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En su primer cumpleaños, se debía presentar a mi hijo una bandeja llena de objetos, entre los cuales elegiría uno; se suponía que esta elección proporcionaría a la familia imperial un indicio sobre el futuro carácter del niño. Al ritual llamado Chua-tsui-p’an, «atrapa el futuro en un caldero», invitaron como observadores a importantes miembros de la corte.
Los eunucos de Tung Chih habían preparado el evento durante toda la semana. Las paredes, las columnas, los marcos de puertas y ventanas de mi palacio estaban recién pintados de bermellón y las vigas y soportes se habían resaltado en azul, verde y oro. Contra el claro cielo del norte, las tejas amarillas de la cubierta resplandecían como una gigantesca corona dorada y las terrazas de mármol blancas vibraban con sus exuberantes esculturas.
La ceremonia empezó en el salón de la Misericordia Corporal, en el rincón oriental del palacio, donde se había colocado un altar. Encima del altar, una gran proclama explicaba el rito. En el centro de la sala, sobre una gran mesa cuadrada de madera de secoya, habían puesto una bandeja del tamaño de una hoja de loto maduro, más grande que la bañera del niño. En la bandeja se encontraban artículos simbólicos: un sello imperial, un libro de Confucio, Sobre el otoño y la primavera, un pincel de pelo de cabra, un lingote de oro, un lingote de plata, una adivinanza, una espada decorativa, una botella de licor en miniatura, una llave de oro, un dado de marfil, una pitillera de plata, un reloj musical, un látigo de cuero, un cuenco de cerámica azul pintado con paisajes, un abanico antiguo con un poema del famoso poeta Ming, un pasador de cabello de jade verde trabajado con mariposas, un pendiente en forma de pagoda y una peonía rosada.
Por la mañana se habían llevado a mi hijo de mi lado para asegurarse de que actuaba por voluntad propia. Durante las últimas semanas, había intentado con todas mis fuerzas orientarle hacia las «elecciones correctas». Le había enseñado un mapa de China, pinturas de paisajes coloristas y, por supuesto, el objeto que se suponía debía elegir: el sello imperial -uno falso, claro está, para que se acostumbrase- que había hecho An-te-hai con un trozo de madera. Yo había estampado el sello en diferentes tableros para atraer la atención de Tung Chih, pero él parecía más interesado en los pasadores de mi cabello.
Los invitados se sentaron tranquilamente en el salón en espera de la actuación de Tung Chih. Delante de cientos de personas, me arrodillé ante el altar y prendí incienso.
El emperador Hsien Feng y Nuharoo se sentaron en las sillas centrales. Rezamos mientras el humo del incienso empezaba a llenar la sala. Sirvieron té y nueces, y cuando el sol tocó las vigas del salón, dos eunucos trajeron a Tung Chih, vestido con una túnica dorada con dragones bordados. Miraba a su alrededor con grandes ojos abiertos, y cuando los eunucos lo pusieron sobre la mesa, se balanceaba adelante y atrás incapaz de sentarse erguido. De algún modo, los eunucos consiguieron que hiciera una reverencia a su padre, sus madres y los retratos de sus antepasados.
Me sentía terriblemente débil y sola y deseaba que mi madre y Rong estuvieran conmigo. Ese ritual no se había tomado en serio en el pasado, cuando la gente acudía simplemente a ver y a hacer carantoñas a un bebé, pero en aquellos tiempos en que los astrólogos imperaban, los soberanos manchúes ya no estaban seguros de sí mismos, y todo dependía de la «voluntad del cielo».
¿Y si Tung Chih elegía una flor o un pasador de cabello en lugar del sello imperial? ¿Diría la gente que mi hijo sería un petimetre? ¿Y el reloj? ¿No le atraería el sonido?
La pechera de Tung Chih estaba húmeda de babas. Cuando los eunucos lo soltaron, se dirigió gateando hacia la bandeja. Estaba tan abrigado que sus movimientos eran torpes. Inclinado hacia delante, todo el mundo lo observaba con expectación. Noté que Nuharoo miraba en mi dirección e intenté aparentar seguridad. Había pillado un resfriado la noche anterior y me dolía la cabeza; había estado bebiendo agua sin parar para curarme.
Tung Chih dejó de gatear y tendió la mano hacia la bandeja. Me sentía como si fuera yo la que estaba sobre la mesa y, de repente, tuve la desesperada necesidad de ir al excusado.
Salí corriendo del salón, apartando a un lado a las criadas antes de que pudieran seguirme. Sentada en el excusado, respiré hondo varias veces. El dolor del lado derecho de mi cabeza se había extendido al izquierdo. Me levanté y me lavé las manos y la cara con agua fría. Cuando volví a entrar en el salón, vi a Tung Chih mordisqueando su babero.
La multitud aún aguardaba pacientemente; sus expectativas me abrumaban. ¡No estaba bien hacer que un niño soportara la carga de China!, pensé, pero sabía que mi hijo sería apartado de mí para siempre si me atrevía siquiera a plantearlo.
Tung Chih estuvo a punto de caerse de la mesa, los eunucos lo levantaron y le dieron la vuelta. Me vino a la mente una escena de Jehol: los cazadores habían liberado un ciervo tan solo para matarlo después con sus flechas. El mensaje parecía ser el siguiente: si el ciervo no era lo suficientemente fuerte como para escapar, merecía morir.
El emperador Hsien Feng me había prometido que me recompensaría si Tung Chih hacía una «buena actuación». ¿Cómo podía dirigirlo? Cuanto más leía la proclama que colgaba sobre el altar, más me atenazaba el miedo.
Si el príncipe elige el sello imperial, se convertirá en un emperador agraciado por todas las virtudes celestes. Si elige el pincel, el oro, la plata o la espada, gobernará con inteligencia y fuerza de voluntad, pero si elige la flor, el pendiente o el pasador de cabello, crecerá para ser un buscador de los placeres. Si elige el licor, será un alcohólico; si elige el dado, se jugará la dinastía.
Tung Chih «estudiaba» todos los artículos pero no cogía ninguno. El silencio envolvía el salón de tal modo que se podía oír el murmullo del agua discurriendo por el jardín. Empapada de sudor, me notaba el cuello cada vez más rígido.
Tung Chih se metió un dedo en la boca. Debe de tener hambre, pensé. La posibilidad de que cogiera el sello de piedra se estaba desvaneciendo. Volvió a gatear, y esta vez parecía más motivado. Los eunucos pusieron las manos en los bordes de la mesa para evitar que Tung Chih se cayera.
El emperador Hsien Feng se inclinó en su silla de dragón, sujetándose la cabeza con ambas manos como si fuera demasiado pesada y cambiando el peso de un lado a otro.
Tung Chih se detuvo, fijó los ojos en la peonía rosada, sonrió y su mano viajó de su boca a la flor. Cerré los ojos y oí el suspiro del emperador Hsien Feng.
¿Desilusión? ¿Amargura?, me interrogué a mí misma.
Cuando volví a abrir los ojos, Tung Chih se había apartado de la flor. Tal vez el niño recordaba el momento en que le castigué cuando cogió la flor. Le había dado unos azotes que me hicieron llorar a mí también; le había dejado las huellas de mis manos en su culito y me odiaba a mí misma por ello.
Mi hijo levantó su pequeña barbilla. ¿Qué estaba buscando? ¿A mí? Olvidando mis modales, me abrí paso entre la multitud y me detuve delante de él. Sonreí e hice que mis ojos trazaran una línea desde su nariz hasta el sello imperial. El pequeño pasó a la acción y en un decidido movimiento cogió el sello.
– ¡Felicidades, majestad! -gritó la multitud.
Llorando de alegría, An-te-hai salió corriendo al patio. Lanzaron cohetes al cielo y cientos de miles de flores de papel se abrieron en el aire.
El emperador Hsien Feng saltó de su asiento y anunció:
– Según el archivo histórico, desde el inicio de la dinastía Qing en 1644, solo dos príncipes han elegido el sello imperial y resultaron ser los mejores emperadores, Kang Hsi y Chien Lung. Mi hijo, Tung Chih, es probable que sea el siguiente.
Al día siguiente de la ceremonia, me arrodillé ante el altar del templo. Aunque estaba agotada, sentía que no debía olvidar a los dioses que me habían ayudado y les hice ofrendas para demostrar mi gratitud. An-te-hai trajo un pez sobre una bandeja de oro. Lo había pescado en el lago y estaba atado con una cinta roja. Muy deprisa derramé vino sobre los adoquines porque el pez tenía que regresar vivo al lago.
An-te-hai colocó la bandeja con el pez en un palanquín como si fuera una persona. Ya en el lago, liberé al pez y este volvió al agua de un salto.
Con el fin de asegurar el futuro de mi hijo y aumentar las bendiciones de todos los dioses, An-te-hai trajo diez jaulas de pájaros preciosos para que los liberara. Ofrecí la libertad de los pájaros en nombre de Tung Chih.
Al volver a mi palacio, me aguardaban buenas noticias: Rong y el príncipe Ch’un estaban comprometidos y mi madre, emocionada.
Según el emperador Hsien Feng, su hermano tenía poco talento y poca ambición. Cuando se presentó ante Rong, el príncipe Ch’un se había descrito a sí mismo como un «seguidor de las enseñanzas de Confucio», lo que significaba que llevaba la vida de una mente libre. Aunque disfrutaba de los beneficios que le otorgaba su condición regia, creía que «demasiada agua hace derramar la taza» y «demasiado ornamento hace que un tocado parezca barato».
Ninguno de nosotros nos percatamos de que la retórica del príncipe Ch’un era un paraguas bajo el que escondía sus defectos. Pronto descubrí que la «modestia» y el «autoimpuesto exilio espiritual» eran fruto de su pereza.
Volví a advertir a Rong de que no se hiciera demasiadas ilusiones sobre su matrimonio imperial.
– Mírame -le ordené-. La salud de su majestad ha empeorado de manera irreversible y me estoy preparando para convertirme en una viuda del emperador.
Yo no era la única que se preocupaba por la salud del emperador; Nuharoo compartía el mismo sentimiento. En su última visita, conseguimos llegar a términos amistosos por primera vez; el miedo a perder a Hsien Feng nos unía. Ella empezaba a aceptar el hecho de que me había convertido en su igual. Su sentido de la superioridad se había ablandado y empezaba a usar «te importaría» en lugar de «así es como piensa la emperatriz». Ambas habíamos aprendido de la historia lo que podía ocurrir a las esposas y concubinas de un emperador después de su muerte. Ambas nos percatábamos de que solo podíamos contar la una con la otra.
Tenía mis razones para querer a Nuharoo como aliada. Notaba que el destino de mi hijo pronto estaría en las manos de ministros de la corte tan ambiciosos como el gran consejero Su Shun, que parecía gozar de la absoluta confianza del emperador. De todos era conocido que incluso el príncipe Kung temía a Su Shun.
Su Shun había estado dirigiendo los asuntos de Estado y concediendo audiencias en nombre de Hsien Feng durante la enfermedad de su majestad. Y cada vez actuaba con mayor independencia. El poder de Su Shun me preocupaba, pues lo consideraba un astuto manipulador. Cuando visitaba al emperador Hsien Feng, rara vez repasaban asuntos de Estado. Con la excusa de velar por la salud de su majestad, aisló a Hsien Feng y fortaleció su propia posición. Según el príncipe Ch’un, Su Shun había cimentado a conciencia su plataforma política durante años a través del apoyo de amigos y colegas que ocupaban cargos importantes.
Convencí a Nuharoo de que debíamos insistir en que enviaran los documentos importantes al emperador Hsien Feng. Tal vez su majestad estuviera demasiado enfermo como para revisar los documentos, pero nosotras podíamos ayudarle a estar informado. Al menos no permaneceríamos en la oscuridad y nos aseguraríamos de que Su Shun no abusaba de su poder; sin embargo, Nuharoo no quería tomarse la molestia.
– Una dama sensata debería pasarse la vida apreciando la belleza de la naturaleza, preservando su elemento yin y persiguiendo la longevidad.
Pero mi instinto me decía que si nos negábamos a participar del gobierno, nos arriesgábamos a perder el control.
Nuharoo me dio la razón, pero no compartía por entero mi plan. Aquella misma noche hablé con su majestad y al día siguiente dictó un decreto: todos los documentos debían ser enviados primero a la oficina del emperador Hsien Feng.
No me sorprendió que Su Shun, con la excusa de la salud del emperador, ignorase el decreto y ordenase a los mensajeros que transportaban los documentos que «siguieran la ruta original». Eso hizo aumentar mis sospechas y mi desconfianza.
– Me veo a mí misma envejeciendo debido a tu lucha por el control de las ambiciones de Su Shun -se quejó Nuharoo y me pidió que le ahorrara las molestias-. Haz lo que quieras con Su Shun mientras respetes el hecho de que «el sol sale por el este y se pone por el oeste» -dijo refiriéndose a nuestros títulos.
Me sorprendía que Nuharoo pensara que aquello era importante. Le di mi palabra e inmediatamente se relajó.
– ¿Por qué no te ocupas tú y me pones al corriente de vez en cuando? -me pidió-. Odio sentarme en la misma habitación que hombres a quienes les apesta el aliento.
Al principio sospeché que Nuharoo estaba poniendo a prueba mi lealtad, pero con el tiempo me demostró que le estaba haciendo un favor. Era ese tipo de mujer que perdería el sueño por la más mínima imperfección en su bordado, pero no por la pérdida de una cláusula importante en un tratado.
La luz del sol recortaba el hermoso y grácil contorno de los hombros de Nuharoo. Nunca olvidaba acicalarse ante una posible aparición del emperador. Su maquillaje debía de llevarle un día entero; utilizaba una pasta negra hecha de pétalos de flores perfumadas para acentuar sus pestañas, y sus ojos parecían dos pozos profundos. Se pintaba los labios cada día de un color diferente: aquel día, de un toque bermellón; el día anterior había sido rosa y el anterior, púrpura. Sin duda ella esperaba que le hiciera cumplidos y había aprendido lo importante que era para nuestra relación que yo la halagara.
– Detesto verte envejecer, Yehonala. -Nuharoo levantó los dedos con unas uñas de cinco centímetros de largo pintadas de oro, plata y delicados detalles de la naturaleza-. Sigue mi consejo y haz que tu cocinero te prepare sopa tang kuei cada día y que le ponga gusanos de seda secos y dátiles negros; el sabor es asqueroso, pero te acostumbrarás.
– Tenemos que hablar de Su Shun y su gabinete, Nuharoo -le insté-. Me ponen nerviosa las cosas que ignoro.
– ¡Oh!, nunca lo sabrás todo; es un lío centenario. -Me tapó los ojos con las «espuelas» de sus dedos-. Enviaré a mi manicura a tu palacio, si no sabes hacerte tú misma las uñas.
– No estoy acostumbrada a las uñas largas; se rompen enseguida.
– ¿Acaso no soy la jefa de la casa imperial? -me reprendió frunciendo el ceño.
Sellé mis labios, recordándome a mí misma la importancia de mantener la armonía entre ambas.
– Las uñas largas son símbolos de nobleza, dama Yehonala.
Asentí, aunque mi mente volvía a pensar en Su Shun. Nuharoo recuperó su sonrisa.
– Al igual que una dama china que se venda los pies, que no vive para trabajar sino para ser transportada en palanquines, cuanto más largas son nuestras uñas, más nos apartamos de lo ordinario. Por favor, deja de jactarte de trabajar en el jardín con tus manos; no solo te pones tú en evidencia, sino también a toda la familia imperial.
Yo seguí asintiendo, simulando agradecer su consejo.
– Evita la mandarina. -Se acercó tanto a mí que pude oler el jazmín de su aliento-. Si tomas demasiados elementos calientes, te saldrán granos. Haré que mi eunuco te envíe un cuenco de sopa de tortuga para que te quite el fuego de tu interior. ¿Me harás el honor de aceptarla?
Estaba segura de que Nuharoo creía haber conseguido su objetivo cuando el emperador dejó de frecuentar mi lecho y ahora tenía mejores motivos para sentirse a salvo conmigo: Hsien Feng nunca iba a levantarse y volver a entrar en mi alcoba.
– Entonces te dejaré a ti los dolores de cabeza -anunció sonriendo y poniéndose en pie.
Para tranquilizarla aún más, le comuniqué que no tenía experiencia en tratar con la corte ni contacto alguno.
– Eso es algo en lo que estoy segura de poder ayudarte -se alegró Nuharoo-. Se acerca mi cumpleaños y he ordenado que se celebre un banquete. Quiero que invites a quienquiera que te resulte útil. No te preocupes, la gente se muere por establecer contactos con nosotros.
– ¿En quién podemos confiar además del príncipe Kung?
Lo meditó un momento y luego respondió:
– ¿Qué te parece Yung Lu?
– ¿Yung Lu?
– El comandante en jefe de la Guardia Imperial; trabaja bajo las órdenes de Su Shun y es un hombre muy competente. Fui a una reunión familiar para la fiesta del pastel de arroz y su nombre estaba en boca de todos.
– ¿Lo conoces?
– No.
– ¿Le enviarás una invitación?
– Lo haría si pudiera; el problema es que el rango de Yung Lu no es lo bastante elevado como para autorizarle a ocupar un lugar en un banquete imperial.
La fragancia de laurel llenaba el patio y la sala de recepción. Vestida como un árbol en flor, Nuharoo se sorprendió al saber que Su Shun había enviado un mensaje en el último minuto para comunicar que no asistiría, con la excusa de que las «damas de su majestad eran solo para los ojos de su majestad». Nuharoo estaba fuera de sí.
La cantidad de collares de oro martelé, piedras preciosas y brocado hacía que Nuharoo inclinara el cuello hacia delante. Sentada en el trono del salón este del palacio de la Esencia Reunida, acababa de completar su segundo cambio de atuendo del día y ahora vestía una túnica de gasa de seda amarilla adornada con una serie de símbolos imperiales.
Todos los ojos estaban fijos en Nuharoo, salvo los del emperador Hsien Feng, quien, aunque enfermo y en los huesos, había hecho un esfuerzo por acudir. Vestía una túnica a juego para complementar la de Nuharoo, pero con unos símbolos ligeramente diferentes: dragones en lugar de fénix y montañas en lugar de ríos.
– ¡Feliz vigésimo segundo cumpleaños, su majestad emperatriz Nuharoo! -cantó el jefe eunuco Shim.
El coro le siguió y brindamos por la longevidad de Nuharoo. Bebí vino de arroz y pensé en lo que Nuharoo me había dicho sobre su método para conseguir la armonía interna: «Acuéstate en la cama que otros han hecho y camina en los zapatos que otros han fabricado». Aquella opinión tenía poco sentido para mí; hasta el momento en la tela bordada que era mi vida yo había cosido cada punto con mis propias manos.
Los platos del banquete se sucedían sin fin, y cuando la gente se cansaba de comer, se trasladaba al ala oeste, donde una Nuharoo sedente aceptaba sus regalos como un Buda recibiendo a sus acólitos.
El regalo de Hsien Feng fue el primero: una caja gigante envuelta en seda roja y atada con cintas amarillas que seis eunucos introdujeron en el salón sobre una mesa de marfil. Los ojos de Nuharoo se iluminaron como los de un niño curioso. Bajo seis capas de envoltorios, apareció el regalo. Dentro de la caja, había un melocotón monstruoso del tamaño de un wok.
– ¿Por qué un melocotón? -preguntó Nuharoo-. ¿Es una broma?
– Ábrelo -le ordenó el emperador.
Nuharoo abandonó su asiento y caminó alrededor del melocotón.
– Muestra el hueso -ordenó su majestad.
El silencio invadió la sala. Después de que Nuharoo tocara, pinchara y sacudiera el melocotón varias veces, este se abrió por la mitad y su corazón se reveló como la esencia misma de la belleza, arrancando exclamaciones de admiración de los espectadores: un par de maravillosos zapatos.
Aunque Nuharoo no había sufrido en su infancia, había sufrido lo bastante como esposa abandonada como para ganarse el derecho a aquella recompensa. Los zapatos manchúes de altos tacones eran del más exquisito gusto y estaban recubiertos de gemas tan brillantes como el rocío sobre los pétalos de una peonía de primavera. Nuharoo lloraba de felicidad. Durante los meses en que el emperador Hsien Feng y yo perdimos la cuenta de nuestros días, Nuharoo se había convertido en un fantasma andante. Cada noche su rostro adquiría el color de la luz de la luna y entonaba cantos budistas para poder dormir. Ahora que yo había perdido el favor del emperador y me había convertido en la misma concubina desatendida que ella, sus celos habían cesado.
Felicité a Nuharoo por su belleza y su suerte y le pregunté si le quedaban bien los zapatos. Su respuesta me sorprendió:
– En su testamento su majestad ha legado a sus mujeres chinas palacios, pensiones y criados.
Miré a mi alrededor temerosa de lo que sucedería si su majestad oía aquello, pero se había quedado dormido. Nuharoo envolvió otra vez los zapatos en el melocotón y envió a su eunuco a guardar la caja.
– A despecho de su salud, el emperador no tiene intención de abandonar a las mujeres de los pies vendados, y eso me preocupa.
– De hecho su majestad debería ocuparse de sí mismo -repetí en voz baja-. Es tu cumpleaños, Nuharoo; olvídalo por un momento.
– ¿Cómo? -Se le cayeron las lágrimas-. Esconde a las putas en el palacio de Verano. Se gasta el dinero en construir un canal de agua alrededor de su pequeña «ciudad de Soochow». Ha amueblado y decorado todas las tiendas de alrededor del río. Las casas de té ahora presentan las mejores óperas y las galerías, a los más famosos artistas. Añade puestos para los artesanos y los adivinos, como si fuera una ciudad real, salvo que no hay clientes. ¡Su majestad ha dado nombres a las prostitutas! Una se llama Primavera; otra, Verano y también están Otoño e Invierno; las llama «bellezas para todas las estaciones». Yehonala, su majestad está harto de nosotras, las damas manchúes. Uno de estos días se desplomará y morirá en medio de sus flagrantes actividades y nos dejará en una situación absolutamente embarazosa.
Saqué el pañuelo y se lo ofrecí a Nuharoo para que se enjugara las lágrimas.
– No podemos tomárnoslo como algo personal. Mi sensación es que su majestad no está cansado de nosotras, sino de la responsabilidad hacia su país. Tal vez nuestra presencia le recuerda demasiado sus obligaciones. Al fin y al cabo, hemos estado diciéndole que está decepcionando a sus antepasados.
– ¿Tienes alguna esperanza de que su majestad recupere el buen juicio?
– Las buenas noticias de la frontera mejorarían el humor y aclararían las ideas de su majestad -le respondí-. En las noticias de la corte de esta mañana, he leído que el general Tseng Kou-fan ha lanzado una campaña para devolver a los rebeldes Taiping de nuevo a Nanking. Esperemos que tenga éxito; sus tropas deberían estar ya cerca de Wuchang.
Nuharoo me interrumpió.
– ¡Oh, Yehonala, no me hagas pasar por esta tortura, no quiero saberlo!
Me senté a su lado en una silla y tomé el té que An-te-hai me había pasado.
– Bien. -Nuharoo recuperó la compostura-. Soy la emperatriz y necesito saberlo, ¿verdad? Muy bien, dime lo que tengas que decirme, pero pónmelo fácil.
Intenté pacientemente instruir a Nuharoo en el tema. Por supuesto, ella no podía evitar saber algo ya, que los Taiping eran campesinos rebeldes, que habían adoptado el cristianismo y que su jefe, Hong Shiu-cuan, pretendía ser el hijo menor de Dios, el hermano de Jesús. Pero Nuharoo sabía poco del éxito de la batalla. Aunque Hsien Feng no reconocía públicamente la situación, los Taiping habían tomado el sur, la región campesina del país, y habían empezado a presionar hacia el norte.
– ¿Qué quieren estos Taiping? -dijo Nuharoo parpadeando.
– Derrocar nuestra dinastía.
– ¡Eso es impensable!
– Tan impensable como los tratados que los extranjeros nos han impuesto por la fuerza.
La expresión de Nuharoo me recordó la de un niño que acaba de descubrir una rata en una caja de caramelos.
– Los extranjeros nos «civilizarán» a través de la libertad de comercio y el cristianismo.
– ¡Qué insulto! -se burló Nuharoo.
– No puedo estar más de acuerdo. Los extranjeros dicen que están aquí para salvar las almas de los chinos.
– ¡Pero su conducta habla por sí misma!
– Muy cierto, solo durante este año los ingleses han vendido en China mercancías por valor de nueve millones de libras, de los cuales seis millones eran de opio.
– No me digas que nuestra corte no está haciendo nada, dama Yehonala.
– Bueno, como dice el príncipe Kung, China está postrada y no tiene más alternativa que hacer lo que se le ordena.
Nuharoo se tapó los oídos.
– ¡Basta! Yo no puedo hacer nada en esto. -Y cogiéndome las manos me rogó-: ¡Deja estos asuntos a los hombres, por favor!
Nuharoo citó a Yung Lu, el comandante en jefe de la Guardia Imperial. Creía que, mientras tuviera a alguien que le guardara las puertas de la Ciudad Prohibida, estaría a salvo. Yo no podía discutir con ella. Pocos días antes, Nuharoo había celebrado la ceremonia nupcial de Rong con el príncipe Ch’un. Fue un largo acontecimiento que me dejó exhausta, pero Nuharoo rebosaba de energía y ánimo. Durante la ceremonia, se cambió de vestido trece veces; más que la novia.
Seguí a Nuharoo hasta una tranquila cámara del ala oeste donde aguardaba Yung Lu. Al entrar vi a un hombre con un físico vigoroso levantarse de una silla.
– Yung Lu, al servicio de sus majestades.
Las maneras del hombre eran humildes y su voz, firme. Se arrodilló, hizo una pronunciada reverencia y completó el ritual realizando los kowtows tradicionales, tocando con la frente en el suelo.
– Levántate -ordenó Nuharoo, e hizo un gesto para que los eunucos nos trajeran té.
Yung Lu tenía casi treinta años, un par de ojos fieros y una piel curtida por las inclemencias del tiempo. Tenía cejas como espadas y la nariz de un toro, una mandíbula grande y cuadrada y la boca en forma de lingote. Por sus anchas espaldas y el modo de plantarse, me recordaba a un antiguo señor de la guerra.
Nuharoo empezó a hablar de naderías, hizo comentarios sobre el tiempo mientras él le preguntaba sobre la salud del emperador. Cuando le preguntó sobre los Taiping, Yung Lu respondió con paciencia y precisión.
Me impresionaron sus maneras, reservadas y sinceras. Yo estudiaba sus ropas; vestía un uniforme de brigada de caballería de tres piezas, una falda cubierta por una túnica de corte sin mangas, sujeta por muletillas y lazos y revestida de tachuelas de cobre. El tejido de tafetán indicaba su rango.
– ¿Puedo ver tu ballesta? -le pregunté.
Yung Lu se la sacó del cinturón y se la pasó a Nuharoo, que a su vez me la dio a mí. Yo examiné la funda del arco. El carcaj estaba hecho de satén, piel, muletón y zafiros, con plumas de buitre en las flechas.
– ¿Y la espada?
Me pasó la espada; era pesada. Mientras probaba el filo con la yema del dedo, sentí que me estaba mirando y me sonrojé. Me avergoncé del modo en que prestaba atención a un hombre, aunque no sabía darle un nombre a la naturaleza de mi repentino interés.
An-te-hai me informó de que Yung Lu había saltado a la escena política de China por méritos propios. Tuve que contener mi afán por interrogar a Yung Lu. Tenía que ser cuidadosa con lo que decía, aunque pretendiera impresionarlo.
Me pregunté si Yung Lu tenía idea de lo raro que era para alguien como Nuharoo o yo celebrar aquel encuentro. Lo precioso que era poder pasar el tiempo con alguien cuya vida transcurría fuera de la Ciudad Prohibida.
– El palacio interior está tan aislado que a menudo nos parece que solo existimos como nombres para el país… -Mi voz traicionó de manera involuntaria mis pensamientos. Miré a Nuharoo, que sonrió y asintió. Aliviada, proseguí-. Las elaboradas vidas que llevamos solo sirven para confirmarnos a nosotros mismos que poseemos el poder, que somos quienes creemos que somos, que no tenemos nada que temer. Lo cierto es que no solo estamos asustados, sino que también tememos que el emperador Hsien Feng se muera de aflicción; él es quien tiene más miedo.
Como si mi revelación le impresionara, Nuharoo me cogió la mano y me clavó las uñas en la palma. Pero yo no podía parar.
– No pasa un día que no tema por mi hijo. -Me aventuré algo más y luego me callé súbitamente, con profundo azoramiento. Bajé la vista y noté la magnífica espada en la mano-. Espero que algún día Tung Chih se enamore de una espada tan bella como esta.
– ¡Ojalá sea así!
Nuharoo parecía encantada de que volviera a encauzar el tema. Uniéndose a mí, alabó la espada como una obra maestra.
Reconocí los símbolos en la empuñadura de la espada, que estaban reservados para el emperador, y, sorprendida, pregunté:
– ¿Fue un regalo de su majestad?
– En realidad fue un regalo del emperador Hsien Feng a mi superior, Su Shun -respondió Yung Lu-, quien a su vez me recompensó, con el permiso de su majestad.
– ¿Con qué motivo? -preguntamos Nuharoo y yo casi al mismo tiempo.
– Tuve la suerte de poder salvar la vida de Su Sung en una lucha contra los bandidos en la región montañosa de Hupei. Esta daga fue también mi recompensa.
Yung Lu se buscó la rodilla izquierda, sacó una daga de su bota y me la pasó. La empuñadura era de jade con piedras incrustadas. En cuanto mis manos tocaron el arma, noté una sensación muy excitante.
Era mediodía cuando Nuharoo dijo que tenía que irse para cumplir con sus obligaciones budistas. Para ella lo que Yung Lu y yo estábamos hablando carecía de interés. Una vez le pedí a Nuharoo que me hablara sobre el budismo y me dijo que todo se resume en el yuan, que ella interpretaba como «una existencia de no existencia» o «una oportunidad que no se sigue». Cuando le pedí más explicaciones, me dijo que era imposible. «No puedo describir mi relación con Buda en un lenguaje terrenal.» Me miró fijamente y con un tono rebosante de piedad condescendiente exclamó: «Nuestras vidas están predestinadas».
Cuando Nuharoo se fue, reanudé la conversación con Yung Lu. Me sentía iniciando un viaje fascinante del que disfrutaba a pesar de mi culpa. Yung Lu era de origen manchú y procedía del norte. Nieto de un general, se había unido al Portaestandarte Blanco a los catorce años y había ido ascendiendo, siguiendo la ruta académica imperial mientras proseguía con su instrucción militar. Le pregunté sobre sus relaciones con Su Shun.
– El gran consejero estaba al frente de un caso en el que yo era el demandante -respondió Yung Lu-. Era el octavo año del mandato de su majestad y yo me examinaba para ingresar en la administración pública.
– Sé lo ocurrido en aquellos exámenes, pero nunca había conocido a nadie que se hubiera presentado.
Yung Lu sonrió y se pasó la lengua por los labios.
– Lo siento, no pretendía interrumpirte.
– ¡Oh, no! -se disculpó.
– ¿Así que conseguiste un cargo gracias al examen?
– No, no lo conseguí -respondió él-. Sucedió algo extraño; la gente sospechaba que el ganador había hecho trampas; era un rico haragán. Mucha gente acusó de corrupción a los altos cargos. Con el apoyo de varios estudiantes, desafié al tribunal y exigí que repasaran la puntuación. Rechazaron mi propuesta pero no me rendí y yo mismo investigué el caso. Al cabo de un mes, a través de un anciano miembro del clan, presenté un informe detallado al emperador Hsien Feng, quien entregó el caso a Su Shun.
– ¿Su Shun conocía el tribunal, no?
– Sí, majestad. No le costó demasiado descubrir la verdad; sin embargo, el caso no era fácil de resolver.
– ¿Por qué?
– Implicaba a uno de los parientes cercanos del emperador.
– ¿Convenció Su Sung a su majestad de que debía tomar las medidas oportunas?
– Sí, y como consecuencia el director de la academia imperial fue decapitado.
– El poder de Su Shun reside en su lengua flexible -nos interrumpió Nuharoo, que había regresado en silencio, se había sentado sujetando su rosario de oración y hablaba con los ojos cerrados-. Su Shun podría hacer cantar a un muerto.
Yung Lu se aclaró la garganta, sin asentir ni rebatirla.
– ¿Qué le dijo Su Shun al emperador Hsien Feng entonces? -le pregunté.
– Le puso a su majestad el ejemplo de un motín que hizo tambalearse al imperio durante el decimocuarto año de reinado del emperador Shun Chih, en 1657 -respondió Yung Lu-. Lo organizó un grupo de estudiantes que fue tratado injustamente en el examen para la administración pública.
Cogí la taza de té y bebí de ella.
– ¿Y cómo has acabado trabajando para Su Shun?
– Me metieron en la cárcel por causar problemas.
– ¿Y Su Shun te rescató?
– Él fue quien ordenó mi liberación.
– ¿Te reclutó y te ascendió?
– Sí, de teniente a comandante en jefe de la Guardia Imperial.
– ¿En cuántos años?
– En cinco años, majestad.
– Impresionante.
– Estoy terriblemente agradecido y siempre guardaré lealtad al gran consejero.
– Es tu obligación -comenté-, pero ten siempre presente que es el emperador Hsien Feng quien concede a Su Shun su poder.
– Sí, majestad.
Lo medité durante un momento y decidí revelar un fragmento de la información que An-te-hai había descubierto: Pao Yun, uno de los grandes consejeros, era enemigo de Su Shun. Yun Lu se sorprendió, aunque el influyente Pao Yun le molestaba a mucha gente.
– Su Shun consiguió astutamente atajar una rencilla personal; eliminó a su rival a través de la mano del emperador Hsien Feng, y lo hizo en nombre de la justicia.
Yung Lu permanecía en silencio y, al ver que yo aguardaba, se disculpó:
– Perdonadme, majestad, pero tengo problemas para hacer más comentarios.
– No tienes por qué hacerlos. -Dejé el té-. Me preguntaba si tú lo sabías.
– Sí, en realidad… un poco. -Humilló los ojos.
– ¿Acaso semejante astucia no dice mucho de Su Shun?
Sin atreverse a expresarse con demasiada libertad o tal vez porque dudaba de mis motivaciones, Yung Lu levantó los ojos para examinarme. En su mirada vi a un auténtico portaestandarte.
Me dirigí a Nuharoo; aún tenía las cuentas en su regazo, pero había dejado de mover los dedos. No sabía si estaba inmersa en el espíritu de Buda o se había quedado dormida. Suspiré; el emperador estaba demasiado débil, Su Shun era demasiado astuto, el príncipe Kung estaba demasiado lejos y yo necesitaba a un hombre a mi lado.
– El tiempo pondrá a prueba a Su Shun -declaré-. Lo que nos preocupa es tu lealtad. ¿De qué lado estás, del de Su Shun o del de su majestad el emperador Hsien Feng?
Yung Lu se arrojó al suelo y lo tocó con la frente.
– Por supuesto que con su majestad. El emperador tendrá mi eterna devoción, no me cabe ninguna duda de ello.
– ¿Y nosotros? ¿Las esposas y el hijo de su majestad?
Yung Lu enderezó la espalda y nuestros ojos se encontraron. Como cuando la aguada de tinta toca el papel de arroz, el momento creó una imagen permanente en mi memoria. De algún modo le traicionó su expresión, que me decía que en ese instante, estaba juzgando, sopesando, evaluando. Noté que quería saber si era digna de su compromiso.
Aguantando su mirada, le respondí en silencio que yo sabría corresponder a su honestidad y amistad. No lo habría hecho de haber sabido lo que iba a ocurrir. Yo confiaba demasiado en el control de mi voluntad y mis emociones y en que sería nada menos que la fiel concubina del emperador Hsien Feng.
Si miro hacia atrás, me estaba negando a mí misma la evidencia. Una y otra vez me negaba a admitir que deseaba algo más que protección física de Yung Lu en el momento en que nos conocimos. Mi alma anhelaba enardecer y ser enardecida. Cuando toqué el filo de su espada, mi «sano juicio» salió huyendo.
El eunuco regresó con té recién hecho. Yung Lu vació la taza como si acabara de cruzar el desierto, pero no bastó para calmar sus nervios. Su mirada me recordaba la de un hombre que acababa de resolver saltar de un acantilado. Los ojos se le agrandaron y también su inquietud. Cuando nuestros ojos volvieron a encontrarse, me di cuenta de que ambos éramos descendientes de los más duros portaestandartes manchúes. Éramos capaces de sobrevivir a infinidad de batallas, tanto externas como internas, sobrevivíamos gracias a la capacidad de raciocinio de nuestras mentes, a nuestra capacidad de vivir con la frustración que nos producía conservar nuestra virtud. Llevábamos máscaras sonrientes mientras moríamos por dentro.
Me sentí desgraciada cuando caí en la cuenta de que mi talento no era gobernar sino sentir. Semejante talento enriquecía mi vida, pero al mismo tiempo destruía cada momento de paz que había conseguido. Me sentía indefensa ante lo que me sucedía. Era el pez en la bandeja dorada, atado con la cinta roja, pero nadie podía devolverme al lago al que pertenecía.
Me agotaba el esfuerzo por guardar las apariencias y Yung Lu lo notaba. Le mudó el color; me recordó las murallas rosadas de la ciudad.
– La audiencia ha terminado -anuncié débilmente.
Yung Lu hizo una reverencia, se dio media vuelta y se fue.