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En mayo de 1858, el príncipe Kung nos dio la noticia de que nuestros soldados habían sido bombardeados mientras aún estaban en sus cuarteles. Las tropas francesas e inglesas habían asaltado los cuatro fuertes Taku situados en la boca de Peiho. Horrorizado ante la caída de nuestras defensas marítimas, el emperador Hsien Feng declaró la ley marcial. Envió a Kuei Liang, el suegro del príncipe Kung, entonces gran secretario y el funcionario de la corte manchú de rango más elevado, a negociar la paz.
A la mañana siguiente, Kuei Liang solicitó una audiencia de emergencia. La noche anterior, había salido precipitadamente de la ciudad de Tientsin. El emperador volvía a estar enfermo y nos envió a Nuharoo y a mí a sentarnos en su lugar. Su majestad prometió que se reuniría con nosotras en cuanto pudiera.
Cuando Nuharoo y yo entramos en el salón de la Nutrición Espiritual, la corte ya estaba aguardando. En presencia de más de trescientos ministros y funcionarios, Nuharoo y yo, vestidas con nuestras túnicas doradas de la corte, ocupamos nuestros asientos, hombro con hombro, detrás del trono.
Minutos más tarde llegó el emperador Hsien Feng. Se arrastró hasta la plataforma y se dejó caer sin aliento en el trono. Parecía tan frágil que una leve brisa hubiera podido tumbarle. Llevaba la túnica suelta, no se había afeitado y la barba le crecía como las malas hierbas.
Llamó a Kuei Liang, que se adelantó. Su presencia me impresionó; su expresión, por lo general plácida y benevolente, había sido reemplazada por el nerviosismo extremo. Parecía muy envejecido, tenía la espalda encorvada y apenas podía ver su rostro. Le acompañaba el príncipe Kung y las sombras oscuras bajo los ojos me indicaban que tampoco él había dormido.
Kuei Liang empezó su informe. Recordaba su antiguo semblante lleno de inteligencia que ahora se apagaba; sus palabras eran inarticuladas y sus manos estaban como paralizadas. Dijo que había sido recibido con poco respeto por parte de los negociadores extranjeros. Usaron el incidente del Arrow, en el que fueron capturados piratas chinos navegando bajo una bandera inglesa, como excusa para evitarlo. No había pruebas que sostuvieran sus alegaciones; todo aquello bien podía ser una conspiración contra China. El emperador Hsien Feng escuchaba con expresión seria.
– Con la intención de darnos un escarmiento -prosiguió Kuei Liang-, los ingleses atacaron Cantón y toda la provincia ha caído. Con veintiséis buques de guerra, los ingleses y los franceses, acompañados de los americanos, «observadores imparciales», según ellos, y de los rusos, que han acudido al banquete de los desechos, han desafiado a su majestad.
No veía muy bien el rostro de mi marido, pero imaginaba su expresión.
– Al navegar río arriba hacia Pekín, están violando los términos del tratado anterior -declaró lisa y llanamente Hsien Feng.
– Me temo, majestad, que los vencedores dictan las reglas -se lamentó Kuei Liang negando con la cabeza-. Después de atacar los fuertes Taku, no necesitan otra excusa. ¡Ahora están a solo ciento sesenta kilómetros de la Ciudad Prohibida!
La corte se quedó atónita. Kuei Liang se vino abajo al ofrecer más detalles. Mientras oía aquello, una imagen se presentaba ante mis ojos: el momento en que fui testigo de cómo un muchacho del pueblo torturaba a un gorrión. El muchacho era mi vecino, que había encontrado un gorrión en una fosa de aguas residuales. Parecía como si la pequeña criatura acabara de aprender a volar; se había caído y se había roto un ala. Cuando el muchacho cogió el pájaro, tenía las plumas empapadas de agua sucia. Colocó el pájaro en una piedra enfrente de su casa y nos llamó para que fuéramos a verlo. Vi el minúsculo corazón latir en el cuerpo del pájaro. El chico sacudió al gorrión y tiró de las patas y las alas hasta que dejó de moverse.
– ¡Me has fallado, Kuei Liang! -El grito de Hsien Feng me despertó-. ¡Había depositado mi fe en tu éxito!
– Majestad, he presentado patéticamente mi sentencia de muerte a los enviados rusos y americanos -explicó Kuei Liang-. Les he dicho que si cedía un punto más, perdería la vida. Les dije que el emperador Hsien Feng había ordenado a mi predecesor, el virrey de Cantón, que se suicidase, porque había fracasado en su misión. El emperador me había ordenado llegar a una paz razonable y mutuamente ventajosa. Le había prometido que no acordaría nada que perjudicase a China, pero se burlaron y se rieron de mí, majestad. -El anciano cayó de rodillas, sollozando de vergüenza-. Yo… yo… merezco morir.
Ser testigo de las lágrimas del respetable Kuei Liang era algo desgarrador. Franceses e ingleses exigían indemnizaciones y disculpas por las guerras que habían librado contra nosotros en nuestra tierra. Según el príncipe Kung, habían declarado que los recientes acontecimientos anulaban e invalidaban los acuerdos previos. El gran consejero Su Shun, vestido con una túnica de corte roja, advirtió de que aquello era el pretexto para el siguiente movimiento de los bárbaros, que sería poner una pistola en la sien del emperador Hsien Feng.
– He fallado a mi país y a mis antepasados -se lamentó Hsien Feng-. Gracias a mi ineptitud, los bárbaros se aprovechan de nosotros… China ha sido violada y la culpa es solo mía.
Sabía que tenía que pedir permiso para poder hablar, pero la rabia me venció y exclamé:
– Los extranjeros viven en China por la gracia del emperador; sin embargo, nos han causado más daño que el que puedo expresar con palabras. Son el motivo del creciente desprestigio de nuestro gobierno a ojos de nuestro pueblo. No nos dejan más alternativa que despreciarlos.
Quería continuar, pero me ahogué en mis propias lágrimas. Solo unas semanas antes me había sentado detrás de Hsien Feng, mientras declaraba la guerra y ordenaba «muerte a los bárbaros». ¿De qué servían más palabras? En el transcurso de los acontecimientos, el emperador de China pronto se vería obligado a disculparse por la «perfidia de sus tropas, que habían defendido los fuertes Taku contra los ingleses el año anterior». China sería obligada a pagar a sus invasores una enorme cantidad de dinero como compensación.
El emperador necesitaba descansar; después de un corto receso, Kuei Liang volvió a hablar.
– Los rusos se han unido al latrocinio, majestad.
Hsien Feng respiró hondo y luego preguntó:
– ¿Qué quieren?
– Volver a trazar la frontera septentrional por los ríos Amur y Usuri.
– ¡Tonterías! -vociferó Hsien Feng, y cuando empezó a toser, sus eunucos corrieron a su lado y le secaron la nuca y la frente, pero los apartó-. ¡Kuei Liang, tú has permitido que esto suceda… tú!
– Majestad, no merezco más perdones ni los pido. Estoy preparado para ahorcarme. Ya me he despedido de mi familia; mi esposa e hijos me han convencido de que lo comprenden. Solo quiero haceros saber que he hecho lo que estaba en mis manos y no he podido conseguir que los bárbaros negociaran. Solo amenazan con la guerra y… -Kuei Liang se calló y se volvió hacia su yerno.
El príncipe Kung avanzó unos pasos y acabó la frase de Kuei Liang por él.
– Los rusos dispararon ayer sus cañones. Ante el miedo de que amenazaran la capital, el ministro Yi Shan firmó el tratado y aceptó los términos rusos. Majestad, aquí tenéis una copia del tratado.
Lentamente, el emperador Hsien Feng cogió el documento.
– ¿Al norte del río Amur y al sur de la zona montañosa de Wai-hsin-an, no es así?
– Así es, majestad.
– Eso son más de seiscientos kilómetros cuadrados.
Incapaces de soportar la aplastante tristeza, muchos en la corte empezaron a llorar.
– ¡Su Shun! -gritó el emperador Hsien Feng, desplomándose en su asiento.
– Estoy aquí, majestad. -Su Shun se presentó ante él.
– Haz decapitar a Yi Shan y releva a Kuei Liang de todos sus cargos.
Mi corazón estaba con Kuei Liang mientras los guardias lo escoltaban fuera del salón. Durante la siguiente pausa, aproveché un momento para hablar con el príncipe Kung. Le pedí que hiciera algo para frenar el decreto. Me dijo que no me preocupase. Me hizo comprender que Su Shun estaba al mando y que no cumpliría la orden de Hsien Feng, que había respondido afirmativamente solo para apaciguar a su majestad. La corte confiaba en que Su Shun convencería al emperador de que cambiara de opinión; todo el mundo sabía que era imposible sustituir a Kuei Liang.
En los meses siguientes, el emperador Hsien Feng se volvió aún más dependiente de Su Shun y sus siete grandes consejeros. Recé por que Su Shun fuera capaz de sostener el cielo para su majestad. Aunque no me gustaba Su Shun, no tenía intenciones de convertirme en su enemiga. Ni en sueños pretendía ofenderle, pero un día sería inevitable.
Llevaba tres días nevando y fuera había ventisqueros de más de medio metro. Aunque las estufas de carbón estaban encendidas, hacía demasiado frío para estar cómodo. Yo tenía los dedos tiesos como palillos. Enterrado en su abrigo de pieles, Hsien Feng estaba repantigado en una silla del salón de la Nutrición Espiritual con los ojos cerrados.
Me senté en el despacho y me puse a resumirle documentos. Durante los últimos meses, me había vuelto a convertir en secretaria imperial. Simplemente él se había quedado sin energía y me había pedido que le ayudara seleccionando las cartas cuya respuesta urgía más. Su majestad pronunciaba las palabras y yo las convertía en respuestas.
Era todo un reto, pero estaba encantada de poder ayudarle. De repente ya no era la concubina abandonada, ya no tenía que pasarlas negras, se me presentaba la oportunidad de compartir con su majestad su sueño de resucitar China. Me hacía sentir bien y mi energía era inagotable. Por primera vez en mucho tiempo, noté verdadero afecto en sus ojos. Una noche, ya tarde, cuando Hsien Feng se despertó en su silla, me tendió la mano. Quería que supiera que agradecía mi ayuda; ya no llamaba a Verano, una de sus concubinas chinas, ni a Nuharoo, ni siquiera cuando le suplicaba que saliera a pasear con ella.
Visité a Nuharoo para pasar un rato con Tung Chih, que dormía junto a sus nodrizas. La puse al día de mi trabajo con su majestad y ella me confesó que estaba complacida con mi humildad.
Cada día al alba, me vestía e iba al salón de la Nutrición Espiritual en un palanquín. Enseguida empecé a clasificar documentos oficiales en distintas cajas. El emperador Hsien Feng solía estar aún dormido en la habitación contigua. Alineaba las cajas en función de la urgencia. Cuando el sol se alzaba y entraba el emperador, yo ya estaba preparada para hacerle un resumen. Él lo meditaba y sopesaba sus decisiones. A veces discutía conmigo, y poco después no esperaba a que dictase los edictos necesarios.
Le hacía sugerencias con la esperanza de complementar las ideas de su majestad. Un día llegó tarde y, como una de las cajas necesitaba atención inmediata, para ahorrar tiempo escribí una propuesta imitando su estilo. Cuando se la leí para que la aprobase, no hizo ningún cambio. El edicto fue enviado con su sello.
Mi confianza creció después de aquello. A partir de entonces, Hsien Feng me pidió que escribiera yo misma los edictos y se los leyera después. Al principio estaba nerviosa; quería consultar al príncipe Kung o a Su Shun, pero sabía que no podía hacerlo.
Una mañana acababa de escribir siete documentos y empezaba el octavo. Era un documento difícil; tenía que ver con un artículo de un tratado que casi desconocía. Decidí esperar, y cuando oí que su majestad se levantaba, le llevé el borrador.
Hsien Feng estaba apoltronado en una silla de rota, con los ojos cerrados, mientras un eunuco le acercaba una cucharada de sopa de sangre de ciervo. Debía de tener muy mal sabor, porque la expresión de su majestad me recordó a la de un niño que se corta con un vaso roto. La sopa se le caía de la boca; había empezado a leer el borrador cuando oí la voz del jefe eunuco Shim.
– Buenos días, alteza. Su Shun está aquí.
– ¿Está su majestad? -preguntó la voz de Su Shun-. Este asunto no puede esperar.
Antes de que pudiera retirarme, Su Shun caminó directamente hacia el emperador Hsien Feng. Su majestad entreabrió los ojos y vio a Su Shun de rodillas. Yo permanecí de pie junto a la pared con la esperanza de que Su Shun no me viera.
– Levántate -ordenó el emperador. El eunuco se apresuró a limpiarle la barbilla y a sentarlo erguido-. ¿Otra vez los rusos?
– Sí, por desgracia -respondió Su Shun poniéndose en pie-. El embajador Ignatiev se niega a negociar nuestras condiciones y ha anunciado la fecha del ataque.
El emperador se inclinó hacia la derecha mientras se frotaba el costado.
– Orquídea, ¿has oído a Su Shun? -Me tiró el borrador-. ¡Rómpelo! ¿Para qué sirve pronunciar edictos? ¿Qué más puedo hacer? ¡Me han chupado toda la sangre y aun así los lobos no me dejan en paz!
Su Shun se sorprendió al verme, entornó los ojos, miró al emperador Hsien Feng y volvió a mirarme. Sabía que le había ofendido con mi mera presencia. Me miró fijamente como queriendo decir: ¡Vuelve a tus bordados! Pero estaba obligada a dar una respuesta a Hsien Feng. Esperaba que Su Shun asumiera que el emperador tenía motivos para confiar en mí y que mi ayuda había sido valiosa.
Seguramente, si Su Shun le hubiera preguntado, su majestad me habría halagado. El último mes había llegado un informe de una inundación en la provincia de Sechuán. Cientos de campesinos habían perdido sus hogares, escaseaba la comida, y cuando Hsien Feng oyó que muchas familias se comían a sus hijos muertos para sobrevivir, promulgó un decreto obligando a los gobernadores de Kiangsu y Anhwei a abrir sus despensas, pero no quedaba grano. Las despensas se habían vaciado mucho antes para financiar las guerras contra los Taiping y contra los extranjeros.
Sugerí a su majestad que sacara el dinero de los burócratas corruptos. Le propuse que ordenara a los funcionarios gubernamentales de toda la nación que dieran cuenta de sus ingresos. Su majestad enviaría inspectores para auditar sus libros y ver si los informes se ajustaban a sus ingresos reales.
– Eso provocará resentimientos -protestó su majestad.
– No si añadimos una cláusula al decreto declarando que nadie será acusado de malversación de fondos si los culpables donan el dinero que no les correspondía a las víctimas de las inundaciones.
El decreto funcionó de maravilla y el emperador Hsien Feng me recompensó con un permiso para visitar a mi familia. A partir de entonces, su majestad confiaba en mí para redactar la mayoría de los decretos. Yo me sentía cada vez más segura. En palabras del emperador, yo alentaba las críticas y las sugerencias de todos los gobernadores y me beneficiaba de todos sus comentarios y proposiciones.
Aunque me sentía plena y satisfecha, también me preocupaba la creciente falta de interés de Hsien Feng en su trabajo. Era difícil que no te afectara su creciente pesimismo. Ahora sufría muchos dolores físicos y estaba deprimido la mayor parte del tiempo. Cuando le llevaba a Tung Chih, no tenía energía para jugar con él y lo echaba a los pocos minutos. Ya no leía los edictos que yo escribía. Cuando llegaban los informes de Estado, esperaba que yo me ocupara de ellos y ni siquiera deseaba que se los consultara. Cuando le pasé aquellos que pensaba que debía conocer, los apartó diciendo:
– Los bichos de mi cabeza han hecho unos nidos tan grandes que no puedo pensar.
La vida de su majestad se acercaba a su fin, pero yo necesitaba que viviera por Tung Chih. Mientras tanto, trabajaba sin descanso; había reducido mis comidas de cinco a dos, y a veces solo comía una vez al día. Para asegurarse de que yo comía bien, An-te-hai contrató a un nuevo cocinero de mi ciudad natal de Wuhu, cuyos mejores platos eran los favoritos de mi niñez: sopa de tomate, cebolla y repollo. An-te-hai usaba un recipiente de bambú especial para conservar caliente la sopa.
A menudo me despertaba y descubría que me había quedado dormida sobre mis brazos plegados. Ya no me preocupaba de mi peinado. Quería pasar más tiempo con Tung Chih, que acababa de cumplir cuatro años, pero tenía que dejarlo por completo con Nuharoo. Yo seguía trabajando en documentos de la corte, a veces hasta el amanecer. An-te-hai esperaba a mi lado, con una manta en las manos por si se la pedía. Se quedaba dormido en un taburete. De vez en cuando le oía murmurar en sueños:
– Basta de «felicitaciones», Confucio.
– ¿Qué más puedo hacer? ¡Los lobos no me dejan en paz!
Para consternación de Su Shun, respondí a su majestad:
– Yo no me doblegaría a los rusos. -Hablé bajito, pero con determinación-. Los rusos se están aprovechando de que tenemos problemas con los franceses y los ingleses. China no puede dar la impresión de que es una costilla fácil para que todo el mundo le hinque el diente. Debemos demostrar nuestra fuerza.
– Vuelve con los rusos mañana y no regreses hasta que hayas cumplido tu tarea.
Con un hondo suspiro, el emperador Hsien Feng dio la espalda a Su Shun.
Con incredulidad, Su Shun se despidió de su majestad. Antes de salir me dirigió una mirada maligna. Era evidente que consideraba el respeto que Hsien Feng sentía por mí como una humillación personal.
Su Shun no tardó en difundir rumores sobre mí. Advirtió a la corte de que yo ambicionaba ocupar el trono. Logró provocar a los ancianos del clan, que presentaron una protesta instando a su majestad a que me echara de su residencia.
El príncipe Kung me defendió. Él era más que consciente del estado mental de su hermano. Su majestad ni siquiera acudía al salón de la Nutrición Espiritual a menos que yo estuviera allí. Según el príncipe Kung, era Su Shun quien albergaba ambiciones impropias.
Para la salud de su majestad, el médico Sun Pao-tien le recomendó descanso absoluto, así que nos trasladamos a Yuan Ming Yuan. El invierno se hacía más crudo. Largas y marchitas hierbas marrones y amarillas yacían como olas congeladas. El viento era riguroso, los riachuelos y arroyos que serpenteaban entre los jardines estaban ahora helados y parecían cuerdas sucias. El emperador Hsien Feng decía que le recordaban unas tripas que hubieran caído del vientre de un animal muerto.
La tranquilidad se quebró cuando aparecieron Su Shun y el príncipe Kung con noticias urgentes. De pie junto al lecho de madera negra de su majestad, le informaron de que ingleses y franceses solicitaban una audiencia.
El emperador Hsien Feng se sentó en la cama.
– No puedo aceptar que quieran revisar y rectificar los tratados. ¿Qué es lo que hay que revisar o rectificar? ¡Están preparando la excusa para otro ataque!
– Aun así, ¿meditaréis sobre la concesión de la audiencia? -le rogó el príncipe Kung-. Es importante mantener la comunicación. Mi Tsungli Yamen puede ocuparse de la organización hasta que su majestad se sienta más cómodo…
– ¡Tonterías! No necesitamos a esos contemporizadores -interrumpió Su Sung, señalando con el dedo al príncipe Kung.
Hsien Feng levantó la mano para acallar a Su Sung. Era consciente de que la corte estaba dividida con respecto a cómo manejar la situación y Su Shun y el príncipe Kung lideraban sectores opuestos.
– Una audiencia es pedir demasiado -declaró Hsien Feng-. No permitiré que los bárbaros entren en Pekín.
La usual procesión de eunucos y doncellas entró con el té. Todos vestían con magnificencia. Cada vez que caminaba por mi jardín, solo sentía el poder y la gloria a mi alrededor. Incluso los senderos de los grillos del jardín tenían un toque de nobleza, eran gordos y verdes y más robustos que los que había visto en el campo, pero todo llega a su fin.
– Los extranjeros vienen con tropas -recordó el príncipe Kung a su hermano después de un largo silencio.
– ¡Muerte a los extranjeros! -La voz de Su Shun estaba cargada de emoción-. Majestad, es hora de dictar una orden para tomar al embajador británico como rehén; así se verán obligados a retirar sus tropas.
– ¿Y si se niegan? -preguntó el príncipe Kung.
– Lo decapitaremos -respondió Su Shun-. Confiad en mí; cuando capturemos al jefe del enemigo, el resto se rendirá. Entonces podremos enviar al general Seng-ko-lin-chin con los portaestandartes a cortar el resto de las cabezas de los bárbaros.
– ¿Habéis perdido el juicio? -le refutó el príncipe Kung-. El embajador inglés es solo un mensajero. Perderemos talla moral ante los ojos del mundo; eso daría a nuestros adversarios una excusa perfecta para invadirnos.
– ¿Talla moral? -se burló Su Shun-. ¿Qué talla moral tienen los bárbaros en su comportamiento con respecto a China? Vienen con exigencias al hijo del cielo. ¡Cómo os atrevéis a poneros del lado de los bárbaros! ¿Representáis a su majestad el emperador de China o a la reina de Inglaterra?
– ¡Su Shun! -El rostro del príncipe Kung se enrojeció y crispó las manos-. ¡Es mi deber servir al emperador con veracidad!
Su Shun se acercó al emperador Hsien Feng.
– Debemos frenar a su majestad el príncipe Kung. Ha engañado a la corte. Él y su suegro se han encargado de todas las negociaciones. Según el resultado de los tratados y la información que me han proporcionado mis investigadores, tenemos razones para sospechar que el príncipe Kung se ha aprovechado de su cargo. -Su Shun hizo una pausa y acercó el cuerpo hacia el príncipe Kung como si estuviera acorralándolo-. ¿Acaso no habéis hecho tratos con nuestros enemigos? ¿No os han prometido los bárbaros que, cuando entren en la Ciudad Prohibida, os recompensarán?
Las venas del cuello del príncipe Kung se hincharon y las cejas se le arrugaron como una raíz de jengibre. Se abalanzó sobre Su Shun, lo derribó y empezó a golpearle.
– ¡Comportaos! -gritó el emperador Hsien Feng-. Su Shun tiene mi permiso para manifestarse.
Las palabras de su majestad abatieron al príncipe Kung. Bajó las manos y se puso de rodillas.
– Mi hermano imperial, no conseguiremos nada apresando a su embajador. Apuesto mi cabeza. La situación solo se volverá en nuestra contra. En lugar de retroceder, enviarán sus flotas a nuestras costas. He estudiado lo bastante como para conocer sus maneras.
– Claro. -Su Shun se puso en pie, con las largas mangas flotando en el aire-. Lo bastante como para establecer contactos y lo bastante como para olvidar quién sois.
– ¡Una palabra más, Su Shun -dijo el príncipe Kung con las mandíbulas apretadas-, y os arrancaré la lengua!
A pesar de las advertencias de Kung, se dictó un edicto para capturar al embajador británico. Durante los días que siguieron, la Ciudad Prohibida estuvo tranquila. Cuando llegaron noticias de que el embajador había sido apresado, Pekín lo celebró. Su Shun fue saludado como un héroe. Casi inmediatamente, las noticias de ataques extranjeros a lo largo de la línea de la costa acabaron con el júbilo. Los documentos que llegaban a su majestad desde la frontera olían a humo y sangre. Pronto los papeles se apilaron contra las paredes y ya no había modo de clasificarlos. La situación fue exactamente la que el príncipe Kung había previsto.
El 1 de agosto de 1860 fue el peor día para el emperador Hsien Feng. Nada podía detener a los bárbaros. El príncipe Kung fue denunciado y el Tsungli Yamen disuelto. Bajo el nombre de «los aliados», los ingleses entraron con ciento setenta y tres buques de guerra y diez mil soldados, los franceses con treinta y tres buques y seis mil soldados. Luego se les unieron los rusos y, juntos, desembarcaron una fuerza de dieciocho mil hombres en las costas del golfo de Chihli.
Los aliados se lanzaron contra las inmensas fortificaciones que se extendían a lo largo de la desembocadura del río Amarillo y el litoral, las atravesaron, hundiéndose hasta las rodillas en el barro y alcanzaron tierra firme. Luego empezaron a avanzar hacia Pekín. El general Seng-ko-lin-chin, comandante en jefe de las Fuerzas Imperiales, envió un mensaje al emperador comunicando que estaba preparado para morir; en otras palabras, que todas las esperanzas de proteger la capital se desvanecían.
Otros informes describían el valor y el patriotismo, lo que me llenaba de tristeza. El sistema defensivo de la antigua China se había convertido en un estorbo: solo barreras de estacas de bambú y complejos diques y zanjas defendían nuestros fuertes. Nuestros soldados no podían demostrar su dominio de las artes marciales en el combate. Les disparaban antes incluso de divisar al enemigo.
La caballería mogol era famosa por su invencibilidad. En un día desaparecieron tres mil jinetes. Los cañones y las armas de los occidentales los barrían como el viento de final del otoño a las hojas secas.
El emperador Hsien Feng estaba bañado en sudor. Una fiebre alta le había consumido tanta energía que ya no podía ni comer. La corte temía que sufriera un colapso. Cuando le bajó la fiebre, me pidió que dictara cinco edictos para que fueran entregados inmediatamente al general Seng-ko-lin-chin. En nombre de su majestad, informé al general de que se estaban reuniendo tropas de todo el país y que en cinco días el legendario general Sheng Pao dirigiría un rescate. Casi veinte mil hombres más, incluyendo siete mil de la caballería, se incorporarían al contraataque.
En el siguiente edicto, escribí como si su majestad hablara a la nación:
Los traicioneros bárbaros están dispuestos a sacrificar nuestra fe en la humanidad. Avanzan hacia Tungchow. Vergonzosamente anuncian su intención de obligarme a recibirlos en audiencia. Su amenaza supone que cualquier tolerancia por nuestra parte sería negligencia en el cumplimiento del deber hacia el imperio.
Aunque mi salud está en grave estado, no puedo hacer más que luchar hasta mi último aliento. Me he dado cuenta de que ya no puedo conseguir paz y armonía sin la fuerza. Ahora os ordeno a vosotros, ejércitos y ciudadanos de todas las razas, que os unáis a la batalla. Recompensaré a quienes hagan gala de valor. Por cada cabeza de un bárbaro negro [tropas sijs británicas] ofrezco una recompensa de cincuenta taels y por cada cabeza de bárbaro blanco ofrezco una recompensa de cien mil taels. Los súbditos de otros Estados sumisos no deben ser molestados, y siempre que ingleses y franceses demuestren arrepentimiento y abandonen sus maneras perversas, me complacerá permitirles que comercien otra vez, como antaño. Que se arrepientan mientras aún tienen tiempo.
El salón de la Virtud Luminosa estaba húmedo por los días de las fuertes lluvias. Me sentía como dentro de un ataúd gigante. Alrededor del lecho del emperador Hsien Feng, se construyó un trono provisional y se elevó una plataforma. Cada vez más ministros acudían en busca de audiencias de emergencia. Todos parecían ya derrotados. Se descuidaba la etiqueta y la gente discutía y se peleaba en voz alta. Numerosos ancianos morían en mitad de las discusiones. En la frontera las balas y los proyectiles de cañón eran gruesos como el granizo. Recostado en su silla, el emperador leía los últimos informes. Le volvió a subir la fiebre y le colocaron toallas frías en la frente y en el cuerpo. Se le caían las páginas de los dedos temblorosos.
Dos días más tarde, llegaron noticias de la caída. La primera fue el fuerte septentrional superior, tomado después de un feroz combate bajo un bombardeo intensivo por los dos lados. Los aliados presionaban y Seng-ko-lin-chin decía que los obuses que alcanzaron los almacenes de pólvora de los fuertes del norte habían mermado sus defensas.
El 21 de agosto, Seng-ko-lin-chin se entregó y los fuertes Taku se rindieron. El camino hacia Pekín estaba despejado.
Nos informaron de que los aliados estaban a solo veinte kilómetros de la capital. Llegaron las tropas del general Sheng Pao, pero no resultaron de ninguna ayuda; el general había perdido su última división el día anterior.
La gente entraba y salía del salón de audiencias a grandes zancadas, como personajes de papel recortado. Las palabras en las que cada uno deseaba a su majestad una vida longeva sonaban huecas. Aquella mañana las nubes estaban tan bajas que podía sentir la humedad del aire en los dedos. Las ranas saltaban por todo el patio; parecían desesperadas. Había ordenado a los eunucos limpiar el patio de ranas, pero habían vuelto.
El general Seng-ko-lin-chin estaba de rodillas ante su majestad, implorando un castigo que le fue aplicado. Le despojaron de todos sus títulos y se le condenó al destierro. Preguntó si podía ofrecer a su majestad un último servicio.
– Concedido -murmuró el emperador Hsien Feng.
Seng-ko-lin-chin dijo:
– Se acerca la luna llena…
– Ve al grano -dijo el emperador volviendo la cabeza hacia el techo.
– Yo…
Con manos titubeantes el general sacó un pequeño pergamino del bolsillo interior de su túnica y se lo dio al eunuco jefe Shim. Shim desplegó el rollo para que lo viera el emperador. «Ir a Jehol», decía.
– ¿Qué quieres decir? -preguntó el emperador Hsien Feng.
– Cazar, majestad -respondió Seng-ko-lin-chin.
– ¿Cazar? ¿Crees que estoy de humor para ir de caza?
Seng-ko-lin-chin se explicó detalladamente: era el momento de abandonar Pekín, era el momento de olvidar las apariencias. Sugería que el emperador usara los tradicionales terrenos de caza de Jehol como excusa para escapar. En opinión del general, la situación era irreversible; China estaba perdida. Los enemigos estaban de camino para arrestar y derrocar al hijo del cielo.
– Mis costillas, Orquídea. -Su majestad se esforzó en sentarse-. Me duele como si tuviera hierbas y matojos creciendo en su interior. Oigo el viento soplar a través de ellas cuando respiro.
Le di un leve masaje en el pecho.
– ¿Significa eso un sí a la cacería? -preguntó Seng-kolin-chin.
– Si no me crees, puedes tocarme la barriga con la mano -me comentó su majestad, ignorando a Seng-ko-lin-chin-. Vamos, golpea mi pecho, oirás un sonido vacío.
Sentí lástima por Hsien Feng, pues no tenía vocabulario para lo que estaba sintiendo, ni lo comprendía. Había perdido el orgullo; sin embargo no podía evitar seguir viéndose como el amo del universo. Sencillamente no podía vivir de otro modo.
– Entonces tendré los terrenos de caza preparados.
Seng-ko-lin-chin dejó caer las palabras y se retiró en silencio.
– ¡Una rata va a parir! -Su majestad prorrumpió en gritos histéricos-. Está pariendo a sus crías en un montón de harapos, en un agujero que hay detrás de mi cama. Mi palacio se llenará de ratas. ¿A qué esperas, dama Yehonala? ¿No vas a acompañarme a cazar en Jehol?
Mis pensamientos se aceleraron. ¿Abandonaríamos la capital? ¿Dejaríamos el país a los bárbaros? Habíamos perdido puertos, fuertes y costas, pero no habíamos perdido a nuestro pueblo. Seguramente nos quedaríamos en Pekín, porque incluso cuando los bárbaros llegaran, tendríamos la oportunidad de luchar si nuestro pueblo estaba con nosotros.
Si el emperador Hsien Feng hubiera sido un hombre fuerte, habría actuado de otro modo. Habría sido un ejemplo de cómo conducir una nación en la guerra, habría ido él mismo a la frontera y, si hubiera muerto, habría preservado el honor de China y salvado su nombre, pero era un hombre débil.
Nuharoo trajo a Tung Chih para la cena. A pesar del mal tiempo, parecía una bola de nieve, envuelto en un abrigo de piel blanco. Le estaban dando de comer carne de pichón con una rebanada de pan cocido. Parecía alegre y jugaba a un juego de cuerda llamado «Átame, desátame» con An-te-hai. Tumbado en su cama, Hsien Feng contemplaba a su hijo. Sonreía y alentaba al niño a desafiar al eunuco. Entonces aproveché la oportunidad para hablar.
– ¿Majestad? -Intenté no plantear una discusión-. ¿No creéis que el espíritu de la nación se desmoronará si su emperador… está ausente? -Evité la palabra «deserta»-. Un dragón necesita una cabeza, una capital vacía alentará el pillaje y la destrucción. El emperador Chou Wen-wang de la dinastía Han optó por huir durante la crisis de su reino y el resultado fue que perdió el respeto de su gente.
– ¡Cómo te atreves a plantear esta comparación! -El emperador Hsien Feng escupió las hojas de té en el suelo-. He decidido irme por la seguridad de mi familia, tú incluida.
– Creo que demostrar la fuerza de la corte al pueblo es crucial para la supervivencia de China -susurré suavemente.
– No me siento como para hablar de esto ahora.
Su majestad llamó a su hijo y empezó a jugar con él. Tung Chih corría riéndose y se escondió debajo de una silla.
Ignoré a Nuharoo, que me hacía gestos para que me fuera, y proseguí:
– El abuelo de Tung Chih y el bisabuelo se habrían quedado si se hubieran enfrentado a esta situación.
– ¡Pero no se les presentó esta situación! -explotó Hsien Feng-. Siento celos de ellos; son ellos quienes me han dejado esta maraña. En 1842, cuando se perdió la primera guerra del Opio, yo era solo un niño. No he heredado más que problemas. Todo lo que recuerdo de aquellos días son las indemnizaciones que estoy obligado a pagar. ¡Ocho millones de taels a cada país! ¿Cómo voy a satisfacer esa cantidad?
Discutimos hasta que me ordenó que regresara a mis dependencias. Sus últimas palabras rondaron mi cabeza toda la noche.
– Una palabra más y te recompensaré con una cuerda para que te ahorques.
Nuharoo me invitó a dar un paseo por su jardín. Me contó que sus arbustos se marchitaban debido a alguna plaga de una rara especie de mariposa. Le respondí que no estaba de humor para hablar de mariposas.
– Deben de ser polillas; de cualquier modo, son bonitas. -Sin prestarme atención, ella continuaba-.Vamos a cazar mariposas, olvídate de los bárbaros.
Entramos cada una en nuestro palanquín. Me habría gustado poder disfrutar de la invitación de Nuharoo, pero en mitad del paseo cambié de opinión y ordené a mis porteadores que me condujeran al salón de la Virtud Luminosa. Envié un mensajero a Nuharoo para pedirle perdón y comunicarle que la decisión del emperador de abandonar la capital pesaba gravemente en mí.
En el vestíbulo me encontré con mis cuñados, el príncipe Kung, el príncipe Ch’un y el príncipe Ts’eng. El príncipe Ch’un me dijo que habían ido a convencer a su majestad de que se quedara en Pekín, lo que me alegraba y me llenaba de esperanza.
Antes de entrar, aguardé en el jardín hasta que sirvieron el té. Una vez dentro, me senté junto al emperador Hsien Feng. Me di cuenta de que había otros invitados; además de los príncipes, también estaban allí Su Shun y su hermanastro Tuan Hua. Durante los últimos dos días, Su Shun y Tuan Hua habían estado haciendo preparativos para que el emperador se fuera a Jehol. Al otro lado de las paredes, el sonido de los carruajes yendo y viniendo era constante.
– ¡Me voy de Pekín porque no he tenido noticias del reemplazo de Seng-ko-lin-chin, el general Shen Pao! -argumentó Hsien Feng-. Los rusos afirman que Sheng Pao ha sido capturado. En ese caso, los bárbaros estarán en mi jardín en cuestión de horas.
– ¡Majestad! -El príncipe Kung cayó de su silla al suelo-. ¡Por favor, no desertéis!
– ¡Majestad! -El príncipe Ts’eng, su quinto hermano, también de rodillas, cerró filas junto al príncipe Kung-. ¿Os quedaréis unos días más? Yo mismo conduciré a los portaestandartes a la batalla contra los bárbaros. Dadnos la oportunidad de honraros. Sin vos… -Ts’eng estaba tan emocionado que tuvo que hacer una pausa- no habrá espíritu.
– El emperador ya se ha decidido -anunció fríamente Hsien Feng.
El príncipe Ch’un se arrodilló entre el príncipe Kung y el príncipe Ts’eng.
– Majestad, abandonar el trono alentará la locura de los bárbaros. Dificultará mucho las futuras negociaciones.
– ¿Quién dice que abandono el trono? Solo me voy de caza.
El príncipe Kung sonrió amargamente.
– Cualquier niño dirá en la calle: «El emperador huye».
– ¡Cómo te atreves!
El emperador Hsien Feng dio una patada a un eunuco que había acudido a darle una medicina.
– Por vuestra salud, majestad, perdonadnos. -El príncipe Ts’eng se agarró a las piernas del emperador-. Permitidme deciros adiós, entonces. Voy a enfrentarme a los cañones.
– Dejad de hacer el tonto. -Hsien Feng se levantó y ayudó a hacerlo al príncipe Ts’eng-. Hermano mío, una vez esté fuera del alcance, puedo seguir una política más consistente en el campo de batalla. -Se dirigió a Su Shun-. Vámonos antes de que el cielo aclare.
La determinación de Kung, Ch’un y Ts’eng me hicieron sentir orgullosa de ser manchú. No me sorprendía la cobardía de Hsien Feng; perder los fuertes Taku lo había destrozado y ahora solo quería alejarse y esconderse.
Su Shun se presentó en el vestidor de Hsien Feng.
– Debemos apresurarnos, majestad, tardaremos varios días en llegar a Jehol.
Entró Tuan, el hermanastro de Su Shun, un hombre delgado con un cuello largo y torcido que hacía que su cabeza se inclinara hacia un lado.
– Majestad -anunció-, aquí está la lista de cosas que hemos empacado para vos.
– ¿Dónde están mis sellos? -preguntó el emperador.
– Se los han llevado del salón de la Mezcla de Grandes Fuerzas Creativas y los han guardado como es debido.
– Orquídea -ordenó Hsien Feng-, ve y comprueba los sellos.
– Su majestad, no hay motivo para volver a comprobarlos -protestó Su Shun.
Haciendo oídos sordos a Su Shun, el emperador se dirigió hacia el príncipe Kung, que acababa de entrar en la habitación.
– Hermano Kung, no estás vestido para viajar. ¿Vas a venir conmigo, verdad?
– No, me temo que no -respondió el príncipe Kung, vestido con una túnica oficial azul con un ribete amarillo en las mangas y el cuello-. Alguien tiene que quedarse en la capital para negociar con los aliados.
– ¿Y Ts’eng y Ch’un?
– Han decidido quedarse en Pekín conmigo.
El emperador se sentó y los eunucos intentaron ponerle las botas.
– El príncipe Ch’un tendrá que protegerme hasta Jehol.
– Majestad, os suplico por última vez que penséis en quedaros en Pekín.
– Su Shun -dijo el emperador Hsien Feng con impaciencia-, prepara un decreto para autorizar al príncipe Kung como mi portavoz.
Para mí fue un problema pensar en lo que me tenía que llevar a Jehol; quería llevármelo todo porque no tenía ni idea de cuándo regresaría. Sin embargo lo más valioso no me lo podía llevar. Tenía que dejar mis cuadros, bordados murales, tallas, jarrones y esculturas. A cada concubina se le concedió un carruaje para sus bienes y el mío estaba casi lleno. Oculté el resto de mis cosas queridas como pude, sobre una viga, detrás de una puerta, enterradas en el jardín, con la esperanza de que nadie las descubriera hasta que volviese.
Nuharoo se negó a dejar ninguna de sus pertenencias. Como emperatriz estaba autorizada a llevar tres carruajes, pero no eran suficientes. Cargó el resto de sus cosas en los carruajes de Tung Chih. Tung Chih tenía diez y Nuharoo ocupó siete de ellos.
Mi madre estaba demasiado enferma para viajar, así que dispuse que se quedara en un tranquilo pueblecito fuera de Pekín. Kuei Hsiang la acompañaría. Rong viajaría con su marido y nos iríamos juntas.
A las diez de la mañana, las ruedas imperiales empezaron a rodar. El emperador Hsien Feng no se marcharía sin ceremonias. Sacrificó animales y reverenció a los dioses del cielo. Cuando mi palanquín atravesó la última puerta del gran jardín circular, Yuan Ming Yuan, funcionarios y eunucos se pusieron de rodillas y tocaron el suelo con la frente varias veces en señal de despedida. El emperador se sentaba dentro con su hijo, y Tung Chih me contó más tarde que su padre lloraba.
La caravana de la familia imperial se extendía casi cinco kilómetros, como un desfile festivo. Lanzaron fuegos artificiales al cielo para «ahuyentar a los malos presagios». Los guardias ceremoniales llevaban banderas amarillas en forma de dragón mientras los porteadores de los palanquines transportaban a la familia imperial. Los nobles caminaban en columnas. Detrás de nosotros iban los quemadores de incienso, monjes, lamas, eunucos, damas de honor, criados, guardias y animales reales. Seguían a la multitud una banda de tambores y gongs y toda la cocina andante. Cerca del final de la fila, estaban los vestidores y los excusados andantes. Hombres de a pie guiaban los caballos y los burros que acarreaban madera, carne, arroz y verduras en grandes cestas junto con los utensilios de cocina, como ollas y woks. Nos guardaban la retaguardia siete mil hombres a caballo guiados por Yung Lu.
Al pasar por la última puerta de la capital, se me empañaron los ojos de lágrimas. Las tiendas de las calles estaban abandonadas. Los ciudadanos corrían como gallinas decapitadas con sus familias, llevándose sus posesiones a lomos de burro. Las noticias de la deserción del emperador Hsien Feng habían sumido a la ciudad en el caos.
Pocas horas más tarde, pedí que me trajeran a mi hijo. Lo senté en mi regazo y lo abracé fuertemente. Para él era una salida más. Con el balanceo del palanquín, se quedó dormido. Le acaricié el suave cabello negro y le arreglé la trenza. Me habría gustado poder enseñarle a Tung Chih a ser fuerte; quería que supiera que uno nunca puede dar por sentado algo como la paz. Estaba acostumbrado a que le mimasen los criados y solía ver hermosas mujeres junto a su lecho. Me dolía oír a Tung Chih decir que quería crecer para ser como su padre, teniendo a bellezas como compañeras de juegos.
Pocos días antes, se había informado de un caso de robo en la Ciudad Prohibida. Nadie confesó el crimen y no había sospechosos. Me encargaron la investigación. Me daba la sensación de que los eunucos estaban implicados, porque alguien tuvo que sacar los objetos de valor. Las doncellas no podían cruzar las puertas sin permisos. También sospechaba de miembros de la familia real, ya que ellos sabían dónde estaban los objetos de valor.
A medida que avanzaba mi investigación, mis sospechas resultaron ciertas. Al parecer, las concubinas se habían conchabado con los eunucos para repartirse las ganancias. Se descubrió que las damas Mei, Hui y Li estaban implicadas. Hsien Feng se enfureció y ordenó expulsarlas de sus palacios. Nuharoo y yo hablamos con él en aquel momento de ira. «Es una época terrible para esperar nobleza por parte de todos -le calmamos-. ¿No sentimos ya bastante vergüenza?»
Después de pasar el día entero sentada en el palanquín, me dolían las articulaciones. Pensé en la gente que caminaba con los pies llagados. Al salir de Pekín, la carretera estaba llena de baches y polvo. Nos detuvimos en un pueblo a pasar la noche y me reuní con Nuharoo. Me sorprendió el modo en que se había vestido; parecía que fuera a una fiesta. Llevaba puesta una túnica de satén dorado con símbolos budistas bordados y sostenía un abanico de marfil y un pequeño incensario.
Durante todo el viaje, Nuharoo vistió la misma ropa. Tardé un rato en percatarme de que estaba más que aterrorizada.
– Por si nos atacan y me matan -me contó-, quiero estar segura de que entro en la próxima vida vestida como es debido.
Aquello no tenía sentido para mí; si nos atacaban, su ropa sería lo primero que cualquiera robaría, así que podía acabar desnuda en su próxima vida. Había oído en Wuhu que los saqueadores de tumbas les cortaban a los muertos la cabeza y las manos para quitarles las cadenas y los anillos.
Yo me vestí lo más sencillamente que pude. Nuharoo me dijo que mi vestido, que había tomado de una antigua doncella, deshonraba mi rango. Sus palabras me hicieron sentir más segura. Cuando intenté vestir a Tung Chih del mismo modo, Nuharoo se disgustó.
– ¡Por el amor de Buda, es el hijo del cielo! ¡Cómo te atreves a vestirlo como un vagabundo!
Le quitó a Tung Chih la túnica de sencillo algodón y se la cambió por otra de encaje dorado con unos símbolos a juego con los de ella.
Los aldeanos no sabían lo que estaba pasando; aún no les habían llegado las malas noticias de Pekín. Y además, por el modo de vestir de Nuharoo y Tung Chih, nadie podía admitir que se aproximaba el desastre. Se sintieron honrados de que eligiéramos su pueblo para pasar la noche y nos sirvieron panecillos de trigo integral cocidos y sopa de verduras.
Los mensajeros enviados por el príncipe Kung regresaron con unas pocas noticias buenas entre todas las malas. Habían capturado a un influyente oficial extranjero llamado Parkes y a otro llamado Loch. El príncipe Kung los usaba como moneda de cambio en las negociaciones. El último mensajero informó de que los aliados habían tomado la Ciudad Prohibida, el palacio de Verano y Yuan Ming Yuan.
– El comandante supremo aliado vive en el dormitorio de su majestad con una prostituta china -informó el mensajero.
El rostro deslucido de su majestad se empapó de sudor; abrió la boca, pero fue incapaz de pronunciar una palabra. Pocas horas más tarde, escupió una bola de sangre.