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Capítulo 9

Envié a An-te-hai a buscar al eunuco jefe Shim. Cuando llegó Shim, lo recibí con mi túnica oficial de la corte, completamente maquillada y vestida, lo cual le sorprendió.

– Dama Yehonala. -Shim se arrodilló y clavó los ojos en el suelo-. No era necesaria tanta formalidad. Vuestro esclavo Shim no merece semejantes muestras de respeto. -Hizo una pausa y levantó los ojos hasta mis rodillas. Las pupilas medio ocultas le hacían parecer un lagarto-. No es mi intención criticaros, pero, dama Yehonala, deberíais tener cuidado, podéis ponernos a los dos en un compromiso.

– Estoy desesperada, jefe Shim. Por favor, levántate y toma asiento.

Sin dejar de hablar, hice una seña a An-te-hai, quien trajo una caja de oro labrada.

– Jefe Shim, tengo un humilde regalo para ti.

Abrí la caja y saqué el ruyi que el emperador Hsien Feng me había dado.

Al ver el ruyi, Shim casi salta de la silla. Se le abrieron tanto los ojos que parecía que iban a salírsele de las órbitas.

– ¡Es… es el regalo de compromiso que os hizo su majestad, dama Yehonala! Es una pieza única, una prenda. Si desconocéis su valor, permitidme que…

– Me alegra que reconozcas su valor. -Sonreí-. Sin embargo, me gustaría que lo aceptaras.

– ¿Por qué, dama Yehonala, por qué?

– Me gustaría dártelo a cambio de un favor, jefe Shim. -Hice que me mirara directamente a los ojos-. A decir verdad, este ruyi es lo último que poseo. Quiero regalártelo porque soy consciente del valor que para mí tiene tu ayuda.

– Dama Yehonala, por favor, no… no puedo aceptarlo. -Se puso en pie solo para volver a arrodillarse de nuevo.

– Levántate, jefe Shim.

– No me atrevo.

– Insisto.

– ¡Pero, dama Yehonala!

Esperé a que se pusiera en pie para seguir hablando.

– El ruyi -pronuncié cada palabra con deliberación- será más valioso cuando me convierta en la madre del hijo del emperador Hsien Feng.

La expresión se le heló en el rostro al eunuco jefe Shim, que parecía petrificado ante tal posibilidad.

– Sí, dama Yehonala. -Tocó el suelo con la frente.

Aguardé un poco y luego dije:

– Gracias por ayudarme.

El eunuco jefe Shim se levantó lentamente, se sacudió las mangas y respiró con esfuerzo. Al cabo de un momento volvía a ser él mismo. Parecía complacido y asustado al mismo tiempo; cogió el ruyi de mi mano y lo sujetó contra su pecho.

– ¿Qué fecha, mi señora, os gustaría que concertase con su majestad? -me preguntó, metiendo el ruyi en el bolsillo interior de su túnica.

– ¿Importa mucho la fecha? -Yo no estaba preparada para una respuesta tan inmediata.

– Muchísimo, mi señora, supongo que desearéis ver a su majestad en vuestros días más fértiles.

– Sí, claro. -Calculé rápidamente las fechas.

– ¿Qué día será la cita?

– El decimocuarto día de la próxima luna llena.

– Perfecto, mi señora, apuntaré la fecha en mi libro ahora mismo. Si no recibís noticias, así se hará. Si todo sale bien, su majestad os convocará el decimocuarto día de la próxima luna llena. Hasta entonces, mi señora.

Dio un paso atrás y luego se dirigió hacia la puerta.

– Espera. -No confiaba demasiado en él. ¿Cómo podía disponer con tanta facilidad una cita con el emperador?-. Jefe Shim, por favor, ten la bondad de responder a mis preguntas. ¿Y si su majestad desea ver a otras damas ese día? ¿Cómo conseguirás que me quiera a mí?

– No os preocupéis, mi señora. -Sonrió-. Conozco el modo de doblegar el viento en la Ciudad Prohibida.

– Y eso es como decir…

– Es como decir que si el emperador Hsien Feng expresa el deseo de ver a cualquier otra dama, por ejemplo a la dama Li, yo le diré: «Majestad, la dama Li está impura».

– Bueno, ¿y la dama Mei?

– Lo siento, majestad, la dama Mei también está impura.

– Así que todo el mundo tendrá el período, salvo aquella que tú quieras que duerma con el emperador.

– Sí, ya he tenido éxito otras veces.

– Cuento contigo para que funcione conmigo, jefe Shim.

– No os preocupéis, mi señora. Despertaré el apetito de su majestad explicándole lo deliciosa que sois.

Tenía doce días para prepararme y no tenía ni idea de cómo complacer a un hombre en la cama. Necesitaba que me dieran instrucciones inmediatamente. Pensé en Hermana Mayor Fann y me habría gustado hablar con ella, pero no había modo de salir de la Ciudad Prohibida. Si quería pedir permiso para salir, tendría que mentir. Envié a An-te-hai a la casa imperial para que comunicara que mi madre estaba enferma y yo necesitaba ir a casa. Dos días más tarde, me concedieron un permiso de diez días. An-te-hai me dijo que había tenido suerte; pocas semanas antes, la dama Li había pedido lo mismo. Su madre estaba realmente enferma y le habían negado el permiso. El emperador Hsien Feng estaba disfrutando de ella y no le permitió irse. La madre de la dama Li había muerto.

– Eso demuestra lo poco que le importo a su majestad -dije con amargura.

Llegué a casa a mediodía y enseguida envié a An-te-hai a buscar a Hermana Mayor Fann. Mi madre, Rong y Kuei Hsiang estuvieron encantados al verme. Mi madre planeaba llevarme de compras, pero le supliqué que se quedara en casa y no saliera de la cama hasta que mi visita hubiera concluido. Le expliqué que había mentido al emperador y podían decapitarme si lo descubrían.

Mi madre estaba horrorizada. Consideraba mi conducta imperdonable, pero cuando le describí mi situación, no tuvo ningún problema para quedarse en cama. Dijo que se encontraba mal y pidió a Rong que colocara unas toallas junto a su lecho. Rong puso una olla de olorosas hierbas medicinales en el fuego por si la Ciudad Prohibida enviaba a sus espías. Al poco llegó Hermana Mayor Fann.

– ¡Impresionante, Orquídea! ¡Impresionante! ¡Eres como una guindilla de otoño, cada día más roja y picante! -Al instante me dijo lo mucho que me echaba de menos-. Sé de un lugar donde podrás aprender lo que necesitas, pero deberás disfrazarte.

Me cambié la ropa con Rong y Hermana Mayor Fann le prestó a An-te-hai vestidos de mujer.

– Voy a llevar a Orquídea a visitar a una amiga -le explicó Hermana Mayor Fann a mi madre.

Cuando salimos a la calle, Fann me dijo que nos dirigíamos a la casa del Loto.

– ¡Hermana Mayor Fann!

Conocía la naturaleza de aquella casa y eso me hizo dudar.

– Ojalá tuviéramos otra elección -dijo a modo de disculpa.

Yo estaba en mitad de la calle, incapaz de tomar una decisión.

– ¿En qué estás pensando, Orquídea?

– En conquistar el corazón de su majestad. -Las palabras saltaron de mi boca.

– Entonces ven, Orquídea. Contrataremos los servicios de la casa solo por lo que nos pueden enseñar: las maneras de complacer a los hombres.

Alquilamos una carreta de burros y al cabo de media hora llegamos al confín occidental de Pekín, donde las calles se estrechaban y el aire olía a agrio. Descendimos hasta el final de una calle bulliciosa en la que los mercaderes apilaban su fruta podrida y cestas de verduras. Con el rostro oculto tras un pañuelo, caminé apresuradamente con Hermana Mayor Fann y An-te-hai, hasta que nos detuvimos delante de un viejo edificio. Del segundo piso, iluminado por un farol, colgaba un cartel en el que se leía: CASA DEL LOTO.

Los tres entramos en un zaguán tenuemente iluminado. El interior estaba cubierto de murales en los que aparecían elaborados dormitorios donde personas ricamente vestidas se solazaban de todas las maneras imaginables. Los personajes estaban dibujados de modo estilizado. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, pude comprobar el estado de deterioro en el que se hallaba: pintura desconchada y yeso caído por todas partes. El lugar desprendía un extraño olor, una mezcla de perfume y tabaco rancio.

Detrás del mostrador apareció una mujer con cara de rana fumando una pipa y saludó a Hermana Mayor Fann con una amplia sonrisa.

– ¿Qué vientos te traen por aquí, amiga mía?

– El viento del sur, madame -respondió Fann-. Vengo a pedirte un favor.

– No seas recatada acerca de tus intenciones. -La madame dio un golpecito en el hombro a Hermana Mayor Fann-. Sé que vienes con el espíritu del dios del dinero o no estarías aquí. Mi templo es demasiado pequeño para grandes fieles como tú.

– No seas modesta tú tampoco, madame -replicó Hermana Mayor Fann-. Resulta que tu pequeño templo tiene al dios con el que necesito hablar. Venid.

Y diciendo esto, me empujó hacia delante y me presentó como su sobrina del campo y a An-te-hai como a mi hermana.

La madame me miró de arriba abajo y se volvió hacia Hermana Mayor Fann.

– Me temo que no puedo ofrecer mucho. Esta chica está demasiado flaca; ¿cómo quieres que una araña teja si no tiene culo? Me costaría demasiado dinero engordarla.

– ¡Oh, no te preocupes! -Hermana Mayor Fann se inclinó hacia la madame y le dijo al oído-: Mi sobrina está aquí solo para hacer una consulta.

– Ya no me dedico a asuntos menores, lo siento. -La madame sacó un mondadientes de un estante de detrás del mostrador y empezó a hurgarse los dientes con él-. El mercado anda mal, ya sabes.

Hermana Mayor Fann me hizo un guiño, yo me aclaré la garganta y An-te-hai se acercó para darme una bolsa. Me aproximé al mostrador, saqué lo que había en el fondo de la bolsa -mi pasador de cabello en forma de libélula, con incrustaciones de jadeíta, rubíes, zafiros y perlas que brillaban a la luz- y lo puse encima del mostrador.

– ¡Oh, cielos! -La madame respiró hondo e intentó no mostrar su sorpresa. Tapándose la boca con ambas manos, estudió el pasador, lo levantó hasta la barbilla y me miró con suspicacia-. Lo has robado.

– No, no lo he robado -negué con serenidad-. Es una herencia.

– Es cierto -repitió Hermana Mayor Fann-. En su familia han sido joyeros desde hace… siglos.

– No dudo de que sea cierto -dijo la madame mientras continuaba escrutándome-. Solo me pregunto por qué tan preciado tesoro ha salido de la Ciudad Prohibida.

Para evitar la mirada de la madame, me giré y miré los murales.

– ¿Es suficiente para pagar tu consulta? -preguntó Hermana Mayor Fann.

– Eres muy amable. -La madame cogió su pipa y la llenó de hojas secas-. Mi única duda es que no sé si será seguro para mí conservarlo. Si es una pieza robada…

Se calló y trazó con la mano una soga de ahorcado en el aire.

– Vamos a otra casa, tía.

Alargué la mano para coger el pasador de cabello.

– ¡Espera! -La madame puso su mano encima de la mía; con cuidado pero con energía cogió el pasador. Su rostro se convirtió en una rosa sonriente-. ¡Oh, mi querida niña, no te atrevas a dejar en ridículo a tu tía! ¿No he dicho que no lo quiera, verdad? Está bien que hayáis acudido a mí porque soy la única señora en la ciudad que puede ofreceros lo que andáis buscando. Mi niña, voy a darte la lección de tu vida, voy a ser digna de tu preciado pasador.

Nos sentamos en la habitación principal. En ella había una gran cama con columnas decorativas que llegaban hasta el techo. Era de madera de secoya labrada con peonías, berenjenas, tomates, plátanos y cerezas que evocaban los órganos sexuales masculinos y femeninos. Las cortinas, de una blancura inmaculada, estaban perfumadas. En los estantes de obra de las paredes laterales descansaban esculturas en miniatura, la mayoría de los dioses budistas hábilmente representados en poses elegantes mientras practicaban el acto sexual: las mujeres montaban a los hombres en posiciones de meditación, los amantes entornaban los ojos y, entre pareja y pareja, aparecían ilustraciones de peonías rosas y berenjenas; peonías con pistilos oscuros como el vello y berenjenas con el extremo pintado de un morado más claro.

– Se trata de estimular la imaginación -comentó la madame mientras servía el té-. Cuando las chicas llegan por primera vez a mi casa, les enseño una técnica que llamamos la danza de los abanicos.

La madame abrió un armario y sacó un conjunto de objetos: una pequeña almohada redonda, un fajo de billetes y una docena de huevos en una bandeja de bambú.

– Pongo los objetos uno sobre el otro; el dinero debajo, la almohada en el medio y los huevos encima. La chica se sienta encima y en un minuto tiene que darle al fajo de billetes la forma de un abanico. La condición es que los huevos no se pueden romper.

¿Cómo era eso posible?, pensé.

La madame chasqueó los dedos. Entraron dos chicas por una puerta lateral, adolescentes vestidas con finas túnicas de brocado. Aunque sus rasgos eran agradables, no daban muestras de hospitalidad. Escupieron unas pipas de girasol, se quitaron las zapatillas de un puntapié y se subieron a la cama. Luego se abrieron de piernas y se pusieron a horcajadas sobre los huevos como dos gallinas. La madame volvió a chasquear los dedos y las muchachas empezaron a contonear el trasero. La visión era insoportablemente cómica y no pude reprimir una risita. Hermana Mayor Fann me dio un codazo y me disculpé, pero apenas podía controlarme.

– No te reirás cuando lo practiques tú, créeme -me amonestó la madame-. Se necesita mucho esfuerzo para dominar la técnica.

Pregunté para qué era aquel movimiento.

– Es para ayudarte a ganar potencia y control sobre tu cuerpo -respondió la madame-. Añade sensibilidad a tus labios inferiores.

¿Labios inferiores?, me pregunté a mí misma.

– Sigue mi consejo y practica y ya verás para qué es. Cuando domines esta técnica, provocarás tal placer al hombre que esté debajo de ti que recordará tu nombre.

Las palabras me cautivaron. Sí, me gustaría que el emperador Hsien Feng recordase mi nombre. Me gustaría que su majestad recordase el placer y a la provocadora de ese placer.

Miré el balanceo de los traseros ebúrneos e intenté imaginarme a las chicas en la cama con hombres. Se me encendieron las mejillas, no de vergüenza sino de pensar que yo iba a probar aquello.

– Llevamos mucho tiempo en el negocio -se jactó la madame, intentando despejar mis dudas-. Vienen hombres que pagan cualquier precio y les devolvemos la vida. Desatamos la bestia de los más jóvenes y retornamos la juventud a los más viejos.

Miraba a las muchachas que ahora se mecían apoyándose en sus piernas.

– Esta es una posición infalible. -La madame esbozó una misteriosa sonrisa-. Ya ves, a las muchachas de buena familia se les enseña a despreciar mi casa, las pobres ignoran que gracias a ellas tengo mi negocio. Las chicas buenas nunca sabrán lo que mis chicas saben; por tanto, ellas conservarán su casa y mis chicas se quedarán con sus maridos y su dinero.

– ¿Cuánto se tarda en dominar la… danza? -le pregunté, con ganas de salir de allí lo antes posible.

– Tres meses.

La madame acercó una silla y se sentó.

¡Yo solo tenía diez días!

– Siéntate cada día encima de unos huevos y menea tu trasero. -La madame encendió la pipa y aspiró-. Después de tres meses, tus labios inferiores crecerán más gruesos y gordos que los de una mujer normal. Cuando un hombre prueba esos labios, se vuelve loco. Se morirá por ti y se vaciará los bolsillos.

Intentaba olvidar dónde me encontraba, pero era difícil. An-te-hai contemplaba con descaro; parecía hechizado por lo que estaba viendo. Las chicas se levantaron de encima de los huevos con el cuerpo brillante de sudor.

– Mira lo que han hecho.

La madame me hizo un gesto.

Me acerqué a mirar. La madame retiró la bandeja de los huevos y la almohada y apareció un perfecto abanico; el fajo de billetes se había movido hasta cobrar la forma deseada.

– Ahora inténtalo tú -me invitó la madame, volviendo a colocar la bandeja y la almohada.

No podía moverme.

– Tú también tendrás que afrontarlo -me animó la madame-. Es un mundo de hombres.

Las muchachas me ayudaron a desnudarme. Me sentí como una idiota y se me tensó el cuerpo.

– Tu futuro depende de tu actuación. -La voz de la madame era monótona, sin emoción-. Debes conseguir que el hombre piense que tienes magia o no te volverá a llamar.

– Sí -respondí con una débil voz.

– Entonces, abandona tu resistencia y déjate llevar. La buena vida no es gratis. -La madame me guió hasta la cama y me indicó que me pusiera a horcajadas-. Lo cierto es que la vida no es fácil para nadie.

Azorada, le pedí a An-te-hai y a Hermana Mayor Fann que salieran de la habitación. Los dos se fueron sin decir palabra. Me agaché y me puse en cuclillas como una gallina. La posición era tan incómoda que me dolieron las piernas casi al instante. Empecé a mover el trasero en círculos y el contacto con los huevos me produjo una extraña sensación. Hacía fuerza con las rodillas y los tobillos para permanecer en aquella posición.

– Sigue. -La madame volvió a colocar bien los huevos debajo de mí-. La perfección requiere tiempo.

– No tengo tiempo. -Balanceé el trasero y empecé a jadear-. Solo dispongo de diez días.

– Estás loca si crees que vas a dominar esta técnica en diez días.

– No estaría aquí si no estuviera loca.

– Solo una loca esperaría beberse todo el potaje caliente de un trago.

– Comprendo, pero debo conseguirlo antes…

Antes de terminar la frase, oí que algo se quebraba bajo mi trasero.

Eran los huevos; los había aplastado. La madame cogió una toalla para evitar que las yemas se desparramasen y enseguida sustituyó los huevos rotos por otros nuevos.

Volví a la posición, pero me equilibré con ambas manos. Notaba mi cuerpo como un objeto extraño. Me mecí, soportando el dolor del músculo que se me estaba desarrollando.

– Conseguirlo en diez días es toda una tortura. -La madame admiraba ahora mi fortaleza-.Tendrás que descansar de tanto en tanto; no querrás volver a aplastar los huevos.

– No, pero no puedo parar.

– Hay otro modo de atraer a los hombres. -La madame se levantó de la silla, se quitó la pipa de la boca y le dio golpecitos con la suela del zapato para vaciar la ceniza-. ¿Quieres conocerlo?

Asentí. Entraron las chicas y me dieron una toalla caliente. Bajé gateando de la cama y me sequé el trasero.

– No puedo enseñarte a vencer tu destino. -La madame rellenó la pipa con hojas secas y la encendió. Con un ruido fuerte inhaló el humo-. Porque no se puede, pero resulta de gran ayuda que tengas conocimiento de los hombres como criaturas. Debes entender por qué «las rosas del jardín propio no huelen tan bien como las rosas silvestres».

– Siga, madame, por favor -le insté.

– Eres una muchacha bonita, sí, pero cuando la lámpara se apaga, un hombre no distingue entre una muchacha bonita o una horrible. Durante años he visto a muchos hombres abandonar a sus guapas esposas por concubinas más feas.

– ¿Cómo puede una mujer cambiar eso?

– Te lo he dicho, es un juego de la mente. Lo cierto es que los hombres necesitan que los estimulen, por muy fuertes que parezcan -afirmó la madame.

Con los ojos puestos en una pintura erótica en la que un hombre miraba intensamente los pechos de una mujer, la madame prosiguió:

– Sé ciega a sus miradas y costumbres. Intenta también ignorar sus modales. Estate preparada: puede tener los rasgos de un panda, el olor de un establo, su instrumento solar puede ser tan pequeño como una nuez o demasiado largo como un rábano japonés y no como una zanahoria. Te pedirá que lo sirvas durante horas antes de saciarse. Debes concentrarte en la música del interior de su cabeza. Debes mantener la olla hirviendo. Debes recordar las pinturas de esta casa; te ayudarán a crear la magia. Mira a ese caballero sujetando los pechos de su dama como si fueran melocotones dulces. Halágalo con tus ruidos, no con palabras, solo sonidos. Exprímelo como si fuera miel, sazónalo, modula tus gemidos y varíalos. Hazle saber que es fantástico.

– ¿Es que no lo sabe ya? ¿Acaso mi deseo no le dice eso? Se lo habré dicho miles de veces cuando esté en la cama con él.

– Te sorprenderás, joven dama.

– ¿Por qué?

– ¿Aún no has hablado con tus labios inferiores, verdad?

– No, es cierto.

– ¡Usa tus técnicas!

– Sí, claro. -Mi turbación se convirtió en contento.

– Tienes que acabar sintiendo también placer tú misma. -La madame sonrió.

– ¿Y si…? -Me contuve, porque no sabía si podía plantearle una pregunta comprensible, pero al instante me decidí a preguntárselo-. ¿Y si a él no le gusta lo que yo le hago?

– Eso no es posible; a los hombres les gusta -dijo la madame con aplomo-, pero el momento influye mucho y, claro está; su estado de salud también.

– ¿Y si a mí no me gusta él?

– Ya te lo he dicho: presta atención solo al negocio; no es él lo que te interesa, sino su bolsillo.

– ¿Y si me insulta y me dice que salga de su cama? ¿O si no consigo ocultar mis sentimientos de asco?

– Escucha, en este negocio no se trata de cómo una se siente. Nunca lo ha sido, no lo es y nunca lo será. Así es el destino de una mujer: tienes que cocinar con lo que encuentres en la cocina; no puedes soñar solo con verdura fresca del mercado.

– ¿Cómo puedo simular estar excitada si no lo estoy?

– ¡Fingiendo! ¡Es un acto muy hijo de perra! Lo peor de todo es que cuando alcanzas la perfección, ya eres demasiado vieja. La juventud se evapora como el rocío, nace por la mañana y por la tarde ya está muerto.

La madame se sentó en una silla; le latía el pecho como si acabase de ser reanimada después de estar a punto de ahogarse. Las dos chicas se sentaron también, con su cara inexpresiva. Me vestí y me disponía a marcharme.

– Una última cosa -dijo la madame desde la silla-. Nunca hables de tu decepción, por muy dolida o furiosa que estés. No intentes discutir con él.

– Ni siquiera sé si habrá una conversación.

– A algunos hombres les gusta charlar después de hacerlo.

– Bueno, mientras esté interesado, intentaré seguir con mi actuación.

– Bien.

– También me gustaría, quiero decir, si la situación lo permite, hacerle preguntas a él. ¿Está bien que se las haga?

– Asegúrate de que haces preguntas tontas.

– ¿Preguntas tontas?, ¿por qué?

– Los hombres siempre abandonan a una mujer que intenta demostrar que tiene cerebro.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué? Porque los hombres detestan que los desafíen; es sencillamente degradante para ellos.

– ¿Así que debo actuar como una boba?

– Te estarás haciendo un favor a ti misma.

– Pero… -No podía imaginarme a mí misma actuando como una boba a propósito-. No forma parte de mi naturaleza.

– ¡Pues haz que así sea!

La madame me miraba con los ojos muy abiertos. Su piel palidecía a la luz; estaba muy blanca, casi azulada.

– Gracias, madame.

Sacó el pasador de su bolsillo interior y lo limpió con la manga.

– Estamos hablando de supervivencia. Como he dicho, quiero ser digna de tu pasador.

– Ha sido una buena lección. -Incliné levemente la cabeza-. Adiós y gracias.

La madame lamió el pasador con la lengua.

– ¿Qué clase de hombre estás buscando, si no te importa que te lo pregunte?

– Ojalá lo supiera.

Caminé hacia la puerta y corrí la cortina.