38610.fb2
La glicina morada se derramaba en cascadas desde el tejado y pájaros, grillos y otros insectos canturreaban en los arbustos. Había llegado el momento; el emperador Hsien Feng me había mandado llamar.
Para calmar mis nervios, fui a sentarme en el jardín de las peonías. Las terrazas eran el ornamento arquitectónico más hermoso de mi palacio. Las flores de un tono azul fuerte crecían junto a la orilla del estanque y se iban aclarando a medida que el jardín avanzaba en una colina, creando la ilusión de un paisaje que se difuminaba en la distancia. La visión me inspiraba un ejemplo de lo que uno puede lograr con lo que la vida le ofrece.
Pedí mi plato favorito para almorzar: fideos Yang-chou. An-te-hai y yo celebrábamos mi buena suerte. Yo escribí un poema titulado «Fideos Yang-chou».
Una hoja aterriza en el wok, la otra danza en el aire.
Las hojas sobresalen de la punta del chuchillo del cocinero.
Veo un pez plateado chapoteando en olas blancas
Y al rato, hojas de sauce cabalgando el viento del este.
Los preparativos oficiales duraron varias horas. Enviaron eunucos del palacio del emperador que ayudaron a mis eunucos y damas de honor a bañarme y perfumarme. Después me envolvieron desnuda en una tela de seda blanca y cuatro eunucos me transportaron en litera hacia la cámara del emperador Hsien Feng, en el salón de la Nutrición Espiritual, tres palacios al sur del de la Belleza Concentrada, donde yo vivía.
Pasamos el palacio de la Gran Armonía y el de la Virtud Luminosa y atravesamos los grandes corredores del palacio de la Longevidad Apacible. La temperatura descendía a medida que caía la noche y sentí frío bajo la fina tela. Por suerte An-te-hai había tenido la previsión de coger una manta y me abrigó con ella.
En el instante en que llegamos a las cámaras interiores de su majestad, ordenaron a An-te-hai que se retirara. El eunuco jefe Shim me recibió y, en silencio, indicó a los porteadores de la litera que entraran. Después de dar unas vueltas, entré en una habitación iluminada por grandes velas rojas, donde unas cortinas de seda amarilla cubrían la pared de un lado a otro. En medio de la habitación, estaba el lecho de su majestad.
Se fueron los eunucos que me habían traído y los sustituyeron un nuevo grupo de eunucos de Hsien Feng, vestidos con exquisitas túnicas de seda amarilla. Rápidamente sacaron sábanas bordadas, mantas y colchas. Después de preparar la cama, me subieron cuidadosamente al borde de su inmensa superficie y luego salieron de la habitación.
Entró otro grupo de eunucos, cada uno con mundillos de cobre en la mano con los que calentaron las sábanas y las colchas. Yo yacía en el lado de la cama más próximo a la pared; me quitaron la tela de seda en la que estaba envuelta y me taparon con sábanas calientes. Desde el principio hasta el fin de la tarea, sus rostros permanecieron inexpresivos. Cuando sus manos tocaron mi cuerpo, era como si yo fuera una almohada más. Una vez acabados los preparativos, bajaron la cortina del dosel de la cama y se retiraron.
La habitación estaba sumida en un silencio mortal. El olor a incienso se hacía cada vez más intenso. A través de la cortina observaba la habitación, que estaba llena de obras de caligrafía y pinturas. La pintura más grande era la de un Buda pintado con oro puro: un gigante barrigón que atravesaba un río sobre una fina hoja de loto. No parecía preocuparle la posibilidad de hundirse, pues tenía los ojos completamente cerrados y esbozaba una débil sonrisa. En las manos sujetaba la famosa jarra de la sabiduría. A la derecha de la pintura, había una estantería azul llena de libros. Dos faroles grandes que llegaban hasta el suelo, decorados con caligrafía, colgaban del techo. Todo estaba labrado y revestido de oro. Por toda la habitación se repetían imágenes de dragones y grullas. A ambos lados de la ventana, unos paneles decían: SUERTE AÑO QUE LLEGA Y AÑO QUE SE VA Y PAZ CON TODAS LAS MATERIAS. En un estante, junto a la cama, descansaba un qin, un instrumento de madera pulida y siete cuerdas.
Estaba sedienta; me di cuenta de que apenas había comido ese día. Últimamente me costaba comer y dormir. Había consumido todas mis energías imaginando cómo sería acostarme con su majestad. Me preguntaba cómo empezaría conmigo, qué parte de mi cuerpo exploraría primero y si todo mi cuerpo le complacería lo bastante. Me preguntaba si me compararía con las demás mujeres. ¿Qué pasaría si descubría que yo no era de su agrado? ¿Me ordenaría que me fuera? ¿Me abandonaría?
El eunuco jefe Shim dejó claro que si el emperador me encontraba poco idónea, el abandono sería enteramente mi responsabilidad. Últimamente se decía que su majestad era propenso a cambios repentinos de humor. An-te-hai había oído decir a otro eunuco que una noche el emperador había convocado a seis concubinas, una detrás de la otra, y no le había gustado ninguna. Las echó a patadas y le dijo a Shim que no quería volver a ver nunca a ninguna de ellas. La palabra «nunca» pronunciada por el hijo del cielo tenía mucho peso; las echaron de sus palacios y las desterraron al confín de la Ciudad Prohibida, donde plantarían y tallarían yoo-hoo-loos durante el resto de sus vidas.
¿Me sucedería a mí lo mismo aquella noche? ¿Qué haría o qué podría hacer yo si eso sucedía? Recordé que Hermana Mayor Fann me había dicho que su majestad consideraba a las concubinas platos que le obligaban a engullir. Aquella idea me turbó tanto que olvidé orar para pedir las bendiciones celestiales. Estaba tumbada en la cama de cara a la pared, helada de la cabeza a los pies.
Las velas rojas emanaban un dulce olor a jazmín. El cansancio empezaba a pesarme. ¿Por qué añadir un peso adicional a una carga que ya era bastante pesada? Resurgió mi espíritu juvenil. Me llamé a mí misma «palillo andante hecho de hielo». Me reprendí por crear mi propio clima helado. «¡Siente el sol!», gritaba mi sabiduría juvenil. «¿Por qué traicionas tu coraje, Orquídea? ¡Desde la muerte de tu padre no ha habido un camino hasta que caminaste entre la crecida maleza!»
Oí la voz de un hombre, procedente del lado derecho del pasillo. No podía ser nadie más que su majestad, el emperador Hsien Feng.
Mi miedo se intensificó. No tenía una voz agradable; era como si su majestad discutiera con alguien. Notaba la tensión y el mal humor en sus palabras. Se produjo un momento de silencio y luego la voz maldijo:
– ¡Mugre de aguas residuales imperiales!
Oí pasos que se acercaban y me tapé con las mantas y almohadas, intentando reunir el coraje para saludar a mi marido por primera vez. Habían pasado meses desde que lo había visto por última vez en el salón del palacio de la Paz y la Longevidad. Sinceramente, no recordaba sus facciones. El eunuco jefe Shim me había dado instrucciones de que no saludase a mi marido. El hecho de estar completamente desnuda aumentaba mi nerviosismo. Mi camisón estaba sobre un taburete, al lado de la cama. Junto a él estaba la túnica de seda azul del emperador, que se pondría para pasar la noche.
– ¡No! ¿Quién se creen que soy? ¡Al infierno! ¡No lo permitiré! -vociferó el hombre, que no estaba segura de que fuera Hsien Feng, desde la otra habitación-… Bueno, si no hubieran venido con tropas. ¿Qué han hecho los ingleses y los franceses? Me han obligado a pagar ochocientos mil taels más de los que ya me habían pedido. Ahora quieren que abra Tientsin. ¡Tientsin es la puerta de Pekín, cielos! Me están estrangulando con una cuerda… ¿Qué pretenden al rectificar el tratado? ¡Es una burda excusa! Ya he abierto puertos en Cantón, Shanghai, Foochow y Taiwan. No me quedan más por abrir.
Su voz se debilitaba paulatinamente y se quebró hasta el llanto.
– Estoy tan avergonzado… se ha sacrificado la dignidad de China. Ya no me atrevo a acudir al altar. ¿Por qué no hacéis algo? No consigo dormir; he estado bebiendo, sí. ¿Cómo si no podría escapar de mis pesadillas? ¿Qué queréis decir con que es asunto mío?
Hubo una pausa seguida por el ruido de porcelana rota. El viento del norte silbaba al otro lado de las ventanas. Después de un largo silencio, oí a Hsien Feng sonarse la nariz. Luego oí a alguien que se acercaba arrastrando los pies y vi la sombra de su majestad acercándose a la cortina de la cama y arrojando la colcha por encima de mi cabeza. Se sentó en el borde de la cama y respiró hondo mientras se quitaba la túnica.
– ¿Té, majestad? -La voz del eunuco jefe Shim procedía del pasillo.
– ¡Me beberé mi propio orín! -respondió el emperador.
– ¡Os deseamos que paséis una excelente noche, majestad!
Los pasos se amortiguaron en el jardín. No estaba segura de si el emperador Hsien Feng sabía que yo estaba en su cama. Por supuesto no quería sorprenderlo; ¿acaso debía hacer algún ruido para que supiese que no estaba solo?
Su majestad se descalzó las botas de un puntapié y lanzó a un lado su cinturón con las cuentas y amuletos colgantes. Se quedó vestido con una camisa blanca, con la trenza negra enrollada alrededor del cuello como una serpiente. Sin ponerse el camisón, se metió en la cama y se reclinó sobre una almohada.
Volvió la cabeza y nuestros ojos se encontraron. No delató el más leve asomo de sorpresa, no vi ni un parpadeo de interés en sus grandes ojos oblicuos. Era tan atractivo como lo recordaba de nuestro primer encuentro: la barbilla afeitada, una nariz recta manchú y una boca en forma de barco con labios firmes. Nunca había visto un hombre de rasgos tan perfectos y piel tan delicada. Seguimos mirándonos; notaba cómo la sangre me latía en las venas.
– ¡Que vuestra majestad viva muchos años y vuestros descendientes se cuenten por centenares! -recité, tal como me habían enseñado.
– ¡Otro loro! -Se dio media vuelta y se frotó la cara con ambas manos-. Loros todos educados por el mismo eunuco… me aburrís mortalmente.
– Majestad…
– ¡No te atrevas a acercarte!
¿Qué podía hacer? Había perdido mi oportunidad antes de empezar. Se me saltaron las lágrimas y temía moverme. El hombre que yacía a mi lado estaba absorto en sus propios pensamientos y solo notaba en él dolor y rabia.
Decidí abandonar la idea de atraerle. ¿De qué sirve el movimiento de una sola pieza de ajedrez cuando la partida ya está perdida? Durante los últimos nueve días, había permanecido despierta practicando la danza del abanico. También había recibido clases de qin de An-te-hai y había aprendido lo suficiente como para acompañarme en unas pocas canciones. Mi voz no era la de un ruiseñor, pero era agradable y dulce. Nunca me faltó confianza en mi voz. Si mis padres me lo hubieran permitido, habría hecho carrera en la ópera. Cuando tenía unos diez años, una cantante que cantó en mi casa me dijo que tenía madera si estaba dispuesta a trabajar duro.
¿Qué diría mi madre? ¿Cuántas veces había dicho: «Para coger a los cachorros, uno se debe arriesgar y entrar en la cueva del tigre»? Yo ya estaba en la cueva del tigre y no había cachorros. Me acordé de otra historia que me había contado. Era sobre una familia de monos que intentan atrapar el reflejo de la luna en el agua. Los monos se reunieron en un gran árbol e hicieron una larga cadena que iba desde el árbol hasta el agua. El mono más bajito intentó recoger la luna con una cesta. Era un plan ingenioso, pero la teoría de mi padre era que ciertas cosas son sencillamente imposibles y que es de sabios aceptar las propias limitaciones.
¿Había algo que yo pudiera hacer en aquel momento? Sentía la suavidad y el frescor de la almohada de seda contra la mejilla. Ya no podía seguir arrastrando mis pensamientos por aquel sendero. En mi cabeza oí un aria: «Como un río que fluye colina arriba, como un pollo al que le salen dientes…».
Me despertó un golpecito en el hombro.
– ¿Cómo te atreves a dormir mientras su majestad está despierto?
Me senté; no estaba segura de quién era él.
– ¿Dónde has estado? -se burlaba el hombre que tenía delante de mí-. ¿Suchou o Hangchou?
Estaba conmocionada.
– Disculpadme, majestad, por no haber permanecido despierta. No quería molestaros, estaba cansada y me he dormido negligentemente.
– ¡Eso no tiene ningún sentido!
Me pellizqué el muslo con la intención de azuzar mi mente.
– ¿Cómo ibas a estar cansada? -preguntó con sorna el emperador Hsien Feng-. ¿Qué has estado haciendo además de bordar?
Me quedé callada, pero la rueda de mi mente giraba a toda velocidad.
– Responde a mi pregunta. -Su majestad se levantó de la cama y empezó a pasear con la camisa abierta por delante-. Si has estado bordando, cuéntamelo, necesito distracción.
Noté que su majestad no tenía interés en oírme hablar de bordados ni de ninguna otra cosa. Me buscaría problemas dijera lo que dijese. El hombre estaba que echaba humo. Quería decirle que esperaba acostarme con él, no conversar.
Su majestad me miró. Al darme cuenta de que estaba desnuda, alargué la mano hacia el taburete para coger mi camisón. Él le dio una patada y mi camisón cayó al suelo.
– ¿No te apetece estar sin tus ropajes un rato?
Le miré, sorprendida por sus palabras. Su voz me recordó la de ciertos chicos de pueblo que había conocido, muchachos adolescentes que aún tenían voz de gallitos.
– A mí me gustaría. -El hijo del cielo respondió su propia pregunta-. Incluso sería feliz por un momento.
Me podía la curiosidad y decidí arriesgarme.
– ¿Majestad, me permitís una pregunta?
– Sí, puedes pedirme lo que quieras, salvo mi semilla.
Comprendí a qué se refería y me sentí insultada; perdí el interés en seguir hablando.
– Adelante, esclava, te he concedido permiso.
Me falló la voz. La desesperación inundó la orilla de mi corazón y pensé en lo que tenía que hacer para aprovechar aquella única oportunidad. Oía el tictac del reloj y la voz del eunuco jefe Shim: «¡Se acabó el tiempo, dama Yehonala!».
Intenté convencerme de que debía aceptar la pérdida, pero mi espíritu no me obedecía. Todos los nervios de mi cuerpo se rebelaron contra mi voluntad para realizar lo que me habían enseñado.
– Enviaré a alguien para que os reemplace. -Su majestad se inclinó. Olía a piel de naranja-. Tengo ganas de ser complacido. -Su aliento me rozó la mejilla y él parecía disfrutar con la amenaza-. Quiero un loro. ¡Cucú! ¡Cucú! Canta o muérete. ¡Cucú!
Estaba desesperada y seguía sin encontrar las palabras adecuadas.
– El eunuco jefe Shim espera detrás de la puerta -continuó su majestad-. Puedo llamarle para que se te lleve. -Se movió hacia la puerta.
Dejé que mi naturaleza recuperara la iniciativa. La desesperación había despertado mis ganas de luchar y de repente mi miedo desapareció. En el ojo de la mente vi una cuerda de suicida colgando de una viga del palacio imperial, bailando como las mangas de la diosa luna. La alegría por recuperar el control era inesperada, pero real. Me levanté de la cama y me puse el camisón.
– ¡Que paséis una noche excelente, majestad! -dije, y luego me precipité hacia la puerta.
Me habría arrepentido de haber sido más vieja o más experimentada, pero tenía dieciocho años y me bullía la sangre. La situación me había exasperado. Consciente de que sería decapitada por mi comportamiento, quería representar el acto final a mi modo.
– ¡Alto! -gritó el emperador Hsien Feng a mi espalda-. Has ofendido al hijo del cielo.
Me di media vuelta y vi una sonrisa en su cara.
– Si vais a ordenar mi castigo -dije, permaneciendo de pie y erguida-, solo os pido que tengáis la misericordia de hacerlo pronto.
Mientras hablaba, me até los lazos del camisón. ¿Qué más podía conseguir? Desde que me trasladara a la Ciudad Prohibida, había dejado de ser una persona corriente. ¿Cuál sería la reacción de Hermana Mayor Fann cuando supiera que me había dirigido al hijo del cielo como a un espíritu semejante? Sonreí solo de pensar en la cara que pondría Hermana Mayor Fann. Divulgaría la historia de la «legendaria Orquídea» hasta que le salieran pupas en los labios.
Casi con júbilo le dije a su majestad que estaba dispuesta a que se me llevaran los eunucos, pero Hsien Feng no hizo ningún movimiento. Parecía sorprendido por la situación, pero lo que sintiera ya no me importaba. Toda mi espera por la suerte que pudiera correr al día siguiente se había desvanecido; había liberado mi alma.
– Me interesas -dijo el emperador, y una sonrisa viajó por sus labios sellados.
Debía de ser el estilo imperial de tortura, pensé.
– Dime que te arrepientes de lo que has hecho. -Se acercó a mí hasta que nuestros rostros estuvieron a pocos milímetros. Había dulzura en su mirada-. Es demasiado tarde, incluso aunque te arrepientas. No te valdrá de nada suplicar. No estoy de humor para ser clemente, ni una pizca. No me queda nada de clemencia.
«Solo por esa razón te compadezco», le dije con la mirada. Me alegraba de no estar en su lugar. Podía ordenar mi muerte, pero no podía ordenar la suya. ¿Qué clase de poder era el suyo? Era un cautivo de sí mismo.
El emperador insistió en conocer mis pensamientos. Al cabo de un momento de vacilación, decidí revelárselos. Le dije que lo compadecía, aun cuando pareciera tan poderoso. Le dije que no me impresionaba que me eligiera a mí, no a un igual, sino a una esclava indefensa, para castigarme. Le dije que no le guardaría rencor por castigarme, porque podía ver que había encontrado a alguien en quien descargar su frustración y no había nada más fácil que decapitar a una concubina.
Mientras le decía esto, esperaba que se enfureciera, que llamara a los eunucos, para que me sacaran de allí y a los guardias para que me atravesaran con sus espadas, pero su majestad hizo todo lo contrario. En lugar de encolerizarse, se calmó. Parecía realmente afectado por mis palabras. Su expresión se convirtió en la obra de un escultor de arcilla poco hábil que intentaba representar una cara alegre pero le salía una amarga.
Su majestad se sentó despacio en el borde de la cama y me hizo señas para que me sentara a su lado. Le obedecí. El sonido del yoo-hoo-loo procedente del otro lado de la ventana era fuerte pero no desagradable. La luz de la luna proyectaba la sombra de una magnolia en el suelo. Me sentía extrañamente en paz.
– ¿Y si tenemos una simple conversación? -me preguntó.
No tenía ganas de responder, así que me quedé callada.
– ¿No tienes nada más que decir?
– Ya lo he dicho todo, su majestad.
– ¡Estás… sonriendo!
– ¿Estáis ofendido?
– No, me gusta. Sigue sonriendo… ¿has oído lo que he dicho?
Noté que mi expresión se congelaba ante su orden.
– ¿Qué pasa? Tu sonrisa ha desaparecido ¡Haz que vuelva! Quiero volver a ver esa sonrisa en tu rostro. ¡Ponla otra vez, ahora!
– Lo estoy intentando, majestad.
– ¡No es esa! ¡Te has llevado mi sonrisa! Cómo te atreves…
– ¿Y esta, majestad?
– No, esto no es una sonrisa, es una mueca, una mueca horrible. ¿Necesitas ayuda?
– Sí.
– Entonces dime cómo.
– Su majestad podría decir mi nombre.
– ¿Tu nombre?
– ¿Sabéis mi nombre?
– ¡Qué pregunta tan malintencionada! No, claro que no.
– Soy vuestra esposa. Soy vuestra consorte del cuarto rango.
– ¿De veras?
– ¿Mi nombre, majestad?
– ¿Tendrías la amabilidad de recordármelo?
– ¿Debería? ¿Ha tenido alguien en este reino la suerte de oír al hijo del cielo decir «tendrías la amabilidad»?
– ¿Cómo te llamas? ¡Vamos!
– ¿Por qué habríais de molestaros?
– ¡Su majestad quiere molestarse!
– Será mejor que no; tendréis pesadillas.
– ¿Por qué?
– No sé si me convertiré en un fantasma bueno, y uno malo persigue a los vivos. Supongo que su majestad es consciente de ello.
– Ya veo. -Se levantó y caminó descalzo hasta una bandeja dorada que estaba encima de su escritorio. En la bandeja había un pedacito de bambú con mi nombre en él-. Dama Yehonala. -Levantó el trozo de bambú y lo apretó en su mano-. ¿Cómo te llama tu familia, Yehonala?
– Orquídea.
– Orquídea. -Asintió y murmuró el nombre varias veces mientras dejaba caer el pedazo de bambú otra vez en la bandeja-. Bueno, Orquídea, tal vez te gustaría que te concediera un último deseo.
– No, me gustaría acabar con mi vida lo antes posible.
– Será un honor concedértelo, ¿algo más?
– No.
– Bueno, entonces -dijo el emperador-, tal vez antes de morir quieras saber por qué estás aquí esta noche.
El esfuerzo del emperador por parecer severo no podía ocultar una débil sonrisa.
– No me importa -me las arreglé para decir.
– Bueno, todo empezó con una historia que me contó el eunuco jefe Shim… Vamos, Orquídea, acuéstate aquí conmigo, no te dolerá. Tal vez esto te convierta en un fantasma bueno.
Mientras subía a la cama, se me enredó el camisón.
– Quítatelo, quítate la ropa -dijo el emperador Hsien Feng señalando mi camisón con el dedo.
Mostré mi cuerpo con azoramiento. Qué extraña obra estaba representando, pensé.
– Era la historia del emperador Yuan Ti de la dinastía Han. -El tono de su majestad era cariñoso y vital-. Al igual que yo, poseía miles de concubinas a quienes no había visto jamás. Solo tenía tiempo para elegirlas a partir de sus retratos, que pintaba un artista de la corte llamado Mao Yen-shou. Las concubinas inundaban de regalos al pintor con la esperanza de que las representase lo más deseables posible. La más bella de todas las concubinas era una muchacha de dieciocho años llamada Wang Chao-chun. Wang tenía un carácter fuerte y no creía en el soborno, creía que el artista la pintaría tal como realmente era. Pero el pintor Mao Yen-shou hizo un terrible retrato de ella. El cuadro no hacía justicia a su belleza, y como resultado el emperador Yuan Ti nunca la conoció.
»En aquellos días se presentaron en la corte muchos dignatarios para rendirle homenaje, entre ellos Shang Yu, el Gran Khan, que reinaba sobre los turcomanos y los hunos. Con la intención de fortalecer los lazos de amistad con aquel poderoso vecino, el emperador Yuan Ti le ofreció como esposa a una de sus propias concubinas, a Wang Chao-chun, a quien nunca había visto.
»Cuando la novia, que había ido a despedirse apareció ante Yuan Ti, el emperador se quedó mudo ante su belleza. No sabía que su harén guardaba una doncella de tan formidable encanto. La deseó en aquel mismo instante, pero era demasiado tarde: Wang Chao-chun ya no le pertenecía.
»En cuanto la pareja partió, Yuan Ti ordenó la decapitación de Mao Yen-shou. Incluso así, el emperador se quedó para siempre hechizado por el recuerdo de la doncella y lamentó la felicidad que podía haber sido suya.
El emperador Hsien Feng me miró.
– Te he mandado llamar porque no quiero arrepentirme como Yuan Ti. Eres tan hermosa como te describió el eunuco jefe Shim. Eres la reencarnación de Wang Chao-chun, pero Shim olvidó decirme que también eres una mujer de carácter. Eres mejor que el té de piel de naranja que me hacen beber. Es delicioso, pero no encuentro ningún placer en su sabor.
»Estos días me sucede lo mismo con todo; no podría disfrutar de Wang Chao-chun ni aunque existiese. Y me hago preguntas sobre ti. Me temo que solo puedo pensar en el encogido mapa de China; los enemigos vienen de todas las direcciones. Me tienen agarrado por el cuello y me escupen en la cara, me apalean y vapulean. ¿Por qué iba a dormir contigo o con alguna otra concubina? ¿Cómo podría? ¿Para pasar por la peor pesadilla que un hombre puede experimentar en vida? Soy incapaz de producir un heredero, no soy distinto a un eunuco.
Empezó a reírse; había una desgarradora tristeza en sus modales y en su voz acariciadora. Conocía el mapa del que estaba hablando; era el mismo que mi padre me había enseñado. El hombre que tenía ante mí me recordaba a mi padre. También él deseaba desesperadamente recuperar el honor de los manchúes y, sin embargo, acabó desertando de su puesto. La vergüenza de su majestad me aburría; era la misma que había matado a mi padre.
Miré a Hsien Feng y pensé que era un auténtico portaestandarte. Podría haberse sentado y disfrutado del jardín y de la fiesta de las concubinas, pero prefería preocuparse hasta la impotencia.
Una necesidad de consolarlo me hizo superar el miedo. Me senté sobre las rodillas, me desaté los lazos, abrí los brazos y lo acerqué a mi pecho como una madre haría con un niño pequeño. No ofreció resistencia y así lo abracé durante un largo rato. El emperador suspiró y se apartó para mirarme. Cogí la sábana para taparme los senos desnudos.
– Quítala -dijo, tirando de la sábana-. Disfruto de lo que veo.
– ¿Mi sentencia de muerte?
Sonrió.
– Tendrás la posibilidad de seguir con vida si me ayudas a dormir bien esta noche.
La luz del sol se filtraba a través de la cámara más oscura de mi corazón y sonreí.
– ¡La sonrisa ha vuelto! -gritó alborozado, como un niño que descubre una estrella fugaz.
– ¿Es hora de que su majestad duerma?
– No es trabajo fácil -suspiró.
– Os ayudará abandonar vuestros pensamientos.
– Imposible, Orquídea.
– ¿Le gustan los juegos a su majestad?
– Los juegos ya no me interesan.
– ¿Conoce su majestad «El gozo del encuentro»?
– ¿Es una vieja canción de Chu Tun-ju, de la dinastía Sung?
– ¡Su majestad tiene una memoria excelente!
– Deja que te advierta, Orquídea, que ningún médico ha conseguido ayudarme a conciliar el sueño.
– ¿Puedo usar vuestro qin?
Alcanzó el instrumento y me lo pasó. Toqué las cuerdas y empecé a cantar.
El emperador Hsien Feng escuchaba en silencio y empezó a llorar. Me pidió que cantara otra canción.
– Si fueras un actor de la compañía real, te recompensaría con trescientos taels -dijo cogiéndome la mano.
Canté; ya no quería pensar en lo extrañas que se habían puesto las cosas.
Después de acabar «Adiós, río Negro» y «La concubina ebria», su majestad quería más. Supliqué su perdón y le expliqué que no estaba preparada.
– Una última canción. -Me abrazó-. Cualquier cosa que te venga a la mente.
Mis dedos paseaban por las cuerdas y al cabo de un momento se me ocurrió una canción.
– Se llama «Inmortal en el puente de la urraca», compuesta por Chin Kuan.
Me aclaré la garganta y empecé a cantar.
– Espera, Orquídea, ¿«Inmortal en el puente de la urraca»? ¿Por qué nunca la he oído? ¿Es popular?
– Lo era.
– No es justo, dama Yehonala. El emperador de China debe estar informado de todo.
– Bueno, por eso estoy aquí, majestad. Para mí, esta letra eclipsa todos los demás poemas de amor. Cuenta la vieja leyenda del vaquero y la doncella, o la tejedora, dos estrellas separadas por la Vía Láctea. Se encuentran en el puente de la urraca una vez al año, el séptimo día del séptimo mes lunar, cuando el viento de otoño abraza el rocío.
– El dolor de la separación es conocido por muchos -dijo con serenidad el emperador-. La historia me recuerda a mi madre. Se ahorcó cuando yo tenía seis años. Era una mujer hermosa y ahora nos separa la Vía Láctea.
Me sorprendió oír aquello, pero me las arreglé para no hacer ningún comentario. En lugar de eso, me puse a cantar.
Antes de acabar la última nota, el emperador Hsien Feng estaba dormido. Dejé el instrumento junto a la cama, deseando que aquel momento fuera eterno, pero era hora de marcharse. Según la costumbre, debía volver a mi propio palacio a medianoche. Los eunucos vendrían pronto y se me llevarían. ¿Me volvería a llamar? Lo más probable era que el emperador Hsien Feng me hubiera olvidado cuando despertase.
Me invadió una sensación de melancolía. La suerte no me había conducido hasta la intimidad. Intenté no pensar en mi ruyi ni en mi pasador de cabello perdidos ni en la energía y la esperanza que había puesto en mi preparación. No había tenido la oportunidad de realizar la danza del abanico. Si el emperador Hsien Feng me hubiera deseado, sabía que podía haberlo hecho feliz.
Tumbada a su lado, miraba morir las velas una tras otra dentro de los faroles rojos. Me esforcé por no sentirme derrotada; ¿qué bien me haría a mí misma derrumbándome? El emperador solamente se irritaría.
La pena me ahogaba en silencio. Mi corazón flotaba en un océano estrangulado por las algas. La vela del último farol parpadeó y se apagó. La habitación quedó en penumbra. No había notado hasta entonces que las nubes tapaban la luna por completo. El canto de los yoo-hoo-loos se había unido al de otros insectos. La sinfonía nocturna era maravillosa. Estaba tumbada en la oscuridad y miraba al emperador Hsien Feng respirar apaciblemente dormido. Como un lápiz, mis ojos trazaron el contorno de su cuerpo.
Un rayo de luna cortó el suelo, un rayo blanco con destellos amarillos. Me recordó la tez de mi madre mientras miraba morir a mi padre. Cada día las arrugas se la comían un poco, y más profundamente le comían la piel. De repente un día las arrugas cambiaron el paisaje entero de su cara. Le colgaba la piel como si la tierra tirase de ella. Mi madre ya no era una mujer joven.
Despacio y en silencio, bajé de la cama, coloqué el qin sobre la mesa de la pared, me puse el camisón y miré por la ventana. Observaba la luna y me veía a mí misma dentro de ella: un gran rostro bañado por las lágrimas.
Hsien Feng dormía acurrucado, como un hombre soñando sueños de hombre. Como todos en China, solía pensar que el hijo del cielo era una figura divina, el dragón que penetraba el universo. Aquel día vi a un hombre cuyos delicados hombros tenían problemas para soportar el peso de la nación; vi a un hombre que sollozaba durante mis canciones, un hombre que había crecido sin el amor de una madre. ¿Qué era la desgracia sino eso? ¡Qué terrible debió de ser para él cuando su madre se colgó vergonzosamente y todo el mundo le mintió, aunque todos sabían la verdad! La ironía es que nunca conseguiría ser el hombre sencillo que deseaba ser. A la mañana siguiente, delante de su audiencia, tendría que fingir.
Aquella noche bien había valido mi ruyi y mi pasador de cabello. Me alegraba de lo que había conseguido. Si su majestad me olvidaba al día siguiente, no podría borrar mi recuerdo de aquella noche; me pertenecía. Si al día siguiente me iba a la tumba, me llevaría aquella noche conmigo.
La luz de la luna se movió, brillando a través de los marcos labrados de la ventana. Las sombras parecían un bordado derramándose sobre el suelo. Apoyé la mejilla sobre la suave sábana de seda del lecho imperial y mi piel contra el cuerpo del hijo del cielo. Quería agradecerle el habernos despojado de nuestros títulos y habernos tocado tal como hacen las almas comunes.
Me relajé ante aquel pensamiento, aunque aún tenía miedo. Me preparé para abandonar el salón de la Nutrición Espiritual y no regresar jamás.
El emperador Hsien Feng se dio la vuelta, descubriendo su brazo derecho. A la luz de la luna, parecía tan delgado como un muchacho joven. Le dejaría dormir. Ahora estaba de cara a mí. Ya no tenía el ceño fruncido; debía de tener dulces sueños.
El canto de los yoo-hoo-loos se había vuelto discordante; era un signo -me había contado An-te-hai- de que los machos habían terminado de copular y ahora se esforzaban en salir de los cuerpos de las hembras. Los sonidos agudos, los de las hembras, eran turbadores, y cuanto más tiempo permanecía allí sentada, más duro se me hacía soportarlos. Me vi obligada a admitir que me había enamorado del momento y temía su fin. Empecé a sentir dolor, un dolor que se hacía más desesperado con el paso de cada instante.
Podía besarlo, pensé, podía besar a su majestad del modo que había aprendido en la casa del Loto. Deseé que su majestad fuera igual que los clientes que visitaban aquella casa, pues conocían el placer y lo buscaban a la mínima oportunidad. Me pregunté si el emperador Hsien Feng había experimentado alguna vez auténtico placer. Creía que no; no parecía acostumbrado al afecto, pero ¿cómo iba a culparlo de ello? Tenía que gobernar el país y cada noche su deber era depositar su semilla en cientos de vientres. Así yo también sería impotente.
Oí unos pasos leves; los eunucos venían a buscarme. El emperador Hsien Feng aún estaba inmóvil, así que me despedí en silencio.
Llamaron flojito a la puerta. Yo estaba de pie a la luz de la luna. La puerta se abrió poco a poco y la sombra del eunuco jefe Shim tapó la luna. Se arrojó al suelo e hizo reverencias hacia el emperador durmiente.
– Es hora de llevarme a la dama Yehonala, su majestad.
Como no obtuvo respuesta, el eunuco jefe repitió sus palabras, pero por toda réplica se oyeron los ronquidos del emperador Hsien Feng. Sin vacilación, Shim ordenó por señas que entraran cuatro eunucos. Se acercaron a mí con la litera, me tomaron por los brazos para colocarme en ella y me llevaron fuera de la habitación. Justo cuando Shim estaba a punto de cerrar la puerta, un súbito grito surgió de la habitación:
– ¡No!
Shim regresó e indicó a su gente que se detuviera, mientras asomaba la cabeza dentro de la habitación.
– ¿Majestad?
No hubo respuesta, así que dudó un instante e indicó a los eunucos que me soltasen. Bajé de la litera y volví a entrar descalza en la habitación de su majestad. El eunuco jefe Shim cerró la puerta. Yo no estaba en mis cabales. Su majestad se acurrucó a mi espalda. El contacto de su piel me parecía excitante. Aún estaba dormido. Yo permanecí despierta otra hora antes de caer rendida. En mis sueños me tragaba un dragón con boca de tiburón, las nubes me envolvían y luchaba por librarme del monstruo, pero me tenía cogida por los hombros y por el pecho. El dragón me sujetaba en sus garras y susurraba: ¡Soy poderoso!
Me desperté; el emperador Hsien Feng me estaba acariciando. Noté la misma sensación que cuando me senté sobre los huevos. Tenía las manos frías pero el cuerpo templado y sus movimientos eran tiernos; estaba explorando.
Me agarré a él como una enredadera a un árbol. Él buscaba a tientas y su respiración se hizo más pesada. Parecía sorprendido de su propia excitación; en un momento me alejaba y al siguiente se volvía a arrojar sobre mí. Intenté recordar los pasos que había aprendido en la casa del Loto, pero mi mente era un hervidero donde mis pensamientos se convertían en judías blandas.
– Cógelo -susurró-. ¿Estás preparada?
– ¿Preparada… para qué, majestad?
– No me hagas enfadar; pon tu trasero en pompa. ¿No vas detrás de mis semillas?
– ¿Qué espera su majestad que diga?
– Di las frases.
– ¿Frases? ¿Qué frases? He… olvidado las frases. No queréis que os aburra con algo que habéis oído decir cientos de veces.
– ¡Cállate, por mis ancestros!
Y Hsien Feng se apartó.
Me quedé mirándolo y lo encontré atractivo en su desnudez. Será mejor que me guste, pensé, porque nunca se me permitirá ver a ningún otro hombre desnudo en mi vida. Me preguntó qué pensaba y contesté con sinceridad.
– ¡Qué espíritu más perverso! -susurró despacio-. Estás tranquila y no tienes miedo. Miras al hijo del cielo como si fuera un árbol.
Decidí no interrumpirle.
– Mira, estoy obligado a hacer que manches la sábana de sangre. Shim aguarda para recogerla; está aguardando para que los funcionarios de la casa imperial la examinen y lo anoten en el libro de registro. Luego esperarán síntomas de que viene un heredero. Calcularán las fechas con los dedos, llamarán a los médicos para que observen, noche y día, algún signo de embarazo.
De algún modo su monótona explicación me excitaba y me hacía perder el miedo.
– Venís por legiones -prosiguió-. No os importa cómo me siento, venís a ocupar mi dormitorio y a robarme mi esencia. ¡Egoístas, avarientas, lobas chupasangre!
– Yo disfrutaría de nuestra relación -fueron las palabras que salieron de mi pecho como impelidas por una extraña fuerza.
Parecía sorprendido.
– ¿Tú… disfrutarías?
– No temo poner el trasero en pompa. -Mi voz me exigía que la soltara-. Estoy aquí para ser vuestra amante; he pagado por este anhelado momento. No solo me ha costado mi ruyi y mi pasador de cabello, sino que también me ha separado de mi familia. -Se me escaparon las lágrimas y no tenía ganas de contenerlas-. No se me permite añorar a mi madre y a mis hermanos, pero los añoro terriblemente. No he llorado a pesar del hecho de tener que pasar toda mi juventud en soledad, pero ahora lloro. ¡Tal vez sea egoísta, pero no soy una avarienta loba chupasangre! ¡No voy detrás de la esencia de nadie, pero estoy hambrienta de afecto!
– Tú… -Se acercó más y me atrajo delicadamente hacia él-. Estas no son las frases oficiales. ¿Quién te las prepara? ¿Tú? ¿Tú sola? ¿Tienes más?
Dentro de mí crecía la necesidad de satisfacer mi ansia de placer.
– Majestad, permitidme que os haga una pregunta. Estaba pensando… si queréis, sé unas danzas.
Contra mi voluntad, mi mente empezó a imaginarse un par de gusanos de seda copulando, en el momento en que la mitad del cuerpo del macho es tragado por el de la hembra. Estaba allí tumbada medio excitada, medio asqueada.
El emperador rugió encima de mí, murmurando palabras que no alcanzaba a entender. No podía creer que no sintiera el dolor que esperaba sentir; mi cuerpo daba la bienvenida al intruso. El emperador Hsien Feng se esforzaba como si realizara una tarea difícil. Yo también estaba incómoda. Poner el trasero en pompa no era parte de la danza del abanico. Éramos como dos monos explorando las maneras de aparearse. Al final, agotada, me tumbé boca arriba. Su cara apareció ante mí y gotas de sudor cayeron en mi boca. Arqueé la espalda y saqué pecho.
– Sigue -gritó mientras dejaba de jadear.
Podía oír mi propio pensamiento: «aplica lo que has aprendido en la casa del Loto», pero no podía mover el trasero. A tientas me tumbé boca abajo. Hsien Feng cayó sobre mí cuan largo era como una manta. Me sentí tan sorprendentemente cómoda que lloré. Sus movimientos eran rítmicos y me vinieron a la mente los versos de una ópera: «Cese el futuro, amor mío, pues el sol no será más brillante ni el día más feliz…». El placer iba siendo cada vez mayor y pronto fui presa de él. El hijo del cielo susurró entre jadeos. No estaba segura de haber oído la palabra «semilla».
Antes del alba el emperador quiso más. Fue entonces cuando tuve la oportunidad de probar mi danza del abanico. Tuvo un efecto curioso; funcionó y su majestad me dijo que era mágica. Sobre todo apreció que le llamara «amor» en mitad de la pasión y no «majestad».
Durante las noches siguientes, siguió mandándome llamar. Mi amante estaba sorprendido de poder plantar repetidamente sus semillas. Complaciéndose, me suplicó que explorase. Yo estaba preocupada por la gran emperatriz; podía acusarme de acaparar a su hijo para mí sola, de robarle los nietos «que se contaban por centenares». El placer del amor nos hacía permanecer despiertos toda la noche. Su majestad me abrazaba, mi energía parecía inagotable y dejaba que me transportase una y otra vez.
Por las mañanas nos mirábamos como si hubiéramos sido amantes durante muchos años.
– «El puente de la urraca» -empezó su majestad un día- es el cuento más hermoso que he oído jamás. Los tutores imperiales nunca me lo contaron. Me han llenado la cabeza de basura. Mis estudios se han limitado a cuadros de un imperio roto; este tipo de lecciones no tenían sentido para mí. ¿Cómo ha podido perderse todo aquello cuando cada emperador ha sido sabio? Los tutores nunca me explicaron cómo hemos llegado a tener tantas deudas con quienes nos han robado.
Yo escuchaba atentamente.
– Los tutores me dijeron que mi misión en la vida era la venganza -prosiguió-. Así que me educaron en el odio. Me amenazaban con que no tendría lugar en el templo de mis antepasados si no cumplía con mi obligación. Mi obligación es restaurar el mapa de China, pero ¿cómo voy a conseguirlo? ¡China está despedazada y me envían a combatir sin armas! Mi vida consiste en ser humillado por los bárbaros.
Me hizo sentir que era su amiga. Luego, una noche me preguntó:
– ¿Qué quieres que te conceda?
– No quiero decir «volver a veros», pero me temo que estoy empezando a desear eso.
Intenté contenerme, pero mis lágrimas me traicionaron.
– Orquídea, no te aflijas, tengo poder para darte cualquier cosa.
Mi corazón se consoló con su promesa, pero mi cabeza me advertía de que no confiara en sus palabras, pronunciadas en un momento de pasión. Me dije a mí misma que al día siguiente tendría otra concubina, otra concubina tan apasionada como yo estaba, otra concubina que también habría ofrecido los ahorros de su vida al eunuco jefe Shim.
Cuando el sol salió, yo ya estaba de vuelta en el palacio de la Belleza Concentrada. Después de asearme, salí al jardín. El tiempo estaba despejado y brillaba el sol. Las rosas y las magnolias empezaban a florecer. En el patio docenas de jaulas de pájaros colgaban de las ramas de los árboles. A aquella hora los eunucos entrenaban a los pájaros imperiales, pájaros de todo el país. Después de un período de entrenamiento, enviaban los mejores al emperador Hsien Feng, quien los distribuiría como regalos a las concubinas de su difunto padre.
Los eunucos enseñaban a las aves a cantar, hablar y hacer monerías. La mayoría eran pájaros exóticos con nombres divertidos, como Sabio, Poeta, Doctor y Sacerdote Tang. A los que hacían bien las cosas les recompensaban con grillos y gusanos; los que no, se quedaban sin comer. También había palomas completamente blancas a las que se les permitía volar libremente. La afición favorita de An-te-hai era entrenar palomas. Ataba cascabeles y campanillas de viento a las patas de los pájaros y los soltaba. Sobrevolaban en círculo mi palacio profiriendo sonidos maravillosos. Cuando el viento era fuerte, los sonidos me hacían pensar en la música antigua.
Había un loro inteligente al que An-te-hai llamaba Confucio. El pájaro podía recitar frases de tres caracteres de San Tzu Ching. Por ejemplo, decía: «Los hombres nacen buenos». An-te-hai le ofreció Confucio al eunuco jefe Shim como regalo de cumpleaños, quien a su vez se lo obsequió al emperador Hsien Feng como regalo de cumpleaños, quien me lo regaló a mí. Para entonces el pájaro no sabía lo que decía, tergiversaba una palabra e invertía el significado. Ahora el loro Confucio decía: «Los hombres nacen malos». Me pregunté si fue obra de su majestad y le dije a An-te-hai que no corrigiera al loro.
También me gustaban los pavos reales que criaba An-tehai; vagaban por todas partes de mi palacio. An-te-hai los entrenaba para que me siguiesen; los llamaba «mis damas imperiales» y vivían y se criaban en mi jardín. Cuando An-te-hai me veía salir, silbaba y los pavos se reunían y me saludaban. Era maravilloso. Los pájaros proferían una especie de cacareo, como si estuviesen charlando. Si estaban de humor, abrían sus «vestidos» azules y verdes y competían en demostraciones de belleza.
– ¡Que la suerte os acompañe, mi señora! -me saludaba An-te-hai con profundas reverencias aquella mañana.
– ¡Que la suerte os acompañe! -repetían los demás eunucos, damas de honor, doncellas e incluso los cocineros desde los rincones de palacio.
Para entonces, todo el mundo sabía que yo me había convertido en la favorita de su majestad.
– ¿Ha zarpado ya el barco matinal? -pregunté a An-tehai-. Me gustaría visitar el templo de la colina del Panorama.
– Vos podéis ir a cualquier lugar a cualquier hora, mi señora -respondió An-te-hai-. Esta mañana el emperador Hsien Feng ha ordenado que se os lleve hasta él cada noche, mi señora. Si lo deseáis, la corte hará que una flor de árbol petrificado y una enredadera podrida crezcan.
Desde la cima de la colina del Panorama era desde donde mejor se contemplaba la secreta, tranquila y elegante capital imperial de Pekín. La colina era en realidad un montículo artificial levantado para impedir el descenso de los espíritus malignos y funestos del norte a la Ciudad Prohibida. Desde su cumbre la ciudad parecía un bosque mágico lleno de árboles y arbustos en flor, más verde que el mismo campo. A través del follaje aparecían viejos tilos relucientes y dorados, también los tejados brillantes y esmaltados del templo, las torretas de entrada y los palacios. Los pabellones escarlata y esmeralda exhibían sus aleros fantásticamente decorados y respingones.
En la cima de la colina, me sobrecogió la idea de que había sido bendecida por la energía celestial. Había estado haciendo el amor con el hijo del cielo y, lo que era más importante, no se había acabado.
Mientras respiraba hondo, me llamó la atención el tejado dorado del palacio de la Tranquilidad Benevolente. Recordé a las celosas concubinas ancianas, el modo en que me miraban como buitres hambrientos. Siempre tenía en mente una historia que An-te-hai me había contado; el destino de una concubina favorita de la dinastía Ming cuando el emperador murió: atrapada en una conspiración cortesana orquestada por otras concubinas, fue enterrada viva.
Recibí una invitada inesperada: Nuharoo. Nunca antes me había visitado; estaba segura de que tenía que ver con el hecho de que Hsien Feng pasara las noches conmigo. No me cabía duda de que sus eunucos espiaban para ella, tal como An-tehai espiaba para mí. La saludé, nerviosa pero sin pánico.
De pie como una soberbia magnolia, me saludó con una leve genuflexión. No podía evitar admirar su belleza; de haber sido un hombre, la habría deseado hasta la saciedad. Vestida con una túnica de satén de color salmón, era tan grácil como una diosa descendiendo de las nubes. Tenía un sentido de la nobleza innato. Su cabello negro lacado estaba peinado hacia atrás en forma de cola de ganso. Un pasador de cabello dorado con una ristra de perlas pendía unos milímetros de su frente. En su presencia, perdía la confianza en mi propia belleza; no podía evitar pensar que perdería el afecto del emperador Hsien Feng si él volvía a mirarla.
Según la costumbre, yo tenía que arrodillarme y tocar con la frente en el suelo para recibirla, pero ella se acercó y me cogió de los brazos antes de que tuviera la oportunidad de hacerlo.
– Mi querida hermana menor -dijo, como correspondía a su rango, pues de hecho era un año menor que yo-. Te he traído un rico té con setas que me han enviado desde Manchuria. Ahora lo necesitarás.
Hizo un gesto y sus eunucos llegaron y me entregaron una caja amarilla preciosamente envuelta.
No observé signos de celos, no había turbación en su voz.
– Es la mejor clase de tang kuei -explicó Nuharoo, cogiendo una raíz seca-. Se coge en riscos más altos que las nubes, crece del aire y la lluvia más frescos y cada uno tiene treinta años o más de antigüedad.
Se sentó y tomó la taza de té que An-te-hai le sirvió.
– Has crecido desde la última vez que te vi -dijo sonriendo a An-te-hai-. También he traído un regalo para ti.
Hizo otro gesto y su eunuco trajo una cajita de seda azul. An-te-hai se arrojó al suelo y tocó el suelo con la frente antes de coger la caja. Nuharoo le alentó a abrirla. Contenía una bolsa de taels. Estaba segura de que An-te-hai no había tenido nunca tanto dinero junto. Sujetó la caja y caminó de rodillas hacia Nuharoo.
– An-te-hai no merece esto, majestad.
– Ve y disfrútalo -dijo Nuharoo sonriendo.
Aguardé a que fuera ella quien hablara del marido que compartíamos. Esperaba oír palabras que expresaran su frustración. Casi deseaba que me insultara, pero nada de eso sucedió; se sentó tranquilamente a tomar su té.
Me pregunté qué le hacía aguantar tan erguida y tranquila. Si yo hubiera sido ella, me habría costado mucho. Sentiría celos de mi rival y desearía estar en su lugar. ¿Estaba defendiendo un frente? ¿O ya había trazado un plan para destruirme y solo estaba jugando a la paz para engañarme?
Su serenidad me inquietaba; al final no pude soportarla más y empecé a confesar. Le informé de que el emperador Hsien Feng había pasado algunas noches conmigo. Le supliqué a Nuharoo que me perdonase y me preocupó que mi voz no pareciera sincera.
– No has hecho nada malo -expuso en un tono neutro.
Confusa, continué:
– Pero sí lo he hecho; no te he pedido consejo. -Me costaba continuar; no estaba acostumbrada a fingir mis emociones-. Tenía… tenía miedo. No estaba segura de cómo debía informarte. No tengo experiencia en etiqueta de la corte. Debería haberte mantenido informada. Estoy preparada para aceptar tu censura.
Tenía la boca seca; bebí té.
– Yehonala -Nuharoo bajó su taza y se limpió ligeramente la boca con la punta de su pañuelo-, te preocupas por el motivo equivocado. No vengo a exigir que me devuelvas al emperador Hsien Feng. -Se levantó y tomó mis manos entre las suyas-. He venido por dos asuntos; en primer lugar, por supuesto, para felicitarte.
Una vocecilla me hablaba en el interior de mi cabeza: Nuharoo, no es posible que vengas a agradecerme que te arrebate a Hsien Feng. No creo que estés siendo sincera. Como si leyera mis pensamientos, Nuharoo asintió con la cabeza.
– Soy feliz por ti y por mí misma.
Como mandaba la etiqueta, le di las gracias, pero mi expresión me traicionó; temí que dijera: No te creo, sensación que ella debió de detectar, aunque prefirió no responder.
– Lo ves, mi hermana. -La voz de Nuharoo era amable y tierna-. En mi posición de emperatriz, mi interés es más amplio del que tú te imaginas. Me enseñaron que una vez entrase en palacio, no solo me casaría con el emperador, sino también con toda la sociedad imperial. El bienestar de la dinastía es mi único interés. Es mi deber velar por que mi marido viva para cumplir con sus obligaciones y una de sus obligaciones es producir tantos herederos como sea posible.
Guardó silencio y dijo con los ojos: ¿Yehonala, ves ahora que he venido a darte las gracias? Le hice una reverencia; llegué a creer que estaba actuando sin dolor. Cuando menos podía ofrecerle palabras de comprensión. Como si supiera lo que iba a decir, levantó la mano derecha.
– El segundo objeto de mi visita es darte la noticia de que dama Yun ha dado a luz.
– ¿Ha dado a luz? ¡Qué… maravilla!
– Es una niña -suspiró Nuharoo-. Y la corte está contrariada, como también la gran emperatriz. Me da pena la dama Yun, pero más pena me doy yo. El cielo no me ha concedido la fortuna de concebir un hijo. -Se le empañaron los ojos, sacó su pañuelo y empezó a secárselos.
– Bueno, hay tiempo. -La consolé, cogiendo su mano-. Al fin y al cabo el emperador solo lleva un año casado.
– Eso no significa que no le hayan brindado mujeres desde su adolescencia. A la edad de Hsien Feng, veintidós años, el emperador Tao Kuang había tenido diecisiete hijos. Lo que me preocupa -miró a su alrededor e hizo un gesto para echar a los eunucos- es que su majestad sea impotente. No solo es esa mi impresión, sino la de la dama Li, la dama Mei y la dama Hui también. No sé cuál es la tuya. ¿Quieres contármela?
Me miró con avidez y noté que no desistiría hasta que satisficiera su curiosidad. No quería compartir lo que había sucedido, así que asentí como confirmación silenciosa del estado del emperador. Aliviada, Nuharoo se reclinó hacia atrás.
– Si el emperador no tiene hijos, será mi responsabilidad y mi infortunio. No puedo imaginar que el trono pase a otro clan por ello. Sería un desastre para nosotras dos. -Soltó mi mano y se puso en pie-. Me gustaría contar contigo para dar a su majestad un heredero, Yehonala.
Confié en sus palabras en contra de mi voluntad. Por un lado, ella quería ser la que era: una emperatriz que pasaría a la historia como una mujer virtuosa. Por el otro, no podía ocultar su alivio cuando descubrió que el emperador Hsien Feng había sido impotente conmigo. ¿Qué habría ocurrido de haberle dicho la verdad?
La noche después de la visita de Nuharoo, tuve una serie de pesadillas. Por la mañana An-te-hai me despertó con una terrible noticia.
– ¡Nieve, mi señora, vuestra gata ha desaparecido!