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Capítulo 13

– Oigo latidos prometedores. -La voz del médico Sun Pao-tien me llegaba a través de la cortina-. Los latidos me dicen que tenéis un sheemai.

– ¿Qué es un sheemai? -le pregunté nerviosa.

La cortina nos separaba y, tumbada en la cama, no veía la cara del médico, solo su sombra atravesaba la cortina por una vela. Miré la mano que penetraba por la cortina y me tomaba el pulso presionando levemente el índice y el medio en mi muñeca. Era una mano de aspecto delicado, con unos dedos sorprendentemente largos, que olía vagamente a medicinas herbales. Como ningún hombre, salvo el emperador, podía ver a las mujeres de la Ciudad Prohibida, el doctor imperial basaba su diagnóstico en el pulso del paciente.

Me preguntaba qué podría examinar si la cortina le tapaba la visión, aunque desde hacía miles de años los médicos chinos habían detectado algunos problemas en el cuerpo con solo tomar el pulso. Sun Pao-tien era el mejor médico de la nación; procedía de una familia china de cinco generaciones de médicos y era famoso por haber descubierto una piedra del tamaño de un hueso de melocotón en la tripa de la gran emperatriz Jin. Entre terribles dolores, la emperatriz no creía al médico, pero confiaba en él lo bastante como para beber la medicina a base de hierbas que le recetó. Tres meses más tarde, una doncella encontró la piedra en el orinal de su majestad.

El doctor Sun Pao-tien me dijo con su dulce y amable voz:

– See significa «felicidad» y mai significa «pulsaciones»; Sheemai, «felices pulsaciones»; dama Yehonala, estáis embarazada.

Antes de que mi mente reconociera lo que había dicho, Sun Pao-tien retiró la mano.

– ¡Perdón!

Me senté en la cama y tendí la mano para coger la cortina; por suerte An-te-hai la había sujetado fuerte. No estaba segura de si había oído la palabra «embarazada». Llevaba meses padeciendo mareos matutinos y no confiaba en lo que oía.

– ¡An-te-hai! -grité-. ¡Vuelve a traerme la mano!

Después de un momento de revuelo en el otro lado de la cortina, la sombra del médico regresó. Varios eunucos lo condujeron hasta la silla y le metieron la mano a través de la cortina. Su desagrado era obvio; descansaba en el borde de la cama con los dedos crispados como una araña reptante. A mí me tenía sin cuidado; lo único que quería era volver a oír la palabra «embarazada», así que cogí la mano y la coloqué en mi muñeca.

– Asegúrese, doctor -le supliqué.

– Hay éxito en todos los campos de vuestro cuerpo. -La voz de Sun Pao-tien era pausada; pronunciaba claramente todas las palabras-. Vuestras venas y arterias están latiendo. Hermosos elementos cubren vuestras lomas y vuestros valles…

– ¿Eh?, ¿qué significa eso? -pregunté agitando la mano.

La sombra de An-te-hai se mezcló con la del médico y empezó a traducirme las palabras de este último. La emoción de su voz era inconfundible.

– ¡Mi señora, la semilla del dragón ha germinado!

Solté la mano de Sun Pao-tien. No podía esperar a que An-te-hai quitara los prendedores. Di gracias al cielo por su bendición. El resto del día no dejé de comer. An-te-hai estaba tan contento que se olvidó de dar de comer a los pájaros. Fue a la piscifactoría imperial y pidió un cubo de peces vivos.

– Vamos a celebrarlo, mi señora -dijo cuando regresó.

Fuimos al lago con los peces y los liberamos uno a uno. El ritual, llamado fang sheng, era un gesto de misericordia. Con cada pez al que le dábamos la oportunidad de vivir, aumentaba mi reserva de buena voluntad.

A la mañana siguiente, me desperté con un sonido cadencioso que llenaba el cielo de finales del verano. Eran las palomas de An-te-hai que sobrevolaban en círculos el tejado. El sonido de las pequeñas flautas me remontaba a Wuhu, donde había fabricado instrumentos parecidos con juncos de agua que ataba a mis propios pájaros y también a las cometas. Según su grosor, los juncos producían diferentes sonidos. Un viejo aldeano ató dos docenas de pequeñas flautas a una gran cometa y las dispuso de tal manera que cuando la echaba a volar producía la melodía de una canción del folclore popular.

Me levanté y fui al jardín, donde me recibieron los pavos reales. An-te-hai estaba ocupado alimentando al loro Confucio. El pájaro ensayaba una nueva frase que acababa de aprender: «¡Felicidades, mi señora!». Yo estaba encantada. Las orquídeas del jardín aún estaban en flor; los esbeltos tallos se curvaban con elegancia, las hojas eran como bailarines que se subían las mangas; los pétalos blancos y azules se desplegaban como si quisieran besar la luz del sol y el corazón negro y aterciopelado de las orquídeas me recordaba los ojos de Nieve.

An-te-hai me dijo que el doctor Sun Pao-tien había sugerido que mantuviera en secreto la noticia de mi embarazo hasta que estuviera en el tercer mes, y yo seguía su consejo. Siempre que me era posible, me solazaba en el jardín. Las horas dulces me hacían añorar a mi familia; deseaba ardientemente compartir aquella noticia con mi madre.

A pesar de mi «secreto», no pasó mucho tiempo hasta que las esposas y concubinas imperiales de todos los palacios se enteraron de mi embarazo. Me cubrieron de flores, tallas de jade y recortes de papel con los mejores deseos. Todas las concubinas se esforzaron en visitarme; las que se sentían mal enviaron a sus eunucos con más regalos.

En mi habitación los regalos se apilaban hasta el techo, pero detrás de las caras sonrientes, se escondían la envidia y los celos. Los ojos hinchados eran la prueba de noches de llanto sin dormir. Sabía exactamente cómo se sentían las demás concubinas porque recordaba mi propia reacción ante el embarazo de la dama Yun. No le deseé nada malo a ella, ni tampoco nada bueno, y me sentí absolutamente aliviada cuando Nuharoo me dijo que la dama Yun había dado a luz una hija en lugar de un hijo.

No esperaba con ilusión lo que se me avecinaba; temía las numerosas trampas que iban a tenderme y consideraba normal que las concubinas me odiasen.

Mientras mi vientre empezaba a hincharse, mi temor aumentó. Ahora comía poco para disminuir el riesgo de ser envenenada. Soñaba con el cuerpo despellejado de Nieve flotando en el pozo. An-te-hai me advirtió de que tuviera cuidado cada vez que tomara un cuenco de sopa o diera un paseo por el jardín. Creía que mis rivales habían ordenado a sus eunucos que preparasen rocas sueltas o excavaran hoyos en mi camino para hacerme tropezar. Cuando le comenté que estaba exagerando, An-te-hai me contó una historia sobre una concubina celosa que ordenó a su eunuco que rompiera una teja del tejado de su rival para que se desprendiese y le cayera en la cabeza, y así fue.

Antes de entrar en mi palanquín, An-te-hai siempre comprobaba que no hubiera una aguja oculta en el almohadón del asiento, pues estaba convencido de que mis rivales harían cualquier cosa para provocarme un aborto.

Yo comprendía la causa de semejante brutalidad, pero no podía perdonar a nadie que intentara destruir a mi hijo. Si daba a luz normalmente, mi estatus se elevaría a expensas de las demás. Mi nombre entraría en el libro de registro imperial. Si el bebé era niño, sería elevada al rango de emperatriz, compartiendo el título con Nuharoo.

La noche era cerrada y el emperador y yo yacíamos uno al lado del otro. Estaba alegre desde que conoció la noticia de mi embarazo. Habíamos pasado las noches en el palacio de la Belleza Concentrada, tres palacios al norte del salón de la Nutrición Espiritual. Yo dormía mejor en mi palacio porque nadie venía a despertarnos con asuntos urgentes. Su majestad había estado viviendo a caballo de los dos palacios, según el tiempo que lo retenía el trabajo. Las advertencias de An-tehai me preocupaban y le pedí a su majestad que incrementase la guardia nocturna en mis puertas.

– Por si acaso -le sugerí-. Me sentiría más segura.

Su majestad suspiró.

– Orquídea, estás cumpliendo mi sueño.

Me sorprendieron sus palabras y le pedí que me las explicara.

– Mis sueños de levantar una China próspera se han roto una y otra vez, y últimamente no puedo sino poner en duda mi capacidad como gobernante. Sin embargo, mi poder no encuentra resistencia en la Ciudad Prohibida. Las concubinas y eunucos son mis fieles ciudadanos; sobre esto no hay confusión. Espero que me ames y que nos amemos, y sobre todo deseo que exista serenidad entre Nuharoo y tú. La Ciudad Prohibida es poesía en su forma más pura, es mi jardín espiritual, donde puedo tumbarme entre mis flores y descansar.

Pero ¿es posible amar aquí?, me pregunté. La atmósfera de este jardín hace tiempo que está envenenada.

– Qué hermosa la tarde en que tú y Nuharoo paseabais juntas por el jardín -dijo el emperador en tono soñador-. Recuerdo el día con claridad: tú llevabas la luz del sol poniente, ambas vestíais túnicas de primavera. Habíais cogido flores y avanzabais hacia mí con montones de peonías, sonriendo y charlando con la dulzura de unas hermanas. Aquello me hizo olvidar mis problemas, no quería sino besar las flores de vuestras manos…

Deseaba decirle que yo nunca había formado parte de aquello. Su imagen de belleza y armonía no existía; nos había entretejido a ambas en su fantasía. Nuharoo y yo habríamos podido querernos y ser amigas si nuestra supervivencia no hubiera dependido de su afecto.

– Hoy, cuando veo algo hermoso, deseo congelarlo. -Levantándose de la almohada, su majestad se volvió hacia mí y me preguntó-: Nuharoo y tú os tuvisteis afecto antes; ¿y ahora por qué no? ¿Por qué tenéis que estropearlo?

En aquel momento vi el verdadero corazón de un emperador, un hombre acostumbrado a imponer su voluntad a los demás en todo.

En el tercer mes de mi embarazo, ordenaron a los astrólogos de la corte que realizaran pa kua. Arrojaron madera, metal y varillas doradas sobre el suelo de mármol y trajeron un cubo con la sangre de diversos animales. Salpicaron sobre las paredes agua y arena de colores para crear un dibujo. Con sus largas túnicas negras con dibujos de estrellas, los astrólogos se pusieron en cuclillas y, con la nariz casi tocando el suelo, estudiaron las varillas e interpretaron las fantasmales imágenes de las paredes. Por fin dictaminaron que el niño que llevaba en las entrañas poseía el equilibrio adecuado de oro, madera, agua y tierra.

El ritual continuó. A diferencia de los videntes del país, los astrólogos imperiales evitaban expresar sus auténticas visiones. Noté que todo lo que se decía estaba destinado a complacer al emperador Hsien Feng, quien les recompensaría. Aparentando estar ocupados, los astrólogos danzaban alrededor de las paredes manchadas todo el día. Por la noche se sentaban y hacían rodar los ojos en sus cuencas. Yo encontraba excusas y me iba. Para castigarme, los astrólogos transmitieron una predicción funesta a la gran emperatriz: si no me quedaba absolutamente quieta después de la puesta de sol, con las piernas levantadas, perdería al niño. Me ataron a la cama y colocaron taburetes a mis pies. Estaba desesperada, pero no había nada que yo pudiera hacer. Mi suegra era muy devota de la astrología pa kua.

– Mi señora -preguntó An-te-hai al notar que estaba de mal humor-, como tenéis tiempo, ¿os gustaría aprender un poco de pa kua? Así sabréis si vuestro hijo es del tipo montaña o del tipo océano.

Como siempre, An-te-hai sabía lo que necesitaba. Trajo a un experto. «El más reputado de Pekín -según mi eunuco-. Ha conseguido entrar porque lo he disfrazado de basurero.»

Encerrados los tres en mi alcoba, el hombre, que tenía solo un ojo, leyó las pinturas de arena y trajo una bandeja. Lo que oí me confundió y puse todo mi empeño en comprenderlo.

– Pa kua no funciona una vez se explica -afirmó-. La filosofía está en los sentidos.

An-te-hai estaba impaciente y le pidió al hombre que fuera al grano. El experto se convirtió en un vidente de pueblo. Me dijo que había muchas posibilidades de que mi hijo fuera niño.

Después de eso perdí el interés por saber más de pa kua. La predicción me aceleró el corazón. Conseguí sentarme y le pedí al hombre que continuara.

– Veo que el niño lo tiene todo perfecto salvo quizá demasiado metal, lo cual significa que será obstinado. -El hombre dio un golpecito a las piedras y a los palitos que había desparramado sobre la bandeja-. La mejor cualidad del muchacho es que es capaz de luchar por sus sueños.

En aquel punto, el hombre hizo una pausa, levantó la barbilla al cielo y le tembló el ceño, arrugó la nariz y pestañeó. Una costra amarilla se desprendió de la cuenca vacía del ojo y dejó de hablar.

An-te-hai se acercó a él.

– He aquí una recompensa por su honestidad -dijo mi eunuco poniendo una bolsa de taels en la gran manga del hombre.

– La oscuridad -prosiguió inmediatamente el hombre- es que su llegada al mundo supondrá una maldición para un miembro cercano de la familia.

– ¿Maldición?¿Qué clase de maldición? -preguntó Ante-hai antes de que me diera tiempo a hacerlo a mí-. ¿Qué le sucederá a ese miembro cercano de la familia?

– Ella morirá -respondió el hombre.

Yo tragué saliva y le pregunté que por qué una mujer. El hombre no tenía respuesta para eso y me aseguró que solo podía contarme lo que leía en los signos.

Le imploré que me diera una pista.

– ¿Seré yo esa mujer? ¿Moriré de parto?

El hombre negó con la cabeza y añadió que la imagen no estaba clara en aquel punto. Fue incapaz de decirme nada más.

Cuando el tuerto se hubo ido, intenté olvidar la predicción y me dije a mí misma que el hombre no podía demostrar lo que había dicho. A diferencia de Nuharoo, que era una budista devota, yo no era una persona religiosa y nunca me había tomado en serio las supersticiones. Parecía que todo el mundo en la Ciudad Prohibida estaba obsesionado con la idea de la vida después de la muerte e invertía todas sus esperanzas en el otro mundo. Los eunucos hablaban de regresar «enteros», mientras que las concubinas esperaban con ilusión tener un marido e hijos propios. La otra vida era parte del estudio budista de Nuharoo. Ella sabía mucho sobre lo que nos sucedería después de la muerte. Decía que, al llegar al otro mundo, cada persona sería interrogada y juzgada: «aquellos cuyas vidas hayan estado manchadas por el pecado serán condenados al infierno, donde los hervirán, los freirán, los aserrarán y los cortarán en pedacitos. Quienes sean considerados sin pecado llegarán a empezar una nueva vida en la tierra, pero no todo el mundo volverá a vivir la vida que desee. Los más afortunados nacerán como humanos; los desafortunados, como animales: un perro, un cerdo, una pulga».

Las concubinas de la Ciudad Prohibida, en especial las más mayores, eran extraordinariamente supersticiosas. Además de hacer yoo-hoo-loos y salmodiar, pasaban los días aprendiendo diversos tipos de brujería. Para ellas la creencia en la otra vida era un arma en sí misma, un arma que necesitaban para echar maldiciones sobre sus rivales, y eran muy ingeniosas acerca de los diversos destinos que deseaban a sus enemigas.

Nuharoo me enseñó un libro llamado El calendario de los fantasmas chinos, con ilustraciones gráficas y raras. A mí el tema no me resultaba desconocido; había oído todas las historias allí recogidas y había visto una versión manuscrita en Wuhu. El libro era utilizado por los narradores del país. A Nuharoo le fascinaba especialmente «Los zapatos rojos bordados», un viejo cuento sobre un par de zapatos calzados por un fantasma.

De niña había visto a los adivinos hacer falsas predicciones que habían arruinado vidas. Sin embargo An-te-hai no quería correr riesgos. Sabía que le preocupaba que la desventurada mujer de la profecía fuera yo.

Durante los días que siguieron, sus preocupaciones aumentaron, se puso melodramático hasta llegar a la insensatez.

– Cada día puede ser el último -murmuró una mañana.

Me servía con cuidado, observando mi más mínimo movimiento. Olisqueaba el aire como un perro y se negaba a cerrar los ojos por la noche. Cuando yo dormitaba, salía de la Ciudad Prohibida y regresaba para informarme de que había pasado el tiempo con los ancianos solteros del pueblo, y les había preguntado si, a cambio de dinero, estarían dispuestos a adoptar a mi hijo nonato.

Le pregunté por qué hacía aquello y An-te-hai me explicó que, como mi hijo acarreaba una maldición, nuestro deber era pasarles la maldición a otras personas. Según El libro de la superstición, si mucha gente soportaba una maldición, perdería sus efectos.

– Los solteros están ansiosos por tener a alguien que lleve el nombre de su familia -me explicó mi eunuco-. No os preocupéis, mi señora, no revelaré de quién es el niño, la adopción es solo un contrato oral.

Elogié la lealtad de An-te-hai y le pedí que no prosiguiera con aquello, pero no me hizo caso. Al día siguiente lo vi haciendo una reverencia a un perro lisiado que pasaba por el jardín. Otro día se arrodilló y se postró con la frente en el suelo ante un cerdo que llevaban atado camino del templo para ser sacrificado.

– Debemos deshacer la maldición -sugirió An-te-hai-. Presentar respetos al perro lisiado significa reconocer su sufrimiento, pues alguien le ha pegado y le ha roto los huesos. Semejantes animales sirven como sustitutos y reducen el poder de la maldición, cuando no la transfieren a otros.

Cuando el cerdo fue sacrificado, An-te-hai creyó que yo había sido liberada, pues, en el espíritu del cerdo, me había convertido en un fantasma.

Una mañana temprano, la noticia se difundió por toda la ciudad imperial: la gran emperatriz Jin había fallecido.

An-te-hai y yo llegamos a la conclusión de que debía de ser lo del pa kua. Otro extraño incidente tuvo lugar aquella mañana. La campana de cristal del reloj del salón de la Nutrición Espiritual se hizo añicos cuando el reloj dio las nueve. El astrólogo de la corte explicó que la muerte de la dama Jin se había producido porque había estado demasiado ansiosa por alargar su longevidad. Ella adoraba el número nueve; había celebrado su cuarenta y nueve cumpleaños cubriendo su cama con cuerdas rojas y sábanas bordadas con cuarenta y nueve nueves chinos.

– Había estado enferma, pero no se esperaba que muriera hasta que fue arrastrada por los nueves -dijo el astrólogo.

Cuando mi palanquín llegó al palacio de la dama Jin, ya habían lavado el cadáver. La trasladaron desde su dormitorio hasta lin chuang, la cama del alma, que tenía forma de barco. Los pies de su majestad estaban atados con cordones rojos y estaba vestida con una túnica de corte plateada larga hasta los pies y bordada con todo tipo de símbolos: ruedas de la fortuna, representando los principios del universo, conchas marinas en las que se podía oír la voz de Buda, sombrillas de papel de aceite que protegían las estaciones de la inundación y la sequía, frascos que contenían el fluido de la sabiduría y la magia, flores de loto que representaban generaciones de paz, peces de colores para el equilibrio y la gracia y, por último, el símbolo , que representaba el equilibrio y el infinito. Desde el pecho hasta las rodillas, estaba envuelta con una sábana dorada pintada con escrituras budistas.

Al lado de la emperatriz, habían colocado un espejo del tamaño de una mano con un largo mango, con la intención de proteger a la muerta de las molestias de los malos espíritus. El espejo reflejaba las imágenes de los fantasmas. La mayoría de ellos no tenían ni idea de cuál era su aspecto y esperaban verse como cuando estaban vivos, pero las maldades que habían cometido en el pasado los habían transformado en esqueletos, monstruos grotescos o cosas aún peores y el espejo los hacía retroceder.

El rostro de la dama Jin parecía una montaña de harina de la cantidad de polvos que le habían puesto. An-te-hai me contó que en los últimos días le habían salido forúnculos por toda la cara. En el acta el médico escribió que los «brotes» del cuerpo de su majestad habían «florecido» y producido «néctar». Los forúnculos eran negros y verdes como las raíces que les salen a las patatas podridas. Toda la Ciudad Prohibida murmuraba que debía de ser obra de su antigua rival, la emperatriz Chu An.

Habían arreglado el rostro de la dama Jin y lo habían cubierto de polvo de perlas machacadas, pero, al mirarlo de cerca, aún se detectaban los granos. A la derecha de la cabeza de su majestad, había una bandeja con un cuenco dorado de cerámica que contenía su último alimento terrenal: arroz. A la izquierda, ardía una gran lámpara, la «luz eterna». La jarra estaba llena de aceite.

Nuharoo y las demás esposas del emperador Hsien Feng, vestidas con túnicas de seda blanca, fuimos a ver el cadáver. Nuharoo se había maquillado, pero sin la mancha de carmín bajo el labio inferior, y rompió a llorar al ver a la dama Jin. Tuvo que quitarse un trozo de cordón de su tocado y morderlo para contener sus emociones. Me conmovió su tristeza, le ofrecí la mano y permanecimos allí hombro con hombro ante la emperatriz muerta.

Llegó el grupo de plañideras, llorando con diversos estilos de llanto; el sonido era más una cantinela que un lloro y me recordaba la música discordante de la banda del pueblo. Tal vez fuera porque me parecía que acababa de escapar de la maldición, pero me sentía ligera y escasamente afectada.

Yo nunca le había gustado a la dama Jin. Después de saber que estaba embarazada, anunció abiertamente que habría preferido que las noticias procedieran de Nuharoo; consideraba que le había robado el emperador a Nuharoo.

Recordé la última vez que había visto a la dama Jin. Su salud se deterioraba, pero se negaba a admitirlo. A pesar de que todo el mundo sabía lo de su piedra del tamaño de un hueso de melocotón, ella pretendía que nunca había estado tan sana. Recompensaba a los médicos que le mentían y que le aseguraban que viviría mucho tiempo, pero el cuerpo la traicionaba. Le temblaba el dedo cuando me apuntó y me acusó de malvada. Parecía como si se preparase para pegarme. Intentó luchar contra su temblor, pero cayó hacia atrás y no pudo sentarse sin la ayuda de sus eunucos, aunque eso no evitó que me maldijese:

– ¡Analfabeta!

Yo no comprendí por qué eligió ese calificativo; ninguna otra dama, salvo quizá Nuharoo, se aplicaba tanto en la lectura.

Intenté evitar los ojos sin vida de la dama Jin. Cuando tenía que enfrentarme a ella, la miraba por encima de las cejas. Su amplia y arrugada frente me recordaba una pintura del desierto de Gobi que había visto una vez. Pliegues de piel le caían de su barbilla. La pérdida de sus dientes en la parte derecha hacía que su cara se le torciera como si fuera un melón pasado.

A la dama Jin le encantaban las magnolias. Incluso durante su enfermedad, llevaba un vestido bordado con grandes magnolias rosas que cubrían cada milímetro de la tela. Así debían de haber llamado a la emperatriz en su infancia: «Magnolia». Costaba creer que un día pudo atraer al emperador Tao Kuang.

¡Qué terrible es el modo en que puede envejecer una mujer! ¿Será alguien capaz de imaginar el aspecto que tendré cuando muera?

Ese día la dama Jin me gritó:

– ¡No te preocupes por tu belleza, preocúpate en cambio por que no te decapiten! -Las palabras salían de su pecho mientras se esforzaba en respirar-. Déjame decirte lo que me ha preocupado desde el día en que me convertí en consorte imperial y me continuará preocupando hasta el día en que muera.

Luchando por mantener la compostura, se levantó con la ayuda de sus eunucos; con ambos brazos en el aire parecía un buitre extendiendo sus alas desde lo alto de un acantilado. No nos atrevíamos a movernos; ninguna de sus nueras -Nuharoo y las damas Yun, Li, Mei, Hui y yo- soportábamos sus peroratas y esperábamos el momento en que nos dejara marchar.

– ¿Has oído la historia de un país lejano donde los ojos de la gente parecen haber sido aclarados y tienen el cabello de color paja? -La dama Jin entornó los ojos. El paisaje de su frente cambiaba y las colinas suaves se fruncían en profundos valles-. ¡Toda la familia del rey fue asesinada cuando derrocaron el imperio, todos ellos, incluidos los niños pequeños!

Se sintió satisfecha al ver que sus palabras nos asustaban.

– ¡Pandilla de analfabetas! -gritó, y de repente su garganta empezó a proferir una retahíla de sonidos-: ¡Ohhhhh, ua! ¡Ohhhhh, ua! -Me costó un poco entender que se estaba riendo-. ¡El miedo es bueno! ¡Ohhhhh, ua! El miedo os tortura y hace que os comportéis. No podéis alcanzar la inmortalidad sin él, y mi trabajo es inspiraros miedo. ¡Ohhhhh, ua! ¡Ohhhhh, ua!

Aún oigo su risa. Me preguntaba si la dama Jin sabría que había sido víctima de mi hijo, de la maldición de su nieto. Me sentía dichosa de que la dama Jin me considerase una analfabeta; de haber sabido cuál era mi amor por el conocimiento o haberse molestado en desentrañar el origen de la maldición, habría ordenado que me cortaran la cabeza.

Observándola en el lecho de muerte, apenas sentía remordimientos y tampoco veía signos de compasión en las demás, salvo en Nuharoo. La expresión general era de cara de palo. Los eunucos acababan de quemar papel de estraza en el pasillo y ahora la multitud salía para quemar más papel. En el patio estaban instalando grandes palanquines, caballos, carruajes, mesas y orinales de papel de tamaño natural junto con figuras de personas y animales. Las figuras estaban vestidas con rica seda y lino, como también los muebles. Según la tradición funeraria manchú que había adoptado, la dama Jin lo había dispuesto todo ella misma años antes. Su figura de papel parecía real, aunque la representaba cuando era joven, ataviada con un vestido de magnolia.

Antes de la ceremonia crematoria, se levantó un poste de diez metros, en cuyo extremo se montó un rollo de seda roja con la palabra Tien, «culto». Era la primera vez que tenía la oportunidad de asistir a este ritual. Siglos atrás, los manchúes habitaban grandes praderas donde era difícil notificar a los parientes que se había producido una muerte en la familia. Cuando moría un miembro de la familia, se levantaba un poste con un rollo de seda rojo ante la tienda de la familia, para que los jinetes y pastores que pasaran se detuvieran a presentar sus respetos, en lugar de los parientes ausentes.

Fieles a la costumbre, se instalaron tres grandes tiendas en la Ciudad Prohibida; una se usó para exhibir el cadáver; la segunda, para albergar a los monjes, lamas y sacerdotes que vinieron de lejos; la última, para recibir a los parientes e invitados de alto rango. Las tiendas eran de unos tres metros de altura y los postes de sujeción de bambú estaban decorados con magnolias blancas de seda. Como nueras de la difunta nos dieron a cada una una docena de pañuelos para nuestras lágrimas. Seguía oyendo a la dama Jin gritando «¡Analfabetas!» y tenía ganas de reír en lugar de llorar, así que tuve que taparme la cara con las manos.

Entre los dedos vi llegar al príncipe Kung, vestido con una túnica blanca y botas a juego. Cuando examinó el ataúd, parecía consternado. Se suponía que las mujeres teníamos que evitar a los primos o cuñados masculinos, así que nos retiramos a la otra habitación. Por suerte podía mirar a través de las ventanas. Levantaron la tapa del ataúd para el príncipe Kung; en el pecho de la dama Jin, habían apilado joyas resplandecientes, oro, jade, perlas, esmeraldas, rubíes y jarrones de cristal, y, junto al espejito, su caja de maquillaje.

El príncipe Kung permanecía de pie solemnemente al lado de su madre. El dolor le hacía parecer un anciano. Se arrodilló, tocó el suelo con la frente y la veneró de este modo durante largo rato. Cuando se levantó, apareció un eunuco y separó con cuidado los labios de la dama Jin para ponerle en la boca una larga ristra de perlas engarzadas sobre hilo rojo. Luego le cerró la boca y dejó que el extremo del hilo colgara de su barbilla. La perla era el símbolo de la esencia de la vida y representaba la pureza y la nobleza. El hilo rojo, que su hijo ataría, servía para indicar que no deseaba separarse de ella.

El príncipe Kung ató el hilo al primer botón de la túnica de su madre. Un eunuco le dio un par de palillos con una bola de algodón húmeda entre ellos. El príncipe Kung humedeció cuidadosamente los párpados de su madre con la bola de algodón.

Los invitados traían cajas de panecillos decorados. Las bandejas que estaban enfrente de los altares tenían que cambiarse cada cinco minutos para poder colocar más cajas. También trajeron cientos de pergaminos, que se amontonaban y hacían que el palacio pareciera un festival de caligrafía. Pareados y poemas colgaban de todas las paredes, de tal forma que se necesitó más cordel para atar más pareados a las vigas. En la cocina se preparó un banquete para más de dos mil invitados.

Cuando el príncipe Kung volvió a arrodillarse, las plañideras gimieron y fueron aumentando gradualmente la intensidad de la salmodia. Las trompetas eran ensordecedoras y pensé que aquello significaba el fin de la ceremonia, pero no: oficialmente acababa de empezar.

El séptimo día se celebró la incineración de la figura. Ardieron tres palacios de papel y dos montañas; palacios de casi cuatro metros de altura, cada uno con una pagoda dorada en la parte superior. Una montaña estaba pintada de oro y la otra, de plata. La ceremonia tuvo lugar fuera de la Ciudad Prohibida, cerca del puente del Norte. La multitud que se congregó superaba la de la celebración del Año Nuevo. Los palacios de papel se habían hecho a imagen de los de la dinastía Sung. Las tejas de los tradicionales tejados alados se pintaron de azul marino. Desde donde yo me encontraba, veía los palacios, que estaban completamente amueblados. Las tapicerías de las sillas estaban pintadas de rayas y dibujos que imitaban bordados. En una mesa habían dispuesto pulcramente un montón de flores de papel, palillos de plata y copas de vino de oro.

Las montañas estaban cubiertas de rocas, arroyos, magnolios y hierbas ondulantes hechas a escala. Lo que más me impresionó fueron las minúsculas cigarras que descansaban en las ramas de los magnolios, las mariposas posadas sobre las peonías y los grillos echados en la hierba. Aquel mundo de papel era el trabajo realizado por cientos de artesanos durante años y tardaría minutos en convertirse en cenizas.

Empezaron los cantos y se prendió el fuego. Mientras las llamas se elevaban, los monjes, lamas y sacerdotes arrojaban panecillos cocidos sobre las cabezas de la multitud que aclamaba. Se suponía que los panecillos eran para los fantasmas sin hogar; un gesto de benevolencia de la dama Jin.

El emperador Hsien Feng alegó una enfermedad y estuvo ausente desde principio hasta el final. Yo sabía que odiaba a aquella mujer y no le culpaba. La dama Jin había sido la causante del suicidio de su madre. Al no asistir al funeral, el emperador no disimulaba su rencor.

Invitados y concubinas constituían un pobre cortejo fúnebre. Comían, bebían y charlaban entre sí; incluso oí a gente que hablaba de mi embarazo.

No había modo de convencer al emperador Hsien Feng de que mis rivales conspiraban contra mí. Le dije a su majestad que los peces de mi estanque se estaban muriendo, que las orquídeas de mi jardín se habían marchitado en medio de una espectacular floración. An-te-hai descubrió que unos roedores se habían comido las raíces de las plantas; alguien los había metido allí.

Mis quejas irritaban a mi marido, que pensaba que Nuharoo era la diosa de la misericordia y me aconsejaba que dejara de preocuparme. Mi razonamiento era que podía tratar con una Nuharoo, pero no con tres mil. Desde que habían convertido mi vientre en un blanco, podía pasar cualquier cosa. Tenía casi veintiún años y ya había oído hablar de demasiados crímenes.

Supliqué al emperador Hsien Feng que regresáramos a Yuan Ming Yuan hasta que diera a luz y, al final, accedió. Sabía que tenía que aprender a ocultar mi felicidad como un ratón oculta su comida. Durante las semanas anteriores, había intentado evitar hablar de mi embarazo cuando me visitaban otras concubinas, pero era difícil, sobre todo si traían regalos para el bebé. El emperador había aumentado recientemente mi pensión y yo usaba los taels extra para comprarles regalos de igual valor de los que me habían hecho. Me ponía enferma simular alegrarme de sus visitas.

La prioridad de An-te-hai era mi vientre. A medida que este crecía, se fue implicando cada vez más. Estaba con los nervios a flor de piel, emocionado y asustado al mismo tiempo. En lugar de saludarme por las mañanas, saludaba a mi vientre.

– Buenos días, joven majestad. -Y hacía una pronunciada y solemne reverencia-. ¿Qué puedo traeros para desayunar?

Empecé a estudiar manuscritos budistas. Rezaba por que mi niño estuviera contento de crecer dentro de mí. Rezaba por que mis pesadillas no perturbaran su crecimiento. Si tenía una niña, quería sentirme igual de feliz y dichosa. Por las mañanas me sentaba en la habitación bañada por el sol y leía. Por la tarde practicaba la caligrafía, parte de un entrenamiento budista para cultivar el equilibrio y la armonía. Poco a poco noté que recuperaba la paz. Desde que había captado la atención de su majestad, este había visitado a Nuharoo solo dos veces. Tras la muerte de la dama Jin y después del funeral, llamaba a Nuharoo para tomar el té. Según los espías de An-tehai, su majestad no le habló de otra cosa más que de la ceremonia.

La segunda vez que el emperador visitó a Nuharoo fue a petición de ella. Hizo lo que creía que complacería a su majestad: le pidió permiso para añadir un ala a la tumba de la dama Jin. Nuharoo le informó de que había hecho una colecta entre todos y había contribuido con su propio dinero.

Al emperador Hsien Feng no le complació, pero elogió la devoción de Nuharoo. Para demostrarle su afecto y agradecimiento, dictó un edicto y añadió un título más al nombre de Nuharoo: ahora era Dama Virtuosa de la Gran Piedad. Pero aquello no era lo que Nuharoo deseaba. Yo sabía lo que quería, quería a Hsien Feng otra vez en su cama, y él no tenía ningún interés en ello. Su majestad se quedaba en mis dependencias cada noche hasta la salida del sol, sin importarle las reglas. Sería deshonesto por mi parte decir que estaba deseosa de compartir a Hsien Feng con otra, pero comprendía el sufrimiento de Nuharoo. En el futuro yo misma podía encontrarme en su situación. Por el momento intentaba conseguir lo que podía. El mañana era un misterio y dejaba que se revelara por sí mismo. La palabra «futuro» me hacía pensar en la guerra que mi padre había librado contra las langostas en Wuhu, cuando los campos germinados desaparecieron de la noche a la mañana.

Nuharoo se las arreglaba para mostrar espléndidas sonrisas en público, pero el cotilleo de sus eunucos y damas de honor revelaba que estaba afligida. Profundizaba en su fe budista y visitaba el templo para cantar con su maestro tres veces al día.

El emperador Hsien Feng me aconsejó que no «mirara a los demás por el ojo de una aguja», pero mi instinto me decía que no debía tomarme a la ligera los celos ocultos de Nuharoo. Yuan Ming Yuan no era un lugar seguro en absoluto. En apariencia Nuharoo y yo éramos amigas; ella se implicaba en los preparativos de la llegada del niño: había visitado el taller de ropa imperial para inspeccionar las prendas para el bebé, había visitado también los almacenes imperiales para asegurarse de que tendríamos fruta y nueces frescas y, por último, había revisado la piscifactoría. Como se decía que el pescado aumentaba el flujo de leche materna, Nuharoo se aseguró de que hubiera mucho pescado para alimentar a las nodrizas.

La selección de nodrizas se convirtió en el interés de Nuharoo. Inspeccionó a un ejército de mujeres embarazadas cuyos niños nacerían por las mismas fechas que el mío. Luego viajó en carruaje hasta Yuan Ming Yuan para hablarme del asunto.

– He comprobado el historial médico de tres generaciones -me explicó.

Cuanto más excitada estaba Nuharoo, más crecía mi temor. Deseaba que tuviera sus propios hijos. Todo el mundo en la Ciudad Prohibida, excepto el emperador, comprendía la presión a la que Nuharoo estaba sometida tras varios años de matrimonio y ningún signo de fertilidad. El hecho de que semejante presión la llevara a comportarse extrañamente era común en las mujeres sin hijos. Una manifestación de ello era la obsesión por los yoo-hoo-loos; tirarse a un pozo era otra. Yo aún ignoraba las verdaderas intenciones de Nuharoo.

Inmediatamente después de que el médico Sun Pao-tien me examinara y declarase que llevaría el embarazo a buen puerto, el emperador convocó a su astrólogo. Ambos fueron al templo del Cielo, donde Hsien Feng rezó para que nuestro hijo fuera niño. Poco más tarde, fue a ver a Nuharoo para felicitarla.

¡Pero si ella no es la madre de nuestro hijo!, grité para mí.

Nuharoo hizo bien su papel; demostró su felicidad con lágrimas de verdad. Yo pensé que tal vez me había equivocado, tal vez era hora de que cambiase mi opinión sobre ella; tal vez Nuharoo se había convertido en una auténtica budista.

Cuando yo llevaba cinco meses de embarazo, Nuharoo sugirió al emperador Hsien Feng que me trasladara de nuevo al palacio de la Belleza Concentrada.

– La dama Yehonala necesita paz absoluta -le dijo Nuharoo-. Necesita alejarse de cualquier clase de tensión, incluidas las malas noticias sobre la marcha del país que recibe a través de ti.

Me permití creer que Nuharoo pensaba en mi bienestar y consentí en mudarme, pero en cuanto abandoné el dormitorio del emperador, sentí que había cometido un error. Pronto la verdad saldría a la luz y ya nunca regresaría a aquel dormitorio.

Como para añadir más caos a mi vida, el eunuco jefe Shim me comunicó que no se me permitiría criar a mi propio hijo. Yo era considerada «una de las madres del príncipe», pero no la única.

– Esta es la tradición imperial -dijo Shim fríamente.

Nuharoo también sería responsable del cuidado y la educación diarios de mi hijo y tendría el derecho a apartarlo de mi lado si yo me negaba a cooperar con ella. Tanto el clan manchú como el emperador Hsien Feng creían en que la sangre imperial de Nuharoo la calificaba para ser la madre principal del futuro príncipe. Nadie me acusaría nunca de ser una concubina de clase baja, pero mi pasado, el hecho de ser una muchacha de pueblo, y el estatus de mi padre, un gobernador de bajo rango, resultaba una vergüenza que la corte y el emperador nunca olvidarían.