38610.fb2
Le comenté al emperador Hsien Feng la desaparición de Nieve y que no había podido resolver el misterio. «Búscate otra», fue su respuesta. Le conté el incidente solo cuando no pude satisfacer su petición de cantar para él porque estaba demasiado preocupada.
– No puede haber sido Nuharoo -afirmó-. Puede que no sea terriblemente inteligente, pero no es agresiva.
Estuve de acuerdo con él, más de una vez Nuharoo me había sorprendido con sus comentarios o su conducta. Una semana antes, al concluir una audiencia, el emperador nos dijo que una gran parte del país atravesaba una grave sequía y que en las provincias de Hupeh, Hunan y Anhwei la gente se moría de hambre.
– Cuatro mil nuevas muertes desde el invierno. -Su majestad iba y venía desde el lavamanos hasta el trono-. ¡Cuatro mil! ¿Qué otra cosa puedo hacer además de ordenar decapitar a los gobernadores? Los campesinos han empezado a saquear y robar; pronto se levantará toda la nación.
Nuharoo se quitó el collar, las pulseras y sus pasadores del cabello.
– Majestad, son vuestros de ahora en adelante. Subastadlos para que los campesinos puedan comer.
Mientras hablaba, una rutilante nobleza le iluminaba el rostro.
Sé que Hsien Feng no quería herir sus sentimientos, pero le pidió a Nuharoo que recogiera sus pertenencias y luego se dirigió a mí:
– ¿Tú qué harías si estuvieras en mi lugar?
Recordé una idea que había oído a mi padre debatir con sus amigos.
– Elevaría los impuestos a los ricos terratenientes, mercaderes y funcionarios gubernamentales. Les diría que es una emergencia y que el país necesita su apoyo.
Aunque el emperador Hsien Feng no alabó mi sugerencia delante de Nuharoo, me recompensó más tarde. Aquella noche mantuvimos una larga conversación. Dijo que se sentía bendecido por sus antepasados por haberle concedido una concubina no solo hermosa sino inteligente. Yo estaba encantada, aunque me sentía algo tímida. Decidí que debía trabajar para estar a la altura de los halagos de su majestad.
Aquella noche fue la primera que no tuve que realizar la danza del abanico. Nos sentamos en la cama y conversamos. Su majestad me habló de su madre y yo le hablé de mi padre. Lloramos juntos. Me preguntó qué recordaba de mi vida cuando era niña en el campo. Le conté una experiencia que cambió mi visión de los campesinos. Era el año 1846 y yo tenía once años; participaba en un evento organizado por mi padre, el taotai, para salvar las cosechas de una plaga de langostas.
– El verano era tórrido y húmedo -recordé-. El verdor se extendía hasta donde alcanzaba mi vista y las cosechas estaban altas hasta la cintura. El arroz, el trigo y el mijo engordaban cada día. La siega se avecinaba. Mi padre estaba feliz porque sabía que si todo iba bien hasta la recolección, los campesinos de casi quinientos poblados tendrían suficiente como para sobrevivir todo el año; para ellos se acabaría el vivir en la pobreza.
»Luego llegó el zumbido de los enjambres de langostas. Descendieron cuando las cosechas empezaban a madurar y, de la noche a la mañana, toda la región estuvo plagada, como si salieran de las nubes o del interior de la tierra. Aquellas primas pardas de los grillos tenían cerca de las alas dos minúsculos tambores parecidos a conchas. Cuando las alas golpeaban los tambores, sonaba como unos dedos tamborileando sobre hojalata. La plaga se acercaba en nubes negras que tapaban el sol. Asediaban las cosechas y se comían las hojas con dientes como sierras. En pocos días el verdor de los campos había desaparecido.
»Mi padre reunió a todos sus hombres para ayudar a los campesinos a luchar contra las langostas. La gente se quitaba los zapatos y golpeaba a las langostas con ellos. Mi padre se percató de lo inútil de ese gesto y cambió de táctica.
»Declaró el estado de emergencia y dijo a los campesinos que excavaran trincheras. Apostó a algunas personas para detener el avance de las langostas a través de las cosechas. Cuando la trinchera estuvo preparada, mi padre ordenó a un grupo de campesinos perseguir a las langostas. “Agitad vuestras ropas en el aire”, ordenó. La idea era empujar a las langostas hacia la trinchera, mientras otro grupo se alineaba detrás de esta, que estaba llena de paja seca.
»Miles de personas agitaban sus ropas y gritaban a pleno pulmón, y yo era una de ellas. Atrapamos las langostas en la trinchera y, una vez estuvieron dentro, mi padre ordenó prender fuego a la paja. Las langostas se asaron. Yo las golpeaba tan rápido como podía para evitar que escaparan. Luchamos durante cinco días y cinco noches y pudimos salvar la mitad de las cosechas. Cuando mi padre cantó victoria, estaba cubierto de langostas y de sus conchas rotas, incluso se sacaba langostas de los bolsillos.
El emperador Hsien Feng me escuchaba fascinado. Me dijo que se imaginaba a mi padre y que le hubiera gustado conocerle.
Al día siguiente me ordenaron que me trasladara a vivir con su majestad. Me quedaría allí el resto del año. Me instaló en un recinto conectado a la sala de audiencia y venía a verme durante las pausas y entre las audiencias.
No me atrevía a desear que mi buena suerte durara siempre. Intentaba con todas mis fuerzas no crearme expectativas, pero en lo más profundo de mi ser deseaba conservar lo que había sembrado.
Cuando el emperador Hsien Feng me dejaba para ir a trabajar, le echaba inmediatamente de menos. Enseguida me aburría y aguardaba impaciente su regreso. Mientras paseaba alrededor del jardín, poco podía pensar o hacer salvo reflexionar sobre lo que había sucedido la noche anterior. Me alimentaba con los detalles del tiempo que pasábamos juntos.
Cada día comprobaba el calendario para recordarme a mí misma que había ganado otro día de suerte. Mayo de 1854 fue la mejor época de mi vida; yo tenía casi veinte años. La vida era demasiado buena para ser cierta tratándose de una chica de mi origen. Sin embargo nunca dejé que la adoración del emperador alterara mi sentido de la realidad. Siempre que me entusiasmaba, me recordaba a mí misma el momento en que vi a Nuharoo y a las demás concubinas. Me decía a mí misma que mi suerte podía acabarse en cualquier instante e intentaba sacarle el mejor partido a mi tiempo.
Con el cambio de estación, su majestad se trasladó a Yuan Ming Yuan, el Gran Jardín Circular, y me llevó con él. Era el más hermoso de sus palacios de verano. Generaciones de emperadores habían ido allí a alimentar su soledad. El lugar en sí era una fábula. Estaba situado al noroeste de la Ciudad Prohibida, a unos veintiocho kilómetros de Pekín. Había jardines dentro de jardines, lagos, prados, brumosas hondonadas, exquisitas pagodas, templos y, claro está, palacios. Uno podía vagar desde la salida del sol hasta el ocaso sin ver dos veces el mismo paisaje. Tardé un tiempo en darme cuenta de que Yuan Ming Yuan se extendía a lo largo de treinta y dos kilómetros.
Los jardines principales fueron construidos por el emperador Kang Hsi en 1709. Había una leyenda sobre cómo Kang Hsi descubrió el lugar. Un día, dando un paseo, encontró unas ruinas misteriosas. Encantado por su naturaleza e inmensidad, estaba seguro de que no se trataba de un lugar corriente. Y tenía razón, era un antiguo parque enterrado por una tormenta de arena del desierto de Gobi. Descubrió que había pertenecido a un príncipe de la dinastía Ming y que había sido su reserva de caza.
Emocionado con el descubrimiento, el emperador decidió construir un palacio-jardín sobre las ruinas. Más tarde se convirtió en su refugio favorito y vivió allí hasta su muerte. Desde entonces sus sucesores siguieron adornándolo y acrecentando sus maravillas, y añadieron más pabellones, palacios, templos y jardines.
Lo que más me sorprendía es que ningún palacio fuera similar a otro y sin embargo el conjunto no diera sensación de inarmónico. Contribuir a algo tan perfecto que pareciera accidental era el propósito del arte y la arquitectura china. Yuan Ming Yuan reflejaba el amor taoísta a la espontaneidad natural y la creencia confuciana en la capacidad del hombre para mejorar la naturaleza.
Cuanto más aprendía sobre arquitectura y artesanía, todavía me atraían más las obras de arte individuales. Pronto mi sala de estar se convirtió en una galería; yo estaba rodeada de bellos objetos, que iban desde jarrones hasta granos labrados, esculturas talladas en un grano de arroz. En mi habitación también había lavamanos de largos pies con diamantes incrustados. Las vitrinas se convirtieron en mis escaparates, que llenaba de mechones de pelo de la suerte, relojes preciosos, cajas de lápices y botellas de perfume decorativas. An-te-hai enmarcaba cada pieza para el placer de mis ojos. Mi favorita era la mesa de té con perlas como canicas.
El emperador Hsien Feng había caído enfermo a causa de la tensión que le producía reinar. Después de las audiencias venía a mí con cara sombría y humor terriblemente negro. Odiaba levantarse por la mañana y quería eludir su obligación de celebrar audiencias; su reticencia aumentaba sobre todo cuando se requería su firma en decretos y edictos.
Cuando los melocotoneros empezaron a florecer, el deseo de su majestad de mantener relaciones íntimas empezó a apagarse. Me informó de que los campesinos habían empezado a rebelarse abiertamente. Le avergonzaba su incapacidad para enmendar la situación. Su peor pesadilla se convertía en realidad: los campesinos habían empezado a unirse a los levantamientos Taiping. De todos los confines llegaban informes de saqueos y destrucción. Además de esto, y quizá era lo más preocupante de todo, las potencias extranjeras seguían exigiéndole que abriera más puertos al comercio. China se había atrasado en sus pagos en concepto de indemnización por la guerra del Opio y la amenazaban nuevas invasiones.
Pronto el emperador Hsien Feng estuvo demasiado deprimido para salir de su habitación. Solo acudía a mí para pedirme que le acompañara a los lugares de culto imperial. Los días despejados viajábamos fuera de Pekín. Me pasaba horas dentro del palanquín y podía estar mucho tiempo sin comer nada salvo una dieta de hojas amargas, pues las ceremonias requerían «un cuerpo no contaminado». Cuando llegábamos a los lugares, pedíamos ayuda a los antepasados imperiales. Yo seguía a mi marido, me arrojaba al suelo y hacía reverencias hasta que se me amorataban las rodillas.
Su majestad siempre se sentía mejor en el camino de regreso al palacio. Creía que sus oraciones serían escuchadas y que pronto recibiría buenas noticias, pero sus antepasados no le ayudaron: nos informaron de que se habían avistado buques de los bárbaros aproximándose a los puertos de China, con armas capaces de borrar a nuestro ejército en el tiempo en que se tarda en comer.
Temiendo por la salud de su hijo, la gran emperatriz ordenó a Hsien Feng que se tomara las cosas con más calma.
– Deja tu despacho, hijo mío. Las raíces enfermas de tu ser necesitan rejuvenecer.
– ¿Vienes a la cama conmigo, Orquídea?
Su majestad dejó caer la pesada túnica de dragón y me llevó a la cama, pero ya no quedaba nada de su antiguo ser. El sentido del placer le había abandonado y yo ya no conseguía excitarle.
– Ya no queda elemento yang en mí -suspiró-. Soy solo un pellejo, mira cómo me cuelga la piel del cuello.
Lo intenté todo, hice la danza del abanico y convertí nuestra cama en un escenario erótico. Cada noche inventaba una diosa diferente, me desnudaba y hacía acrobacias de dormitorio. Copié las posturas de un libro de cabecera imperial que An-te-hai encontró para mí.
Nada surtía efecto y su majestad se rindió. La expresión de su rostro me rompía el corazón.
– Soy un eunuco -decía, y sus sonrisas eran peores que sus lágrimas.
Cuando se dormía, yo iba a trabajar con los cocineros. Quería que su majestad tuviera la dieta más saludable y nutritiva. Insistía en que comiera verdura fresca al estilo campesino y carne en lugar de frituras y conservas. Convencí a su majestad de que la mejor manera de complacerme era coger sus palillos, pero no tenía apetito. Se quejaba de que le dolía todo. Los médicos le dijeron: «Vuestro fuego interno quema tan mal que tenéis llagas a lo largo de vuestras tragaderas».
El emperador se quedaba en cama todo el día.
– No duraré mucho, Orquídea, estoy seguro -se lamentó con los ojos fijos en el techo-. Tal vez sea lo mejor.
Recordé que mi padre había hecho lo mismo cuando lo relevaron de su cargo. Me hubiera gustado poder decirle al emperador Hsien Feng lo egoísta y despiadado que era con su pueblo.
– Morir es vulgar y vivir es noble -gruñía yo como una dama ebria.
Intentaba alegrarle; ordené representar sus óperas favoritas. Las compañías actuaban en nuestra sala de estar. Las espadas, palos y caballos imaginarios de los actores pasaban a pocos milímetros de las narices de su majestad. Aquello atrajo su atención; durante unos pocos días estuvo distraído y complacido, pero no duró. Un día se fue a mitad de la representación y se acabaron las óperas.
El emperador vivía de sopa de ginseng. Estaba decaído y a menudo se quedaba profundamente dormido en su silla. Se levantaba en mitad de la noche y se sentaba solo en la oscuridad. Ya no quería dormir por miedo a las pesadillas; le daba miedo cerrar los ojos. Cuando aquello se hacía insoportable, se refugiaba en las montañas de documentos de la corte que cada noche le llevaban sus eunucos y trabajaba hasta caer exhausto. Noche tras noche le oía llorar de profunda desesperación.
Llevaron un precioso gallo a su jardín para que le despertara al alba. Hsien Feng prefería el canto de un gallo a las campanas de los relojes. El gallo tenía una gran cresta roja, plumas negras y una larga cola esmeralda, aires de matón, ojos fieros, un pico ganchudo y garras grandes como las de un buitre. El gallo imperial nos despertaba con sus impetuosos cantos, a menudo antes del alba. Su canto me recordaba los gritos de una persona que estuviera animando a alguien. Aquello despertaba a su majestad, es cierto, pero su majestad carecía de energía para levantarse.
Una noche Hsien Feng arrojó una pila de documentos sobre la cama y me pidió que les echase una ojeada. Se golpeó el pecho y gritó:
– Cualquier árbol sujetará la cuerda, ¿por qué vacilo?
Empecé a leer. Aunque mi limitada educación no me permitía ir más allá de los significados de las palabras básicas, los problemas no eran difíciles de comprender; todo el mundo hablaba de ellos desde que entré en la Ciudad Prohibida.
No recuerdo exactamente cuándo el emperador Hsien Feng empezó a pedirme regularmente que leyera sus documentos. Estaba tan impelida por el deseo de ayudar que ignoraba la regla que prohíbe a una concubina saber de los asuntos de la corte. El emperador estaba demasiado cansado y enfermo como para preocuparse por las restricciones.
– Acabo de ordenar que decapiten a una docena de eunucos adictos al opio -me dijo una noche su majestad.
– ¿Qué habían hecho? -le pregunté.
– Necesitaban dinero para comprar droga, así que lo robaron del tesoro. No puedo creer que esa enfermedad haya infectado mi propia casa; ¡imagínate la nación!
Salió disparado de la cama y fue a su escritorio. Sacó las páginas de un grueso documento y me comentó:
– Estoy en mitad de la revisión de un tratado que nos imponen los ingleses y me distraen sin parar cosas que suceden de improviso.
Le pregunté amablemente si podía ayudarle y me lanzó el tratado.
– Tú también caerás mortalmente enferma si lees esto.
Leí el documento de un tirón. Siempre me había preguntado qué les confería a los extranjeros el poder para obligar a China a hacer lo que quisieran, como abrir los puertos o la venta de opio. Me pregunté a mí misma por qué no podíamos simplemente decir no y echarlos. Ahora empezaba a comprenderlo: no respetaban al emperador de China; daban por supuesto que Hsien Feng era débil e indefenso. Sin embargo lo que para mí no tenía sentido era el modo en que nuestra corte manejaba la situación. Los que se suponían genios del país se limitaban a insistir en que los cinco mil años de civilización de China eran un poder en sí mismo. Creían que China era inviolable; una y otra vez los oía clamar en sus escritos: «¡China no puede perder porque representa la moral y los principios celestes!».
La verdad era tan evidente que hasta yo podía verla: China había sido repetidamente asaltada y su emperador, humillado. Quería gritárselo a todos ellos. ¿Tenían los decretos del emperador Hsien Feng el poder para detener la invasión extranjera o para unir a los campesinos? ¿No había tenido su majestad tiempo suficiente para que funcionaran los planes mágicos de sus consejeros?
Contemplaba a mi marido día tras día mientras él estudiaba los tratados. Cada frase le causaba angustia; los músculos faciales se le contraían, al igual que los dedos, y se apretaba el estómago con las manos como si deseara sacarse las tripas. Me pidió que le calentara el té hasta el punto de ebullición y se lo bebió hirviendo.
– ¡Te estás escaldando! -grité.
– Esto ayuda -me dijo con una mirada cansada.
Me escondía en el excusado y lloraba cada vez que hervía el agua del té de Hsien Feng. Veía retornar su dolor en el momento en que volvía al trabajo.
– ¿Qué voy a hacer con esta piltrafa en que me he convertido? -me decía cada noche antes de irse a la cama.
– Mañana por la mañana el gallo cantará y la luz del sol lo cambiará todo -le respondía mientras le ayudaba a meterse en la cama.
– Ya no soporto el canto del gallo. En realidad no lo oigo desde hace tiempo; en cambio oigo el sonido de mi cuerpo apagándose. Oigo crujir mi nuca cuando me giro. Me duelen los dedos de las manos y de los pies como si fueran de madera. Los agujeros de mis pulmones deben estar agrandándose, como si tuviera babosas apostadas en ellos.
Sin embargo teníamos que mantener la apariencia de nobleza. Mientras el emperador Hsien Feng estuviera vivo, tenía que asistir a las audiencias. Yo me saltaba comidas y horas de sueño para leer documentos y hacerle un resumen. Quería ser su nuca, su corazón y sus pulmones, quería que volviera a oír el canto del gallo y sintiera la calidez de la luz del sol. Cuando estaba con su majestad y él se sentía descansado, le hacía preguntas.
Le pregunté por el origen del opio. Me parecía que el declive de la dinastía Qing había empezado con su importación. Conocía muy bien unas partes de la historia y otras las desconocía por completo.
Su majestad me explicó que la plaga empezó en el decimosexto año del reinado de su padre, Tao Kuang.
– Aunque mi padre prohibió el opio, los ministros corruptos y los mercaderes se las arreglaron para fomentar un negocio secreto. Hacia 1840, la situación estaba tan descontrolada que la mitad de los cortesanos eran adictos o partidarios de una política de legalización del opio, o ambas cosas. En un ataque de ira, mi padre ordenó acabar con el opio de una vez para siempre. Llamó a su ministro de confianza para que se ocupara del asunto… -Su majestad se quedó en silencio un instante y me miró-. ¿Sabes su nombre?
– ¿El comisionado Lin?
Su majestad me miró con adoración cuando le dije que mi parte favorita de la historia de Lin Tse-shu era cuando arrestó a centenares de comerciantes de opio y confiscó más de cuarenta y cinco mil kilos de contrabando. No era que su majestad ignorase aquellos detalles, pero yo notaba que le agradaba recordar aquel momento otra vez.
– En nombre del emperador, Lin estableció un plazo y ordenó a todos los mercaderes extranjeros que entregaran el opio. -Mi voz era tan nítida como la de un narrador de historias profesional-. Pero lo ignoraron, así que sin ceder un ápice, el comisionado Lin confiscó el opio por la fuerza. El 22 de abril de 1840, Lin prendió fuego a veinte mil cajas de opio y anunció que China dejaría de comerciar con Gran Bretaña.
El emperador Hsien Feng asintió.
– Según mi padre, el hoyo donde lo quemaron era más grande que un lago. ¡Qué gran héroe fue Lin!
De repente le faltó el aliento; su majestad se golpeó el pecho, tosió y se desplomó sobre la almohada. Cerró los ojos, y cuando los volvió a abrir, preguntó:
– ¿Le ha pasado algo al gallo? Shim me dijo que ayer los guardias habían visto comadrejas.
Llamé a An-te-hai y me chocó enterarme de que el gallo había desaparecido.
– Lo cogió una comadreja, mi señora. Yo mismo lo vi esta mañana, una comadreja tan gorda como un cochinillo.
Le conté a su majestad lo del gallo y su expresión se tornó sombría.
– Los signos celestes están aquí. El tacto de un dedo acabará con la existencia de la dinastía.
Se mordió tan fuertemente el labio superior que empezó a sangrar. Al respirar, sus pulmones emitían un sonido silbante.
– Ven, Orquídea, quiero decirte algo.
Me senté junto a él en silencio.
– Debes recordar las cosas que te he contado. Si tenemos un hijo, espero que le transmitas mis palabras.
– Sí, lo haré. -Cogí los pies de su majestad y los besé-. Si tuviéramos un hijo.
– Dile esto. -Luchaba por sacar las frases de su pecho-. Después de la acción del comisionado Lin, los bárbaros declararon la guerra contra China. Cruzaron los océanos con dieciséis buques armados y cuatro mil soldados.
Yo no quería que prosiguiera; le dije que ya sabía todo aquello, y como no me creyó, decidí demostrárselo.
– Los buques extranjeros entraron por la boca del río Perla y dispararon contra nuestros guardias en Cantón -le interrumpí, recordando lo que mi padre me había explicado.
Los ojos de su majestad contemplaron la nada. Tenía las pupilas fijas en la cabeza de dragón que colgaba del techo.
– El veintisiete de julio… fue el día más triste de la vida de mi padre -dijo el emperador-. Fue el día… en que los bárbaros destruyeron nuestra armada y tomaron Kowloon.
El emperador se encogió de hombros y tosió descontroladamente.
– Por favor, descansad, majestad.
– Déjame terminar, Orquídea. Nuestro hijo debe saber esto… En los meses que siguieron, los bárbaros tomaron los puertos de Amoy, Chou San, Ningpo, y Tinghai… sin detenerse…
Yo terminé por él.
– Sin detenerse, los bárbaros se dirigieron hacia el norte hacia Tientsin y tomaron la ciudad.
El emperador Hsien Feng asintió.
– Has explicado los hechos muy bien, Orquídea, pero quiero contarte algo más sobre mi padre. Tenía sesenta y dos años y gozaba de buena salud, pero las malas noticias acabaron con él como no había conseguido hacerlo ninguna enfermedad. No dio tiempo a que se secaran sus lágrimas… mi padre no cerró los ojos al morir. Soy un hijo poco piadoso y no le he acarreado sino más vergüenza…
– Es tarde, majestad.
Me levanté de la cama con la intención de que se callara.
– Orquídea, me temo que tal vez no tengamos otra oportunidad. -Me cogió las manos y las colocó sobre su pecho-. Debes creerme cuando te digo que tengo un pie en la tumba. Últimamente veo a mi padre más que nunca; tiene los ojos rojos e hinchados, grandes como huesos de melocotón. Viene a recordarme mis obligaciones… Desde que era un niño, mi padre me llevaba consigo cuando celebraba audiencias. Recuerdo que los mensajeros entraban con las túnicas empapadas en sudor. Los caballos que montaban morían de cansancio. Demasiadas malas noticias. Recuerdo el sonido resonante de los mensajeros; gritaban la frase como si fuera la última que pronunciaban en su vida: ¡Pao Shan ha caído! ¡Shangai ha caído! ¡Chiang Nin ha caído! ¡Hangchow ha caído!
»De niño escribí un poema con versos que rimaban con “caído”. Mi padre se limitó a sonreír amargamente. Cuando no podía soportarlo más, se retiraba en mitad de una audiencia. Durante días interminables, se arrodillaba ante el retrato de mi abuelo. Nos reunió a todos, sus hijos, esposas y concubinas, en el salón de la Nutrición Espiritual y luego admitió su vergüenza. Fue después de firmar el tratado que plasmaba las primeras indemnizaciones de guerra que China debía pagar a Gran Bretaña y que ascendían a veintiún millones de taels. Además los ingleses exigían quedarse con Hong Kong durante cien años. A partir de ese momento, los mercaderes extranjeros entraron y salieron a voluntad. Mi padre murió la mañana del 5 de enero de 1850. A la dama Jin le costó cerrarle los ojos. Un monje me dijo que el alma de mi padre estaba atormentada y, a menos que me vengase de su enemigo, nunca descansaría en paz.
Medio dormido, mi marido continuó su triste historia. Habló de la sublevación Taiping, que empezó un mes después de su coronación. La describía como un fuego arrasador que saltaba de provincia en provincia, cruzaba el país y llegaba hasta Chihli.
– Una fea herida que nunca sanará, eso es lo que yo heredé de mi padre, una fea herida. No puedo recordar cuántas batallas he librado ni cuántos generales he decapitado por su incapacidad para conseguirme una victoria.
Mi marido pasó la noche muy inquieto, gritando:
– ¡Cielos, ayudadme!
Yo dormía poco y temía que me separaran de él. Llevaba meses viviendo con su majestad como su única compañía. El emperador había convertido nuestro dormitorio en su despacho y escribía cartas y edictos a todas horas. Yo le molía la piedra de la tinta y me aseguraba de que su té estuviera caliente. Se encontraba tan débil que se quedaba dormido mientras escribía. Cuando veía que se le caía la barbilla, yo le quitaba el pincel de la mano para que no estropease el documento. A veces el rescate llegaba demasiado tarde y la mancha de tinta se esparcía sobre el papel de arroz. Para salvar el trabajo perdido, cogía una hoja limpia y volvía a copiar sus palabras. Imitaba su estilo y su caligrafía y con el tiempo llegué a hacerlo muy bien. Cuando se despertaba, no se percataba de que la página de su escritorio no era la original y no me creía hasta que le enseñaba el documento que había estropeado.
Teníamos relaciones satisfactorias en las que él se mostraba galante y comprometido, pero cuando dejamos de hacer el amor, volvió a sentirse frustrado. En todo un año no me comentó ni una sola buena noticia procedente de la corte. Su amargura crecía y, por muy duro que trabajara, creía que China no tenía salvación.
– Condenada por el destino -decía.
Empezó a cancelar audiencias. Se replegaba sobre sí mismo y pasaba cada vez más tiempo imaginando que era un emperador de otra época. Cuando me describía sus ensoñaciones, una nostálgica y embelesada expresión enturbiaba sus ojos.
Yo me ponía nerviosa cuando veía amontonarse documentos urgentes. No podía disfrutar de sus atenciones sabiendo que ministros y generales aguardaban sus instrucciones. Temía que me responsabilizaran a mí, la concubina que había seducido al emperador. Supliqué a Hsien Feng que retomara sus obligaciones.
Cuando mis esfuerzos fracasaron, cogí los documentos y empecé a leérselos. Leía las preguntas de las cartas en voz alta. Hsien Feng tenía que pensar una respuesta, y cuando lo hacía, yo la escribía en el decreto con un puñal rojo imitando su estilo. Lan, en el tercer tono, significaba «Revisado». Chitao-le significaba «Me queda claro». Kai-pu-chih-tao significaba «Estoy decidido en este sentido». Y Yi-yi significaba «Tenéis mi permiso para proceder». Él revisaba lo que yo había escrito y lo firmaba.
Al emperador le encantaba, alababa mi capacidad y rapidez de ingenio. En pocas semanas me convertí en la secretaria no oficial del emperador Hsien Feng. Revisaba todo lo que pasaba por su escritorio. Me familiaricé con su modo de pensar y su manera de debatir. Con el tiempo conseguí escribir cartas tan parecidas a las suyas que ni siquiera él notaba la diferencia.
En los días de verano, me resultaba difícil evitar a los ministros que entraban, pues dejábamos la puerta abierta para que entrase aire fresco. Para evitar suspicacias, Hsien Feng me aconsejó que me disfrazase de muchacho de la tinta.
Escondía mi largo cabello bajo un sombrero y me vestía con una túnica sencilla, simulando ser el eunuco que molía la tinta. Nadie me prestaba atención; las mentes de los ministros estaban preocupadas, así que no era difícil que me ignorasen.
Antes de que acabara el verano, abandonamos Yuan Ming Yuan y regresamos a la Ciudad Prohibida. Ante mi insistencia, el emperador Hsien Feng consiguió volver a levantarse al alba. Después de asearse y vestirse, tomaba una taza de té y un cuenco de gachas de judía roja, sésamo y semillas de loto. Luego íbamos en palanquines separados hasta el salón de la Nutrición Espiritual. La corte se había percatado de la gravedad de la enfermedad de Hsien Feng; todos sabían que tenía el corazón y los pulmones débiles y que su humor deprimido le dejaba sin fuerzas, así que aceptaron su propuesta de que yo le acompañara a trabajar.
Era un paseo de medio minuto desde nuestro dormitorio hasta la oficina, pero debíamos seguir la etiqueta: el emperador no podía caminar por su propio pie. Para mí era una pérdida de tiempo, pero pronto comprendí la importancia del ritual para los ministros y compatriotas; se basaba en la idea de que la distancia crea el mito y el mito evoca el poder; el efecto era separar a los nobles de las masas.
Al igual que su padre, Hsien Feng era estricto con respecto a la puntualidad de sus ministros, pero no con la suya. Desde que era niño, le habían recalcado la noción de que todo el mundo en la Ciudad Prohibida vivía para satisfacer sus necesidades. Esperaba devoción y mostraba poca sensibilidad hacia las necesidades de los demás. Programaba sus apariciones para el alba, olvidando, o no importándole, que los convocados tuvieran que viajar durante la noche. Nunca se aseguraba la hora exacta de las reuniones. Lo cierto es que no todas las citas se celebraban. Cuando las cosas se complicaban y los horarios se retrasaban o se cancelaban las reuniones los funcionarios se quedaban a oscuras y tenían que esperar interminablemente. Algunos esperaban durante semanas solo para que les dijeran que regresaran a casa.
Cuando su majestad caía en la cuenta de que estaba cancelando demasiadas citas, recompensaba a los defraudados con regalos y autógrafos. En una ocasión en que llovía y en que los convocados se calaron hasta los huesos después de noches de viaje para ver canceladas sus citas, Hsien Feng los recompensó regalándoles a cada uno una bobina de seda y satén con la que podrían hacerse ropas nuevas.
Mientras su majestad trabajaba, yo me sentaba a su lado. La habitación era una zona de descanso situada detrás del salón del Trono. Ahora le llamábamos «la biblioteca» porque las estanterías con libros se extendían de una pared a otra. Por encima de mi cabeza, había una tablilla negra con grandes caracteres chinos grabados en ella: Recto y Legítimo. Desde el exterior costaba apreciar el auténtico tamaño del edificio; era mucho más grande de lo que yo había imaginado. Construido en el siglo XV, estaba en el ala oeste del palacio de la Tranquilidad Benevolente, pero aún quedaba dentro de la puerta de la Justicia Imperial, la puerta de la Virtud Gloriosa y la puerta de la Fortuna Preservada. Esta última conducía hasta un grupo de grandes recintos y edificios anexos que albergaban a los funcionarios imperiales.
El lugar también estaba cerca de la oficina del Gran Consejo, cuya importancia había crecido en los últimos años. Desde allí el emperador podía convocar a sus consejeros para discutir asuntos a cualquier hora. En general su majestad prefería recibir a sus ministros en la habitación central de la sala de la Nutrición Espiritual. Para leer, escribir o recibir a los funcionarios de más edad o amigos de confianza, iba al ala oeste. El ala este había sido restaurada durante el verano y se había convertido en nuestra nueva alcoba.
Para muchos ser recibido por el emperador en una audiencia era un honor único en la vida. Hsien Feng tenía que estar a la altura de las expectativas. Había infinidad de detalles del ceremonial. La noche antes de una audiencia, los eunucos tenían que limpiar a conciencia el palacio. El zumbido de una mosca podía costarle a alguien la cabeza. El salón del Trono estaba perfumado con fragancias e incienso. Las esterillas para que se arrodillaran debían estar correctamente puestas. Antes de medianoche, entraban los guardias y comprobaban hasta el último rincón de la sala. Hacia las dos de la mañana, los ministros o los generales convocados eran escoltados a través de la puerta de la Pureza Celestial. Tenían que caminar una gran distancia hasta llegar a la sala de la Nutrición Espiritual. Antes de llevarlos al salón del Trono, eran recibidos en las habitaciones de invitados del ala oeste. El funcionario de registro de la corte los atendía, y solo se les servía té. Cuando el emperador subía a su palanquín, se le notificaba a los convocados y se les obligaba a permanecer de pie de cara hacia el este hasta que llegara su majestad.
Antes de que el emperador Hsien Feng bajara de su palanquín, un látigo restallaba tres veces; era la llamada al completo silencio. En el momento en que sonaba el látigo, todos tenían que arrodillarse. Las personas se situaban en función de su rango. Los grandes consejeros, príncipes y otros miembros de la realeza ocupaban las primeras filas. Cuando el emperador se sentaba, todo el mundo debía tocar el suelo con la frente nueve veces.
A Hsien Feng no le gustaba trabajar en el salón del Trono porque el trono era incómodo. El respaldo era una magnífica obra de madera labrada, compuesta por numerosos grupos de dragones. Las audiencias podían durar horas y Hsien Feng acababa con la espalda dolorida.
Todos los objetos del salón del Trono estaban expuestos como en una galería. El trono se hallaba sobre una tarima elevada con una escalera a cada lado. Detrás del trono había tres series de paneles de madera tallada, cada uno decorado con dragones dorados. La tarima permitía al emperador mirar a los ojos de más de cien funcionarios. La audiencia empezaba cuando el primer convocado subía la escalera del lado este y presentaba al emperador un libro de memorándums impresos.
El emperador Hsien Feng no tocaba el libro; su secretario lo cogía y lo colocaba en una caja amarilla junto al trono. El emperador podía acudir al libro si era necesario. Luego el convocado se iba por la escalera oeste para regresar a su esterilla. Entonces se le permitía presentar su petición. Cuando el convocado acababa, el emperador hacía sus comentarios.
Hsien Feng solía iniciar un debate entre los grandes consejeros, príncipes y ancianos de los clanes. Estos ofrecían sus puntos de vista, rivalizando por presentar la mejor opción. A veces sus palabras eran duras y sus ánimos se encendían. En una ocasión, un ministro murió de un ataque al corazón en mitad de una discusión. El convocado tenía que permanecer callado hasta que le formulasen una pregunta. Luego respondía en consecuencia, siempre con deferencia y reserva. Cuando se llegaba a una conclusión, el emperador Hsien Feng dictaba un decreto. Se ordenaba a un erudito de la corte del más alto rango que escribiera el decreto en chino y en manchú. Entonces se llamaba al siguiente de la lista y el procedimiento se repetía hasta el mediodía.
Yo estaba más interesada en aprender lo que estaba sucediendo en el país que en escuchar a ministros que en su vida habían puesto un pie fuera de Pekín. La mayoría de los debates me parecían aburridos y las soluciones carecían de sentido común. Me sorprendían las diferencias entre los príncipes reales, los miembros de los clanes manchúes y los gobernadores y generales, la mayoría chinos Han, que olían a pólvora. Me impresionaban los chinos simplemente porque inyectaban una nota de realidad. A los funcionarios de origen manchú les encantaba discutir sobre ideología. Proferían eslóganes patrióticos como escolares. Los funcionarios Han preferían permanecer en silencio cuando surgía un conflicto en aquella corte manchú. Si deseaban imponer una idea, la presentaban desapasionadamente, aportando solo los hechos al emperador y a su corte.
Después de asistir a unas cuantas audiencias, me percaté de que los chinos no intentaban rebatir al emperador. Si rechazaban su propuesta, lo aceptaban con humildad. A menudo cumplían la orden de su majestad aun cuando sabían que carecía de eficacia. Después de perder miles de vidas, los chinos regresaban con la cifra de bajas, con la esperanza de que el emperador reconsiderase su propuesta. Cuando lo hacía, se sentían tan aliviados que lloraban. Me conmovía su lealtad, pero deseaba que Hsien Feng escuchara menos a los nobles manchúes y más a los chinos.
Empezaba a comprender por qué el emperador se comportaba del modo en que lo hacía. Más de una vez me dijo que creía que solo un manchú era capaz de sentir pura devoción hacia la dinastía Qing. En caso de diferencia de opiniones, siempre se decantaba por los funcionarios manchúes. Favorecía el privilegio de la raza dominante y demostraba a la corte su confianza en los ministros de origen manchú. Durante siglos los ministros chinos habían conseguido superar la humillación. Su fuerza y su paciencia me inspiraban un respeto reverencial.