38610.fb2 La Ciudad Prohibida - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 14

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Capítulo 12

Al ayudar al emperador Hsien Feng, me familiaricé con dos personas de gran ascendente en la corte y cuyas opiniones eran diametralmente opuestas. Uno era Su Shun, el jefe del Gran Consejo; el otro era el príncipe Kung, el hermanastro del emperador.

Su Shun era un manchú de unos cuarenta años, ambicioso y arrogante, un hombre alto con un cuerpo vigoroso que me recordaba a un búho por sus grandes ojos y su nariz fina y ligeramente ganchuda. Tenía un entrecejo poblado y desigual, una ceja más alta que la otra. Famoso por su ingenio y su temperamento explosivo, representaba al partido conservador de la corte. Mi marido decía que era un «mercader que vende ideas fantásticas». Yo admiraba el talento de Su Shun para pronunciar discursos imponentes inspirados en ejemplos de la historia, la filosofía e incluso las óperas clásicas. A menudo me sorprendía a mí misma preguntándome: ¿Hay algo que este hombre no sepa?

El detalle era la especialidad de Su Shun y su sentido dramático potenciaba su efecto como gran narrador de historias. Cuando escuchaba sentada detrás de la cortina, la mera emisión de su voz me convencía de sus palabras, aun cuando discrepase de su política.

Para la corte, Su Shun era un libro andante que contenía miles de años de civilización china. La vastedad de su conocimiento carecía de parangón y era el único ministro que hablaba a la perfección manchú, mandarín y chino antiguo. Su Shun disfrutaba de gran popularidad entre los clanes manchúes, entre los cuales sus ideas contrarias a los bárbaros recibían amplio apoyo.

Como séptimo nieto de un noble y como descendiente del fundador de la dinastía Qing, Nurhachi, Su Shun tenía relaciones en las altas esferas. Su poder también procedía de su amistad con hombres influyentes, muchos de los cuales eran chinos ricos. Desde su juventud había viajado mucho y sus amplios gustos le permitían comunicarse eficazmente con la sociedad en general. Conocido por su interés por el arte antiguo, poseía varias tumbas antiguas en Hsi-an, donde se creía que estaba enterrado el primer emperador de China.

Su Shun era considerado un hombre generoso y leal. Circulaba una historia de cuando empezó a trabajar en la corte como ayudante de un funcionario menor: se dice que vendió las joyas de su madre con el fin de montar banquetes para sus amigos. Más tarde supe que Su Shun utilizaba aquellas refinadas colaciones para conseguir información acerca de todos los ámbitos de la vida. Así se enteraba, entre otras cosas, de los rumores sobre los actores más populares de Pekín, de quiénes escondían más oro en su patio trasero, de las reformas militares o de los matrimonios políticos.

La reciente promoción de Su Shun como mano derecha del emperador Hsien Feng partía de la frustración de su majestad ante la burocracia cortesana. La corte era tan corrupta que la mayoría de los funcionarios no hacía más que apoltronarse en sus títulos y cobrar sus salarios. Muchos eran descendientes de la realeza que habían luchado a las órdenes de poderosos príncipes; otros eran manchúes ricos, pero de extracción humilde, que habían comprado sus cargos mediante «donaciones» a los gobernadores provinciales. Juntos formaban una élite que dominaba la corte. Con los años habían vaciado las arcas del tesoro imperial. Mientras el país sufría económicamente, aquellas gentes continuaban medrando. Cuando el emperador Hsien Feng comprendió la magnitud del problema, promocionó a Su Shun para que «barriera toda aquella basura».

Su Shun era eficaz y riguroso. Se centró en un solo caso muy destacado de corrupción relativa al examen de acceso a la administración pública imperial. El examen se celebraba cada año y afectaba a las vidas de miles de personas de todo el país. En su informe para el emperador Hsien Feng, Su Shun acusó a cinco jueces de alto rango de aceptar sobornos. En él presentó también noventa y un casos de manipulación de las puntuaciones de la prueba y puso en entredicho al número uno de la promoción del año anterior. Para restaurar la reputación de la administración pública, el emperador ordenó decapitar a los cinco jueces y al número uno de la promoción anterior. La gente aplaudió su acción y Su Shun se convirtió en un nombre famoso.

Otra acción de Su Shun le deparó aún mayores honores; persiguió a los bancos que falsificaban taels. Uno de los mayores estafadores resultó ser su mejor amigo, Huang Shan-li. Huang había salvado una vez a Su Shun de ser asesinado por un acreedor implacable, así que todo el mundo pronosticó que Su Shun encontraría el modo de exonerar a su amigo, pero Su Shun demostró que, ante todo, era leal al emperador.

El otro hombre cuya opinión valoraba el emperador Hsien Feng era el príncipe Kung. Una vez el emperador admitió delante de mí no tener el talento del príncipe Kung, como tampoco sus demás hermanastros, el príncipe Tseng y el príncipe Ch’un, lo tenían. Tseng era «un perdedor que se cree un triunfador» y Ch’un era «honesto, pero no demasiado brillante».

Al principio no estaba de acuerdo con mi marido. La seriedad y la naturaleza polemista del príncipe Kung podía resultar distanciadora, pero a medida que fui conociéndolo más, mi opinión sobre él fue cambiando. Se crecía en las dificultades. El emperador Hsien Feng era demasiado delicado, sensible y, sobre todo, profundamente inseguro. Claro que nadie era consciente de ello, pues solía ocultar su temor bajo un manto de arrogancia y firmeza. Cuando tenían que tratar una pérdida, la mente de Hsien Feng caía en el fatalismo, mientras que su hermano conservaba una mirada más optimista.

Se me hacía extraño pasar el tiempo con ambos hombres. Al igual que millones de muchachas en China, había crecido oyendo historias sobre sus vidas privadas. Antes de que Hermana Mayor Fann me contase los detalles, yo ya sabía los rasgos generales de la trágica muerte de la emperatriz Chu An. Cuando Hsien Feng me la describió con sus propias palabras, sonaba trivial e incluso falsa. No recordaba la escena de la despedida de su madre.

– Ningún eunuco aguardaba fuera sujetando una cuerda de seda blanca e instándola a cumplir con su destino. -El tono de su majestad era monótono e imperturbable-. Mi madre me acostó en la cama y cuando desperté me dijeron que estaba muerta; no volví a verla jamás.

Para el emperador Hsien Feng, la tragedia era una forma de vida, mientras que para mí era una ópera triste. El Hsien Feng de los seis años debió de sufrir mucho y seguía sufriendo como adulto, pero no se permitía tales sentimientos o tal vez ya no podía permitírselos. El emperador me dijo una vez que la Ciudad Prohibida no era más que una cabaña de paja ardiendo en un vasto desierto.

Los porteadores del palanquín subían despacio las colinas. Detrás de nosotros, los eunucos arrastraban una vaca, una cabra y un ciervo atados con cuerdas. El camino era tan abrupto que a veces teníamos que bajarnos de las sillas y caminar. Cuando llegamos al lugar de los ancestros, los eunucos hicieron un altar y depositaron en él incienso, comida y vino. El emperador Hsien Feng hizo una reverencia al cielo y articuló el mismo monólogo que había pronunciado tantas veces antes.

Arrodillada junto a él, tocaba el suelo con la frente y oraba para que su padre se mostrase misericordioso. Poco antes Hsien Feng quiso usar las palomas de An-te-hai para enviar mensajes a su padre en el cielo. Hizo que sus eunucos sustituyeran el silbido de las flautas por notas para su padre, que había compuesto minuciosamente él mismo. Por supuesto, no surtió efecto.

Yo albergaba la esperanza de que el emperador encauzara su energía hacia cosas más prácticas. Al regresar del templo, me dijo que le gustaría visitar a su hermano, el príncipe Kung, en su residencia, el jardín del Discernimiento, que quedaba a unos tres kilómetros por el camino de bajada. Casi llegué a creer que aquello era obra del espíritu de su padre. Le pregunté si podía continuar con él, y cuando me dijo que sí, me emocioné; había visto al príncipe Kung, pero nunca había hablado con él.

El palanquín de Hsien Feng era grande como una habitación. Sus costados eran de satén del color del sol y una luz tenue y amarilla nos bañaba en su interior. Me volví hacia su majestad:

– ¿Qué estás pensando? -me preguntó.

Yo sonreí.

– Me preguntaba qué tiene en mente el hijo del cielo.

– Te mostraré lo que tengo en mente -exclamó mientras sus manos me acariciaban entre los muslos.

– Aquí no, majestad -dije rechazándolo.

– Nadie frena al hijo del cielo.

– Los porteadores lo sabrán.

– ¿Y qué?

– Los rumores nacen y caminan por su propio pie. Mañana por la mañana su majestad la gran emperatriz escupirá cuando mencione mi nombre en la mesa del desayuno.

– ¿No hizo ella lo mismo con mi padre?

– No, majestad, no voy a hacerlo con vos.

– Yo lo haré.

– Aguardad hasta que estemos en el palacio, por favor.

Me atrajo hacia él; yo me debatí e intenté escapar de su abrazo.

– ¿No me quieres, Orquídea? Piénsalo, te estoy ofreciendo mis semillas.

– ¿Habláis de esas semillas cocinadas? ¿De las semillas que me dijisteis que no germinarían?

El palanquín se movía y se balanceaba; intenté quedarme quieta, pero era imposible; el emperador de China no estaba acostumbrado a reprimirse. El jefe de los porteadores y el eunuco jefe Shim empezaron a hablar entre ellos. Parecía que al jefe de los porteadores le preocupaba la seguridad de su majestad y quería detenerse para comprobar que todo iba bien. Shim sabía exactamente lo que estaba ocurriendo, así que ambos se enzarzaron en una discusión.

Entonces se me cayó uno de mis zapatos y el jefe eunuco Shim lo recogió. Shim puso el zapato en las narices del jefe de los porteadores, que por fin comprendió lo que sucedía, y dejaron de discutir. En aquel momento el emperador Hsien Feng alcanzó el clímax y el palanquín entero se sacudió. Shim volvió a ponerme con cuidado el zapato.

Me alegraba que nuestra escapada aliviara la depresión del emperador. Me llenó de elogios por mi complacencia, pero yo no era siempre tal como aparentaba. Por fuera era complaciente, fuerte y segura de mí misma, pero tras mi máscara me sentía aislada, tensa y, de un modo vago pero muy real, insatisfecha. El miedo nunca me abandonaba y pensaba constantemente en mis rivales. Me preguntaba cuánto tiempo pasaría hasta que otra ocupase mi lugar. Sus rostros deformados por los celos aparecían ante mí como una niebla invernal.

Estaba segura de que mis rivales habían enviado espías a vigilarme. El «ojo» podía ser uno de los propios asistentes del emperador. De ser así, ciertamente informarían de nuestras actividades en el palanquín. Un pequeño escándalo recorrería un largo camino. Para tres mil mujeres de la Ciudad Prohibida, yo era la ladrona que había robado el único semental, era quien les había robado la única posibilidad de maternidad y felicidad.

La desaparición de mi gata, Nieve, había sido una advertencia. An-te-hai la encontró en un pozo no lejos de mi palacio. Le habían arrancado su precioso pelaje blanco. Nadie reveló el nombre del asesino ni tampoco nadie me expresó sus condolencias. Como una extraña coincidencia, poco después se celebraron tres óperas en el Gran Teatro Changyi. ¿Era aquello una expresión de victoria o una celebración de venganza? Yo fui la única concubina a la que no invitaron. Me senté sola en mi jardín y escuché la música que flotaba por encima de la muralla.

An-te-hai también me informó de otro rumor. Un adivino había visitado el palacio y había vaticinado que algo terrible me sucedería antes de que acabara el invierno: un fantasma me estrangularía mientras dormía. Cada vez que nos cruzábamos, la expresión de los rostros de las demás damas me revelaba sus pensamientos; sus ojos se preguntaban: ¿cuándo?

Aunque yo no quería causar ningún daño, estaba en situación de hacerlo. No me quedaba más opción que arruinar la vida de las demás o dejar que ellas arruinaran la mía.

Sabía exactamente lo que se pretendía de mí, pero ¿renunciaría por voluntad propia al afecto de su majestad? Antes de sobornar al eunuco jefe Shim, mi cama estuvo fría durante meses y me negaba a volver voluntariamente a meterme en aquellas sábanas.

En las audiencias descubrí que las mejores soluciones a menudo se encuentran en las palabras de quienes informan de los problemas. Conocían el asunto desde hacía tiempo y eran capaces de plantear sugerencias. Pero me preocupaba que los ministros reprimieran con frecuencia sus verdaderas opiniones porque confiaban en que el hijo del cielo vería las cosas «a través de un ojo divino».

Me sorprendió que el emperador Hsien Feng creyera que él era el ojo de dios. Rara vez dudaba de su propia sabiduría y buscaba signos para demostrar su origen celestial. Podía ser un árbol herido por un rayo en su jardín o una estrella fugaz surcando el cielo nocturno. Su Shun alentaba la fascinación de Hsien Feng por sí mismo, le convencía de que era el protegido del cielo. Pero cuando las cosas fuera de la Ciudad Prohibida no salían como Hsien Feng quería, el emperador actuaba como un odre agujereado; su confianza se derramaba como el agua por los agujeros.

El emperador se desmoronaba. Cuando le abandonaban la verdad y la comprensión, su humor oscilaba de manera violenta. En un minuto estaba convencido de la derrota de los bárbaros y ordenaba la deportación de un embajador extranjero y al siguiente se desesperaba y convenía en firmar un tratado que solo agudizaría el desastre económico de China. En público intentaba mantener la ilusión del poder de mi marido, pero no podía engañarme a mí misma. Bajo mi vestido dorado, yo era Orquídea de Wuhu y sabía que las cosechas estaban indefensas ante la invasión de las langostas.

Cuando las audiencias iban bien, el emperador Hsien Feng me decía que le había ayudado a recuperar sus poderes mágicos. Todo lo que hacía era escuchar a personas como Su Shun o el príncipe Kung. De haber sido un hombre y haber podido poner un pie fuera de palacio, yo habría ido a la frontera y habría regresado con mis propias estrategias.

Fuera de nuestro palanquín, no se divisaban más que colinas yermas. Su majestad bajó la cortina, se reclinó sobre la almohada y continuó hablando de su vida.

– Los rebeldes Taiping sembraron la destrucción por todas partes. No puedo contar con nadie salvo con mi hermano. Si el príncipe Kung no puede hacerlo, nadie podrá, eso seguro. En el pasado lo humillé consciente e inconscientemente, ahora aprovecho la menor oportunidad para enmendar nuestra relación. Mi padre no mantuvo su promesa y para él yo soy culpable. El día en que fui coronado emperador, concedí al príncipe Kung el título más alto.

»Luego le ofrecí el mejor lugar para vivir fuera de la Ciudad Prohibida, como pronto haré contigo. Le ofrecí una fortuna en taels y la usó para remodelar el palacio. Descuidé a mis otros hermanos y primos. El jardín del Discernimiento no tiene nada que envidiar a ninguno de los palacios del interior de la Ciudad Prohibida.

Yo ya sabía lo que el emperador Hsien Feng había hecho por su hermano. Para que el príncipe Kung se sintiera a gusto, Hsien Feng ignoró la tradición que impedía a un príncipe manchú ostentar un cargo militar. Nombró a Kung consejero jefe del gabinete militar imperial. El poder del príncipe Kung era igual al de Su Shun. Ignorando las protestas de Su Shun, su majestad concedió al príncipe Kung el derecho a elegir a quien quisiera para trabajar con él, incluso a su suegro, el gran secretario Kuei Liang, que resultaba ser el enemigo de Su Sung.

Llegamos al jardín del Discernimiento antes del mediodía. Habían notificado nuestra llegada al príncipe Kung y a su fujin -esposa en manchú-, y nos esperaban junto a la puerta. Kung parecía encantado de ver a su hermano. Tenía veintidós años, dos menos que Hsien Feng, pero eran más o menos de la misma estatura. Detecté cierta frialdad en el príncipe Kung cuando me miró furtivamente, noté su suspicacia y su desconfianza. Sin duda se preguntaba por qué su hermano me mantenía a su lado, sobre todo dados los rumores tan crueles que circulaban.

Siguiendo la tradición, el príncipe Kung celebró un ritual de bienvenida. A mí me pareció muy poco afectuoso. No se comportaban como dos hermanos que habían crecido juntos; se parecía más a un criado rindiendo tributo a su amo.

El emperador Hsien Feng agradeció el gesto de su hermano. Le impacientaban las formalidades y se apresuró en su respuesta. Antes de que Fujin concluyera la frase «deseo a su majestad diez mil años de vida» y sus postraciones, abrazó a su hermano.

Yo acabé mis postraciones y reverencias y permanecí a un lado para escuchar y observar. Descubrí parecidos en el modo en que ambos hermanos se comportaban: elegantes y arrogantes al mismo tiempo. Ambos tenían típicos rasgos manchúes: ojos oblicuos con un gran párpado superior, nariz recta y una boca muy definida. Pero pronto observé una diferencia: el príncipe Kung tenía una postura de jinete mongol. Caminaba con la espalda recta pero con las piernas arqueadas. Los movimientos del emperador Hsien Feng eran los de un viejo colegial.

Intercambiamos regalos; yo le di a Fujin un par de zapatos, que An-te-hai había traído hacía solo un momento, adornados con perlas y cuentas de jade verde que formaban un hermoso dibujo floral. Fujin estaba encantada, y a cambio me dio una pipa de cobre. Nunca había visto una igual; la pequeña pipa tenía representada una sofisticada escena de batalla extranjera, con barcos, soldados y olas. Las minúsculas figuras estaban incrustadas con precisión y la superficie era tan pulida como la porcelana. Fujin me dijo que la habían fabricado con la ayuda de una máquina inventada por un inglés. Fue el regalo de uno de los empleados del príncipe Kung, un británico llamado Robert Hart.

Después de los saludos, llegaron criados con esterillas que colocaron a nuestros pies. El príncipe Kung se arrojó en la suya y empezó a reverenciar a su hermano una y otra vez, tocando el suelo con la frente. Su mujer le siguió. Con el permiso del emperador, llamó a sus hijos y concubinas, que aguardaban vestidos para la ocasión. Fujin se aseguró de que los niños saludaran a la perfección.

Cuando por fin acabó el ritual y nos llevaron hasta la sala de estar, me sentí aliviada. Fujin pidió disculpas y se ausentó. Antes de sentarme, el príncipe Kung me preguntó si me gustaría que Fujin me acompañara a dar un paseo por el jardín. Le dije que prefería quedarme, si no le importaba, ante lo cual se sorprendió, pero no dijo nada.

Con el consentimiento del emperador Hsien Feng, permanecí en mi asiento. Los hermanos empezaron la conversación y el príncipe Kung se dirigió únicamente a su hermano, como si yo no estuviera en la habitación.

Nunca había visto a nadie hablar tan franca y apasionadamente como el príncipe Kung. Pronunciaba sus palabras con gran urgencia, como si su casa estuviera en llamas y no hablase lo bastante rápido.

Antes de que el emperador pudiera dar el primer sorbo a su té, el príncipe Kung le puso delante una carta.

– Las noticias llegaron ayer con un sello de prioridad de novecientos kilómetros. Es del gobernador de la provincia de Shantung. Como veis, están dirigidas a Su Shun y a mí, y son extraordinariamente preocupantes.

El emperador Hsien Feng dejó su té.

– ¿Qué ocurre?

– Los diques del río Amarillo se han derrumbado cerca de la frontera entre la provincia de Shantung y la de Kiansu. Se han inundado veinte pueblos y han muerto cuatro mil personas.

– ¡Alguien será castigado! -exclamó el emperador Hsien Feng, que parecía más molesto que preocupado.

El príncipe Kung dejó el documento y suspiró.

– Es demasiado fácil decapitar a un par de alcaldes y gobernadores, pero nada nos devolverá las vidas perdidas. Necesitamos que las autoridades locales se ocupen de los que se han quedado sin hogar y organicen rescates.

Hsien Feng se tapó la cara con las manos.

– ¡No quiero oír más malas noticias! ¡Dejadme solo!

Como si no tuviera tiempo para pensar en el sufrimiento de su hermano, el príncipe Kung prosiguió:

– También necesito vuestro apoyo para establecer un Tsungli Yamen.

– ¿Qué es un Tsungli Yamen? -preguntó el emperador Hsien Feng-. Nunca había oído ese título.

– Una agencia nacional de asuntos exteriores.

– ¡Ah, el problema exterior! ¿Por qué no sigues adelante, si crees que lo necesitas?

– No puedo.

– ¿Qué te detiene?

– Su Shun, la corte, los ancianos de los clanes. Me encuentro con una fuerte oposición; la gente dice que si nuestros antepasados nunca lo han tenido, por qué vamos a convocarlo nosotros.

– Todo el mundo espera que el espíritu de nuestro padre obre un milagro -dijo el emperador frunciendo el ceño.

– Sí, majestad. Mientras tanto están llegando muchos más extranjeros. Nuestra mejor opción es levantar ciertas restricciones para recuperar gradualmente el control de la situación. Tal vez podamos echarlos un día, pero primero debemos tratarlos según las reglas que ambos acordemos. Los extranjeros llaman a estas reglas «ley», a grandes rasgos equivalente a lo que llamamos «principio». El Tsungli Yamen se encargará de hacer las leyes.

– Entonces, ¿qué quieres de mí? -preguntó el emperador Hsien Feng en un tono muy distante al entusiasmo.

– Me pondré en marcha si me concedéis fondos de maniobra. Mi gente necesita aprender idiomas extranjeros y, claro está, tengo que contratar extranjeros como profesores. Los extranjeros…

– ¡No soporto la palabra «extranjeros»! -le interrumpió el emperador-. Me molesta reconocer a los invasores. Solo sé que vienen a China a imponerme sus maneras.

– Tiene su lado bueno para China, majestad; el libre comercio contribuirá a desarrollar nuestra economía.

El emperador Hsien Feng levantó la mano para acallar al príncipe Kung.

– No seré obsequioso cuando me avergüenzan.

– Os comprendo y estoy de acuerdo con vos, hermano mío -dijo el príncipe Kung con amabilidad-, pero no tenéis ni idea de las humillaciones que he tenido que soportar. Me presionan por ambos lados, los extranjeros y los nacionales. Mis propios funcionarios y trabajadores me han llamado «el lameculos del diablo».

– Te lo mereces.

– Bueno, es fácil cerrar los ojos, pero ¿acaso se esfumará la realidad? -El príncipe Kung hizo una pausa y al cabo de un instante decidió acabar lo que había empezado a decir-. Lo cierto es que nos están atacando y no tenemos defensas. Me preocupa que la arrogancia ignorante de nuestra corte nos cueste la dinastía.

– Estoy cansado -se lamentó Hsien Feng después de un momento de silencio.

El príncipe Kung llamó a los criados, que trajeron una silla de rotén de respaldo plano y ayudaron al emperador Hsien Feng a sentarse. Con el rostro blanquecino y ojos somnolientos dijo:

– Mis pensamientos se alejan volando como mariposas. No me hagas pensar más, por favor.

– Entonces, ¿tengo vuestro permiso para abrir el Tsungli Yamen? ¿Haréis que envíen los fondos?

– Espero que eso sea todo lo que pidas.

Hsien Feng cerró los ojos.

El príncipe Kung meneó la cabeza y esbozó una amarga sonrisa. La habitación se quedó en silencio; a través de las ventanas, vi a las doncellas persiguiendo a los niños mientras tiraban piedras a un estanque.

– Necesito un decreto oficial, majestad. -El príncipe Kung parecía suplicar-. Hermano, no podemos permitirnos más espera.

– Muy bien.

Con los ojos aún cerrados, Hsien Feng volvió el rostro hacia la pared.

– En vuestro decreto debéis dar al Tsungli Yamen auténtico poder.

– De acuerdo, pero a cambio tienes que prometerme -solicitó el emperador Hsien Feng haciendo un esfuerzo por levantarse- que quienes contratemos deberán rendir o perderán la cabeza.

El príncipe Kung pareció aliviado.

– Puedo aseguraros que la calidad de mi gente será incomparable, pero las cosas son más complejas. El obstáculo más serio al que se enfrentan mis funcionarios es la corte, que no nos respeta. Se alegran en secreto cuando los aldeanos hostigan a los embajadores extranjeros y asesinan a misioneros. No puedo explicaros lo peligroso que es semejante comportamiento; puede desencadenar una guerra. Los ancianos de los clanes carecen de visión política.

– Entonces ilustra a la corte -le instó el emperador Hsien Feng abriendo los ojos; parecía realmente cansado.

– Lo he intentado, majestad. He convocado reuniones en nombre del Tsungli Yamen y no ha acudido ningún hombre de ningún clan. Incluso he enviado a mi suegro a invitarlos personalmente, con la esperanza de que su edad les inspirase respeto, pero no ha funcionado. He recibido cartas insultándome e invitándome a que me ahorcara. Me gustaría pediros que asistáis a la próxima reunión, si fuera posible. Quiero que la corte sepa que tengo vuestro apoyo incondicional.

El emperador no respondió; se había quedado dormido. Con un suspiro, el príncipe Kung se reclinó hacia atrás con aire de derrota. El sol daba en las vigas del tejado y la habitación estaba caldeada. Los jazmines de los rincones emanaban un olor dulce. Poco a poco el sol mudó las formas de las sombras de las plantas que se proyectaban en el suelo. El emperador Hsien Feng empezó a roncar. El príncipe Kung se frotó las manos y miró alrededor de la habitación. Llegaron criados que se llevaron las tazas de té y trajeron platitos de nísperos frescos. Yo no tenía apetito y tampoco el príncipe Kung tocó la fruta. Contemplábamos al emperador durmiente, hasta que lentamente nuestros ojos se encontraron y decidí aprovechar la ocasión.

– Me preguntaba, sexto hermano -empecé-, si podríais contarme amablemente lo del asesinato de los misioneros extranjeros; me cuesta mucho creerlo.

– Me gustaría que su majestad deseara saber más sobre este asunto -dijo el príncipe Kung-. Ya conocéis el dicho: «Un gran carámbano no hace una nevada nocturna». Bueno, las raíces de los incidentes se remontan al reinado del emperador Kang Hsi. En aquel tiempo, cuando la gran emperatriz Hsiao Chuang llegaba al otoño de su vida, hizo amistad con un misionero alemán llamado Johann Adam Schall von Bell, quien la convirtió al catolicismo.

– ¿Cómo es posible? Me refiero a la conversión de su majestad.

– Por supuesto no ocurrió de la noche a la mañana. Schall von Bell era erudito, científico y sacerdote. Era un hombre atractivo y se lo presentó a la gran emperatriz el científico de la corte, Hsu Kuang-chi. Bell había dado clases en la Academia Imperial Hanlin bajo las órdenes de Hsu.

– Ya conozco a Hsu. ¿No es él quien vaticinó correctamente cuándo el sol sería devorado por un perro celeste?

– Eclipse -sonrió el príncipe-. Vaticinó que se produciría un eclipse. Sí, fue Hsu, pero no lo hizo solo; Bell fue su profesor y compañero. El emperador encargó a Bell que reformarse el calendario lunar. Después de concluirlo con éxito, el emperador lo nombró consultor militar. Bell ayudó a fabricar las armas que sofocaron una importante sublevación de campesinos.

– ¿Cómo conoció la gran emperatriz a Bell?

– Bueno, Bell profetizó que su hijo el príncipe Shih Chung ascendería al trono, pues el muchacho había sobrevivido a la viruela mientras que los demás hijos del emperador no. Claro que nadie en aquel momento entendía lo que era la viruela, de modo que nadie creyó a Bell. Años más tarde el hermano de Shih Chung, Shih Tsu, murió de viruela. La emperatriz creyó entonces que Bell tenía una conexión especial con el universo y le pidió que la convirtiera a su religión, se hizo una fiel creyente y recibió a misioneros extranjeros.

– ¿El problema empezó cuando los misioneros construyeron iglesias? -Yo recordaba algo.

– Cierto. Empezó cuando eligieron emplazamientos que los lugareños consideraban que tenían el mejor feng shui. Los aldeanos creían que las sombras que proyectaban las iglesias en sus cementerios ancestrales perturbarían a los muertos. Los católicos también denigraban las religiones chinas, lo cual ofendía a las gentes del lugar.

– ¿Por qué serían los extranjeros tan insensatos?

– Insistían en que su dios era el único dios.

– Nuestra gente nunca aceptará una cosa así.

– Claro que no -coincidió el príncipe Kung-. Se desataron luchas entre los nuevos conversos y los que mantenían sus viejas creencias. Personas de dudosa reputación, incluso criminales, se unieron a los católicos. Muchos cometieron crímenes en nombre de su dios y se desató la violencia. Cuando los misioneros intentaron defender a los criminales, la gente del lugar se congregó a millares, quemó las iglesias y asesinó a los misioneros.

– ¿Así que la prohibición de entrada a los misioneros se hizo extensiva al interior del país?

– Precisamente; la prohibición duró ciento veinte años. Como perdimos la guerra del Opio, hoy nos hemos visto obligados a legalizar la actividad misionera. Han restaurado viejas iglesias y construido otras nuevas. Esta vez no podemos detenerlos. Los tratados dejan claro que China será fuertemente multada si no consigue controlar los levantamientos. Las multas nos están arruinando.

– ¿Por qué no decimos a los misioneros que se vayan? ¿Por qué no les decimos que regresen cuando hayamos estabilizado nuestra sociedad?

– Su majestad lo hizo, incluso les dio una fecha.

– ¿Cuál fue la respuesta?

– Amenazas de guerra.

El príncipe Kung me miró con expresión triste.

Lo presioné.

– ¿Por qué los extranjeros nos imponen sus costumbres? Como manchúes, nosotros no imponemos nuestros puntos de vista a los chinos, no les decimos que dejen de vendar los pies a sus mujeres.

El príncipe Kung se rió con sarcasmo.

– ¿Puede un pordiosero exigir respeto? -me preguntó.

Me quedé sin habla. La habitación empezaba a enfriarse. Observé que volvían a llenar nuestras tazas de té.

– Han pisoteado al hijo del cielo, han pisoteado a China y todo el mundo está demasiado avergonzado para admitirlo.

El príncipe Kung me hizo gestos para que no levantara la voz. En sueños las mejillas de Hsien Feng se arrebolaron. Debía de tener fiebre otra vez; le costaba respirar, como si no le entrara suficiente aire en los pulmones.

– Vuestro hermano cree en los pa kua, los ocho diagramas, y en el feng shui -le conté al príncipe Kung-. Cree que es un protegido de los dioses.

Kung tomó un sorbo de su té.

– Todo el mundo cree lo que quiere creer, pero la realidad es como una roca en el fondo de una letrina: ¡Apesta!

– ¿Cómo han adquirido tanto poder los occidentales? -pregunté-. ¿Qué debemos aprender de ellos?

– ¿Por qué os preocupáis?

Sonrió; debía de pensar que para una mujer no tenía objeto debatir.

Le dije al príncipe Kung que el emperador Hsien Feng estaba interesado en aprender y que yo podía serle de utilidad. Intercambiamos una mirada de reconocimiento; aquello parecía tener sentido para él.

– No es una nimiedad, pero deberíais empezar por leer mis cartas a su majestad. Debemos huir de la trampa del autoengaño y… -Levantó los ojos, me miró y entonces se le olvidaron sus palabras.

A través del príncipe Kung, aprendí que el tercer hombre importante era el general del ejército del norte y virrey de la provincia de Anhwei, Tseng Kou-fan.

Ya había oído su nombre de boca del emperador Hsien Feng. Se decía que Tseng Kou-fan era un chino sensato y obstinado de unos cincuenta años. Procedía de una pobre familia campesina y en 1852 había sido nombrado comandante del ejército de su Hunan natal. Se le conocía por sus concienzudos métodos para instruir a sus hombres. Había eliminado con éxito los baluartes Taiping sobre el río Yangtsé, con lo que se ganó las alabanzas de la ansiosa e impaciente capital. Siguió endureciendo a sus hombres, que recibieron el nombre de «los bravos de Hunan». Era la fuerza guerrera más eficiente del imperio. Gracias al príncipe Kung, el emperador concedió al general Tseng una audiencia privada.

– Orquídea -me llamó el emperador Hsien Feng mientras se ponía su túnica de dragón-. Ven conmigo esta mañana y dame tu opinión sobre Tseng Kou-fan.

Y de este modo, seguí a mi marido hasta el salón de la Nutrición Espiritual. El general se puso en pie tras postrarse de rodillas y saludó a su majestad. Noté que también él estaba demasiado nervioso para levantar los ojos. Aquello no era raro durante la primera audiencia imperial. Les ocurría más a los de origen chino. Extraordinariamente humildes, no podían creer que su gobernante les estuviera recibiendo.

En realidad, no eran los chinos sino los manchúes quienes carecían de confianza. Nuestros antepasados habían conquistado la China continental por la fuerza hacía doscientos cincuenta años, pero nunca habíamos dominado el arte de gobernar. Llegamos sin los rudimentos, como la filosofía de Confucio, que unificaba la nación mediante la moralidad y la espiritualidad, y sin un sistema que centralizara eficazmente el poder. También carecíamos de un lenguaje que permitiera al emperador comunicarse con su pueblo, el ochenta por ciento del cual era chino.

Sabiamente, nuestros antepasados adoptaron las costumbres chinas, lo que en mi opinión, probablemente era inevitable. La cultura era tan refinada y extensa que la aceptamos y nos fue de utilidad. La esencia del confucianismo continuó dominando la nación. Mi primer idioma fue el chino, mis hábitos alimenticios eran chinos, mi enseñanza era en chino y mi entretenimiento favorito eran las óperas de Pekín.

Había caído en la cuenta de que el sentido de superioridad manchú nos había traicionado. Los manchúes de la época estaban tan podridos como un árbol infestado de termitas. Los hombres manchúes estaban echados a perder; ya no sabían cómo ganar batallas a caballo. La mayoría se habían convertido en sus propios enemigos. Detrás de su orgullosa fachada, eran perezosos e inseguros. A mi marido le creaban dificultades cada vez que deseaba promocionar a alguien de verdadero talento que resultaba ser chino.

Por desgracia seguían siendo la fuerza política dominante y sus opiniones influían en el emperador Hsien Feng. Tseng Kou-fan era el mejor general del imperio; sin embargo, su majestad temía ascenderlo. Aquello era algo corriente. Cualquier chino de alto rango podía encontrarse degradado sin previo aviso y nunca se daba ninguna explicación.

El príncipe Kung había aconsejado repetidas veces al emperador que acabara con su administración discriminatoria. Kung opinaba que, hasta que su majestad no se mostrase verdaderamente justo, no recibiría verdadera lealtad. Tseng Kou-fan ilustraba esta opinión. El famoso general no podía creer que estuviera allí para recibir honores. El hombre se quebró cuando el emperador Hsien Feng hizo una broma desenfadada:

– ¿Te llamas Cortacabezas Tseng?

Tseng Kou-fan golpeó el suelo con la frente y se puso a temblar violentamente. Intenté no reírme cuando oí el tintineo de las joyas de Tseng. El emperador estaba encantado.

– ¿Por qué no me contestas?

– Debería ser castigado y morir mil veces antes de ensuciar los oídos de su majestad con este nombre -respondió el hombre.

– No, no estoy molesto. -Hsien Feng sonrió-. Levántate, por favor, me gusta el nombre de Cortacabezas Tseng. ¿Puedes explicar cómo te lo ganaste?

Después de respirar hondo, el hombre contestó:

– Majestad, el nombre me lo dieron primero mis enemigos y luego mis hombres lo adoptaron.

– Tus hombres deben de estar muy orgullosos por servir bajo tus órdenes.

– Sí, lo están.

– Me has honrado, Tseng Kou-fan. ¡Me gustaría tener más generales cortacabezas!

Cuando el emperador Hsien Feng invitó al general Tseng a sentarse a comer a su mesa, el hombre se conmovió hasta las lágrimas. Dijo que ya podía morir y saludar a sus antepasados con orgullo, porque había recibido el mayor de los honores.

Tras ingerir un poco de licor, el general Tseng se relajó. Cuando me presentaron como la concubina favorita del emperador, Tseng se arrodilló y me hizo una reverencia. Eso me complació sobremanera. Muchos años más tarde, después de la muerte de mi marido, cuando Tseng Kou-fan y yo fuimos ambos viejos, le pregunté qué había pensado la primera vez que me vio. Me halagó y dijo que estaba sobrecogido por mi belleza y no podía pensar. Le pregunté si recordaba haber bebido un cuenco de agua sucia, el que se usaba para lavarnos los dedos durante la comida.

Me alegraba que el emperador Hsien Feng me presentase a sus amigos de alto rango. A sus ojos yo era solo una concubina, aunque la favorita; sin embargo era crucial que me mostrara en público para mi posterior desarrollo y madurez. Conocer en persona a alguien como Tseng Kou-fan me haría seguramente un buen servicio en el futuro.

Mientras escuchaba la conversación entre el emperador Hsien Feng y el general Tseng Kou-fan, recordaba los dulces días de mi niñez cuando mi padre me contaba historias del pasado de China.

– Tú eres un erudito -le dijo Hsien Feng a Tseng-. He oído que prefieres contratar oficiales que sean literatos.

– Majestad, creo que alguien que haya aprendido las enseñanzas de Confucio comprende mejor la lealtad y la justicia.

– He oído decir que no reclutas a antiguos soldados, ¿por qué?

– Bueno, según mi experiencia, encuentro que los soldados profesionales tienen malas costumbres. Lo primero que piensan cuando empieza la batalla es en salvar el pellejo; abandonan vergonzosamente sus puestos.

– ¿Cómo reclutas soldados de calidad?

– Gasto taels reclutando campesinos de las zonas pobres y las montañas lejanas. Estas personas tienen caracteres puros. Los entreno yo mismo; intento cultivar un sentido de hermandad.

– He oído que muchos de ellos son de Hunan.

– Sí, yo también soy de Hunan. Para ellos es fácil identificarse conmigo y con los demás. Hablamos el mismo dialecto; somos como una gran familia.

– Y tú eres el padre, claro.

Tseng Kou-fan sonrió, orgulloso y azorado al mismo tiempo. El emperador Hsien Feng asintió.

– Me han informado de que has equipado a tu ejército con armas superiores, mejores que las del ejército imperial. ¿Es eso cierto?

Tseng Kou-fan se levantó de su asiento, se alzó la túnica y se puso de rodillas.

– Es cierto, pero es importante que su majestad me vea como una parte del ejército imperial; no puede ser de otro modo.

Hizo una reverencia y permaneció en el suelo para subrayar sus palabras.

– Levántate, por favor -le ordenó el emperador Hsien Feng-. Deja que vuelva a formular mi frase para no ser malinterpretado. Lo que quiero decir es que el ejército imperial, sobre todo aquellas divisiones dirigidas por señores de la guerra manchúes, se han convertido en una olla de sanguijuelas. Se alimentan de la sangre de la dinastía y no contribuyen en nada. Por eso dedico mi tiempo a conocerte más.

– Sí, majestad. -Tseng Kou-fan se levantó y regresó a su asiento-. Creo que es importante equipar también las mentes de los soldados.

– ¿A qué te refieres?

– Antes de convertirse en soldados, los campesinos no están entrenados para el combate. Como la mayoría de la gente, no soportan la visión de la sangre. El castigo no cambia su comportamiento, pero hay otras maneras. No puedo dejar que mis hombres se acostumbren a la derrota.

– Comprendo, yo estoy acostumbrado a la derrota -confesó el emperador con una sonrisa sarcástica.

Ni Tseng Kou-fan ni yo estábamos seguros de si su majestad se burlaba o revelaba sus verdaderos sentimientos. Los palillos de Tseng se le helaron antes de abrir la boca.

– Soporto humillaciones intolerables -admitió el emperador Hsien Feng, como si se explicase-. La diferencia es que yo no puedo desertar.

El general Tseng Kou-fan estaba afectado por la tristeza del hijo del cielo. Se levantó y volvió a arrodillarse.

– Juro por mi vida que os devolveré vuestro honor, majestad. Mi ejército está dispuesto a morir por la dinastía Qing.

El emperador Hsien Feng se levantó de su silla y ayudó a Tseng Kou-fan a ponerse en pie.

– ¿De qué envergadura es la fuerza que tienes bajo tu mando?

– Tengo trece divisiones de fuerzas terrestres y trece divisiones de fuerzas navales, además de los bravos del lugar. Cada división tiene quinientos hombres.

Sentada en audiencias como aquella, entré en el sueño del emperador. Trabajando juntos, nos convertimos en verdaderos amigos, amantes y algo más. Aunque las malas noticias no cesaban de llegar, Hsien Feng se había calmado lo bastante como para afrontar las dificultades. Su depresión no desaparecía, pero sus cambios de humor eran menos drásticos. Durante aquel breve período, se sintió bien. Le echaba en falta cuando sus asuntos lo apartaban de mi lado.