que iban y venían sin cesar, llenas a rebosar de soldados-. Hace buen tiempo. No parece que pueda levantarse un temporal.

– Ya lo verás -le contestó Ramon.

En aquel instante se oyó el primer relincho; pronto se sumaron centenares de ellos. Los caballos habían estado esperando fuera de las murallas y ahora les tocaba embarcar. De las siete cocas destinadas al transporte de animales, algunas ya estaban llenas de caballos, aquellas que habían arribado junto a los nobles de Valencia o que se habían embarcado en los puertos de Salou, Tarragona o del norte de Barcelona.

– Vamonos de aquí -lo instó Ramon-; esto se va a convertir en un verdadero campo de batalla.

Justo cuando abandonaban la playa, llegaron los primeros animales de la mano de sus palafreneros. Enormes caballos de guerra que coceaban, piafaban y mordían, mientras sus cuidadores luchaban por controlarlos.

– Saben que van a la guerra -comentó Ramon, los dos guarecidos entre las barcas. -¿Lo saben?

– Claro. Siempre que embarcan es para ir a la guerra. Mira. -Arnau desvió la mirada hacia el mar. Cuatro cocas panzudas, con una quilla de poco calado, se acercaron todo lo que pudieron a la playa y abrieron las rampas de popa; éstas cayeron al agua y mostraron las entrañas de las embarcaciones-.Y los que no lo saben -continuó Ramon- se contagian de los demás.

Pronto la playa se llenó de caballos. Había centenares de ellos, todos grandes, fuertes y poderosos, caballos de guerra entrenados para el combate. Los palafreneros y escuderos corrían de un lado para otro tratando de sortear las coces y los mordiscos de los animales. Arnau vio a más de uno salir despedido por los aires o acabar coceado o pateado. La confusión era enorme y el ruido ensordecedor.

– ¿A qué esperan? -gritó Arnau.

Entonces Ramon volvió a señalar hacia las cocas.Varios escuderos, con el agua a la altura del pecho, llevaban algunos caballos hacia ellas.

– Ésos son los más expertos. Cuando estén dentro servirán de reclamo a la manada.

Así fue. Cuando los caballos llegaron al final de las rampas los escuderos los volvieron hacia la playa. Entonces, empezaron a relinchar frenéticamente.

Aquélla fue la señal.

La manada se metió en el agua levantando tanta espuma que durante unos instantes no se pudo ver nada. Detrás de ella y a los lados, encerrándola y dirigiéndola hacia las cocas, algunos expertos caballerizos hacían restallar los látigos. Los mozos habían perdido las riendas de sus caballos y la mayoría de los animales andaban sueltos por el agua, empujándose unos a otros. Durante un buen rato el caos fue total: gritos y restallar de látigos, animales relinchando y peleando por subir a las cocas y la gente animando desde la playa. Luego la tranquilidad volvió a reinar en el puerto. Cuando los caballos estuvieron cargados en las cocas se izaron las rampas de popa y las panzudas naves estuvieron listas.

La galera del almirante Pere de Monteada dio la orden de partir y los ciento diecisiete barcos empezaron a navegar. Arnau y Ramon volvieron a pie de playa.

– Allá van -comentó Ramon-, a conquistar Mallorca.

Arnau asintió en silencio. Sí, allá iban. Solos, dejando atrás sus problemas y sus miserias. Despedidos como héroes, con la mente en la guerra, sólo en la guerra. ¡Cuánto daría él por estar a bordo de una de esas galeras!

El 21 de junio de aquel mismo año, Pedro III escuchaba misa en la catedral de Mallorca in sede majestatis, ataviado según la costumbre: con las vestiduras, los honores y la corona correspondiente al rey de Mallorca. Jaime III había huido a sus dominios del Rosellón.

La noticia llegó a Barcelona y desde allí se extendió a toda la península: el rey Pedro había dado el primer paso para cumplir su palabra de reunificar los dominios divididos a la muerte de Jaime I.Ya sólo le faltaba reconquistar el condado de la Cerdaña y las tierras catalanas allende los Pirineos: el Rosellón.

Durante el mes largo que duró la campaña de Mallorca, Arnau no pudo olvidar la imagen de la armada real alejándose del puerto de Barcelona. Cuando las naves se encontraban ya a cierta distancia, la gente se disgregó y volvió a sus casas. ¿Para qué iba a volver él? ¿Para recibir un cariño y un afecto que no merecía? Se sentó en la arena y permaneció allí hasta mucho después de que la última vela desapareciera en el horizonte. «Afortunados ellos, que abandonan sus problemas», se repetía una y otra vez. Durante todo el mes, cuando Aledis lo acechaba en el camino de Montjuïc o cuando luego tenía que enfrentarse a los cuidados de Maria, Arnau oía de nuevo los gritos y las risas de los almogávares y veía cómo la armada se alejaba. Un día u otro lo descubrirían. No hacía mucho, mientras Aledis jadeaba encima de él, alguien gritó desde el camino. ¿Los habían oído? Los dos permanecieron en silencio un rato; luego, ella se rió y se volvió a lanzar sobre él. El día que lo descubrieran…, el escarnio, la expulsión de la cofradía. ¿Qué haría entonces? ¿De qué viviría?

Cuando el 29 de junio de 1343 toda la ciudad de Barcelona acudió a recibir a la armada real, congregada en la desembocadura del río Llobregat, Arnau ya había tomado una decisión. El rey tenía que partir a la conquista del Rosellón y la Cerdaña, sólo así cumpliría su promesa, y él, Arnau Estanyol, estaría con aquel ejército; ¡tenía que huir de Aledis! Quizá así se olvidaría de él y cuando regresara… Notó un escalofrío: era la guerra, morían hombres. Pero quizá cuando regresara podría reemprender la vida con Maria, sin Aledis persiguiéndolo.

Pedro III ordenó a las naves que entrasen en el puerto de la ciudad, separadas y por orden jerárquico: primero la galera real, después la del infante don Pedro, luego la del padre Pere de Monteada, a continuación la del señor de Eixèrica y así sucesivamente.

Mientras la flota esperaba, la galera real entró en el puerto y dio una vuelta por él a fin de que toda la gente que se había congregado en la ribera de Barcelona pudiera admirarla y vitorearla. Arnau escuchó los gritos enardecidos del pueblo cuando la nave pasó por delante de él. Bastaixos y barqueros estaban a pie de playa, en la orilla, dispuestos ya a construir el puente por el que debía desembarcar el rey. A su lado, esperando también, estaban Francesc Grony, Bernat Santcliment y Galcerà Carbó, prohombres de la ciudad, flanqueados por los prohombres de las cofradías. Los barqueros empezaron a colocar sus barcas, pero los prohombres les ordenaron que esperaran.

¿Qué sucedía? Arnau miró a los demás bastaixos. ¿Cómo iba a desembarcar el rey si no era por un puente?

– No debe desembarcar -oyó que le decía Francesc Grony al señor de Santcliment-. El ejército debe partir hacia el Rosellón antes de que el rey Jaime se reorganice o pacte con los franceses.

Todos los presentes asintieron. Arnau desvió la mirada hacia la galera real, que seguía su recorrido triunfal por aguas de la ciudad. Si el rey no desembarcaba, si la armada continuaba hacia el Rosellón sin parar en Barcelona… Las piernas le flaquearon. ¡Tenía que desembarcar!

Hasta el conde de Terranova, consejero del rey, que se había quedado al cuidado de la ciudad, apoyaba la idea. Arnau lo miró con ira.

Los tres prohombres de Barcelona, el conde de Terranova y algunas autoridades más subieron a un leño que los transportó hasta la galera real. Arnau oyó cómo sus propios compañeros apoyaban la idea: «No debe dejar que el de Mallorca se rearme», decían asintiendo.

Las conversaciones se alargaron durante horas. La gente, apostada en la playa, aguardó la decisión del rey.

Al final el puente no se construyó, pero no porque la armada partiese a la conquista del Rosellón y la Cerdaña. El rey decidió que no podía continuar la campaña en las circunstancias en las que se encontraba: carecía de dinero para continuar la guerra; gran parte de sus caballeros habían perdido su montura durante la travesía marítima y tenían que desembarcar, y, por último, necesitaba pertrecharse para la conquista de aquellas nuevas tierras. A pesar de la petición de las autoridades de que les concediera unos días para preparar los festejos por la conquista de Mallorca, el monarca se negó y alegó que nada se festejaría hasta que sus reinos hubieran vuelto a unirse. Por eso, aquel 29 de junio de 1343, Pedro III desembarcó en Barcelona como un marinero más, saltando del leño al agua.

Pero ¿cómo iba a decirle a María que pensaba alistarse en el ejército? Aledis poco importaba, ¿qué iba a ganar ella si hacía público su adulterio? Si se iba a la guerra, ¿para qué dañarle a él y a sí misma? Arnau recordó a Joan y a su madre; aquél era el destino que podía esperarle si se llegaba a conocer el adulterio y Aledis era consciente de ello, pero Maria…, ¿cómo iba a decírselo a María?

Arnau lo intento. Intento despedirse de la muchacha cuando le daba masajes en la espalda. «Me voy a la guerra», podía decirle. Simplemente eso: «Me voy a la guerra». Lloraría. ¿Qué culpa tenía Maria? Lo intentó cuando le servía la comida, pero sus dulces ojos se lo impidieron. «¿Te ocurre algo?», le preguntó ella. Lo intentó incluso después de hacer el amor, pero Maria lo acariciaba.

Mientras tanto Barcelona se había convertido en un hervidero. El pueblo deseaba que el rey partiera a la conquista de la Cerdaña y el Rosellón, pero el rey no lo hacía. Los caballeros exigían al monarca el pago de sus soldadas y las indemnizaciones por las pérdidas de caballos y armamento que habían sufrido, pero las arcas reales estaban vacías y el rey tuvo que permitir que muchos de sus caballeros volvieran a sus tierras. Lo hicieron Ramon de Anglesola, Joan de Arbórea, Alfonso de Llòria, Gonzalo Diez de Árenos y muchos otros nobles.

Entonces el rey convocó a la host de toda Cataluña; serían los ciudadanos quienes lucharían por él. Las campanas repicaron a lo largo y ancho del principado y, por orden del rey, desde los pulpitos empezaron a lanzarse arengas para que los hombres libres se alistasen. ¡Los nobles abandonaban el ejército catalán! El padre Albert hablaba con fervor, alto y fuerte, gesticulando sin parar. ¿Cómo iba el rey a defender Cataluña? ¿Y si el rey de Mallorca, sabedor de que los nobles abandonaban al rey Pedro, se aliaba con los franceses y atacaba Cataluña? ¡Ya había sucedido en una ocasión! El padre Albert gritó por encima de la parroquia de Santa María; ¿quién no recordaba, quién no había oído hablar de la cruzada de los franceses contra los catalanes? Aquella vez se había podido vencer al invasor. ¿Y ahora?, ¿lo lograrían si dejaban que Jaime se rearmase?

Arnau miró a la Virgen de piedra con el niño sobre su hombro. Si por lo menos hubieran tenido un hijo. Seguro que si hubieran tenido un hijo todo aquello no hubiera sucedido. Aledis no hubiera sido tan cruel. Si hubieran tenido un hijo…

– Acabo de hacerle una promesa a la Virgen -le susurró Arnau a Maria de repente, mientras el sacerdote seguía reclutan-do soldados desde el altar mayor-; voy a alistarme en el ejército real para que nos conceda la bendición de tener un hijo.

Maria se volvió hacia él y antes de hacerlo hacia la Virgen, le cogió la mano y se la apretó con fuerza.

– ¡No puedes! -gritó Aledis cuando Arnau le comunicó su decisión. Arnau la instó con las manos a que bajara la voz, pero ella siguió gritando-: ¡No puedes dejarme! Le contaré a todo el mundo…

– ¿Qué más da ya, Aledis? -la interrumpió él-. Estaré con el ejército. Sólo conseguirías arruinar tu vida.

Los dos se miraron, escondidos tras los matorrales, como siempre. El labio inferior de Aledis empezó a temblar. ¡Qué bonita era! Arnau quiso acercar una mano a la mejilla de la mujer, por la que ya corrían las lágrimas, pero se detuvo.

– Adiós, Aledis.

– No puedes dejarme -sollozó.

Arnau se volvió hacia ella. Había caído de rodillas con la cabeza entre las manos. El silencio la incitó a levantar la mirada hacia Arnau.

– ¿Por qué me haces esto? -lloró.

Arnau vio las lágrimas en el rostro de Aledis; todo su cuerpo temblaba. Arnau se mordió el labio y dirigió la mirada a lo alto de la montaña, adonde acudía en busca de las piedras. ¿Para qué hacerle más daño? Abrió los brazos.

– Debo hacerlo.

Ella empezó a arrastrarse de rodillas hasta llegar a tocarle las piernas.

– ¡Debo hacerlo, Aledis! -repitió Arnau saltando hacia atrás.

Y emprendió el descenso de Montjuïc.

27

Eran prostitutas; sus vestidos de colores lo proclamaban. Aledis dudaba si acercarse a ellas, pero el aroma de la olla de carne y verduras la empujaba a hacerlo. Tenía hambre. Estaba demacrada. Las muchachas, jóvenes como ella, se movían y charlaban alegremente alrededor del fuego. La invitaron a acercarse cuando la vieron a pocos pasos de las tiendas del campamento, pero eran prostitutas. Aledis se examinó a sí misma: harapienta, maloliente, sucia. Las prostitutas volvieron a invitarla; los reflejos de sus trajes de seda moviéndose al sol la distrajeron. Nadie le había ofrecido algo de comer. ¿Acaso no lo había intentado en todas las tiendas, chamizos o simples fogatas a las que se había arrastrado? ¿Alguien se había apiadado de ella? La habían tratado como una vulgar pordiosera; había pedido limosna: un poco de pan, algo de carne, una simple hortaliza. Le habían escupido en la mano tendida. Después se habían reído. Aquellas mujeres eran rameras, pero la habían invitado a compartir su olla.

El rey ordenó que sus ejércitos se reunieran en la ciudad de Figueras, al norte del principado, y hacia allí se dirigieron tanto los nobles que no abandonaron al monarca como las hosts de Cataluña, entre ellas los soldados de Barcelona y, con ellos, Arnau Estanyol, liberado, optimista y armado con la ballesta de su padre y una simple daga roma. \

Pero si en Figueras el rey Pedro logró reunir a cerca de mil doscientos hombres a caballo y a cuatro mil soldados de a pie, también logró congregar otro ejército: familiares de los soldados -principalmente de los almogávares, quienes, como nómadas que eran, llevaban a cuestas familia y hogar-, comerciantes de todo tipo de mercaderías -que esperaban comprar las que los soldados obtuviesen del saqueo-, mercaderes de esclavos, clérigos, tahúres, ladrones, prostitutas, mendigos y todo tipo de menesterosos sin ningún otro objetivo en la vida que perseguir la carroña. Todos ellos formaban una impresionante retaguardia que se movía al ritmo de los ejércitos y con sus propias leyes, a menudo mucho más crueles que las de la contienda de la que vivían como parásitos.

Aledis sólo era una más en aquel heterogéneo grupo. La despedida de Arnau repiqueteaba en sus oídos. Una vez más, Aledis notó cómo las rugosas y ajadas manos de su marido recorrían los entresijos de su intimidad. Los estertores del viejo curtidor se mezclaron con sus recuerdos. El anciano le pellizcó la vulva. Aledis no se movió. El anciano pellizcó de nuevo, más fuerte, reclamando la falsa generosidad con que hasta entonces lo había premiado su mujer. Aledis cerró las piernas. «¿Por qué me has dejado, Arnau?», pensó Aledis sintiendo a Pau sobre ella, que se ayudaba de las manos para penetrarla. Cedió y se abrió de piernas a la vez que la amargura se instalaba en su garganta. Disimuló una arcada. El anciano se movía encima de ella como un reptil. Ella vomitó hacia un lado del lecho. Él ni se enteró. Siguió empujando lánguidamente, ayudado de sus manos, aguantando el pene, y con la cabeza sobre sus pechos, mordisqueando unos pezones a los que el asco impedía crecer. Cuando terminó se dejó caer sobre su lado de la cama y se durmió. A la mañana siguiente, Aledis hizo un pequeño hatillo con sus escasas posesiones, algo de dinero que le hurtó a su marido y un poco de comida, y, como cualquier otro día, salió a la calle.

Anduvo hasta el monasterio de Sant Pere de les Puelles y abandonó Barcelona para enfilar la antigua vía romana que la llevaría hasta Figueras. Traspasó las puertas de la ciudad cabizbaja, reprimiendo la necesidad de salir corriendo y evitando cruzar la mirada con los soldados; levantó la vista hacia el cielo, azul y brillante, y se encaminó hacia su nuevo futuro, sonriendo a los muchos viajeros que se cruzaban con ella camino de la gran ciudad. Arnau también había abandonado a su esposa, lo había comprobado. ¡Seguro que se había ido por Maria! No podía querer a aquella mujer. Cuando hacían el amor…, ¡lo notaba!, ¡lo sentía sobre ella! No podía engañarla: la quería a ella, a Aledis.Y cuando la viera… Aledis lo imaginó corriendo hacia ella con los brazos abiertos. ¡Escaparían! Sí, escaparían juntos… para siempre.

Durante las primeras horas de viaje, Aledis acomodó su paso al de un grupo de campesinos que tras vender sus productos, volvían a sus tierras. Les explicó que iba en busca de su marido puesto que estaba embarazada y había hecho la promesa de que él debía saberlo antes de entrar en combate. Supo por ellos que Figueras se hallaba a cinco o seis jornadas a buen paso, siguiendo aquel mismo camino hasta Gerona. Pero también tuvo la oportunidad de escuchar los consejos de un par de ancianas desdentadas que parecía que fuesen a quebrarse bajo el peso de las cestas vacías que transportaban; sin embargo, seguían y seguían caminando descalzas, con una energía inconcebible en sus cuerpos viejos y delgados.

– No es bueno que una mujer ande sola por estos caminos- dijo una de ellas negando con la cabeza.

– No, no lo es -ratificó la otra.

Transcurrieron unos segundos, los necesarios para que ambas tomasen el aliento necesario.

– Mucho menos si es joven y hermosa -añadió la segunda.

– Cierto, cierto -asintió la primera de ellas.

– ¿Qué puede sucederme? -preguntó ingenuamente Aledis-. El camino está lleno de gente, de buena gente como vosotros.

Tuvo que volver a esperar mientras las ancianas daban algunos pasos en silencio, un poco más largos éstos para no alejarse del grupo de campesinos.

– Aquí sí encontrarás gente. Hay muchos pueblos cerca de Barcelona que, como nosotros, viven de ella. Pero un poco más alia -añadió sin levantar la vista del suelo-, cuando los pueblos se distancian entre sí y no hay ciudad a la que dirigirse, los caminos son solitarios y peligrosos.

En esta ocasión la compañera se abstuvo de hacer ningún comentario; con todo, y tras la espera de rigor, fue ella quien volvió a dirigirse a Aledis:

– Cuando estés sola procura no dejarte ver. Escóndete al menor ruido que oigas. Evita cualquier compañía.

– ¿Incluso si son caballeros? -preguntó Aledis.

– ¡Sobre todo a ésos! -gritó una.

– ¡En cuanto oigas los cascos de un caballo, escóndete y reza! -exclamó la otra.

Esta vez las dos contestaron al unísono, encolerizadas y sin necesidad de respiro alguno; incluso hicieron un pequeño alto, por lo que la comitiva se alejó un tanto. La expresión de incredulidad de Aledis debió de ser lo suficientemente ostensible para que las dos ancianas, una vez que recuperaron el ritmo, volvieran a insistir.

– Mira, muchacha -le aconsejó una de ellas mientras la otra asentía aun antes de saber qué diría su compañera-, yo que tú volvería a la ciudad y esperaría allí a mi hombre. Los caminos son muy peligrosos y más cuando todos los soldados y oficiales están de campaña con el rey. Entonces no existe autoridad, nadie vigila y nadie teme el castigo de un rey que está ocupado en otros menesteres.

Aledis caminó pensativa al lado de las dos ancianas. ¿Esconderse de los caballeros? ¿Por qué debía hacerlo? Todos los caballeros que acudían al taller de su marido se habían mostrado corteses y respetuosos con ella. Nunca, de boca de los numerosos mercaderes que proveían de materia prima a su marido, había oído relatos de robos o desmanes ocurridos en los caminos del principado. En cambio, recordaba las estremecedoras historias con las que solían entretenerlos, acerca de las accidentadas travesías marinas, los viajes por tierras moras o por las más lejanas del soldán de Egipto. Su marido le había contado que desde hacía más de doscientos años los caminos catalanes estaban protegidos por las leyes y por el rey y que cualquier persona que osara delinquir en un camino real recibía un castigo muy superior al que correspondería al mismo delito cometido en otro lugar. «¡El comercio exige paz en los caminos! -añadía-. ¿Cómo podríamos vender nuestros productos a lo largo y ancho de Cataluña si el rey no la proporcionara?» Entonces le contaba, como si fuese una niña, que desde hacía más de doscientos años la Iglesia había empezado a tomar medidas para defender los caminos. Primero hubo las Constituciones de Paz y Tregua, que se dictaron en sínodos. Si alguien atentaba contra esas reglas se le excomulgaba instantáneamente. Los obispos establecieron que los habitantes de sus condados y obispados no podían atacar a sus enemigos desde la hora nona del sábado hasta la hora prima del lunes, ni en las fiestas de precepto; además, la tregua protegía a los clérigos, a las iglesias y a todos aquellos que se dirigieran o regresaran de ellas. Las constituciones, le explicó, fueron ampliándose y protegiendo a mayor número de personas y bienes: mercaderes y animales agrícolas y de transporte, los aperos del campo y las casas de los campesinos, los habitantes de las villas, las mujeres, las cosechas, los olivares, el vino… Al final, el rey Alfonso I concedió la Paz a las vías públicas y a los caminos y estableció que quien la transgrediese cometería un delito de lesa majestad.

Aledis miró a las ancianas, que seguían caminando en silencio, cargadas con sus fardos, arrastrando los pies descalzos. ¿Quién iba a osar cometer un delito de lesa majestad? ¿Qué cristiano iba a arriesgarse a ser excomulgado por atacar a alguien en un camino catalán? En ello estaba pensando cuando el grupo de campesinos se desvió hacia San Andrés.

– Adiós, muchacha -se despidieron las ancianas-. Haz caso a dos viejas -añadió una de ellas-. Si decides continuar, sé prudente. No entres en ningún pueblo ni en ninguna ciudad. Podrían verte y seguirte. Detente sólo en las masías, y sólo en las que veas niños y mujeres.

Aledis observó cómo se alejaba el grupo; las dos ancianas arrastraban sus pies descalzos y se esforzaban por no perder al grueso de campesinos. En pocos minutos se quedó sola. Hasta entonces había avanzado en compañía de aquellos campesinos, charlando y dejando que sus pensamientos volasen tanto como su imaginación, despreocupadamente, anhelando llegar al lado de Arnau, emocionada por la aventura a la que le había llevado su precipitada decisión; sin embargo, cuando las voces y ruidos de sus compañeros de viaje se perdieron en la distancia, Aledis se sintió sola. Tenía un largo camino por delante, que trató de escudriñar poniendo su mano sobre la frente a modo de visera para protegerse de un sol que ya estaba alto en el cielo, un cielo azul celeste, sin una sola nube que empañase la inmensidad de aquella magnífica cúpula que se unía en el horizonte con las vastas y ricas tierras de Cataluña.

Quizá no fuese únicamente la sensación de soledad que asaltó a la muchacha tras verse abandonada por los campesinos o la sensación de extrañeza por hallarse en un paraje desconocido. En realidad, Aledis jamás se había enfrentado al cielo y a la tierra cuando nada se interpone en la visión del espectador, cuando se puede otear el horizonte girando sobre uno mismo… ¡y verlo en todo momento! Y lo miró. Aledis miró al horizonte, hacia donde le habían dicho que estaba Figueras. Las piernas le flaquearon. Giró sobre sí misma y miró hacia atrás. Nada. Se alejaba de Barcelona y sólo veía tierras desconocidas. Aledis buscó los tejados de los edificios que siempre se habían interpuesto ante la maravilla de una realidad desconocida: el cielo. Buscó los olores de la ciudad, el olor a cuero, los gritos de la gente, el rumor de una ciudad viva. Estaba sola. De pronto, las palabras de las dos ancianas acudieron atropelladamente a su mente. Trató de divisar Barcelona desde la distancia. ¡Cinco o seis jornadas! ¿Dónde dormiría? ¿Qué comería? Sopesó su hatillo. ¿Y si fueran ciertas las palabras de las ancianas? ¿Qué haría? ¿Qué podía hacer ella contra un caballero o un delincuente? El sol estaba alto en el cielo. Aledis volvió la vista hacia donde le habían dicho que estaba Figueras… y Arnau.

Redobló la prudencia. Anduvo con los sentidos a flor de piel, atenta a cualquier ruido que perturbara la soledad del camino. En las cercanías de Monteada, cuyo castillo, alzado en la cima del mismo nombre, defendía la entrada al llano de Barcelona, y ya con el sol situado en el mediodía, el camino volvió a llenarse de campesinos y mercaderes. Aledis se sumó a ellos como si fuese parte de alguna de las comitivas que se dirigían hacia la ciudad, pero cuando alcanzó sus puertas recordó los consejos de las ancianas y la rodeó a campo traviesa hasta volver a encontrar el camino.

Aledis se sintió satisfecha al comprobar que cuanto más avanzaba más se disipaban los temores que la habían sobrecogido tras encontrarse sola en el camino. Cuando llegó al norte de Monteada siguió cruzándose con campesinos y mercaderes, la mayoría a pie, otros en carros, muías o asnos. Todos se saludaban amablemente y Aledis empezó a disfrutar de aquella generosidad en el trato. Como había hecho con anterioridad, se sumó a un grupo, esta vez de mercaderes, que se dirigía a Ripollet. La ayudaron a vadear el río Besos, pero nada más cruzarlo los mercaderes se desviaron a la izquierda, hacia Ripollet. Cuando Aledis, de nuevo sola, rodeó y dejó atrás Val Romanas, se encontró con el verdadero río Besos: una corriente de agua que en aquella época del año aún era lo suficientemente caudalosa para que fuera imposible cruzarla a pie.

Aledis miró el río y al barquero que esperaba indolente en la orilla. El hombre sonrió con una absurda expresión de condescendencia y le mostró unos dientes horriblemente negros. A Aledis no le quedaba otro remedio, si quería proseguir su viaje, que utilizar los servicios de aquel barquero de dientes negros. Intentó cerrar el escote tirando de los cordeles que se cruzaban sobre él, pero tenía que sostener el hatillo y no lo consiguió. Aminoró el paso. Siempre le habían dicho lo bonitos que eran sus movimientos; siempre se había recreado en ellos cuando se sabía observada. ¡Todo él era negrura! Desprendía suciedad. ¿Y si soltaba el hatillo? No. Se daría cuenta. No tenía por qué temerlo. La camisa del barquero estaba apergaminada por la mugre. ¿Y sus pies? ¡Dios! Si casi no se le veían los dedos. Despacio. Despacio. «¡Dios, qué hombre más horrible!», pensó.

– Quiero cruzar el río -le dijo.

El barquero levantó la vista desde los pechos de Aledis hasta sus grandes ojos castaños.

– Ya -se limitó a contestar; luego, descaradamente, volvió a fijar la vista en sus pechos.

– ¿No me has oído?

– Ya -repitió, sin ni siquiera levantar la mirada.

El rumor de las aguas del Besos rompió el silencio. Aledis creyó notar el roce de los ojos del barquero sobre sus senos. Su respiración se aceleró, lo que realzó sus pechos, y los sanguinolentos ojos escudriñaron hasta el último rincón de su cuerpo.

Aledis estaba sola, perdida en el interior de Cataluña, a la orilla de un río del que ni siquiera había oído hablar y que ya creía haber cruzado con los de Ripollet y con un hombre fornido que la miraba con lujuria. Aledis miró a su alrededor. No se veía un alma. Algunos metros a su izquierda, algo apartada de la orilla, se alzaba una cabana fabricada con troncos mal dispuestos, tan destartalada y cochambrosa como su dueño. Frente a la puerta de la cabana, entre desechos y desperdicios, un fuego calentaba una olla colgada de un trípode de hierro. Aledis no quiso ni imaginar lo que se estaría cociendo en aquella olla pero el olor que desprendía le pareció repulsivo.

– Tengo que alcanzar al ejército del rey -empezó a decirle con voz titubeante.

– Ya -le contestó otra vez el barquero.

– Mi esposo es oficial del rey -mintió, alzando el tono de voz-, y tengo que comunicarle que estoy embarazada antes de que entre en combate.

– Ya -contestó volviendo a mostrar sus negros dientes.

Un hilillo de baba apareció en la comisura de sus labios. El barquero se la limpió con la manga de la camisa.

– ¿Acaso no sabes decir otra cosa?

– Sí -contestó el hombre entrecerrando los ojos-. Los oficiales del rey suelen morir pronto en batalla.

Aledis no lo vio venir. El barquero descargó una terrible bofetada en la mejilla de la muchacha. Aledis se giró, antes de caer postrada a los inmundos pies de su agresor.

El hombre se agachó, la agarró del cabello y empezó a arrastrarla hacia la cabana. Aledis clavó sus uñas en la mano del hombre hasta notar cómo se hundían en la carne, pero él siguió arrastrándola. Intentó levantarse, dio varios traspiés y volvió a caer. Se recuperó y se lanzó a gatas contra las piernas de su agresor, tratando de inmovilizarlas. El barquero se zafó y le propinó una patada en la boca del estómago.

Ya dentro del chamizo, mientras intentaba recuperar el aliento, Aledis sintió que la tierra y el barro arañaban su cuerpo al son de la lujuria del barquero.

Mientras esperaba a las diversas hosts y asambleas del principado, así como los correspondientes víveres, el rey Pedro estableció su cuartel general en un albergue de Figueras, ciudad con representación en Cortes y cercana a la frontera con el condado del Ro-sellón. El infante don Pedro y sus caballeros se instalaron en Pe-relada, y el infante don Jaime y los demás nobles -el señor de Eixèrica, el conde de Luna, Blasco de Alagó, mosén Juan Ximé-nez de Urrea, Felipe de Castro y mosén Juan Ferrández de Luna, entre otros- se repartieron, junto con sus tropas, por los alrededores de Figueras.

Arnau Estanyol se hallaba con las tropas reales. A sus veintidós años jamás había vivido una experiencia como la de aquellos días. El campamento real, en el que se hacinaban más de dos mil hombres exultantes por la victoria obtenida en Mallorca, ávidos de guerra, pelea y botín, sin nada que hacer salvo esperar la orden real de marchar sobre el Rosellón, era el polo opuesto al orden que reinaba en Barcelona. Salvo los momentos en que la tropa recibía instrucción o hacía ejercicios de tiro, la vida en el campamento giraba en torno a las apuestas, las tertulias en las que los novatos escuchaban terroríficas historias de guerra de boca de los orgullosos veteranos y, cómo no, los hurtos y las pendencias.

Junto a tres jóvenes venidos de Barcelona y tan inexpertos como él en el arte de la guerra, Arnau acostumbraba a pasear por el campamento. Le maravillaban los caballos y las armaduras, que los sirvientes se ocupaban de tener bruñidas en todo momento, y las mostraban al sol, frente a las tiendas, en una suerte de competición en la que vencían aquellas armas y pertrechos que más refulgían. Pero si las monturas y las armas lo maravillaban, sufría por el contrario el suplicio de la suciedad, el mal olor y las miríadas de insectos atraídos por los desechos de miles de hombres y animales. Los oficiales reales ordenaron la construcción de unas largas y profundas zanjas a modo de letrinas, lo más alejadas posible del campamento, junto a un arroyo en el que pretendían desaguar los detritos de los soldados. Sin embargo, el arroyo estaba casi seco y los desechos se amontonaban y se descomponían, originando un hedor pegajoso e insoportable.

Una mañana en que Arnau y sus tres nuevos compañeros paseaban entre las tiendas, vieron que se acercaba un caballero que volvía de ejercitarse. El caballo, que se dirigía hacia la cuadra en busca de una comida bien merecida y de que lo descargaran del peso de la armadura que cubría su pecho y sus flancos, piafaba alzando sus patas, mientras el jinete trataba de llegar a su tienda sin causar daño, sorteando a los soldados y los enseres amontonados en las calles que se habían abierto entre las tiendas. Pero el animal, grande y brioso, obligado a someterse a los crueles frenos que lo embocaban, sustituía sus deseos de avanzar por un espectacular baile a cuyo son lanzaba el blanco sudor que empapaba sus costados a cuantos se cruzaban con él.

Arnau y su grupo se apartaron cuanto pudieron al paso del jinete, pero con tan mala fortuna que en ese preciso instante el animal desplazó violenta y lateralmente su grupa y golpeó a Jaume, el más pequeño de los cuatro, que perdió el equilibrio y cayó al suelo. El golpe no dañó al muchacho; el jinete, por su parte, ni siquiera miró atrás y siguió su camino hacia una tienda cercana. Sin embargo, el pequeño Jaume cayó justo en el lugar en que algunos veteranos se jugaban su mesada a los dados. Uno de ellos había perdido una cantidad equivalente a los beneficios que pudieran corresponderle en todas las futuras campañas del rey Pedro, y el altercado no se hizo esperar. El desafortunado jugador se levantó cuan grande era, dispuesto a descargar en Jaume la ira que no podía descargar en sus compañeros. Se trataba de un hombre robusto, con el cabello y la barba largos y sucios y con una expresión en el rostro, fruto de horas de constantes pérdidas, que habría amedrentado al más valeroso de los enemigos.

El soldado agarró al entrometido y lo levantó en volandas hasta la altura de sus ojos. Jaume ni siquiera tuvo tiempo de percatarse de lo que sucedía. En cuestión de segundos, el caballo lo había desplazado, él había caído y ahora lo atacaba un energúmeno que le gritaba y lo zarandeaba hasta que, sin soltarlo, le abofeteó el rostro logrando que un hilillo de sangre apareciese en la comisura de sus labios.

Arnau vio cómo Jaume pataleaba en el aire.

– ¡Déjalo! ¡Cerdo! -Sus palabras lo sorprendieron incluso a él.

La gente empezó a apartarse de Arnau y el veterano. Jaume, que, también sorprendido, había dejado de patalear, cayó sentado cuando éste lo soltó para enfrentarse al que había osado insultarlo. De repente, Arnau se vio en el centro de un círculo formado por los muchos curiosos que se acercaron para presenciar el espectáculo. Él y un enfurecido soldado. Si por lo menos no lo hubiera insultado… ¿Por qué había tenido que llamarle cerdo?

– Él no tenía la culpa… -balbuceó Arnau señalando a Jaume, que todavía no entendía qué había pasado.

Sin mediar palabra el soldado arremetió contra Arnau como un toro en celo; le golpeó el pecho con la cabeza y lo lanzó varios metros más allá, los suficientes para que el círculo de curiosos tuviera que apartarse. Arnau sintió un dolor como si le hubieran reventado el pecho. El aire hediondo que se había acostumbrado a respirar parecía haber desaparecido de repente. Boqueó.Trató de levantarse, pero una patada en el rostro lo lanzó de nuevo a tierra. Un intenso dolor se ensañó con su cabeza mientras intentaba recuperar el aliento, y cuando empezaba a lograrlo, una nueva patada, esta vez en los ríñones, volvió a tumbarlo. Después la paliza fue terrible, tanto que Arnau cerró los ojos y se hizo un ovillo en el suelo.

Cuando el veterano cesó en sus ataques, Arnau creyó que aquel loco lo había destrozado; con todo y pese al dolor que sentía, le pareció oír algo.

Desde el suelo, todavía hecho un ovillo, aguzó el oído.

Entonces lo oyó.

Lo oyó una vez.

Y una vez más, y otra, y otras más. Abrió los ojos y miró a la gente del círculo, que estaba riéndose alrededor de él, señalándolo y volviendo a reír. Las palabras de su padre resonaron en sus maltratados oídos: «Yo abandoné cuanto tenía para que tú pudieras ser libre». En su mente aturdida se confundieron imágenes y recuerdos: vio a su padre colgando de una soga en la plaza del Blat… Se levantó con el rostro ensangrentado. Recordó la primera piedra que llevó a la Virgen de la Mar… El veterano le daba la espalda. El esfuerzo que entonces tuvo que hacer para transportar aquella piedra sobre sus espaldas… El dolor, el sufrimiento, el orgullo al descargarla…

– ¡Cerdo!

El barbudo giró sobre sí mismo. El campamento entero pudo oír el roce de sus pantalones al hacerlo.

– ¡Campesino estúpido! -gritó antes de volver a lanzarse cuan grande era sobre Arnau.

Ninguna piedra podía pesar más que ese cerdo. Ninguna piedra… Arnau se lanzó sobre el veterano, se agarró a él para impedir que lo golpease y ambos rodaron por la arena. Arnau logró levantarse antes que el soldado y, en lugar de pegarle, lo cogió por el cabello y por el cinturón de cuero que vestía, lo levantó por encima de él como si fuese una marioneta y lo lanzó por los aires encima del círculo de curiosos.

El barbudo cayó estrepitosamente sobre los espectadores.

Sin embargo, aquella demostración de fuerza no arredró al soldado. Acostumbrado a pelear, en pocos segundos se halló de nuevo ante Arnau, que estaba firmemente plantado en el suelo, esperándolo. En esta ocasión, en lugar de abalanzarse sobre él, el veterano intentó golpearlo, pero Arnau volvió a ser más rápido: paró el golpe cogiéndolo del antebrazo y, tras girar sobre sí mismo, volvió a lanzarlo a tierra, varios metros más allá. Sin embargo, la forma en que Arnau se defendía no dañaba al soldado y el acoso se repetía una y otra vez.

Al fin, cuando el veterano esperaba que su contrincante volviera a lanzarlo por los aires, Arnau le descargó un puñetazo en el rostro, un golpe en el que el bastaix puso toda la rabia que llevaba dentro.

Los gritos que habían acompañado la reyerta cesaron. El barbudo cayó inconsciente a los pies de Arnau, que deseaba cogerse la mano con la que lo había golpeado y aliviar el dolor que sentía en los nudillos, pero aguantó las miradas con el puño cerrado, como si estuviese dispuesto a golpear de nuevo. «No te levantes -pensó mirando al soldado-. Por Dios, no te levantes.»

Con torpeza, el veterano intentó erguirse. «¡No lo hagas!» Arnau apoyó el pie derecho en la cara del veterano y lo empujó al suelo. «No te levantes, hijo de puta.» No lo hizo, y los compañeros del soldado se acercaron para retirarlo.

– ¡Muchacho! -La voz sonó autoritaria. Arnau se volvió y se encontró con el caballero causante de la pelea, todavía vestido con su armadura-.Acércate.

Arnau obedeció cogiéndose la mano con disimulo.

– Me llamo Eiximèn d'Esparça, escudero de su majestad el rey Pedro III, y quiero que sirvas bajo mis órdenes. Preséntate a mis oficiales.

28

Las tres muchachas callaron y se miraron cuando Aledis se lanzó sobre la olla, como un animal hambriento, sin respirar, de rodillas, metiendo las dos manos en la sopa para coger la carne y las verduras, sin dejar de observarlas por encima de la escudilla. Una de ellas, la más joven, con una cascada de cabello rubio rizado que le caía sobre un vestido azul cielo, frunció los labios hacia las otras dos: ¿cuál de ellas no había pasado por lo mismo?, pareció preguntarles. Sus compañeras asintieron con la mirada y las tres se alejaron unos pasos de Aledis.

Cuando se hubieron apartado, la muchacha del cabello rubio rizado se volvió hacia el interior de la tienda, donde, protegidas del sol de julio que caía a plomo sobre el campamento, otras cuatro chicas, algo más maduras que las de fuera, y la patrona, sentada en un taburete, no apartaban la mirada de Aledis. La patrona había asentido con la cabeza cuando ésta apareció, y consintió en que se le ofreciera comida; desde entonces no había dejado de observarla: harapienta y sucia pero bella… y joven. ¿Qué hacía allí aquella muchacha? No era una vagabunda, no mendigaba como ellas.Tampoco era una prostituta; había retrocedido instintivamente cuando se encontró con quienes sí lo eran. Estaba sucia, sí; llevaba la camisa rasgada, también; su cabello era una maraña de pelo grasiento, cierto. Sin embargo, sus dientes eran blancos como la nieve. Aquella joven no había conocido el hambre, ni las enfermedades que ennegrecían los dientes. ¿Qué hacía allí? Tenía que estar huyendo de algo, pero ¿de qué?

La patrona hizo un gesto a una de las mujeres que la acompañaban en el interior de la tienda.

– La quiero limpia y arreglada -le susurró cuando la otra se inclinó sobre ella.

La mujer miró a Aledis, sonrió y asintió.

Aledis no pudo resistirse. «Necesitas un baño», le dijo al terminar de comer otra de las prostitutas, que había salido del interior de la tienda. ¡Un baño! ¿Cuántos días hacía que no se lavaba? Dentro de la tienda le prepararon un barreño de agua fresca y Aledis se sentó en él, con las piernas encogidas. Las mismas tres muchachas que la habían acompañado mientras comía, se ocuparon de ella y la lavaron. ¿Por qué no dejarse querer? No podía presentarse ante Arnau en aquel estado. El ejército acampaba muy cerca y con él estaría Arnau. ¡Lo había conseguido! ¿Por qué no dejarse lavar? También se dejó vestir. Buscaron para ella el vestido menos llamativo pero aun así… «Las mujeres públicas deben vestir telas de colores», le dijo su madre cuando ella, siendo niña, confundió a una prostituta con una noble e intentó cederle el paso. «Entonces, ¿cómo las distinguiremos?», preguntó Aledis. «El rey las obliga a vestir así, pero les prohibe llevar capa o abrigo, incluso en invierno. Así distinguirás a las prostitutas: nunca llevan nada por encima de los hombros.»

Aledis volvió a mirarse. Las mujeres de su clase, las esposas de los artesanos, nunca podían vestir de color; así lo mandaba el rey, y sin embargo, ¡qué bonitas eran aquellas telas! Pero ¿cómo iba a presentarse ante Arnau vestida de esa forma? Los soldados la confundirían… Alzó un brazo para verse de costado.

– ¿Te gusta?

Aledis se volvió y vio a la patrona junto a la entrada de la tienda. Antònia, que así se llamaba la joven rubia del cabello rizado que la había ayudado a vestirse, desapareció a una señal de la primera.

– Sí…, no… -Aledis volvió a mirarse. El traje era verde claro. ¿Tendrían aquellas mujeres algo para echarse por los hombros? Si se cubría, nadie pensaría que ella era una prostituta.

La patrona la miró de arriba abajo. No se había equivocado. Un cuerpo voluptuoso que haría las delicias de cualquier oficial. ¿Y sus ojos? Las dos mujeres se miraron. Eran enormes. Castaños. Y, sin embargo, parecían tristes.

– ¿Qué te ha traído aquí, muchacha?

– Mi esposo. Está en el ejército y se marchó sin saber que va a ser padre. Quería decírselo antes de que entrase en combate.

Lo dijo de corrido, igual que a los mercaderes que la recogieron en el Besos, cuando el barquero, tras consumar la violación y mientras intentaba deshacerse de ella ahogándola en el río, se vio sorprendido por su presencia y salió huyendo. Aledis había terminado rindiéndose a aquel hombre y sollozó sobre el barro mientras la forzaba o cuando la arrastraba hacia el río. El mundo no existía, el sol se había apagado y los jadeos del barquero se perdían en su interior, mezclándose con los recuerdos y la impotencia. Cuando los mercaderes llegaron hasta ella y la vieron ultrajada, se apiadaron.

– Hay que denunciarlo al veguer -le dijeron.

Pero ¿qué le iba a decir ella al representante del rey? ¿Y si su marido la estaba persiguiendo? ¿Y si la descubrían? Se iniciaría un juicio y ella no podía…

– No. Tengo que llegar al campamento real antes de que las tropas partan para el Rosellón -les dijo tras explicarles que estaba embarazada y que su marido no lo sabía-. Allí se lo contaré a mi esposo y él decidirá.

Los mercaderes la acompañaron hasta Gerona. Aledis se separó de ellos en la iglesia de Sant Feliu, extramuros de la ciudad; el más anciano de ellos negó con la cabeza al verla sola y desastrada junto a los muros de la iglesia. Aledis recordó el consejo de las ancianas: no entres en ningún pueblo o ciudad, y no lo hizo en Gerona, una ciudad de seis mil habitantes. Desde donde estaba podía ver la cubierta de la iglesia de Santa María, la seo, en construcción; a su lado el palacio del obispo y al lado de éste, la torre Gironella, alta y recia, la mayor defensa de la ciudad. Las miró durante unos instantes y volvió a ponerse en marcha hacia Figueras.

La patrona, que seguía observándola mientras Aledis recordaba su viaje, vio que temblaba.

La presencia del ejército en Figueras movía a centenares de personas hacia allí. Aledis se sumó a ellas, acosada por el hambre. No lograba recordar sus rostros. Le dieron pan y agua fresca. Alguien le ofreció alguna verdura. Hicieron noche al norte del río Fluvià, al pie del castillo de Pontons, que protegía el paso del río por la ciudad de Bascara, a medio camino entre Gerona y Figueras. Allí los viajeros se cobraron su comida y dos de ellos la montaron salvajemente durante la noche. ¡Qué más daba ya! Aledis buscó en su memoria el rostro de Arnau y se protegió en él. Al día siguiente los siguió como un animal, algunos pasos por detrás, pero no le dieron comida, ni siquiera le hablaron, y, al final, llegaron al campamento.

Y ahora…, ¿qué miraba aquella mujer? Sus ojos no se apartaban de… ¡su vientre! Aledis notó el vestido ceñido a su vientre, plano y duro. Se movió inquieta y bajó la mirada.

La patrona dejó escapar una mueca de satisfacción que Aledis no pudo ver. ¿Cuántas veces había asistido a aquellas confesiones silenciosas? Muchachas que inventaban historias, incapaces de sostener sus mentiras ante la más leve presión; se ponían nerviosas y bajaban la vista como aquélla. ¿Cuántos embarazos había vivido?, ¿decenas?, ¿cientos? Nunca una muchacha le había dicho que estuviera embarazada teniendo un vientre duro y plano como ése. ¿Una falta? Podía ser, pero era inimaginable que con sólo una falta corriese a contárselo a su esposo, camino de la guerra.

– Vestida así no puedes presentarte en el campamento real. -Aledis levantó la vista al oír a la patrona y volvió a mirarse-. Tenemos prohibido ir allí. Si quieres, yo podría encontrar a tu esposo.

– ¿Vos? ¿Me ayudaríais? ¿Por qué ibais a hacerlo?

– ¿Acaso no te he ayudado ya? Te he dado de comer, te he lavado y te he vestido. Nadie lo ha hecho en este campamento de locos, ¿verdad? -Aledis asintió. Un escalofrío recorrió su cuerpo al recordar cómo la habían tratado-. ¿Por qué te extraña, pues? -continuó la mujer. Aledis titubeó-.Somos mujeres públicas, es cierto, pero eso no significa que no tengamos corazón. Si alguien me hubiese ayudado a mí hace algunos años… -La patrona dejó la mirada perdida y sus palabras flotaron en el interior de la tienda-. Bueno. Ya da igual. Si quieres, puedo hacerlo. Conozco a mucha gente en el campamento y no me sería difícil hacer venir a tu esposo.

Aledis sopesó la oferta. ¿Por qué no? La patrona pensó en su futura adquisición. No sería difícil hacer desaparecer al esposo, una simple reyerta en el campamento…, le debían muchos favores aquellos soldados, y entonces, ¿a quién acudiría la chica? Estaba sola. Se entregaría a ella. El embarazo, si fuese cierto, no era un problema; ¿cuántos había solucionado por unas monedas?

– Os lo agradezco -consintió Aledis.

Ya estaba. Ya era suya.

– ¿Cómo se llama tu esposo y de dónde viene?

– Viene con la host de Barcelona y se llama Arnau, Arnau Estanyol. -La patrona se estremeció-. ¿Sucede algo? -preguntó Aledis.

La mujer buscó el taburete y se sentó. Sudaba.

– No -contestó-. Debe de ser este maldito calor. Acércame aquel abanico.

¡No podía ser!, se dijo mientras Aledis atendía su ruego. Le palpitaban las sienes. ¡Arnau Estanyol! No podía ser.

– Descríbeme a tu esposo -le dijo, sentada y abanicándose.

– ¡Oh!, debe de ser muy sencillo dar con él. Es bastaix del puerto. Es joven y fuerte, alto y guapo, y tiene un lunar junto al ojo derecho.

La patrona siguió abanicándose en silencio. Su mirada fue mucho más allá de Aledis: a un pueblo llamado Navarcles, a una fiesta de matrimonio, a un jergón y a un castillo…, a Llorenç de Bellera, al escarnio, al hambre, al dolor… ¿Cuántos años habían pasado? ¿Veinte? Sí, debían de ser veinte, quizá más.Y ahora…

Aledis interrumpió su silencio:

– ¿Lo conocéis?

– No…, no.

¿Lo había llegado a conocer? En realidad, qué poco recordaba de él. ¡Entonces sólo era una niña!

– ¿Me ayudaréis a encontrarlo? -volvió a interrumpirla Aledis.

«¿Y quién me ayudará a mí si me encuentro con él?» Necesitaba estar sola.

– Lo haré -afirmó, señalándole la salida de la tienda. Cuando Aledis salió, Francesca se llevó las manos al rostro. ¡Arnau! Había llegado a olvidarlo; se había obligado a hacerlo y ahora, veinte años más tarde… Si la muchacha decía la verdad, aquel niño que llevaba en las entrañas sería… ¡su nieto! Y ella había pensado en matarlo. ¡Veinte años! ¿Cómo sería él? Aledis había dicho que alto, fuerte, guapo. No lo recordaba, ni siquiera de recién nacido. Consiguió para él el calor de la forja pero pronto dejó de poder llegar hasta donde se encontraba su niño. «¡Malditos! ¡Sólo era una niña, y hacían cola para violarme!» Una lágrima empezó a caer por su mejilla. ¿Cuánto tiempo hacía que no lloraba? Entonces, hacía veinte años, no lo hizo. «El niño estará mejor con Bernat», había pensado. Cuando se enteró de todo, doña Caterina la abofeteó y ella terminó arrastrándose entre la soldadesca primero y entre los desperdicios después, junto a la muralla del castillo.Ya nadie la deseaba, y vagaba entre inmundicias y basura, junto a un montón de desgraciados como ella, peleando por los restos de mendrugos enmohecidos y llenos de gusanos. Allí se encontró con una niña, las dos hurgaban. Estaba delgada pero era bonita. Nadie la vigilaba. Quizá si… Le ofreció restos de comida, los que guardaba para sí. La niña sonrió y sus ojos se iluminaron; probablemente no conocía otra vida que aquélla. La lavó en un riachuelo y restregó su piel con arena hasta que gritó de dolor y frío. Después sólo tuvo que llevarla hasta uno de los oficiales del castillo del señor de Bellera. Ahí empezó todo. «Me endurecí, hijo, me endurecí hasta el punto de que mi corazón encalleció. ¿Qué te contó de mí tu padre? ¿Que te abandoné a la muerte?»

Aquella misma noche, cuando los oficiales del rey y los soldados afortunados en las cartas o en los naipes acudieron a la tienda, Francesca preguntó por Arnau.

– ¿El bastaix dices? -le contestó uno de ellos-; claro que lo conozco, todo el mundo lo conoce. -Francesca ladeó la cabeza-. Dicen que venció a un veterano a quien todo el mundo temía -explicó-, y Eiximèn d'Esparça, el escudero del rey, lo recluto para su guardia personal. Tiene un lunar junto al ojo. Lo han entrenado para usar el puñal, ¿sabes? Desde entonces ha competido en varias peleas más y en todas ha vencido.Vale la pena apostar por él. -El oficial sonrió-. ¿Por qué te interesas por él? -añadió ampliando la sonrisa.

¿Por qué no dar alas a una imaginación calenturienta?, pensó Francesca. Era difícil ofrecer otra explicación. Y guiñó un ojo al oficial.

– Estás vieja para tanto hombre -rió el soldado.

Francesca no se inmutó.

– Tú tráemelo y no te arrepentirás.

– ¿Adonde? ¿Aquí?

¿Y si a fin de cuentas Aledis mentía? Nunca le habían fallado sus primeras impresiones.

– No. Aquí, no.

Aledis se apartó unos pasos de la tienda de Francesca. La noche era preciosa, estrellada y cálida, con una luna que teñía de amarillo la oscuridad. La muchacha miraba al cielo y a los hombres que entraban en la tienda y salían acompañados de alguna de las chicas; entonces se dirigían hacia unos pequeños chamizos, de los que salían al cabo de un rato, unas veces riendo, otras en silencio.Y repetían y repetían. Cada vez, las mujeres se dirigían al barreño en que se había bañado Aledis y se lavaban sus partes, mirándola con descaro, como lo hizo aquella mujer a la que en cierta ocasión su madre no le permitió ceder el paso.

– ¿Por qué no la arrestan? -le preguntó entonces Aledis a su madre.

Eulàlia miró a su hija, calibrando si ya era lo suficientemente adulta para recibir una explicación.

– No pueden hacerlo; tanto el rey como la Iglesia les permiten ejercer su oficio. -Aledis la miró incrédula-. Sí, hija, sí. La Iglesia dice que las mujeres públicas no pueden ser castigadas por la ley terrenal, que ya lo hará la ley divina. -¿Cómo explicarle a una criatura que la verdadera razón por la que la Iglesia sostenía aquella máxima era para evitar el adulterio o las relaciones contra natura? Eulàlia volvió a observar a su hija. No, todavía no debía conocer la existencia de las relaciones contra natura.

Antònia, la joven del cabello rubio rizado, se hallaba junto al barreño y le sonrió. Aledis frunció los labios en un amago de sonrisa y la dejó hacer.

¿Qué más le había contado su madre?, pensó, intentando distraerse. Que no podían vivir en ciudad, villa o lugar alguno en que lo hicieran personas honestas, bajo pena de ser expulsadas incluso de sus propias casas si lo pedían sus vecinos. Que estaban obligadas a escuchar sermones religiosos para buscar su rehabilitación. Que no podían utilizar los baños públicos más que los lunes y los viernes, los días reservados a judíos y sarracenos. Y que con su dinero podían hacer caridad, pero nunca oblación ante el altar.

Antònia, de pie en el barreño, con la falda recogida en una mano, continuaba lavándose con la otra, ¡y seguía sonriéndole! Cada vez que se erguía después de coger agua con la mano para llevársela a la entrepierna, la miraba y le sonreía.Y Aledis trataba de devolverle la sonrisa, intentando no bajar la mirada hacia su pubis expuesto a la luz de la luna.

¿Por qué le sonreía? Sólo debía de ser una niña y ya estaba condenada. Algunos años atrás, justo después de que su padre se negara a su matrimonio con Arnau, su madre las llevó, a ella y a Alesta, al monasterio de San Pedro de Barcelona. «¡Que lo vean!», le ordenó el curtidor a su esposa. El atrio estaba lleno de puertas que habían sido arrancadas de sus goznes y estaban apoyadas en las arcadas o tiradas en el patio. El rey Pedro concedió a la abadesa de San Pedro el privilegio para que, con su autoridad y sin implorar el auxilio de nadie, pudiera ordenar a las mujeres deshonestas que saliesen de su parroquia, y luego arrancar las puertas de sus viviendas y llevarlas al atrio del monasterio. La abadesa se puso manos a la obra, ¡vaya si lo hizo!

– ¿Todo esto son desahuciados? -preguntó Alesta mientras agitaba una mano abierta y recordaba cómo les echaron a ellos de su casa, antes de terminar en la de Pere y Mariona: arrancaron la puerta por impago.

– No, hija -contestó su madre-; esto es lo que les sucede a las mujeres que no cumplen con la castidad.

Aledis revivió aquel momento. Mientras hablaba, su madre la miró a ella directamente, con los ojos entrecerrados.

Despejó aquel mal recuerdo de su mente moviendo la cabeza de un lado a otro hasta encontrarse de nuevo con Antònia y su pubis rubio, cubierto de pelo rizado, igual que su cabeza. ¿Qué haría con Antònia la abadesa de San Pedro?

Francesca salió de la tienda en busca de la muchacha. «¡Niña!», le gritó. Aledis observó cómo Antònia saltaba del barreño, se calzaba y entraba corriendo en la tienda. Después su mirada se encontró con la de Francesca unos segundos, antes de que la patrona volviera a sus quehaceres. ¿Qué escondía aquella mirada?

Eiximèn d'Esparça, escudero de su majestad el rey Pedro III, era un personaje importante, bastante más importante por su rango que por su complexión, porque en el momento en que se apeó del imponente caballo de guerra y se quitó la armadura, se convirtió en un hombre bajo y delgado. Débil, concluyó Arnau temiendo que el noble adivinase sus pensamientos.

Eiximèn d'Esparça estaba al mando de una compañía de almogávares que pagaba de su propio peculio. Cuando miraba a sus hombres lo asaltaban las dudas. ¿Dónde estaba la lealtad de aquellos mercenarios? En su mesada, sólo en su mesada. Por eso le gustaba rodearse de una guardia pretoriana, y el combate de Arnau lo había impresionado.

– ¿Qué arma sabes utilizar? -le preguntó a Arnau el oficial del escudero real. El bastaix mostró la ballesta de su padre-. Eso ya lo imagino. Todos los catalanes saben utilizarla; es su obligación. ¿Alguna más?

Arnau negó con la cabeza.

– ¿Y ese puñal? -El oficial señaló el arma que Arnau llevaba al cinto, y estalló en una sonora carcajada, echando la cabeza hacia atrás, cuando éste le mostró el puñal romo-. Con eso -añadió todavía riendo-, no podrías ni rasgar el himen de una doncella. Te entrenarás con uno de verdad, en el cuerpo a cuerpo.

Buscó en un arcón y le entregó un machete, mucho más largo y grande que su puñal de bastaix. Arnau pasó un dedo por la hoja. A partir de entonces, día tras día, Arnau se sumó a la guardia de Eixi-mèn para entrenarse en la lucha cuerpo a cuerpo con su nuevo puñal. También le proporcionaron un uniforme colorido que incluía una cota de malla, un yelmo -que procuraba bruñir hasta que resplandecía- y nos fuertes zapatos de cuero que se ataban a las pantorrillas mediante tiras cruzadas. Los duros entrenamientos se alternaban con combates reales, cuerpo a cuerpo, sin armas, organizados por los oficiales de los nobles del campamento. Arnau se convirtió en el representante de las tropas del escudero real y no transcurrió un día sin que participara en una o dos peleas ante la gente, que se amontonaba en su derredor, gritaba y cruzaba apuestas. Fueron suficientes unas cuantas peleas para que Arnau alcanzase fama entre los soldados. Cuando paseaba entre ellos, en los pocos momentos de asueto que tenía, se sentía observado y señalado. ¡Qué extraña sensación era provocar el silencio a su paso! El oficial de Eiximèn d'Esparça sonrió cuando su compañero le planteó la pregunta.

– ¿Yo también podré disfrutar de una de sus muchachas?-quiso saber.

– Seguro. La vieja está empeñada en tu soldado. No puedes imaginar cómo le brillaban los ojos. Los dos rieron.

– ¿Adonde debo llevártelo?

Francesca escogió para la ocasión un pequeño mesón en las afueras de Figueras.

– No hagas preguntas y obedece -le dijo el oficial a Arnau- hay alguien que quiere verte.

Los dos oficiales lo acompañaron hasta el mesón y, una vez allí, hasta la mísera habitación en la que ya esperaba Francesca. Cuando Arnau entró, cerraron la puerta y la atrancaron por fuera. Arnau se volvió e intentó abrirla; luego, golpeó la puerta.

– ¿Qué sucede? -gritó-. ¿Qué significa esto?

Le respondieron las carcajadas de los oficiales.

Arnau las escuchó durante unos segundos. ¿Qué significaba aquello? De repente notó que no estaba solo y se volvió. Francesca, en pie, lo observaba apoyada en la ventana, tenuemente iluminada por la luz de una vela que colgaba de una de las paredes; pese a la penumbra, su vestido verde brillaba. ¡Una prostituta! Cuántas historias de mujeres había escuchado al calor de las fogatas del campamento, cuántos se jactaban de haber gastado sus dineros con una muchacha, siempre mejor, más bella y más voluptuosa que la del anterior. Entonces Arnau callaba y bajaba la mirada; ¡él había llegado allí huyendo de dos mujeres! Quizá…, quizá aquella jugarreta fuera consecuencia de su silencio, de su aparente falta de interés por las mujeres… ¿Cuántas veces le habían lanzado puyas ante su mutismo?

– ¿Qué broma es ésta? -le preguntó a Francesca-. ¿Qué pretendes de mí?

Todavía no lo veía. La vela no iluminaba lo suficiente, pero su voz…, su voz ya era la de un hombre, y era grande y alto, como le había dicho la muchacha. Notó que las rodillas le temblaban y las piernas le flaqueaban. ¡Su hijo!

Francesca tuvo que carraspear antes de hablar.

– Tranquilízate. No quiero nada que pueda comprometer tu honor. En cualquier caso -añadió-, estamos solos; ¿qué iba a poder hacer yo, una mujer débil, contra un hombre joven y fuerte como tú?

– Entonces, ¿por qué ríen los de fuera? -preguntó Arnau todavía desde la puerta.

– Deja que rían si lo desean. La mente del hombre es retorcida, y por lo general le gusta creer siempre lo peor. Quizá si les hubiera dicho la verdad, si les hubiera contado las razones de mi insistencia por verte, no se hubieran mostrado tan dispuestos como lo han estado cuando la imaginación ha avivado su lujuria.

– ¿Qué iban a pensar de una prostituta y un hombre encerrados en la habitación de un mesón? ¿Qué cabe esperar de una prostituta?

Su tono fue duro, hiriente. Francesca logró reponerse.

– También somos personas -dijo levantando la voz-. San Agustín escribió que sería Dios quien juzgaría a las meretrices.

– ¿No me habrás hecho venir hasta aquí para hablar de Dios?

– No. -Francesca se acercó a él; tenía que verle el rostro-. Te he hecho venir para hablarte de tu esposa.

Arnau titubeó. Era guapo de veras.

– ¿Qué ocurre? ¿Cómo es posible…?

– Está embarazada.

– ¿Maria?

– Aledis…-corrigió Francesca sin pensar, pero ¿había dicho

Maria?

– ¿Aledis?

Francesca vio que el joven se estremecía. ¿Qué significaba aquello?

– ¿Qué hacéis hablando tanto? -se oyó que gritaban tras la puerta, entre fuertes golpes y carcajadas-. ¿Qué pasa, patrona?, ¿es demasiado hombre para ti?

Arnau y Francesca se miraron. Ella le hizo una señal para que se apartara de la puerta y Arnau obedeció. Los dos bajaron la voz.

– ¿Has dicho Maria? -preguntó Francesca cuando ya estaban junto a la ventana, en el extremo opuesto.

– Sí. Mi esposa se llama Maria.

– ¿Y quién es Aledis, pues? Ella me ha dicho… Arnau negó con la cabeza. ¿Era tristeza lo que apareció en sus ojos?, se preguntó Francesca. Arnau había perdido la compostura, sus brazos caían a los costados y el cuello, antes altanero, parecía incapaz de soportar el peso de la cabeza. Sin embargo, no contestó. Francesca sintió una punzada en lo más profundo de su ser.

– ¿Qué sucede, hijo?

– ¿Quién es Aledis? -insistió.

Arnau volvió a negar con la cabeza. Lo había dejado todo. A Maria, su trabajo, la Virgen…y, ahora, ¡estaba allí!, ¡embarazada»

Todo el mundo se enteraría. ¿Cómo podría volver a Barcelona, a su trabajo, a su casa?

Francesca desvió la mirada hacia la ventana. Fuera estaba oscuro. ¿Qué era aquel dolor que la oprimía? Había visto a hombres arrastrándose, a mujeres desahuciadas; había presenciado la muerte y la miseria, la enfermedad y la agonía, pero nunca hasta entonces se había sentido así.

– No creo que diga la verdad -afirmó, con la garganta atenazada, sin dejar de mirar por la ventana. Notó cómo Arnau se movía junto a ella.

– ¿Qué quieres decir?

– Que creo que no está embarazada, que miente.

– ¡Qué más da! -se oyó decir a sí mismo Arnau.

Estaba allí, eso era suficiente. Lo seguía, volvería a acosarlo. De nada había servido todo cuanto había hecho.

– Yo podría ayudarte.

– ¿Por qué ibas a hacerlo?

Francesca se volvió hacia él. Casi se rozaban. Podía tocarlo. Podía olerlo. ¡Porque eres mi hijo!, podía decirle, sería el momento, pero ¿qué debía de haberle contado Bernat de ella? ¿De qué serviría que aquel muchacho supiese que su madre era una mujer pública? Francesca alargó una mano temblorosa. Arnau no se movió. ¿De qué serviría? Detuvo el gesto. Habían pasado más de veinte años y ella no era más que una prostituta.

– Porque ella me engañó a mí -le contestó-. Le di de comer, la vestí y la acogí. No me gusta que me engañen. Pareces buena persona y creo que también a ti está intentando engañarte.

Arnau la miró directamente a los ojos. ¿Qué más daba ya? Libre de su marido y lejos de Barcelona, Aledis lo contaría todo, y además aquella mujer… ¿Qué había en ella que le resultaba tranquilizador?

Arnau bajó la cabeza y empezó a hablar.

29

El rey Pedro III el Ceremonioso llevaba ya seis días en Figueras cuando el 28 de julio de 1343 ordenó levantar el campamento e iniciar la marcha hacia el Rosellón. -Tendrás que esperar -le dijo Francesca a Aledis mientras las muchachas desmontaban la tienda para seguir al ejército-. Cuando el rey ordena la marcha, los soldados no pueden abandonar las filas. Quizá en el próximo campamento… Aledis la interrogó con la mirada.

– Ya le he mandado recado -añadió Francesca sin darle importancia-. ¿Vienes con nosotras? Aledis asintió.

– Pues ayuda -le ordenó Francesca.

Mil doscientos hombres a caballo y más de cuatro mil a pie, armados para la guerra y con provisiones para ocho días, se pusieron en movimiento en dirección a La Junquera, a poco más de media jornada de Figueras.Tras el ejército, una multitud de carros, mulos y todo tipo de personas. Una vez en La Junquera, el rey ordenó acampar otra vez; un nuevo mensajero del Papa, un fraile agustino, traía otra carta de Jaime III. Cuando Pedro III conquistó Mallorca, el rey Jaime acudió al Papa en busca de ayuda; frailes, obispos y cardenales mediaron infructuosamente ante el Ceremonioso.

Como ocurrió con los anteriores, el rey no hizo caso al nuevo enviado papal. El ejército hizo noche en La Junquera. ¿Era el momento?, pensó Francesca mientras observaba cómo Aledis ayudaba a las demás muchachas con la comida. No, concluyó. Cuanto más lejos estuvieran de Barcelona, de la antigua vida de Aledis, más oportunidades tendría Francesca. «Tenemos que esperar», le contestó cuando la muchacha le preguntó por Arnau.

A la mañana siguiente el rey levantó el campamento de nuevo.

– ¡A Panissars! ¡En orden de batalla! En cuatro grupos dispuestos para el combate.

La orden corrió por las filas del ejército. Arnau la oyó junto a la guardia personal de Eiximèn d'Esparça, presta a marchar. ¡A Panissars! Algunos lo gritaban, otros apenas lo susurraban, pero todos lo hacían con orgullo y respeto. ¡El desfiladero de Panissars!, el paso por los Pirineos desde tierras catalanas hacia las del Ro-sellón. A sólo media legua de La Junquera, aquella noche en todas las hogueras podían escucharse las hazañas de Panissars.

Fueron ellos, los catalanes, sus padres, sus abuelos, quienes vencieron a los franceses. ¡Sólo ellos!, los catalanes. Años atrás, el rey Pedro el Grande fue excomulgado por el Papa por haber conquistado Sicilia sin su consentimiento. Los franceses, bajo el mando del rey Felipe el Atrevido, declararon la guerra al hereje, ¡en nombre de la cristiandad!, y con la ayuda de algunos traidores, cruzaron los Pirineos por el paso de la Maçana.

Pedro el Grande tuvo que batirse en retirada, y los nobles y caballeros de Aragón abandonaron al rey y partieron con sus ejércitos hacia sus tierras.

– ¡Sólo quedábamos nosotros! -dijo alguien en la noche, acallando incluso el chisporroteo del fuego.

– ¡Y Roger de Llúria! -saltó otro.

El rey, mermados sus ejércitos, tuvo que dejar que los franceses invadiesen Cataluña en espera de que llegasen refuerzos desde Sicilia, de la mano del almirante Roger de Llúria. Pedro el Grande ordenó al vizconde Ramon Folch de Cardona, defensor de Gerona, que resistiese el asedio de los franceses hasta que Roger de Llúria llegase a Cataluña. El vizconde de Cardona así lo hizo y defendió épicamente la ciudad hasta que su monarca le permitió rendirla al invasor.

Roger de Llúria llegó y derrotó a la armada francesa; mientras, en tierra, el ejército francés se vio asolado por una epidemia.

– Profanaron el sepulcro de Sant Narcís cuando tomaron Gerona -intervino alguien.

Millones de moscas salieron del sepulcro del santo, al decir de los viejos del lugar, cuando los franceses lo profanaron. Aquellos insectos propagaron la epidemia entre las filas francesas. Derrotados por mar, enfermos en tierra, el rey Felipe el Atrevido solicitó una tregua para retirarse sin que hubiera una matanza.

Pedro el Grande se la concedió, pero, les advirtió, sólo en su nombre y en el de sus nobles y caballeros.

Arnau oyó los gritos de los almogávares que entraban en Panis-sars. Protegiéndose los ojos, miró hacia arriba, a las montañas que rodeaban el paso y en las que reverberaban los gritos de los mercenarios. Allí, junto a Roger de Llúria, observados desde la cima por Pedro el Grande y sus nobles, los mercenarios acabaron con el ejército francés tras dar muerte a millares de hombres. Al día siguiente, en Perpiñán, falleció Felipe el Atrevido y terminó la cruzada contra Cataluña.

Los almogávares siguieron gritando a lo largo de todo el desfiladero, desafiando a un enemigo que no apareció; quizá recordaban lo que les habían contado sus padres o sus abuelos sobre lo ocurrido allí mismo hacía cincuenta años.

Aquellos hombres desharrapados, que cuando no guerreaban como mercenarios vivían en los bosques y en las montañas dedicándose a saquear y devastar las tierras sarracenas, haciendo caso omiso de cualquier tratado que hubieran pactado los reyes cristianos de la península con los cabecillas moros, andaban a su aire. Arnau lo comprobó en el camino de Figueras a La Junquera y ahora lo veía de nuevo: de los cuatro grupos en los que el rey había dividido el ejército, los tres restantes marchaban en formación, bajo sus pendones, pero el de los almogávares lo hacía en desorden, gritando, amenazando, riendo y hasta bromeando, burlándose del enemigo que no aparecía y del que en su día lo hiciera.

– ¿No tienen jefes? -preguntó Arnau tras ver cómo los almogávares, cuando Eiximèn d'Esparça ordenó un alto, los adelantaban desordenada y despreocupadamente y seguían su camino.

– No lo parece, ¿verdad? -le contestó un veterano, firme a su lado, como todos los componentes de la guardia personal del escudero real.

– No. No lo parece.

– Pues sí que los tienen, y que se guarden de desobedecerlos. No son jefes como los nuestros. -El veterano señaló a Eiximèn d'Esparça; después quitó un insecto imaginario de su escudilla y lo agitó en el aire. Varios soldados se sumaron a las risas de Arnau-. Ésos sí son jefes -continuó el veterano poniéndose serio de repente-; ahí no sirve ser hijo de alguien, llamarse de tal o cual o ser el protegido del conde de lo que sea. Los más importantes son los adalils. -Arnau miró hacia los almogávares, que seguían pasando por su lado-. No, no te molestes -le dijo el veterano-; no los distinguirás.Visten todos igual, pero ellos saben muy bien quiénes son. Para llegar a ser adalil se precisan cuatro virtudes: sabiduría para guiar las huestes; ser esforzado y saber exigirles el mismo esfuerzo a los hombres que uno manda; tener dotes naturales para el mando y, sobre todo, ser leal.

– Eso es lo mismo que dicen que tiene él -lo interrumpió Arnau señalando al escudero real y haciendo el mismo gesto con los dedos de su mano derecha.

– Sí, pero a ése nadie se lo ha discutido ni se lo discute. Para llegar a ser adalil de los almogávares es necesario que doce adalils más juren bajo pena de muerte que el aspirante cumple esas condiciones. No quedarían nobles en el mundo si tuviesen que jurar del mismo modo sobre sus iguales…, sobre todo tratándose de lealtad.

Los soldados que escuchaban la conversación asintieron sonriendo. Arnau volvió a mirar a los almogávares. ¿Cómo podían matar a un caballo con una simple lanza y en plena carga?

– Por debajo de los adalils -continuó explicando el veterano- están los almogatens; tienen que ser expertos en la guerra, esforzados, ligeros y leales, y su forma de elección es la misma: doce almogatens tienen que jurar que el candidato reúne esas cualidades.

– ¿Bajo pena de muerte? -preguntó Arnau.

– Bajo pena de muerte -confirmó el veterano. Lo que no podía imaginar Arnau era que el desparpajo de aquellos guerreros llegara hasta el punto de desobedecer al rey. Pedro III ordenó que, una vez cruzado el desfiladero de Panissars, el ejército se dirigiera hacia la capital del Rosellón: Perpiñán; sin embargo, cuando las tropas lo hubieron cruzado, los almogávares se separaron de ellas en dirección al castillo de Bellaguarda, erigido en la cima de un pico del mismo nombre, situado sobre el desfiladero de Panissars.

Arnau y los soldados del escudero real vieron cómo se marchaban, ascendiendo a la cima del Bellaguarda. Seguían gritando, como habían hecho a lo largo de todo el paso. Eiximèn d'Esparça se volvió hacia donde se encontraba el rey, que también los miraba.

Pero Pedro III no hizo nada. ¿Cómo detener a aquellos mercenarios? Volvió grupas y continuó su camino hacia Perpiñán. Aquélla fue la señal para Eiximèn d'Esparça: el rey admitía el asalto de Bellaguarda, pero era él quien pagaba a los almogávares; si había algún botín tenía que estar allí. Así, mientras el grueso del ejército continuaba en formación, Eiximèn d'Esparça y sus hombres iniciaron el ascenso de Bellaguarda, tras los almogávares.

Los catalanes sitiaron el castillo y durante el resto del día y la noche entera, los mercenarios se turnaron en la tala de árboles para construir máquinas de asedio: escalas de asalto y un gran ariete montado sobre ruedas, que oscilaba mediante unas cuerdas que colgaban de un tronco superior, cubierto de pieles para proteger a los hombres que lo manejarían.

Arnau estuvo haciendo guardia frente a los muros de Bellaguarda. ¿Cómo se asaltaba un castillo? Ellos tendrían que ir a pecho descubierto, hacia arriba, mientras que los defensores se limitarían a dispararles, refugiados tras las almenas. Allí estaban.Veía cómo se asomaban y los miraban. En algún momento le pareció J que alguno lo observaba a él directamente. Parecían tranquilos», mientras que él temblaba al notar la atención de aquellos asediados.

– Parecen muy seguros de sí mismos -le comentó a uno de los veteranos que estaba a su lado.

– No te engañes -le contestó éste-; ahí dentro lo están pasando peor que nosotros. Además, han visto a los almogávares.

Los almogávares; de nuevo los almogávares. Arnau se volvió hacia ellos. Trabajaban sin descanso, ahora perfectamente organizados. Nadie reía ni discutía; trabajaban.

– ¿Cómo pueden darles tanto miedo a los que están tras esas murallas? -preguntó.

El veterano rió.

– Nunca los has visto luchar, ¿verdad? -Arnau negó con la cabeza-. Espera y verás.

Esperó dormitando en el suelo, a lo largo de una noche tensa en la que los mercenarios no dejaron de construir sus máquinas, a la luz de unas antorchas que iban y venían sin descanso.

Al despuntar el día, cuando la luz de sol empezaba a asomar por el horizonte, Eiximèn d'Esparça ordenó que sus tropas se dispusieran en formación. La oscuridad de la noche apenas se había atenuado con aquella luz lejana. Arnau buscó a los almogávares. Habían obedecido y formaban frente a los muros de Bellaguarda. Después miró hacia el castillo, por encima de ellos. Habían desaparecido todas las luces, pero estaban allí; durante la noche no habían hecho más que prepararse para el asalto. Arnau sintió un escalofrío. ¿Qué hacía él allí? El amanecer era fresco y, sin embargo, sus manos, agarradas a la ballesta, no dejaban de sudar. El silencio era total. Podía morir. Durante el día, los defensores lo habían mirado en repetidas ocasiones, a él, a un simple bastaix; los rostros de aquellos hombres, entonces perdidos en la distancia, cobraron vida. ¡Ahí estaban!, esperándolo.Tembló. Las piernas le temblaron y tuvo que hacer un esfuerzo para que sus dientes no castañetearan. Apretó la ballesta contra su pecho para que nadie advirtiese el temblor de sus manos. El oficial le había indicado que cuando diera la orden de atacar se acercase a los muros y se parapetase tras unas piedras para disparar su ballesta contra los defensores. El problema sería llegar hasta aquellas piedras. ¿Llegaría? Arnau no separaba la mirada de donde estaban; tenía que llegar hasta ellas, parapetarse, disparar, esconderse y volver a disparar…

Un grito rasgó el silencio.

¡La orden! ¡Las piedras! Arnau salió corriendo hacia ellas, pero la mano del oficial lo agarró por el hombro. -Todavía no -le dijo. -Pero…

– Todavía no -insistió el oficial-. Mira. El soldado le señaló a los almogávares. Otro grito tronó desde sus filas: -¡Despierta, hierro!

Arnau no pudo apartar la mirada de los mercenarios. Pronto, todos ellos gritaban al unísono.

– ¡Despierta, hierro! ¡Despierta, hierro! Empezaron a entrechocar sus lanzas y sus cuchillos hasta que el sonido del metal superó sus propias voces.

– ¡Despierta, hierro!

Y el acero empezó a despertar: lanzaba chispas a medida que las armas chocaban y chocaban, entre ellas o contra las rocas. El estruendo sobrecogió a Arnau. Poco a poco, las chispas, centenares de ellas, miles de ellas, rompieron la oscuridad y los almogávares aparecieron rodeados de un halo luminoso.

Arnau se sorprendió a sí mismo golpeando el aire con la ballesta.

– ¡Despierta, hierro! -gritaba. Ya no sudaba, ya no temblaba-. ¡Despierta, hierro!

Miró hacia las murallas; parecía que fueran a derrumbarse bajo los gritos de los almogávares. El suelo retumbaba y el resplandor de las chispas crecía a su alrededor. De repente sonó una trompeta y el griterío se transformó en un aullido estremecedor:

– ¡Sant Jordi! ¡Sant Jordi!

– Esta vez sí -le gritó el oficial empujándolo hacia delante, detrás de dos centenares de hombres que se lanzaban ferozmente al asalto.

Arnau corrió hasta apostarse tras las piedras, junto al oficial y un cuerpo de ballesteros, al pie de las murallas. Se concentró en una de las escalas que los almogávares habían apoyado contra la muralla e intentó hacer blanco en las figuras que desde las almenas luchaban por impedir el asalto de los mercenarios, que continuaban aullando como posesos.Y lo hizo. Por dos ocasiones acertó en el cuerpo de los defensores, allí donde sus cotas de malla no los protegían, y los vio desaparecer tras el impacto de las saetas.

Un grupo de asaltantes logró superar los muros de la fortaleza y Arnau notó cómo el oficial, golpeándole el hombro, llamaba su atención para que no disparase más. El ariete no fue necesario. Cuando los almogávares alcanzaron las almenas, las puertas del castillo se abrieron y varios caballeros huyeron a galope tendido para no ser tomados como rehenes. Dos de ellos cayeron bajo las ballestas catalanas; los demás lo consiguieron. Algunos ocupantes, huérfanos de autoridad, se rindieron. Eiximèn d'Esparça y sus caballeros accedieron al interior del castillo con sus caballos de guerra y mataron a cuantos seguían oponiéndose a ellos. Después entraron corriendo los hombres de a pie.

Arnau se quedó quieto una vez cruzadas las murallas, con la ballesta colgando de la espalda y el puñal en la mano. Ya no era necesario. El patio del castillo estaba lleno de cadáveres, y quienes no habían caído permanecían arrodillados, desarmados, suplicando entre los caballeros que recorrían el patio con sus largas espadas desenfundadas. Los almogávares se entregaban al saqueo; unos en la torre, otros rebuscando en los cadáveres con una avidez que obligó a Arnau a desviar la mirada. Uno de los almogávares se dirigió a él y le ofreció un puñado de saetas; unas procedentes de disparos errados, muchas manchadas de sangre, otras incluso con trozos de carne adheridos. Arnau dudó. El almogávar, un hombre ya mayor, delgado como las saetas que le ofrecía, se sorprendió; después sonrió mostrando una boca sin dientes y le ofreció las saetas a otro soldado.

– ¿Qué haces? -le preguntó este último a Arnau-. ¿Acaso esperas que Eiximèn te reponga las saetas? Limpíalas-le dijo arrojándolas a sus pies.

En pocas horas todo terminó. Los hombres vivos fueron agrupados y maniatados. Esa noche serían vendidos como esclavos en el campamento que seguía al ejército. Las tropas de Eiximèn d'Esparça se pusieron de nuevo en marcha en busca del rey; transportaban sus heridos y dejaban tras de sí a diecisiete catalanes muertos y una fortaleza en llamas que no volvería a ser útil a los seguidores del rey Jaime III.

30

Eiximèn d'Esparça y sus hombres alcanzaron al ejército real en las proximidades de la villa de Elna, la Orgullosa, a tan sólo dos leguas de Perpiñán, en cuyas afueras el rey decidió hacer noche y donde recibió la visita de otro obispo, que, de nuevo infructuosamente, trató de mediar en nombre de Jaime de Mallorca.

Aunque el rey no puso objeción a que Eiximèn d'Esparça y sus almogávares tomaran el castillo de Bellaguarda, sí trató de impedir que, en el trayecto hasta Elna, otro grupo de caballeros tomara por las armas la torre de Nidoleres. Sin embargo, cuando el rey llegó hasta allí, los caballeros ya la habían asaltado, matado a sus ocupantes e incendiado el lugar.

Por el contrario, nadie osó acercarse a Elna ni molestar a sus habitantes.

El ejército entero se reunió alrededor de los fuegos de campaña y miró las luces de la ciudad. Elna mantenía sus puertas abiertas en claro desafío a los catalanes.

– ¿Por qué…? -empezó a preguntar Arnau sentado en torno al fuego.

– ¿ La Orgullosa? -lo interrumpió uno de los más veteranos.

– Sí. ¿Por qué se la respeta? ¿Por qué no cierra sus puertas?

El veterano miró hacia la ciudad antes de contestar.

– La Orgullosa pesa sobre nuestra conciencia…, la conciencia catalana. Saben que no nos acercaremos. -Calló. Arnau había aprendido a respetar la forma de ser de los soldados. Sabía que si lo apremiaba, lo miraría con desprecio y ya no hablaría. A todos los veteranos les gustaba deleitarse con sus recuerdos o sus historias, ciertas o falsas, exageradas o no. Mantener la intriga era una de sus manías. Al fin, reinició su discurso-: En la guerra contra los franceses, cuando Elna nos pertenecía, Pedro el Grande prometió defenderla y mandó un destacamento de caballeros catalanes. Éstos la traicionaron; huyeron por la noche y dejaron la ciudad a merced del enemigo. -El veterano escupió al fuego-. Los franceses profanaron las iglesias, asesinaron a los niños golpeándolos contra las paredes, violaron a las mujeres y ejecutaron a todos los hombres…, menos a uno. La matanza de Elna pesa sobre nuestra conciencia. Ningún catalán osará acercarse a Elna.

Arnau volvió a mirar hacia las puertas abiertas de la Orgullosa. Después observó las diversas agrupaciones que formaban el campamento; siempre había alguien que miraba hacia Elna en silencio.

– ¿A quién perdonaron? -preguntó rompiendo sus propias reglas.

El veterano lo escrutó a través de la hoguera.

– A un hombre llamado Bastard de Rosselló. -Arnau volvió a esperar hasta que el hombre decidió proseguir-: Años más tarde, ese soldado guió a las tropas francesas a través del paso de la Maçana para invadir Cataluña.

El ejército durmió a la sombra de la ciudad de Elna.

También lo hicieron, alejados de él, los centenares de personas que lo seguían. Francesca miró a Aledis. ¿Sería aquél el lugar idóneo? La historia de Elna había recorrido tiendas y chamizos, y en el campamento reinaba un silencio poco habitual. Ella misma miró en repetidas ocasiones hacia las puertas abiertas de la Orgullosa. Sí, se encontraban en tierra inhóspita; ningún catalán sería bien recibido en Elna o sus alrededores. Aledis estaba lejos de su casa. Sólo faltaba que, además, se quedase sola.

– Tu Arnau ha muerto -le dijo cuando Aledis atendió a su llamada.

Esta se vino abajo; Francesca la vio empequeñecer dentro del vestido verde. Aledis se llevó las manos al rostro y su llanto rompió aquel extraño silencio.

– ¿Có…, cómo ha sido? -preguntó al cabo de un rato.

– Me engañaste -se limitó a contestarle Francesca, fríamente.

Aledis la miró, con los ojos llenos de lágrimas, sollozando, temblando; después bajó la vista.

– Me engañaste -repitió Francesca. Aledis no contestó-. ¿Quieres saber cómo ha sido? Lo mató tu esposo, el verdadero, el maestro curtidor.

¿Pau? ¡Imposible! Aledis levantó la cabeza. Era imposible que aquel viejo…

– Se presentó en el campamento real acusando al tal Arnau de haberte secuestrado -continuó Francesca interrumpiendo los pensamientos de la joven. Quería observar sus reacciones. Arnau le contó que ella temía a su esposo-. El muchacho lo negó y tu esposo lo desafió. -Aledis intentó intervenir; ¿cómo iba Pau a desafiar a nadie?-. Pagó a un oficial para que pelease por él -continuó Francesca obligándola a guardar silencio-. ¿No lo sabías? Cuando alguien es demasiado viejo para luchar, puede pagar a otro para que lo haga por él. Tu Arnau murió defendiendo su honor.

Aledis se desesperó. Francesca la vio temblar. Poco a poco sus piernas cedieron y cayó al suelo, de rodillas frente a ella, pero Francesca no se apiadó.

– Tengo entendido que tu esposo te anda buscando.

Aledis volvió a llevarse las manos al rostro.

– Tendrás que abandonarnos. Antònia te dará tu antigua ropa.

¡Ésa era la mirada que deseaba! ¡Miedo! ¡Pánico!

Las preguntas se agolpaban en la cabeza de Aledis. ¿Qué iba a hacer? ¿Adonde iba a ir? Barcelona estaba en el otro confín del mundo y en todo caso, ¿qué le quedaba allí? ¡Arnau, muerto! El viaje desde Barcelona a Figueras pasó por su mente como un rayo y todo su cuerpo sintió el horror, la humillación, la vergüenza…, el dolor. ¡Y Pau buscándola!

– No…-intentó decir Aledis-, ¡no podría!

– No puedo buscarme problemas -le contestó Francesca con seriedad.

– ¡Protegedme! -suplicó-. No tengo adonde ir. No tengo a quién acudir.

Sollozaba. Aledis se quedó de rodillas ante Francesca, sin atreverse a mirarla.

– No podría hacerlo, estás embarazada.

– También era mentira -gritó la muchacha.

Ya había llegado hasta sus piernas. Francesca no se movió.

– ¿Qué harías a cambio?

– ¡Lo que queráis! -gritó Aledis. Francesca escondió una sonrisa. Ésa era la promesa que esperaba escuchar. ¿Cuántas veces la había obtenido de muchachas como Aledis?-. ¡Lo que queráis! -repitió ésta-. Protegedme, escondedme de mi esposo y haré cuanto deseéis.

– Ya sabes qué somos -insistió la patrona.

¿Y qué más daba? Arnau había muerto. No tenía nada. No le quedaba nada…, salvo un esposo que la lapidaría si la encontraba.

– Escondedme, os lo ruego. Haré lo que queráis -repitió Aledis.

Francesca ordenó que Aledis no se mezclara con los soldados; Arnau era conocido en las filas del ejército.

– Trabajarás escondida -le dijo al día siguiente, cuando se preparaban para partir-. No quisiera que tu esposo… -Aledis asintió antes de que ella terminara la frase-. No debes dejarte ver hasta que termine la guerra. -Aledis volvió a asentir.

Esa misma noche, Francesca mandó recado a Arnau: «Todo arreglado. No volverá a molestarte».

Al día siguiente, en lugar de acudir a Perpiñán, donde se encontraba el rey Jaime de Mallorca, Pedro III decidió proseguir camino en dirección al mar, hacia la villa de Canet, donde Ramon, vizconde del lugar, debería entregarle su castillo en virtud del vasallaje que le juró tras la conquista de Mallorca, cuando el monarca catalán, tras la huida del rey Jaime, lo dejó en libertad después de que rindiera el castillo de Bellver.

Así fue. El vizconde de Canet entregó el castillo al rey Pedro, y el ejército pudo descansar y comer en abundancia gracias a la generosidad de los lugareños, que confiaban en que los catalanes levantasen pronto el campamento para dirigirse a Perpiñán. Asimismo, el rey pudo establecer una cabeza de puente con su armada, a la que inmediatamente aprovisionó.

Establecido en Canet, Pedro III recibió a un nuevo mediador; en este caso se trataba de todo un cardenal, el segundo que intercedía por Jaime de Mallorca. Tampoco le hizo caso, lo despidió y empezó a estudiar con sus consejeros la mejor forma de asediar la ciudad de Perpiñán. Mientras el rey esperaba los suministros por mar y los almacenaba en el castillo de Canet, el ejército catalán estuvo asentado seis días en la villa, durante los cuales se dedicó a tomar los castillos y fortalezas que se encontraban entre Canet y Perpiñán.

La host de Manresa tomó en nombre del rey Pedro el castillo de Santa María de la Mar, otras compañías asaltaron el castillo de Castellarnau Sobirà, y Eiximèn d'Esparça, con sus almogávares y otros caballeros, asedió y tomó Castell-Rosselló.

Castell-Rosselló no era un simple puesto fronterizo como Bellaguarda, sino que constituía una de las defensas adelantadas de la capital del condado del Rosellón. Allí se repitieron los gritos de guerra y el entrechocar de lanzas de los almogávares, que en esta ocasión fueron acompañados por los aullidos de algunos centenares de soldados deseosos de entrar en combate. La fortaleza no cayó con tanta facilidad como lo hizo Bellaguarda; la lucha en los muros fue encarnizada y el uso de arietes imprescindible para derribar sus defensas.

Los ballesteros fueron los últimos en traspasar las abiertas defensas del castillo. Aquello no tenía nada que ver con el asalto a Bellaguarda. Soldados y civiles, incluidas las mujeres y los niños, defendían la plaza con su vida. En su interior, Arnau tuvo un encarnizado combate cuerpo a cuerpo.

Dejando a un lado su ballesta, empuñó el cuchillo. Centenares de hombres peleaban a su alrededor. El silbido de una espada lo introdujo en el combate. Instintivamente, se apartó y la espada pasó rozando su costado. Con su mano libre, Arnau agarró la muñeca que manejaba la espada y clavó el puñal. Lo hizo mecánicamente, como le habían enseñado en las inacabables lecciones del oficial de Eiximèn d'Esparça. Le habían enseñado a pelear; le habían enseñado cómo se mataba, pero nadie le había enseñado cómo hundir un puñal en el abdomen de un hombre. La cota de malla de su oponente resistió la puñalada y, aunque agarrado por la muñeca, el defensor del castillo volteó la espada con violencia e hirió a Arnau en el hombro.

Fueron unos segundos; los suficientes para darse cuenta de que debía matar.

Arnau apretó el puñal con saña. La hoja traspasó la cota de malla y se hundió en el estómago de su enemigo. La espada perdió fuerza pero siguió volteando peligrosamente. Arnau empujó el puñal hacia arriba. Su mano notó el calor de las entrañas. El cuerpo de su enemigo se izó del suelo, el puñal rajó el abdomen, la espada cayó al suelo y Arnau se encontró con el rostro de su rival sobre el suyo. Aquellos labios se movieron a escasa distancia de su rostro. ¿Quería decirle algo? A pesar del fragor del combate, Arnau escuchó sus estertores. ¿Pensaba en algo? ¿Veía la muerte? Los ojos desorbitados parecieron advertirle y Arnau se volvió en el mismo instante en que otro defensor de Castell-Rosselló se abalanzaba sobre él.

No lo dudó. El puñal de Arnau rasgó el aire y el cuello de su nuevo contrincante. Dejó de pensar. Fue él quien buscó más muerte. Peleó y gritó. Golpeó y hundió su puñal en la carne del enemigo, una y otra vez, sin reparar en sus rostros ni en su dolor.

Mató.

Cuando todo hubo terminado y los defensores de Castell-Rosselló se rindieron, Arnau se vio a sí mismo ensangrentado y temblando por el esfuerzo.

Miró a su alrededor y los cadáveres le recordaron la batalla. No tuvo oportunidad de fijarse en ninguno de sus oponentes. No pudo participar de su dolor o de compadecerse de sus almas. A partir de aquel preciso instante, los rostros que no había visto, cegado por la sangre, empezaron a aparecérsele reclamando sus derechos, el honor del vencido. Arnau recordaría muchas veces las caras borrosas de quienes murieron bajo su puñal.

A mediados de agosto el ejército se hallaba de nuevo acampado entre el castillo de Canet y el mar. Arnau asaltó Castell-Rosselló el 4 de agosto. Dos días más tarde, el rey Pedro III puso en marcha sus tropas, y durante una semana, comoquiera que la ciudad de Perpiñán no había rendido homenaje al rey Pedro, los ejércitos catalanes se dedicaron a devastar los alrededores de la capital del Rosellón: Basóles, Vernet, Soles, Sant Esteve… Talaron viñas, olivares y cuantos árboles se interpusieron al paso de un ejército desplegado por orden de su rey, excepción hecha de las higueras; ¿capricho del Ceremonioso? Quemaron molinos y cosechas, destrozaron campos de cultivo y villas, pero en ningún momento llegaron a asediar la capital y refugio del rey Jaime: Perpiñán.

15 de agosto de 1343

Misa solemne de campaña

El ejército entero, concentrado en la playa, rendía culto a la Virgen de la Mar. Pedro III había cedido a las presiones del Santo Padre y pactado una tregua con Jaime de Mallorca. El rumor corrió entre el ejército. Arnau no escuchaba al sacerdote; pocos lo hacían, la mayoría tenía el rostro contrito. La Virgen no consolaba a Arnau. Había matado. Había talado árboles. Había arrasado viñas y campos de cultivo ante los asustados ojos de los campesinos y de sus hijos. Había destruido villas enteras y con ellas los hogares de gentes de bien. El rey Jaime había conseguido su tregua y el rey Pedro había cedido.Arnau recordó las arengas de Santa María de la Mar: «¡Cataluña os necesita! ¡El rey Pedro os necesita! ¡Partid a la guerra!». ¿Qué guerra? Sólo habían sido matanzas. Escaramuzas en las que los únicos que perdieron fueron las gentes humildes, los soldados leales… y los niños, que pasarían hambre el próximo invierno por falta de grano. ¿Qué guerra? ¿La que habían librado obispos y cardenales, correveidiles de reyes arteros? El sacerdote proseguía con su homilía pero Arnau no escuchaba sus palabras. ¿Para qué había tenido que matar? ¿De qué servían sus muertos?

La misa finalizó. Los soldados se disolvieron formando pequeños grupos.

– ¿Y el botín prometido?

– Perpiñán es rica, muy rica -oyó Arnau.

– ¿Cómo pagará el rey a sus soldados si ya antes no podía hacerlo?

Arnau deambulaba entre los grupos de soldados. ¿Qué le importaba a él el botín? Era la mirada de los niños lo que le importaba; la de aquel pequeño que, agarrado a la mano de su hermana, presenció cómo Arnau y un grupo de soldados arrasaban su huerto y esparcían el grano que debía sustentarles durante el invierno. ¿Por qué?, le preguntaron sus ojos inocentes. ¿Qué mal os hemos hecho nosotros? Probablemente los niños fueran los encargados del huerto, y permanecieron allí, con las lágrimas cayendo por sus mejillas, hasta que el gran ejército catalán terminó de destruir sus escasas posesiones. Cuando terminaron, Arnau ni siquiera fue capaz de volver la mirada hacia ellos.

El ejército regresaba a casa. Las columnas de soldados se diseminaban por los caminos de Cataluña, acompañadas por tahúres, prostitutas y comerciantes, desencantados por los beneficios que no llegarían.

Barcelona se acercaba. Las diferentes hosts del principado se desviaban hacia sus lugares de origen; otras atravesarían la ciudad condal. Arnau notó que sus compañeros avivaban el paso, igual que él mismo había hecho. Aparecieron algunas sonrisas en los rostros de los soldados.Volvían a casa. El rostro de Maria se le apareció en el camino. «Todo arreglado -le habían dicho-,Aledis no volverá a molestarte.» Era lo único que deseaba, lo único de lo que había huido.

El rostro de Maria empezó a sonreírle.

31

Finales de marzo de 1348

Barcelona

Despuntaba el alba y Arnau y los bastaixos esperaban a pie de playa la descarga de una galera mallorquina que había arribado a puerto durante la noche. Los prohombres de la cofradía ordenaban a sus gentes. El mar estaba en calma y las olas lamían la playa con delicadeza, llamando a los ciudadanos de Barcelona a iniciar la jornada. El sol empezaba a arañar destellos de colores allí donde las aguas se ondulaban, y los bastaixos, mientras esperaban la llegada de los barqueros con las mercaderías, se dejaban llevar por el encanto del momento, con la mirada perdida en el horizonte y el espíritu bailando con la mar.

– Qué extraño -se oyó en el grupo-, no descargan.

Todos fijaron su atención en la galera. Los barqueros se habían acercado a la nave y algunos de ellos volvían a la playa de vacío; otros hablaban a gritos con los marineros de cubierta, algunos de los cuales se lanzaban al agua y se encaramaban a las barcas. Pero nadie descargaba fardos de la galera.

– ¡La peste! -Los gritos de los primeros barqueros se oyeron en la playa mucho antes de que arribasen las barcas-. ¡La peste ha llegado a Mallorca!

Arnau sintió un escalofrío. ¿Era posible que aquel precioso mar les trajera semejante noticia? Un día gris, de temporal… pero aquella mañana todo parecía mágico. Durante meses había sido el tema de conversación de los barceloneses: la peste asolaba el lejano Oriente, se había extendido hacia el oeste y devastaba comunidades enteras.

– Quizá no llegue a Barcelona -decían algunos-; tiene que cruzar todo el Mediterráneo.

– El mar nos protegerá -afirmaban otros.

Durante meses, el pueblo quiso creérselo: la peste no llegaría a Barcelona.

Mallorca, pensó Arnau. Había llegado a Mallorca; la plaga había cruzado leguas y leguas de Mediterráneo.

– ¡La peste! -repitieron los barqueros al arribar a la playa. Los bastaixos los rodearon para escuchar qué noticias traían. En una de las barcas venía el piloto de la galera.

– Llevadme ante el veguer y los consejeros de la ciudad -ordenó tras saltar a la orilla-. ¡Rápido!

Los prohombres atendieron su solicitud; los demás asediaron a los recién llegados. «Mueren a centenares -contaban-. Es horroroso. Nadie puede hacer nada. Niños, mujeres y hombres, ricos o pobres, nobles o humildes…; hasta los animales son pasto de la plaga. Los cadáveres se amontonan en las calles y se pudren, y las autoridades no saben qué hacer. La gente muere en menos de dos días entre espantosos gritos de dolor.» Algunos bastaixos corrieron en dirección a la ciudad, dando voces y haciendo aspavientos. Arnau escuchaba, encogido. Decían que a los apestados les salían grandes bubas purulentas en el cuello, las axilas o las ingles, que crecían hasta reventar.

La noticia se extendió por la ciudad y muchos fueron los que se acercaron al grupo de la playa para escuchar un rato y volver corriendo a sus hogares.

Barcelona entera se convirtió en un hervidero de rumores: «Cuando las bubas se abren, salen demonios. Los apestados se vuelven locos y muerden a la gente; así se transmite la enfermedad. Los ojos y los genitales revientan. Si alguien mira las bubas, se contagia. Hay que quemarlos antes de que mueran, porque, si no, la enfermedad ataca a otra persona. ¡Yo he visto la peste!».

Cualquier persona que iniciase su conversación con esas palabras era inmediatamente objeto de atención y la gente se arremolinaba a su alrededor para escuchar su historia; después, el horror y la imaginación se multiplicaban en boca de unos ciudadanos que ignoraban lo que les esperaba. El municipio, como única precaución, ordenó la máxima higiene, y la gente se lanzó a los baños públicos… y a las iglesias. Misas, rogativas, procesiones: todo era poco para atajar el peligro que se cernía sobre la ciudad condal y, tras un mes de agonía, la peste llegó a Barcelona.

Primero fue un calafateador que trabajaba en las atarazanas. Los médicos acudieron a su lado, pero lo único que pudieron hacer fue comprobar lo que habían leído en libros y tratados.

– Son del tamaño de pequeñas mandarinas -dijo uno señalando las grandes bubas que había en el cuello del hombre.

– Negras, duras y calientes -añadió otro tras tocarlas.

– Paños de agua fría para la fiebre.

– Hay que sangrarlo. Si lo sangramos, desaparecerán las hemorragias alrededor de las bubas.

– Hay que sajar las bubas -aconsejó un tercero.

Los otros médicos dejaron al enfermo y miraron al que había hablado.

– Los libros dicen que no se sajen -atajó uno.

– A fin de cuentas -dijo otro-, es sólo un calafateador. Comprobemos las axilas y las ingles.

También allí había grandes bubas negras, duras y calientes. Entre gritos de dolor, el enfermo fue sangrado y la poca vida que conservaba se escapó por los cortes que los galenos practicaron en su cuerpo.

Aquel mismo día aparecieron nuevos casos. Al día siguiente, más, y más al siguiente. Los barceloneses se encerraron en sus casas, donde algunos morían entre terribles sufrimientos; otros, por miedo al contagio, eran dejados en las calles, donde agonizaban hasta que les llegaba la muerte. Las autoridades ordenaron marcar con una cruz de cal las puertas de las casas en las que se había producido algún caso de peste. Insistieron en la higiene corporal, en que se evitara el contacto con los apestados, y ordenaron que los cadáveres se quemaran en grandes piras. Los ciudadanos se restregaron la piel hasta arrancársela y, quienes pudieron, permanecieron alejados de los enfermos. Sin embargo, nadie intentó hacer lo propio con las pulgas, y para extrañeza de médicos y autoridades, la enfermedad siguió transmitiéndose.

Transcurrieron las semanas, y Arnau y Maria, como mucha otra gente, siguieron acudiendo diariamente a Santa María para insistir en unas plegarias que el cielo no atendía. A su alrededor morían a causa de la epidemia amigos tan queridos como el buen padre Albert. La peste se ensañó en los ancianos Pere y Mariona, que no tardaron en morir bajo la funesta plaga. El obispo organizó una procesión de plegaria que debía recorrer todo el perímetro de la ciudad; saldría de la catedral y bajaría por la calle de la Mar hasta Santa María, donde se le uniría la Virgen de la Mar bajo palio, antes de seguir el trayecto previsto.

La Virgen esperaba en la plaza de Santa María, junto a los bastaixos que la cargarían. Los hombres se miraban unos a otros, mientras se preguntaban en silencio por los bastaixos ausentes. Nadie contestaba. Apretaban los labios y bajaban la mirada. Arnau recordó las grandes procesiones en las que habían portado a su patrona, en las que se peleaban por acercarse al paso. Los prohombres tenían que poner orden y establecer turnos para que todos pudieran acarrear a la Virgen, y ahora… no eran suficientes ni para… relevarse. ¿Tantos habían muerto? ¿Cuánto duraría aquello, Señora? El rumor de las plegarias del pueblo bajó por la calle de la Mar. Arnau miró la cabeza de la procesión: la gente andaba cabizbaja y arrastrando los pies. ¿Dónde estaban los nobles que con tanto boato se unían siempre al obispo? Cuatro de los cinco consejeros de la ciudad habían muerto; las tres cuartas partes de los miembros del Consejo de Ciento corrieron igual suerte. Los demás habían huido de la ciudad. Los bastaixos alzaron en silencio a su Virgen, la cargaron sobre sus hombros, dejaron pasar al obispo y se sumaron a la procesión y a las rogativas. Desde Santa María continuaron hasta el convento de Santa Clara pasando por la plaza del Born. En Santa Clara y pese al incienso de los sacerdotes, los asaltó el olor a carne quemada; muchos sustituyeron las oraciones por el llanto. A la altura del portal de San Daniel giraron hacia la izquierda en dirección al portal Nou y al monasterio de Sant Pere de les Puelles; sortearon algún que otro cadáver y evitaron mirar a los apestados que esperaban la muerte en las esquinas o frente a las puertas señaladas con una cruz blanca, que nunca volverían a abrirse ante ellos. «Señora -pensó Arnau con el paso sobre los hombros-, ¿por qué tanta desgracia?» Desde Sant Pere siguieron rezando hasta el portal de Santa Anna, donde volvieron a girar a la izquierda, en dirección al mar, hasta el barrio del Forn dels Arcs, y dirigirse de nuevo hacia la catedral.

Pero el pueblo empezó a dudar de la eficacia de la Iglesia y sus autoridades; rezaban hasta la extenuación y la peste continuaba haciendo estragos.

– Dicen que es el fin del mundo -se lamentó un día Arnau al entrar en su casa-. Barcelona entera ha enloquecido. Los flagelantes, se hacen llamar. -Maria estaba de espaldas a él. Arnau se sentó a la espera de que su mujer lo descalzase y continuó hablando-:Van por las calles a cientos, con el torso descubierto, gritan que se acerca el día del juicio final, confiesan sus pecados a los cuatro vientos y se flagelan la espalda con látigos. Algunos la tienen en carne viva y continúan…-Arnau acarició la cabeza de Maria, arrodillada frente a él. Ardía-. ¿Qué…?

Buscó la barbilla de su mujer con la mano. No podía ser. Ella no. Maria levantó unos ojos vidriosos hacia él. Sudaba y tenía el rostro congestionado. Arnau intentó levantarle más la cabeza para verle el cuello, pero ella hizo un gesto de dolor.

– ¡Tú no! -exclamó Arnau.

Maria, arrodillada, con las manos en las esparteñas de su esposo, miró fijamente a Arnau mientras las lágrimas empezaban a caer por sus mejillas.

– Dios, tú no. ¡Dios! -Arnau se arrodilló junto a ella.

– Vete, Arnau -balbuceó Maria-. No te quedes junto a mí.

Arnau intentó abrazarla, pero al cogerla por los hombros, Maria volvió a hacer una mueca de dolor.

– Ven -le dijo alzándola lo más suavemente que pudo. Maria, sollozando, volvió a insistir en que se fuera-. ¿Cómo voy a dejarte? Eres todo lo que tengo… ¡lo único que tengo! ¿Qué haría yo sin ti? Algunos se curan, Maria. Tú te curarás. Tú te curarás. -Intentando consolarla la llevó hasta la alcoba y la tumbó sobre la cama. Allí pudo ver su cuello, un cuello que recordó precioso y que ahora empezaba a ennegrecer-. ¡Un médico! -gritó abriendo la ventana y asomándose al balcón.

Nadie pareció oírle. Sin embargo, aquella misma noche, cuando las bubas empezaban a adueñarse del cuello de Maria, alguien marcó su puerta con una cruz de cal.

Arnau sólo pudo poner paños de agua fría sobre la frente de Maria. Tumbada en la cama, la mujer tiritaba. Incapaz de moverse sin sufrir terribles dolores, sus sordos quejidos erizaban el vello de Arnau. Maria tenía la vista perdida en el techo. Arnau vio cómo crecían las bubas del cuello y la piel se volvía negra. «Te quiero, Maria. ¿Cuántas veces habría querido decírtelo?» Le cogió la mano y se arrodilló junto a la cama. Así pasó la noche, agarrado a la mano de su mujer, tiritando y sudando con ella, clamando al cielo con cada espasmo que sufría Maria.

La amortajó con la mejor de las sábanas que tenían y esperó a que pasara el carro de los muertos. No la dejaría en la calle. Él mismo la entregaría a los funcionarios. Así lo hizo. Cuando oyó el cansino repiquetear de los cascos del caballo, cogió el cadáver de Maria y lo bajó hasta la calle.

– Adiós -le dijo besándola en la frente.

Los dos funcionarios, enguantados y con los rostros tapados con paños gruesos, miraron sorprendidos cómo Arnau destapaba la cara de Maria y la besaba. Nadie quería acercarse a los apestados, ni siquiera sus seres queridos, que los abandonaban en la calle o, como mucho, los llamaban a ellos para que los recogiesen en los lechos en que habían encontrado la muerte. Arnau entregó su esposa a los funcionarios, que, impresionados, intentaron dejarla con cuidado sobre la decena de cadáveres que portaban.

Con lágrimas en los ojos, Arnau miró cómo se alejaba el carro hasta que se perdió en las calles de Barcelona. Él sería el siguiente: entró en su casa y se sentó a esperar la muerte, deseoso de reunirse con Maria. Tres días enteros estuvo Arnau aguardando la llegada de la peste, palpándose constantemente el cuello en busca de una hinchazón que no llegaba. Las bubas no aparecieron y Arnau acabó convenciéndose de que, de momento, el Señor no lo llamaba a su lado, junto a su esposa.

Arnau caminó por la playa, pisoteando las olas que se acercaban a la ciudad maldita; vagó por Barcelona ajeno a la miseria, a los enfermos y a los sollozos que salían de las ventanas de las casas. Algo volvió a llevarle a Santa María. Las obras se habían interrumpido, los andamios estaban vacíos, las piedras descansaban en el suelo a la espera de que alguien las cincelase, pero la gente seguía acudiendo a la iglesia. Entró. Los fieles se congregaban alrededor del inacabado altar mayor, en pie o arrodillados sobre el suelo, rezando. Pese a que la iglesia todavía se hallaba abierta al cielo en los ábsides en construcción, el ambiente estaba cargado por el incienso que se quemaba para aplacar los olores de muerte que acompañaban al pueblo. Cuando iba a acercarse a su Virgen, un sacerdote se dirigió a los feligreses desde el altar mayor.

– Sabed -les dijo- que nuestro Sumo Pontífice, el papa Clemente VI, ha dictado una bula por la que exculpa a los judíos de ser los causantes de la plaga. La enfermedad es sólo una pestilencia con la que Dios aflige al pueblo cristiano. -Un murmullo de desaprobación se elevó entre los reunidos-. Rezad -continuó el sacerdote-, encomendaos al Señor…

Muchos de ellos abandonaron Santa Maria discutiendo a voz en grito.

Arnau hizo caso omiso del sermón y se dirigió hacia la capilla del Altísimo. ¿Los judíos? ¿Qué tenían que ver los judíos con la peste? Su pequeña Virgen lo esperaba en el mismo lugar que siempre. Los cirios de los bastaixos seguían acompañándola. ¿Quién los debía de haber encendido? Sin embargo, Arnau apenas lograba vislumbrar a su madre; una tupida nube de incienso se arremolinaba a su alrededor. No la vio sonreír. Quiso rezar pero no pudo. «¿Por qué lo has permitido, madre?» Las lágrimas volvieron a correr por sus mejillas al recordar a Maria, su sufrimiento, su cuerpo abandonado al dolor, las bubas que lo habían asolado. Había sido un castigo, pero era él quien lo merecía, él quien había pecado siendo infiel con Aledis.

Y allí, delante de la Virgen, juró que nunca volvería a dejarse llevar por la lujuria. Se lo debía a Maria. Pasara lo que pasara. Nunca.

– ¿Te ocurre algo, hijo? -oyó que le preguntaban. Arnau se volvió y se encontró con el sacerdote que hacía unos instantes se estaba dirigiendo a la feligresía-. Hola, Arnau -lo saludó tras ver que era uno de los bastaixos que se volcaban en Santa María-. ¿Te ocurre algo? -repitió. -Maria.

El sacerdote asintió con la cabeza.

– Recemos por ella -lo instó.

– No, padre -se opuso Arnau-, todavía no.

– Sólo en Dios podrás encontrar consuelo, Arnau. ¿Consuelo? ¿Cómo iba a encontrar consuelo en nada? Arnau trató de ver a su Virgen, pero el humo se lo volvió a impedir. -Recemos…-insistió el sacerdote.

– ¿Qué significa lo de los judíos? -lo interrumpió Arnau en busca de una salida.

– Toda Europa cree que la peste se debe a los judíos. -Arnau lo interrogó con la mirada-. Dicen que en Ginebra, en el castillo de Chillón, algunos judíos han confesado que la peste ha sido extendida por un judío de Savoy que envenenaba los pozos con una pócima preparada por los rabinos.

– ¿Es eso cierto? -le preguntó Arnau.

– No. El Papa los ha exculpado, pero la gente busca culpables. ¿Rezamos ahora?

– Hacedlo vos por mí, padre.

Arnau abandonó Santa María. En la plaza se encontró rodeado por un grupo de cerca de veinte flagelantes. «¡Arrepiéntete!», gritaba sin dejar de castigar sus espaldas con látigos. «¡Es el fin del mundo!», gritaron otros escupiéndole las palabras a la cara.

Arnau vio la sangre que corría por sus espaldas en carne viva y que bajaba por sus piernas, desnudas desde las caderas abrazadas por cilicios. Observó sus rostros y los ojos desorbitados que lo miraban. Escapó corriendo hacia la calle de Monteada hasta que los gritos se desvanecieron. Allí reinaba el silencio…, pero había algo. ¡Las puertas! Pocos de los grandes portalones de acceso a los palacios de la calle de Monteada mostraban la cruz blanca que estigmatizaba la mayoría de las puertas de la ciudad. Arnau se encontró frente al palacio de los Puig. Tampoco tenía la cruz blanca; las ventanas estaban cerradas y no se percibía actividad alguna dentro del edificio. Deseó que la peste los encontrase allí donde se hubieran refugiado, que sufrieran como había sufrido su Maria. Arnau huyó de allí con más prisa aun que al escapar de los flagelantes.

Cuando llegó al cruce de la calle Monteada con Carders, Arnau volvió a encontrarse con una muchedumbre exaltada, en este caso provista de palos, espadas y ballestas. «Están todos locos», pensó Arnau apartándose al paso de la gente. De poco habían servido los sermones que se pronunciaban en todas las iglesias de la ciudad. La bula de Clemente VI no había apaciguado los ánimos de un pueblo que necesitaba descargar su ira. «¡A la judería! -oyó que gritaban-. ¡Herejes! ¡Asesinos! ¡Arrepentios!» Los flagelantes también estaban allí, y seguían castigándose las espaldas, salpicando de sangre y exaltando a cuantos los rodeaban.

Arnau se puso a la cola de la horda, junto a quienes la seguían en silencio, entre los que pudo ver a algún que otro apestado. Toda Barcelona confluyó en la judería y rodeó por los cuatro costados el barrio semiamurallado. Unos se colocaron en el norte, junto al palacio del obispo; otros en poniente, frente a las antiguas murallas romanas de la ciudad; otros se emplazaron en la calle del Bisbe, con la que lindaba la judería por oriente, y los más, entre ellos el grupo al que seguía Arnau, en el sur, en la calle de la Boquería y frente al Castell Nou, donde estaba la entrada al barrio. El griterío era ensordecedor. El pueblo clamaba venganza, aunque de momento se limitaba a gritar frente a las puertas, mostrando sus palos y sus ballestas.

Arnau logró hacerse un sitio en la atestada escalera de la iglesia de Sant Jaume, la misma de la que los habían echado a él y a Joanet un lejano día, cuando buscaba a esa Virgen a la que llamar madre. Sant Jaume se alzaba justo frente a la muralla sur de la judería y desde allí, por encima de la gente, Arnau pudo ver qué ocurría. La guarnición de soldados reales, capitaneada por el veguer, estaba preparada para defender la judería. Antes de atacar, una comitiva de ciudadanos se acercó a parlamentar con el veguer, junto a la puerta entreabierta de la judería, para que retirase las tropas de su interior; los flagelantes gritaban y danzaban alrededor del grupo, y la muchedumbre seguía amenazando a los judíos, a los que ni siquiera veía.

– No se retirarán -oyó Arnau que aseguraba una mujer.

– Los judíos son propiedad del rey, sólo dependen del rey -asintió otro-. Si los judíos mueren, el rey perderá todos los impuestos que les cobra…

– Y todos los créditos que les pide a esos usureros.

– No sólo eso -intervino un tercero-; si se asalta la judería, el rey perderá hasta los muebles que los judíos les dejan a él y a su corte cuando viene a Barcelona.

– Los nobles tendrán que dormir en el suelo -se oyó gritar entre carcajadas.

Arnau no pudo reprimir una sonrisa.

– El veguer defenderá los intereses del rey -dijo la mujer.

Así fue. El veguer no cedió y cuando se dieron por finalizadas las conversaciones se encerró apresuradamente en el interior de la judería. Aquélla era la señal que esperaba la gente, y antes de que se hubiese cerrado la puerta, los más cercanos a las murallas se abalanzaron sobre ella al tiempo que una lluvia de palos, flechas y piedras empezaba a volar por encima de las murallas del barrio judío. El asalto había empezado.

Arnau vio cómo una turba de ciudadanos cegados por el odio se lanzaba sin orden ni concierto contra las puertas y las murallas de la judería. No había ningún mando; lo más parecido a una orden eran los gritos de los flagelantes que seguían torturándose al pie de las murallas y que incitaban a los ciudadanos a escalarlas y asesinar a los herejes. Muchos cayeron bajo las espadas de los soldados del rey en cuanto lograron coronar las murallas, pero la judería estaba sufriendo un asalto masivo por sus cuatro costados y muchos otros lograron superar a los soldados y enfrentarse cuerpo a cuerpo con los judíos.

Arnau permaneció en la escalera de Sant Jaume por espacio de dos horas. Los gritos de guerra de los combatientes le recordaron sus días de soldado: Bellaguarda y Castell-Rosselló. Los rostros de los que caían se confundieron con los de los hombres a los que un día dio muerte; el olor a sangre lo transportó al Rosellón, a la mentira que le llevó a aquella guerra absurda, a Aledis, a Maria…, y abandonó la atalaya desde la que había seguido la matanza.

Anduvo en dirección al mar pensando en Maria y en lo que le había llevado a refugiarse en la guerra. Sus pensamientos se vieron bruscamente interrumpidos. Estaba a la altura del Castell de Regomir, bastión de la antigua muralla romana, cuando unos gritos muy cercanos le obligaron a volver a la realidad.

– ¡Herejes!

– ¡Asesinos!

Arnau se topó con una veintena de personas armadas con palos y cuchillos que ocupaban toda la calle y que gritaban a algunas personas que debían de estar pegadas a la fachada de una de las casas. ¿Por qué no se limitaban a llorar a sus muertos? No se detuvo y se dispuso a atravesar el grupo de exaltados para continuar su camino. Mientras los apartaba a empellones, Arnau desvió un instante la mirada hacia el lugar que la gente rodeaba: en el quicio de la puerta de una casa, un esclavo moro, ensangrentado, intentaba proteger con su cuerpo a tres niños vestidos de negro con la rodela amarilla en el pecho. De pronto, Arnau se encontró entre el moro y los agresores. Se hizo el silencio y los niños asomaron sus caritas asustadas. Arnau los miró; lamentaba no haberle dado hijos a Maria. Una piedra voló hacia una de las cabecitas y rozó a Arnau. El moro se interpuso en su camino; la pedrada impactó en su estómago y lo dobló de dolor. La carita miró directamente a Arnau. A su mujer le encantaban los niños: le daba igual que fueran cristianos, moros o judíos. Los seguía con la mirada, en la playa, en las calles… Sus ojos los perseguían y después lo miraban a él…

– ¡Aparta! Sal de ahí -oyó Arnau a sus espaldas.

Arnau miró aquellos ojitos aterrados.

– ¿Qué queréis hacerles a estos niños? -preguntó.

Varios hombres, armados con cuchillos, se enfrentaron a él.

– Son judíos -le contestaron al unísono.

– ¿Y sólo por eso vais a matarlos? ¿No tenéis suficiente con sus padres?

– Han envenenado los pozos -contestó uno-. Mataron a Jesús. Matan a los niños cristianos para sus ritos herejes. Sí, les arrancan el corazón… Roban las sagradas hostias. -Arnau no escuchaba. Todavía olía la sangre de la judería…, la de Castell-Rosselló. Agarró del brazo al hombre que tenía más cerca y lo golpeó en la cara a la vez que se hacía con su cuchillo y lo encaraba hacia los demás.

– ¡Nadie hará daño a unos niños!

Los atacantes vieron cómo Arnau empuñaba el cuchillo, cómo; lo movía en círculo hacia ellos, cómo los miraba.

– Nadie hará daño a unos niños -repitió-. Id a luchar a la judería, contra los soldados, contra los hombres.

– Os matarán -oyó que le advertía el moro, ahora a sus espaldas.

– ¡Hereje! -le gritaron desde el grupo.

– ¡Judío!

Le habían enseñado a atacar primero, a pillar desprevenido al enemigo, a no permitir que su oponente se creciera, a asustarle. Arnau se lanzó a cuchilladas contra los más cercanos al grito de ¡ «¡Sant Jordi!». Clavó el puñal en el vientre del primero y giró sobre… sí mismo, lo que obligó a los que se abalanzaban sobre él a retroceder. El puñal sesgó el pecho de más de uno. Desde el suelo, uno de los atacantes lo apuñaló en la pantorrilla. Arnau lo miró, lo agarró del cabello, le echó hacia atrás la cabeza y lo degolló. La sangre manó a borbotones. Tres hombres yacían en el suelo y los í, demás empezaron a apartarse. «Huye cuando estés en desventaja», \ le habían aconsejado. Arnau hizo ademán de volver a lanzarse sobre ellos y la gente tropezó mientras intentaba alejarse de él. Con la mano izquierda, sin mirar hacia atrás, instó al moro a que se acercase y cuando notó el temblor de los niños en sus piernas, empezó a andar hacia el mar, de espaldas, sin perder de vista a los agresores.

– Os esperan en la judería -gritó a los asaltantes mientras seguía empujando a los niños.

Alcanzaron el antiguo portal del Castell de Regomir y echaron a correr. Arnau, sin mayores explicaciones, impidió que los niños se dirigieran hacia la judería.

¿Dónde podría esconder a unos niños? Arnau los guió hasta Santa María y se detuvo en seco ante la entrada principal. Desde donde estaban, a través de la obra inacabada, se alcanzaba a ver el interior.

– ¿No…, no pretenderéis meter a los niños en una iglesia cristiana? -le preguntó jadeando el esclavo.

– No -contestó Arnau-. Pero sí muy cerca de ella.

– ¿Por qué no nos habéis dejado volver a nuestras casas? -le preguntó a su vez la muchacha, a todas luces la mayor de los tres y mucho más entera que todos los demás tras la carrera.

Arnau se palpó la pantorrilla. La sangre manaba abundantemente.

– Porque vuestras casas están siendo asaltadas por la gente -le contestó-. Os culpan de la peste. Dicen que habéis envenenado los pozos. -Nadie dijo nada-. Lo siento -añadió Arnau.

El esclavo musulmán fue el primero en reaccionar:

– No podemos quedarnos aquí -dijo obligando a Arnau a dejar de examinarse la pierna-. Haced lo que creáis oportuno, pero esconded a los niños.

– ¿Y tú? -inquirió Arnau.

– Tengo que enterarme de qué es lo que ha sucedido con sus familias. ¿Cómo podré encontrarles?

– No podrás -contestó Arnau pensando en que en ese momento no podía mostrarle el camino del cementerio romano-. Yo te encontraré a ti. Ve a medianoche a la playa, frente a la pescadería nueva. -El esclavo asintió; cuando ya iban a separarse, Arnau añadió-: Si durante tres noches no has venido, te daré por muerto.

El musulmán asintió de nuevo y miró a Arnau con sus grandes ojos negros.

– Gracias -le dijo antes de salir corriendo en dirección a la judería.

El más pequeño de los niños intentó seguir al moro, pero Arnau lo agarró por los hombros.

Aquella primera noche el musulmán no se presentó a la cita. Arnau estuvo esperándolo durante más de una hora tras la medianoche; escuchaba el lejano rumor de- los tumultos de la judería y observaba la noche, coloreada de rojo por los incendios. Durante la espera tuvo tiempo de pensar en lo ocurrido a lo largo de aquella loca jornada.Tenía tres niños judíos escondidos en un antiguo cementerio romano bajo el altar mayor de Santa María, bajo su propia Virgen. La entrada al cementerio que en su día descubrieron él y Joanet seguía igual que la última vez que estuvieron allí. Todavía no se había construido la escalera de la puerta del Born y el entarimado de madera les permitió un fácil acceso; sin embargo, los guardias que vigilaban el templo, que estuvieron rondando durante casi una hora por la calle, les obligaron a esperar agazapados y en silencio la oportunidad de colarse bajo la tarima.

Los niños lo siguieron sin rechistar, hasta que tras recorrer el túnel, en la oscuridad, Arnau les dijo dónde se encontraban y les advirtió que no tocaran nada si no querían llevarse una desagradable sorpresa. Entonces los tres se echaron a llorar desconsoladamente y Arnau no supo cómo responder a aquellos llantos. Seguro que Maria habría sabido calmarlos.

– Sólo son muertos -les gritó-, y no de peste precisamente. ¿Qué preferís: estar aquí, vivos con los muertos, o fuera para que os maten? -Los llantos cesaron-. Ahora volveré a salir para ir a buscar una vela, agua y algo de comida. ¿De acuerdo? ¿De acuerdo? -repitió ante su silencio.

– De acuerdo -oyó que respondía la niña.

– Vamos a ver, me he jugado la vida por vosotros y todavía me la voy a seguir jugando si alguien descubre que tengo a tres niños judíos escondidos bajo la iglesia de Santa María. No estoy dispuesto a seguir haciéndolo si cuando vuelva habéis desaparecido. ¿Qué decís? ¿Me esperaréis aquí o queréis volver a salir a la calle?

– Esperaremos -contestó decidida la niña.

A Arnau lo recibió una casa vacía. Se lavó y trató de curarse la pierna.Vendó la herida. Llenó de agua su viejo pellejo, cogió una linterna y aceite para cargarla, una hogaza de pan duro y carne salada y volvió renqueando a Santa María.

Los niños no se habían movido del extremo del túnel donde los había dejado. Arnau encendió la linterna y vio a tres cervatillos asustados que no respondieron a la sonrisa con que trató de calmarlos. La niña abrazaba a los otros dos. Los tres eran morenos, con el cabello largo y limpio, sanos, con los dientes blancos como la nieve y guapos, sobre todo la niña.

– ¿Sois hermanos? -se le ocurrió preguntar a Arnau.

– Nosotros somos hermanos -contestó de nuevo la niña, señalando al más pequeño-. Él es un vecino.

– Bueno, creo que después de todo lo que ha pasado y de lo que aún nos queda, deberíamos presentarnos. Me llamo Arnau.

La niña hizo los honores: ella se llamaba Raquel, su hermano Jucef y su vecino Saúl. Arnau siguió interrogándolos a la luz de la linterna, mientras los niños echaban fugaces miradas al interior del cementerio. Tenían trece, seis y once años. Habían nacido en Barcelona y vivían con sus padres en la judería, adonde regresaban cuando les asaltaron los salvajes de los que los defendió Arnau. El esclavo, al que siempre habían llamado Sahat, era propiedad de los padres de Raquel y Jucef, y si había dicho que iría a la playa, seguro que lo haría; jamás les había fallado.

– Bien -dijo Arnau tras las explicaciones-, creo que valdrá la pena que echemos una mirada a este lugar. Hace mucho tiempo, más o menos desde que tenía vuestra edad, que no he estado aquí, aunque no creo que nadie se haya movido. -Sólo él se rió.

De rodillas, se desplazó hasta el centro de la cueva iluminando el interior. Los niños permanecieron agazapados donde estaban, mirando con terror las tumbas abiertas y los esqueletos-. Esto es lo mejor que se me ha ocurrido -se excusó al percatarse de su expresión de pánico-. Seguro que aquí nadie nos podrá encontrar mientras esperamos a que se calme…

– ¿Y qué pasará si matan a nuestros padres? -lo interrumpió Raquel.

– No pienses en eso. Seguro que no les sucederá nada. Mirad, venid aquí. Aquí hay un espacio sin tumbas y es lo suficientemente grande para que podamos caber todos. ¡Vamos! -Tuvo que insistir apremiándolos con gestos.

Al final lo consiguió y los cuatro se reunieron en un pequeño espacio que les permitía sentarse sobre el suelo sin tocar ninguna tumba. El antiguo cementerio romano seguía igual que la primera vez que Arnau lo había visto, con sus extrañas tumbas de tejas en forma de pirámides alargadas y las grandes ánforas con cadáveres en su interior. Arnau colocó la linterna sobre una de ellas y les ofreció el pellejo, el pan y la carne salada. Los tres bebieron con avidez, pero para comer tan sólo probaron el pan.

– No es kosher -se excusó Raquel señalando la carne salada.

– ¿Kosher?

Raquel le explicó qué significaba kosher y los ritos que debían seguirse para que los miembros de la comunidad judía pudieran comer carne, y siguieron charlando hasta que los dos niños cayeron rendidos en el regazo de la muchacha. Entonces, susurrando para no despertarlos, la niña le preguntó:

– ¿Y tú no crees lo que dicen?

– ¿El qué?

– Que hemos envenenado los pozos.

Arnau tardó algunos segundos en contestar.

– ¿Ha muerto algún judío por la peste? -dijo.

– Muchos.

– En ese caso, no -afirmó-. No lo creo.

Cuando Raquel se durmió, Arnau se arrastró por el túnel y se dirigió hacia la playa.

El ataque contra la judería se prolongó dos días, durante los cuales las escasas fuerzas reales, unidas a los miembros de la comunidad judía, intentaron defender el barrio de los constantes asaltos a los que lo sometía un pueblo enloquecido y enfervorizado que, en nombre de la cristiandad, enarbolaba la bandera del saqueo y el linchamiento. Al final, el rey mandó tropas suficientes y la situación empezó a volver a la normalidad.

La tercera noche, Sahat, que había luchado junto a sus amos, pudo escapar para encontrarse con Arnau en la playa de la ciudad, frente a la pescadería, como habían convenido.

– ¡Sahat! -oyó en la noche.

– ¿Qué haces tú aquí? -le preguntó el esclavo a Raquel, que se lanzó sobre él.

– El cristiano está muy enfermo.

– ¿No será…?

– No -le interrumpió la muchacha-, no es peste. No tiene bubas. Es su pierna. La herida se le ha infectado y tiene mucha fiebre. No puede andar.

– ¿Y los demás? -preguntó el esclavo.

– Bien, ¿y…?

– Os esperan a todos.

Raquel guió al moro hasta la tarima de la puerta del Born de Santa María.

– ¿Aquí? -preguntó el esclavo cuando la muchacha se metió bajo la tarima.

– Silencio -le contestó ella-. Sigúeme.

Los dos se deslizaron por el túnel hasta el cementerio romano. Todos tuvieron que ayudar para sacar a Arnau de allí; Sahat, reptando hacia atrás, tiró de él por las manos y los niños empujaron por los pies. Arnau había perdido el conocimiento. Los cinco, Arnau a hombros del esclavo y los niños disfrazados de cristianos con ropas que había traído Sahat, tomaron el camino de la judería tratando, no obstante, de ampararse en las sombras. Cuando llegaron ante las puertas de ésta, vigiladas por un fuerte contingente de soldados del rey, Sahat le explicó al oficial de guardia la verdadera identidad de los niños y la razón de que no portaran la rodela amarilla. En cuanto a Arnau, sí, era un cristiano con fiebre que necesitaba la atención de un médico, como el oficial podía comprobar y efectivamente hizo, aunque se apartó de inmediato por si era un apestado. Sin embargo, lo que en realidad les abrió las puertas de la judería fue la generosa bolsa que el esclavo dejó caer en las manos del oficial del rey mientras hablaba con él.

32

Nadie hará daño a estos niños. Padre, ¿dónde estáis? ¿Por qué, padre? Hay grano en el palacio.Te quiero, Maria…» Cuando Arnau deliraba, Sahat obligaba a los niños a abandonar la habitación y mandaba llamar a Hasdai, el padre de Raquel y Jucef, para que lo ayudase a inmovilizarlo en caso de que Arnau empezara a combatir contra los soldados del Rosellón y se le abriese de nuevo la herida de la pierna. Amo y esclavo lo vigilaban al pie de la cama mientras otra esclava le ponía compresas frías en la frente. Así llevaban ya una semana, durante la cual Arnau recibió los mejores cuidados de los médicos judíos y la atención constante de la familia Crescas y de sus esclavos, en especial de Sahat, que velaba día y noche al enfermo.

– La herida no tiene mucha importancia -diagnosticaron los médicos-, pero la infección afecta a todo el cuerpo.

– ¿Vivirá? -preguntó Hasdai.

– Es un hombre fuerte -se limitaron a contestar los médicos antes de abandonar la casa.

– ¡Hay trigo en el palacio! -volvió a gritar Arnau, sudoroso por la fiebre, al cabo de unos minutos.

– De no ser por él -dijo Sahat- estaríamos todos muertos.

– Lo sé -contestó Hasdai, de pie junto a él.

– ¿Por qué lo haría? Es un cristiano.

– Es una buena persona.

De noche, cuando Arnau descansaba y la casa permanecía en silencio, Sahat se orientaba hacia la dirección sagrada y se arrodillaba a rezar por el cristiano. Durante el día lo obligaba pacientemente a beber agua y a tragar las pócimas que habían preparado los médicos. Raquel y Jucef se asomaban a menudo y Sahat les permitía entrar si Arnau no deliraba.

– Es un guerrero -afirmó en una ocasión Jucef, con los ojos como platos.

– Seguro que lo ha sido -le contestó Sahat.

– Dijo que era un bastaix -corrigió Raquel.

– En el cementerio nos dijo que era un guerrero. A lo mejor es un bastaix guerrero.

– Lo dijo para que te callaras.

– Yo apostaría a que es un bastaix -terció Hasdai-. Por lo que dice.

– Es un guerrero -insistió el menor de los niños.

– No lo sé, Jucef. -El esclavo le revolvió el cabello negro-. ¿Por qué no esperamos a que se cure y él mismo nos lo cuente?

– ¿Se curará?

– Seguro. ¿Cuándo has visto que un guerrero muera por una herida en la pierna?

Cuando se iban los niños, Sahat se acercaba a Arnau y le tocaba la frente, que seguía ardiendo. «No sólo los niños son los que viven gracias a ti, cristiano. ¿Por qué lo hiciste? ¿Qué te impulsó a arriesgar tu vida por un esclavo y tres niños judíos? Vive. Tienes que vivir. Quiero hablar contigo, darte las gracias. Además, Hasdai es muy rico y te recompensará, seguro.»

Unos días después, Arnau empezó a recuperarse. Una mañana Sahat lo encontró sensiblemente menos caliente.

– Alá, su nombre sea loado, me ha escuchado.

Hasdai sonrió cuando lo comprobó personalmente.

– Vivirá -se atrevió a asegurarles a sus hijos.

– ¿Me contará sus batallas?

– Hijo, no creo…

Pero Jucef empezó a imitar a Arnau moviendo el puñal frente a un imaginario grupo de agresores. En el momento en que iba a degollar al caído, su hermana lo cogió por el brazo.

– ¡Jucef! -le gritó.

Cuando se volvieron hacia el enfermo, se toparon con los ojos abiertos de Arnau. Jucef se azoró.

– ¿Cómo te encuentras? -le preguntó Hasdai.

Arnau intentó contestar pero tenía la boca seca. Sahat le acercó un vaso con agua.

– Bien -logró decir tras beber-. ¿Y los niños?

Jucef y Raquel se acercaron a la cabecera de la cama, empujados por su padre. Arnau esbozó una sonrisa.

– Hola -dijo Arnau.

– Hola -le respondieron ellos.

– ¿Y Saúl?

– Bien -le contestó Hasdai-, pero ahora debes descansar. Vamos, niños.

– ¿Cuando estés bien me contarás tus batallas? -le preguntó Jucef antes de que su padre y su hermana lo sacaran de la habitación.

Arnau asintió e intentó esbozar una sonrisa.

A lo largo de la semana siguiente la fiebre remitió por completo y la herida empezó a cerrarse. Arnau y Sahat conversaron en cuantas ocasiones el bastaix se sintió con fuerzas para ello.

– Gracias -fue lo primero que le dijo al esclavo.

– Ya me las diste, ¿recuerdas? ¿Por qué…, por qué lo hiciste?

– Los ojos del niño…, mi mujer no lo hubiera permitido…

– ¿Maria? -preguntó Sahat recordando los delirios de Arnau.

– Sí -contestó Arnau.

– ¿Quieres que la avisemos de que estás aquí? -Arnau apretó los labios y negó con la cabeza-. ¿Hay alguien a quien quieras que avisemos? -El esclavo no insistió más al ver la expresión que ensombrecía el rostro de Arnau.

– ¿Cómo terminó el asedio? -le preguntó en otra ocasión Arnau a Sahat.

– Doscientos hombres y mujeres asesinados. Muchas casas saqueadas o incendiadas.

– ¡Qué desastre!

– No tanto -lo corrigió Sahat. Arnau lo miró sorprendido-. La judería de Barcelona ha tenido suerte. Desde Oriente hasta Castilla, los judíos han sido asesinados sin piedad. Más de trescientas comunidades han quedado totalmente destruidas. En Alemania, el mismo emperador Carlos IV prometió conceder el perdón a todo delincuente que asesinase a un judío o destruyese una judería. ¿Imaginas qué habría sucedido en Barcelona si vuestro rey, en lugar de protegerla, hubiera perdonado a todos los que mataran a algún judío? -Arnau cerró los ojos y negó con la cabeza-. En Mainz, han quemado en la hoguera a seis mil judíos, y en Estrasburgo, han inmolado en masa a dos mil, en una inmensa pira en el cementerio judío, mujeres y niños incluidos. Dos mil a la vez…

Los niños sólo podían entrar en la habitación de Arnau cuando Hasdai iba a visitar al enfermo y podía encargarse de que no lo molestasen. Un día, cuando Arnau ya empezaba a levantarse del lecho y a dar los primeros pasos, Hasdai apareció solo. El judío, alto y delgado, con el cabello negro, largo y lacio, la mirada penetrante y la nariz ganchuda, se sentó frente a él.

– Debes saber… -dijo con voz grave-, supongo que ya sabrás -corrigió- que tus sacerdotes tienen prohibida la cohabitación entre cristianos y judíos.

– No te preocupes, Hasdai; en cuanto pueda andar… -No -lo interrumpió el judío-; no estoy diciendo que debas irte de mi casa. Has salvado a mis hijos de una muerte segura, arriesgando tu vida. Todo cuanto poseo es tuyo y te estaré eternamente agradecido. Puedes permanecer en esta casa cuanto tiempo desees. Mi familia y yo nos sentiríamos muy honrados si así lo hicieses. Lo único que pretendía era advertirte, sobre todo si decides quedarte, que intentemos guardar la máxima discreción. Nadie sabrá por los míos, y en ellos incluyo a toda la comunidad hebrea, que vives en mi casa; por eso puedes estar tranquilo. La decisión es tuya e insisto en que nos sentiríamos muy honrados y felices si decidieses continuar con nosotros. ¿Qué respondes?

– ¿Quién le contaría a tu hijo mis batallas?

Hasdai sonrió y le ofreció una mano que Arnau estrechó.

Castell-Rosselló era una fortaleza impresionante… El pequeño Jucef se sentaba frente a Arnau, en el suelo del jardín trasero de los Crescas, con las piernas cruzadas y los ojos completamente abiertos, y saboreaba una y otra vez las historias de guerra del bastaix, atento en el asedio, inquieto en la pelea, sonriente en la victoria.

– Los defensores lucharon con valor -le contaba-, pero los soldados del rey Pedro fuimos superiores…

Cuando terminaba, Jucef insistía para que repitiera otra de sus historias. Arnau le contaba tanto relatos verdaderos como inventados. «Yo sólo ataqué dos castillos -había estado a punto de confesarle-; los demás días de guerra nos dedicamos a saquear y destruir granjas y cosechas…, salvo las higueras.»

– ¿Te gustan los higos, Jucef? -le preguntó en una ocasión recordando los retorcidos troncos que se alzaban en medio de la destrucción total.

– Ya basta, Jucef-le advirtió su padre, que acababa de llegar al jardín, ante la insistencia del pequeño en que Arnau le contara otra batalla-.Vete a dormir. -Jucef, obediente, se despidió de su padre y de Arnau-. ¿Por qué le has preguntado al niño si le gustan los higos?

– Es una larga historia.

Sin decir palabra, Hasdai se sentó frente a él en una silla. «Cuén-tamela», le dijo con la mirada.

– Arrasamos con todo…-le confesó Arnau tras relatarle brevemente los antecedentes-, salvo con las higueras. Absurdo, ¿verdad? Dejábamos los campos yermos y, en medio de ellos, en medio de tanta destrucción, una solitaria higuera nos miraba preguntándonos qué estábamos haciendo.

Arnau se perdió en sus recuerdos y Hasdai no se atrevió a interrumpirlo.

– Fue una guerra sin sentido -añadió al fin el bastaix.

– Al año siguiente -dijo Hasdai-, el rey recuperó el Rosellón. Jaime de Mallorca se arrodilló descubierto ante él y rindió sus ejércitos. Quizá esa primera guerra en la que tú estuviste sirviera para…

– Para matar de hambre a los payeses, a los niños y a los humildes -lo interrumpió Arnau-. Quizá sirvió para que el ejército de Jaime no tuviera provisiones, pero para eso debieron morir muchas gentes humildes, te lo aseguro. No somos más que juguetes en manos de los nobles. Deciden sobre sus asuntos sin importarles cuántas muertes o cuánta miseria puedan acarrear a los demás.

Hasdai suspiró.

– Si yo te contara, Arnau. Nosotros somos propiedad real, somos suyos…

– Yo fui a la guerra a luchar y terminé quemando las cosechas de los humildes.

Los dos hombres se quedaron pensativos durante unos instantes.

– ¡Bueno! -exclamó Arnau rompiendo el silencio-, ya conoces por qué la historia de las higueras.

Hasdai se levantó y palmeó a Arnau en el hombro. Después lo invitó a entrar en la casa.

– Ha refrescado -le dijo mirando al cielo.

Cuando Jucef los dejaba solos, Arnau y Raquel solían conversar en el pequeño jardín de los Crescas. No hablaban de la guerra; Arnau le contaba cosas de su vida de bastaix y de Santa María.

– Nosotros no creemos en Jesucristo como el Mesías; el Mesías todavía no ha llegado y el pueblo judío espera su venida -le contó en una ocasión Raquel.

– Dicen que vosotros lo matasteis.

– ¡No es cierto! -contestó ella, ofuscada-. ¡Es a nosotros a los que siempre nos han matado y expulsado de donde estuviésemos!

– Dicen -insistió Arnau- que en la Pascua sacrificáis a un niño cristiano y os coméis su corazón y sus miembros para cumplir con vuestros ritos.

Raquel negó con la cabeza.

– ¡Eso es una tontería! Tú has comprobado que no podemos comer carne que no sea kosher y que nuestra religión nos prohibe ingerir sangre, ¿qué íbamos a hacer con el corazón de un niño, con sus brazos o con sus piernas? Tú ya conoces a mi padre y al padre de Saúl; ¿los crees capaces de comerse a un niño?

Arnau recordó el rostro de Hasdai y escuchó de nuevo sus sabias palabras; rememoró su prudencia y el cariño que brillaba en su rostro cuando miraba a sus hijos. ¿Cómo iba aquel hombre a comer el corazón de un niño?

– ¿Y la hostia? -preguntó-; dicen también que las robáis para torturarlas y revivir el sufrimiento de Jesucristo.

Raquel gesticuló con las manos.

– Los judíos no creemos en la transubs… -Hizo un gesto de contrariedad. ¡Siempre se trababa con aquella palabra cuando hablaba con su padre!-. Transubstanciación -repitió de corrido.

– ¿En la qué?

– En la transubs… tanciación. Para vosotros significa que vuestro Jesucristo está en la hostia, que la hostia es realmente el cuerpo de Cristo. Nosotros no creemos en eso. Para los judíos vuestra hostia no es más que un pedazo de pan. Sería bastante absurdo por nuestra parte torturar a un simple pedazo de pan.

– Entonces, ¿nada de lo que se os acusa es cierto?

– Nada.

Arnau quería creer a Raquel. La muchacha lo miraba con los ojos abiertos de par en par implorándole que alejase de su mente los prejuicios con que los cristianos difamaban a su comunidad y sus creencias.

– Pero sois usureros. Eso sí que no podéis negarlo.

Raquel iba a contestar cuando oyeron la voz de su padre.

– No. No somos usureros -intervino Hasdai Crescas acercándose a ellos y tomando asiento junto a su hija-; al menos no lo somos tal como lo cuentan. -Arnau permaneció en silencio a la espera de una explicación-. Mira, hasta hace poco más de un siglo, en el año 1230, los cristianos también prestaban dinero con intereses. Tanto judíos como cristianos lo hacíamos, pero un decreto de vuestro papa Gregorio IX prohibió a los cristianos el préstamo con intereses y, a partir de entonces, sólo los judíos y algunas otras comunidades como los lombardos continuamos practicándolo. Durante mil doscientos años los cristianos habéis prestado dinero con intereses. Lleváis poco más de cien años sin hacerlo, oficialmente -Hasdai remarcó la palabra-, y resulta que somos unos usureros.

– ¿Oficialmente?

– Sí, oficialmente. Hay muchos cristianos que prestan dinero con intereses a través de nosotros. En cualquier caso quisiera explicarte por qué lo hacemos. En todas las épocas y en todos los lugares los judíos siempre hemos dependido directamente del rey. A lo largo de los tiempos nuestra comunidad ha sido expulsada de muchos países; lo fue de nuestra propia tierra, después lo fue de Egipto, más tarde, en 1183, de Francia, y pocos años después, en 1290, de Inglaterra. Las comunidades judías tuvieron que emigrar de un país a otro, dejar atrás todas sus pertenencias y suplicar a los reyes de los países a los que se dirigían, permiso para establecerse. En respuesta, los reyes, como sucede con los vuestros, suelen apropiarse de la comunidad judía y nos exigen grandes contribuciones para sus guerras y sus gastos. Si no obtuviéramos beneficios de nuestro dinero no podríamos cumplir con las desorbitadas exigencias de vuestros reyes y nos volverían a expulsar de donde nos encontramos.

– Pero no sólo prestáis dinero a los reyes -insistió Arnau.

– No. Cierto. ¿Y sabes por qué? -Arnau negó con la cabeza-. Porque los reyes no devuelven nuestros préstamos; muy al contrario, nos piden más y más préstamos para sus guerras y sus gastos. De alguna parte tenemos que sacar el dinero para prestárselo, cuando no para contribuir graciosamente, sin que sea un préstamo.

– ¿No podéis negaros?

– Nos echarían… o, lo que sería peor, no nos defenderían de los cristianos como hace unos días. Moriríamos todos. -En esta ocasión Arnau asintió en silencio frente a la satisfecha mirada de Raquel, que comprobaba cómo su padre lograba convencer al bastaix. El mismo había visto a los encolerizados barceloneses clamando contra los judíos-. En cualquier caso piensa que tampoco prestamos dinero a aquellos cristianos que no sean mercaderes o que no tengan oficio de comprar y vender. Hace casi cien años que vuestro rey Jaime I el Conquistador promulgó un usat-ge por el que cualquier escritura de comanda o de depósito efectuada por un cambista judío a alguien que no sea mercader se considera falsa y simulada por los judíos, por lo que no se puede actuar contra aquellos que no sean mercaderes. No podemos hacer escrituras de comanda o depósito a alguien que no sea mercader, puesto que no las cobraríamos nunca.

– ¿Y qué diferencia hay?

– Toda, Arnau, toda. Los cristianos os enorgullecéis de no prestar dinero con intereses siguiendo las órdenes de vuestra Iglesia, y es cierto que no lo hacéis, cuando menos a las claras. Sin embargo, hacéis lo mismo pero lo llamáis de otra manera. Mira, hasta que la Iglesia prohibió los préstamos con interés entre los cristianos, los negocios funcionaron como lo hacen ahora entre los judíos y los mercaderes: había cristianos con mucho dinero que prestaban a otros cristianos, mercaderes, y a los que éstos les devolvían el capital con los intereses.

– ¿Qué sucedió cuando se prohibió el préstamo con intereses?

– Pues muy sencillo. Como siempre, los cristianos le disteis la vuelta a la norma de la Iglesia. Era evidente que ningún cristiano que tuviese dinero lo iba a prestar a otro sin obtener un beneficio, como se pretendía. Para eso se lo quedaba él y no corría riesgo alguno. Entonces los cristianos os inventasteis un negocio que se llama la comanda; ¿has oído hablar de ella?

– Sí -reconoció Arnau-. En el puerto se habla mucho de las comandas cuando llega un barco con mercaderías, pero la verdad es que nunca lo he entendido.

– Pues es muy sencillo. La comanda no es más que un préstamo con interés… disfrazado. Hay un comerciante, un cambista por lo general, que entrega dinero a un mercader para que compre o venda alguna mercancía. Cuando el mercader ha ultimado el negocio, tiene que devolver al cambista la misma cantidad que ha recibido más una parte de las ganancias que ha obtenido. Es lo mismo que el préstamo con intereses pero llamado de otra manera: comanda. El cristiano que entrega ese dinero obtiene un beneficio por su dinero, que es lo que prohibe la Iglesia: la obtención de beneficios por el dinero y no por el trabajo del hombre. Los cristianos seguís haciendo exactamente lo mismo que hace cien años, antes de que se prohibiesen los intereses, sólo que con otro nombre. Resulta que si nosotros prestamos dinero para un negocio somos unos usureros, pero si lo hace un cristiano a través de una comanda, no lo es.

– ¿No hay ninguna diferencia?

– Sólo una: en las comandas, aquel que ha entregado el dinero corre el mismo riesgo que el negocio, esto es, si el mercader no vuelve o pierde la mercadería porque, por ejemplo, lo asaltan los piratas durante una travesía marítima, el que ha puesto el dinero lo pierde. Eso no sucedería en un préstamo, pues el mercader seguiría estando obligado a devolver el dinero con sus intereses, pero en la práctica sigue siendo lo mismo puesto que el mercader que ha perdido su mercancía no nos paga, y en último término los judíos tenemos que acomodarnos a las prácticas comerciales habituales: los mercaderes quieren comandas en las que no corran con el riesgo y nosotros tenemos que hacerlas porque de lo contrario no conseguiríamos beneficios para cumplir con vuestros reyes. ¿Lo has entendido?

– Los cristianos no prestamos con interés, pero el resultado es el mismo a través de las comandas -comentó Arnau para sí.

– Exacto. Lo que intenta prohibir vuestra Iglesia no es el interés en sí mismo, sino la obtención de un beneficio por el dinero, no por el trabajo, y eso siempre que los préstamos no sean a reyes, nobles o caballeros, los que se llaman préstamos baratos, porque un cristiano sí puede prestar dinero a los reyes, nobles o caballeros, con interés; la Iglesia supone que ese préstamo es para la guerra, y considera válido el interés.

– Pero esa práctica sólo la llevan a cabo los cambistas cristianos -argüyó Arnau-. No se puede juzgar a todos los cristianos por lo que hagan…

– No te equivoques, Arnau -le advirtió Hasdai sonriendo y gesticulando con las manos-. Los cambistas reciben en depósito el dinero de los cristianos y con ese dinero contratan comandas, cuyos beneficios después tienen que pagar a aquellos cristianos que les han dado su dinero. Los cambistas dan la cara, pero el dinero es de los cristianos, de todos los que lo depositan en sus mesas de cambio. Arnau, hay algo que nunca cambiará en la historia: el que tiene dinero quiere más; nunca lo ha regalado y nunca lo hará. Si no lo hacen vuestros obispos, ¿por qué iban a hacerlo sus feligreses? Se llamará préstamo, se llamará comanda, se llamará como se llame, pero la gente no regala nada; sin embargo, los únicos usureros somos nosotros.

Charlando les llegó la noche, una noche mediterránea, estrellada y plácida. Durante un rato, los tres permanecieron en silencio disfrutando de la paz y la tranquilidad que se respiraba en el pequeño jardín trasero de la casa de Hasdai Crescas. Al final los llamaron para cenar y por primera vez desde que se alojaba con aquellos judíos, Arnau los vio como personas iguales a él, con otras creencias, pero buenos, tan buenos y caritativos como pudieran serlo los más santos de los cristianos. Esa noche, sin ninguna reserva, disfrutó de los sabores de la cocina judía acompañado por Hasdai a la mesa y servido por las mujeres de la casa.

33

El tiempo iba transcurriendo y la situación empezaba a hacerse incómoda para todos. Las noticias que llegaban al cali sobre la peste eran alentadoras: cada vez aparecían menos casos. Arnau necesitaba volver a su casa. La noche anterior a la partida, Arnau y Hasdai se reunieron en el jardín. Intentaron charlar amistosamente, de cosas intrascendentes, pero la noche sabía a despedida y, entre frase y frase, evitaban mirarse.

– Sahat es tuyo -anunció repentinamente Hasdai, entregándole la documentación que lo corroboraba.

– ¿Para qué quiero un esclavo? Si ni siquiera podré alimentarme yo mismo hasta que se reanude el tráfico marítimo, ¿cómo voy a dar de comer a un esclavo? La cofradía no permite que los esclavos trabajen. No necesito a Sahat.

– Sí que lo necesitarás -le contestó sonriendo Hasdai-. Él se debe a ti. Desde que nacieron Raquel y Jucef, Sahat se ha encargado de cuidarlos como si fueran sus propios hijos y te aseguro que como tales los adora. Ni Sahat ni yo podremos devolverte nunca lo que hiciste por ellos. Hemos pensado que la mejor manera de pagarte esa deuda es facilitándote la vida. Para eso necesitarás a Sahat, y él está dispuesto.

– ¿Facilitarme la vida?

– Ambos te ayudaremos a hacerte rico.

Arnau devolvió la sonrisa a su todavía anfitrión.

– Sólo soy un bastaix. Las riquezas son para nobles y mercaderes.

– Para ti también lo serán.Yo pondré los medios para que así sea. Si actúas con prudencia y conforme a las instrucciones de Sahat, no me cabe duda de que llegarás a serlo. -Arnau lo miró en espera de más explicaciones-. Como sabrás -continuó Hasdai-, la peste está remitiendo; los casos empiezan a ser aislados pero las consecuencias de la plaga han sido terroríficas. Nadie sabe exactamente cuántas personas han fallecido en Barcelona, pero lo que sí se sabe es que de los cinco consejeros, cuatro han muerto. Y eso puede ser terrible. Bien, a lo que íbamos: muchos de los muertos son cambistas que ejercían su profesión en Barcelona. Lo sé porque colaboraba con ellos y ahora ya no están. Creo que, si te interesa, podrías dedicarte al negocio del cambio…

– No sé nada de negocios ni de cambios -lo interrumpió Arnau-. Todos los maestros de oficios necesitan pasar una prueba.Yo no sé nada de todo eso.

– Los cambistas todavía no -le respondió Hasdai-. Sé que se ha pedido al rey que proclame una normativa, pero aún no lo ha hecho. La profesión de cambista es libre, siempre y cuando asegures tu mesa. En cuanto a la sabiduría, Sahat tiene bastante. Él lo sabe absolutamente todo sobre las mesas de cambio. Lleva muchos años colaborando en mi negocio. Lo compré porque era un experto en transacciones de ese tipo. Si le dejas hacer, aprenderás y prosperarás sin problema. Pese a ser esclavo, es un hombre de toda confianza y te debe lealtad por lo que hiciste por mis hijos, las únicas personas a las que ha querido, pues para él son su familia. -Hasdai interrogó a Arnau con sus ojillos-. ¿Y bien?

– No sé… -dudó Arnau.

– Contarás con mi ayuda y la de todos aquellos judíos que conocen tu hazaña. Somos un pueblo agradecido, Arnau. Sahat conoce a todos mis corresponsales a lo largo del Mediterráneo, Europa e incluso más allá de Oriente, en las lejanas tierras del soldán de Egipto. Contarás con una gran base para emprender negocios y nosotros mismos te ayudaremos al principio. Es una buena propuesta, Arnau. No tendrás ningún problema.

El escéptico consentimiento de Arnau puso en marcha toda la maquinaria que Hasdai tenía ya preparada. Primera regla: nadie, nadie debía saber que Arnau contaba con el apoyo de los judíos; eso iría en su contra. Hasdai le entregó una documentación que probaba que todo el dinero que utilizase provenía de una viuda cristiana de Perpiñán, y formalmente así era.

– Si alguien te pregunta -le dijo-, no contestes, pero si te vieras obligado a ello, has heredado. Necesitarás bastante dinero -continuó-. En primer lugar deberás asegurar tu mesa de cambio ante los magistrados de Barcelona constituyendo una fianza por importe de mil marcos de plata; después deberás comprar una casa o los derechos de una casa en el barrio de los cambistas, ya sea en la calle de Canvis Vells o Canvis Nous, y acomodarla para ejercer tu profesión; por último, tendrás que reunir más dinero para empezar a trabajar.

¡Cambista! ¿Y por qué no? ¿Qué le quedaba de su antigua vida? Todos sus seres queridos habían muerto a causa de la peste. Hasdai parecía convencido de que, con la ayuda de Sahat, la mesa funcionaría. Ni siquiera podía imaginar cómo debía de ser la vida de un cambista; se haría rico, le había asegurado Hasdai. ¿Qué hacían los ricos? De repente recordó a Grau, el único rico que había conocido, y notó un vacío en el estómago. No. Él nunca sería como Grau.

Aseguró su mesa de cambio con los mil marcos de plata que le entregó Hasdai y juró ante el magistrado que denunciaría la moneda falsa -se preguntó cómo podría llegar a reconocerla si algún día le faltaba Sahat- y la partiría en dos mediante unas cizallas especiales que debía tener todo cambista. Legalizó con la firma del magistrado los enormes libros de cuentas que darían fe de sus operaciones y, en un momento en que Barcelona se hallaba sumida en el caos consiguiente a la plaga de peste bubónica, recibió la autorización para ejercer de cambista y se fijaron los días y horas en que obligatoriamente debía hallarse al frente de su establecimiento.

La segunda regla que Hasdai le aconsejó seguir fue la relativa a Sahat:

– Nadie debe saber que es un regalo mío. Sahat es muy conocido entre los cambistas, y si alguien llega a saberlo tendrás problemas. Como cristiano puedes hacer negocios con los judíos, pero evita que puedan llamarte amigo de judíos. Hay otro problema con respecto a Sahat que debes conocer: pocos profesionales del cambio llegarían a entender su venta. He tenido centenares de ofertas por él, a cual más sustanciosa, y siempre me he negado, tanto por su competencia como por su amor hacia mis hijos. No lo entenderían. Así pues, hemos pensado que Sahat se convierta al cristianismo…

– ¿Se convierta? -le interrumpió Arnau.

– Sí. Los judíos tenemos prohibido tener esclavos cristianos. Si alguno de nuestros esclavos se convierte, debemos manumitirlo o venderlo a otro cristiano.

– Y ¿creerían los demás cambistas en esa conversión?

– Una epidemia de peste es capaz de socavar cualquier fe.

– ¿Está dispuesto Sahat a ese sacrificio?

– Lo está.

Habían hablado de ello, no como amo y esclavo sino como dos amigos, como lo que habían llegado a ser con los años.

– ¿Serías capaz? -le preguntó Hasdai.

– Sí -contestó Sahat-.Alá, ¡exaltado y glorificado sea!, sabrá comprender.Te consta que la práctica de nuestra fe está prohibida en tierras cristianas. Cumplimos con nuestras obligaciones en secreto, en la intimidad de nuestros corazones. Así seguirá siendo por más agua bendita que derramen sobre mi cabeza.

– Arnau es un cristiano devoto -insistió Hasdai-; si llega a saberlo…

– Nunca lo sabrá. Los esclavos, más que nadie, conocemos el arte de la hipocresía. No, no es por ti, pero he sido esclavo allá donde he ido. A menudo nuestra vida depende de ello.

La tercera regla quedó en secreto entre Hasdai y Sahat.

– No tengo que decirte, Sahat -le dijo su antiguo amo con voz trémula-, la gratitud que siento por tu decisión. Mis hijos y yo te lo agradeceremos siempre.

– Soy yo el que debo agradecéroslo a vosotros.

– Supongo que sabrás en qué debes volcar tus esfuerzos en estos momentos…

– Creo que sí.

– Nada de especias. Nada de tejidos, aceites o ceras -le aconsejó Hasdai mientras Sahat asentía con la cabeza ante unas instrucciones que ya preveía-. Hasta que vuelva a estabilizarse la situación, Cataluña no estará preparada para asumir de nuevo esas importaciones. Esclavos, Sahat, esclavos. Después de la peste, Cataluña necesita mano de obra. Hasta ahora no nos habíamos dedicado mucho al negocio de los esclavos. Los encontrarás en Bizancio, Palestina, Rodas y Chipre. Evidentemente, también en el mercado de Sicilia. Me consta que en Sicilia se venden muchos turcos y tártaros. Pero yo sería partidario de utilizar sus lugares de origen; en todos ellos tenemos corresponsales a los que puedes recurrir. En muy poco tiempo, tu nuevo amo amasará una considerable fortuna.

– ¿Y si se niega al comercio de esclavos? No parece que sea una persona…

– Es una buena persona -lo interrumpió Hasdai confirmando sus sospechas-, escrupulosa, de orígenes humildes y muy generosa. Podría ser que se negase a intervenir en el comercio de esclavos. No los traigas a Barcelona. Que Arnau no los vea. Llévalos directamente a Perpiñán, Tarragona o Salou o limítate a venderlos en Mallorca. Mallorca tiene uno de los mercados de esclavos más importantes del Mediterráneo. Deja que otros los traigan a Barcelona o comercien con ellos allá donde deseen. Castilla también está muy necesitada de esclavos. En cualquier caso, hasta que Arnau se entere de cómo funcionan las cosas, transcurrirá el tiempo suficiente para ganar bastante dinero. Yo le propondría, y así se lo recomendaré personalmente, que al principio se dedique a conocer bien las monedas, los cambios, los mercados, las rutas y los principales objetos de exportación o importación. Mientras tanto tú puedes dedicarte a lo tuyo, Salat. Piensa que no somos más inteligentes que los demás y que todo aquel que tenga algo de dinero importará esclavos. Será una época muy lucrativa pero corta. Hasta que el mercado se agote, que se agotará, aprovéchala.

– ¿Cuento con tu ayuda?

– Toda. Te daré cartas para todos mis corresponsales, a los que ya conoces. Te procurarán el crédito que necesites.

– ¿Y los libros? Tendrán que constar los esclavos, y Arnau podría comprobarlos.

Hasdai le dirigió una sonrisa de complicidad.

– Estoy seguro de que sabrás arreglar ese pequeño detalle.

34

¡Esta! -Arnau señaló una pequeña casa de dos pisos, cerrada y con una cruz blanca en la puerta. Sahat, ya bautizado como Guillem, a su lado, asintió-. ¿Sí? -preguntó Arnau. Guillem volvió a asentir, esta vez con una sonrisa en los labios.

Arnau miró la casita y meneó la cabeza. Se había limitado a señalarla y Guillem había consentido. Era la primera vez en su vida que sus deseos se cumplían de una forma tan sencilla. ¿Sería siempre así a partir de entonces? Volvió a menear la cabeza.

– ¿Sucede algo, amo? -Arnau lo traspasó con la mirada. ¿Cuántas veces le había dicho que no quería que lo llamase amo? Pero el moro se había negado; le contestó que debían guardar las apariencias. Guillem le sostuvo la mirada-. ¿Acaso no te gusta, amo? -añadió.

– Sí…, claro que me gusta. ¿Es adecuada?

– Por supuesto. No podría ser mejor. Mira -le dijo señalándola-, está justo en la esquina de las dos calles de los cambistas: Canvis Nous y Canvis Vells. ¿Qué mejor casa que ésta?

Arnau miró hacia donde le señalaba Guillem. Canvis Vells llegaba hasta el mar, a la izquierda de donde se encontraban; Can-vis Nous se abría frente a ellos. Pero Arnau no la había elegido por eso; ni siquiera se había dado cuenta de que aquellas calles fueran las de los cambistas, a pesar de haber andado por ellas en centenares de ocasiones. La casita se alzaba en el linde de la plaza de Santa María, frente a lo que sería el portal mayor del templo.

– Buen augurio -musitó para sí mismo.

– ¿Qué dices, amo?

Arnau se volvió con violencia hacia Guillem. No soportaba que se dirigiera a él usando esa palabra.

– ¿Qué apariencias tenemos que guardar ahora? -le espetó-. Nadie nos escucha. Nadie nos mira.

– Piensa que desde que te has convertido en cambista, mucha gente te escucha y te mira, aunque no lo creas. Debes acostumbrarte a ello.

Aquella misma mañana, mientras Arnau se perdía en la playa, entre los barcos, mirando al mar, Guillem investigó la propiedad de la casita que, como era de esperar, pertenecía a la Iglesia. Sus enfiteutas habían fallecido y quién mejor que un cambista para ocuparla de nuevo.

Por la tarde entraban en ella. La planta superior tenía tres pequeñas habitaciones de las que amueblaron dos, una para cada uno. La inferior estaba compuesta por la cocina, con salida a lo que debía de haber sido un pequeño huerto y, separada de ella por un tabique, con vistas a la calle, una habitación diáfana en la que, durante los días siguientes, Guillem instaló un armario, varias lámparas de aceite y una mesa de madera noble larga con dos sillas tras ella y cuatro enfrente.

– Falta algo – dijo Guillem un día; luego salió de la casa.

Arnau se quedó solo en lo que sería su mesa de cambio. La larga mesa de madera relucía; Arnau la había limpiado una y otra vez. Rozó con los dedos los respaldos de las dos sillas.

– Elige el lugar que desees -le dijo Guillem.

Arnau eligió el de la derecha, a la izquierda de los futuros clientes. Entonces Guillem cambió las sillas: a la derecha puso una silla con brazos, tapizada con seda roja; la correspondiente al moro era basta. Arnau se sentó en su silla y observó la sala vacía. ¡Qué extraño! Hacía sólo algunos meses se dedicaba a descargar barcos y ahora… ¡Jamás se había sentado en una silla como aquélla! En un extremo de la mesa, en desorden, estaban los libros; de pergaminos sin rasgar, le dijo Guillem cuando los compraron. También adquirieron plumas, tinteros, una balanza, varios cofres para el dinero y una gran cizalla para cortar la moneda falsa.

Guillem sacó dinero de su bolsa, más del que Arnau había visto en toda su vida.

– ¿Quién paga todo esto? -preguntó en un determinado momento.

– Tú.

Arnau enarcó las cejas y miró la bolsa que colgaba del cinto de Guillem.

– ¿La quieres? -le ofreció éste.

– No -contestó.

Además de los objetos que adquirieron, Guillem aportó uno propio: un precioso abaco con un marco de madera y bolas de marfil que Hasdai le había regalado. Arnau lo cogió y movió las bolas de un lado a otro. ¿Qué le había dicho Guillem? Primero movió las bolas con rapidez, calculando y calculando. Arnau le rogó que lo hiciera más lentamente y el moro, obediente, trató de explicarle su funcionamiento, pero… ¿qué era lo que le había explicado?

Dejó el abaco y se dedicó a ordenar la mesa. Los libros frente a su silla…, no, frente a la de Guillem. Mejor que fuera él quien hiciese las anotaciones. Los cofres, ésos sí que podía ponerlos a su lado; la cizalla algo apartada y las plumas y los tinteros junto a los libros, con el abaco. ¿Quién sino iba a utilizarlo? En ello estaba cuando entró Guillem.

– ¿Qué te parece? -le preguntó Arnau sonriente, extendiendo la mano sobre la mesa.

– Muy bien -le contestó Guillem devolviéndole la sonrisa-, pero así no conseguiremos ningún cliente y menos a alguien que nos confíe sus dineros. -La sonrisa de Arnau se desdibujó al instante-. No te preocupes, sólo falta esto. Es lo que había salido a comprar.

Guillem le entregó un paño que Arnau desenrolló con cuidado. Se trataba de un tapete de carísima seda roja, con flecos dorados en sus extremos.

– Eso -le dijo el esclavo- es lo que te falta sobre la mesa. Es la señal pública de que has cumplido con todos los requisitos que exigen las autoridades y de que tienes tu mesa convenientemente asegurada ante el magistrado municipal por valor de mil marcos de plata. Nadie, bajo severas penas, puede poner el tapete sobre una mesa de cambio o esteras ante ella si no posee la autorización municipal. Por eso, si no la pones, nadie entrará ni depositará aquí sus dineros.

A partir de ese día Arnau y Guillem se dedicaron por entero a su nuevo negocio y, tal como le aconsejó Hasdai Crescas, el antiguo bastaix se volcó en el aprendizaje de los rudimentos de su profesión.

– La primera función de un cambista -le dijo Guillem, sentados los dos en la mesa, con el rabillo del ojo puesto en la puerta por si alguien se decidía a entrar- es la del cambio manual de moneda.

Guillem se levantó de la mesa, la rodeó, se detuvo delante de Arnau y depositó una bolsa de dinero frente a él.

– Ahora fíjate bien -le dijo sacando una moneda de la bolsa y poniéndola sobre la mesa-. ¿La conoces? -Arnau asintió-. Es un croat de plata catalán. Se acuñan en Barcelona, a pocos pasos de aquí…

– Pocos he tenido en la bolsa -lo interrumpió Arnau-, pero estoy cansado de llevarlos a las espaldas. Por lo visto el rey sólo confía en los bastaixos para ese transporte.

Guillem asintió sonriendo y metió de nuevo la mano en la bolsa.

– Esto -continuó, sacando otra moneda y poniéndola junto al croat- es un florín aragonés de oro.

– De ésos nunca he tenido -dijo Arnau cogiendo el florín.

– No te preocupes, tendrás muchos. -Arnau miró a Guillem a los ojos y el moro asintió con seriedad-. Este es un antiguo dinero barcelonés de tern. -Guillem puso otra moneda sobre la mesa y antes de que Arnau volviera a interrumpirlo, continuó sacando monedas-. Pero en el comercio se mueven muchas otras monedas -dijo-, y debes conocerlas todas. Las musulmanas: besantes, mazmudinas rexedíes, besantes de oro. -Guillem fue colocando todas las monedas en fila, frente a Arnau-. Los torneses franceses; las doblas de oro castellanas; los florines de oro acuñados en Florencia; los genoveses, acuñados en Genova; los ducados venecianos; la moneda marsellesa, y las demás monedas catalanas: el real valenciano o mallorquín, el gros de Montpellier, los melgurienses del Pirineo oriental y la jaquesa, acuñada en Jaca y utilizada principalmente en Lérida.

– ¡Virgen Santa! -exclamó Arnau cuando el moro finalizó.

– Debes conocerlas todas -insistió Guillem.

Arnau recorrió la fila con la mirada una y otra vez. Después suspiró.

– ¿Hay más? -preguntó, levantando la mirada hacia Guillem.

– Sí. Muchas más. Pero éstas son las más habituales.

– ¿Y cómo se cambian?

En esta ocasión fue el moro quien suspiró.

– Eso es más complicado. -Arnau lo instó a continuar-. Bien, para su cambio se utilizan las unidades de cuenta: las libras y los marcos para las grandes transacciones; los dineros y los sueldos para el uso corriente. -Arnau asintió; él siempre había hablado de sueldos o dineros, independientemente de la moneda que los representase, aunque por lo general siempre era la misma-. Una vez que tienes una moneda, hay que calcular su valor según la unidad de cuenta y luego hacer lo mismo con aquella por la que quieres cambiarla.

Arnau trataba de seguir las explicaciones del moro.

– ¿Y esos valores?

– Se fijan periódicamente en la lonja de Barcelona, en el Consulado de la Mar. Hay que acudir allí para ver cuál es el cambio oficial.

– ¿Varía? -Arnau negó con la cabeza. No conocía aquellas monedas, ignoraba cómo se efectuaban los cambios y, además, ¡resultaba que el cambio variaba!

– Constantemente -le contestó Guillem-Y hay que dominar los cambios; ahí está el mayor beneficio de un cambista.Ya lo comprobarás. Uno de los mayores negocios es el de la compraventa de dinero…

– ¿Comprar dinero?

– Sí. Comprar… o vender dinero. Comprar plata con oro u oro con plata, jugando con las muchas monedas que existen; aquí, en Barcelona, si el cambio es bueno o en el extranjero si resulta que allí es mejor.

Arnau gesticuló con ambas manos en señal de impotencia.

– En realidad es bastante sencillo -insistió Guillem-.Verás, en Cataluña es el rey quien fija la paridad entre el florín de oro y el croat de plata, y el rey ha dicho que es de trece a uno; un florín de oro vale trece croats de plata. Pero en Florencia, en Venècia o en Alejandría, lo que diga el rey no les importa y el oro que contiene un florín no vale trece veces la plata que contiene un croat. Aquí el rey fija la paridad por motivos políticos; allí, pesan el oro y la plata que contienen las monedas y fijan su valor. O sea, que si uno atesora croats de plata y los vende fuera, obtendrá más oro del que le darían en Cataluña por esos mismos croats. Y si vuelve aquí con ese oro, volverán a darle trece croats por cada florín de oro.

– Pero eso lo podría hacer todo el mundo -objetó Arnau.

– Y lo hace…, todo el que puede. El que tiene diez o cien croats no lo hace. Lo hace quien cuenta con mucha gente dispuesta a entregarle esos diez o cien croats. -Se miraron-. Ésos somos nosotros -finalizó el moro abriendo las manos.

Algún tiempo después, cuando Arnau dominaba ya las monedas y controlaba sus cambios, Guillem empezó a hablarle de las rutas y las mercaderías.

– Hoy en día, la principal -le dijo- es la que va por Candía a Chipre, desde allí hasta Beirut y de allí hasta Damasco o Alejandría…, aunque el Papa ha prohibido comerciar con Alejandría.

– Entonces, ¿cómo se hace? -preguntó Arnau, que jugueteaba con el abaco.

– Con dinero, por supuesto. Se compra el perdón.

Arnau recordó entonces las explicaciones que le dieron en la cantera real sobre los dineros con los que se pagaba la construcción de las atarazanas reales.

– ¿Y sólo comerciamos a través del Mediterráneo?

– No. Comerciamos con todo el mundo. Con Castilla, con Francia y Flandes, pero principalmente lo hacemos a través del Mediterráneo. La diferencia estriba en el tipo de mercaderías; en Francia, Inglaterra y Flandes compramos tejidos, sobre todo de lujo: paños de Tolosa, de Brujas, de Malinas, Dieste o Vilages, aunque también les vendemos lino catalán. También compramos artículos de cobre y latón. En Oriente, en Siria y Egipto, compramos especias…

– Pimienta -lo interrumpió Arnau.

– Sí, pimienta. Pero no te confundas. Cuando alguien te hable del comercio de especias, incluirá la cera, el azúcar y hasta los colmillos de elefante. Si te habla de especias menudas, entonces sí se estará refiriendo a lo que se entiende comúnmente por especias: canela, clavo de especie, pimienta, nuez moscada…

– ¿Has dicho cera? ¿Importamos cera? ¿Cómo es posible que importemos cera si el otro día me dijiste que exportábamos miel?

– Pues sí -lo interrumpió el moro-. Exportamos miel pero importamos cera. La miel nos sobra, pero las iglesias consumen mucha cera. -Arnau recordó la principal obligación de los bas-taixos: mantener siempre encendidos los cirios a la Virgen de la Mar -. La cera viene de Dacia a través de Bizancio. Otros de los principales productos con que se comercia -continuó Guillem- son los alimentos. Antes, hace bastante años, exportábamos trigo, ahora tenemos que importar todo tipo de cereales (trigo, arroz, mijo y cebada) y exportamos aceite, vino, frutos secos, azafrán, tocino y miel.También se comercia con salazón…

En aquel momento entró un cliente, y Arnau y Guillem interrumpieron su conversación. El hombre se sentó frente a los cambistas y, tras un intercambio de saludos, depositó una considerable suma de dinero. Guillem se felicitó: no conocía a aquel cliente, lo cual era buena señal; empezaban a no depender de los antiguos clientes de Hasdai. Arnau lo atendió con seriedad; contó las monedas y comprobó su autenticidad aunque, por si acaso, se las fue pasando una a una a Guillem. Luego anotó el depósito en los libros. Guillem lo observó mientras escribía. Había mejorado; había hecho un esfuerzo considerable en ese sentido. El preceptor de los Puig le enseñó las letras, pero había pasado años sin usar la escritura.

En espera del inicio de la época de navegación, Arnau y Guillem se limitaban a preparar los contratos de comanda. Compraban productos para exportar, concurrían con otros mercaderes para fletar naves o los contrataban y discutían qué productos importarían en el tornaviaje de cada uno de los barcos.

– ¿Qué ganan los mercaderes que contratamos? -le preguntó un día Arnau.

– Depende de la comanda. En las comandas normales, por lo general, un cuarto de los beneficios. En las comandas de dinero, oro o plata, no juega el cuarto. Nosotros marcamos el cambio que queremos y el mercader obtiene sus beneficios del sobrecambio que pueda conseguir.

– ¿Qué hacen esos hombres en tierras tan lejanas? -volvió a preguntar Arnau tratando de imaginar cómo eran aquellos lugares-. Son tierras extranjeras, allí se hablan otras lenguas… Todo debe de ser diferente.

– Sí, pero piensa que en todas esas ciudades -le contestó Guillem- existen consulados catalanes. Son como el Consulado de la Mar de Barcelona -aclaró-. En cada uno de esos puertos existe un cónsul, nombrado por la ciudad de Barcelona, que imparte justicia en materia comercial y que media en los conflictos que puedan surgir entre los mercaderes catalanes y las gentes o las autoridades del lugar. Todos los consulados tienen una alhóndiga. Son recintos amurallados en los que se hospedan los mercaderes catalanes y que están provistos de almacenes para guardar las mercaderías hasta que son vendidas o embarcadas de nuevo. Cada alhóndiga es como una parte de Cataluña en tierras extranjeras. Son extraterritoriales; quien manda en ellas es el cónsul, no las autoridades del país en que se encuentran.

– ¿Y eso?

– A todos los gobiernos les interesa el comercio. Cobran impuestos y llenan sus arcas. El comercio es un mundo aparte, Arnau. Podemos estar en guerra con los sarracenos, pero ya desde el siglo pasado, por ejemplo, tenemos consulados en Túnez o Bugía, y pierde cuidado: ningún cabecilla moro violará las alhóndigas catalanas.

La mesa de cambio de Arnau Estanyol funcionaba. La peste había diezmado a los cambistas catalanes, la presencia de Guillem era una garantía para los inversores y la gente, a medida que remitía la epidemia, sacaba a la luz aquellos dineros que había guardado en sus casas. Sin embargo, Guillem no podía dormir. «Véndelos en Mallorca», le aconsejó Hasdai refiriéndose a los esclavos, para que Arnau no se enterase de la operación.Y Guillem así lo ordenó. ¡En mala hora!, maldijo dando la enésima vuelta en la cama. Recurrió a uno de los últimos barcos que partían de Barcelona en época de navegación, casi a primeros de octubre. Bizancio, Palestina, Rodas y Chipre: ésos eran los destinos de los cuatro mercaderes que embarcaron en nombre del cambista de Barcelona, Arnau Estanyol, mediante letras de cambio que Guillem le hizo firmar a Arnau. Este ni siquiera las miró. Aquellos mercaderes debían comprar esclavos y llevarlos a Mallorca. Guillem volvió a cambiar de postura.

Sin embargo, las circunstancias políticas conspiraban en su contra: pese a la mediación del Sumo Pontífice, el rey Pedro conquistó definitivamente la Cerdaña y el Rosellón un año después de su primer intento, cuando finalizó la prórroga que entonces había concedido. El 15 de julio de 1344, Jaime III, tras la rendición de la mayor parte de sus villas y ciudades, se arrodilló ante su cuñado con la cabeza descubierta, solicitando misericordia y entregando sus territorios al conde de Barcelona. El rey Pedro le concedió el señorío de Montpellier y los vizcondados de Ome-lades y Carladés, pero recuperó las tierras catalanas de sus antepasados: Mallorca, el Rosellón y la Cerdaña.

Sin embargo, después de haberse rendido, Jaime de Mallorca reunió un pequeño ejército de sesenta caballeros y trescientos hombres a pie, y volvió a entrar en la Cerdaña para guerrear contra su cuñado. El rey Pedro ni siquiera acudió a presentar batalla. Se limitó a mandar a sus lugartenientes. Cansado, hastiado y derrotado, el rey Jaime buscó refugio junto al papa Clemente VI, que seguía favoreciendo sus intereses y allí, en manos de la Iglesia, se tramó la última de las estrategias: Jaime III vendió al rey Felipe VI de Francia el señorío de Montpellier por doce mil escudos de oro; con esa cantidad, más los préstamos de la Iglesia, armó una flota que le proporcionó la reina Juana de Ñapóles, y en 1349 volvió a desembarcar en Mallorca.

Estaba previsto que los esclavos llegaran en los primeros viajes del año 1349. Había una gran cantidad de dinero enjuego,y si algo fallaba, el nombre de Arnau -por mucho que Hasdai respondiera por él- quedaría mancillado frente a los corresponsales con quienes tendría que trabajar en el futuro. Las letras de cambio las había firmado él y, aunque Hasdai pagase como avalista, el mercado no permitía que una letra se impagase. Las relaciones con los corresponsales dé países lejanos se basaban en la confianza, en la confianza ciega. ¿Cómo iba a triunfar un cambista que fallaba en su primera operación?

– Hasta él me ha dicho que evitemos cualquier ruta que pase por Mallorca -le confesó un día a Hasdai, la única persona con quien podía explayarse, en el huerto de la casa del judío.

Evitaban mirarse y, sin embargo, sabían que los dos estaban pensando lo mismo. ¡Cuatro barcos de esclavos! Aquella operación podía arruinar incluso a Hasdai.

– Si el rey Jaime no ha sido capaz de mantener la palabra dada el día que se rindió -dijo Guillem buscando la mirada de Hasdai-, ¿qué será del comercio y los bienes de los catalanes? Hasdai no contestó. ¿Qué podía decirle?

– Quizá tus mercaderes elijan otro puerto -apuntó al fin.

– ¿Barcelona? -preguntó Guillem meneando la cabeza.

– Nadie podía prever algo así -trató de tranquilizarlo el judío. Arnau había salvado a sus hijos de una muerte segura. ¿Cómo no consolarse con eso?

En mayo de 1349, el rey Pedro envió la armada catalana a Mallorca, en plena época de navegación, en plena época de comercio.

– Suerte que no hemos mandado ninguna nave a Mallorca -comentó un día Arnau.

Guillem se vio obligado a asentir.

– ¿Qué pasaría -preguntó de nuevo Arnau- si lo hubiéramos hecho?

– ¿Qué quieres decir?

– Nosotros recibimos dinero de la gente y lo invertimos en comandas. Si hubiésemos enviado alguna nave a Mallorca y el rey Jaime la hubiera requisado, no tendríamos ni el dinero ni las mercaderías; no podríamos devolver los depósitos. Nosotros corremos con los riesgos de las comandas. ¿Qué sucedería entonces?

– Abatut -contestó Guillem de malos modos.

– ¿Abatut?

– Cuando un cambista no puede devolver los depósitos, el magistrado de cambios le concede un plazo de seis meses para satisfacer las deudas. Si al vencer el plazo no las ha liquidado, lo declara Abatut, lo encarcela a pan y agua y vende sus bienes para pagar a los acreedores…

– Yo no tengo bienes.

– Si los bienes no alcanzan a cubrir las deudas -siguió recitando Guillem-, se le corta la cabeza frente a su establecimiento para ejemplo de los demás cambistas. Arnau guardó silencio. Guillem no se atrevió a mirarlo. ¿Qué culpa tenía Arnau de todo aquello?

– No te preocupes -intentó tranquilizarlo-; no sucederá.

35

La guerra en Mallorca continuaba, pero Arnau era feliz. Cuando no tenía trabajo en la mesa, salía a la puerta y se apoyaba en el quicio. Tras la peste, Santa María volvía a cobrar vida. La pequeña iglesia románica que él y Joanet conocieron ya no existía y las obras avanzaban hacia el portal mayor. Podía pasarse horas viendo cómo los albañiles colocaban piedras y recordando las muchas que él había cargado. Santa María lo significaba todo para Arnau: su madre, su ingreso en la cofradía… Incluso el refugio para los niños judíos. De vez en cuando, para aumentar su alegría, recibía carta de su hermano. Las misivas de Joan eran breves, y en ellas sólo informaba a Arnau de que se encontraba bien de salud y plenamente dedicado al estudio.

Apareció un bastaix cargado con una piedra. Pocos habían sobrevivido a la plaga. Su propio suegro, Ramon y muchos más habían fallecido. Arnau había llorado en la playa junto a sus antiguos compañeros.

– Sebastià -murmuró al reconocer al bastaix.

– ¿Qué dices? -oyó que preguntaba Guillem a sus espaldas.

Arnau no se volvió.

– Sebastià -repitió-. Ese hombre, el que carga la piedra, se llama Sebastià.

Sebastià lo saludó al pasar por delante de él, sin volver la cabeza, con la vista al frente y los labios apretados bajo el peso de la piedra.

– Durante muchos años yo hice lo mismo -continuó Arnau con voz entrecortada. Guillem no hizo ningún comentario-. Sólo tenía catorce años cuando llevé mi primera piedra a la Virgen. -En aquel momento pasó otro bastaix. Arnau lo saludó-. Creía que me iba a partir por la mitad, que se me iba a romper el espinazo, pero la satisfacción que sentí al llegar… ¡Dios!

– Algo bueno deberá de tener vuestra Virgen para que la gente se sacrifique por ella de esta manera -oyó que le decía el moro.

Luego, los dos guardaron silencio mientras la procesión de bas-taixos pasaba por delante de ellos.

Los bastaixos fueron los primeros en acudir a Arnau. -Necesitamos dinero -le dijo sin rodeos Sebastià, convertido en prohombre de la cofradía-. La caja está vacía, las necesidades son muchas y el trabajo, de momento, muy escaso y mal pagado. Los cofrades no tienen con qué vivir después de la peste y yo no puedo obligarlos a contribuir a la caja hasta que se recuperen del desastre.

Arnau miró a Guillem, que, inexpresivo, estaba sentado a su lado, tras la mesa en la que brillaba el tapete rojo de seda.

– ¿Tan mala es la situación? -preguntó Arnau.

– Ni te imaginas. Con lo que han subido los alimentos, los bastaixos no ganamos para dar de comer a nuestras familias. Además, están las viudas y los huérfanos de los que han muerto. Hay que ayudarlos. Necesitamos dinero, Arnau. Te devolveremos hasta la última moneda que nos prestes.

– Lo sé.

Arnau volvió a mirar a Guillem en busca de su aprobación. ¿Qué sabía él de préstamos? Hasta el momento sólo había recibido dinero; nunca lo había prestado.

Guillem se llevó las manos al rostro y suspiró.

– Si no es posible… -empezó a decir Sebastià.

– Sí -lo interrumpió Guillem. Llevaban dos meses en guerra y no tenía noticia de sus esclavos. ¿Qué más daban unos cuantos dineros? Sería Hasdai quien se arruinaría. Arnau podía permitirse aquel préstamo-. Si a mi amo le basta vuestra palabra…

– Me basta -saltó Arnau al momento.

Arnau contó el dinero que le había pedido la cofradía de los bastaixos y se lo entregó solemnemente a Sebastià. Guillem vio cómo se estrechaban las manos por encima de la mesa, los dos en pie, en silencio, procurando torpemente esconder sus sentimientos durante un apretón que se prolongó una eternidad.

Durante el tercer mes de guerra, cuando Guillem empezaba a perder la esperanza, llegaron los cuatro mercaderes, juntos. Cuando el primero de ellos hizo escala en Sicilia y se enteró de la guerra con Mallorca, esperó la llegada de más barcos catalanes, entre ellos las tres galeras restantes. Todos los pilotos y mercaderes decidieron evitar la ruta por Mallorca y los cuatro vendieron su mercancía en Perpiñán, la segunda ciudad del principado. Como les había ordenado el moro, citaron a Guillem fuera de la mesa de cambio de Arnau, en la alhóndiga de la calle Carders y allí, una vez deducida su cuarta parte de los beneficios, le entregaron sendas letras de cambio por el principal de la operación más las tres cuartas que correspondían a Arnau. ¡Una fortuna! Cataluña necesitaba mano de obra y los esclavos se habían vendido a un precio exorbitante.

Cuando los tres mercaderes se hubieron ido y nadie en la alhóndiga lo miraba, Guillem besó las letras de cambio, una, dos, mil veces.

Enfiló el camino de regreso a la mesa de cambio, pero a la altura de la plaza del Blat cambió de idea y se dirigió hacia la judería. Después de darle la noticia a Hasdai, anduvo hasta Santa María sonriendo al cielo y a la gente.

Cuando entró en la mesa de cambio se encontró a Arnau junto a Sebastià y un sacerdote.

– Guillem -lo saludó Arnau-, te presento al padre Juli Andreu. Es el sustituto del padre Albert.

Guillem se inclinó con torpeza ante el sacerdote. Más préstamos, pensó mientras lo saludaba.

– No es lo que te imaginas -le dijo Arnau. Guillem tanteó las letras de cambio que llevaba y sonrió. ¿Qué más daba? Arnau era rico. Sonrió de nuevo y Arnau malinterpretó su sonrisa-. Es peor de lo que te imaginas -afirmó con seriedad. «¿Qué puede ser peor que un préstamo hecho a la Iglesia?», estuvo tentado de preguntar el moro. Después saludó al prohombre de los bastaixos-. Tenemos un problema -concluyó Arnau.

Los tres hombres se quedaron mirando un rato al moro. «Sólo si Guillem lo acepta», había exigido Arnau pasando por alto las referencias que el cura había hecho a su condición de esclavo.

– ¿Te he hablado alguna vez de Ramon? -Guillem negó-. Ramon fue una persona muy importante en mi vida. Me ayudó…, me ayudó mucho. -Guillem seguía en pie, como correspondía a un esclavo-. Él y su esposa fallecieron de peste y la cofradía ya no puede hacerse cargo de su hija. Hemos estado hablando…, me han pedido…

– ¿Por qué me consultas, amo?

El padre Juli Andreu, esperanzado, se giró hacia Arnau.

– La Pia Almoina y la Casa de la Caritat no dan abasto -continuó Arnau-; ya ni siquiera pueden repartir pan, vino y escudella entre los menesterosos, como hacían a diario. La peste ha hecho estragos.

– ¿Qué es lo que deseas, amo?

– Me han propuesto ahijarla.

Guillem volvió a tantear las letras de cambio. «¡A veinte, podrías ahijar ahora!», pensó.

– Si tú lo deseas -se limitó a contestar.

– Yo no sé nada de niños -saltó Arnau.

– Sólo hay que darles cariño y un hogar -terció Sebastià-. El hogar lo tienes… y me da la impresión de que el cariño te sobra.

– ¿Me ayudarás? -preguntó Arnau a Guillem, sin escuchar a Sebastià.

– Te obedeceré en cuanto desees.

– No quiero obediencia. Quiero…, pido ayuda.

– Tus palabras me honran. La tendrás, de corazón -se comprometió Guillem-; toda la que necesites.

La niña, de seis años, se llamaba Mar, como la Virgen. En poco más de tres meses empezó a superar el golpe que supuso para ella la epidemia de peste y la muerte de sus padres. A partir de entonces ya no pudo oírse el tintineo de las monedas o el rasgar de la pluma sobre los libros de la mesa de cambio: las risas y los correteos llenaban la casa. Arnau y Guillem, sentados tras la mesa, la regañaban cuando lograba escapar de la esclava que Guillem compró para que cuidara de ella y se asomaba al local, pero luego, indefectiblemente, se miraban sonrientes el uno al otro.

Donaha, la esclava, fue mal recibida por Arnau.

– ¡No quiero más esclavos! -gritó interrumpiendo los argumentos de Guillem.

Pero entonces la muchacha, escuálida, sucia y con la ropa hecha jirones, se echó a llorar.

– ¿Dónde estará mejor que aquí? -le preguntó entonces Guillem a Arnau-. Si tanto te disgusta, prométele la libertad, pero entonces se venderá a otra persona. Necesita comer… y nosotros necesitamos a una mujer que se ocupe de la niña. -La muchacha se arrodilló frente a Arnau y éste trató de quitársela de encima-. ¿Sabes cuánto debe de haber sufrido esta niña? -Guillem entrecerró los ojos-. Si la devolviese…

Arnau, muy a su pesar, accedió.

Además de la esclava, Guillem encontró la solución al dinero obtenido por la venta de esclavos y, tras pagar a Hasdai como corresponsal en Barcelona de los vendedores, entregó los cuantiosos beneficios obtenidos a un judío de la confianza de Hasdai, de paso por Barcelona.

Abraham Leví se plantó una mañana en la mesa de cambio. Era un hombre alto y enjuto, con una barba blanca rala y vestido con una levita negra en la que destacaba la rodela amarilla. Abraham Leví saludó a Guillem y éste se lo presentó a Arnau. Cuando el judío se sentó frente a ellos, entregó a Arnau una letra de cambio por los beneficios obtenidos.

– Quiero depositar esta cantidad en vuestro establecimiento, maese Arnau -le dijo.

Arnau abrió desmesuradamente los ojos tras ver la cantidad.

Después le entregó el documento a Guillem, instándolo nerviosamente a que lo leyera.

– Pero… -empezó a decir mientras Guillem simulaba sorprenderse- esto es mucho dinero. ¿Por qué lo depositáis en mi mesa y no en la de uno de vuestros…?

– ¿Hermanos de fe? -lo ayudó el judío-. Siempre he confiado en Sahat. No creo que el cambio de nombre -dijo mirando al moro- haya modificado su capacidad. Salgo de viaje, un viaje muy largo, y quiero que seáis vos y Sahat quienes mováis mis dineros.

– Estas cantidades se remuneran con un cuarto por el simple hecho de depositarlas en la mesa, ¿no es así, Guillem? -El moro asintió-. ¿Cómo pagaremos vuestros beneficios si partís a ese viaje tan largo? ¿Cómo podremos ponernos en contacto con…?

«¿A qué vienen tantas preguntas?», pensó Guillem. No le había dado tantas instrucciones a Abraham, pero el judío se defendió con soltura.

– Reinvertidlos -le contestó-. No os preocupéis por mí. No tengo hijos ni familia y, allí adonde voy, no necesito dinero. Algún día, quizá lejano, dispondré de él o mandaré a alguien para que disponga. Hasta entonces no deberéis preocuparos. Seré yo quien se ponga en contacto con vos. ¿Os molesta?

– ¿Cómo iba a molestarme? -dijo Arnau. Guillem respiró-. Si es eso lo que queréis, así sea.

Cerraron la transacción y Abraham Leví se levantó.

– Debo despedirme de algunos amigos en la judería -añadió tras hacerlo de ellos.

– Os acompaño -dijo Guillem buscando la aprobación de Arnau, que consintió con un gesto.

Desde allí, los dos se dirigieron a un escribano y, ante él, Abraham Leví otorgó carta de pago del depósito que acababa de efectuar en la mesa de cambio de Arnau Estanyol, renunció a favor de éste a cualesquiera beneficios, en la forma que éstos fueran, que dicho depósito pudiera originar. Guillem volvió a la mesa de cambio con el documento escondido bajo sus ropas. Sólo era cuestión de tiempo, pensó mientras caminaba por Barcelona. Formalmente, aquellos dineros eran propiedad del judío, así constaba en los libros de Arnau, pero nunca nadie podría reclamárselos, pues el judío había otorgado carta de pago a su favor. Mientras, los tres cuartos de los beneficios que produjera aquel capital, que serían propiedad de Arnau, serían más que suficientes para que éste multiplicase su fortuna.

Aquella noche, cuando Arnau dormía, Guillem bajó a la mesa. Había localizado una piedra suelta en la pared. Protegió el documento envolviéndolo en un paño resistente y lo escondió tras la piedra, que fijó lo mejor que pudo. Algún día le pediría a uno de los albañiles de Santa María que la fijase mejor. La fortuna de Arnau descansaría allí hasta que pudiera confesarle de dónde procedía el dinero. Sólo era cuestión de tiempo.

De mucho tiempo, tuvo que corregirse Guillem un día que paseaban por la playa tras pasar por el Consulado de la Mar para solventar algunos asuntos. Barcelona seguía recibiendo esclavos; mercadería humana que los barqueros transportaban hasta la playa, hacinada en sus laúdes. Hombres y muchachos aptos para el trabajo, pero también mujeres y niños cuyos llantos obligaron a los dos hombres a desviar la mirada.

– Escúchame bien, Guillem. Nunca, por mal que estemos -le dijo Arnau-, por más que podamos necesitarlo, financiaremos una comanda de esclavos. Antes preferiría perder la cabeza a manos del magistrado municipal.

Después vieron cómo la galera, a fuerza de remos, abandonaba el puerto de Barcelona.

– ¿Por qué se va? -preguntó Arnau sin pensar-. ¿No aprovecha el tornaviaje para cargar mercaderías?

Guillem se volvió hacia él, negando imperceptiblemente con la cabeza.

– Regresará -aseguró-. Sólo sale a alta mar… para seguir descargando -añadió con voz entrecortada.

Arnau guardó silencio durante unos instantes, mirando cómo se alejaba la galera.

– ¿Cuántos mueren? -preguntó al fin.

– Demasiados -le contestó el moro con el recuerdo en un barco similar.

– ¡Nunca, Guillem! Recuérdalo, nunca.

36

1 de enero de 1354

Plaza de Santa María de la Mar

Barcelona

Como no iba a ser frente a Santa Maria, pensó Arnau mientras observaba desde una de las ventanas de su casa a toda Barcelona reunida y apiñada en la plaza, en las calles adyacentes, sobre los andamios, dentro de la iglesia incluso, con la atención puesta en un entarimado que había hecho levantar el rey. Pedro III no había elegido la plaza del Blat, ni la de la catedral, la lonja o las soberbias atarazanas que él mismo estaba construyendo, no. Había elegido Santa María, la iglesia del pueblo, aquella que se estaba levantando gracias a la unión y el sacrificio de todas sus gentes.

– No hay lugar en Cataluña entera que represente mejor que éste el espíritu de los habitantes de Barcelona -le comentó Arnau a Guillem aquella mañana, mientras miraban cómo los operarios levantaban el entarimado-.Y el rey lo sabe. Por eso lo ha elegido.

Arnau sacudió los hombros a causa de un escalofrío. ¡Toda su vida había girado alrededor de aquella iglesia!

– Nos costará dinero -se limitó a rezongar el moro.

Arnau se volvió hacia él, tentado de protestar, pero Guillem no apartó la mirada del entarimado y Arnau optó por no añadir nada más.

Habían transcurrido cinco años desde que abrieron la mesa de cambio. Arnau contaba treinta y tres, y era feliz…Y rico, muy rico. Llevaba una vida austera, pero sus libros acreditaban una considerable fortuna.

– Vamos a desayunar -lo instó poniendo la mano sobre su hombro.

Abajo, en la cocina, los esperaba Donaha con la niña, que la ayudaba a poner la mesa.

La esclava siguió preparando el desayuno, pero Mar, al verlos, corrió hacia ellos.

– ¡Todo el mundo habla de la visita del rey! -gritó-. ¿Podremos acercarnos a él? ¿Vendrán sus caballeros?

Guillem se sentó a la mesa con un suspiro.

– Viene a pedirnos más dinero -le explicó a la niña.

– ¡Guillem! -exclamó Arnau ante la expresión de perplejidad de Mar.

– Es cierto -se defendió el moro.

– No. No lo es, Mar -le dijo Arnau obteniendo el premio de una sonrisa-. El rey viene a pedirnos ayuda para conquistar Cerdeña.

– ¿Dinero? -preguntó la niña tras guiñarle un ojo a Guillem.

Arnau observó a la muchacha primero y después a Guillem; los dos le sonrieron con ironía. ¡Cuánto había crecido aquella niña! Ya era casi una muchacha, bella, inteligente, con un encanto capaz de encandilar a cualquiera.

– ¿Dinero? -repitió la muchacha interrumpiendo sus pensamientos.

– ¡Todas las guerras cuestan dinero! -se vio obligado a reconocer Arnau.

– ¡Ah! -dijo Guillem abriendo los brazos.

Donaha empezó a llenarles las escudillas.

– ¿Por qué no le cuentas -continuó Arnau cuando Donaha acabó de servir- que en realidad no nos cuesta dinero, que en realidad ganamos dinero?

Mar abrió los ojos hacia Guillem.

Guillem titubeó.

– Llevamos tres años de impuestos especiales -comentó, negándose a dar la razón a Arnau-, tres años de guerra que hemos costeado los barceloneses.

Mar apretó los labios en una sonrisa y se volvió hacia Arnau.

– Cierto -reconoció Arnau-. Hace exactamente tres años los catalanes firmamos un tratado con Venècia y Bizancio para hacer la guerra a Genova. Nuestro objetivo era conquistar Córcega y Cerdeña, que por el tratado de Agnani debían ser feudos catalanes y que sin embargo se encontraban en poder de los genoveses. ¡Sesenta y ocho galeras armadas! -Arnau alzó la voz-. Sesenta y ocho galeras armadas, veintitrés catalanas y el resto venecianas y griegas, se enfrentaron en el Bosforo a sesenta y cinco galeras genovesas.

– ¿Qué pasó? -preguntó Mar ante el repentino silencio de Arnau.

– No ganó nadie. Nuestro almirante, Ponç de Santa Pau, murió en la batalla y sólo volvieron diez de las veintitrés galeras catalanas. ¿Qué pasó entonces, Guillem? -El esclavo negó con la cabeza-. Cuéntaselo, Guillem -insistió Arnau.

Guillem suspiró.

– Los bizantinos nos traicionaron -recitó-, y a cambio de la paz, pactaron con Genova y les concedieron el monopolio exclusivo de su comercio.

– ¿Y qué más ocurrió? -insistió Arnau.

– Perdimos una de las rutas más importantes del Mediterráneo.

– ¿Perdimos dinero?

– Sí.

Mar seguía la conversación mirando a uno y otro. Hasta Donaha, junto al hogar, hacía lo propio.

– ¿Mucho dinero?

– Sí.

– ¿Más del que después le hemos dado al rey?

– Sí.

– Sólo si el Mediterráneo es nuestro, podremos comerciar en paz -sentenció Arnau.

– ¿Y los bizantinos? -preguntó Mar.

– Al año siguiente, el rey armó una flota de cincuenta galeras capitaneada por Bernat de Cabrera y venció a los genoveses en Cerdeña. Nuestro almirante apresó treinta y tres galeras y hundió otras cinco. Ocho mil genoveses murieron y tres mil doscientos más fueron capturados, ¡y sólo cuarenta catalanes perdieron la vida! Los bizantinos -continuó, con la mirada puesta en los ojos de Mar, brillantes de curiosidad- rectificaron y volvieron a abrir sus puertos a nuestro comercio.

– Tres años de impuestos especiales que todavía estamos pagando -apostilló Guillem.

– Pero si el rey ya tiene Cerdeña y nosotros el comercio con Bizancio, ¿qué viene a buscar ahora el monarca? -preguntó Mar.

– Los nobles de la isla, encabezados por un tal juez de Arbórea se han levantado en armas contra el rey Pedro y tiene que acudir a sofocar la revuelta.

– El rey -intervino Guillem- debería conformarse con tener las rutas comerciales abiertas y cobrar sus impuestos. Cerdeña es una tierra tosca y dura. Nunca llegaremos a dominarla.

El rey no reparó en boato para presentarse ante su pueblo. Sobre el entarimado, su corta estatura pasó inadvertida para la multitud. Vestía sus mejores galas, de un brillante rojo carmesí que brillaba al sol de invierno tanto como la pedrería que las adornaba. Para aquella ocasión no había olvidado portar la corona de oro ni, por supuesto, el pequeño puñal que siempre llevaba al cinto. Su séquito de nobles y cortesanos no le iba a la zaga y, al igual que su señor, vestían lujosamente.

El rey habló al pueblo y lo enardeció. ¿Cuándo se había dirigido un rey a los simples ciudadanos para explicarles qué pensaba hacer? Habló de Cataluña, de sus tierras y de sus intereses. Habló de la traición de Arbórea en Cerdeña y la gente levantó sus brazos y clamó venganza. El rey siguió enardeciendo al pueblo, con Santa María al frente, hasta que les solicitó la ayuda que necesitaba, le hubieran entregado a sus hijos si se los hubiera pedido.

La contribución salió de todos los barceloneses; Arnau pagó la cantidad que le correspondía como cambista de la ciudad y el rey partió hacia Cerdeña al mando de una flota de cien barcos.

Cuando el ejército abandonó Barcelona, la ciudad recobró la normalidad y Arnau volvió a dedicarse a su mesa de cambio, a Mar, a Santa María y a ayudar a quienes acudían a él pidiéndole un préstamo.

Guillem tuvo que acostumbrarse a una forma de actuar muy distinta de la de los cambistas y mercaderes que había conocido hasta entonces, incluido Hasdai Crescas. Al principio se opuso y así se lo manifestó a Arnau cada vez que abría la bolsa para entregar dinero a alguno de los muchos trabajadores que lo necesitaban.

– ¿Acaso no pagan? ¿Acaso no lo devuelven? -le preguntó Arnau.

– Son préstamos sin intereses -adujo Guillem-. Esos dineros deberían estar dando beneficios.

– ¿Cuántas veces me has dicho que deberíamos comprar un palacio, que deberíamos vivir mejor? ¿Cuánto costaría todo eso, Guillem? Bien sabes que infinitamente más que todos los préstamos que hemos concedido a esas personas.

Y Guillem se vio obligado a callar. Porque era cierto. Arnau vivía modestamente en su casa de la esquina de Canvis Nous y Canvis Vells. En lo único que no reparaba en gastos era en la educación de Mar. La niña la recibía en casa de un mercader amigo a la que acudían preceptores y, por supuesto, en Santa María. Poco tardó la junta de obra de la parroquia en acudir a Arnau en solicitud de ayuda económica.

– Ya tengo capilla -les contestó Arnau cuando la junta le ofreció beneficiar una de las capillas laterales de Santa María-. Sí -añadió ante la sorpresa de la comitiva-, mi capilla es la del Santísimo, la de los bastaixos, y ésa será siempre. De todas formas… -dijo abriendo el cofre-, ¿qué necesitáis?

¿Qué necesitáis? ¿Cuánto quieres? ¿Con cuánto pasarías? ¿Tienes suficiente con esto? Guillem tuvo que acostumbrarse a aquellas preguntas hasta que empezó a ceder cuando la gente lo saludaba, le sonreía y le daba las gracias cada vez que paseaba por la playa o por el barrio de la Ribera. «Quizá tenga razón Arnau», empezó a pensar. Se entregaba a los demás, pero ¿acaso no hizo lo mismo con él y con tres niños judíos que estaban siendo lapidados y a los que no conocía? De no ser por ese carácter, lo más probable es que él, Raquel y Jucef estuvieran muertos. ¿Por qué tenía que cambiar por el hecho de ser rico? Y Guillem, igual que hacía Arnau, empezó a sonreír a la gente con la que se cruzaba y a saludar a desconocidos que le cedían el paso.

Sin embargo, aquella forma de actuar nada tenía que ver con algunas decisiones que Arnau había tomado a lo largo de los años. Que se negase a participar en comandas o fletes que tuvieran relación con el comercio de esclavos, parecía lógico, pero ¿por qué, se preguntaba Guillem, se negaba a participar a veces en ciertos negocios que nada tenían que ver con los esclavos?

Las primeras veces, Arnau justificó sus decisiones sin entrar en una discusión.

– No me convence.

– No me gusta.

– No lo veo claro.

Al final, el moro se impacientó.

– Es una buena operación, Arnau -le dijo cuando los comerciantes abandonaron la mesa de cambio-. ¿Qué pasa? A veces rechazas negocios que nos proporcionarían buenos beneficios. No lo entiendo.Ya sé que no soy quién…

– Sí que lo eres -lo interrumpió sin volverse hacia él, los dos sentados en sus sillas tras la mesa-; lo siento. Lo que sucede… -Guillem esperó a que se decidiera-.Verás, nunca participaré en un negocio en el que lo haga Grau Puig. Mi nombre nunca estará unido al suyo.

Arnau miró al frente, mucho más allá de la pared de la casa.

– ¿Me lo contarás algún día?

– ¿Por qué no? -musitó volviéndose hacia él.Y se lo relató.

Guillem conocía a Grau Puig, pues éste había trabajado con Hasdai Crescas. El moro se preguntaba por qué, si Arnau no quería trabajar con él, el barón sí se prestaba en cambio a hacerlo con Arnau. ¿Acaso los sentimientos no eran recíprocos después de todo lo que le había contado Arnau?

– ¿Por qué? -le preguntó un día a Hasdai Crescas tras resumirle la historia de Arnau, en la confianza de que no saldría de allí.

– Porque hay mucha gente que no quiere trabajar con Grau Puig. Hace tiempo que yo ya no lo hago, y como yo, muchos otros. Es un hombre obsesionado por estar allí donde no ha sido llamado por nacimiento. Mientras era un simple artesano, era de fiar; ahora…, ahora sus objetivos son otros y nunca supo dónde se metía cuando contrajo matrimonio. -Hasdai negó con la cabeza-. Para ser noble hay que haber nacido noble, hay que haber mamado nobleza. No es que sea bueno o que lo defienda, pero sólo los nobles que la han mamado pueden seguir siéndolo y controlar a la vez sus riesgos. Además, si se arruinan, ¿quién se atreve a llevarle la contraria a un barón catalán? Son orgullosos, soberbios, nacidos para mandar y estar por encima de los demás, incluso en la ruina. Grau Puig sólo ha podido continuar siendo noble a fuerza de dinero. Gastó una fortuna en la dote de su hija Margarida y eso casi le arruma. ¡Toda Barcelona lo sabe! A sus espaldas se ríen de él y su esposa lo sabe. ¿Qué hace un simple artesano viviendo en un palacio de la calle Monteada? Y cuanto más se burlan los demás, más tienen que demostrar su poder a fuerza de dilapidar dinero. ¿Qué haría Grau Puig sin dinero?

– ¿Quieres decir…?

– No quiero decir nada, pero yo no haría negocios con él. En eso, aunque sea por otros motivos, tu patrón ha acertado.

A partir de aquel día, Guillem aguzaba el oído en cuanto oía alguna conversación en la que se nombraba a Grau Puig, y en la lonja, en el Consulado de la Mar, en las transacciones, entre compras y ventas de mercancías, en comentarios sobre la situación del comercio, se hablaba mucho del barón, demasiado.

– El hijo, Genis Puig… -le comentó un día a Arnau, tras salir de la lonja y mientras miraban al mar, un mar en calma, plácido, manso como nunca. Arnau se volvió hacia él al oír ese nombre-. Genis Puig ha tenido que pedir un préstamo barato para seguir al rey a Mallorca. -¿Le habían brillado los ojos? Guillem sostuvo la mirada de Arnau. No le había contestado, pero ¿le habían brillado los ojos?-. ¿Quieres que siga?

Arnau continuó en silencio, pero al final asintió con la cabeza. Tenía los ojos entrecerrados y los labios levemente apretados. Y siguió asintiendo durante un buen rato.

– ¿Me autorizas a tomar las decisiones que considere oportunas? -preguntó finalmente Guillem.

– No te lo autorizo. Te lo ruego, Guillem, te lo ruego.

Con discreción, Guillem empezó a utilizar sus conocimientos y los muchos contactos que había obtenido a lo largo de años de negociaciones. Que el hijo, el caballero don Genis, hubiera tenido que recurrir a uno de los préstamos especiales para nobles significaba que el padre ya no podía sufragar los gastos para la guerra. Los préstamos baratos, pensaba Guillem, implican un interés considerable; son los únicos en los que se admite el cobro de intereses entre cristianos. ¿Por qué iba un padre a permitir que su hijo pagase intereses salvo si él carecía de ese capital? ¿Y la tal Isabel? Aquella arpía que había hundido a Arnau y a su padre, que había obligado a Arnau a arrastrarse de rodillas, ¿cómo permitía tal situación?

Guillem lanzó sus redes durante algunos meses; habló con sus amigos, con aquellos que le debían favores y mandó mensajes a todos sus corresponsales: ¿cuál era la situación de Grau Puig, barón catalán, comerciante?, ¿qué sabían de él, de sus negocios, de sus finanzas…, de su solvencia?

Cuando la temporada de navegación estaba pronta a finalizar y los barcos regresaban ya al puerto de Barcelona, Guillem empezó a recibir respuestas a sus cartas. ¡Preciosa información! Una noche, cuando cerraron el establecimiento, Guillem se quedó sentado en la mesa.

– Tengo cosas que hacer -le dijo a Arnau.

– ¿Qué cosas?

– Mañana te lo contaré.

Al día siguiente, por la mañana, antes de desayunar, los dos se sentaron a la mesa y se lo contó:

– Grau Puig está en una situación crítica. -¿Habían vuelto a brillar los ojos de Arnau?-.Todos los cambistas o mercaderes con que he hablado coinciden: su fortuna se ha evaporado…

– Quizá sean rumores malintencionados -lo interrumpió Arnau.

– Espera. Toma.-Guillem le entregó las respuestas de los corresponsales-. Esto lo prueba. Grau Puig está en manos de los lombardos.

Arnau pensó en los lombardos: cambistas y mercaderes, corresponsales de las grandes casas florentinas o pisanas, un grupo cerrado que vigilaba sus propios intereses, cuyos miembros negociaban entre ellos o con sus casas matrices. Monopolizaban el comercio de telas de lujo: vellones de lana, sedas y brocados, tafetán de Florencia, velos pisanos y muchos otros productos. Los lombardos no ayudaban a nadie y si cedían parte de su mercado o sus negocios lo hacían única y exclusivamente para que no los echasen de Cataluña. No era nada bueno depender de ellos. Hojeó la documentación y la dejó sobre la mesa.

– ¿Qué propones?

– ¿Qué es lo que deseas?

– Ya lo sabes: ¡su ruina!

– Según dicen, Grau es ya un anciano y sus negocios los llevan sus hijos y su esposa. ¡Imagínate! Sus finanzas están en un equilibrio precario; si les fallase alguna operación, todo se desmoronaría y no podrían hacer frente a sus compromisos. Lo perderían todo.

– Compra sus deudas. -Arnau habló fríamente, sin mover un solo músculo de su cuerpo-. Hazlo con discreción. Quiero ser su acreedor y no quiero que se enteren. Haz que falle una de sus operaciones… No, una no -se corrigió-, ¡todas! -gritó, golpeando la mesa tan fuerte que temblaron hasta los libros-.Todas las que puedas -añadió en voz baja-. No quiero que se me escapen.

20 de septiembre de 1355

Puerto de Barcelona

El rey Pedro III, al mando de su flota, arribó victorioso a Barcelona tras la conquista de Cerdeña. Toda Barcelona acudió a recibirlo. Desembarcó, entre el fervor popular, por un puente de madera alzado sobre el mar frente al convento de Framenors.Tras él, nobles y soldados desembarcaron en una Barcelona vestida de fiesta para celebrar la victoria sobre los sardos.

Arnau y Guillem cerraron la mesa y acudieron a recibir a la armada. Después, con Mar, se sumaron a los festejos que la ciudad había preparado en honor del rey; rieron, cantaron y bailaron, escucharon historias, comieron dulces y cuando el sol empezaba a ponerse y la noche de septiembre a refrescar, volvieron a casa.

– ¡Donaha! -gritó Mar cuando Arnau abrió la puerta.

La joven entró en su casa, contenta por la fiesta, y siguió llamando a Donaha a gritos, pero al llegar al umbral de la cocina se detuvo en seco. Arnau y Guillem se miraron. ¿Qué ocurría? ¿Le habría pasado algo a la esclava?

Corrieron a su vez.

– ¿Qué…? -empezó a preguntar Arnau por encima del hombro de Mar.

– No creo que estos gritos sean los más adecuados para recibir a un pariente al que hace tiempo que no ves, Arnau -dijo una voz masculina no del todo desconocida.

Arnau había empezado a apartar a Mar, pero se quedó con la mano sobre su hombro.

– ¡Joan! -logró gritar al cabo de unos segundos.

Mar vio cómo Arnau se acercaba, con los brazos abiertos y balbuceando, a aquella figura de negro que la había asustado. Guillem abrazó a la muchacha junto al quicio de la puerta.

– Es su hermano -le susurró.

Donaha estaba escondida en un rincón de la cocina.

– ¡Dios! -exclamó Arnau al abrazar a Joan-. ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! -continuó diciendo mientras lo levantaba en volandas, una y otra vez.

Joan logró separarse de Arnau, sonriente.

– Me partirás en dos…

Pero Arnau no lo escuchó.

– ¿Por qué no me has avisado? -le preguntó, cogiéndole esta vez de los hombros-. Deja que te vea. ¡Has cambiado! -Trece años, intentó decir Joan, pero Arnau no le dejó-. ¿Cuánto hace que estás en Barcelona?

– He venido…

– ¿Por qué no me has avisado?

Arnau zarandeaba a su hermano a cada pregunta.

– ¿Vuelves para quedarte? Di que sí. ¡Por favor!

Guillem y Mar no pudieron evitar una sonrisa. El fraile los vio sonreír.

– ¡Basta! -gritó, separándose de Arnau un paso-. Basta. Me matarás.

Arnau aprovechó la distancia para examinarlo. Sólo los ojos pertenecían al Joan que había abandonado Barcelona: vivos, brillantes; por lo demás estaba casi calvo, delgado y demacrado… y ese hábito negro que le colgaba de los hombros lo hacía todavía más tétrico. Tenía tres años menos que él, pero parecía mucho mayor.

– ¿No comías? Si no tenías suficiente con el dinero que te mandaba…

– Sí -lo interrumpió Joan-, más que suficiente. Tu dinero ha servido para alimentar… mi espíritu. Los libros son muy caros, Arnau.

– Haberme pedido más.

Joan hizo un gesto con la mano y se sentó a la mesa, de cara a Guillem y Mar.

– Bien, preséntame a tu ahijada. Observo que ha crecido desde tu última carta.

Arnau hizo una seña a Mar y ésta se acercó a Joan. La chica bajó la mirada, turbada ante la severidad que se leía en los ojos del sacerdote. Cuando el fraile dio por finalizado su examen, Arnau le presentó a Guillem.

– Guillem -dijo Arnau-.Ya te he hablado mucho de él en mis cartas.

– Sí. -Joan no hizo ademán de alargar la mano y Guillem retiró la que había adelantado hacia él-. ¿Cumples con tus obligaciones cristianas? -le preguntó.

– Sí…

– Fra Joan -añadió Joan.

– Fra Joan -repitió Guillem.

– Aquélla es Donaha -intervino rápidamente Arnau.

Joan asintió sin siquiera mirarla.

– Bien -dijo dirigiéndose a Mar e indicándole con la mirada que podía sentarse-, eres la hija de Ramon, ¿verdad? Tu padre fue un gran hombre, trabajador y cristiano temeroso de Dios, como todos los bastaixos. -Joan miró a Arnau-. He rezado mucho por él desde que Arnau me dijo que había muerto. ¿Qué edad tienes, muchacha?

Arnau ordenó a Donaha que sirviera la cena y se sentó a la mesa. Entonces, se dio cuenta de que Guillem seguía de pie, alejado de ella, como si no se atreviera a sentarse ante el nuevo invitado.

– Siéntate, Guillem -le pidió-. Mi mesa es la tuya.

Joan no se inmutó.

La cena transcurrió en silencio. Mar estaba inusualmente callada, como si la presencia de aquel recién llegado le hubiera quitado la espontaneidad. Joan, por su parte, comió frugalmente.

– Cuéntame, Joan -le dijo Arnau cuando terminaron-. ¿Qué ha sido de ti? ¿Cuándo has vuelto?

– He aprovechado el regreso del rey. Tomé un barco hasta Cerdeña cuando me enteré de la victoria y desde allí hasta Barcelona.

– ¿Has visto al rey?

– No me ha recibido.

Mar pidió permiso para retirarse. Guillem la imitó. Ambos se despidieron de fra Joan. La conversación se prolongó hasta la madrugada; alrededor de una botella de vino dulce, los dos hermanos recuperaron los trece años de separación.

37

Para tranquilidad de la familia de Arnau, Joan decidió trasladarse al convento de Santa Caterina.

– Ése es mi lugar -le dijo a su hermano-, pero vendré a visitaros todos los días.

Arnau, a quien no se le había escapado que tanto su ahijada como Guillem se habían sentido algo incómodos durante la cena de la noche anterior, no insistió más de lo estrictamente necesario.

– ¿Sabes qué me ha dicho? -le susurró a Guillem al mediodía, después de comer, cuando todos se levantaban de la mesa. Guillem acercó el oído-. ¿Que qué hemos hecho para casar a Mar?

Guillem, sin cambiar de postura, miró a la muchacha, que estaba ayudando a Donaha a recoger la mesa. ¿Casarla? Pero si sólo era… ¡Una mujer! Guillem se volvió hacia Arnau. Ninguno de los dos la había mirado jamás como lo hacían ahora.

– ¿Dónde ha ido nuestra niña? -le susurró Arnau a su amigo.

Los dos miraron de nuevo a Mar: ágil, bella, serena y segura.

Entre escudilla y escudilla, Mar los miró también a ellos durante un instante.

Su cuerpo mostraba ya la sensualidad de una mujer; sus curvas se marcaban con claridad y sus pechos destacaban bajo la camisa. Tenía catorce años.

Mar volvió a mirarlos y los vio embobados. En esta ocasión no sonrió; pareció azorarse pero fueron sólo unos instantes.

– ¿Qué miráis vosotros dos? -les espetó-. ¿Acaso no tenéis nada que hacer? -añadió de pie frente a ambos, seria.

Los dos asintieron a la vez. No cabía duda: se había convertido en una mujer.

– Tendrá la dote de una princesa -le comentó Arnau a Guillem, ya en la mesa de cambios-. Dinero, ropa y una casa…, no, ¡un palacio! -Bruscamente, se volvió hacia su amigo-. ¿Qué hay de los Puig?

– Se nos irá -murmuró éste, haciendo caso omiso de la pregunta de Arnau.

Los dos quedaron en silencio.

– Nos dará nietos -dijo al fin Arnau.

– No te engañes. Le dará hijos a su esposo. Además, si los esclavos no tenemos hijos, menos aún nietos.

– ¿Cuántas veces te he ofrecido la libertad?

– ¿Qué haría yo siendo libre? Estoy bien como estoy. Pero Mar… ¡casada! No sé por qué, pero te aseguro que estoy empezando a odiarlo, quienquiera que pueda ser.

– Yo también -murmuró Arnau.

Se volvieron el uno hacia el otro, sonrieron y estallaron en carcajadas.

– No me has contestado -dijo Arnau cuando recuperaron la compostura-. ¿Qué hay de los Puig? Quiero ese palacio para Mar.

– Mandé instrucciones a Pisa, a Füippo Tescio. Si hay alguien en el mundo que pueda hacer lo que pretendemos, es Filippo.

– ¿Qué le dijiste?

– Que contratase corsarios si era necesario, pero que las comandas de los Puig no debían llegar a Barcelona, ni las que hubieran salido de Barcelona a su destino. Que robase las mercaderías o las incendiase, lo que quisiera, pero que no llegasen a destino.

– ¿Te ha contestado?

– ¿Filippo? Nunca lo hará. No lo haría por escrito ni confiaría ese encargo a nadie. Si alguien se enterase… Hay que esperar a que finalice la época de navegación. Falta poco menos de un mes. Si para entonces no han llegado las comandas de los Puig, no podrán hacer frente a sus obligaciones; estarán arruinados.

– ¿Hemos comprado sus créditos?

– Eres el mayor acreedor de Grau Puig.

– Deben de estar sufriendo -murmuró para sí Arnau.

– ¿No los has visto? -Arnau se volvió con rapidez hacia Guillem-. Desde hace tiempo están en la playa. Antes estaban la baronesa y uno de sus hijos; ahora se les ha sumado Genis, que ha vuelto de Cerdeña. Pasan las horas oteando el horizonte en espera de un mástil… y cuando aparece alguno y arriba a puerto una nave que no es la que esperan, la baronesa maldice las olas. Creía que sabías…

– No, no lo sabía.-Arnau dejó pasar unos instantes-.Avísame en cuanto arribe a puerto alguno de nuestros barcos.

– Llegan varios barcos juntos -le dijo Guillem una mañana, de vuelta del consulado.

– ¿Están?

– Por supuesto. La baronesa está tan cerca del agua que las olas le rozan los zapatos…

– Guillem calló de repente-. Lo siento…, no quería…

Arnau sonrió.

– No te preocupes -lo tranquilizó.

Arnau subió a su habitación y se vistió con sus mejores ropas, lentamente. Al final Guillem había logrado convencerlo de que se las comprase.

– Una persona de prestigio como tú -le había dicho- no puede presentarse mal vestido en la lonja o el consulado. El rey así lo ordena, incluso vuestros santos; san Vicente, por ejemplo…

Arnau lo hizo callar, pero cedió. Se puso una gonela blanca sin mangas, de tela de Malinas, forrada de piel, una cota hasta las rodillas, de seda roja damasquinada, medias negras y zapatos de seda negros. Con un ancho cinturón bordado en hilo de oro y perlas se ciñó la cota a la cintura. Arnau completó su atuendo con un fantástico manto negro que le consiguió Guillem de una expedición de más allá de Dacia, forrado de armiño y bordado en oro y piedras preciosas.

Guillem asintió cuando le vio cruzar la mesa. Mar fue a decir algo, pero finalmente calló. Vio que Arnau salía por la puerta; después corrió hacia ella y desde la calle miró cómo se dirigía hacia la playa, con el manto ondeando por la brisa marina que subía hacia Santa María y las piedras preciosas envolviéndolo en destellos.

– ¿Adonde va Arnau? -le preguntó a Guillem tras regresar a la mesa y sentarse en una de las sillas de cortesía, frente a él.

– A cobrar una deuda.

– Debe de ser muy importante.

– Mucho, Mar -Guillem frunció los labios-; sin embargo, éste va a ser sólo el primer pago.

Mar empezó a juguetear con el abaco de marfil. ¿Cuántas veces, escondida en la cocina, asomando la cabeza, había visto cómo Arnau trabajaba con él? Serio, concentrado, moviendo los dedos sobre las bolas y anotando en los libros. Mar se sacudió el escalofrío que recorrió su espina dorsal.

– ¿Te pasa algo? -inquirió Guillem.

– No…, no.

¿Y por qué no contárselo? Guillem podría entenderla, se dijo la chica. Excepto Donaha, que escondía una sonrisa cada vez que ella iba a la cocina para espiar a Arnau, nadie más lo sabía. Todas las muchachas que se reunían en casa del mercader Escales hablaban de lo mismo. Algunas incluso estaban prometidas, y no cesaban de elogiar las virtudes de sus futuros esposos. Mar las escuchaba y eludía las preguntas que le hacían. ¿Cómo hablar de Arnau? ¿Y si llegaba a enterarse? Arnau tenía treinta y cinco años y ella sólo catorce. ¡Había una muchacha a la que habían prometido a un hombre mayor que Arnau! Le hubiera gustado poder contárselo a alguien. Sus amigas podían hablar de dinero, de porte, de atractivo, de hombría o generosidad, pero ¡Arnau los superaba a todos! ¿Acaso no contaban los bastaixos, a quienes Mar veía en la playa, que Arnau había sido uno de los soldados más valientes del ejército del rey Pedro? Mar había descubierto las viejas armas de Arnau, su ballesta y su puñal, en el fondo de un baúl, y cuando estaba sola las cogía y las acariciaba, imaginándoselo rodeado de enemigos, luchando como le habían contado los bastaixos que hacía.

Guillem se fijó en la muchacha. Mar tenía la yema de un dedo sobre una de las bolas de marfil del abaco. Estaba quieta, con la mirada perdida. ¿Dinero? A espuertas. Toda Barcelona lo sabía.Y en cuanto a bondad…

– ¿Seguro que no te pasa nada? -volvió a preguntarle sobresaltándola.

Mar enrojeció. Donaha decía que cualquiera podía leer sus pensamientos, que llevaba el nombre de Arnau en los labios, en los ojos, en todo su rostro. ¿Y si Guillem los había leído?

– No… -repitió-, seguro.

Guillem movió las bolas del abaco y Mar le sonrió… ¿con tristeza? ¿Qué pasaba por la mente de la muchacha? Quizá fra Joan tuviera razón; ya estaba en edad nubil, era una mujer encerrada con dos hombres…

Mar apartó el dedo del abaco.

– Guillem.

– Dime.

Calló.

– Nada, nada -dijo al fin levantándose.

Guillem la siguió con la mirada mientras abandonaba la mesa; le molestaba, pero probablemente el fraile tuviera razón.

Se acercó a ellos. Había andado hasta la orilla mientras los barcos, tres galeras y un ballenero, entraban en el puerto. El ballenero era de su propiedad. Isabel, de negro, sosteniendo el sombrero con una mano, y sus hijastros Josep y Genis, a su lado, todos de espaldas a él, miraban la entrada de las naves. «No traen vuestro consuelo», pensó Arnau.

Bastaixos, barqueros y mercaderes callaron al ver pasar a Arnau vestido de gala.

«¡Mírame, arpía!» Arnau esperó a algunos pasos de la orilla. «¡Mírame! La última vez que lo hiciste…» La baronesa se volvió, lentamente; después lo hicieron sus hijos. Arnau respiró hondo. «La última vez que lo hiciste, mi padre colgaba por encima de mi cabeza.»

Bastaixos y barqueros murmuraron entre sí.

– ¿Deseas algo, Arnau? -le preguntó uno de los prohombres.

Arnau negó con la cabeza, la vista fija en los ojos de la mujer. La gente se apartó y éste quedó frente a la baronesa y sus primos.

Volvió a respirar hondo. Clavó los ojos en los de Isabel, sólo unos instantes; luego paseó la mirada por sus primos, miró hacia los barcos y sonrió.

Los labios de la mujer se contrajeron antes de volverse hacia el mar, siguiendo la dirección marcada por Arnau. Cuando miró de nuevo hacia él, fue para ver cómo se alejaba; las piedras de su capa refulgían.

Joan seguía empeñado en casar a Mar y propuso varios candidatos; no le fue difícil encontrarlos. Con sólo hablar de la cuantía de la dote de Mar, nobles y mercaderes acudieron a su llamada, pero… ¿cómo decírselo a la chica? Joan se ofreció a hacerlo, pero cuando Arnau lo comentó con Guillem, el moro se opuso rotundamente.

– Debes hacerlo tú -dijo-. No un fraile al que apenas conoce.

Desde que Guillem se lo dijo, Arnau perseguía a Mar con la mirada allá donde la muchacha se encontrara. ¿La conocía? Hacía años que convivían pero en realidad era Guillem quien se había ocupado de ella. Él simplemente se había limitado a disfrutar de su presencia, de sus risas y sus bromas. Jamás había hablado con ella de ningún asunto serio.Y ahora, cada vez que pensaba en acercarse a la muchacha y pedirle que lo acompañara a dar un paseo por la playa o, ¿por qué no?, a Santa María, cada vez que pensaba en decirle que tenían que tratar un tema serio, se encontraba con una mujer desconocida… y dudaba, hasta que ella lo sorprendía mirándola, y sonreía. ¿Dónde estaba la niña que se columpiaba sobre sus hombros?

– No deseo casarme con ninguno de ellos -les contestó.

Arnau y Guillem se miraron. Al final había acudido a él.

– Tienes que ayudarme -le pidió.

Los ojos de Mar se iluminaron cuando le hablaron de matrimonio, los dos tras la mesa de cambio, ella enfrente, como si de una operación mercantil se tratara. Pero después negó con la cabeza ante cada uno de los cinco candidatos que les había propuesto fra Joan.

– Pero, niña -intervino Guillem-, tienes que elegir alguno. Cualquier muchacha estaría orgullosa de los nombres que hemos mencionado.

Mar volvió a negar con la cabeza.

– No me gustan.

– Pues algo habrá que hacer -dijo de nuevo Guillem, dirigiéndose a Arnau.

Arnau miró a la muchacha. Estaba a punto de llorar. Escondía el rostro, pero el temblor de su labio inferior y la respiración agitada la delataban. ¿Por qué reaccionaba así una muchacha a la que le acababan de proponer tales hombres? El silencio se prolongó. Al final, Mar levantó la mirada hacia Arnau, apenas un imperceptible movimiento de sus párpados. ¿Por qué hacerla sufrir?

– Seguiremos buscando hasta encontrar alguno que le guste -le contestó a Guillem-. ¿Estás de acuerdo, Mar?

La muchacha asintió con la cabeza, se levantó y se fue, dejando tras de sí a los dos hombres.

Arnau suspiró.

– ¡Y yo que creía que lo difícil sería decírselo!

Guillem no contestó. Continuaba con la vista fija en la puerta de la cocina, por donde había desaparecido Mar. ¿Qué sucedía? ¿Qué escondía su niña? Había sonreído al oír la palabra matrimonio, lo había mirado con ojos chispeantes, y después…

– Verás cómo se pone Joan cuando se entere -añadió Arnau. Guillem se volvió hacia Arnau pero se contuvo a tiempo. ¿Qué importaba lo que pensara el fraile?

– Tienes razón. Lo mejor será que sigamos buscando.

Arnau se volvió hacia Joan.

– Por favor -le dijo-, no es el momento.

Había entrado en Santa María para calmarse. Las noticias no eran buenas y allí, con su Virgen, con el constante repiqueteo de los operarios, con la sonrisa de todos cuantos trabajaban en la obra, se sentía a gusto. Pero Joan lo había encontrado y se había pegado a su espalda. Mar por aquí, Mar por allá, Mar por acullá. ¡Además, no le concernía!

– ¿Qué razones puede tener para oponerse al matrimonio? -insistió Joan.

– No es el momento, Joan -repitió Arnau.

– ¿Por qué?

– Porque nos acaban de declarar otra guerra. -El fraile se sobresaltó-. ¿No lo sabías? El rey Pedro el Cruel de Castilla nos acaba de declarar la guerra.

– ¿Por qué?

Arnau negó con la cabeza.

– Porque desde hace tiempo tenía ganas de hacerlo -bramó moviendo los brazos-. La excusa ha sido que nuestro almirante, Francesc de Perellós, ha apresado frente a las costas de Sanlúcar dos naves genovesas que transportaban aceite. El castellano ha exigido su liberación y, como el almirante ha hecho oídos sordos, nos ha declarado la guerra. Ese hombre es peligroso -murmuró Arnau-.Tengo entendido que se ha ganado a pulso su apelativo; es rencoroso y vengativo. ¿Te das cuenta, Joan? En este momento estamos en guerra contra Genova y Castilla a la vez. ¿Te parece el momento de andar a vueltas con la muchacha? -Joan titubeó. Se encontraban bajo la piedra de clave de la tercera bóveda de la nave central, rodeados de los andamiajes de los que saldrían las nervaduras-. ¿Te acuerdas? -le preguntó Arnau señalando hacia la piedra de clave. Joan levantó la mirada y asintió. ¡Sólo eran unos niños cuando vieron cómo izaban la primera! Arnau esperó unos instantes y continuó-: Cataluña no va a poder soportar esto. Todavía estamos pagando la campaña contra Cerdeña y ya se nos abre otro frente.

– Creía que los comerciantes erais partidarios de las conquistas.

– Castilla no nos abrirá ninguna ruta comercial. La situación es mala, Joan. Guillem tenía razón. -El fraile torció el gesto al oír el nombre del moro-. No acabamos de conquistar Cerdeña y los corsos ya se han sublevado; lo hicieron en cuanto el rey abandonó la isla. Estamos en guerra contra dos potencias y el rey ha agotado todos sus recursos; ¡hasta los consejeros de la ciudad parecen haberse vuelto locos!

Empezaron a andar hacia el altar mayor.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que las arcas no lo soportarán. El rey sigue con sus grandes construcciones: las atarazanas reales y la nueva muralla…

– Pero son necesarias -alegó Joan interrumpiendo a su hermano.

– Las atarazanas, quizá, pero la nueva muralla carece de sentido tras la peste. Barcelona no necesita ampliar esa muralla.

– ¿Y?

– Pues que el rey sigue agotando sus recursos. Para la construcción de las murallas ha obligado a contribuir a todas las poblaciones de los alrededores, por si algún día tienen que refugiarse tras ellas; además, ha creado un nuevo impuesto destinado a su construcción: la cuadragésima parte de todas las herencias deberá destinarse a la ampliación de las murallas.Y en cuanto a las atarazanas, todas las multas de los consulados se dedican a su construc-ción.Y ahora una nueva guerra. -Barcelona es rica.

– Ya no, Joan, ésa es la cuestión. El rey ha cedido privilegios a medida que la ciudad le concedía recursos, y los consejeros se han metido en tales gastos que no pueden financiarlos. Han aumentado los impuestos sobre la carne y el vino. ¿Sabes qué parte del presupuesto municipal cubrían esos impuestos? -Joan negó-. El cincuenta por ciento de todos los gastos municipales, y ahora los suben. Las deudas del municipio nos llevarán a la ruina, Joan, a todos. Los dos se quedaron pensativos frente al altar mayor. -¿Qué hay de Mar? -insistió Joan cuando decidieron abandonar Santa María.

– Hará lo que quiera, Joan, lo que quiera.

– Pero…

– Sin peros. Es mi decisión.

– Llama -le pidió Arnau.

Guillem golpeó con la aldaba sobre la madera del portalón. El sonido atronó la calle desierta. Nadie abrió.

– Vuelve a llamar.

Guillem empezó a golpear la puerta, una, dos…, siete, ocho veces; a la novena se abrió la mirilla.

– ¿Qué ocurre? -preguntaron los ojos que aparecieron en ella-. ¿A qué tanto escándalo? ¿Quiénes sois?

Mar, agarrada al brazo de Arnau, notó que se tensaba.

– ¡Abre! -ordenó Arnau.

– ¿Quién lo pide?

– Arnau Estanyol -contestó con gravedad Guillem-, propietario de este edificio y de todo lo que hay dentro de él, incluida tu persona si eres esclavo.

«Arnau Estanyol, propietario de este edificio…» Las palabras de Guillem resonaron en los oídos de Arnau. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Veinte años? ¿Veintidós? Tras la mirilla, los ojos dudaron.

– ¡Abre! -insistió a gritos Guillem.

Arnau levantó la vista al cielo, pensando en su padre.

– ¿Qué…? -empezó a preguntarle la muchacha.

– Nada, nada -contestó sonriendo Arnau justo cuando la puerta para el paso de personas de uno de los portalones empezaba a abrirse.

Guillem le ofreció entrar.

– Los portalones, Guillem. Que abran los dos portalones.

Guillem entró y, desde fuera, Arnau y Mar oyeron cómo daba órdenes.

«¿Me estás viendo, padre? ¿Recuerdas? Aquí fue donde te entregaron la bolsa de dinero que te perdió. ¿Qué podías hacer entonces?» La revuelta de la plaza del Blat acudió a su memoria; los gritos de la gente, los de su padre, ¡todos pidiendo grano! Arnau notó que se le hacía un nudo en la garganta. Los portalones se abrieron de par en par y Arnau entró.

Varios esclavos se encontraban en el patio de entrada. A su derecha, la escalinata que subía a los pisos nobles. Arnau no miró hacia arriba, pero Mar sí lo hizo y pudo ver cómo unas sombras se movían tras los ventanales. Enfrente de ellos estaban las caballerizas, con los palafreneros parados a la entrada. ¡Dios! Un temblor recorrió el cuerpo de Arnau, que se apoyó en Mar. La muchacha dejó de mirar hacia arriba.

– Toma -le dijo Guillem a Arnau, ofreciéndole un pergamino enrollado.

Arnau no lo cogió. Sabía qué era. Se había aprendido de memoria su contenido desde que Guillem se lo entregara el día anterior. Era el inventario de los bienes de Grau Puig que el veguer le adjudicaba en pago de sus créditos: el palacio, los esclavos -Arnau buscó en vano entre los nombres pero Estranya no constaba-, algunas propiedades fuera de Barcelona, entre las que se encontraba una insignificante casa en Navarcles que decidió dejarles para que vivieran en ella. Algunas joyas, dos pares de caballos con sus arneses, un carruaje, trajes y vestidos, ollas y platos, alfombras y muebles, todo lo que se encontraba dentro del palacio aparecía reseñado en aquel pergamino enrollado que Arnau había leído una y otra vez la noche anterior.

Volvió a observar la entrada de las caballerizas y después paseó la mirada por todo el patio empedrado… hasta el pie de la escalera.

– ¿Subimos? -preguntó Guillem.

– Subimos. Llévame ante tu señor…, ante Grau Puig -se corrigió, dirigiéndose a un esclavo.

Recorrieron el palacio; Mar y Guillem lo observaban todo, Arnau con la vista al frente. El esclavo los llevó hasta el salón principal.

– Anuncíame -le dijo Arnau a Guillem antes de abrir las puertas.

– ¡Arnau Estanyol! -gritó su amigo abriéndolas.

Arnau no recordaba cómo era el salón principal del palacio. Ni siquiera lo miró cuando de niño lo recorrió… de rodillas.Tampoco lo hizo ahora. Isabel estaba sentada en un sillón junto a una de las ventanas; flanqueándola, en pie, Josep y Genis. El primero, como su hermana Margarida, había contraído matrimonio. Genis seguía soltero. Arnau buscó a la familia de Josep. No estaban. En otro sillón, vio a Grau Puig, anciano y babeante.

Isabel lo miraba con los ojos encendidos.

Arnau se plantó en medio del salón, junto a una mesa de comedor, de madera noble, el doble de larga que su mesa de cambio. Mar permaneció junto a Guillem, detrás de él. En las puertas del salón se arracimaron los esclavos.

Arnau habló lo suficientemente alto para que su voz resonase en toda la estancia.

– Guillem, esos zapatos son míos -dijo señalando los pies de Isabel-. Que se los quiten.

– Sí, amo.

Mar se volvió sobresaltada hacia el moro. ¿Amo? Conocía el estado de Guillem, pero nunca antes le había oído dirigirse a Arnau en tales términos.

Con una señal, Guillem llamó a dos de los esclavos que miraban desde el quicio de la puerta y los tres se encaminaron hacia Isabel. La baronesa continuaba altiva, enfrentándose con la mirada a Arnau.

Uno de los esclavos se arrodilló, pero antes de que la tocase, Isabel se descalzó y dejó caer los zapatos al suelo, sin dejar de mirar un solo momento a Arnau.

– Quiero que recojas todos los zapatos de esta casa y les prendas fuego en el patio -dijo Arnau.

– Sí, amo -volvió a contestar Guillem.

La baronesa lo seguía mirando con altivez.

– Esos sillones. -Arnau señaló los asientos de los Puig-. Llévatelos de ahí.

– Sí, amo.

Grau fue cogido en volandas por sus hijos. La baronesa se levantó antes de que los esclavos cogieran su sillón y se lo llevaran, junto con los demás, hasta una de las esquinas.

Pero seguía mirándolo.

– Ese vestido es mío.

¿Había temblado?

– ¿No pretenderás…? -empezó a decir Genis Puig, irguién-dose con su padre aún en brazos.

– Ese vestido es mío -repitió Arnau interrumpiéndolo, sin dejar de mirar a Isabel.

¿Temblaba?

– Madre -intervino Josep-, ve a cambiarte.

Temblaba.

– Guillem -gritó Arnau.

– Madre, por favor.

Guillem se acercó a la baronesa.

¡Temblaba!

– ¡Madre!

– ¿Y qué quieres que me ponga? -gritó Isabel dirigiéndose a su hijastro.

Isabel se volvió de nuevo hacia Arnau, temblando. Guillem también lo miró. «¿De verdad quieres que le quite el vestido?», preguntaban sus ojos.

Arnau frunció el ceño y poco a poco, muy poco a poco, Isabel bajó la vista al suelo, llorando de rabia.

Arnau le hizo una señal a Guillem y dejó transcurrir unos segundos mientras los sollozos de Isabel llenaban el salón principal del palacio.

– Esta misma noche -dijo al fin, dirigiéndose a Guillem-, quiero este edificio vacío. Diles que pueden volver a Navarcles, de donde nunca deberían haber salido. -Josep y Genis lo miraron, Isabel continuó sollozando-. No me interesan esas tierras. Dales ropas de los esclavos, pero no calzado; quémalo. Véndelo todo y cierra esta casa.

Arnau se volvió y se encontró de cara con Mar. Se había olvidado de ella. La muchacha estaba congestionada. La tomó del brazo y salió con ella.

– Ya puedes cerrar estas puertas -le dijo al viejo que les había abierto.

Anduvieron en silencio hasta la mesa de cambio, pero antes de entrar, Arnau se detuvo.

– ¿Un paseo por la playa?

Mar asintió.

– ¿Ya has cobrado tu deuda? -le preguntó cuando empezaron a ver el mar.

Siguieron caminando.

– Nunca podré cobrármela, Mar -lo oyó murmurar la muchacha al cabo de un rato-, nunca.

38

9 de junio de 1359

Barcelona

Arnau trabajaba en la mesa de cambio. Se hallaban en plena época de navegación. Los negocios iban viento en popa y Arnau se había convertido en una de las primeras fortunas de la ciudad. Seguían viviendo en la pequeña casa de la esquina de Canvis Vells y Canvis Nous, junto a Mar y Donaha. Arnau hizo oídos sordos al consejo de Guillem de trasladarse al palacio de los Puig, que permanecía cerrado desde hacía cuatro años. Por su parte, Mar era igual de tozuda que Arnau y no había consentido en contraer matrimonio.

– ¿Por qué quieres alejarme de ti? -le preguntó un día, con los ojos anegados en lágrimas.

– Yo… -titubeó Arnau-, ¡yo no quiero alejarte de mí!

Ella continuó llorando y buscó su hombro.

– No te preocupes -le dijo Arnau acariciando su cabeza-, nunca te obligaré a hacer algo que no quieras.

Y Mar seguía viviendo con ellos.

Aquel 9 de junio empezó a repicar una campana. Arnau dejó de trabajar. Al instante se sumó otra y al cabo de poco rato muchas más.

– Via fora -comentó Arnau.

Salió a la calle. Los obreros de Santa María bajaban vertiginosámente de los andamios; albañiles y picapedreros salían por el portal mayor y la gente corría por las calles con el «Via fora!» en sus labios.

En aquel momento se encontró con Guillem, que caminaba deprisa, alterado.

– ¡Guerra! -gritó.

– Están llamando a la host -dijo Arnau.

– No…, no. -Guillem hizo una pausa para recobrar el aliento-. No es la host de la ciudad. Es la de Barcelona y todas sus villas y pueblos a dos leguas de distancia. No sólo son las de Barcelona.

Eran las de Sant Boi y Badalona. Las de Sant Andreu y Sarrià; Provençana, Sant Feliu, Sant Genis, Cornellà, Sant Just Desvern, Sant Joan Despí, Sants, Santa Coloma, Esplugues, Vallvidrera, Sant Martí, Sant Adrià, Sant Gervasi, Sant Joan d'Horta… El repique de campanas atronaba Barcelona hasta dos leguas de distancia.

– El rey ha invocado el usatge princeps namque -continuó Guillem-. No es la ciudad. ¡Es el rey! ¡Estamos en guerra! Nos atacan. El rey Pedro de Castilla nos ataca…

– ¿Barcelona? -lo interrumpió Arnau.

– Sí. Barcelona.

Los dos entraron corriendo en la casa.

Cuando salieron, Arnau equipado como cuando sirvió a Eixi-mèn d'Esparça, se dirigieron a la calle de la Mar para llegar a la plaza del Blat; sin embargo la gente bajaba por la calle gritando el Via fora, en lugar de subir por ella.

– ¿Qué…? -intentó preguntar Arnau sujetando por el brazo a uno de los hombres armados que corrían calle abajo.

– ¡A la playa! -le gritó el hombre deshaciéndose de su mano-. ¡A la playa!

– ¿Por mar? -se preguntaron Arnau y Guillem el uno al otro.

Los dos se sumaron a la multitud que corría hacia la playa.

Cuando llegaron, los barceloneses empezaban a arremolinarse en ella con la vista puesta en el horizonte, armados con sus ballestas y el repique de campanas en sus oídos. El «Via fora!» fue perdiendo fuerza y los ciudadanos terminaron guardando silencio.

Guillem se llevó la mano a la frente para protegerse del fuerte sol de junio y empezó a contar las naves: una, dos, tres, cuatro…

El mar estaba en calma.

– Nos destrozarán -oyó Arnau a sus espaldas.

– Arrasarán la ciudad.

– ¿Qué podemos hacer nosotros contra un ejército?

Veintisiete, veintiocho… Guillem seguía contando.

«Nos arrasarán», repitió Arnau para sí. ¿Cuántas veces había hablado de ello con mercaderes y comerciantes? Barcelona estaba indefensa por mar. Desde Santa Clara hasta Framenors, la ciudad se abría al mar, ¡sin defensa alguna! Si una armada llegase a entrar en puerto…

– Treinta y nueve y cuarenta. ¡Cuarenta barcos! -exclamó Guillem.

Treinta galeras y diez leños, todos armados. Era la armada de Pedro el Cruel. Cuarenta naves cargadas de hombres curtidos, de expertos guerreros, contra unos ciudadanos convertidos de súbito en soldados. Si lograban desembarcar se lucharía en la misma playa, en las calles de la ciudad. Arnau sintió un escalofrío al pensar en las mujeres y los niños…, en Mar. ¡Los derrotarían! Saquearían. Violarían a las mujeres. ¡Mar! Se apoyó en Guillem al volver a pensar en ella. Era joven y bella. La imaginó en poder de los castellanos, gritando, pidiendo ayuda… ¿Dónde estaría él entonces? La playa continuaba llenándose de gente. El propio rey acudió a ella y empezó a dar órdenes a sus soldados.

– ¡El rey! -gritó alguien.

¿Y qué podía hacer el rey?, estuvo a punto de replicar Arnau. Desde hacía tres meses, el rey se hallaba en la ciudad preparando una armada para acudir en defensa de Mallorca, a la que Pedro el Cruel había amenazado con atacar. En el puerto de Barcelona sólo había diez galeras -el resto de la flota estaba aún por llegar- ¡y lucharían en el mismo puerto!

Arnau negó con la cabeza con la vista fija en las velas que poco a poco se acercaban a la costa. El de Castilla había logrado engañarlos. Desde que empezó la guerra, hacía ya tres años, las batallas y las treguas se habían ido alternando. Pedro el Cruel atacó primero el reino de Valencia y después el de Aragón, donde tomó Tarazona, con lo que amenazó directamente a Zaragoza. La Iglesia intervino y Tarazona se entregó al cardenal Pedro de la Jugie, quien debía arbitrar a cuál de los dos reyes correspondía la ciudad. También se firmó una tregua de un año, que no incluía, empero, las fronteras de los reinos de Murcia y Valencia.

Durante la tregua, el Ceremonioso logró convencer a su hermanastro Ferrán, aliado entonces del de Castilla, para que lo traicionase y, tras hacerlo, el infante atacó y saqueó el reino de Murcia hasta llegar a Cartagena.

Desde la misma playa, el rey Pedro ordenó que se aparejasen las diez galeras y que los ciudadanos de Barcelona y los de las villas colindantes, que ya empezaban a llegar a la playa, embarcasen junto a los pocos soldados que lo acompañaban. Todas las barcas, pequeñas o grandes, mercantes o de pesca, debían salir al encuentro de la armada castellana.

– Es una locura -comentó Guillem observando cómo la gente se lanzaba a las barcas-. Cualquiera de esas galeras abordará nuestros barcos y los partirá en dos. Morirá mucha gente.

Todavía faltaba bastante para que la flota castellana llegara a puerto.

– No tendrá piedad -oyó Arnau a sus espaldas-. Nos destrozará.

Pedro el Cruel no tendría piedad. Su fama era de sobras conocida: ejecutó a sus hermanos bastardos, a Federico en Sevilla y a Juan en Bilbao, y un año después a su tía Leonor, tras tenerla presa durante todo ese tiempo. ¿Qué piedad podía esperarse de un rey que mataba a sus propios parientes? El Ceremonioso no mató a Jaime de Mallorca, a pesar de sus muchas traiciones y de las guerras que los habían enfrentado.

– Sería mejor organizar la defensa en tierra -le comentó Guillem, gritando y acercándose a su oído-; por mar es imposible hacerlo. En cuanto los castellanos superen las tasques, nos arrasarán.

Arnau asintió. ¿Por qué se empeñaba el rey en defender la ciudad por mar? Tenía razón Guillem, en cuanto superaran las tasques

– ¡Las tasquesl -bramó Arnau-. ¿Qué barco tenemos en puerto…?

– ¿Qué pretendes?

– ¡Las tasques, Guillem! ¿No lo entiendes? ¿Qué barco tenemos?

– Aquel ballenero -le contestó señalando un inmenso y pesado barco panzudo.

– Vamos. No hay tiempo que perder.

Arnau echó a correr de nuevo hacia el mar, mezclado con la muchedumbre que hacía lo mismo. Miró hacia atrás para decirle a Guillem que acelerase el paso.

La orilla se había convertido en un hervidero de soldados y barceloneses, metidos en el agua hasta la cintura; unos intentaban subir a las pequeñas barcas de pesca que ya salían a la mar, otros esperaban que llegase algún barquero para que los llevase hasta cualquiera de las grandes naves de guerra o mercantes fondeadas en el puerto.

Arnau vio llegar a uno de ellos.

– ¡Vamos! -le gritó a Guillem metiéndose en el agua, tratando de adelantarse a todos los que se dirigían hacia la barca.

Cuando llegaron, la barca estaba a rebosar, pero el barquero reconoció a Arnau y les hizo un sitio.

– Llévame al ballenero -le dijo éste cuando el hombre iba a dar la orden de partir.

– Primero las galeras. Ésa es la orden del rey…

– ¡Llévame al ballenero! -lo instó Arnau. El barquero ladeó la cabeza. Los hombres de la barca empezaron a quejarse-. ¡Silencio! -gritó Arnau-. Me conoces. Tengo que llegar al ballenero. Barcelona…, tu familia depende de ello. ¡Todas vuestras familias pueden depender de ello!

El barquero miró el gran barco panzudo. Tenía que desviarse muy poco. ¿Por qué no? ¿Por qué iba a engañarlo Arnau Estanyol?

– ¡Al ballenero! -ordenó a los dos remeros.

En cuanto Arnau y Guillem se agarraron a las escalas que les lanzó el piloto del ballenero, el barquero puso rumbo a la siguiente galera.

– Los hombres a los remos -le ordenó Arnau al piloto cuando todavía no había pisado cubierta.

El hombre hizo un gesto a los remeros, que se colocaron de inmediato en sus bancos.

– ¿Qué hacemos? -preguntó.

– A las tasques -contestó Arnau.

Guillem asintió.

– Alá, su nombre sea loado, quiera que te salga bien.

Pero si Guillem llegó a entender los propósitos de Arnau, no así el ejército y los ciudadanos de Barcelona. Cuando vieron cómo el ballenero se ponía en movimiento, sin soldados, sin hombres armados, rumbo a alta mar, alguien dijo:

– Quiere salvar su barco.

– ¡Judío! -gritó otro.

– ¡Traidor!

Muchos otros se sumaron a los insultos y, al poco rato, la playa entera era un clamor contra Arnau. ¿Qué se proponía Arnau Estanyol?, se preguntaron bastaixos y barqueros, todos con la mirada puesta en el barco panzudo que se movía lentamente, al ritmo de más de un centenar de remos que caían al agua para volver a subir, una y otra vez, una y otra vez.

Arnau y Guillem se colocaron en proa, en pie, con la atención puesta en la armada castellana, que empezaba a acercarse peligrosamente, pero cuando pasaron junto a las galeras catalanas, una lluvia de flechas los obligó a esconderse. Volvieron a ponerse en pie cuando estuvieron fuera de su alcance.

– Saldrá bien -le dijo Arnau a Guillem-. Barcelona no puede caer en manos de ese canalla.

Las tasques, una cadena de bancos de arena paralela a la costa que impedía la entrada de las corrientes marítimas, eran la única defensa natural del puerto de Barcelona, al tiempo que suponían un peligro para los barcos que intentaban arribar a él. Una sola entrada, a modo de canal con suficiente calado, permitía el paso de las naves; si no era a través de él, los barcos embarrancaban en los bajíos.

Arnau y Guillem se acercaron a las tasques dejando tras de sí miles de gargantas de las que salían los más obscenos insultos. Los gritos de los catalanes habían logrado incluso acallar el repique de campanas.

«Saldrá bien», repitió Arnau esta vez para sí. Después ordenó al piloto que los remeros dejasen de bogar. Cuando el centenar de remos se alzó por encima de la borda y el ballenero se deslizó en dirección a las tasques, los insultos y gritos comenzaron a menguar hasta que el silencio reinó en la playa. La armada castellana seguía acercándose. Por encima de las campanas, Arnau oyó cómo la quilla del barco se deslizaba hacia los bajíos.

– ¡Tiene que salir bien! -masculló.

Guillem lo agarró del brazo y apretó. Era la primera vez que lo tocaba de aquella forma.

El ballenero continuó deslizándose, lentamente, muy lentamente. Arnau miró al piloto. «¿Estamos en el canal?», le preguntó con un simple gesto de sus cejas. El piloto asintió; desde que le ordenó que dejaran de remar sabía qué quería hacer Arnau. Toda Barcelona lo sabía ya.

– ¡Ahora! -gritó Arnau-. ¡Vira!

El piloto dio la orden. Los remos de babor se sumergieron en la mar y el ballenero empezó a girar en redondo hasta que la popa y la proa embarrancaron en las paredes del canal. La nave escoró.

Guillem apretó con fuerza el brazo de Arnau. Los dos se miraron y Arnau lo atrajo para abrazarlo mientras la playa y las galeras estallaban en vítores.

La entrada al puerto de Barcelona había sido clausurada. Desde la orilla, armado para la batalla, el rey miró al ballenero cruzado en las tasques. Nobles y caballeros permanecieron a su alrededor, en silencio, mientras el rey contemplaba la escena.

– ¡A las galeras! -ordenó al fin.

Con el ballenero de Arnau atravesado en las tasques, Pedro el Cruel organizó su armada en mar abierto. El Ceremonioso lo hizo tasques adentro y antes de que anocheciese, las dos flotas -la una de guerra, con cuarenta naves armadas y dispuestas, la otra pintoresca, con sólo diez galeras y decenas de pequeños barcos mercantes o de pesca cargados de ciudadanos- se encontraron la una frente a la otra, a lo largo de toda la línea de la costa portuaria, desde Santa Clara a Framenors. Nadie podía entrar ni salir de Barcelona.

Ese día no hubo batalla. Cinco de las galeras de Pedro III se dispusieron cerca del ballenero de Arnau, y por la noche, los soldados reales, iluminados por una luna resplandeciente, lo abordaron.

– Parece que la batalla girará en torno a nosotros -le comentó Guillem a Arnau, los dos sentados en cubierta, con la espalda apoyada en la borda, a refugio de los ballesteros castellanos.

– Nos hemos convertido en la muralla de la ciudad y todas las batallas empiezan en las murallas.

En aquel momento se les acercó un oficial real.

– ¿Arnau Estanyol? -preguntó. Arnau se hizo notar levantando una mano-. El rey os autoriza a abandonar el barco.

– ¿Y mis hombres?

– ¿Los convictos a galeras? -En la semioscuridad Arnau y Guillem pudieron comprobar la expresión de sorpresa del oficial. ¿Qué podía importarle al rey un centenar de convictos?-. Pueden ser necesarios aquí -salió del paso el oficial.

– En ese caso -dijo Arnau-, me quedo; es mi barco y son mis hombres.

El oficial se encogió de hombros y continuó ordenando sus fuerzas.

– ¿Quieres bajar tú? -le preguntó Arnau a Guillem.

– ¿Acaso no soy uno más de tus hombres?

– No, y bien lo sabes. -Los dos guardaron silencio durante unos instantes, mientras veían pasar sombras y oían las carreras de los soldados, que tomaban posiciones, y las órdenes a media voz, casi susurradas, de los oficiales-. Sabes que hace mucho tiempo que dejaste de ser esclavo -continuó Arnau-; sólo tienes que pedir tu carta de libertad y la tendrás.

Algunos soldados se apostaron junto a ellos.

– Id a las bodegas como los demás -les susurró uno de los soldados, intentando ocupar su sitio.

– En este barco vamos donde queremos -le contestó Arnau.

El soldado se inclinó sobre ambos.

– Perdón -se disculpó-. Todos os agradecemos lo que habéis hecho.

Y buscó otro sitio junto a la borda.

– ¿Cuándo querrás ser libre? -volvió a preguntar Arnau. -No creo que supiese ser Ubre.

Los dos se quedaron en silencio. Cuando todos los soldados abordaron el ballenero y ocuparon sus puestos, la noche empezó a transcurrir lentamente. Arnau y Guillem dormitaron entre toses y susurros de los hombres.

Al amanecer, Pedro el Cruel ordenó el ataque. La armada castellana se acercó a las tasques y los soldados del rey empezaron a disparar sus ballestas y a lanzar piedras con unos pequeños trabucos montados en las bordas y también con brigolas. La flota catalana hizo lo propio desde el otro lado de los bajíos. Se luchaba a lo largo de la línea costera, pero sobre todo junto al ballenero de Arnau. Pedro III no podía permitir que los castellanos abordaran la nave y varias galeras, incluida la real, tomaron posiciones junto a ella.

Muchos hombres murieron tras ser alcanzados por las saetas disparadas desde uno u otro lado. Arnau recordaba el silbido de las flechas cuando salían disparadas de su ballesta, apostado tras una roca frente al castillo de Bellaguarda.

Unas carcajadas lo sacaron de su ensueño. ¿Quiénes podían reír en una batalla? Barcelona estaba en peligro y los hombres morían. ¿Cómo era posible que alguien riese? Arnau y Guillem se miraron. Sí, eran risas. Carcajadas cada vez más sonoras. Buscaron un lugar resguardado para poder ver la batalla. Los tripulantes de muchos barcos catalanes, en segunda o tercera línea, a cubierto de las flechas, se burlaban de los castellanos, les gritaban y se reían de ellos. Desde sus barcos, los castellanos intentaban hacer blanco con las brigolas, pero con tan poca puntería que las piedras caían una tras otra al mar. Algunas piedras levantaron un árbol de espuma tras caer al agua. Arnau y Guillem se miraron y sonrieron. Los hombres de los barcos volvieron a burlarse de los castellanos y la playa de Barcelona, repleta de ciudadanos convertidos en soldados, se sumó a las risas.

Durante todo el día, los catalanes se estuvieron mofando de los artilleros castellanos, que fallaban una y otra vez.

– No me gustaría estar en la galera de Pedro el Cruel -le comentó Guillem a Arnau.

– No -contestó éste riendo-, no quiero pensar lo que les hará a esos aprendices.

Esa noche nada tuvo que ver con la anterior. Arnau y Guillem se pusieron a atender a los muchos heridos del ballenero, a curarlos y a ayudarlos a bajar hasta las barcas que debían llevarlos a tierra. Hasta el ballenero sí que llegaban las flechas de los castellanos. Un nuevo contingente de soldados abordó la nave y cuando ya casi había transcurrido la noche intentaron descansar un poco para la nueva jornada.

La primera luz volvió a despertar las gargantas de los catalanes, y los gritos, los insultos y las risas atronaron de nuevo en el puerto de Barcelona.

Arnau había agotado sus saetas y junto a Guillem, a resguardo, se dedicó a contemplar la batalla.

– Mira -le dijo su amigo señalando las galeras castellanas-, se están acercando mucho más que ayer.

Era cierto. El rey de Castilla había decidido terminar cuanto antes con la mofa de los catalanes y se dirigía directamente hacia el ballenero.

– Diles que dejen de reírse -comentó Guillem con la vista fija en las galeras castellanas que se acercaban.

Pedro III se aprestó a defender el ballenero y se acercó a él tanto como las tasques se lo permitieron. La nueva batalla se libró junto a Guillem y Arnau; casi podían tocar la galera real y distinguían con claridad al rey y a sus caballeros.

Las dos galeras se pusieron de costado, cada una a un lado de las tasques. Los castellanos dispararon unos trabucos que llevaban montados a proa. Arnau y Guillem se volvieron hacia la galera real. No había daños. El rey y sus hombres seguían en cubierta y la nave no parecía afectada por los disparos.

– ¿Eso es una bombarda? -preguntó Arnau señalando el cañón hacia el que se dirigió Pedro III.

– Sí -contestó Guillem.

Había visto cómo la subían a la galera mientras el rey preparaba su flota creyendo que los castellanos pensaban atacar Mallorca.

– ¿Una bombarda en un barco?

– Sí -volvió a contestar Guillem.

– Debe de ser la primera vez que se arma una galera con una bombarda -dijo Arnau, con la atención puesta en las órdenes que el rey estaba dando a sus artilleros-; nunca había visto…

– Yo tampoco…

Su conversación se vio interrumpida por el estruendo que hizo la bombarda tras disparar una gran piedra. Los dos se volvieron hacia la galera castellana.

– ¡Bravo! -gritaron al unísono cuando la piedra desarboló la nave.

Todos los barcos catalanes vitorearon el disparo.

El rey ordenó que cargasen la bombarda de nuevo. La sorpresa y la caída del mástil impidieron que los castellanos contestaran al fuego con sus trabucos. El siguiente disparo acertó de lleno en el castillo de la nave y la destrozó.

Los castellanos empezaron a apartarse de las tasques.

El constante escarnio y la bombarda de la galera real hicieron recapacitar al castellano y al cabo de un par de horas ordenó a su flota que abandonara el asedio y se dirigiese hacia Ibiza.

Desde cubierta, Arnau y Guillem observaron junto a varios oficiales del rey la retirada de la armada castellana. Las campanas de la ciudad empezaron a repicar.

– Ahora tendremos que desencallar este barco -comentó Arnau.

– Ya lo haremos nosotros -oyó a sus espaldas. Arnau se volvió y se encontró con un oficial que acababa de abordar el ballenero-. Su majestad os espera en la galera real.

El rey había tenido dos noches enteras para enterarse de quién era Arnau Estanyol. «Rico -le dijeron los consejeros de Barcelona-, inmensamente rico, majestad.» El rey asentía con poco interés a cada comentario que sobre Arnau le hacían los consejeros: su etapa como bastaix, su lucha a las órdenes de Eiximèn d'Esparça, su devoción por Santa María. Sin embargo, sus ojillos se abrieron al oír que era viudo. «Rico y viudo -pensó el monarca-; si nos libramos de ésta…»

– Arnau Estanyol -lo presentó en voz alta uno de los camarlengos del rey-. Ciudadano de Barcelona.

El rey, sentado en una silla en cubierta, estaba flanqueado por multitud de nobles, caballeros consejeros y prohombres de la ciudad que se habían acercado a la galera real tras la retirada de los castellanos. Guillem se quedó junto a la borda, detrás de quienes rodeaban a Arnau y al rey.

Arnau hizo amago de hincar la rodilla en tierra, pero el rey le ordenó que se levantase.

– Estamos muy satisfechos de vuestra acción -habló el rey-; vuestra osadía e inteligencia han sido cruciales para ganar esta batalla.

El rey calló y Arnau dudó. ¿Debía hablar o esperar? Todos los presentes tenían la vista puesta en él.

– Nosotros -continuó el monarca-, en agradecimiento a vuestra acción, deseamos favoreceros con nuestra gracia.

¿Y ahora? ¿Debía hablar? ¿Qué gracia podía concederle el rey? Ya tenía todo cuanto podía desear…

– Os concedemos en matrimonio a nuestra pupila Elionor, a quien dotamos con las baronías de Granollers, Sant Vicenç dels Horts y Caldes de Montbui.

Todos los presentes murmuraron; algunos aplaudieron. ¡Matrimonio! ¿Había dicho matrimonio? Arnau se volvió en busca de Guillem pero no logró encontrarlo. Los nobles y caballeros le sonreían. ¿Había dicho matrimonio?

– ¿No estáis contento, señor barón? -preguntó el rey al verlo con la cabeza vuelta.

Arnau se volvió hacia el rey. ¿Señor barón? ¿Matrimonio? ¿Para qué quería él todo eso? Nobles y caballeros cañaron ante el silencio de Arnau. El rey lo atravesaba con la mirada. ¿Elionor había dicho? ¿Su pupila? ¡No podía…, no debía desairar al rey!

– No…, quiero decir, sí, majestad -titubeó-. Os agradezco vuestra gracia.

– Sea, pues.

Pedro III se levantó y su corte se cerró a su alrededor. Algunos palmearon la espalda de Arnau al pasar junto a él y le felicitaron con frases que le resultaron ininteligibles. Arnau se quedó solo, allí donde antes había estado rodeado de gente. Se volvió hacia Guillem, que seguía acodado en la borda.

Desde donde estaba, Arnau abrió las manos, pero el moro le contestó gesticulando hacia el rey y su corte, y las escondió con rapidez.

La llegada de Arnau a la playa fue tan celebrada como la del mismo rey. La ciudad entera se abalanzó sobre él y fue de mano en mano, de uno a otro, recibiendo felicitaciones, palmadas y apretones de mano. Todo el mundo quería acercarse al salvador de la ciudad, pero Arnau no lograba reconocer ni oír a nadie. Ahora que todo le iba bien, que era feliz, el rey había decidido casarlo. Los barceloneses lo acompañaron, apretujados contra él, desde la playa a su mesa de cambio y cuando entró, permanecieron frente a la entrada, coreando su nombre, gritando sin cesar.

En cuanto entró, Mar se lanzó en sus brazos. Guillem ya había llegado y estaba sentado en una silla; no había contado nada. Joan, que también había acudido a la mesa, le observaba con su taciturno aspecto habitual.

Mar se quedó sorprendida cuando Arnau, quizá con más fuerza de la que hubiera querido, se desembarazó de su abrazo. Joan fue a felicitarlo pero Arnau tampoco le hizo caso. Al final, se dejó caer en una silla, junto a Guillem. Los demás lo miraban sin atreverse a decir nada.

– ¿Qué te pasa? -se atrevió a preguntar al fin Joan.

– ¡Que me casan! -gritó Arnau, levantando los brazos por encima de la cabeza-. El rey ha decidido convertirme en barón y casarme con su pupila. ¡Ése es el favor que me hace por ayudarle a salvar su capital! ¡Casarme!

Joan pensó unos instantes, ladeó la cabeza y sonrió.

– ¿Por qué te quejas? -le preguntó.

Arnau lo miró de reojo. A su lado, Mar había empezado a temblar. Sólo la vio Donaha, en la puerta de la cocina, que acudió rauda a ayudarla a mantenerse en pie.

– ¿Qué es lo que te disgusta? -insistió Joan. Arnau siquiera lo miró. Mar sintió la primera arcada tras oír las palabras del fraile-. ¿Qué hay de malo en que contraigas matrimonio? Y con la pupila del rey. Te convertirás en barón de Cataluña.

Mar, temiendo vomitar, se marchó con Donaha a la cocina.

– ¿Qué le pasa a Mar? -preguntó Arnau.

El fraile tardó un momento en responder.

– Yo te diré qué le pasa -dijo por fin-. ¡Que también debería casarse! Los dos deberíais casaros. Suerte que el rey tiene más cabeza que tú.

– Déjame, Joan, te lo ruego -dijo cansinamente Arnau.

El fraile elevó los brazos en el aire y abandonó la mesa de cambio.

– Ve a ver qué le pasa a Mar -le pidió Arnau a Guillem.

– No sé qué le ocurre -le dijo éste a su amo unos minutos después-, pero Donaha me ha dicho que no me preocupe. Cosas de mujeres -añadió.

Arnau se volvió hacia él.

– No me hables de mujeres.

– Poco podemos hacer contra los deseos del rey, Arnau. Quizá con algo de tiempo… encontremos una solución.

Pero no tuvieron tiempo. Pedro III fijó para el día 23 de junio su partida hacia Mallorca para perseguir al rey de Castilla; ordenó que su armada estuviera reunida en el puerto de Barcelona para esa fecha y manifestó que antes de partir quería haber resuelto el asunto del matrimonio de su pupila Elionor con el acaudalado Arnau. Así se lo comunicó un oficial del rey al bastaix en su mesa de cambio.

– ¡Sólo me quedan nueve días! -se quejó a Guillem cuando el oficial desapareció por la puerta-. ¡Quizá menos!

¿Cómo sería la tal Elionor? Arnau no podía dormir con sólo pensar en ello. ¿Vieja? ¿Bella? ¿Simpática, agradable o altiva y cínica como todos los nobles que había conocido? ¿Cómo iba a casarse con una mujer a la que ni siquiera conocía? Se lo encargó a Joan:

– Tú puedes hacerlo. Entérate de cómo es esa mujer. No puedo dejar de pensar en qué es lo que me espera.

– Se dice -le contó Joan la misma tarde del día en que el oficial se había presentado en la mesa- que es bastarda de uno de los infantes del principado, alguno de los tíos del rey, aunque nadie se atreve a asegurar cuál de ellos. Su madre falleció en el parto; por eso fue acogida en la corte…

– Pero ¿cómo es, Joan? -lo interrumpió Arnau. -Tiene veintitrés años y es atractiva. -¿Y de carácter? -Es noble -se limitó a contestar.

¿Para qué contarle lo que había oído de Elionor? Es atractiva, ciertamente, le habían dicho, pero sus rasgos siempre reflejan un constante enfado con el mundo entero. Es caprichosa y mimada, altiva y ambiciosa. El rey la casó con un noble que falleció al poco tiempo y ella, sin hijos, volvió a la corte. ¿Un favor a Arnau? ¿Una gracia real? Sus confidentes se rieron. El rey no aguantaba más a Elionor y con quién casarla mejor que con uno de los hombres más ricos de Barcelona, un cambista a quien podía acudir en demanda de créditos. El rey Pedro ganaba en todos los sentidos: se quitaba de encima a Elionor y se aseguraba el acceso a Arnau. ¿Para qué contarle todo aquello?

– ¿Qué quieres decir con eso de que es noble? -Pues eso -dijo Joan tratando de evitar la mirada de Arnau-, que es noble, una mujer noble, con su carácter, como todas ellas.

También Elionor había hecho averiguaciones por su cuenta, y su irritación aumentaba a medida que le llegaban más noticias: un antiguo bastaix, una cofradía que derivaba de los esclavos de ribera, de los macips de ribera, de los mancipados. ¿Cómo pretendía el rey casarla con un bastaix? Era rico, muy rico, sí, según le habían dicho todos, pero ¿qué le importaban a ella sus dineros? Vivía en la corte y nada le faltaba. Decidió acudir al rey cuando se enteró de que Arnau era hijo de un payés fugitivo y que él mismo, por nacimiento, también había sido siervo de la tierra. ¿Cómo podía el rey pretender que ella, hija de un infante, desposara con semejante personaje?

Pero Pedro III no la recibió y ordenó que la boda se celebrase el 21 de junio, dos días antes de su partida hacia Mallorca.

Al día siguiente se casaría. En la capilla real de Santa Àgata.

– Es una capilla pequeña -le explicó Joan-. La construyó a principios de siglo Jaime II por indicación de su esposa, Blanca de Anjou, bajo la advocación de las reliquias de la Pasión de Cristo, la misma que la Sainte-Chapelle de París, de donde provenía la reina.

Sería una boda íntima, tanto que el único que acompañaría a Arnau sería Joan. Mar se negó a asistir. Desde que anunció su matrimonio la muchacha lo rehuía y callaba en su presencia, mirándolo de vez en cuando, sin las sonrisas que hasta entonces le había dedicado.

Por eso aquella tarde Arnau abordó a la muchacha y le pidió que lo acompañase.

– ¿Adonde? -preguntó Mar.

¿Adonde?

– No sé… ¿Qué tal a Santa María? Tu padre adoraba esa iglesia. Lo conocí allí, ¿sabes?

Mar accedió; los dos salieron de la mesa de cambio y se dirigieron hacia la inconclusa fachada de Santa María. Los albañiles empezaban a trabajar en las dos torres ochavadas que debían flanquearla y los maestros del cincel se afanaban en el tímpano, las jambas, el parteluz y las arquivoltas, picando y repicando sobre la piedra. Arnau y Mar entraron en el templo. Las nervaduras de la tercera bóveda de la nave central habían empezado ya a extenderse hacia el cielo, en busca de la clave, como una tela de araña protegida por el andamiaje de madera sobre el que crecían.

Arnau sintió la presencia de la muchacha a su lado. Era tan alta como él y su cabello caía con gracia sobre sus hombros. Olía bien: a frescor, a hierbas. La mayoría de los operarios la admiraron; lo vio en sus ojos, aun cuando se desviaban en cuanto advertían la mirada de Arnau. Su aroma iba y venía al ritmo de sus movimientos.

– ¿Por qué no quieres venir a mi boda? -le preguntó de repente.

Mar no le contestó. Paseaba la vista por el templo.

– Ni siquiera me han permitido casarme en esta iglesia -murmuró Arnau.

La muchacha tampoco dijo nada.

– Mar… -Arnau esperó a que se volviera hacia él-. Me hubiera gustado que estuvieras conmigo el día de mi boda. Sabes que no me gusta, que lo hago contra mi voluntad, pero el rey… No insistiré más, ¿de acuerdo? -Mar asintió-. Si no lo hago, ¿podremos tratarnos como siempre?

Mar bajó la mirada. Eran tantas las cosas que habría querido decirle… Pero no podía negarle lo que le pedía; no habría podido negarle nada.

– Gracias -le dijo Arnau-; si me fallases tú… ¡No sé qué sería de mí si los que quiero me fallaseis!

Mar sintió un escalofrío. No era esa clase de cariño el que ella pedía. Era amor. ¿Por qué había consentido en acompañarlo? Dirigió su mirada hacia el ábside de Santa María.

– Joan y yo vimos cómo elevaban esa piedra de clave, ¿sabes? -le dijo Arnau al observar la dirección de su mirada-. Sólo éramos unos niños.

En aquel momento, los maestros vidrieros trabajaban con denuedo en el claristorio, el conjunto de ventanas situado debajo del ábside, tras haber finalizado las de la parte superior, cuyo arco ojival aparecía cercenado por un pequeño rosetón. Luego pasarían a decorar los grandes ventanales ojivales que se abrían bajo ellas. Trabajaban los colores componiendo figuras y dibujos, todos rotos mediante finas y delicadas tiras de plomo, que recibían la luz externa para filtrarla al templo.

– Cuando era un muchacho -continuó Arnau-, tuve la suerte de hablar con el gran Berenguer de Montagut. Nosotros, recuerdo que me dijo refiriéndose a los catalanes, no necesitamos más decoración: sólo el espacio y la luz. Entonces señaló el ábside, justo donde ahora estás mirando tú, y dejó caer una mano extendida hasta el altar mayor simulando la luz de la que había hablado. Yo le dije que entendía lo que decía pero en realidad era incapaz de imaginar a qué se refería. -Mar se volvió hacia él-. Era joven -se excusó-, y él era el maestro, el gran Berenguer de Montagut. Pero hoy sí lo entiendo. -Arnau se acercó más a Mar y extendió una mano en dirección al rosetón del ábside, arriba, muy arriba. Mar se esforzó por esconder el ligero temblor que tuvo al contacto con Arnau-. ¿Ves cómo entra la luz en el templo? -Entonces empezó a bajar la mano hasta el altar mayor, como hizo Berenguer en su día, pero en esta ocasión señalando unos coloridos rayos de luz que efectivamente entraban en la iglesia. Mar siguió la mano de Arnau-. Fíjate bien. Las vidrieras orientadas al sol son de colores vivos, rojos, amarillos y verdes, para aprovechar la fuerza de la luz del Mediterráneo; las que no lo están son blancas o azules.Y cada hora, a medida que el sol recorre el cielo, el templo va cambiando de color y las piedras reflejan unas u otras tonalidades. ¡Qué razón tenía el maestro! Es como una iglesia nueva cada día, cada hora, como si continuamente naciera un nuevo templo, porque aunque la piedra está muerta, el sol está vivo y cada día es diferente; nunca se verán los mismos reflejos.

Los dos se quedaron hipnotizados con la luz.

Al final, Arnau cogió a Mar por los hombros y la volvió hacia él.

– No me dejes, Mar, por favor.

Al día siguiente, al amanecer, en la capilla de Santa Àgata, oscura y recargada, Mar trató de ocultar sus lágrimas mientras duraba la ceremonia.

Por su parte, Arnau y Elionor permanecían hieráticos delante del obispo. Elionor ni siquiera se movió, erguida, con la mirada al frente. Arnau se volvió hacia ella en un par de ocasiones al principio de la ceremonia, pero Elionor continuó mirando hacia delante. A partir de entonces sólo se permitió algunas miradas de reojo.

39

El mismo día de la boda, en cuanto finalizó la ceremonia, los nuevos barones de Granollers, Sant Vicenç y Caldes de Montbui partieron hacia el castillo de Montbui. Joan le había trasladado a Arnau las preguntas del mayordomo de la baronesa. ¿Dónde pretendía Arnau que durmiera doña Elionor? ¿En las habitaciones superiores de una vulgar mesa de cambio? ¿Y su servicio? ¿Y sus esclavos? Arnau lo hizo callar y accedió a ponerse en marcha ese mismo día, con la condición de que Joan los acompañara.

– ¿Por qué? -preguntó éste.

– Porque me da la impresión de que necesitaré tus oficios. Elionor y su mayordomo partieron a caballo, ella a la amazona, con las dos piernas al mismo lado de la montura y con un palafrenero que a pie llevaba las riendas de su señora. El escribano y dos doncellas iban montados en muías, y cerca de una docena de esclavos tiraban de otras tantas acémilas cargadas con las pertenencias de la baronesa. Arnau alquiló un carro.

Cuando la baronesa lo vio aparecer, destartalado, tirado por dos muías y cargado con las escasas pertenencias de Arnau, Joan y Mar -Guillem y Donaha se quedaban en Barcelona-, el fuego que salió por sus pupilas podría haber prendido una tea. Aquélla fue la primera vez que miró a Arnau y a su nueva familia; se habían casado, habían comparecido ante el obispo, en presencia del rey y su esposa, y ni siquiera había mirado a uno u otros.

Escoltados por la guardia que el rey puso a su disposición, abandonaron Barcelona. Arnau y Mar montados en el carro. Joan caminando a su lado. La baronesa apretó el paso para llegar cuanto antes al castillo. Lo avistaron antes de la puesta de sol.

Erigido en lo alto de una loma, el castillo era una pequeña fortaleza donde hasta entonces había residido un carlán. Payeses y siervos se habían ido sumando al séquito de sus nuevos señores, de modo que, cuando estaban a escasos metros del castillo, más de un centenar de personas caminaba junto a ellos, preguntándose quién sería el personaje tan ricamente vestido pero montado en aquel carro destartalado.

– Y ahora, ¿por qué paramos? -preguntó Mar cuando la baronesa dio orden de detenerse.

Arnau hizo un gesto de ignorancia.

– Porque nos tienen que entregar el castillo -contestó Joan.

– ¿Y no deberíamos entrar para que nos lo entregasen? -inquirió Arnau.

– No. Las Costumbres Generales de Cataluña establecen otro procedimiento: el carlán debe abandonar el castillo, con su familia y la servidumbre, antes de entregárnoslo. -Las pesadas puertas de la fortaleza se abrieron lentamente y el carlán salió de él, seguido por su familia y sus servidores. Cuando llegó a la altura de la baronesa, le entregó algo-. Deberías ser tú quien recogiese esas llaves -le dijo Joan a Arnau.

– ¿Y para qué quiero yo un castillo?

Cuando la nueva comitiva pasó junto al carro, el carlán dirigió una sonrisa burlona a Arnau y sus acompañantes. Mar se ruborizó. Hasta los sirvientes los miraron directamente a los ojos.

– No deberías permitirlo -volvió a intervenir Joan-. Ahora tú eres su señor.Te deben respeto, fidelidad…

– Mira, Joan -lo interrumpió Arnau-, aclaremos una cosa: no quiero ningún castillo, no soy ni pretendo ser el señor de nadie y desde luego sólo pienso permanecer en este lugar el tiempo estrictamente necesario para ordenar lo que haya que ordenar. En cuanto esté todo en regla, volveré a Barcelona, y si la señora baronesa desea vivir en su castillo, ahí lo tiene, todo para ella.

Aquélla fue la primera vez a lo largo del día en que Mar esbozó una sonrisa.

– No puedes irte -negó Joan.

La sonrisa de Mar desapareció y Arnau se volvió hacia el fraile.

– ¿Qué no puedo qué? Puedo hacer lo que quiera. ¿No soy el barón? ¿Acaso no se van los barones con el rey durante meses y meses?

– Pero ellos se van a la guerra.

– Con mi dinero, Joan, con mi dinero. Me parece que es más importante que sea yo el que me vaya que cualquiera de esos barones que no hacen más que pedir préstamos baratos. Bueno -añadió volviéndose hacia el castillo-, y ahora ¿a qué esperamos? Ya está vacío y estoy cansado.

– Todavía falta… -empezó a decir Joan.

– Tú y tus leyes -lo interrumpió-. ¿Por qué tenéis que aprender leyes los dominicos? ¿Qué falta aho…?

– ¡Arnau y Elionor, barones de Granollers, Sant Vicenç y Caldes de Montbui! -Los gritos resonaron a lo largo del valle que se extendía a los pies de la loma. Todos los presentes elevaron la mirada hacia el más alto de los torreones de la fortaleza, donde el mayordomo de Elionor, con las manos a modo de bocina, se desgañitaba-. ¡Arnau y Elionor, barones de Granollers, Sant Vicenç y Caldes de Montbui! ¡Arnau y Elionor…!

– Faltaba el anuncio de la toma del castillo -apostilló Joan.

La comitiva se puso en marcha de nuevo.

– Por lo menos dicen mi nombre.

El mayordomo continuaba gritando.

– Si no, no sería lega -aclaró el fraile.

Arnau fue a decir algo, pero en lugar de ello meneó la cabeza.

El interior de la fortaleza, como era costumbre, había crecido desordenadamente tras las murallas y alrededor de la torre del homenaje, a la que se le había añadido un cuerpo de edificio compuesto por un enorme salón, cocina y despensa, amén de habitaciones en el piso superior. Alejadas del conjunto se erigían diversas construcciones destinadas a albergar a la servidumbre y a los escasos soldados que componían la guarnición del castillo.

Fue el oficial de la guardia, un hombre bajo, fondón, desastrado y sucio, quien tuvo que hacer los honores a Elionor y su séquito. Entraron todos en el gran salón.

– Muéstrame las habitaciones del carlán -le gritó Elionor.

El oficial le indicó una escalera de piedra, adornada con una sencilla balaustrada también de piedra, y la baronesa, seguida del soldado, el mayordomo, el escribano y las doncellas, empezó a subir. En momento alguno se dirigió a Arnau.

Los tres Estanyol se quedaron en el salón, mientras los esclavos depositaban en él las pertenencias de Elionor.

– Quizá debieras… -empezó a decirle Joan a su hermano.

– No intervengas, Joan -le espetó Arnau.

Durante un rato se dedicaron a inspeccionar el salón: sus altos techos, la inmensa chimenea, los sillones, los candelabros y la mesa para una docena de personas. Poco después, el mayordomo de Elionor apareció en la escalera. Sin embargo no llegó a pisar el salón; se quedó tres escalones por encima de él.

– Dice la señora baronesa -cantó desde allí, sin dirigirse a nadie en concreto- que esta noche está muy cansada y no desea ser molestada.

El mayordomo empezaba a dar media vuelta cuando Arnau lo detuvo:

– ¡Eh! -gritó. El mayordomo se volvió-. Dile a tu señora que no se preocupe, que nadie la molestará… Nunca -susurró. Mar abrió los ojos y se llevó las manos a la boca. El mayordomo volvió a dar media vuelta, pero Arnau lo detuvo de nuevo-. ¡Eh! -volvió a gritar-, ¿cuáles son nuestras habitaciones?- El hombre se encogió de hombros-. ¿Dónde está el oficial?

– Atendiendo a la señora.

– Pues sube donde esté la señora y haz bajar al oficial.Y apresúrate, porque de lo contrario te cortaré los testículos y la próxima vez que vuelvas a anunciar la toma de un castillo lo harás trinando.

El mayordomo, agarrado a la balaustrada, dudó. ¿Era aquél el mismo Arnau que había aguantado todo un día subido en un carro? Arnau entrecerró los ojos, se acercó a la escalinata y desenfundó el cuchillo de bastaix que había querido llevar a la boda. El mayordomo no alcanzó a ver su punta roma; al tercer paso de Arnau, corrió escaleras arriba.

Arnau se volvió y vio a Mar riendo, y el rostro displicente de fra Joan. Aunque no sólo sonreían ellos: algunos esclavos de Elionor habían presenciado la escena y también cruzaban sonrisas.

– ¡Y vosotros! -les gritó Arnau-, descargad el carro y llevad las cosas a nuestras habitaciones.

Llevaban ya más de un mes instalados en el castillo. Arnau había intentado poner orden en sus nuevas propiedades; sin embargo, cuantas veces se enfrascaba en los libros de cuentas de la baronía, terminaba cerrándolos con un suspiro. Hojas rotas, números rasgados y sobrescritos, datos contradictorios cuando no falsos. Eran ininteligibles, totalmente indescifrables.

A la semana de su estancia en Montbui, Arnau empezó a acariciar la idea de regresar a Barcelona y dejar aquellas propiedades en manos de un administrador, pero mientras tomaba la decisión optó por conocerlas un poco más; aunque, lejos de acudir a los nobles que le debían vasallaje y que en sus visitas al castillo lo desdeñaban por completo y se rendían a los pies de Elionor, lo hizo al común, a los payeses, a los siervos de sus siervos.

Acompañado de Mar, salió a los campos con curiosidad. ¿Qué habría de cierto en lo que escuchaba en Barcelona? Ellos, los comerciantes de la gran ciudad, a menudo basaban sus decisiones en las noticias que les llegaban. Arnau sabía que la epidemia de 1348 despobló los campos, eso se decía, y que justo el año anterior, el de 1358, una plaga de langosta empeoró la situación tras arruinar las cosechas. La falta de recursos propios empezó a dejarse notar en el comercio y los mercaderes variaron sus estrategias.

– ¡Dios! -murmuró a las espaldas del primer payés, cuando éste entró corriendo en la masía para presentar al nuevo barón a su familia.

Como él, Mar no podía apartar la mirada del ruinoso edificio y de sus alrededores, tan sucios y dejados como el hombre que los había recibido y que ahora volvía a salir acompañado de una mujer y dos niños pequeños.

Los cuatro se pusieron en fila ante ellos y, torpemente, intentaron hacerles una reverencia. Había miedo en sus ojos. Sus ropas estaban ajadas y los niños… Los niños ni siquiera podían tenerse en pie. Sus piernas eran delgadas como espigas.

– ¿Es ésta tu familia? -preguntó Arnau.

El payés empezaba a asentir justo cuando desde dentro de la masía surgió un débil llanto. Arnau frunció las cejas y el hombre negó con la cabeza, lentamente; el miedo de sus ojos se convirtió en tristeza.

– Mi mujer no tiene leche, señoría.

Arnau miró a la mujer. ¿Cómo iba a tener leche aquel cuerpo? ¡Primero había que tener pechos!

– ¿Y nadie por aquí podría…?

El payés se adelantó a su pregunta.

– Todos están igual, señoría. Los niños mueren.

Arnau percibió cómo Mar se llevaba una mano a la boca.

– Enséñame tu finca: el granero, los establos, tu casa, los campos.

– ¡No podemos pagar más, señoría!

La mujer había caído de rodillas y empezaba a arrastrarse hacia Mar y Arnau.

Arnau se acercó a ella y la cogió por los brazos. La mujer se encogió al contacto de Arnau.

– ¿Qué…?

Los niños empezaron a llorar.

– No le peguéis, señoría, os lo ruego -intervino el esposo acercándose a él-; es cierto, no podemos pagar más. Castigadme a mí.

Arnau soltó a la mujer y se retiró unos pasos, hasta donde estaba Mar, que observaba la escena con los ojos muy abiertos.

– No le voy a pegar -dijo dirigiéndose al hombre-; tampoco a ti, ni a nadie de tu familia. No os voy a pedir más dinero. Sólo quiero ver tu finca. Dile a tu esposa que se levante.

Primero había sido miedo, después tristeza, ahora extrañeza; los dos clavaron en Arnau sus ojos hundidos con expresión de sorpresa. «¿Acaso jugamos a ser dioses?», pensó Arnau. ¿Qué le habían hecho a esa familia para que respondiera de esa forma? Estaban dejando morir a uno de sus hijos y aún pensaban que alguien acudía a ellos para pedirles más dinero.

El granero estaba vacío. El establo también. Los campos descuidados, los aperos de labranza estropeados y la casa… Si el niño no moría de hambre lo haría de cualquier enfermedad. Arnau no se atrevió a tocarlo; parecía…, parecía que fuera a romperse sólo con moverlo.

Cogió la bolsa del cinto y sacó unas monedas. Se las fue a ofrecer al hombre pero rectificó y sacó más monedas.

– Quiero que este niño viva -le dijo dejando los dineros sobre lo que en tiempos debía de haber sido una mesa-. Quiero que tú, tu esposa y tus otros dos hijos comáis. Este dinero es para vosotros, ¿entendido? Nadie tiene derecho a él, y si tenéis algún problema acudid a verme al castillo.

Ninguno de ellos se movió; tenían la mirada puesta en las monedas. Ni siquiera fueron capaces de desviarla para despedirse de Arnau cuando éste salió de la casa.

Arnau volvió al castillo sin decir palabra, cabizbajo, pensativo. Mar compartió con él el silencio.

– Todos están igual, Joan -dijo Arnau una noche, mientras los dos solos paseaban al fresco por las afueras del castillo-. Hay algunos que han tenido la suerte de ocupar masías deshabitadas, de payeses muertos o que simplemente han huido, ¿cómo no van a hacerlo? Esas tierras las dedican ahora a bosque y pastos, lo que les da cierta garantía de supervivencia cuando las tierras no producen. Pero los más… los más están en una situación desastrosa. Los campos no producen y mueren de hambre.

– Eso no es todo -añadió Joan-; me he enterado de que los nobles, tus feudatarios, están obligando a firmar capbreus a los payeses que quedan…

– ¿Capbreus?

– Son documentos por los que los payeses reconocen la vigencia de todos los derechos feudales que habían quedado en desuso en épocas de bonanza. Como quedan pocos hombres, los sangran para conseguir los mismos beneficios que cuando había muchos y las cosas iban bien.

Arnau llevaba bastantes noches durmiendo mal. Se despertaba sobresaltado tras ver rostros demacrados. Sin embargo, en aquella ocasión ni siquiera pudo conciliar el sueño. Había recorrido sus tierras y había sido generoso. ¿Cómo podía admitir tal situación? Todas aquellas familias dependían de él; primero de sus señores, pero éstos, a su vez, eran feudatarios de Arnau. Si él, como señor de estos últimos, les exigía el pago de sus rentas y mercedes, los nobles repercutirían en aquellos desgraciados las nuevas obligaciones que el carlán había gestionado con absoluta negligencia.

Eran esclavos. Esclavos de la tierra. Esclavos de sus tierras. Arnau se encogió en el lecho. ¡Sus esclavos! Un ejército de hombres, mujeres y niños hambrientos a los que nadie daba importancia alguna… salvo para sangrarlos hasta la muerte. Arnau recordó a los nobles que habían venido a visitar a Elionor, sanos, fuertes, lujosamente vestidos, ¡alegres! ¿Cómo podían vivir de espaldas a la realidad de sus siervos? ¿Qué podía hacer él?

Era generoso. Repartía dinero allí donde lo necesitaban, una miseria para él, pero despertaba alegría entre los niños y hacía sonreír a Mar, siempre a su lado. Pero aquello no podía eternizarse. Si seguía repartiendo dinero serían los nobles quienes se aprovecharían de ello. Continuarían sin pagarle a él y explotarían todavía más a los desgraciados. ¿Qué podía hacer?

Y mientras Arnau se levantaba cada día más y más pesimista, el estado de ánimo de Elionor era muy distinto.

– Ha convocado a nobles, payeses y lugareños para la Virgen de Agosto -explicó Joan a su hermano, que en su calidad de dominico era el único que mantenía algún contacto con la baronesa.

– ¿Para qué?

– Para que le rindan… os rindan homenaje -rectificó. Arnau lo instó a continuar-. Según la ley… -Joan abrió los brazos; tú me lo has pedido, intentó decirle con el gesto-. Según la ley cualquier noble, en cualquier momento, puede exigir de sus vasallos que renueven el juramento de fidelidad y reiteren el homenaje a su señor. Es lógico que no habiéndolo recibido todavía, Elionor desee que se lo presten.

– ¿Quieres decir que vendrán?

– Los nobles y caballeros no tienen obligación de comparecer a un llamamiento público, siempre y cuando renueven su vasallaje en privado, presentándose ante su nuevo señor en el plazo de un año, un mes y un día, pero Elionor ha estado hablando con ellos y parece ser que acudirán. A fin de cuentas es la pupila del rey. Nadie quiere enfrentarse a la pupila del rey.

– ¿Y al esposo de la pupila del rey?

Joan no le contestó. Sin embargo, algo en sus ojos… Conocía aquella mirada.

– ¿Tienes algo más que decirme, Joan?

El fraile negó con la cabeza.

Elionor ordenó la construcción de un entarimado en un llano situado al pie del castillo. Soñaba con el día de la Virgen de Agosto. Cuántas veces había visto a nobles y pueblos enteros prestar vasallaje a su tutor, el rey. Ahora se lo prestarían a ella, como a una reina, como a una soberana en sus tierras. ¿Qué más daba que Arnau estuviera a su lado? Todos sabían que era a ella, a la pupila del rey, a quien se sometían.

Tal era su ansiedad que, cercano ya el día señalado, incluso se permitió sonreír a Arnau, desde muy lejos y débilmente, pero le sonrió.

Arnau dudó y sus labios devolvieron una mueca.

«¿Por qué le he sonreído?», pensó Elionor. Apretó los puños. «¡Imbécil! -se insultó a sí misma-. ¿Cómo te humillas ante un vulgar cambista, un siervo fugitivo?» Llevaban más de un mes y medio en Montbui y Arnau no se había acercado a ella. ¿Acaso no era un hombre? Cuando nadie la miraba observaba el cuerpo de Arnau, fuerte, poderoso, y por las noches, sola en su alcoba, se permitía soñar que aquel hombre la montaba salvajemente. ¿Cuánto tiempo hacía que no vivía aquellas sensaciones? Y él la humillaba con su desdén. ¿Cómo se atrevía? Elionor se mordió con fuerza el labio inferior. «Ya vendrá», se dijo.

El día de la festividad de la Virgen de Agosto, Elionor se levantó al alba. Desde la ventana de su solitario dormitorio observó la planicie dominada por el entarimado que había mandado construir. Los payeses empezaban a congregarse en el llano; muchos ni siquiera habían dormido, para acudir a tiempo al requerimiento de sus señores. Todavía no había llegado ningún noble.

40

El sol anunció un día espléndido y caluroso. El cielo límpido y sin nubes, semejante al que casi cuarenta años atrás acogió la celebración del matrimonio de un siervo de la tierra llamado Bernat Estanyol, parecía una cúpula azul celeste sobre los miles de vasallos congregados en el llano. Se acercaba la hora, y Elionor, con sus mejores galas, paseaba nerviosa por el inmenso salón del castillo de Montbui. ¡Sólo faltaban los nobles y caballeros! Joan, ataviado con su hábito negro, descansaba en una silla, y Arnau y Mar, como si la cosa no fuera con ellos, cruzaban divertidas miradas de complicidad ante cada suspiro de desesperación que surgía de la garganta de Elionor.

Finalmente, llegaron los nobles. Sin guardar las formas, impaciente como su señora, un sirviente de Elionor irrumpió en la estancia para anunciar su llegada. La baronesa se asomó a la ventana, y cuando se volvió hacia los presentes, su cara irradiaba felicidad. Los nobles y los caballeros de sus tierras llegaban a la planicie con todo el boato de que eran capaces. Sus lujosas vestiduras, sus espadas y sus joyas se mezclaron con el pueblo poniendo una nota de color y brillo en los grises, tristes y desgastados hábitos de los payeses. Los caballos, de la mano de los palafreneros, empezaron a reunirse tras el estrado y sus relinchos rompieron el silencio con el que los humildes habían acogido la llegada de sus señores. Los sirvientes de los nobles instalaron lujosas sillas, tapizadas con seda de colores vivos, al pie de la tarima, donde los nobles y los caballeros jurarían homenaje a sus nuevos señores. Instintivamente, la gente se separó de la última fila de sillas para dejar un espacio visible entre ellos y los privilegiados.

Elionor volvió a mirar por la ventana y sonrió al comprobar de nuevo el alarde de lujo y nobleza con que sus vasallos pensaban recibirla. Cuando al fin, acompañada de su séquito familiar, estuvo ante ellos, sentada en la tarima, mirándolos desde la distancia, se sintió como una verdadera reina.

El escribano de Elionor, convertido en maestro de ceremonias, inició el acto dando lectura al decreto de Pedro III por el que se concedía como dote a Elionor, pupila real, la baronía de los honores reales de Granollers, Sant Vicenç y Caldes de Montbui, con todos sus vasallos, tierras, rentas… Mientras el escribano leía, Elionor se deleitaba en sus palabras; se sentía observada y envidiada -incluso odiada, ¿por qué no?- por cuantos vasallos lo habían sido hasta entonces del rey. Siempre deberían fidelidad al príncipe, pero desde aquel momento, entre el rey y ellos habría un nuevo escalón: ella. Arnau, por el contrario, no prestaba atención alguna a las palabras del escribano y se limitaba a devolver las sonrisas que le dirigían los payeses a los que había visitado y ayudado.

Mezcladas con el pueblo llano e indiferentes a lo que allí ocurría, había dos mujeres vistosamente vestidas, como obligaba su condición de mujeres públicas: una, ya anciana; la otra, madura pero bella, mostrando con altanería sus atributos.

– Nobles y caballeros -gritó el escribano, captando, esta vez sí, la atención de Arnau-, ¿prestáis homenaje a Arnau y Elionor, barones de Granollers, Sant Vicenç y Caldes de Montbui?

– ¡No!

La negativa pareció rasgar el cielo. El despojado carlán del castillo de Montbui se había puesto en pie y había contestado con voz de trueno al requerimiento del escribano. Un murmullo sordo salió de la multitud emplazada tras los nobles; Joan movió la cabeza como si ya lo hubiera previsto, Mar titubeó sintiéndose extraña ante toda aquella gente, Arnau dudó qué hacer y Elionor palideció hasta que su rostro se tornó blanco como la cera.

El escribano volvió la vista hacia la tarima esperando instrucciones de su señora, pero, al no recibirlas, tomó la iniciativa:

– ¿Os negáis?

– Nos negamos -bramó el carlán, seguro de sí mismo-. Ni siquiera el rey puede obligarnos a prestar homenaje a persona de condición inferior a la nuestra. ¡Es la ley! -Joan asintió con tristeza. No había querido decírselo a Arnau. Los nobles habían engañado a Elionor-. Arnau Estanyol -continuó el carlán, dirigiéndose al escribano a voz en grito- es ciudadano de Barcelona, hijo de un payés de remença fugitivo. ¡No vamos a prestar homenaje al hijo fugitivo de un siervo de la tierra, por más que el rey le haya concedido las baronías que dices!

La más joven de las dos mujeres se puso de puntillas para ver el entarimado. La visión de los nobles allí sentados había despertado su curiosidad, pero al oír en voz del carlán el nombre de Arnau, ciudadano de Barcelona e hijo de un payés, sus piernas empezaron a flaquear.

Con el murmullo del gentío al fondo, el escribano volvió a mirar a Elionor. También lo hizo Arnau, pero la pupila real no hizo ademán alguno. Estaba paralizada. Tras la primera impresión, su sorpresa se había convertido en ira. El blanco de su rostro se había convertido en colorado: temblaba de rabia y sus manos, agarrotadas sobre los brazos de la silla, parecían querer atravesar la madera.

– ¿Por qué me dijiste que había muerto, Francesca? -preguntó Aledis, la más joven de las dos prostitutas.

– Es mi hijo, Aledis.

– ¿Arnau es tu hijo?

A la vez que asentía con la cabeza, Francesca le hizo a Aledis un expresivo ademán para que bajase la voz. Por nada del mundo deseaba que alguien pudiera enterarse de que Arnau era el hijo de una mujer pública. Afortunadamente, la gente que las rodeaba sólo estaba pendiente de la reyerta entre los nobles.

La discusión parecía recrudecerse por momentos. Ante la pasividad de los demás, Joan decidió intervenir.

– Podéis tener razón en cuanto decís -afirmó desde detrás de la ultrajada baronesa-, podéis negaros al homenaje, pero eso no deroga la obligación de prestar servicios a vuestros señores y de firmarles de derecho. ¡Es la ley! ¿Estáis dispuestos a ello?

Mientras el carlán, consciente de que el dominico tenía razón, miraba a sus compañeros, Arnau hizo un gesto a Joan para que se acercase a él.

– ¿Qué significa eso? -le preguntó en voz baja.

– Significa que salvan su honor. No prestan homenaje a…

– A una persona de condición inferior -lo ayudó Arnau-.Ya sabes que nunca me ha importado.

– No te prestan homenaje ni se someten a ti como vasallos, pero la ley los obliga a seguir prestándote servicios y a firmarte de derecho, a reconocer las tierras y honores que tienen por ti.

– ¿Algo así como los capbreus que ellos les hacen firmar a los payeses?

– Algo así.

– Firmaremos de derecho -contestó el carlán.

Arnau no hizo el menor caso al noble. Ni siquiera lo miró. Pensaba; ahí estaba la solución a la miseria de los payeses. Joan seguía inclinado sobre él. Elionor ya no contaba; sus ojos miraban más allá del espectáculo, a las ilusiones perdidas.

– ¿Eso quiere decir -le preguntó Arnau a Joan- que aunque no me reconozcan como su barón sigo mandando y tienen que obedecerme?

– Sí. Sólo salvan su honor.

– Está bien -dijo Arnau poniéndose en pie parsimoniosamente y llamando mediante gestos al escribano-. ¿Ves el hueco que hay entre los señores y el pueblo? -le preguntó cuando lo tuvo al lado-. Quiero que te sitúes allí y vayas repitiendo lo más alto que puedas, palabra por palabra, lo que voy a decir. ¡Quiero que todo el mundo se entere de lo que voy a decir! -Mientras el escribano se encaminaba al espacio abierto tras los nobles, Arnau dirigió una cínica sonrisa al carlán, que esperaba respuesta a su compromiso de firmar de derecho-. ¡Yo, Arnau, barón de Granollers, Sant Vicenç y Caldes de Montbui…!

Arnau esperó a que el escribano vocease sus palabras:

– Yo, Arnau -repitió el escribano-, barón de Granollers, Sant Vicenç y Caldes de Montbui…

– … declaro proscritas de mis tierras todas aquellas costumbres conocidas como malos usos…

– … declaro proscritas…

– ¡No puedes hacerlo! -gritó uno de los nobles interrumpiendo al escribano.

Ante las palabras de los nobles, Arnau miró a Joan buscando confirmación a sus facultades.

– Sí puedo hacerlo -se limitó a contestar Arnau cuando Joan asintió.

– ¡Acudiremos al rey! -gritó otro. Arnau se encogió de hombros. Joan se acercó a él. -¿Has pensado lo que les sucederá a estas pobres gentes si les das esperanza y después el rey te quita la razón?

– Joan -respondió Arnau con una seguridad en sí mismo que hasta entonces no había tenido-, es probable que no sepa nada del honor, de la nobleza o de la caballería, pero conozco los apuntes que hay en mis libros en relación con los préstamos a su majestad; por cierto -añadió sonriendo-, considerablemente incrementados para la campaña de Mallorca tras mi matrimonio con su pupila. De eso sí que sé. Te aseguro que el rey no pondrá en entredicho mis palabras.

Arnau miró al escribano y lo instó a continuar: -… declaro proscritas de mis tierras todas aquellas costumbres conocidas como malos usos… -gritó el escribano.

– Declaro derogado el derecho de intestia, por el que el señor tiene derecho a heredar parte de los bienes de sus vasallos. -Arnau continuó hablando con claridad y lentamente, para que el escribano pudiera repetir sus palabras. El pueblo escuchaba en silencio, incrédulo y esperanzado a la vez-. El de cugutia, por el que los señores se apropian de la mitad o la totalidad de los bienes de la adúltera. El de exorquia, por el que se les otorga una parte de los bienes de los payeses casados que fallezcan sin hijos. El de ius maletractandi, por el que los señores pueden maltratar a su antojo a los payeses y apropiarse de sus cosas. -El silencio acompañaba las palabras de Arnau, tanto que el mismo escribano calló al percatarse de que la multitud allí congregada podía escuchar sin problemas el discurso de su señor. Francesca se agarró al brazo de Aledis-. El de arsia, por el que el payés tiene la obligación de indemnizar al señor por el incendio de sus tierras. El derecho de firma de espoli forzada, por el que el señor puede yacer con la novia en su primera noche…

El hijo no pudo verlo, pero entre aquella multitud que empezaba a revolverse alegremente a medida que se daba cuenta de la seriedad de sus palabras, una anciana, su madre, se desasió de Aledis y se llevó las manos al rostro. Aledis lo comprendió todo al instante. Las lágrimas asomaron en sus pupilas y abrazó a su dueña. Mientras, los nobles y caballeros, al pie de la tarima desde la que Arnau liberaba a sus vasallos, discutían sobre cuál sería la mejor manera de plantear aquel problema al rey.

– Declaro proscritos cualesquiera otros servicios a los que hasta ahora hayan estado obligados los rústicos y que no sean el pago del justo y legítimo canon de sus tierras. Os declaro libres para cocer vuestro propio pan, para herrar vuestros animales y para reparar vuestros aparejos en vuestras propias forjas. A las mujeres, a las madres, os declaro libres para negaros a amamantar gratuitamente a los hijos de vuestros señores. -La anciana, perdida en el recuerdo, ya no podía dejar de llorar-.Así como para negaros a servir gratuitamente en las casas de vuestros señores. Os libero de la obligación de hacer regalos a vuestros señores en Navidad y de trabajar sus tierras gratuitamente.

Arnau guardó silencio unos instantes, mientras observaba más allá de los preocupados nobles a la multitud que esperaba oír determinadas palabras. ¡Faltaba uno! La gente lo sabía y esperaba inquieta ante el repentino silencio de Arnau. ¡Faltaba uno!

– ¡Os declaro libres! -gritó al fin.

El carlán gritó y levantó el puño hacia Arnau. Los nobles que lo acompañaban gesticularon y gritaron a su vez.

– ¡Libres! -sollozó la anciana entre los vítores de la multitud.

– En el día de hoy, en que unos nobles se han negado a prestar homenaje a la pupila del rey, los payeses que trabajan las tierras que componen las baronías de Granollers, Sant Vicenç y Caldes de Montbui serán iguales a los payeses de la Cataluña nueva, iguales a los de las baronías de Entença, de la Conca del Barberà, del campo de Tarragona, del condado de Prades, de la Segarra o la Garriga, del marquesado de Aytona, del territorio de Tortosa o del campo de Urgell…, iguales a los payeses de cualquiera de las diecinueve comarcas de esa Cataluña conquistada con el esfuerzo y la sangre de vuestros padres. ¡Sois libres! ¡Sois payeses pero nunca más, en estas tierras, volveréis a ser siervos de la tierra ni lo serán vuestros hijos o vuestros nietos!

– Tampoco vuestras madres -susurró Francesa para sí-, tampoco vuestras madres -repitió antes de prorrumpir de nuevo en llanto y agarrarse a Aledis, que tenía los sentimientos a flor de piel.

Arnau tuvo que abandonar la tarima para evitar que el pueblo se abalanzara sobre él. Joan ayudó a Elionor, que era incapaz de caminar por sí sola.Tras ellos, Mar trataba de controlar la emoción que parecía a punto de estallar en su pecho.

El llano empezó a vaciarse en cuanto Arnau y su séquito lo abandonaron en dirección al castillo. Los nobles, tras acordar cómo plantearían el asunto al rey, hicieron lo propio a galope tendido, sin respetar a la gente que se agolpaba en los caminos y que tenía que saltar a los campos para no ser arrollados por unos jinetes iracundos. Los payeses iniciaron una lenta marcha de regreso a sus hogares, con una sonrisa en el rostro.

Sólo dos mujeres permanecían quietas en el llano.

– ¿Por qué me engañaste? -preguntó Aledis.

En esta ocasión la anciana se volvió hacia ella.

– Porque no lo merecías… y él no debía vivir junto a ti. Tú no estabas llamada a ser su esposa. -Francesca no dudó. Lo dijo fríamente, tan fríamente como se lo permitió su voz ronca.

– ¿De verdad piensas que no lo merecía? -preguntó Aledis.

Francesca se enjugó las lágrimas y recuperó de nuevo la energía y la firmeza que le habían permitido llevar su negocio durante años.

– ¿Acaso no has visto en lo que se ha convertido? ¿Acaso no has oído lo que ha hecho? ¿Crees que su vida hubiera sido la misma junto a ti?

– Lo de mi marido y el duelo…

– Mentira.

– Lo de que me buscaban…

– También. -Aledis frunció el entrecejo y observó a Francesca-. También tú me mentiste, ¿recuerdas? -le echó en cara la anciana.

– Yo tenía mis motivos.

– Y yo los míos.

– Captarme para tu negocio… Ahora lo entiendo.

– No fue ése el único, pero reconozco que sí. ¿Tienes alguna queja? ¿A cuántas muchachas ingenuas has engañado tú desde entonces?

– Eso no hubiera sido necesario si tú…

– Te recuerdo que la elección fue tuya. -Aledis dudó-. Otras no pudimos elegir.

– Fue muy duro, Francesca. Llegar hasta Figueras, arrastrarme, someterme y ¿para qué?

– Vives bien, mejor que muchos de los nobles que hoy estaban aquí. No te falta de nada.

– Mi honra.

Francesca se irguió cuanto su ajado cuerpo le permitió. Entonces se enfrentó a Aledis.

– Mira, Aledis, yo no entiendo de honras ni honores. Tú me vendiste la tuya. A mí me la robaron cuando era una muchacha. Nadie me permitió elegir. Hoy he llorado lo que no me había permitido llorar en toda mi vida, y ya es suficiente. Somos lo que somos y de nada nos serviría, ni a ti ni a mí, recordar cómo hemos llegado a serlo. Deja que los demás se peleen por la honra. Hoy los has visto. ¿Quién de los que estaban junto a nosotras puede hablar de honor u honra?

– Quizá ahora, sin malos usos…

– No te engañes, seguirán siendo unos desgraciados sin un lugar donde caerse muertos. Hemos luchado mucho para llegar donde estamos; no pienses en la honra: no está hecha para el pueblo.

Aledis miró a su alrededor y observó al pueblo. Los habían liberado de los malos usos, sí, pero seguían siendo los mismos hombres y las mismas mujeres sin esperanzas, los mismos niños famélicos, descalzos y medio desnudos. Asintió con la cabeza y abrazó a Francesca.

41

No pensarás dejarme aquí!

Elionor bajó la escalera hecha una furia. Arnau estaba en el salón, sentado a la mesa, firmando los documentos con los que derogaba los malos usos de sus tierras. «En cuanto los firme, me iré», le había dicho a Joan. El fraile y Mar, a espaldas de Arnau, observaban la escena.

Arnau terminó de firmar y después se enfrentó a Elionor. Debía de ser la primera vez que hablaban desde que contrajeron matrimonio. Arnau no se levantó.

– ¿Qué interés tienes en que me quede aquí?

– ¿Cómo quieres que me quede en un lugar donde me han humillado como lo han hecho?

– Lo diré de otra forma entonces: ¿qué interés puedes tener en seguirme?

– ¡Eres mi esposo! -Le salió una voz chillona. Le había dado mil vueltas: no podía quedarse, pero tampoco podía volver a la corte del rey. Arnau hizo una mueca de desagrado-. Si te vas, si me dejas -añadió Elionor-, acudiré al rey.

Las palabras resonaron en los oídos de Arnau. «¡Acudiremos al rey!», lo habían amenazado los nobles. Creía poder solucionar el ataque de los nobles, pero… Miró los documentos que acababa de firmar. Si Elionor, su propia esposa, la pupila real, se sumaba a las quejas de los nobles…

– Firma -la instó acercándole los documentos.

– ¿Por qué debería hacerlo? Si derogas los malos usos, nos quedaremos sin rentas.

– Firma y vivirás en un palacio en la calle de Monteada de Barcelona. No necesitarás esas rentas.Tendrás el dinero que quieras.

Elionor se acercó a la mesa, cogió la pluma y se inclinó sobre los documentos.

– ¿Qué garantías tengo de que cumplirás tu palabra? -preguntó de repente, volviéndose hacia Arnau.

– La de que cuanto más grande sea la casa, menos te veré. Ésa es la garantía. La de que cuanto mejor vivas, menos me molestarás. ¿Te sirven esas garantías? No tengo intención de darte otras.

Elionor miró a los que estaban detrás de Arnau. ¿Sonreía la muchacha?

– ¿Vivirán ellos con nosotros? -preguntó señalándolos con la pluma.

– Sí.

– ¿Ella también?

Mar y Elionor cruzaron una mirada gélida.

– ¿Acaso no he hablado con suficiente claridad, Elionor? ¿Firmas?

Firmó.

Arnau no esperó a que Elionor hiciera sus preparativos y aquel mismo día, al atardecer, para evitar el calor de agosto, partió hacia Barcelona, en un carro alquilado, igual que había llegado hasta allí.

Ninguno de ellos miró atrás cuando el carro cruzó las puertas del castillo.

– ¿Por qué debemos ir a vivir con ella? -le preguntó Mar a Arnau durante el viaje de vuelta en el carro.

– No debo ofender al rey, Mar. Nunca se sabe cuál puede ser la respuesta de un monarca.

Mar permaneció callada durante unos instantes, pensativa.

– ¿Por eso le has ofrecido todo lo que le has ofrecido?

– No…, bueno, también, pero la principal razón han sido los payeses. No quiero que se queje. Supuestamente el rey nos ha concedido unas rentas para vivir, aunque en realidad no existan o sean mínimas. Si ella acudiese al rey diciendo que por mi actuación he dilapidado esas rentas, quizá derogaría mis órdenes.

– ¿El rey? ¿Por qué iba el rey…?

– Debes saber que no hace muchos años el rey dictó una pragmática contra los siervos de la tierra, en contra incluso de los privilegios que él mismo y sus antecesores habían concedido a las ciudades. La Iglesia y los nobles le exigieron que tomara medidas contra los payeses que escapaban de sus tierras y las dejaban baldías… y él lo hizo.

– No pensaba que fuera capaz de eso.

– Es un noble más, Mar; el primero de ellos.

Hicieron noche en una masía a las afueras de Monteada. Arnau pagó generosamente a los payeses. Se levantaron al alba y antes de que empezase la canícula entraron en Barcelona.

– La situación es dramática, Guillem -le dijo Arnau cuando pusieron fin a saludos y explicaciones y se quedaron solos-. El principado está mucho peor de lo que imaginábamos. Aquí sólo nos llegan las noticias, pero hay que ver el estado de los campos y las tierras. No aguantaremos.

– Hace mucho tiempo que tomo medidas -lo sorprendió Guillem. Arnau lo instó a que continuase-. La crisis es grave y se veía venir; ya lo habíamos hablado en alguna ocasión. Nuestra moneda se devalua constantemente en los mercados extranjeros pero el rey no adopta ninguna medida aquí, en Cataluña, y soportamos unas paridades insostenibles. El municipio se está endeudan-do cada vez más para financiar toda la estructura que se ha creado en Barcelona. La gente ya no obtiene beneficios en el comercio y buscan lugares más seguros para su dinero.

– ¿Y el nuestro?

– Fuera. En Pisa, Florencia, incluso en Genova. Allí todavía se puede comerciar con cambios lógicos. -Los dos guardaron unos momentos de silencio-. Castelló ha sido declarado abatut -añadió Guillem rompiéndolo-; empieza el desastre.

Arnau recordó al cambista, gordo, siempre sudoroso y simpático.

– ¿Qué ha sucedido?

– No ha sido prudente. La gente empezó a reclamarle la devolución de los depósitos y no pudo hacer frente.

– ¿Podrá pagar?

– No creo.

El 29 de agosto, el rey desembarcó victorioso de su campaña en Mallorca contra Pedro el Cruel, que había huido de Ibiza, tras tomarla y saquearla, en cuanto la flota catalana arribó a las islas. Al cabo de un mes, cuando llegó Elionor, los Estanyol, incluido Guillem pese a su inicial oposición, se trasladaron al palacio de la calle de Monteada.

A los dos meses, el rey concedió audiencia al carlán de Montbui. El día anterior, enviados de Pedro III solicitaron un nuevo préstamo a la mesa de Arnau. Cuando se lo concedieron, el rey despidió al carlán y mantuvo las órdenes de Arnau.

Al cabo de dos meses más, transcurridos los seis que la ley concedía al abatut para que pagase sus deudas, el cambista Castelló fue decapitado frente a su mesa de cambio, en la plaza deis Canvis. Todos los cambistas de la ciudad fueron obligados a presenciar, en primera fila, la ejecución. Arnau vio cómo se separaba la cabeza de Castelló de su tronco tras el certero golpe del verdugo. Le hubiera gustado cerrar los ojos, como muchos hicieron, pero no pudo. Tenía que verlo. Era una llamada a la prudencia que no debía olvidar nunca, se dijo mientras la sangre se derramaba sobre el cadalso.

42

La veía sonreír. Arnau seguía viendo sonreír a su Virgen, y la vida le sonreía igual que ella. Había cumplido cuarenta años y, pese a la crisis, sus negocios funcionaban y le proporcionaban grandes beneficios, de los que destinaba una parte a los menesterosos o a Santa María. Con el tiempo, Guillem le dio la razón: la gente del pueblo pagaba y devolvía sus préstamos, dinero a dinero. Su iglesia, el templo de la mar, continuaba creciendo a través de su tercera bóveda central y de los campanarios octogonales que flanqueaban la fachada principal. Santa María estaba repleta de artesanos: marmolistas y escultores, pintores, vidrieros, carpinteros y forjadores. Incluso había un organista, cuyo trabajo Arnau seguía con atención. ¿Cómo sonaría la música en el interior de aquel majestuoso templo?, se preguntaba a menudo. Tras la muerte del arcediano Bernat Llull y el paso de dos canónigos, quien ahora ocupaba el cargo era Pere Sálvete de Montirac, con el que Arnau mantenía una relación fluida. También habían muerto el gran maestro, Berenguer de Montagut, y su sucesor, Ramon Despuig. El encargado de la dirección de las obras del templo era ahora Guillem Metge.

Pero Arnau no sólo trataba con los prebostes de Santa María. Su situación económica y su nueva condición le llevaban a confraternizar con los consejeros de la ciudad, con prohombres y con miembros del Consejo de Ciento. Su opinión era escuchada en la lonja y sus consejos seguidos por comerciantes y mercaderes.

– Debes aceptar el cargo -le aconsejó Guillem. Arnau pensó durante unos instantes. Acababan de ofrecerle uno de los dos puestos de cónsul de la Mar de Barcelona, el máximo representante del comercio en la ciudad, juez en las disputas mercantiles, con jurisdicción propia, independiente de cualquier otra institución de Barcelona, arbitro de cualquier problema que se plantease en el puerto o que tuviesen sus trabajadores, y vigilante del cumplimiento de las leyes y las costumbres del comercio.

– No sé si podré…

– Nadie mejor que tú, Arnau, hazme caso -lo interrumpió

Guillem-. Puedes. Seguro que puedes.

Aceptó ser uno de los nuevos cónsules cuando finalizase el mandato de los anteriores.

Santa María, sus negocios, sus futuras nuevas obligaciones como cónsul de la Mar: todo ello creó alrededor de Arnau una muralla tras la que el bastaix se sentía cómodo, y cuando volvía a su nuevo hogar, al palacio de la calle Monteada, no se daba cuenta de lo que sucedía tras sus grandes portalones.

Arnau había cumplido las promesas hechas a Elionor, pero también cumplió con las garantías bajo las que se las ofreció, y su relación era distante y fría; se reducía a lo imprescindible para la convivencia. Mientras, Mar había cumplido veinte esplendorosos años y seguía negándose a contraer matrimonio. «¿Para qué voy a hacerlo si tengo a Arnau para mí? ¿Qué haría él sin mí? ¿Quién lo descalzaría? ¿Quién lo atendería a la vuelta del trabajo? ¿Quién charlaría con él y escucharía sus problemas? ¿Elionor? ¿Joan, cada día más enfrascado en sus estudios? ¿Los esclavos?, ¿o un Guillem con quien ya pasa la mayor parte del día?», pensaba la muchacha. Todos los días, Mar esperaba con impaciencia la vuelta a casa de Arnau. Su respiración se aceleraba cuando oía sus aldabonazos sobre los portalones y la sonrisa volvía a sus labios en cuanto acudía, corriendo, a esperarle en lo alto de las escalinatas que llevaban a las plantas nobles. Porque durante el día, cuando Arnau no estaba, su vida era un monótono y constante suplicio.

– ¡Nada de perdiz! -resonó en las cocinas-, hoy comeremos ternera.

Mar se volvió hacia la baronesa, de pie en la entrada de la cocina. A Arnau le gustaba la perdiz. Había ido con Donaha a comprarlas. Las eligió ella misma, las colgó de una barra en la cocina y comprobó día tras día su estado. Por fin decidió que ya estaban en su punto y, por la mañana, temprano, bajó a la cocina para prepararlas.

– Pero…-intentó oponerse Mar.

– Ternera -la interrumpió Elionor, traspasándola con la mirada.

Mar se volvió hacia Donaha, pero la esclava le contestó encogiendo imperceptiblemente los hombros.

– Lo que se come en esta casa lo decido yo -continuó la baronesa, dirigiéndose en esta ocasión a todos los esclavos presentes en la cocina-. ¡En esta casa mando yo!

Tras su último grito, dio media vuelta y se fue. Aquel día, Elionor esperó a comprobar el resultado de su desplante. ¿Acudiría la muchacha, a Arnau o mantendría aquella disputa en secreto? Mar también pensó en ello: ¿debía contárselo a Arnau? ¿Qué podía ganar haciéndolo? Si Arnau se ponía de su parte, discutiría con Elionor y en realidad ella era la señora de la casa. ¿Y si no se ponía de su parte? Se le encogió el estómago. ¿Y si no lo hacía? Arnau dijo en una ocasión que no debía ofender al rey. ¿Y si Elionor se quejaba al rey por su causa? ¿Qué diría entonces Arnau?

Elionor dejó escapar una sonrisa de desprecio hacia Mar al final del día, cuando comprobó que Arnau seguía tratándola como siempre, sin dirigirle la palabra. Con el tiempo, la sonrisa se fue convirtiendo en un constante asedio a la muchacha. Elionor prohibió que acompañara a los esclavos a la compra y que entrase en las cocinas. Apostó esclavos en las puertas de los salones cuando ella estaba dentro. «La señora baronesa no desea ser molestada», le decían a Mar cuando trataba de entrar en ellos. Día tras día, Elionor encontró más formas de molestar a la muchacha.

El rey. No debían ofender al rey. Mar tenía aquellas palabras grabadas en la mente y se las repetía una y otra vez. Elionor seguía siendo su pupila y podía acudir al monarca en cualquier momento. ¡Ella no sería la causa de que Elionor se ofendiera!

Cuan equivocada estaba. Poco satisfacían a Elionor las rencillas domésticas. Sus pequeñas victorias desaparecían cuando Arnau regresaba a casa y Mar saltaba a sus brazos. Los dos reían, charlaban… y se rozaban. Arnau contaba los sucesos del día, las disputas en la lonja, los cambios, los barcos, sentado en un sillón, con Mar a sus pies, embelesada en sus historias. ¿Acaso no debía ser aquél el sitio de su legítima esposa? Arnau, acompañado de Mar, se quedaba en una de las ventanas, por la noche, después de cenar, con ella cogida de su brazo, mientras ambos miraban la noche estrellada. A sus espaldas, Elionor apretaba los puños hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos; entonces el dolor la hacía reaccionar y se levantaba bruscamente para retirarse a sus habitaciones.

Y en la soledad pensaba en su situación. Arnau no la había tocado desde que contrajeran matrimonio. Ella se acariciaba el cuerpo, los pechos…, ¡todavía se mantenían firmes!, las caderas, la entrepierna, y cuando el placer empezaba a llegar, chocaba siempre con la realidad: aquella muchacha… ¡aquella muchacha había logrado ocupar su puesto!

– ¿Qué sucederá cuando mi esposo fallezca?

Se lo preguntó directamente, sin preámbulos, tras tomar asiento frente a la mesa repleta de libros. Después tosió; todo aquel estudio lleno de libros y legajos, el polvo…

Reginald d'Area examinó con tranquilidad a su visitante. Era el mejor abogado de la ciudad, le habían comentado a Elionor, un experto glosador de los Usatges de Cataluña.

– Tengo entendido que no tenéis hijos de vuestro esposo, ¿es cierto? -Elionor frunció las cejas-. Debo saberlo -insistió con parsimonia. Todo él, corpulento y con aspecto bonachón, con su melena y su barba blancas, infundía seguridad.

– No. No los he tenido.

– Imagino que vuestra consulta se refiere al aspecto patrimonial.

Elionor se movió en la silla, inquieta.

– Sí -contestó al fin.

– Vuestra dote os será devuelta. En cuanto al patrimonio propio de vuestro esposo, puede disponer de él por testamento como desee.

– ¿No me corresponderá nada?

– El usufructo de sus bienes durante un año, el año de luto.

– ¿Sólo?

El grito logró descomponer a Reginald d'Area. ¿Qué se creía aquella mujer?

– Eso se lo debéis a vuestro tutor, el rey Pedro -contestó con sequedad.

– ¿Qué queréis decir?

– Hasta que vuestro tutor accedió al trono regía en Cataluña una ley de Jaime I por la que la viuda, mientras lo hiciera honestamente, disfrutaba del usufructo de toda la herencia de su marido de por vida. Pero los mercaderes de Barcelona y Perpiñán son muy celosos de su patrimonio, incluso cuando se trata de sus esposas, y consiguieron un privilegio real por el que tan sólo disfrutarían de un año de luto, no del usufructo. Vuestro tutor ha elevado dicho privilegio a rango de ley general para todo el principado…

Elionor no lo escuchaba y se levantó antes de que el abogado finalizase su exposición. Volvió a toser y paseó la mirada por el estudio. ¿Para qué querría tantos libros? Reginald se levantó también.

– Si necesitáis algo más…

Elionor, ya de espaldas, se limitó a levantar una mano. Estaba claro: necesitaba tener un hijo de su marido para asegurarse el futuro. Arnau había cumplido su palabra y Elionor había conocido otra forma de vida: el lujo, algo que había visto en la corte pero que, al estar sometida a los innumerables controles de los tesoreros reales, siempre había estado fuera de su alcance. Ahora gastaba cuanto quería, tenía cuanto deseaba. Pero si Arnau moría… Y lo único que se lo impedía, lo único que lo mantenía apartado de ella, era aquella bruja voluptuosa. Si la bruja no estuviera…, si desapareciese… ¡Arnau se rendiría ante ella! ¿Cómo no iba a ser capaz de seducir a un siervo fugitivo?

Unos días después, Elionor llamó a sus estancias al fraile, el único de los Estanyol con el que tenía algún trato.

– ¡No puedo creerlo! -le contestó Joan.

– Pues así es, fra Joan -dijo Elionor con las manos todavía en el rostro-. Desde que nos casamos no me ha puesto una mano encima.

Joan sabía que no había amor entre Arnau y Elionor, que dormían en habitaciones separadas.Y qué más daba aquello. Nadie se casaba por amor y la mayoría de los nobles dormían separados. Pero si Arnau no había tocado a Elionor, entonces no estaban casados.

– ¿Habéis hablado del asunto? -le preguntó. Elionor separó las manos del rostro para mostrar unos ojos enrojecidos que requirieron la atención inmediata de Joan.

– No me atrevo. No sabría cómo hacerlo. Además, creo… -Elionor dejó en el aire sus sospechas. -¿Qué es lo que creéis?

– Creo que Arnau está más pendiente de Mar que de su propia esposa.

– Ya sabéis que Arnau adora a esa muchacha. -No me refiero a ese tipo de amor, fra Joan -insistió bajando la voz. Joan se irguió en el sillón-. Sí. Sé que os costará creerlo pero estoy convencida de que esa muchacha, como vos la llamáis, pretende a mi marido. ¡Es como tener al diablo en mi propia casa, fra Joan! -Elionor logró que su voz temblase-. Mis armas, fra Joan, son las de una simple mujer que quiere cumplir con el mandato que la Iglesia impone a las mujeres casadas, pero cada vez que lo intento me topo con que mi marido se halla inmerso en una voluptuosidad que le impide fijarse en mí. ¡Ya no sé qué hacer!

¡Por eso no quería casarse Mar! ¿Sería verdad? Joan empezó a recordar: siempre estaban juntos, y cómo se lanzaba en sus brazos. Y aquellas miradas, y las sonrisas. ¡Qué estúpido había sido! El moro lo sabía, seguro que lo sabía; por eso la defendía. -No sé qué deciros -se excusó.

– Tengo un plan… pero necesito vuestra ayuda y, sobre todo, vuestro consejo.

43

Joan escuchó el plan de Elionor y, mientras lo hacía, un escalofrío recorrió su cuerpo.

– Tengo que pensarlo -le contestó cuando ésta insistió en su dramática situación matrimonial.

Esa misma tarde Joan se encerró en su habitación. Excusó su presencia en la cena. Evitó a Arnau y a Mar. Evitó la inquisitiva mirada de Elionor. Fra Joan miró sus libros de teología, pulcramente ordenados en un armario. En ellos debería estar la respuesta a sus problemas. Durante todos los años que había pasado lejos de su hermano, Joan no dejó de pensar en él. Quería a Arnau; él y su padre fueron lo único que tuvo en su infancia. Sin embargo, en ese cariño había tantos pliegues como en su hábito. Agazapada en ellos estaba una admiración que, en los peores momentos, rozaba la envidia. Arnau, con la sonrisa franca y el gesto presto, un niño que afirmaba hablar con la Virgen. Fra Joan hizo un gesto displicente al recordar lo mucho que intentó oír esa voz. Ahora sabía que era casi imposible, que sólo unos pocos elegidos se veían bendecidos con ese honor. Estudió y se disciplinó con la esperanza de ser uno de ellos; ayunó hasta casi perder la salud, pero todo fue en vano.

Fra Joan se enfrascó en las doctrinas del obispo Hincmaro, en las de san León Magno, en las del maestro Graciano, en las cartas de san Pablo y en las de otros muchos.

Sólo la comunión carnal entre los cónyuges, la coniunctio sexuum, puede lograr que el matrimonio entre los hombres refleje la unión de Cristo con la Iglesia, objetivo principal del sacramento: sin la carnalis copula no existe el matrimonio, decía el primero.

Sólo cuando se ha producido la consumación del matrimonio mediante la cópula carnal, éste es válido frente a la Iglesia, afirmaba san León Magno.

Graciano, su maestro en la Universidad de Bolonia, abundaba en la misma doctrina, aquella que unía el simbolismo nupcial, el consentimiento que prestaban los cónyuges ante el altar, con la copulación sexual del hombre y la mujer: la una caro. Hasta san Pablo, en su famosa carta a los Efesios, decía: «El que ama a su mujer se ama a sí mismo; porque nadie odia jamás su propia carne; por el contrario, la alimenta y la cuida, como también Cristo a la Iglesia. Por este motivo el hombre dejará a su padre y a su madre y se adherirá a su mujer y los dos serán una sola carne. Este misterio es grande; más lo digo yo en orden a Cristo y la Iglesia».

Hasta bien entrada la noche, fra Joan estuvo enfrascado en las enseñanzas y doctrinas de los grandes. ¿Qué buscaba? Abrió de nuevo uno de los tratados. ¿Hasta cuándo iba a negar la verdad? Elionor tenía razón: sin cópula, sin unión carnal no había matrimonio. «¿Por qué no has copulado con ella? Estás viviendo en pecado. La Iglesia no reconoce tu matrimonio.» A la luz de la candela releyó a Graciano, despacio, siguiendo la letra con el dedo, tratando de encontrar lo que le constaba que no existía. «¡La pupila real! El propio rey te entregó a su pupila y tú no has copulado con ella. ¿Qué diría el rey si se enterase? Ni todo tu dinero… Es una ofensa al rey. Él te entregó a Elionor en matrimonio. Él mismo la llevó al altar y tú has ofendido la gracia que te concedió. ¿Y el obispo? ¿Qué diría el obispo?» Insistió con Graciano. Y todo por una jovencita soberbia que no había querido cumplir con su destino como mujer.

Joan estuvo buscando en los libros durante horas, pero su mente se perdía en el plan de Elionor y en las posibles alternativas. Debería decírselo directamente. Entonces se imaginaba a sí mismo, sentado frente a Arnau, quizá mejor de pie, sí, ambos en pie… «Deberías yacer con Elionor. Estás viviendo en pecado», le diría. ¿Y si se enojaba? Era barón de Cataluña, cónsul de la Mar. ¿Quién era él para decirle nada? Volvía a los libros. ¡A buena hora había prohijado a la muchacha! Ella era la causa de todos sus problemas. Si Elionor tenía razón, Arnau podría inclinarse por Mar en lugar de hacerlo por su hermano. Mar era la culpable, la única culpable de aquella situación. Había rechazado a todos los pretendientes para continuar paseando su voluptuosidad por delante de Arnau. ¿Qué hombre lo resistiría? ¡Era el diablo! El diablo hecho mujer, la tentación, el pecado. ¿Por qué tenía él que arriesgar el cariño de su hermano si el diablo era ella? El diablo era ella. La culpa la tenía ella. Sólo Cristo resistió las tentaciones. Arnau no era Dios, él era un hombre. ¿Por qué debían sufrir los hombres a causa del diablo?

Joan volvió a enfrascarse en los libros hasta que encontró lo que buscaba:

Mira cómo está impresa esta mala inclinación en nosotros, que la naturaleza humana por sí misma y por su original corrupción, sin otro extraño motivo o instigación, se vuelca sobre esa vileza, que si la bondad de nuestro señor no reprimiera esa natural inclinación, todo el mundo caería general y suciamente en esa vileza. Leemos cómo a un niño pequeño y puro, criado por unos santos ermitaños en el desierto, que no había tenido contacto con hembra, lo mandaron a la ciudad donde estaban su padre y su madre.

Y en cuanto entró en el lugar en donde estaban su padre y su madre, preguntó a aquellos que lo habían llevado acerca de las cosas nuevas que veía, qué cosas eran: y como había visto bellas mujeres y bien adornadas, preguntó qué cosa eran, y los santos ermitaños dijéronle que aquellas cosas eran diablos, que turbaban a todo el mundo, y como estaban en casa del padre y de la madre, preguntaron al niño los santos ermitaños que le llevaban, y le dijeron así: «Mira qué cantidad de cosas bellas y nuevas has visto y que jamás habías visto, ¿cuál es la que más te ha gustado?».Y el niño respondió: «De todas las cosas bellas que he visto, las que más me han gustado son los diablos esos que turban el mundo».

Y como aquéllos le dijesen: «¡Oh, mezquino! ¿No has oído decir muchas veces, y leído, lo malos que son los diablos y el mal que hacen, y que su hogar es el infierno, y cómo, entonces, te han podido complacer tanto cuando los has visto por primera vez?». Dicen que respondió: «Aunque tan malas cosas sean los diablos y tanto mal hagan, y que en el infierno estén, no me importarían todos esos males y no me importaría estar en el infierno, con tal de que estuviese y habitase con diablos como ésos.Y ahora sé que los diablos del infierno no son tan malas cosas como dicen, y ahora sé que haría bien en estar en el infierno, puesto que tales diablos hay allí y con tales debería estar.Y así fuese yo con ellos, Dios lo quiera».

Fra Joan terminó la lectura y cerró sus libros cuando despuntaba el alba. No iba a arriesgarse. No iba a ser él un santo ermitaño que se enfrentase al niño que prefería al diablo. No iba a ser él quien llamase mezquino a su hermano. Lo decían sus libros, aquellos que precisamente había comprado Arnau para él. Su decisión no podía ser otra. Se arrodilló en el reclinatorio de su habitación, bajo la imagen de Cristo crucificado, y rezó.

Aquella noche, antes de conciliar el sueño, creyó sentir un olor extraño, un olor a muerte que inundó su habitación hasta casi ahogarlo.

El día de San Marcos, el Consejo de Ciento en pleno y los prohombres de Barcelona eligieron a Arnau Estanyol, barón de Granollers, Sant Vicenç y Caldes de Montbui, cónsul de la Mar de Barcelona. En procesión, como establecía el Llibre de Consolat de Mar, aclamado por el pueblo, Arnau y el segundo cónsul, los consejeros y los prohombres de la ciudad recorrieron Barcelona hasta llegar a la lonja, la sede del Consulado de la Mar, un edificio en reconstrucción en la misma playa, a pocos metros de la iglesia de Santa María y de la mesa de cambio de Arnau.

Los missatges, que así se llamaban los soldados del consulado, rindieron honores; la comitiva entró en el palacio y los consejeros de Barcelona entregaron la posesión del edificio a los recién elegidos. En cuanto los consejeros abandonaron el lugar, Arnau empezó a ejercer sus nuevas funciones: un mercader reclamaba el valor de un cargamento de pimienta que había caído al mar al ser descargado por un joven barquero. La pimienta fue llevada a la sala de juicios y Arnau comprobó personalmente su deterioro.

Escuchó las razones del mercader y el barquero y de los testigos que cada uno llevó al juicio. Conocía personalmente al mercader. Conocía personalmente al joven barquero. No hacía mucho había pedido un crédito en su mesa de cambio. Acababa de casarse. Arnau lo había felicitado y le había deseado todo tipo de parabienes.

– Sentencio -le tembló la voz- que el barquero debe satisfacer el precio de la pimienta. Así lo dispone -Arnau leyó el libro que le acercó el escribano- el capítulo sesenta y dos de las Costumbres de la Mar. -Acababa de pedirle un crédito. Acababa de casarse, en Santa María, como correspondía a los hombres de la mar. ¿Estaría ya embarazada? Arnau recordó el fulgor de los ojos de la joven esposa del barquero el día que los felicitó. Carraspeó-: ¿Tienes…? -Volvió a carraspear-: ¿Tienes dinero?

Arnau apartó la mirada del joven. Acababa de concederle un crédito. ¿Habría sido para la casa?, ¿para la ropa?, ¿para los muebles o quizá para esa barca? La negativa del joven llenó sus oídos.

– Te condeno, pues, a… -El nudo que se le formó en la garganta casi le impidió continuar-.Te condeno a prisión hasta que satisfagas el total de la cantidad adeudada.

¿Cómo podría pagarlo si no podía trabajar? ¿Estaría embarazada? Arnau olvidó golpear con la maza sobre la mesa. Los missatges le apremiaron a ello con la mirada. Golpeó. El joven fue llevado a los calabozos del consulado. Arnau bajó la mirada.

– Es necesario -le dijo el escribano cuando todos los interesados habían abandonaron la corte.

Arnau permaneció quieto, sentado a la derecha del escribano, en el centro de la inmensa mesa que presidía la sala.

– Mira -insistió el escribano poniéndole delante un nuevo libro, el reglamento del consulado-. Aquí lo dice en referencia a las órdenes de prisión: «Que así muestra su poder, de mayor a menor». Tú eres el cónsul de la Mar y debes mostrar tu poder. Nuestra prosperidad, la de nuestra ciudad, depende de ello.

Aquel día no tuvo que enviar a nadie más a prisión pero sí tuvo que hacerlo muchos otros. La jurisdicción del cónsul de la Mar alcanzaba a todos los asuntos relacionados con el comercio -precios, salarios de marineros, seguridad de las naves y de las mercaderías…- y cualesquiera otros que estuvieran relacionados con el mar. Desde que tomó posesión de su cargo, Arnau se convirtió en una autoridad independiente del baile o del veguer; dictaba sentencias, embargaba, ejecutaba bienes de los deudores, encarcelaba, y todo ello con un ejército a sus órdenes.

Y mientras Arnau se veía obligado a encarcelar a jóvenes barqueros, Elionor hizo llamar a Felip de Ponts, un caballero que conoció durante su primer matrimonio y que en varias ocasiones había acudido a ella para que intercediese ante Arnau, a quien adeudaba una considerable cantidad de dinero a la que no podía hacer frente.

– He intentado cuanto estaba en mi mano, don Felip -mintió Elionor cuando se presentó ante ella-, pero ha sido de todo punto imposible. En breve será reclamada vuestra deuda.

Felip de Ponts, un hombre grande y fuerte, con una frondosa barba rubia y ojos pequeños, empalideció al oír las palabras de su anfitriona. Si reclamaban su deuda perdería sus pocas tierras… y hasta su caballo de guerra. Un caballero sin tierras para mantenerse y sin caballo para guerrear no podía considerarse tal.

Felip de Ponts hincó una rodilla en tierra.

– Os lo ruego, señora -suplicó-. Estoy seguro de que si vos lo deseáis, vuestro marido aplazará su decisión. Si ejecuta la deuda, mi vida carecerá de sentido. ¡Hacedlo por mí! ¡Por los viejos tiempos!

Elionor se hizo rogar durante unos instantes, en pie frente al caballero arrodillado. Fingió que pensaba.

– Levantaos -ordenó-. Podría haber una posibilidad…

– ¡Os lo ruego! -repitió Felip de Ponts antes de levantarse.

– Es muy arriesgada.

– ¡Lo que sea! No tengo miedo a nada. He luchado con el rey en tod…

– Se trataría de secuestrar a una muchacha -soltó Elionor.

– No…, no os entiendo -balbuceó el caballero tras unos instantes de silencio.

– Me habéis entendido perfectamente -replicó Elionor-. Se trataría de secuestrar a una muchacha y, además…, desflorarla.

– ¡Eso está castigado con la muerte!

– No siempre.

Elionor lo había oído decir. Nunca había querido preguntar, y menos ahora, con su plan en la mente, por lo que esperó a que el dominico despejara sus dudas.

– Buscamos a alguien que la rapte -le soltó. Joan abrió los ojos desmesuradamente-. Que la viole. -Joan se llevó la mano al rostro-.Tengo entendido -prosiguió- que los Usatges disponen que si la muchacha o sus padres consienten el matrimonio, no hay pena para el violador. -Joan seguía con la mano en el rostro, mudo-. ¿Es eso cierto, fra Joan? ¿Es eso cierto? -insistió ante el silencio del fraile.

– Sí, pero…

– ¿Lo es o no lo es?

– Lo es -confirmó Joan-. El estupro está penado con el destierro perpetuo si no ha habido violencia y con la muerte si la ha habido. Pero si se consiente el matrimonio o el violador propone un marido que acepte, de igual valor que el de la muchacha, no hay pena.

Elionor esbozó una sonrisa que trató de ocultar tan pronto como Joan volvió a dirigirse a ella, tratando de disuadirla. Elionor adoptó la postura de una mujer deshonrada.

– No lo sé, pero os aseguro que no hay barbaridad que no esté dispuesta a afrontar para recuperar a mi esposo. Buscamos a alguien que la rapte -repitió-, que la viole y después consentimos el matrimonio. -Joan negó con la cabeza-. ¿Qué diferencia hay? -insistió Elionor-. Podríamos entregar a Mar en matrimonio, aun en contra de su voluntad, si Arnau no estuviese tan cegado… tan obcecado con esa joven. Vos mismo la entregaríais en matrimonio si Arnau os lo permitiese. Lo único que haríamos sería contrarrestar la perniciosa influencia de esa mujer sobre mi esposo. Seríamos nosotros quienes elegiríamos al futuro esposo de Mar; igual que si la entregásemos en matrimonio, pero sin contar con la aquiescencia de Arnau. No se puede contar con él, está loco, fuera de sí por esa joven. ¿Conocéis a algún padre que obre igual que Arnau y permita a una hija envejecer en soltería? Por más dinero que tenga. Por más noble que sea. ¿Conocéis a alguno? Hasta el rey me entregó a mí en contra… sin contar con mi opinión.

Joan fue cediendo ante las razones de Elionor, que aprovechó la debilidad del fraile para insistir una y otra vez en su precaria situación, en el pecado que se estaba cometiendo en aquella casa… Joan prometió pensarlo… y lo hizo. Felip de Ponts obtuvo su aprobación, con condiciones, pero la obtuvo.

– No siempre -repitió Elionor.

Los caballeros estaban obligados a conocer los Usatges.

– ¿Sostenéis que la muchacha consentiría en el matrimonio? ¿Por qué no se casa entonces?

– Sus tutores consentirían.

– ¿Por qué no se limitan a entregarla en matrimonio?

– Eso no os incumbe -le cortó Elionor. «Ésa -pensó- será mi tarea… y la del frailecillo.»

– Me pedís que rapte y viole a una muchacha y me decís que el motivo no es de mi incumbencia. Señora, os habéis equivocado conmigo. Seré deudor pero soy caballero…

– Es mi pupila. -Felip de Ponts se quedó sorprendido-. Sí. Os estoy hablando de mi pupila, Mar Estanyol.

Felip de Ponts recordó a la muchacha que había prohijado Arnau. La había visto en alguna ocasión en la mesa de cambio de su padre y hasta había compartido con ella una agradable conversación un día que fue a visitar a Elionor.

– ¿Queréis que rapte y violente a vuestra propia pupila?

– Me parece, don Felip, que me he expresado con bastante claridad. Puedo aseguraros que no habrá castigo a vuestro delito.

– ¿Qué motivo…?

– ¡Los motivos son cosa mía! Bien, ¿qué decidís?

– ¿Qué ganaría?

– La dote sería lo suficientemente cuantiosa para enjugar todas vuestras deudas y, creedme, mi marido sería muy generoso con su pupila. Además, ganaríais mi favor, y ya sabéis lo cerca que estoy del rey.

– ¿Y el barón?

– Yo me ocuparé del barón.

– No entiendo…

– No hay nada más que entender: la ruina, el descrédito y el deshonor, o mi favor. -Felip de Ponts tomó asiento-. La ruina o la riqueza, don Felip. Si os negáis, mañana mismo el barón ejecutará vuestra deuda y adjudicará vuestras tierras, vuestras armas y vuestros animales. Eso sí os lo puedo asegurar.

44

Transcurrieron diez días de angustiosa incertidumbre hasta que Arnau tuvo las primeras noticias acerca de Mar. Diez días durante los cuales paralizó cualquier actividad que no fuera la de investigar qué le había sucedido a la muchacha desaparecida sin dejar rastro. Mantuvo reuniones con el veguer y con los consejeros para instarlos a que pusieran todo su empeño en averiguar lo sucedido. Ofreció cuantiosas recompensas por cualquier información sobre la suerte o el paradero de Mar. Rezó lo que no había rezado en toda su vida, y al final, Elionor, que dijo haber recibido la información de un mercader de paso que buscaba a Arnau, le confirmó sus sospechas. La muchacha había sido secuestrada por un caballero llamado Felip de Ponts, deudor suyo, quien la retenía a la fuerza en una masía fortificada cercana a Mataró, a menos de una jornada a pie al norte de Barcelona.

Arnau mandó a aquel lugar a los missatges del consulado. Mientras, él acudió a Santa María a seguir rezando a su Virgen de la Mar. Nadie se atrevió a molestarlo e incluso los operarios frenaron el ritmo de trabajo. Postrado de rodillas bajo aquella pequeña figura de piedra que tanto había significado a lo largo de su vida, Arnau trató de alejar las escenas de horror y pánico que lo habían asaltado durante diez días y que ahora volvían a rondar su mente entreveradas con el rostro de Felip de Ponts.

Felip de Ponts asaltó a Mar en el interior de su propia casa, la amordazó y golpeó hasta que la muchacha, exhausta, cedió en su oposición. La introdujo en un saco y se sentó con ella en la parte trasera de un carro cargado con arneses que conducía uno de sus criados. De tal guisa, como si viniera de comprar o reparar sus bridas y monturas, cruzaron las puertas de la ciudad sin que nadie desconfiara del caballero. Ya en su masía, en el interior de la torre fortificada que se alzaba en uno de sus extremos, el caballero deshonró a la muchacha, una y otra vez, con más violencia y lascivia a medida que se percataba de la belleza de su rehén y de su obstinación por proteger su cuerpo, que ya no su virginidad. Porque Felip de Ponts se comprometió con Joan que robaría la virtud de Mar sin desnudarla siquiera, sin mostrarle su propio cuerpo, empleando la fuerza exclusivamente necesaria para ello y así lo hizo la primera vez, la única en que debía acercarse a Mar, pero la lujuria pudo más que su palabra de caballero.

Nada de lo que entre lágrimas y con el corazón encogido llegó a imaginar Arnau en el interior de Santa María, podía compararse con lo que sufrió la muchacha.

La entrada de los missatges en el templo paralizó por completo las obras. Las palabras del oficial resonaron como lo hacían en la corte de justicia del consulado:

– Muy honorable cónsul, es cierto.Vuestra hija ha sido secuestrada y se halla en poder del caballero Felip de Ponts.

– ¿Habéis hablado con él?

– No, muy honorable. Se ha hecho fuerte en la torre y ha negado nuestra autoridad aduciendo que no se trataba de un asunto mercantil.

– ¿Sabéis algo de la muchacha?

El oficial bajó la mirada.

Arnau clavó las uñas en el reclinatorio.

– ¿Que no tengo autoridad? Si quiere autoridad -masculló entre dientes- la tendrá.

La noticia del secuestro de Mar se extendió con rapidez. Al día siguiente, al alba, todas las campanas de las iglesias de Barcelona empezaron a repicar con insistencia y el «Via fora!» se convirtió en un grito unánime en boca de todos los ciudadanos: había que rescatar a una barcelonesa.

La plaza del Blat, como en tantas otras ocasiones, se convirtió en el punto de reunión del sometent, el ejército de Barcelona, adonde fueron acudiendo todas las cofradías de la ciudad. Ni una sola faltó y, bajo sus pendones, se congregaban los cofrades debidamente armados. Esa mañana Arnau se despojó de sus ropas lujosas y vistió de nuevo aquellas con las que luchó bajo las órdenes de Eiximèn d'Esparça primero y contra Pedro el Cruel después. Seguía utilizando la maravillosa ballesta de su padre, que no había querido sustituir y a la que acarició como nunca lo había hecho; al cinto, el mismo puñal con el que años atrás dio muerte a sus enemigos.

Cuando Arnau se presentó en la plaza, más de tres mil hombres lo aclamaron. Los abanderados izaron los pendones. Espadas, lanzas y ballestas se elevaron sobre las cabezas de la muchedumbre al son de un «Via fora!» ensordecedor.Arnau no se alteró. Joan y Elionor, tras Arnau, palidecieron. Arnau buscó entre el mar de armas y pendones, sobre las cabezas; los cambistas no tenían cofradía.

– ¿Entraba esto en vuestros planes? -le preguntó el dominico a Elionor en el estruendo.

Elionor tenía la mirada perdida en la muchedumbre. Barcelona entera apoyaba a Arnau. Blandían al aire sus armas y aullaban. Todo por una mujerzuela.

Arnau distinguió el pendón. La multitud fue abriéndole paso mientras se dirigía al lugar en el que se reunían los bastaixos.

– ¿Entraba esto en vuestros planes? -preguntó de nuevo el fraile. Los dos miraban la espalda de Arnau. Elionor no contestó-. Se comerán a vuestro caballero. Arrasarán sus tierras, destrozarán su masía y entonces…

– ¿Qué? Entonces, ¿qué? -gruñó Elionor con la vista al frente.

«Perderé a mi hermano. Quizá todavía estemos a tiempo de arreglar algo. Esto no puede salir bien…», pensó Joan.

– Hablad con él…-insistió.

– ¿Estáis loco, fraile?

– ¿Y si no acepta el matrimonio? ¿Y si Felip de Ponts lo cuenta todo? Hablad con él antes de que la host se ponga en marcha. Hacedlo. ¡Por Dios, Elionor!

– ¿Por Dios? -En esta ocasión Elionor volvió el rostro hacia Joan-. Hablad vos con vuestro Dios. Hacedlo, fraile.

Ambos llegaron al pendón de los bastaixos. Allí encontraron a Guillem, sin armas, como esclavo que era.

Arnau miró a Elionor con el ceño fruncido cuando se percató de su presencia.

– También es pupila mía -exclamó ella.

Los consejeros dieron la orden y el ejército del pueblo de Barcelona se puso en marcha. Los pendones de Sant Jordi y de la ciudad iban por delante, después los bastaixos y después las demás cofradías, tres mil hombres para un solo caballero, Elionor y Joan con ellos.

A medio camino, la host de Barcelona aumentó con más de un centenar de payeses de las tierras de Arnau, que acudían gustosos, con sus ballestas, a defender a quien tan generosamente los había tratado. Arnau comprobó que ningún otro noble o caballero se sumó a ellos.

Arnau caminaba serio bajo el pendón, mezclado entre los bastaixos. Joan intentó rezar, pero lo que en otros momentos le salía de corrido ahora se trababa en su mente. Ni él ni Elionor habían imaginado que Arnau llegaría a convocar a la host ciudadana. El estruendo que originaban aquellos tres mil hombres en busca de justicia y satisfacción para una ciudadana barcelonesa ensordecía a Joan. Muchos de ellos habían besado a sus hijas antes de partir; más de uno, ya armado, mientras se despedía de su mujer, la había cogido del mentón y le había dicho: «Barcelona defiende a sus gentes… sobre todo a sus mujeres».

«Arrasarán las tierras del desgraciado Felip de Ponts como si la secuestrada fuera su hija -pensó Joan-. Lo juzgarán y lo ejecutarán, pero antes le darán oportunidad de hablar…» Joan miró a Arnau, que seguía caminando en silencio, con el semblante sombrío.

Al atardecer, la host ciudadana alcanzó las tierras de Felip de Ponts y se detuvo al pie de una pequeña loma en cuya cima se encontraba la masía del caballero. Ésta no era sino una casa de payés sin defensa alguna, excepción hecha de la usual torre de vigilancia que se erguía en uno de sus costados. Joan miró hacia la masía; luego, paseó la vista por el ejército que esperaba las órdenes de los consejeros de la ciudad. Miró a Elionor, que evitó enfrentarse a él. ¡Tres mil hombres para tomar una simple masía!

Joan despertó y corrió al lugar al que se habían desplazado Arnau y Guillem, junto a los consejeros y demás prohombres de la ciudad, bajo el pendón de Sant Jordi. Los encontró discutiendo qué hacer a partir de aquel momento y el estómago se le encogió al comprobar que la gran mayoría eran partidarios de atacar la masía, sin advertencias de tipo alguno y sin dar oportunidad a Ponts de rendirse a la host.

Los consejeros empezaron a dar órdenes a los prohombres de las cofradías. Joan miró a Elionor, que permanecía hieràtica, con la mirada perdida en la masía. Se acercó a Arnau. Fue a hablarle pero no pudo. Guillem, a su lado, erguido, lo miró con un deje de desprecio. Los prohombres de las cofradías empezaron a transmitir las órdenes a sus soldados. El rumor de los preparativos para la guerra se hizo presente. Se encendieron antorchas; se oyó el acero de las espadas y la cuerda de las ballestas al tensarse. Joan se volvió para mirar a la masía y de nuevo al ejército. Se ponía en marcha. No habría concesiones. Barcelona no tendría clemencia. Arnau, como un soldado más, dejó atrás al fraile en dirección a la masía del señor de Ponts; empuñaba el cuchillo. Una nueva mirada a Elionor: seguía impasible.

– ¡No…! -gritó Joan cuando su hermano ya le había dado la espalda.

Su grito, sin embargo, fue acallado por el rumor del ejército entero. De la masía salió una figura a caballo; Felip de Ponts, al paso, lentamente, se dirigía hacia ellos.

– ¡Prendedlo! -ordenó un consejero.

– ¡No! -gritó Joan. Todos se volvieron hacia él. Arnau lo interrogó con la mirada-. Al hombre que se rinde no hay que prenderle.

– ¿Qué pasa, fraile? -inquirió uno de los consejeros-. ¿Acaso vas a mandar sobre la host de Barcelona?

Joan suplicó con la mirada a Arnau.

– Al hombre que se rinde no hay que prenderle -repitió para su hermano.

– Dejad que se rinda -concedió Arnau.

La primera mirada de Felip de Ponts fue para sus cómplices. Después se enfrentó a quienes se hallaban bajo el pendón de Sant Jordi, entre ellos Arnau y los consejeros de la ciudad.

– Ciudadanos de Barcelona -gritó lo suficientemente alto para que le pudiera escuchar todo el ejército-, sé la razón por la que hoy estáis aquí y sé que buscáis justicia para con una conciu-dadana vuestra. Aquí me tenéis. Me confieso autor de los delitos que se me imputan, pero antes de que me prendáis y arraséis mis propiedades os suplico la oportunidad de hablar.

– Hazlo -le permitió uno de los consejeros.

– Es cierto que, contra su voluntad, he secuestrado y yacido con Mar Estanyol… -Un murmullo recorrió las filas de la host barcelonesa interrumpiendo el discurso de Felip de Ponts. Arnau cerró las manos sobre la ballesta-. Lo he hecho aun a costa de mi vida, consciente del castigo por tales delitos. Lo he hecho y volvería a hacerlo si volviera a nacer, pues tal es el amor que siento por esa muchacha, tal la desazón por verla marchitarse en su juventud sin un marido a su lado para disfrutar de los dones que Dios le ha concedido, que mis sentimientos superaron la razón y mis actos fueron más los de un animal loco de pasión que los de un caballero del rey Pedro. -Joan sintió la atención del ejército y mentalmente trató de dictarle al caballero sus siguientes palabras-. Como animal que he sido, me entrego a vosotros; como caballero que me gustaría volver a ser, me comprometo a contraer matrimonio con Mar para seguir amándola toda la vida. ¡Juzgad-me! No estoy dispuesto, como prevén nuestras leyes, a proporcionarle marido de su valor. Antes que verla con otro me quitaría la vida yo mismo.

Felip de Ponts finalizó su discurso y esperó orgullosamente erguido sobre su caballo, desafiando a un ejército de tres mil hombres que se mantenía en silencio tratando de asimilar las palabras que acababan de escuchar.

– ¡Loado sea el Señor! -gritó Joan.

Arnau le miró extrañado. Todos se volvieron hacia el fraile, Elionor incluida.

– ¿A qué viene eso? -preguntó Arnau.

– Arnau -le dijo Joan agarrándole del brazo y en voz lo suficientemente alta para que lo pudieran oír los presentes-, éste no es más que el resultado de nuestra propia negligencia. -Arnau dio un respingo-. Durante años hemos consentido los caprichos de Mar, haciendo dejación de nuestros deberes para con una joven sana y bella que ya debería haber traído hijos a este mundo, como es su obligación; así lo disponen las leyes de Dios y nosotros no somos quiénes para negar los designios de Nuestro Señor. -Arnau intentó replicar, pero Joan lo obligó a guardar silencio con un movimiento de la mano-. Me siento culpable. Durante años me he sentido culpable por ser demasiado complaciente con una mujer caprichosa cuya vida carecía de sentido conforme a las normas de la santa Iglesia católica. Este caballero -añadió señalando a Felip de Ponts- no es más que la mano de Dios, alguien enviado por el Señor para realizar aquello que no hemos sabido hacer nosotros. Sí, durante años me he sentido culpable al comprobar cómo se marchitaba la belleza y salud que Dios había proporcionado a una muchacha que tuvo la fortuna de ser recogida por un hombre bondadoso como tú. No quiero sentirme culpable también de la muerte de un caballero que, a costa de su propia vida, que hoy nos ofrece, ha venido a cumplir lo que nosotros no hemos sido capaces de cumplir. Consiente en el matrimonio. Yo, si de algo te sirve mi opinión, aceptaría.

Arnau guardó silencio durante unos instantes. El ejército entero estaba pendiente de sus palabras. Joan aprovechó el momento para volverse hacia Elionor y le pareció observar una orgullosa sonrisa en sus labios.

– ¿Quieres decir que esto es culpa mía? -preguntó Arnau a Joan.

– Mía, Arnau, mía. Soy yo quien debería haberte advertido de cuáles son las leyes de la Iglesia, de cuál es el designio de Dios, pero no lo he hecho… y lo siento.

Guillem echaba fuego por los ojos.

– ¿Cuál es el deseo de la muchacha? -preguntó Arnau al señor de Ponts.

– Soy caballero del rey Pedro -contestó éste-, y sus leyes, las mismas por las que hoy estáis aquí, no valoran el deseo de una mujer casadera. -Un rumor de aprobación corrió entre las filas de la host-. Estoy ofreciéndome en matrimonio, yo, Felip de Ponts, caballero catalán. Si tú, Arnau Estanyol, barón de Cataluña, cónsul de la Mar, no consientes el matrimonio, prendedme y juzgadme; si consientes, de poco importa el deseo de la muchacha.

El ejército volvió a aprobar las palabras del caballero. Aquélla era la ley, y todos la cumplían y entregaban a sus hijas en matrimonio con independencia de su voluntad.

– No se trata de su deseo, Arnau -terció Joan bajando la voz-. Se trata de tu obligación. Asúmela. Nadie pide la opinión de sus hijas o sus pupilas. Se decide siempre considerando lo más beneficioso para ellas. Este hombre ha yacido con Mar. Poco importa ya cuál sea el deseo de la muchacha. O se casa con él o su vida será un infierno. Tienes que decidir tú, Arnau: una muerte más o la solución divina a nuestra dejadez.

Arnau buscó entre sus allegados. Miró a Guillem, que permanecía con la vista clavada en el caballero, rezumando odio. Encontró a Elionor, su esposa por designio real, y los dos aguantaron la mirada. Con un gesto, Arnau requirió su opinión. Elionor asintió. Por último, se volvió hacia Joan.

– Es la ley -le contestó éste.

Arnau miró al caballero. Después al ejército. Habían bajado sus armas. Ninguno de aquellos tres mil hombres parecía discutir los argumentos del señor de Ponts, ninguno pensaba ya en la guerra. Esperaban la decisión de Arnau. Aquélla era la ley catalana, la ley de la mujer. ¿Qué conseguiría luchando, matando al caballero y liberando a Mar? ¿Cuál sería la vida de la muchacha a partir de entonces, secuestrada y violada como lo había sido? ¿Un convento?

– Consiento.

Hubo un momento de silencio. Luego, un murmullo se propagó entre las filas de los soldados mientras se trasladaba de unos a otros la decisión de Arnau. Alguien aprobó públicamente su postura. Otro gritó. Algunos más se sumaron y la host estalló en vítores.

Joan y Elionor cruzaron sus miradas.

A tan sólo un centenar de metros de donde se encontraban, encerrada en la torre de vigilancia de la masía de Felip de Ponts, la mujer cuyo futuro acababa de decidirse observaba a la muchedumbre que se agolpaba al pie de la pequeña loma. ¿Por qué no subían? ¿Por qué no atacaban? ¿Qué podían estar tratando con aquel miserable? ¿Qué gritaban?

– ¡Arnau! ¿Qué gritan tus hombres?

45

El griterío de la host lo convenció de que lo que acababa de oír era cierto: «Consiento». Guillem apretó los labios con fuerza. Alguien le golpeó la espalda y se unió al griterío. «Consiento.» Guillem miró a Arnau y después al caballero. Su rostro aparecía relajado. ¿Qué podía hacer un simple esclavo como él? Volvió a mirar a Felip de Ponts; ahora sonreía. «He yacido con Mar Estanyol -eso es lo que había dicho-: ¡he yacido con Mar Estanyol!» ¿Cómo podía Arnau…?

Alguien le acercó un pellejo de vino a la boca. Guillem lo apartó de malos modos.

– ¿No bebes, cristiano? -oyó que le decían.

Su mirada se cruzó con la de Arnau. Los prohombres felicitaban a Felip de Ponts, todavía sobre su caballo. La gente bebía y reía.

– ¿No bebes, cristiano? -volvió a oír tras de sí.

Guillem empujó al hombre del pellejo y volvió a buscar a Arnau con la mirada. Los prohombres lo felicitaban también a él. Rodeado, Arnau logró asomar la cabeza para atender a Guillem.

La gente, Joan entre ellos, empujó a Arnau en dirección a la masía del caballero, pero Arnau no dejó de mirar a Guillem.

Mientras, la host entera festejaba el acuerdo. Los hombres habían encendido hogueras y cantaban alrededor de ellas.

– Brinda por nuestro cónsul y la felicidad de su pupila -dijo otro, volviendo a acercarle un pellejo de vino.

Arnau había desaparecido en el camino a la masía.

Guillem volvió a apartar el pellejo.

– ¿No quieres brindar…?

Guillem lo miró. Le dio la espalda y se encaminó de regreso a Barcelona. El bullicio de la host fue apagándose. Guillem se encontró solo en el camino a la ciudad; arrastraba los pies…, arrastraba sus sentimientos y el poco orgullo de hombre que le restaba a un esclavo; todo él se arrastró hacia Barcelona.

Arnau rechazó el queso que le ofreció la temblorosa anciana que atendía la masía de Felip de Ponts. Prohombres y consejeros se hacinaban en el primer piso, sobre los establos, allí donde se abría el gran hogar de piedra de la masía del caballero. Buscó a Guillem entre la multitud. La gente charlaba, reía y llamaba a la anciana para que sirviese queso y vino. Joan y Elionor se quedaron junto al hogar; ambos desviaron la mirada cuando Arnau clavó la vista en ellos.

Un murmullo lo obligó a desviar su atención hacia el otro extremo de la estancia.

Mar, agarrada del antebrazo por Felip de Ponts, había entrado en la sala. Arnau vio cómo se liberaba con violencia de la mano del caballero y corría hacia él. Una sonrisa apareció en sus labios. Mar abrió los brazos mucho antes de llegar hasta donde la esperaba, pero cuando iba a abrazarlo se paró en seco y los dejó caer lentamente.

Arnau creyó ver un moratón en su mejilla.

– ¿Qué ocurre, Arnau?

Arnau se volvió y buscó ayuda en Joan, pero su hermano permanecía cabizbajo. Todos en la estancia esperaban sus palabras.

– El caballero Felip de Ponts ha invocado el usatge: Si quis virginem… -le dijo al fin.

Mar no se movió. Una lágrima empezó a correr por su mejilla. Arnau hizo un leve movimiento con la mano derecha pero al instante se retractó y dejó que aquella lágrima se perdiese en el cuello.

– Tu padre…-intentó intervenir Felip de Ponts desde detrás, antes de que Arnau lo hiciera callar con un gesto imperativo-. El cónsul de la Mar ha dado su palabra de matrimonio frente a la host de Barcelona. -Felip de Ponts lo soltó de corrido, antes de que Arnau pudiera hacerle callar… o desdecirse.

– ¿Es cierto eso? -preguntó Mar.

«Lo único cierto es que me gustaría abrazarte…, besarte…, tenerte siempre conmigo. ¿Es eso lo que siente un padre?», pensó Arnau.

– Sí, Mar.

Ya no aparecieron más lágrimas en el rostro de Mar. Felip de Ponts se acercó a la muchacha y volvió a cogerla por el antebrazo. Ella no se opuso. Alguien rompió el silencio tras Arnau y todos los presentes se sumaron a los gritos. Arnau y Mar seguían mirándose. Se oyó un viva por los novios que atronó los oídos de Arnau. En esta ocasión fue su mejilla la que se llenó de lágrimas. Tal vez su hermano tuviera razón, tal vez él hubiera adivinado lo que ni siquiera sabía el propio Arnau. Ante la Virgen juró que no volvería a ser infiel a una esposa, aunque fuera una esposa impuesta, por amor a otra mujer.

– ¿Padre? -preguntó Mar acercando su mano libre para enjugar sus lágrimas.

Arnau tembló cuando sintió el roce de Mar sobre su rostro.

Giró sobre sí mismo y huyó.

En aquel mismo momento, en algún lugar del solitario y oscuro camino de vuelta a Barcelona, un esclavo levantó la vista al cielo y oyó el grito de dolor que lanzaba la niña a la que había cuidado como a una hija suya. Nació esclavo y había vivido como tal. Había aprendido a amar en silencio y a reprimir sus sentimientos. Un esclavo no era un hombre, por eso en su soledad, el único lugar en el que nadie podía coartar su libertad, aprendió a ver mucho más allá que todos aquellos a quienes la vida les obnubilaba el espíritu. Había visto el amor que sentían el uno por el otro y había rezado, a sus dos dioses, para que aquellos seres a los que tanto amaba lograran liberarse de sus cadenas, unas ataduras mucho más fuertes que las de un simple esclavo.

Guillem se permitió llorar, una conducta que como esclavo tenía prohibida.

Guillem nunca cruzó las puertas de Barcelona. Llegó a la ciudad todavía de noche y se quedó ante la cerrada puerta de San Daniel. Le habían arrebatado a su niña. Quizá lo hizo sin saberlo, pero Arnau la había vendido como si de una esclava se tratara. ¿Qué iba a hacer él en Barcelona? ¿Cómo iba a sentarse donde lo había hecho Mar? ¿Cómo iba a pasear por donde lo había hecho con ella, charlando, riendo, compartiendo los secretos sentimientos de su niña? ¿Qué podía hacer en Barcelona sino recordarla día y noche? ¿Qué futuro le esperaba junto al hombre que había cercenado las ilusiones de ambos?

Guillem siguió recorriendo el camino de la costa y al cabo de dos días llegó al puerto de Salou, el segundo en importancia de Cataluña. Allí miró al mar, al horizonte, y la brisa marina le trajo recuerdos de su infancia en Genova, de una madre y unos hermanos de los que había sido cruelmente separado tras ser vendido a un comerciante con el que empezó a aprender el negocio. Después, en un viaje comercial por mar, amo y esclavo fueron capturados por los catalanes, en permanente guerra con Genova. Guillem pasó de mano en mano hasta que Hasdai Crescas vio en él unas cualidades muy superiores a las de un simple obrero manual. Volvió a mirar al mar, a los barcos y a los pasajeros… ¿Por qué no Genova?

– ¿Cuándo sale el próximo barco hacia la Lombardía, hacia Pisa? -El joven revolvió nervioso los papeles que se amontonaban en la mesa del almacén. No conocía a Guillem y al principio lo trató con desdén, como hubiera hecho con cualquier esclavo sucio y maloliente, pero cuando el moro se presentó, las palabras que solía decir su padre aparecieron en su mente: «Guillem es la mano derecha de Arnau Estanyol, cónsul de la Mar de Barcelona, de quien nosotros vivimos»-. Necesito útiles para escribir una carta y un lugar tranquilo donde hacerlo -añadió Guillem.

«Acepto tu oferta de libertad -escribió-. Parto hacia Genova, vía Pisa, donde viajaré en tu nombre, como esclavo, y donde esperaré la carta de libertad.» ¿Qué más decirle: que sin Mar no podría vivir? Y su amo y amigo, Arnau, ¿podría? ¿Para qué recordárselo? «Voy en busca de mis orígenes, de mi familia -añadió-.Junto a Hasdai, has sido el mejor amigo que he tenido; cuida de él. Te estaré eternamente agradecido. Que Alá y Santa María te protejan. Rezaré por ti.»

El joven que lo había atendido partió hacia Barcelona en cuanto la galera en la que embarcó Guillem maniobró para abandonar el puerto de Salou.

Arnau rubricó la carta de libertad de Guillem lentamente, observando cada trazo que aparecía en el documento: la peste, la pelea, la mesa de cambio, días y días de trabajo, de charla, de amistad, de alegría… Su mano tembló con el último trazo. La pluma se dobló cuando acabó de firmar. Los dos sabían que eran otras razones las que lo habían impulsado a huir.

Arnau volvió a la lonja, donde ordenó la remisión de la carta de libertad a su corresponsal en Pisa. Junto a ella incluyó el mandato de pago de una pequeña fortuna.

– ¿No esperamos a Arnau? -preguntó Joan a Elionor tras entrar en el comedor, donde la baronesa lo esperaba ya sentada a la mesa.

– ¿Tenéis apetito? -Joan asintió con la cabeza-. Pues si queréis cenar es mejor que lo hagáis ahora.

El fraile se sentó frente a Elionor, en un costado de la larga mesa del comedor de Arnau. Dos criados les sirvieron pan blanco candeal, vino, sopa y oca asada aderezada con pimienta y cebollas.

– ¿No decíais que teníais apetito? -inquirió Elionor a Joan al ver que el fraile jugueteaba con la comida.

Joan se limitó a levantar la mirada hacia su cuñada. Aquélla fue la única frase que se oyó en toda la velada.

Varias horas después de haberse retirado a su habitación, Joan oyó movimiento en el palacio. Algunos criados se apresuraban a recibir a Arnau. Le ofrecerían comida y éste la rechazaría, como había hecho en las tres ocasiones en que Joan había decidido esperarlo: Arnau se sentaba en uno de los salones del palacete, donde le esperaba Joan, y rechazaba la tardía cena con un ademán cansino.

Joan oyó los pasos de vuelta de los criados. Después escuchó los de Arnau frente a su puerta, lentos, dirigiéndose a su dormitorio. ¿Qué podía decirle si salía ahora? Había intentado hablar con él en las tres ocasiones en las que lo había esperado, pero Arnau se encerraba en sí mismo y contestaba con monosílabos a las preguntas de su hermano: «¿Te encuentras bien?». «Sí.» «¿Has tenido mucho trabajo en la lonja?» «No.» «¿Van bien las cosas?» Silencio. «¿Santa María?» «Bien.» En la oscuridad de su habitación, Joan se llevó las manos al rostro. Los pasos de Arnau se habían perdido. ¿Y de qué quería que le hablara? ¿De ella? ¿Cómo podría escuchar de sus labios que la amaba?

Joan vio cómo Mar recogía la lágrima que corría por el rostro de Arnau. «¿Padre?», la oyó decir.Vio a Arnau temblar. Entonces Joan se volvió y vio que Elionor sonreía. Había sido necesario verlo sufrir para comprender…, pero ¿cómo podía confesarle la verdad? ¿Cómo iba a decirle que había sido él…? Aquella lágrima volvió a aparecer en el recuerdo de Joan. ¿Tanto la quería? ¿Lograría olvidarla? Nadie fue a consolar a Joan cuando, una noche más, se hincó de rodillas y rezó hasta el amanecer.

– Desearía abandonar Barcelona.

El prior de los dominicos observó al fraile; estaba demacrado, con los ojos hundidos tras unas pronunciadas ojeras moradas y el hábito negro desaliñado.

– ¿Te ves capaz, fra Joan, de asumir el cargo de inquisidor?

– Sí -aseguró Joan. El prior le miró de arriba abajo-. Sólo necesito salir de Barcelona y me recuperaré.

– Sea. La semana que viene partirás hacia el norte.

Su destino era una zona de pequeños pueblos dedicados a la agricultura o la ganadería, perdidos en el interior de valles y montañas, cuyas gentes veían con temor la llegada del inquisidor. Su presencia no era nada nuevo para ellas. Desde hacía más de cien años, cuando Ramon de Penyafort recibió el encargo del papa Inocencio IV de ocuparse de la Inquisición en el reino de Aragón y el principado de Narbona, aquellos pueblos habían sufrido las indagaciones de los frailes negros. La mayoría de las doctrinas consideradas heréticas por la Iglesia pasaron desde Francia a Cataluña: los cataros y los valdenses primero, los begardos después, y los templarios, perseguidos por el rey francés, por último. Las zonas fronterizas fueron las primeras en recibir las influencias heréticas; en aquellas tierras se condenó y ejecutó a sus nobles: el vizconde Arnau y su esposa Ermessenda; Ramon, señor del Cadí, o Guillem de Niort, veguer del conde Nunó Sanç en Cerdaña y Coflent, tierras en las que fra Joan debía ejercer su ministerio.

– Excelencia -lo recibió en uno más de aquellos pueblos una comitiva de los principales prohombres, inclinándose frente a él.

– No soy excelencia -les contestó Joan ordenándoles con gestos que se irguieran-. Llamadme simplemente fra Joan.

Su corta experiencia le demostraba que aquella escena siempre se repetía. La noticia de la llegada del inquisidor, del escribano que lo acompañaba y de media docena de soldados del Santo Oficio, los había precedido. Se encontraban en la pequeña plaza del pueblo. Joan observó a los cuatro hombres, que se negaban a erguirse completamente: mantenían la cabeza gacha, iban descubiertos y eran incapaces de estarse quietos. No había nadie más en la plaza pero Joan sabía que muchos ojos ocultos estaban puestos en él. ¿Tanto tenían que esconder?

Tras el recibimiento vendría lo de siempre: le ofrecerían el mejor alojamiento del pueblo, en el que lo esperaría una mesa bien servida, demasiado bien servida para los posibles de aquellas gentes.

– Sólo quiero un pedazo de queso, pan y agua. Retirad todo lo demás y ocupaos de que mis hombres sean atendidos -repitió vina vez más tras sentarse a la mesa.

Otra casa igual. Humilde y sencilla pero construida en piedra, a diferencia de los chamizos de barro o de madera podrida que se amontonaban en aquellos pueblos. Una mesa y varias sillas constituían todo el mobiliario de una estancia que giraba alrededor del hogar.

– Su excelencia estará cansado.

Joan miró el queso que tenía delante. Habían viajado durante varias horas caminando por sendas pedregosas, aguantando el frío del amanecer, con los pies embarrados y empapados por el rocío. Por debajo de la mesa se frotó la dolorida pantorrilla y el pie diestro, cruzada la pierna derecha sobre la izquierda.

– No soy excelencia -repitió monótonamente-, ni tampoco estoy cansado. Dios no entiende de cansancios cuando de defender su nombre se trata. Empezaremos en breve, en cuanto haya comido algo. Reunid a la gente en la plaza.

Antes de partir de Barcelona, Joan pidió en Santa Caterina el tratado escrito por el papa Gregorio IX en 1231 y estudió el procedimiento de los inquisidores itinerantes.

«¡Pecadores! ¡Arrepentios!» Primero el sermón al pueblo. Las poco más de setenta personas que se habían congregado en la plaza bajaron la vista al suelo en cuanto escucharon sus primeras palabras. Las miradas del fraile negro los paralizaba. «¡El fuego eterno os está esperando!» La primera vez dudó de su capacidad para dirigirse a las gentes, pero las palabras surgieron una tras otra, fácilmente, más fácilmente cuanto más advertía el poder que ejercía sobre aquellos atemorizados campesinos. «¡Ninguno de vosotros se librará! Dios no permite ovejas negras en su rebaño.» Tenían que denunciarse; tenía que salir a la luz la herejía. Ese era su cometido: hallar el pecado que se cometía en la intimidad, el que sólo conocían el vecino, el amigo, la esposa…

«Dios lo sabe. Os conoce. Os vigila. Aquel que contempla impasible el pecado arderá en el fuego eterno, porque es peor quien admite el pecado que el que peca; aquel que peca puede encontrar el perdón, pero el que esconde el pecado…» Entonces los escudriñaba: un movimiento de más, una mirada furtiva. Aquéllos serían los primeros. «Aquel que esconde el pecado…» Joan volvía a guardar silencio, un momento que prolongaba hasta que veía cómo se derrumbaban bajo su amenaza: «…no encontrará el perdón».

Miedo. Fuego, dolor, pecado, castigo…: el monje negro gritaba y alargaba sus diatribas hasta apoderarse de sus espíritus, una comunión que empezó a sentir ya en su primer sermón.

– Tenéis un período de gracia de tres días -terminó diciendo-. Todo el que voluntariamente se presente para confesar sus culpas será tratado con benevolencia.Transcurridos esos tres días…, el castigo será ejemplar. -Se volvió hacia el oficial-: Investiga a aquella mujer rubia, al hombre que va descalzo y también al del cinturón negro. La muchacha del crío… -Discretamente Joan los señaló-. Si no se presentasen voluntariamente, deberéis traerlos junto a otros tantos escogidos al azar.

Durante los tres días de gracia, Joan permaneció sentado tras la mesa, hierático, junto a un escribano y unos soldados que no cesaban de cambiar de postura mientras, lenta y silenciosamente, transcurrían las horas.

Sólo cuatro personas acudieron a romper el tedio: dos hombres que habían incumplido su obligación de asistir a misa, una mujer que había desobedecido en varias ocasiones a su marido y un niño que asomó la cabeza, con unos enormes ojos, por la jamba de la puerta.

Alguien lo empujó por la espalda pero el niño se negó a entrar y se quedó con medio cuerpo fuera y medio dentro.

– Entra, muchacho -le dijo Joan.

El niño retrocedió pero una mano volvió a empujarlo hacia el interior y cerró la puerta.

– ¿Qué edad tienes? -preguntó Joan.

El niño miró a los soldados, al escribano, ya absorto en su cometido, y a Joan.

– Nueve años -tartamudeó.

– ¿Cómo te llamas?

– Alfons.

– Acércate, Alfons. ¿Qué quieres decirnos?

– Que… que hace dos meses cogí judías del huerto del vecino.

– ¿Cogí? -preguntó Joan.

Alfons bajó los ojos.

– Robé -se oyó tenuemente.

Joan se levantó del jergón y despabiló la candela. Hacía varias horas que el pueblo se había quedado en silencio, las mismas que él había pasado intentando conciliar el sueño. Cerraba los ojos y se adormecía, pero una lágrima que caía por la mejilla de Arnau lo devolvía a la vigilia. Necesitaba luz. Lo intentaba de nuevo, una y otra vez, pero siempre terminaba incorporándose, a veces violentamente, otras sudoroso y otras despacio, sopesando los recuerdos que le impedían dormir.

Necesitaba luz. Comprobó que quedara aceite en la lámpara.

El rostro triste de Arnau se le apareció en las sombras.

Volvió a tumbarse en el jergón. Hacía frío. Siempre hacía frío. Observó durante unos segundos el titilar de la llama y las sombras que se movían a su compás. La única ventana del dormitorio carecía de postigos y el aire se colaba por ella. «Todos bailamos alguna danza; la mía…»

Se arrebujó bajo las mantas y se obligó a cerrar los ojos.

¿Por qué no amanecía ya? Un día más y habrían transcurrido los tres días de gracia.

Joan cayó en una duermevela y al cabo de poco más de media hora volvió a despertarse, sudoroso.

La lámpara seguía ardiendo. Las sombras seguían bailando. El pueblo seguía en silencio. ¿Por qué no amanecía?

Se envolvió en las mantas y se acercó a la ventana.

Un pueblo más. Una noche más esperando que amaneciera.

Que llegara el día siguiente…

Por la mañana, una fila de ciudadanos escoltada por los soldados guardaba cola frente a la casa.

Dijo llamarse Peregrina. Joan fingió no prestar mayor atención a la mujer rubia que entró en cuarto lugar. No había obtenido nada de los tres primeros. Peregrina permaneció en pie frente a la mesa donde estaban sentados Joan y el escribano. El fuego crepitaba en el hogar. Nadie más los acompañaba. Los soldados permanecían en el exterior de la casa. De repente, Joan levantó la mirada. La mujer tembló.

– Tú sabes algo, ¿verdad, Peregrina? Dios nos vigila -afirmó Joan. Peregrina asintió con la vista fija en el suelo de tierra de la casa-. Mírame. Necesito que me mires. ¿Acaso quieres arder en el fuego eterno? Mírame. ¿Tienes hijos?

La mujer levantó la mirada, lentamente.

– Sí, pero… -balbuceó.

– Pero no son ellos los pecadores -la interrumpió Joan-. ¿Quién es, pues, Peregrina? -La mujer titubeó-. ¿Quién es, Peregrina?

– Blasfema -afirmó.

– ¿Quién blasfema, Peregrina?

El escribano se preparó para anotar.

– Ella… -Joan esperó en silencio.Ya no había salida-. La he oído blasfemar cuando se enoja… -Peregrina volvió a dirigir la mirada al suelo de tierra-. La hermana de mi marido, Marta. Dice cosas terribles cuando se enoja.

El rasgueo del escribano se elevó por encima de cualquier otro sonido.

– ¿Algo más, Peregrina?

En esta ocasión la mujer elevó la cabeza con tranquilidad.

– Nada más.

– ¿Seguro?

– Os lo juro. Tenéis que creerme.

Sólo se había equivocado con el del cinturón negro. El hombre descalzo denunció a dos pastores que no guardaban la abstinencia: afirmó haberlos visto comer carne en Cuaresma. La muchacha del crío, viuda precoz, hizo lo propio con su vecino, un hombre casado que no cesaba de hacerle proposiciones deshonestas… Que incluso le acarició un pecho.

– Y tú, ¿te dejaste? -le preguntó Joan-. ¿Sentiste placer?

La muchacha estalló en llanto.

– ¿Disfrutaste? -insistió Joan.

– Teníamos hambre -sollozó alzando al niño.

El escribano tomó nota del nombre de la muchacha. Joan fijó su mirada en ella. «¿Y qué te dio? -pensó-. ¿Un mendrugo de pan seco? ¿Eso es lo que vale tu honra?»

– ¡Confesa! -sentenció Joan señalándola.

Dos personas más denunciaron a otros tantos vecinos. Herejes, aseguraron.

– Algunas noches, me despiertan sonidos extraños y veo luces en la casa -dijo uno-. Son adoradores del demonio.

«¿Qué te habrá hecho tu vecino para que lo denuncies? -pensó Joan-. Bien sabes que él nunca llegará a conocer el nombre de su delator. ¿Qué ganarás tú si le condeno? ¿Quizá un trozo de tierra?»

– ¿Cómo se llama tu vecino?

– Anton, el panadero.

El escribano anotó el nombre.

Cuando Joan dio por terminado el interrogatorio, ya había anochecido; hizo entrar al oficial y el escribano le dictó los nombres de quienes deberían comparecer ante la Inquisición al día siguiente, al alba, tan pronto como el sol despuntara.

De nuevo el silencio de la noche, el frío, el titilar de la llama… y los recuerdos. Joan volvió a levantarse.

Una blasfema, un libidinoso y un adorador del demonio. «Cuando amanezca seréis míos», masculló. ¿Sería cierto lo del adorador? Muchas habían sido hasta entonces las denuncias similares pero sólo una había prosperado. ¿Sería cierta esta vez? ¿Cómo podría demostrarlo?

Se sintió cansado y volvió al jergón para cerrar los ojos. Un adorador del demonio…

– ¿Juras por los cuatro evangelios? -preguntó Joan cuando la luz empezaba a entrar por la ventana de los bajos de la casa.

El hombre asintió. -Sé que has pecado -afirmó Joan.

Rodeado por dos soldados erguidos, el hombre que había comprado un segundo de placer a la viuda joven empalideció. Gotas de sudor empezaron a perlar su frente.

– ¿Cuál es tu nombre? -«Gaspar», se oyó-. Sé que has pecado, Gaspar -repitió Joan.

El hombre tartamudeó:

– Yo…, yo…

– Confiesa. -Joan elevó la voz.

– Yo…

– ¡Azotadle hasta que confiese! -Joan se levantó y golpeó la mesa con ambos puños.

Uno de los soldados se llevó la mano al cinto, donde colgaba un látigo de cuero. El hombre cayó de rodillas frente a la mesa de Joan y el escribano.

– No. Os lo ruego. No me azotéis. -Confiesa.

El soldado, con el látigo todavía enrollado, le golpeó la espalda.

– ¡Confiesa! -gritó Joan.

– Yo…, yo no tengo la culpa. Es esa mujer. Me ha hechizado. -El hombre hablaba atropelladamente-. Su marido ya no la posee. -Joan no se inmutó-.Y me busca, me persigue. Sólo lo hemos hecho unas cuantas veces pero…, pero no lo volveré a hacer. No volveré a verla. Os lo juro.

– ¿Has fornicado con ella?

– S… sí.

– ¿Cuántas veces?

– No lo sé…

– ¿Cuatro?, ¿cinco?, ¿diez?

– Cuatro. Sí. Eso es. Cuatro.

– ¿Cómo se llama esa mujer? El escribano tomó nota de nuevo.

– ¿Qué más pecados has cometido?

– No…, ninguno más, os lo juro.

– No jures en vano. -Joan arrastró las palabras-. Azotadle.

Tras diez latigazos, el hombre confesó que había fornicado con aquella mujer y con varias prostitutas cuando iba al mercado de Puigcerdà; además, había blasfemado, mentido y cometido un sinfín de pequeños pecados. Cinco latigazos más fueron suficientes para que recordara a la joven viuda.

– Confeso -sentenció Joan-. Mañana, en la plaza, deberás comparecer para el sermo generalis en el que se te comunicará tu castigo.

El hombre ni siquiera tuvo tiempo de protestar. De rodillas, fue arrastrado por los soldados al exterior de la casa.

Marta, la cuñada de Peregrina, confesó sin necesidad de mayores amenazas y, tras citarla para el día siguiente, Joan urgió al escribano con la mirada.

– Traed a Anton Sinom -ordenó éste al oficial tras leer la lista.

Tan pronto como vio entrar al adorador del demonio, Joan se irguió en la dura silla de madera. La nariz aguileña de aquel hombre, su frente despejada, sus ojos oscuros…

Quería oír su voz.

– ¿Juras por los cuatro evangelios?

– Sí.

– ¿Cómo te llamas? -le preguntó antes incluso de que el hombre se colocara frente a él.

– Anton Sinom.

Aquel hombre pequeño, algo encorvado, contestó a su pregunta hundido entre los soldados que lo acompañaban, con un deje de resignación que no pasó inadvertido al inquisidor.

– ¿Siempre te has llamado así?

Anton Sinom titubeó. Joan esperó la respuesta.

– Aquí todos me han conocido siempre por ese nombre

– dijo al fin.

– ¿Y fuera de aquí?

– Fuera de aquí tenía otro nombre.

Joan y Anton se miraron. En ningún momento el hombrecillo había bajado la vista.

– ¿Un nombre cristiano, quizá?

Anton negó con la cabeza. Joan reprimió una sonrisa. ¿Cómo empezar? ¿Diciéndole que sabía que había pecado? Aquel judío converso no entraría en ese juego. Nadie en el pueblo lo había descubierto; en caso contrario más de uno lo habría denunciado, como era costumbre con los conversos. Debía de ser inteligente ese Sinom. Joan lo observó durante unos segundos mientras se preguntaba qué escondía ese hombre, ¿por qué iluminaba su casa por las noches?

Joan se levantó y salió del edificio; ni el escribano ni los soldados se movieron. Cuando cerró la puerta tras de sí, los curiosos que se arremolinaban frente a la casa se quedaron paralizados. Joan hizo caso omiso de todos ellos y se dirigió al oficial:

– ¿Están por aquí los familiares del que hay dentro?

El oficial le señaló a una mujer y dos muchachos que lo miraban. Había algo…

– ¿A qué se dedica ese hombre? ¿Cómo es su casa? ¿Qué ha hecho cuando lo habéis citado ante el tribunal?

– Es panadero -contestó el oficial-.Tiene el obrador en los bajos de su casa. ¿Su casa…? Normal, limpia. No hemos hablado con él para citarlo; lo hemos hecho con su mujer.

– ¿No estaba en el obrador?

– No.

– ¿Habéis ido al alba como os ordené?

– Sí, fra Joan.

«Algunas noches me despierta…» El vecino había dicho «me despierta». Un panadero…, un panadero se levanta antes del amanecer. «¿No duermes, Sinom? Si tienes que levantarte al amanecer…» Joan volvió a mirar a la familia del converso, algo apartados del resto de curiosos. Paseó en círculos durante unos instantes. De repente volvió a entrar en la casa; el escribano, los soldados y el converso no se habían movido de donde los había dejado.

Joan se acercó al hombre hasta que sus rostros llegaron a tocarse; después se sentó en su lugar.

– Desnudadle -ordenó a los soldados.

– Soy circunciso.Ya lo he reconocí…

– ¡Desnudadle!

Los soldados se volvieron hacia Sinom y, antes de que se abalanzaran sobre él, la mirada que le dirigió el converso convenció a Joan de que tenía razón.

– Y ahora -le dijo cuando estuvo totalmente desnudo-; ¿qué tienes que decirme?

El converso intentó mantener la compostura lo mejor que pudo.

– No sé a qué te refieres -le contestó. -Me refiero -Joan bajó la voz y masticó cada una de sus palabras- a que tu rostro y tu cuello están sucios, pero donde empieza el pecho, tu piel está inmaculadamente limpia. Me refiero a que tus manos y tus muñecas están sucias, pero tu antebrazo impoluto. Me refiero a que tus pies y tus tobillos están sucios, pero tus piernas limpias.

– Suciedad donde no hay ropa, limpieza donde la hay -alegó Sinom.

– ¿Ni siquiera harina, panadero? ¿Pretendes decirme que la ropa de un panadero lo protege de la harina? ¿Pretendes hacerme creer que en el horno trabajas con la misma ropa con la que recibes el invierno? ¿Dónde está la harina de tus brazos? Hoy es lunes, Sinom. ¿Santificaste la fiesta de Dios?

– Sí.

Joan golpeo la mesa con el puño a la vez que se levantaba. -Pero también te purificaste conforme a tus ritos herejes -gritó señalándolo.

– No -gimió Sinom.

– Veremos, Sinom, veremos. Encarceladlo y traedme a su mujer y a sus hijos.

– ¡No! -suplicó Sinom cuando los soldados ya lo arrastraban por las axilas hacia el sótano-, ellos no tienen nada que ver.

– ¡Alto! -ordenó Joan. Los soldados se detuvieron y volvieron al converso en dirección al inquisidor-. ¿En qué no tienen nada que ver, Sinom? ¿En qué no tienen nada que ver?

Sinom confesó tratando de exculpar a su familia. Cuando finalizó, Joan ordenó su detención… y la de su familia. Después hizo que trajeran a su presencia a los demás acusados.

Todavía no había amanecido cuanto Joan bajó a la plaza.

– ¿No duerme? -preguntó uno de los soldados entre bostezo y bostezo.

– No -le contestó otro-. A menudo lo oyen andar de un lado a otro durante la noche.

Los dos soldados observaron a Joan, que ultimaba los preparativos para el sermón final. El hábito negro, raído y sucio, apergaminado, parecía negarse a acompañar sus movimientos.

– Pues si no duerme y tampoco come… -comentó el primero.

– Vive del odio -intervino el oficial, que había escuchado la conversación.

El pueblo empezó a comparecer en cuanto despuntó la primera luz. Los acusados en primera línea, separados de la gente y escoltados por los soldados; entre ellos, Alfons, el niño de nueve años.

Joan dio inicio al auto de fe y las autoridades del pueblo se acercaron para rendir voto de obediencia a la Inquisición y jurar el cumplimiento de las penas impuestas. El fraile empezó a leer las acusaciones y las penas. Quienes habían comparecido durante el período de gracia recibieron castigos menores: peregrinar hasta la catedral de Gerona. Alfons fue condenado a ayudar gratis, un día a la semana durante un mes, al vecino al que había robado. Cuando leyó la acusación de Gaspar, un grito interrumpió su discurso:

– ¡Ramera! -Un hombre se lanzó sobre la mujer que había yacido con Gaspar. Los soldados acudieron a defenderla-. ¿Con que ése era el pecado que no querías contarme? -siguió gritándole tras los soldados.

Cuando el esposo ofendido calló, Joan dictó sentencia:

– Todos los domingos durante tres años, vestido con sambenito, permanecerás de rodillas frente a la iglesia, desde que salga el sol hasta que se ponga. En cuanto a ti… -empezó a dirigirse a la mujer.

– ¡Reclamo el derecho de castigarla! -gritó el esposo.

Joan miró a la mujer. «¿Tienes hijos?», estuvo a punto de preguntarle. ¿Qué daño podían haber cometido sus hijos para tener que hablar con su madre subidos a una caja, a través de una pequeña ventana, con el único consuelo de una caricia de su mano en el cabello? Pero aquel hombre tenía derecho…

– En cuanto a ti -repitió-, te entrego a las autoridades seculares, quienes cuidarán de que se cumpla la ley catalana a instancias de tu esposo.

Joan continuó acusando e imponiendo penas.

– Anton Sinom. Tú y tu familia seréis puestos a disposición del inquisidor general.

– En marcha -ordenó Joan cuando hubo acomodado sus escasas pertenencias sobre una mula.

El dominico se despidió de aquel pueblo con la mirada, escuchando sus propias palabras, que todavía resonaban en la pequeña plaza; ese mismo día llegarían a otro, y luego a otro, y a otro más. «Y la gente de todos ellos -pensó- me mirará y escuchará atemorizada. Y después se denunciarán entre ellos y saldrán a la luz sus pecados.Y yo tendré que investigarlos, tendré que interpretar sus movimientos, sus expresiones, sus silencios, sus sentimientos, para encontrar el pecado.»

– Apresuraos, oficial. Deseo llegar antes del mediodía.