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La hierba silvestre que rodeaba Jehol se agostó mientras la corte aguardaba la muerte del emperador. Hsien Feng ya no podía tragar. Los eunucos seguían llevándole la sopa de hierbas que yo le preparaba, pero ni la probaba. Encargaron la túnica de dragón para su entierro y el ataúd de su majestad estaba casi acabado.
Sin embargo mi hijo no había sido nombrado sucesor y su majestad no pronunciaba palabra alguna con respecto al tema. Cada vez que quería ver a mi marido, el eunuco jefe Shim me impedía el paso con la excusa de que su majestad estaba durmiendo o reunido con sus consejeros. Me hacía esperar durante horas interminables hasta que, frustrada, regresaba a mis aposentos. No me cabía la menor duda de que Shim actuaba bajo las órdenes de Su Shun.
Me preocupaba que Hsien Feng falleciera y me dejara sin poder para ayudar a Tung Chih. Cuando An-te-hai me informó de que Su Shun había intentado reclutarlo para que me espiase, las intenciones del gran consejero quedaron claras.
Agradecí al cielo la lealtad de An-te-hai; a él le costó que su nombre engrosara la lista de enemigos de Su Shun.
– Su Shun intenta pegarle una patada a tu perro -me comentó Nuharoo durante una visita-. Me pregunto por qué odia tanto a An-te-hai.
Levantando la vista de su bordado, buscó una respuesta en mi rostro. Yo no quería compartir con ella mis pensamientos. No quería decirle que no era a An-te-hai, sino a mí, a quien quería darle la patada. Si le revelaba mis sentimientos, Nuharoo querría intervenir e intentaría arrancar una disculpa a Su Shun; se consideraba una defensora de la justicia, pero su mediación podría hacerme más mal que bien.
Nuharoo disfrutaba de una fama de amabilidad, cortesía y justicia, pero no podía resolver aquel problema. Solo facilitaría a Su Shun que se librara de mí. Recurriría al emperador Hsien Feng; no era la primera vez. La historia de Yung Lu acerca del horrible destino de cierto ministro que fue desleal al gran consejero era solo un ejemplo. Su Shun también quería convertir a Nuharoo en su aliada y sería una presa fácil si la halagaba. El maestro de los trucos podía engatusarla hasta hacerle comer de su mano. Nuharoo vivía para glorificar su nombre y cualquier atención por parte de Su Shun le resultaría atractiva. Al fin y al cabo mi supervivencia no era la prioridad de Nuharoo.
An-te-hai vaciló en el umbral de la puerta cuando me informó de que habían decidido concederme «el honor de acompañar a Hsien Feng en su vuelta al origen», lo que significaba que me enterrarían viva cuando el emperador falleciera.
No lo creí; no podía creerlo. De las trescientas concubinas yo era la única que le había dado un hijo. Hsien Feng sabía que Tung Chih me necesitaba.
Haciendo un esfuerzo por calmarme, le pregunté a An-tehai de dónde había sacado esa información. Me contestó que procedía de su amigo Chow Tee, el asistente jefe del emperador.
– Chow Tee vino a visitarme esta mañana -me explicó An-te-hai con voz temblorosa-. Me dijo que huyera inmediatamente; le pregunté qué sucedía y me respondió: «Tus días están contados». «Deja de bromear, no tiene gracia», le respondí. Pero iba en serio. Había oído la conversación de Su Shun con su majestad y cómo este le sugería que «se llevara a la dama Yehonala con él».
An-te-hai hizo una pausa para recuperar el aliento y se enjugó el sudor de su frente con la manga.
– ¿Estás seguro de que Chow Tee lo escuchó bien? -le interrogué, impresionada.
– Chow Tee oyó a Su Shun decir: «La dama Yehonala no es de esa clase de mujeres que siguen siendo fieles y cultivan tranquilamente su jardín».
– ¿Y qué contestó su majestad?
– Nada, por eso Su Shun siguió presionando; dijo que no le sorprendería que os liarais con otros hombres después de su muerte. También pronosticó que buscaríais poder a través de Tung Chih. Su Shun le contó que habíais azotado a Tung Chih porque se negaba a hacer lo que vos queríais. Al final su majestad accedió a llevaros con él.
Ya veía a Su Shun encargando mi mortaja y mi ataúd. Me imaginaba con la seda alrededor del cuello y a Su Shun dándole una patada al taburete. Antes de que mi cuerpo se enfriara, vertería un cuenco de plata líquida por mi garganta para moldearme en la postura deseada.
– ¡Mi señora, debéis hacer algo antes de que sea demasiado tarde! -An-te-hai se postró en el suelo y no se levantaba.
Ni en sueños pensé que terminaría siendo sacrificada. Las historias de Hermana Mayor Fann eran nimiedades comparadas con lo que me sucedería a mí. No había tiempo para las lágrimas ni para buscar consuelo en mi familia. Su Shun debía de estar atizando el fuego para fundir los lingotes de plata en una bebida. Le pregunté a An-te-hai por qué confiaba en las palabras de Chow Tee.
– Los eunucos somos como la enredadera; tenemos que localizar un árbol grande para poder subir alto. Chow Tee y yo compartimos la creencia de que solo si nos ayudamos entre nosotros, sobreviviremos y saldremos adelante. Hemos sido como hermanos de sangre desde que tenemos doce años. Si entra una mosca en la habitación del emperador Hsien Feng, Chow Tee me lo hace saber. Últimamente a Chow Tee le preocupa mucho el futuro que le aguarda tras la muerte del emperador. Si tiene suerte y se libra de acompañar a su majestad, necesitará encontrar a un nuevo amo al que servir. Sabe que esta información es muy valiosa y os la quiere ofrecer, por sugerencia mía, por supuesto.
Le comuniqué a An-te-hai que tenía que hablar con Chow Tee. Al día siguiente, An-te-hai dispuso que Chow Tee viniera a verme con la excusa de prestarme un farol. Tendría unos veinte años y parecía sencillo y humilde. Vestía una túnica de algodón blanca. Nunca había visto un rostro juvenil con tantas arrugas. Tenía un pasado similar al de An-te-hai y había vivido en la Ciudad Prohibida desde los nueve años. Fue muy comedido en sus palabras, que me confirmaron lo que An-tehai me había contado.
Después de despedir a Chow Tee, recibí a mi hijo. Tung Chih se subió a mi regazo y me anunció que estaba preparado para recitar su texto. Esta vez lo hizo muy bien. Le elogié todo lo que pude, pero tuve que esforzarme para contener las lágrimas. No conseguía librarme de la imagen de la construcción de mi ataúd. En verdad oía el sonido de los clavos insertándose en la madera.
A pesar de su conducta, Tung Chih se había convertido en un niño muy guapo; tenía mis ojos vivarachos y la piel lisa y el resto de sus rasgos eran los de su padre: frente ancha, nariz recta de manchú y boca adorable. Solía adoptar un semblante grave, pero cuando sonreía, se convertía en la más dulce de las expresiones. No podía soportar la idea de que Tung Chih perdiera a su padre y a su madre a la vez.
En mi opinión, destruirían a dos personas si Hsien Feng me llevaba con él; una sería mi hijo y la otra, mi madre. A Tung Chih nadie le impondría ninguna disciplina, algo que Nuharoo hacía de manera inocente y Su Shun, a conciencia. La historia se repetiría y cuando Tung Chih creciese, no sería apto para gobernar. En cuanto a mi madre, no podría soportar el golpe. Ya estaba enferma y mi muerte significaría la suya.
Su Shun mentiría descaradamente cuando Tung Chih le preguntase sobre mi muerte; le demostraría que yo era una mala madre y mi hijo aprendería a odiarme. Nunca se daría cuenta de que era una víctima de Su Shun. Este haría todo lo que estuviera en su mano para engatusar a Tung Chih y mi hijo le consideraría su salvador.
¿Qué había más perverso que abusar de la mente de un niño? Tung Chih sería privado de sus derechos legítimos. Su Shun cumpliría finalmente sus ambiciones a través de Tung Chih. Dirigiría el imperio en nombre de Hsien Feng para su hijo. Desvelaría la debilidad de Tung Chih y luego buscaría una excusa para derrocarle y proclamarse emperador.
Cuanto más nítida veía la imagen del futuro, más me hundía en la desesperación. Las noticias de la muerte de Hsien Feng podían llegar en cualquier momento y aquella podía ser mi última oportunidad para estar con Tung Chih. Lo apreté tanto contra mí que se quejó de que le hacía daño.
– Llorar solo puede haceros perder más tiempo, mi señora -interrumpió An-te-hai levantándose del suelo, donde había estado arrodillado.
Sus ojos, normalmente tiernos, se endurecieron.
– ¿Por qué no escapas, An-te-hai? -le pregunté con frustración-. Has sido bueno conmigo y yo te bendeciré.
– Vivo para vos, mi dama. -An-te-hai golpeó estrepitosamente con su cabeza en el suelo-. ¡No os rindáis todavía!
– ¿Quién me rescatará, An-te-hai? El emperador está demasiado ido y los espías de Su Shun andan por todas partes.
– Hay dos personas que pueden salvaros, mi señora.
Rong y su marido, el príncipe Ch’un, eran las dos personas en quienes An-te-hai estaba pensando. An-te-hai creía que el príncipe Ch’un encontraría el modo de llegar hasta el lecho de su majestad. Se llevaría a Rong para que pudiera hablar en mi nombre.
La sugerencia tenía sentido. Rong estaba embarazada, lo que aumentaba su estatus a los ojos de la familia imperial. El príncipe Ch’un tenía cuatro hijas pero ningún hijo y haría lo que fuera por contentar a su mujer. An-te-hai se ofreció voluntario para salir a hurtadillas de Jehol y ponerse en contacto con mi hermana.
Después de una semana, una mañana temprano, mi hermana estaba a mi lado, con el vientre del tamaño de una linterna y un brillo saludable en el rostro. Nos abrazamos y lloramos y Rong me contó que había triunfado en su empresa.
– Al principio Su Shun no nos dejaba entrar -recordó-. Ch’un estaba dispuesto a retirarse después de varias horas de espera. Yo le supliqué, le dije que tenía que hablar con su majestad en persona sobre el sacrificio de mi hermana. Si no conseguía hacerle cambiar de opinión, el niño de mi vientre se vería afectado por mi pena y podía sufrir un aborto.
Rong me tomó las manos entre las suyas y sonrió.
– Mi marido no podía soportar la idea de perder un posible hijo. Así que le obligué a entrar y a ver a su majestad en su lecho de muerte.
»Entré detrás de Ch’un y le deseamos a su majestad que recuperara la salud. Mi vientre era demasiado grande para realizar un kowtow, pero aun así lo hice como pude; tenía que demostrarle mi desesperación. No tuve que fingir; estaba realmente asustada. Su majestad me perdonó y me dijo que me levantara. Yo me negué y me quedé de rodillas hasta que mi marido abrió la boca. Le dijo a su hermano que yo tenía pesadillas, que no podía superar mi tristeza, que podía perder a mi hijo en un aborto.
– ¿Y cuál fue la reacción de Hsien Feng?
– Su majestad tenía un aspecto terrible y apenas podía hablar. Me preguntó cuáles eran mis preocupaciones y mi marido respondió: «Mi esposa sueña que habéis dictado un decreto para llevaros a Orquídea con vos. Quiere saber si es cierto. Necesita oír las palabras de vuestros labios celestiales».
– ¿Qué dijo su majestad?
– Su majestad señaló a Su Shun y dijo que había sido idea suya.
– ¡Lo sabía!
– Su Shun parecía furioso, pero permaneció en silencio. -Rong volvió a guardar el pañuelo en su bolsillo.
Justo entonces apareció An-te-hai.
– Su majestad ha ordenado la inmediata cancelación del decreto. Chow Tee me contó que su majestad había expresado a Su Shun su deseo de que no volviera a mencionar la idea nunca más.
Cuando presenté a Rong al príncipe Ch’un, nunca imaginé que se convertirían en mis dioses protectores. Rong me dijo que el peligro no había pasado y que debía ir con cuidado. Sabía que Su Shun no depondría sus armas y se convertiría en un Buda de la noche a la mañana; su lucha por destruirme acababa de comenzar.
Pasaron tres días tranquilos, y la mañana del cuarto, el médico Sun Pao-tien pronosticó que Hsien Feng no vería el próximo amanecer. Su Shun convocó urgentemente en nombre del emperador una audiencia final, que tendría lugar aquella tarde a última hora, en la cual la corte escucharía los últimos deseos de su majestad.
No sabía que yo estaba excluida hasta que fui a visitar a Nuharoo a mediodía. Ella no se encontraba en sus dependencias; su eunuco me dijo que había salido en un palanquín enviado por Su Shun. Me dirigí a An-te-hai y le ordené que averiguara qué estaba pasando. An-te-hai recibió un mensaje de Chow Tee. Había empezado la última audiencia imperial y Su Shun acababa de anunciar que mi ausencia se debía a mi mala salud.
Me entró pánico; en cuestión de horas mi marido expiraría y la oportunidad de actuar se me escaparía para siempre. Corrí al estudio de An-te-hai. Mi hijo estaba jugando al ajedrez con un eunuco y se negaba obstinadamente a ir conmigo. Tiré del tablero y las piezas se desmoronaron por toda la habitación. Lo llevé a rastras todo el camino hasta el salón de la Bruma Fantástica mientras le explicaba la situación. Le dije que pidiera a su padre que nombrara a su sucesor.
Tung Chih estaba asustado y me suplicó que lo volviera a llevar a su sala de juegos. Le expliqué que él tenía que hablar con su padre y que era la única forma de salvar su futuro. Tung Chih no lo entendía. En medio de un berrinche, gritó y forcejeó conmigo. En mi lucha por controlar a mi hijo, se me rompió el collar y las perlas rodaron por el pasillo.
Los guardias nos impedían la entrada al salón, aunque parecían temer a Tung Chih.
– Debo ver a su majestad -anuncié en voz alta.
Apareció el jefe eunuco Shim.
– Su majestad no desea ver ahora a sus concubinas. Cuando quiera veros, os lo haré saber.
– Estoy segura de que su majestad querrá ver a su hijo por última vez.
El eunuco jefe Shim negó con la cabeza.
– Tengo órdenes del gran consejero Su Shun de que os encierre si insistís en entrar, dama Yehonala.
– ¡Tung Chih tiene derecho a despedirse de su padre! -grité con la esperanza de que Hsien Feng me oyese.
– Lo siento. Ver a Tung Chih solo turbaría a su majestad.
Estaba desesperada. Intenté apartar a Shim, pero este permanecía inmóvil como un muro.
– Tendréis que matarme para que renuncie a cumplir con mi deber.
Me puse de rodillas y le supliqué.
– ¿Al menos permitirás que Tung Chih vea a su padre a lo lejos? -pregunté empujando a mi hijo.
– No, dama Yehonala.
Hizo una señal a los guardias, que me inmovilizaron en el suelo.
Algún resorte debió de dispararse en la cabecita de Tung Chih. Tal vez no le gustó el modo en que me trataban, y cuando Shim se le acercó con una falsa sonrisa y le pidió que volviera a su sala de juegos, mi hijo respondió por primera vez utilizando el lenguaje reservado a un emperador.
– Zhen desea que lo dejen en paz para ver qué está pasando aquí.
La palabra Zhen dejó helado al eunuco jefe Shim en su sitio. Tung Chih se aprovechó de la situación y entró en la sala.
La gigantesca cama del dragón negro de Hsien Feng estaba en el centro de la plataforma del trono. Encabezados por Su Shun y los miembros de su gabinete, los ministros y funcionarios de la corte rodeaban a la pálida figura que yacía bajo la colcha. Mi marido parecía ya muerto; yacía inmóvil, sin mostrar ningún signo vital.
Nuharoo estaba de rodillas junto a su cama, vestida con una túnica beis, sollozando en silencio. Todos los demás estaban arrodillados. El tiempo parecía haberse congelado.
No hubo ningún esplendor en la despedida celestial. El emperador se había contraído visiblemente, tenía los rasgos caídos y los ojos y la boca estirados hacia las orejas. Su muerte no me parecía real. Parecía que fuese ayer la noche en que me mandó llamar por primera vez. Recordé el momento en que me había galanteado con osadía delante de la gran emperatriz. Recordé su pícara pero encantadora expresión, el ruido de los fragmentos de bambú al caer en la bandeja y sus dedos tocando los míos cuando me pasó el ruyi. Los recuerdos me entristecían y tuve que recordarme a mí misma por qué estaba allí.
Por el murmullo de los ministros, supe que Hsien Feng había dejado brevemente de respirar varias veces durante aquel día y había resucitado con un gemido cavernoso en lo más hondo de su pecho. Dos almohadas sostenían al hijo del cielo, que tenía los ojos abiertos aunque apenas se movían. La corte aguardaba a que hablara, pero no parecía capaz.
Aunque Tung Chih era el aparente heredero natural, la ley dinástica Qing no especificaba que el trono se heredase por derecho de primogenitura. Lo único que contaría serían las últimas palabras del emperador. El testamento que su majestad había hecho en vida se encontraba guardado en una caja oficial. Sin embargo, sus palabras invalidarían cualquier cosa que hubiera escrito. Mucha gente creía que la irrevocabilidad de la muerte cambiaba la percepción de una persona y, por tanto, los deseos que había guardado en la caja podían no ser los auténticos. Lo que más me preocupaba era lo que pudiera hacer Su Shun. Con su maldad podía manipular al emperador Hsien Feng para que dijera lo que no quería decir.
Transcurrieron unas horas y la espera continuaba. Sirvieron comida en el patio. Cientos de personas, sentadas sobre sus talones, comían arroz en cuencos contemplando la lejanía. Tung Chih estaba aburrido e irritado. Yo sabía que estaba haciendo grandes esfuerzos por ser obediente, pero llegó un momento en que tuvo bastante. Cuando le dije que teníamos que quedarnos, le dio una rabieta y empezó a tirar a patadas los cuencos de las manos de la gente.
Cogí a Tung Chih y le dije:
– ¡Un acto más de destrucción y te encierro en un panal!
Tung Chih se calmó. Llegó la noche; todo estaba oscuro salvo el salón de la Bruma Fantástica, iluminado como un escenario.
La corte volvió a reunirse. Los veinticinco sellos del emperador fueron sacados de sus cámaras y depositados en una gran mesa. Eran unas tallas y unas monturas magníficas. La habitación estaba tan silenciosa que podía oír el siseo crepitante de las velas.
El gran secretario y erudito Kuei Liang, suegro del príncipe Kung, vestía una túnica gris. Había llegado de Pekín aquella mañana y esperaba volver tan pronto como anotase las últimas palabras de su majestad. Arrodillado con un pincel gigante en la mano, la barba blanca le colgaba sobre el pecho. De vez en cuando Kuei Liang mojaba el pincel en la tinta para humedecerlo. Delante de él había una pila de papel de arroz. Chow Tee, de pie junto a él, añadía agua a la piedra de tinta y molía la piedra con un palito de tinta tan grueso como el brazo de un niño.
Los ojos de Su Shun estaban fijos en los sellos. Me preguntaba qué estaría tramando. En China ningún documento oficial, desde los emitidos por su majestad para abajo, era válido si no llevaba estampado el sello oficial sobre la firma personal. Un sello significaba la autorización legal. El más importante podía invalidar el resto de documentos. El hecho de que Hsien Feng no hubiera pronunciado las palabras que concedían a Tung Chih aquellos sellos me llenaba de desesperación.
¿Estaba ya Hsien Feng de camino a los cielos? ¿Había olvidado a su hijo? ¿Estaba allí Su Shun para ver el fin de Tung Chih? Su Shun deambulaba despacio alrededor de la mesa donde estaban alineados los sellos. Parecía como si ya fuera su propietario; cogía cada sello y pasaba sus dedos sobre las superficies de piedra.
– Hay muchas maneras de alterar el destino propio -dijo Su Shun, levantando la barbilla como un sabio-. Su majestad debe de estar caminando por los oscuros pasillos de su alma. Le imagino siguiendo una pared roja, a paso lento. En realidad no está muriendo, está atravesando un renacimiento. Su espíritu no se encuentra en un cuerpo de huesos resecos sino en la luz púrpura de la inmortalidad.
De repente el cuerpo de Hsien Feng sufrió una contracción; el movimiento duró varios segundos y luego cesó. Oí el gemido de Nuharoo y la vi buscar en su túnica el rosario budista. Según las creencias, podía ser el momento en que el espíritu del moribundo entraba en la etapa de reflexión mental.
Recé por que su majestad llamara a Tung Chih. Si su hijo no ocupaba sus últimos pensamientos, ¿en qué los ocuparía?
Los ministros empezaron a llorar. Algunos ancianos se desmayaron en el patio y acudieron los eunucos con sillas para llevárselos. Me acerqué al lecho de Hsien Feng llevando a Tung Chih conmigo.
– ¡No se permite que nadie moleste al espíritu!
El eunuco jefe Shim me cortó el paso. A una señal suya, los guardias nos cogieron a Tung Chih y a mí por los brazos.
Yo pugné por liberarme. Tung Chih luchó a patadas y mordiscos. Los guardias inclinaron sus armas detrás de él y hundieron la cara en el suelo.
– ¡Por favor! -supliqué al eunuco jefe Shim.
– Su majestad está en mitad de su reflexión. -Shim se negaba a ceder-. Podréis acercaros cuando su espíritu se haya calmado.
– ¡Papá, papá! -gritó fuerte Tung Chih.
Cualquiera se habría apiadado de él, pero la corte ya no parecía querer tratar a aquel a quien debía servir. Se había convertido en la corte de Su Shun. Todo el mundo satisfacía sus propias necesidades antes que las del emperador Hsien Feng y su hijo. Todo el mundo había oído a Tung Chih, pero nadie le ofrecía ayuda.
Si su majestad deseaba decir algo a su hijo, solo podía esperar la misericordia de Su Shun. A Su Shun le convenía ignorar al emperador y seguir adelante con su crimen. Si Hsien Feng se enojaba, nadie lo sabría. En pocos minutos, sus arrepentimientos le acompañarían a la tumba.
Yo ya no tenía miedo; medí la distancia que me separaba del eunuco jefe Shim y me dirigí directamente a su estómago, con los ojos centrados en la grulla de su túnica. No me importaba que me hirieran o algo peor. La suerte estaba echada. Sería mi protesta contra la intimidación de Su Shun. Tung Chih se ganaría la simpatía de la nación. Y cargué con la cabeza como un carnero. En lugar de esquivarme, Shim me empujó y me desvió bruscamente. Perdí el equilibrio; incapaz de detenerme, fui a darme directamente contra una columna lateral. Cerré los ojos y pensé que todo había acabado. Pero mi cabeza no se partió. No me había golpeado contra una columna, sino contra un hombre con un uniforme de cota de malla.
Mientras me caía, vi a mi hijo correr hacia su padre. Cuando levanté la vista para ver contra quién había chocado, me encontré con el rostro del comandante de la Guardia Imperial, Yung Lu.
– ¡Papá, papá! -Tung Chih zarandeaba a su padre.
El emperador Hsien Feng estaba incorporado en su cama contemplando el techo. Nuharoo abrazó a Tung Chih. Yo me recuperé y corrí al lado del niño. Lleno de ira, Su Shun lo apartó antes de que pudiera volver a tocar a su padre. Pero el niño se zafó de Su Shun.
– ¡Papá, papá!
Los ojos del emperador Hsien Feng parpadearon y sus labios se movieron muy despacio.
– ¡Tung Chih!, ¡hijo mío!
La corte guardó silencio y contuvo el aliento. El secretario imperial cogió su pincel.
– ¡Ven conmigo, Tung Chih! -Los brazos del moribundo salieron por encima de la colcha.
– Majestad. -Yo avancé, aceptando la posibilidad de ser castigada por ello-. ¿Podríais dar a conocer a la corte a vuestro sucesor?
Era tarde para que Su Shun ordenara que se me llevaran. Hsien Feng parecía haberme oído. Intentaba hablar, pero no le salía la voz. Después de esforzarse durante un rato, dejó caer los brazos, puso los ojos en blanco y jadeó como si le faltara el aire.
– ¡Majestad! -Me arrodillé a su lado, con las manos crispadas en su sábana de satén amarillo-. ¡Tened piedad de vuestro hijo, por favor!
La boca del emperador se abrió.
– ¡Papá, papá, por favor, despierta!
Impedí que Tung Chih zarandeara a su padre. Hsien Feng volvió a abrir los ojos. De repente se dio impulso y se sentó. Al cabo de un segundo se desplomó sobre las almohadas y cerró los ojos.
– ¡Dejas a tu hijo sin palabras, Hsien Feng! -Creyendo que aquello era el fin, sentía que morían todas mis esperanzas. Ya no me importaba lo que decía-. Aquí está tu maldito hijo celestial. ¡Abandónalo! ¡Vete y mira cómo nos destruyen! Yo aceptaré mi destino si es eso lo que quieres, pero Tung Chih es digno de ti. Eres un padre despiadado.
Llorando, Tung Chih enterró el rostro en el pecho de su padre.
– Tung Chih. -Hsien Feng volvió a abrir los ojos. Aunque débil, su voz era clara-. Hijo mío… deja… que te vea. ¿Cómo estás? ¿Qué puedo darte?
– Majestad -dije-, ¿Tung Chih os sucederá en el trono?
Hsien Feng sonrió con cariño.
– Sí, claro, Tung Chih me sucederá en el trono.
– ¿Tenéis título para su reinado?
– Ch’i Hsiang -dijo su majestad con el último hilo de aliento.
– Felicidad de buen augurio -interpretó el secretario imperial mientras anotaba las palabras.
Muchos han dicho que mi iniciativa de aquel momento encarnaba un principio importante: una mujer debía ser audaz para sobrevivir en la corte manchú, y tienen razón.
Poco después de que el médico Sun Pao-tien dictaminara la muerte de su majestad, Nuharoo y yo nos retiramos de la estancia. Fuimos al vestidor y nos quitamos el maquillaje. Temblaba tanto que mis manos no podían sujetar la manopla. Lloré al recordar las últimas palabras de Hsien Feng; el esfuerzo que hizo para pronunciarlas reflejaba el amor que debía de albergar su corazón.
Cuando Nuharoo y yo regresamos, vestimos toscos atuendos de arpillera blanca y envolvimos nuestro cabello en tiras de tela también blanca. Nuestro cambio de aspecto indicaba a toda nuestra nación que habíamos entrado en la primera etapa de luto por su emperador.
Su Shun solicitó de inmediato un encuentro con Nuharoo y conmigo. No sirvió de nada decir que preferíamos aguardar hasta que nuestra inquietud se hubiera calmado. Su Shun insistió en que debía cumplir una promesa hecha a nuestro marido.
En el vestidor había discutido con Nuharoo sobre el modo en que debíamos tratar a Su Shun. Ella estaba consternada y me dijo que en aquel instante no podía pensar. Yo sabía que Su Shun estaba preparado, que se aprovecharía de la inminente confusión para consolidar su control sobre la corte y nosotras corríamos el peligro de ser fulminadas.
Cuando se acercó a mí, le hablé sin rodeos y le sugerí que, antes que nada, abriéramos la caja con el testamento de su majestad. Acostumbrado a la aquiescencia por parte de las mujeres, Su Shun se quedó sin palabras. La corte estuvo de acuerdo conmigo.
Era cerca de la medianoche cuando abrimos la caja. El gran secretario Kuei Liang leyó el testamento, que era tan confuso como la forma de vida de su majestad. Además de nombrar a Tung Chih nuevo emperador, establecía un Consejo de Regentes, que sería dirigido por Su Shun, para administrar el gobierno hasta que Tung Chih fuera mayor de edad. Como si careciera de confianza en su propia decisión, o con la intención de refrenar el poder de los regentes, o tal vez simplemente para constituir el consejo como una regencia ortodoxa, el emperador Hsien Feng confiaba a Nuharoo y a mí un par de sellos importantes: tungtiao, «una sociedad», y yushang, «la voluntad imperial reflejada». Nos concedía el poder de validar los edictos de Su Shun, emitidos en nombre de Tung Chih. Nuharoo tendría que estampar el sello tungtiao al principio del documento y yo el yushang al final.
Su Shun demostró su frustración. Con los sellos de Hsien Feng en nuestras manos, había puesto una cadena alrededor de su cuello. Más tarde Su Shun haría cualquier cosa para ignorar esta constricción.
Lo que yo no esperaba era que Hsien Feng excluyese a todos sus hermanos, incluido el príncipe Kung, del poder. Aquello violaba los precedentes históricos y horrorizó a los sabios y a los miembros del clan, que, sentados en un rincón de la sala, se mostraron visiblemente disgustados al oír el testamento.
Sospeché que aquello era obra de Su Shun. Según Chow Tee, Su Shun le había mencionado a su majestad que el príncipe Kung estaba perdiendo el tiempo negociando con los extranjeros. Era evidente que Su Shun había convencido a su majestad de que Kung había vendido su alma a los bárbaros. La prueba que presentó era que el príncipe había empleado a extranjeros para entrenar a su propio personal en todos los ámbitos del gobierno chino, incluido el militar y el financiero. Su Shun mostró a su majestad el plan de reforma del príncipe Kung, que pretendía acercar el sistema político chino a los modelos occidentales de gobierno.
La tarde del 22 de agosto de 1861, Jehol estaba envuelto en la niebla. Las ramas del exterior del salón de la Bruma Fantástica golpeaban contra los paneles de la ventana, produciendo ruidos turbadores.
Tung Chih se había quedado dormido en mis brazos y no se despertó cuando el médico Sun Pao-tien se lo llevó para que Nuharoo y yo pudiéramos lavar la cara de nuestro marido con toallas de seda humedecidas. Acariciamos con cuidado a Hsien Feng, que parecía aliviado tras su muerte.
– Es el momento de vestir a su majestad -anunció el eunuco jefe Shim-. Es mejor hacerlo ahora, antes de que el cuerpo de su majestad se endurezca.
Llegaron los eunucos con la túnica eterna, nosotras hicimos una reverencia a nuestro marido y luego nos retiramos.
An-te-hai llevaba en brazos al durmiente Tung Chih cuando salimos del salón de la Bruma Fantástica. Yo lloraba pensando en lo terrible que era que Hsien Feng hubiera muerto tan joven, con solo treinta y un años.
Nuharoo interrumpió mis pensamientos.
– No debiste entrometerte; me dejaste como una idiota delante de su majestad.
– Lo siento, no era mi intención -me disculpé.
– Me has avergonzado al no confiar en que me hiciera cargo de la situación.
– Tung Chih necesitaba oír las palabras de su padre y no había tiempo.
– Si alguien hubiera debido hablar por Tung Chih, esa era yo. ¡Tu acción ha sido, cuando menos, muy desconsiderada, dama Yehonala!
Me irritó, pero preferí no decir nada; sabía que necesitaría a Nuharoo para ganar la guerra contra Su Shun.
Abracé a mi hijo cuando me fui a la cama. Debió de ser duro para Su Shun aceptar que no solo me libré de ser enterrada viva sino que también gozaba del poder de limitar su ambición.
Estaba agotada, pero no conseguía relajarme y empezó a invadirme la pena por Hsien Feng. La preocupación por la seguridad de mi hijo contuvo mi melancolía. Recordaba el inesperado rescate de Yung Lu. ¿Había estado velando por Tung Chih y por mí? No debía olvidar que Su Shun era su superior. ¿Formaba Yung Lu parte de la conspiración de Su Shun?
Tumbada en la cama, repasé la lista de regentes uno por uno. Los rostros de los hombres aparecían muy claros en mi mente. Además de Su Shun, estaban los eruditos que habían llegado hasta los grados académicos más elevados y los ministros que habían servido desde hacía largo tiempo en la corte, entre los que se encontraban Tuan Hua, el hermanastro de Su Shun, y el príncipe Yee, un bravucón que era primo hermano del emperador Hsien Feng y también comisionado imperial. Aunque sabía poco de sus méritos, sabía lo bastante como para darme cuenta de que estaban tan hambrientos de poder y eran tan peligrosos como Su Shun.
Examiné en particular la trayectoria del príncipe Yee. Era el único pariente real a quien Hsien Feng había confiado el poder. Su Shun se lo debió de susurrar al oído del emperador, pero ¿por qué? Porque por las venas del príncipe Yee corría sangre imperial, pensé. Su Shun necesitaba a Yee para enmascarar sus malvadas intenciones.
Al día siguiente, los regentes, a quienes Nuharoo llamaba «la banda de los ocho», nos visitaron. Era evidente que Su Shun guardaba las llaves del pensamiento de la banda. En la recepción se evitaron los asuntos importantes. Parecía que la escolaridad y los cuidados de Tung Chih eran suficiente responsabilidad para nosotros. La banda propuso aliviar nuestra carga ahorrándonos los asuntos de la corte, ante lo que Nuharoo expresó estúpidamente su agradecimiento.
Su Shun fue el último en llegar, alegando que había estado extraordinariamente ocupado con los acontecimientos de la frontera. Le pregunté si tenía noticias del príncipe Kung y me respondió con una negativa. Mentía; An-te-hai me había informado de que el príncipe Kung había enviado cuatro documentos urgentes pidiendo instrucciones y ninguno de ellos había recibido la menor atención.
Me enfrenté a Su Shun en lo relativo a aquellos documentos. Primero negó haberlos recibido. Tras mi sugerencia de convocar al príncipe Kung, admitió que los documentos debían de haberse traspapelado en algún lugar de su despacho. Me pidió que no molestase con asuntos que no tenían nada que ver conmigo. Subrayó que mi interés por los asuntos de la corte era un «acto de falta de respeto al emperador muerto».
Le recordé a Su Shun que ningún edicto sería válido sin los dos sellos que Nuharoo y yo poseíamos. Nuharoo y yo debíamos estar informadas del estado de las peticiones del príncipe Kung, debíamos saber si se concedían, se negaban o se retrasaban. Insinué a Su Shun que yo sabía muy bien lo que había estado haciendo: promocionar y degradar a los gobernadores provinciales a su voluntad.
A medida que transcurrían los días, la tensión entre Su Shun y yo era tan fuerte que nos evitábamos. Yo veía claramente que aquel no era modo de dirigir una nación. Su Shun había inventado y difundido todos los rumores que me retrataban como una malvada. Para aislarme intentaba, con relativo éxito, ganarse a Nuharoo. Me sentía frustrada porque no podía convencer a Nuharoo de las intenciones de Su Shun.
Por aquel tiempo, noté que perdía cabello. Un día An-te-hai recogió unos cuantos cabellos del suelo después de que el peluquero se marchase y se alarmó. ¿Sería un síntoma de alguna enfermedad?
No me había cortado el cabello desde mi entrada en la Ciudad Prohibida y entonces me llegaba hasta las rodillas. Cada mañana llegaba el peluquero y, por muy fuerte que me hubiera cepillado el cabello, el pelo nunca se me caía. Ahora su cepillo se llenaba de mechones, como si estuviera cardando lana. Nunca me consideré presumida, pero si aquello continuaba, me dije a mí misma, me quedaría calva en poco tiempo.
An-te-hai me sugirió que cambiara de peluquero y me recomendó a un joven eunuco con mucho talento del que había oído hablar, Li Lien-ying. El nombre original de Li era Catorce; sus padres tenían tantos hijos que renunciaron a los nombres tradicionales. El nombre de Li Lien-ying, que significa «fina hoja de loto», se lo dio un budista después de que lo castraran. Los budistas creían que la hoja de loto era el asiento de Kuan Ying, la diosa de la misericordia, que en un principio era un hombre que tomó la forma de mujer. Kuan Ying era mi favorita, así que sentí predisposición hacia Lien-ying desde el principio.
Acabé quedándomelo. Al igual que An-te-hai, Li era alegre y se guardaba sus penas para él. A diferencia de An-tehai, era escuálido y poco atractivo. Tenía un rostro en forma de calabaza, la piel llena de granos, ojos de pez, una nariz plana y la boca torcida.
A An-te-hai le encantaba observar a Li Lien-ying mientras me peinaba. Li dominaba un increíble número de peinados: la cola de ganso, el pájaro ladeado, la serpiente enroscada, la enredadera trepadora. Cuando me cepillaba el cabello, sus manos eran a la vez firmes y delicadas. Y lo más sorprendente de todo es que nunca encontré un cabello en el suelo después de su llegada. Había hecho maravillas. Le dije a An-te-hai que lo contrataría como aprendiz. An-te-hai le enseñó modales y Li Lien-ying demostró aprender rápido.
Muchos años más tarde, Li me confesó que me había engañado.
– Ocultaba el cabello que perdía su majestad dentro de mis mangas -me explicó.
Pero no se sentía culpable, ya que me mintió por mi bien. Pensaba que perdía mi cabello debido a las tensiones de mi vida y creía que se curaría en cuestión de tiempo, y tenía razón. Entonces él era demasiado joven para comprender el riesgo que corría al mentirme.
– Podía haberte decapitado, si llego a descubrirlo -le confesé.
Li asintió y sonrió. A fin de cuentas, Li Lien-ying se convirtió en mi favorito después de An-te-hai y me sirvió durante cuarenta y seis años.