38610.fb2
– ¡Habla! -ordenó el emperador Hsien Feng al eunuco que estaba al mando de la seguridad de Yuan Ming Yuan.
El eunuco había sido enviado por su superior, que se había suicidado después de fracasar en el cumplimiento de su deber.
– Empezó el cinco de octubre. -El eunuco hizo un esfuerzo para calmar su voz temblorosa-. Era una mañana nublada, el palacio estaba tranquilo y no había nada que se saliera de la normalidad. Hacia el mediodía empezó a llover. Los guardias me preguntaron si podían entrar y yo les di mi permiso. Todos estábamos muy cansados… Entonces fue cuando oí los cañones. Pensé que estaba soñando y lo mismo les pasó a los guardias; uno incluso dijo que había oído un trueno, pero al cabo de un momento olimos el humo. Poco tiempo después vino un guardia corriendo para decirnos que los bárbaros estaban en la puerta de la Elevada Virtud y en la de la Paz. Mi superior le preguntó qué les había sucedido a las tropas del general Seng-ko-lin-chin. El guardia respondió que los bárbaros las habían capturado… Entonces nos dimos cuenta de que estábamos desprotegidos.
»Mi superior me ordenó que custodiara el jardín de la Felicidad, el jardín de las Onduladas Aguas Claras, el jardín de la Luna Serena y el jardín de la Brillante Luz del Sol, mientras que él custodiaría el jardín Perenne y el jardín de Junio. Sabía que yo no podría guardarlos; ¿cómo menos de cien personas iban a proteger jardines de más de treinta kilómetros?
»Mientras corríamos a esconder el mobiliario, aparecieron los bárbaros en el jardín. Di instrucciones a mi gente de que tiraran los bienes menos valiosos y enterraran los importantes, pero no nos dio tiempo a cavar. Enterré lo que pude, incluido el gran reloj y el universo móvil, y los demás tienen algunos pergaminos.
»Cuando arrastrábamos las bolsas, nos topamos con los bárbaros y nos dispararon. Los guardias caían como moscas. Los que no eran abatidos por los disparos eran capturados y más tarde arrojados al lago. Los bárbaros me ataron a la grulla de bronce que está junto a la fuente. Abrieron las bolsas y se alborozaron al descubrir el tesoro. Sus bolsillos eran demasiado pequeños para llevárselo todo, así que sacaron las túnicas de su majestad y las convirtieron en hatillos. Las llenaron y se las colgaron alrededor del hombro y de la cintura. Cogían lo que podían llevarse y destruían lo demás. Se pelearon entre ellos por el botín.
»Los bárbaros que llegaron más tarde intentaron llevarse lo que quedaba. Desmantelaron los animales astrológicos de bronce de su majestad, pero no la jarra gigante de oro, que resultaba demasiado pesada para moverla. Al final arrancaron con sus cuchillos todo el oro que decoraba las columnas y las vigas. El pillaje continuó durante dos días. Los bárbaros rompían las paredes y horadaban el suelo.
– ¿Qué encontraron? -le pregunté.
– De todo, mi señora; vi a un bárbaro caminar por detrás de la fuente con vuestra túnica ceremonial.
Intenté no imaginarme la escena mientras el eunuco seguía describiendo el saqueo del resto de Yuan Ming Yuan, pero mi mente veía vívidamente cómo los bárbaros entraban en la villa del Albaricoque y en la casa de té de la Hoja del Loto. Veía sus rostros iluminados mientras corrían por los dorados y ricamente labrados pasillos de los edificios centrales. Los veía entrar en mi habitación y saquear mis cajones. Los veía irrumpir en mi trastero, donde había ocultado mis objetos de jade, plata y esmalte, mis pinturas, bordados y oropeles.
– …Había mucho que llevarse, así que los bárbaros arrancaron las perlas del tamaño de canicas de las túnicas de la emperatriz Nuharoo y vaciaron las cajas de diamantes del emperador…
– ¿Dónde estaba el príncipe Kung? -preguntó el emperador Hsien Feng, que se escurrió de la silla e intentó con todas sus fuerzas volver a erguirse.
– El príncipe Kung operaba fuera de Pekín. Cerró un trato con los bárbaros a cambio de liberar a los oficiales capturados, Parkes y Loch, pero era demasiado tarde para detener el pillaje. Para encubrir su crimen, los diablos extranjeros… su majestad, no puedo… decirlo… -El eunuco se derrumbó en el suelo como si ya no tuviera columna vertebral.
– ¡Dilo!
– Sí, majestad. Los diablos… incendiaron…
El emperador Hsien Feng cerró los ojos. Le costaba respirar y el cuello se le torció como si estuviera entre las garras de un fantasma.
El 13 de octubre los bárbaros incendiaron más de doscientos pabellones, salones, templos y los terrenos de cinco palacios. Todo se consumió. El viento transportó el humo y las cenizas por encima de las murallas. Flotaban sobre la ciudad como una nube densa y se metían en el pelo, los ojos, la ropa y los cuencos de la gente. De Yuan Ming Yuan no quedó nada, salvo la pagoda de mármol y el puente de piedra. Entre los cientos de hectáreas de jardines, el único edificio que quedó en pie fue el pabellón de las Preciosas Nubes, que se alzaba en una colina por encima del lago.
Más tarde supimos por el príncipe Kung del «sonido semejante al trueno» que la gente describía. No era el ruido del trueno sino de los explosivos. Los ingenieros reales británicos habían colocado cargas de dinamita en muchos de nuestros pabellones.
Durante el resto de mi vida, recordaría la escena de aquella magnificencia súbitamente transformada en montañas de escombros. Las llamas de los incendios engulleron seis mil edificios, entre ellos el palacio de mi alma, junto con los tesoros y obras de arte coleccionadas por generaciones de emperadores.
Hsien Feng tendría que vivir con la vergüenza, que al final lo devoraría. Ahora que soy una anciana, cuando me canso de trabajar o pienso en abandonar, visito las ruinas de Yuan Ming Yuan. En cuanto pongo los pies entre las piedras quebradas, me parece oír la algarabía de los bárbaros. La imagen me ahoga como si el humo aún flotara en el aire.
Un sol broncíneo asomó sobre la cabalgata errante. Proseguíamos nuestro viaje de siete días a Jehol. Me amargaba y entristecía pensar en la excusa de la «cacería» de mi marido. Ataviados con sus maravillosos ropajes, los ministros y príncipes viajaban en palanquines ricamente decorados a hombros de esforzados porteadores mientras los guardias patrullaban a lomos de los pequeños caballos mongoles.
El canto de los porteadores de las sillas había dejado paso a un profundo y torturado silencio. Ya no oía el golpear y el deslizarse de las sandalias sobre las piedras sueltas; en su lugar veía el dolor de las llagas grabadas en las arrugas de unos rostros sombríos y bañados en sudor. Aunque entramos en terreno agreste, a todos nos preocupaba la posibilidad de que los bárbaros nos siguieran. La procesión se hacía más larga cada día. Era como una serpiente de colores chillones reptando por un exiguo camino.
Por la noche se plantaron las tiendas y se encendieron las hogueras. La gente dormía como un ejército de muertos. El emperador Hsien Feng pasó la mayor parte del tiempo en silencio, pero de vez en cuando le subía la fiebre y hablaba más de lo habitual.
– ¿Quién puede asegurar que todas las semillas de la naturaleza serán puras y saludables y que sus flores crearán una imagen de armonía en el jardín? -preguntó.
Incapaz de responder, le devolví la mirada.
– Estoy hablando de las malas semillas -continuó su majestad-. Semillas que han sido secretamente bañadas en veneno. Yacen en tierra fértil hasta que la lluvia de primavera las despierta. Crecen hasta un tamaño enorme a una velocidad sorprendente, cubren el suelo y quitan el agua y el sol a las demás. Puedo ver sus orondas flores, sus ramas que se hinchan como nísperos diseminando veneno. No pierdas a Tung Chih de vista, Orquídea.
Abracé a Tung Chih mientras dormíamos. En sueños oía caballos impacientes. El miedo me despertaba como una extraña acometida. El sudor me empapaba el camisón y tenía el cuero cabelludo constantemente mojado. Mis sentidos se agudizaban para ciertas cosas, como la respiración de Tung Chih y los ruidos de alrededor de la tienda, y se amortiguaban para otras, como el hambre. Aunque estábamos en tiendas separadas, el emperador Hsien Feng aparecía ante mí, como un fantasma en mitad de la noche, y se quedaba allí de pie con un sufrimiento sin lágrimas. Me pregunté si yo estaría perdiendo el juicio.
Se acercaba la noche y decidí hacer una pausa para comer algo. Aquella tarde el emperador había padecido un terrible ataque de tos. Le salía sangre por las comisuras de la boca. El médico dijo que era malo para él montar en el palanquín, pero no tenía otra alternativa. Al final nos detuvimos para calmar su tos.
Al alba busqué su tienda. Estábamos cerca de Jehol y el paisaje era de una belleza extraordinaria. El suelo estaba cubierto de tréboles y flores silvestres y la espesa maleza tapizaba las suaves colinas. El calor del otoño resultaba tolerable comparado con el de Pekín. En el aire se percibía la dulce fragancia de los dientes de león montaraces. Después de la comida de la mañana, volvimos al camino. Atravesamos campos donde la hierba nos llegaba hasta la cintura.
Siempre que Tung Chih estaba conmigo intentaba mostrarme fuerte y alegre, lo cual no era fácil. Cuando los viejos palacios de Jehol aparecieron en el horizonte, todos salimos de los palanquines y nos arrodillamos. Agradecimos al cielo haber llegado hasta aquel lugar que nos daría refugio temporal. En cuanto lo bajaron de la silla, Tung Chih echó a correr detrás de las liebres y las ardillas, que salían zumbando huyendo de él.
Nos apresuramos hasta las grandes verjas. Era como entrar en una tierra de ensueño, en la escena de una pintura deslucida. El abuelo de Hsien Feng, Chien Lung, había construido Jehol en el siglo XVIII. Hoy el palacio se levantaba como una belleza ajada a la que se le había corrido el maquillaje. Había oído hablar tanto de aquel lugar que la visión casi me resultaba familiar. A diferencia de la Ciudad Prohibida, Jehol era casi una obra de la naturaleza. En el curso de los años, árboles y arbustos habían crecido entrelazados. La hiedra se extendía de pared en pared, escalaba por árboles tan altos como el cielo, y se derramaba desde ellos en racimos exuberantes. El mobiliario de los palacios era de maderas nobles, piezas exquisitamente talladas con incrustaciones de jade y piedras preciosas. Los dragones de los paneles del techo eran de oro puro y las paredes resplandecían de la seda brillante.
Me fascinaba el paisaje agreste; no me habría importado vivir en Jehol. Pensé que sería un buen sitio para criar a Tung Chih; podía aprender el oficio de portaestandarte y aprender a cazar. Deseaba ardientemente que creciera a lomos de un caballo como nuestros antepasados. Deseaba no tener que recordarme a mí misma que estábamos en el exilio.
Jehol era un lugar de extraordinarios silencios. La blanquecina luz del sol se reflejaba tenuemente en las cubiertas de tejas. Los patios estaban pavimentados con adoquines; las puertas, flanqueadas por gruesos muros. Los palacios estaban vacíos desde la muerte de Chien Lung, hacía medio siglo, y olían a moho. Azotados por décadas de viento y lluvia, los exteriores parecían difuminarse en el paisaje. El color original, amarillo arena, había dejado paso al marrón y al verde. Dentro, el verdín cubría los techos y oscurecía las esquinas de las espaciosas cámaras.
La familia real entró en Jehol y el lugar volvió a la vida. Los dormidos salones, patios y edificios se despertaron con el eco de las voces y las pisadas humanas. Se abrieron las puertas con el crujido de la madera y el metal. Las herrumbrosas cerraduras de las ventanas se rompieron cuando intentamos abrirlas. Los eunucos hicieron lo que pudieron para quitar la podredumbre y la mugre de años.
Me asignaron unos aposentos junto a los de Nuharoo, en el lado este del palacio principal. El emperador, como era natural, ocupaba el dormitorio más grande, situado justo en el medio. Su despacho, llamado salón de la Pasión Literaria, se encontraba en el ala oeste del palacio cerca de las dependencias de Su Shun y de los demás grandes consejeros. Nuharoo cuidaba de Tung Chih mientras yo cuidaba a Hsien Feng. Nuestros horarios y responsabilidades se establecían según las necesidades del padre y el hijo.
Desde que su majestad había dejado de conceder audiencias, ya no le presentaban documentos para revisar o firmar. Su Shun seguía gestionando a sus anchas los asuntos de la corte. Mi trabajo ahora se limitaba a mezclar hierbas para Hsien Feng. El olor amargo era tan fuerte que el emperador se quejaba y tenía que ordenar a los criados que se llevaran los cacharros a la cocina, que estaba en un extremo del palacio. Yo trabajaba con el herborista y médico Sun Pao-tien para asegurarme de que preparaba correctamente la medicina, lo cual no era fácil. Una de las recetas requería que la sopa se mezclara con sangre fresca de ciervo, que se echaba a perder rápidamente. El equipo de cocina tenía que matar un ciervo cada dos días, preparar inmediatamente la medicina y luego esperar a que su majestad no vomitase justo después de que se la obligáramos a tragar.
A finales de octubre, el sol parecía incendiar los arces. Una mañana, cuando Nuharoo y yo sacamos a Tung Chih a dar un paseo, descubrimos que había un regato cercano sorprendentemente caliente. Un eunuco que había custodiado los palacios toda su vida nos contó que había varios cursos de agua caliente en la zona. De ahí provenía el nombre de je-hol, río caliente.
– El río se calienta aún más cuando nieva -dijo el eunuco-. Podéis probar el agua con la mano.
Tung Chih sentía curiosidad e insistía en bañarse en el arroyo. Nuharoo estaba a punto de ceder, pero yo me negué a darle permiso. Tung Chih no sabía nadar y yo acababa de recuperarme de un constipado. Molesto con mi disciplina, se volvió hacia Nuharoo haciendo pucheros. Mi hijo sabía que Nuharoo estaba jerárquicamente por encima de mí y que no se me permitía desobedecerla. Aquello constituía la dinámica entre Nuharoo, mi hijo y yo. A mí me irritaba y me hacía sentir indefensa. La cocina se convirtió en mi refugio.
La salud de Hsien Feng parecía haberse estabilizado un poco. En cuanto su majestad pudo sentarse, el príncipe Kung le envió borradores de los tratados. Me mandó llamar para que le ayudara.
– Vuestro hermano espera que hagáis honor a los términos -dije, resumiendo la carta del príncipe Kung a su majestad-. Dice que estos son los documentos finales; después de vuestra firma, se restaurarán la paz y el orden.
– Los bárbaros me piden una recompensa por escupirme a la cara -respondió indignado Hsien Feng-. Ahora entiendo por qué mi padre no cerró los ojos al morir: no pudo tragarse el insulto.
Esperé a que se calmara antes de reanudar la lectura. Algunos de los términos alteraron tanto a su majestad que jadeaba como si le faltara el aire. Su garganta emitía sonidos guturales y luego tuvo un acceso de tos.
Minúsculas manchas de sangre cubrían el suelo y las mantas. Yo no quería seguir leyendo, pero tenía que devolver los documentos al cabo de diez días. El príncipe Kung había dicho que, de no ser así, los aliados destruirían la capital.
No tenía sentido que el emperador Hsien Feng se golpeara el pecho y gritara: «¡Todos los extranjeros son unas bestias brutas!». Tampoco tenía sentido emitir edictos instando al ejército a luchar con más fuerza. La situación era irreversible.
Tung Chih miraba a su padre arrastrarse fuera de la cama y arrodillarse suplicando ayuda al cielo. Una y otra vez, Hsien Feng deseaba tener el coraje suficiente para quitarse la vida.
En el salón de la Pasión Literaria se sellaron los tratados con Francia y Gran Bretaña. Ambos tratados validaban el anterior Tratado de Tientsin, pero añadían artículos. Era la primera vez en varios miles de años que China soportaba semejante humillación.
El emperador Hsien Feng se vio obligado a abrir la ciudad de Tientsin como nuevo puerto comercial. Para él aquello no solo permitía a los bárbaros comerciar en el jardín de su casa, sino también su acceso militar a la capital a través de mar abierto. Su majestad también se vio obligado a «alquilar» Kowloon a los británicos como compensación de guerra. Los tratados declaraban que los misioneros occidentales tendrían total libertad y protección para operar en China, lo cual incluía la construcción de iglesias. Las leyes chinas no se aplicarían a ningún extranjero y las violaciones de los tratados por cualquier chino serían prontamente castigadas. China tendría que pagar indemnizaciones de ocho millones de taels a los ingleses y a los franceses.
Como si esto no fuera suficiente, los rusos presentaron un nuevo borrador del tratado chino-ruso de Pekín. El enviado ruso intentaba convencer al príncipe Kung de que el incendio de los palacios imperiales indicaba que China necesitaba protección militar de Rusia. Aunque era completamente consciente de que los rusos estaban abusando, no podía negarse. China no estaba en posición de defenderse y no podía permitirse un enemigo como Rusia.
«Cuando un puñado de lobos cazan a un ciervo enfermo, ¿qué otra cosa puede hacer el ciervo más que suplicar misericordia?», escribió el príncipe Kung en una carta. Los rusos querían las tierras de Amur en el norte, que los zaristas ya habían ocupado. Los rusos también se habían establecido a lo largo de todo el río Ussuri, al este de la frontera de Corea. Reclamaban el vital puerto chino de Haishenwei, que pronto sería conocido como Vladivostok.
Nunca olvidaré el momento en que el emperador Hsien Feng firmó los tratados. Fue como una pena de muerte; el pincel que sostenía parecía pesar mil kilos, la mano no le dejaba de temblar y no podía escribir su nombre. Para estabilizarle los codos, añadí dos cojines más a su espalda. El eunuco jefe Shim preparó la tinta y sujetó las páginas de los tratados delante de él sobre un cartapacio de papel de arroz.
No podía expresar mi pena por Hsien Feng y por mi país. En la comisura de los labios púrpura de su majestad, se acumulaba la saliva. Lloraba, pero no tenía lágrimas. Gritó y vociferó durante días, hasta que su voz sencillamente se extinguió. Entonces respirar se convirtió en una lucha.
Tenía los dedos como palillos crispados y su cuerpo no era más que un esqueleto; había iniciado el viaje que le llevaría a convertirse en un fantasma. Sus antecesores no habían respondido a sus plegarias y el cielo había sido inmisericorde con su hijo. Sin embargo, a pesar de su impotencia, Hsien Feng demostró la dignidad del emperador de China. Su lucha fue heroica: el moribundo sostenía el pincel, reticente a firmar la devastación de China.
Le pedí a Nuharoo que trajera a Tung Chih. Quería que fuera testigo de la lucha de su padre por cumplir con su deber, pero Nuharoo rechazó la idea, alegando que Tung Chih debía ser testigo de la gloria, no de la vergüenza.
Podía haber desafiado a Nuharoo y casi lo hice; deseaba decirle que morir no era vergonzoso ni tampoco tener el coraje de afrontar la realidad. La educación de Tung Chih debía empezar en el lecho de muerte de su padre, debía contemplar la firma de los tratados y recordar y comprender por qué su padre estaba llorando. Nuharoo me recordó que ella era la emperatriz del Este, la única cuya palabra era ley en la casa, así que tuve que retirarme.
El eunuco jefe Shim preguntó si a su majestad le importaría probar la tinta antes de firmar y Hsien Feng asintió. Yo coloqué el papel de arroz, y en el momento en que la punta del pincel tocaba el papel, la mano de Hsien Feng tembló violentamente. El temblor empezó por los dedos, luego se extendió a los brazos, los hombros y todo su cuerpo. El sudor le empapaba la túnica y puso los ojos en blanco mientras intentaba respirar con todas sus fuerzas.
Llamamos al médico Sun Pao-tien, que llegó y se arrodilló junto a su majestad. Puso la cabeza sobre el pecho de Hsien Feng y le auscultó. Miré los labios de Sun Pao-tien, medio ocultos por la larga barba blanca, y temí lo que estaba a punto de decir.
– Ha entrado en coma -anunció el médico incorporándose-. Se despertará, pero no puedo asegurar cuánto tiempo le queda.
Durante el resto del día, aguardamos a que Hsien Feng recuperara la conciencia y, cuando lo hizo, le supliqué que acabara la firma, pero no pronunció una palabra.
Habíamos llegado a un punto muerto: el emperador Hsien Feng se negaba a coger el pincel. Yo seguía preparando la tinta. Me habría gustado que el príncipe Kung estuviera allí. Y empecé a llorar de impotencia.
– Orquídea. -La voz de su majestad era apenas audible-. No podré morir en paz si firmo.
Lo entendía perfectamente; de estar en su lugar, yo tampoco habría querido firmar, pero el príncipe Kung necesitaba la firma para seguir negociando. El emperador se estaba muriendo, pero la nación tenía que seguir. China tenía que volver a ponerse en pie.
Por la tarde Hsien Feng consintió firmar solo después de que le dijera que su firma no sería un aval para la invasión sino una táctica para ganar tiempo. Cogió el pincel, pero no conseguía ver dónde tenía que poner su firma.
– Guía mi mano, Orquídea -me pidió, e intentó sentarse, pero se desplomó.
Entre el eunuco jefe Shim, An-te-hai y yo volvimos a sentar a su majestad. Le puse el papel cerca de las manos y le dije que podía firmar.
Con los ojos fijos en el techo, el emperador Hsien Feng movió el pincel. Yo guiaba con cuidado sus movimientos para evitar que su firma pareciera los garabatos de un niño. Cuando cubrimos su nombre con el sello rojo imperial, Hsien Feng dejó caer el pincel y perdió el conocimiento. La piedra de la tinta se cayó y se me manchó de tinta negra el vestido y los zapatos.
En julio de 1861, celebramos el trigésimo cumpleaños de Hsien Feng. Su majestad yacía en su lecho y perdía y recuperaba la conciencia. No hubo invitados. La ceremonia de cumpleaños incluía un desfile de comida. Apenas tocamos los platos; todo el mundo percibía la inminencia de su muerte.
Un mes más tarde, Hsien Feng parecía tocar fondo. El médico Sun Pao-tien había pronosticado que su majestad moriría en cuestión de una semana, tal vez en unos días. La tensión de la corte aumentó cuando supo que el emperador no había nombrado a su sucesor.
A Tung Chih no se le permitía estar con su padre porque la corte temía que le molestara demasiado. Aquello me preocupaba; yo creía que cualquier afecto que le demostrara su majestad se grabaría en la memoria de Tung Chih para el resto de su vida.
Nuharoo me acusó de haber echado una maldición a Hsien Feng al decirle a Tung Chih que su padre iba a morir. Su astrólogo creía que solo cuando se negara a aceptar su muerte, Hsien Feng se curaría milagrosamente.
Era duro luchar contra Nuharoo cuando se le metía algo en la cabeza. Solo conseguí que An-te-hai llevara a escondidas a Tung Chih hasta el lecho de su padre. Generalmente entraba cuando Nuharoo se iba a entonar cánticos budistas o cuando, a la hora del té, disfrutaba de la ópera que Su Shun le regalaba y que se representaba en los aposentos de ella.
Para mi consternación, Tung Chih no quería estar con su padre. Se quejaba de su «espantoso aspecto» y de su «mal aliento». Se sentía fatal cuando yo lo empujaba hasta el lecho del enfermo. Llamaba a su padre «pesado» y una vez le gritó: «¡Hombre hueco!». Tiraba de las sábanas de Hsien Feng y le arrojaba almohadas. Quería jugar a los caballitos con su padre moribundo. No había ni un ápice de compasión en su cuerpecito.
Le di una zurra a mi hijo. Durante la semana siguiente, en lugar de llevar a Tung Chih con Nuharoo, me pasé el rato observándole y así descubrí la causa de su mal comportamiento.
Había dado instrucciones para que Tung Chih recibiera lecciones de equitación con Yung Lu, pero Nuharoo puso excusas para que el niño no asistiera. En lugar de practicar con caballos de verdad, Tung Chih montaba sobre los eunucos. Más de treinta eunucos tenían que gatear por el patio para hacerle feliz. Su «caballo» favorito era An-te-hai. Era el modo que el niño tenía de vengarse de él, que le había castigado por orden mía. Tung Chih fustigaba las nalgas de An-te-hai y le obligaba a andar a cuatro patas hasta que le sangraban las rodillas.
Peor que el trato deparado a An-te-hai, fue el recibido por un eunuco de setenta años llamado el viejo Wei, que tuvo que tragarse sus propias heces. Cuando interrogué a Tung Chih, me respondió:
– Madre, solo quería saber si el viejo Wei me estaba diciendo la verdad.
– ¿Qué verdad?
– Que podía hacer lo que quisiera. Solo le pedí que me lo demostrara.
Miré la carita de mi hijo y me pregunté cómo era capaz de semejantes bajezas. Era inteligente y sabía a quién castigar y a quién recompensar. Si An-te-hai no me hubiera sido fiel, habría cedido al menor deseo de Tung Chih. Una vez Tung Chih declaró saber cuáles eran los platos favoritos de Nuharoo. No se me ocurrió que aquel era el modo que mi hijo tenía de recompensarla. Incluso le alabé cuando envió a Nuharoo sus pasteles favoritos en forma de luna. Pensé que era un gesto apropiado de piedad y me satisfizo que mi hijo se llevara bien con ella. Entonces Tung Chih se jactó de cómo Nuharoo le alentaba a no ir a la escuela. Le había dicho:
– Hay emperadores en la historia que no han ido ni un solo día a clase y no han tenido ningún problema para llevar a su pueblo a la prosperidad.
Me enfrenté a Nuharoo y le comenté que era un peligro no imponer disciplina a Tung Chih. Me contestó que estaba exagerando.
– ¡Solo tiene cinco años! En cuanto regresemos a Pekín y Tung Chih reanude sus clases normales, todo irá bien. Es natural que un niño quiera estar siempre jugando. No debemos interferir en las intenciones del cielo. Ayer pidió jugar con los loros, pero An-te-hai no ha traído ninguno. Pobre Tung Chih: ¡solo pedía un loro!
En aquella ocasión decidí no ceder e insistí en que debía asistir a sus clases. Le dije a Nuharoo que comprobaría con los tutores los deberes de Tung Chih, pero sufrí una decepción. El tutor jefe me suplicó que lo librara de Tung Chih.
– Su joven majestad me arroja bolitas de papel y me quita las gafas -me informó el tutor con dientes de conejo-. No escucha. Ayer me hizo comer una galleta con un extraño sabor. Poco después me dijo que había mojado la galleta en sus propios excrementos.
Me sorprendió el modo en que Tung Chih mandaba en su clase, pero lo que más me preocupaba era su interés por los libros de fantasmas de Nuharoo. Se quedaba despierto hasta tarde para escuchar sus historias de ultratumba. Se asustaba tanto que por la noche mojaba su cama. No obstante, aquellas historias le atraían hasta el punto de sentir adicción por ellas. Cuando intervine y le quité los libros, discutió conmigo.
Tung Chih estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para quitarme de en medio. Primero simuló estar enfermo para evitar ir a clase. Cuando lo desenmascaré, Nuharoo salió en su defensa, incluso ordenó en secreto al médico Sun Pao-tien que mintiera sobre la «fiebre» que le impedía asistir a clase.
Si aquel era el modo de preparar a Tung Chih para que fuera el próximo emperador, la dinastía estaba perdida. Decidí tomar cartas en el asunto. A mi juicio, era una situación de importancia nacional. Lo único que sabía es que se me agotaba el tiempo.
Cada día acompañaba a mi hijo hasta donde estaban sus tutores y aguardaba fuera a que acabaran las clases. Nuharoo se molestó porque no confiaba en ella, pero yo estaba demasiado enfadada para preocuparme por sus sentimientos. Quería cambiar a Tung Chih antes de que fuera demasiado tarde.
Tung Chih sabía cómo enfrentarnos a Nuharoo y a mí. Sabía que yo no podía negarle que visitara a Nuharoo, así que la vio tan a menudo como pudo para darme celos. Por desgracia yo caí en su trampa. Y siguió causando problemas en sus clases. Un día arrancó dos largos pelos del entrecejo del tutor con dientes de conejo. Sabía perfectamente bien que el viejo los consideraba un «signo de longevidad». El hombre estaba tan abatido que tuvo un achaque y le enviamos a casa por su bien. Nuharoo consideró cómico el incidente. Yo discrepaba e intenté castigar a mi hijo por su crueldad.
La corte sustituyó al viejo tutor por otro nuevo, pero fue despedido por su alumno el primer día de trabajo. La razón alegada por Tung Chih fue que el hombre soltaba ventosidades durante las lecciones. Acusó al tutor de «faltar al respeto al hijo del cielo» y lo azotaron por ello. Al oírlo Nuharoo elogió a Tung Chih por «actuar como un auténtico gobernante», mientras que yo estaba deshecha.
Cuanto más presionaba yo más se rebelaba Tung Chih. En lugar de apoyarme, la corte pidió a Nuharoo que «vigilase» mi «comportamiento indignante». Me preguntaba si Su Shun estaba detrás de aquello. Ahora Tung Chih me replicaba abiertamente delante de los eunucos y las doncellas; muy elocuente. A veces parecía demasiado sofisticado para ser un niño de cinco años. Decía: «¡Qué bajo es por tu parte negar mi naturaleza!» o «¡Soy un animal dotado!» o «¡Está mal que me pongas a dormir para poder jugar a la domadora!».
Nuharoo decía algo similar: «Permite a Tung Chih viajar hacia delante, dama Yehonala» o «es un viajero que comprende el universo. No piensa en sí mismo sino en el viaje, en los sueños, en el alma y en la espiritualidad de Buda» o «arroja tus llaves al viento y deja abierta su jaula».
Empecé a dudar de las intenciones de Nuharoo. Siempre había algo perverso en su aproximación a Tung Chih. Hiciera lo que hiciese, ella siempre se mostraba cariñosa con él. Me di cuenta de que si no frenaba a Nuharoo, no podría frenar a Tung Chih. Para mí la lucha se había convertido en una batalla por salvar a mi hijo. Me pasaba los días pensando en cómo hablar con ella. Quería ser firme en mis intenciones sin herir su orgullo. Quería que comprendiera que le agradecía su afecto hacia Tung Chih, pero tenía que aprender a imponerle disciplina.
Para mi sorpresa, Nuharoo se me adelantó y vino a verme. Llevaba puesto un vestido informal de color marfil. Me trajo flores de loto frescas como regalo. Se quejó de mis restricciones en la dieta de Tung Chih. Insistió en que estaba demasiado delgado. Le expliqué que no tenía inconveniente en que comiera más, pero su dieta debía ser equilibrada. Le expliqué que Tung Chih se sentaba durante horas en el excusado sin que le saliera un solo zurullo.
– No veo que esto sea un problema -objetó Nuharoo-. Los niños tardan un rato cuando van al lavabo.
– Los niños de los campesinos nunca tienen ese problema -le rebatí-. Comen mucha fibra.
– Pero Tung Chih no es un niño campesino. Resulta insultante que hagas esa comparación. -La expresión de Nuharoo se enfrió-. Lo correcto es que Tung Chih siga la dieta imperial.
Había contratado personalmente a un cocinero para que le preparase comidas saludables, pero Tung Chih se quejó a Nuharoo de que el cocinero le sirvió unas gambas podridas que le dieron retortijones. Nadie salvo Nuharoo se tragó la mentira. Sin embargo, para complacer a Tung Chih, ella despidió al cocinero.
Tenía que reprimirme para no luchar abiertamente contra Nuharoo. Había tomado la decisión de concentrarme primero en los estudios de Tung Chih. Cada mañana cogía un látigo y acompañaba a Tung Chih hasta donde estaba su tutor.
Le estaban enseñando la bóveda celeste. Le pedí al tutor una copia del texto y le dije a mi hijo que yo misma le haría un examen cuando terminara la lección.
Como me esperaba, Tung Chih no recordaba una sola palabra de lo que había estudiado. Acabábamos de llegar de la escuela y estábamos a punto de comer. Pedí que le retiraran su comida y le cogí de la mano. Al levantarnos cogí el látigo. Lo llevé hasta un pequeño cobertizo situado en el jardín trasero, lejos de los salones principales y las habitaciones. Le dije a Tung Chih que no lo soltaría hasta que recitara todo el texto.
Se puso a gritar para ver si alguien acudía a rescatarlo, pero yo ya lo había previsto. Había pedido a An-te-hai que alejara a los tutores y había ordenado expresamente que nadie informara a Nuharoo del paradero de Tung Chih.
– Hace muchos, muchos años… -dije, para que mi hijo empezara-. ¡Comienza!
Tung Chih sollozaba fingiendo que no me oía. Cogí el látigo y levanté el brazo para que la cola bailara delante de él. Empezó a recitar:
– Hace muchos, muchos años, había cuatro enormes dibujos de constelaciones en el cielo estrellado. A lo largo del río Amarillo, había figuras de animales.
– Sigue, un dragón…
– Un dragón, una tortuga con una serpiente, un tigre y un pájaro, que salían y se ponían…
Negó con la cabeza y se lamentó de no recordar bien la siguiente frase.
– ¡Empieza otra vez y vuelve a leer!
Abrió el libro de texto pero recitaba a trompicones. Yo le leí:
– … uno tras otro, trazando un arco alrededor del polo norte celeste, circulaba una constelación llamada el Cucharón del Norte [3].
– Es muy difícil -se quejó y tiró el texto.
Le cogí por los hombros y lo zarandeé.
– ¡Esto es por ser un niño malcriado que vive sin normas y sin pensar un momento en las consecuencias!
Lo levanté del suelo y le quité la túnica. Levanté el brazo y dejé caer el látigo. Le dejó marcada una clara línea roja en su pequeño trasero. Tung Chih gritaba. A mí se me caían las lágrimas, pero volví a azotarle. Tenía que obligarme a mí misma a continuar. Lo había dejado a sus anchas demasiado tiempo; aquel era mi castigo y mi última oportunidad.
– ¡Cómo te atreves a azotarme con el látigo! -exclamó con expresión de incredulidad. El ceño se juntaba en medio de su asustado rostro-. ¡Nadie pega al hijo del emperador!
Le azoté con más fuerza.
– ¡Esto es para que oigas el sonido de los cañones extranjeros! ¡Esto para que leas los tratados! -Sentí derrumbarse una barrera emocional. Una flecha invisible atravesó mi cabeza. Casi ahogándome, continué-: Esto… es… para que mires a tu padre a la cara… quiero que sepas cómo se ha convertido en hombre hueco.
Como si actuara por voluntad propia, el látigo cambió de dirección. En lugar de impactar sobre Tung Chih, impactaba sobre mí, con un restallido fuerte y seco. Como una serpiente caliente, el cuero se envolvía alrededor de mi cuerpo, dejando su rastro de sangre a cada trallazo.
Embriagado por el espectáculo, Tung Chih se quedó en silencio. El cansancio me venció, me derrumbé y me quedé acurrucada. Lloraba porque Hsien Feng no viviría para educar a su hijo. Lloraba porque no me veía educando a Tung Chih como es debido con Nuharoo entrometiéndose entre ambos. Lloraba porque había oído a mi hijo gritar que me odiaba y que esperaba que Nuharoo me castigase. Y lloraba porque en lo más profundo estaba descontenta de mí misma y, lo que era aún más temible, no sabía qué hacer.
Seguí con la lección mientras sostenía el látigo en alto.
– Responde, Tung Chih, ¿qué significa el dragón?
– El dragón significa transformación -respondió el aterrorizado hombrecito.
– ¿De qué?
– ¿De qué qué?
– ¿Una transformación de…?
– Una transformación de… un pez. Significa la capacidad del pez para saltar por encima de un dique.
– Correcto. Eso es lo que hizo del pez un dragón. -Dejé el látigo-. Significa el esfuerzo que se hace contra un obstáculo monstruoso. Significa el salto heroico que se requiere. Se le rompieron las espinas y las escamas se le arrancaron. Podía haber muerto en el esfuerzo, pero no se rindió. Eso es lo que le apartó de los peces comunes.
– No lo entiendo. ¡Es demasiado difícil!
Ya no podía seguirme, incluso aunque le leyera la misma frase una y otra vez. Su mente parecía haberse bloqueado. Estaba en estado de shock; le había asustado. Hasta aquel momento de su vida, nadie le había levantado la voz. Siempre se había salido con la suya, por muy denigrante que pudiera ser para los demás.
Yo estaba decidida a seguir.
– Escucha atentamente y lo entenderás. El tigre es el espíritu de las bestias, la tortuga es el espíritu de los caparazones y el fénix es un pájaro que es capaz de renacer de sus cenizas…
Tung Chih empezó a seguirme, lenta y dolorosamente. De repente golpearon con un fuerte estruendo en la puerta de la cabaña. Sabía perfectamente quién llamaba a la puerta. Sabía que tenía una espía en mi palacio. Los golpes continuaron mientras Nuharoo gritaba:
– ¡Voy a informar de tu crueldad a su majestad! No tienes derecho a castigar a Tung Chih. ¡No te pertenece! Ha venido a través de ti; tú solo eres la morada que una vez lo albergó. ¡Si le has hecho daño, te ahorcaré!
Seguí leyendo con voz nítida y resonante.
– En la antigua filosofía china, los cinco colores corresponden a las cinco direcciones del espacio. El amarillo corresponde al centro, el azul al este, el blanco al oeste, el rojo al sur y el negro al norte…
<a l:href="#_ftnref3">[3]</a> El cucharón del Norte es La Osa Mayor, en la astronomía occidental.