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El príncipe Kung envió un mensaje solicitando permiso para acudir a la ceremonia fúnebre en Jehol. Según la tradición, el príncipe Kung tenía que formular una petición oficial y el trono debía aprobarla. Aunque Kung era tío de Tung Chih, por rango era su subordinado. El niño se había convertido en emperador y el príncipe Kung era su ministro. Para mi sorpresa, Su Shun dictó un decreto, sin consultarnos ni a Nuharoo ni a mí negando la petición del príncipe Kung en nombre de Tung Chih.
Su Shun comunicó al príncipe Kung que la ley de la casa imperial prohibía a las viudas de Hsien Feng ver a ningún pariente varón durante el período del luto. Obviamente Su Shun quería aislarnos. Quizá temía que, cuando el príncipe Kung se pusiese en contacto con nosotras, su propio poder se viese amenazado.
Nuharoo y yo vivíamos casi recluidas en nuestros aposentos. Ni siquiera se me permitía llevar a Tung Chih a visitar las aguas termales. Cada vez que daba un paso, el eunuco jefe Shim me seguía. Tenía que encontrar el modo de explicar al príncipe Kung el cariz que estaban adquiriendo las cosas.
Tras recibir el decreto, el príncipe Kung retiró su solicitud; no le quedaba más remedio. Si se empeñaba en venir, Su Shun tendría derecho a castigarle por desobedecer la voluntad del emperador.
No obstante, me decepcionó que el príncipe Kung se rindiera tan fácilmente. No sabría hasta más tarde que Kung exploraba otros caminos. Al igual que yo, consideraba a Su Shun un peligro. Muchos otros -hombres del clan, leales imperialistas, reformadores, eruditos y estudiantes- que preferían ver el poder en manos del príncipe Kung, de mentalidad liberal, y no en las de Su Shun, compartían y apoyaban sus opiniones.
Tung Chih mostraba poco interés cuando yo le explicaba historias de sus antepasados. Solo deseaba acabar una lección para correr a los brazos de Nuharoo, lo cual me ponía muy celosa. Tras la muerte de su padre, me estaba convirtiendo en una madre más dura. Tung Chih no sabía leer un mapa de China, ni siquiera recordaba los nombres de la mayoría de las provincias. Ya era un gobernante, pero su principal interés consistía en comer bayas bañadas en azúcar y juguetear. No tenía ni idea de cómo era el mundo real y no le interesaba aprender. ¿Por qué iba a interesarle cuando constantemente se le hacía sentir como si estuviera en la cima del universo?
De puertas afuera, yo promocionaba a mi hijo de seis años como si se tratase de un genio capaz de sacar a la nación de las aguas turbulentas en que se encontraba. Tenía que hacerlo para sobrevivir; cuanta más gente confiara en el emperador, más se estabilizaría la sociedad. La esperanza era nuestra moneda de cambio. Sin embargo, de puertas adentro, yo alentaba a Tung Chih a superarse. Necesitaba gobernar por sí mismo lo antes posible, porque el poder de Su Shun no haría más que crecer.
Intenté enseñarle cómo conceder una audiencia, cómo escuchar, qué tipo de preguntas formular y, lo más importante, cómo tomar decisiones basadas en opiniones críticas e ideas colectivas.
– Debes aprender de tus consejeros y ministros -le advertí-, porque tú no eres…
– Quien yo creo que soy -me interrumpió Tung Chih-. A tus ojos, soy tan bueno como un pedo con cola.
No sabía si reírme o abofetearle, pero no hice ni lo uno ni lo otro.
– ¿Por qué nunca dices «Sí, majestad» como todos los demás? -me preguntó mi hijo.
Noté que había dejado de llamarme «madre». Cuando tenía que dirigirse a mí, me llamaba Huag-ah-pa, un nombre formal que significaba «madre imperial»; no obstante llamaba a Nuharoo «madre», en un tono lleno de cariño y afecto.
Como Tung Chih había aceptado mis reglas, yo tendría que tragarme el insulto, porque lo único que deseaba es que fuera un buen gobernante. Podía interpretar mis intenciones como quisiera; no hería mis sentimientos. Aun cuando al principio me odiase, estaba segura de que en el futuro me lo agradecería.
Pero subestimé el poder del entorno. Tung Chih era como un pedazo de arcilla que debía ser moldeado y cocido antes de poder tocarlo. Sacaba malas notas en los exámenes y tenía problemas de concentración. Cuando el tutor lo encerró dentro de la biblioteca, envió a sus eunucos a pedir ayuda a Nuharoo, que acudió en su rescate. En lugar de castigar al alumno, castigaron al tutor. Como toda respuesta a mis protestas, Nuharoo me recordó mi estatus inferior.
An-te-hai era el único que advertía que lo que ocurría no tenía nada que ver con el hecho de ser madre.
– Se trata del emperador de China, no de vuestro hijo, mi señora -me explicó-. Os enfrentáis a toda la cultura de la Ciudad Prohibida.
Odiaba la idea de engañar a mi hijo, pero si fracasaba la sinceridad, ¿qué otra opción me quedaba?
Cuando Tung Chih me trajo sus deberes inacabados, dejé de regañarlo. Sin alterar la voz, le dije que mientras se hubiera esforzado al máximo, estaría bien para mí. Se sintió aliviado y menos obligado a mentir. Poco a poco, Tung Chih empezó a querer pasar voluntariamente más tiempo conmigo. Yo jugaba a «la audiencia», «la sala de la corte» y «las batallas» con él. Delicada y silenciosamente, intentaba influirle, pero en cuanto detectaba mis verdaderas intenciones, salía huyendo.
– Hay gente que intenta tomar el pelo al hijo del cielo -sentenció Tung Chih una vez en mitad de un juego.
Nuharoo y el tutor principal Chih Ming querían que Tung Chih aprendiese el «lenguaje de emperador». También diseñaron las lecciones para que Tung Chih se centrase en la retórica china, en la antigua poesía Tan y en los versos de Sung, «para que pudiera hablar de una forma elegante». Cuando me opuse a la idea y quise añadir ciencias, matemáticas y estrategia militar básica, se molestaron.
– Se considera prestigioso dominar el lenguaje -explicaba el maestro Chih Ming con pasión-. Solo un emperador puede permitírselo y esa es la cuestión.
– ¿Por qué quieres privar a nuestro hijo? -me preguntó Nuharoo-. ¿Acaso no ha sufrido Tung Chih, como hijo del cielo, suficientes privaciones?
– Es una pérdida de tiempo aprender un lenguaje que no podrá usar para comunicarse -argumenté-. ¡Tung Chih debe conocer de inmediato la verdad sobre China! No me preocupa lo bien que se vista, coma o diga Zhen en lugar de yo. -Sugerí que las cartas y borradores de los tratados que enviaba el príncipe Kung debían ser los libros de texto de Tung Chih-. Las tropas extranjeras no dejarán China por voluntad propia; Tung Chih tendrá que expulsarlas.
– Es una idea terrible hacer eso a un niño. -Nuharoo negó con la cabeza, haciendo sonar todas las campanillas de adorno de su cabello-. Tung Chih estará tan asustado que no querrá gobernar.
– Estamos aquí para apoyarlo -me quejé-. Trabajaremos con él y así aprenderá el arte de la guerra luchando en la guerra.
Nuharoo me miró con dureza.
– Yehonala, ¿no me estarás pidiendo que desobedezca las reglas e ignore las enseñanzas de nuestros antepasados, verdad?
Me destrozaba el corazón ver cómo enseñaban a mi hijo a malinterpretar la realidad; era incapaz de distinguir la realidad de la fantasía. Las ideas falsas que le metían en su cerebrito lo hacían vulnerable; creía que podía decir al cielo cuándo tenía que llover y al sol cuándo debía brillar.
En contra del consejo del maestro Chih Ming, la repetida interferencia de Nuharoo y el propio interés de Tung Chih, impuse mi criterio a mi hijo, y aquello hizo que se alejara de mí. Yo lo consideraba de la mayor importancia. En nuestros juegos de «corte» Tung Chih hacía de emperador y yo de su malvado ministro; yo imitaba a Su Shun sin emplear su nombre, incluso adoptaba su acento norteño. Quería enseñarle a no dejarse intimidar por el enemigo.
Al acabar las lecciones, nunca me decía «gracias» ni «adiós». Cuando abría los brazos y le decía «te quiero, hijo», Tung Chih me apartaba.
La ceremonia que señalaba el ascenso oficial de Tung Chih al trono empezó cuando el cuerpo de Hsien Feng se depositó en el ataúd. En la corte se dictó un decreto proclamando la nueva era y se esperaba que Tung Chih emitiera otro decreto en honor a sus madres. Como de costumbre, recibimos un montón de tributos y regalos inútiles.
Era consciente de que Su Shun había preparado aquel honor. Pero me impidieron conocer su contenido hasta que se anunciara el decreto, de modo que me sentía tensa y nerviosa, aunque no podía hacer nada.
Cuando se anunció el decreto, Nuharoo fue honrada como «la emperatriz de la Gran Benevolencia Tzu An» y yo como la «emperatriz de la Santa Amabilidad Tzu Hsi». Para cualquiera que supiera chino, la diferencia era evidente: «gran benevolencia» era más poderoso que «santa amabilidad». Tal vez nos honrasen a ambas como emperatrices del mismo rango, pero a la nación se le transmitía el mensaje de que mi situación no era la misma que la de Nuharoo.
El sutil énfasis en su mayor prestigio con respecto a mí agradó a Nuharoo. Aunque ella había sido nombrada emperatriz durante el reinado de Hsien Feng, aquello no le aseguraba que conservase el mismo título tras el cambio de era. Al fin y al cabo, yo era la madre del heredero. Mi nuevo título inducía a la nación a creer que Tung Chih consideraba a Nuharoo por encima de mí, Su Shun se había salido con la suya.
Aún más alarmante para mí era el hecho de que Su Shun hubiera emitido un decreto sin obtener el sello de Nuharoo ni el mío. Nuharoo no quería enfrentarse al problema, pues ya tenía lo que deseaba, pero para mí aquello era una violación del principio: Su Shun no había ejecutado debidamente el testamento del emperador Hsien Feng. Tenía todo el derecho a poner en tela de juicio el decreto; sin embargo, si combatía en este sentido, proporcionaría a Su Shun una oportunidad para deteriorar mi relación con Nuharoo, así que, tras meditar la situación, decidí no hacer nada al respecto.
Después del anuncio de los honores, Nuharoo y yo debíamos ser tratadas como iguales. Yo me trasladé de mis dependencias hasta el ala oeste del salón de la Bruma Fantástica, conocida como Cámara Occidental de la Calidez, lo cual indujo a los ministros a llamarme «emperatriz de la Cámara Occidental». Nuharoo se trasladó a la Cámara Oriental de la Calidez y por ello la llamaron «emperatriz de la Cámara Oriental».
El 2 de septiembre de 1861 se publicó formalmente el primer decreto oficial anunciando la nueva era a la nación y la llegada del emperador niño. El decreto incluía los honores que el nuevo emperador había concedido a sus madres. Se otorgó diez días de vacaciones a la nación para celebrarlo.
Mientras el país aprendía cosas sobre Nuharoo y sobre mí, Su Shun convocó al Consejo de Regentes para celebrar una audiencia por su cuenta. Exigía que, a partir de entonces, Nuharoo y yo estampáramos nuestros sellos en los decretos que él escribía sin cuestionarlos.
Esta vez Su Shun también ofendió a Nuharoo, así que estalló una discusión en presencia de Tung Chih y toda la corte.
– Las mujeres permanecen al margen de los asuntos de la corte; esa es la tradición imperial.
Su Shun hacía hincapié en que la administración debía excluirnos por el bien del país. Dio la impresión de que Nuharoo y yo éramos las responsables de retrasar los procedimientos de la corte y de que yo, particularmente, era una fuente de problemas.
– Si no vamos a tomar parte en los asuntos de la corte -dijo Nuharoo a la audiencia-, entonces, ¿por qué se molestó el emperador Hsien Feng en dejar los sellos en nuestras manos?
Antes de que a Su Shun le diera tiempo a responder, me hice eco de Nuharoo.
– El propósito del emperador Hsien Feng es más que evidente. Los dos grandes sellos representan un juicio equilibrado. Su majestad quería que trabajáramos hombro con hombro, en colaboración. Los sellos son para evitar la autocracia y -dije levantando la voz y hablando lo más claro que pude-, evitar la posible tiranía de un solo regente. Los ocho sois hombres sabios, así que no es necesario que os recuerde las terribles lecciones que nos da el pasado. Estoy segura de que ninguno de vosotros desea imitar a Ao Pai, que pasó a la historia como un villano porque dejó que sus ansias de poder corrompieran su alma. -Miré a Su Shun antes de concluir-. La emperatriz Nuharoo y yo hemos decidido que, mientras vivamos, haremos honor a nuestro compromiso con nuestro marido.
Antes de que la última palabra saliera de mi boca, Su Shun se puso en pie. Su tez normalmente olivácea se puso roja encendida y los ojos se le llenaron de una gran ira.
– En un principio no he querido revelar mis conversaciones privadas con el difunto emperador, pero no me dejáis más remedio, dama Yehonala. -Su Shun caminó hacia sus hombres y exclamó en voz alta-: El emperador Hsien Feng ya había visto la maldad de la dama Yehonala cuando vivía. Varias veces me habló de llevársela con él. Si ella no se hubiera aprovechado de la enfermedad de su majestad y lo hubiera manipulado para que cambiara de opinión, hoy podríamos hacer nuestro trabajo.
– ¡Su majestad debió de haber insistido! -afirmó la banda de los ocho.
Estaba tan furiosa que no podía hablar y a duras penas logré contener las lágrimas.
Su Shun prosiguió, con el pecho tembloroso.
– Uno de los ancianos sabios de China pronosticó que China sería destruida por una mujer. Espero que no adelantemos el día.
Aterrorizado por la expresión del rostro de Su Shun, Tung Chih saltó del trono y se abrazó primero a Nuharoo y luego a mí.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Tung Chih cuando notó que me temblaba el brazo-. ¿Estás bien?
– Sí, hijo mío. Estoy bien.
Pero Tung Chih empezó a llorar. Yo le acaricié la espalda para calmarlo; no quería que mi hijo diera a la corte la impresión de que yo era débil.
– Permitidme que comparta mis pensamientos con vosotros, caballeros -dije recuperando la compostura-. Antes de formaros una opinión…
– ¡Basta! -Me interrumpió Su Shun y se dirigió a la corte-. La dama Yehonala acaba de violar una regla de la cámara.
Enseguida supe adónde quería ir a parar Su Shun. Estaba utilizando una norma de la familia imperial contra mí.
– La norma ciento setenta y cuatro dice: «Una esposa imperial de menor rango será castigada si habla sin el permiso de la esposa de rango superior». -Mirando a Nuharoo, que lo observaba con los ojos en blanco, Su Shun prosiguió-: Me temo que debo cumplir con mi obligación. -Chasqueó los dedos-. ¡Guardias!
Irrumpieron varios guardias guiados por el eunuco jefe Shim.
– ¡Prended a la emperatriz de la Santa Amabilidad, la dama Yehonala, y lleváosla para castigarla!
– ¡Nuharoo, mi hermana mayor! -grité, con la esperanza de que ella saliera en mi defensa.
Lo único que debía decir era que yo tenía su permiso para hablar, pero Nuharoo estaba confusa y miraba como si no comprendiera lo que ocurría.
Los guardias me prendieron del brazo y empezaron a arrastrarme.
– Cielos superiores -dijo Su Shun, imitando el estilo de las óperas de Pekín-, ayudadnos a librarnos de la zorra malvada que ha confirmado las peores predicciones de nuestros antepasados.
– ¡Nuharoo! -Me debatí por librarme de los guardias-. Diles que tenía tu permiso para hablar. Diles que soy la emperatriz y no pueden tratarme así. ¡Por favor, Nuharoo!
Su Shun se acercó a Nuharoo, que seguía paralizada en su sitio, se inclinó hacia ella y le susurró algo al oído, mientras con las manos trazaba círculos en el aire y con su corpachón impedía que ella me viese. Estaba segura de lo que le estaba diciendo: cuanto antes me colgasen, mejor sería su vida; le describía una vida libre de rivales, en la que solo sus palabras tendrían valor. Nuharoo estaba demasiado asustada para pensar. Sabía que no confiaba en Su Shun, pero le estaba planteando una irresistible visión de su futuro.
Los guardias me arrastraban por el pasillo. Todo el mundo parecía absorto en el momento. Si se plantearon interrogantes, nadie los formuló. Sentía como si me estuviera cayendo en una fisura del tiempo y sabía que desaparecería antes de que la gente recuperara el sentido.
Luché para librarme de los guardias. Primero se me aflojaron los brazos, luego las piernas y, mientras mi cuerpo se desplomaba en el suelo, se me desgarró el vestido y se me cayeron las horquillas del pelo.
– ¡Alto! -Una voz de chiquillo taladró el aire-. Soy el emperador Tung Chih.
Estaba convencida de que se trataba de una alucinación. Mi hijo avanzó hacia el centro de la sala como un hombre maduro, con modales que me recordaban a su padre.
– La dama Yehonala no tiene menos derecho a hablar en esta corte que tú, Su Shun -le reprendió mi hijo-. ¡Ordenaré a los guardias que te destituyan si no corriges tu conducta!
Con temor reverencial hacia el hijo del cielo, el eunuco jefe Shim cayó de rodillas. Los guardias lo imitaron y también la corte, incluidas Nuharoo y yo. La estancia se quedó tan quieta como una balsa de aceite. Los relojes de la pared empezaron a sonar. Durante un largo rato, nadie osó moverse. A través de las cortinas, los rayos del sol convertían los tapices en oro. De pie allí solo, Tung Chih no sabía qué más decir.
– Levantaos -ordenó por fin el niño, como si recordara una frase olvidada de sus lecciones.
La multitud se alzó.
– ¡Presento la dimisión, joven majestad! -Su Shun volvía a ser el mismo. Cogió su sombrero de plumas de pavo real y lo dejó en el suelo delante de él-. ¿Quién me sigue? -Y se dispuso a salir de la sala.
El resto de los miembros de la regencia se miraron. Miraban el sombrero de Su Shun como si vieran las joyas decorativas y las plumas por primera vez.
El príncipe Yee, primo hermano del emperador Hsien Feng, movió pieza. Persiguió a Su Shun, gritando:
– ¡Gran consejero, por favor! No tiene sentido que os rebajéis al capricho de un niño.
En el momento en que las palabras salieron de su boca, el príncipe Yee se percató de que había cometido un error.
– ¿Qué has dicho? -Tung Chih dio una patada en el suelo-. Has insultado al hijo del cielo. Zhen ordena que seas decapitado. ¡Guardias! ¡Guardias!
Ante las palabras de Tung Chih, el príncipe Yee se arrojó al suelo y golpeó con su cabeza fuertemente en él.
– Suplico a su majestad que me perdone, pues soy primo de vuestro padre y pariente de sangre.
Tras mirar al hombre en el suelo con la frente sangrando, Tung Chih se volvió hacia Nuharoo y hacia mí.
– Levántate, príncipe Yee. -Como si por fin se hubiera recuperado, Nuharoo se pronunció-: Su majestad te perdonará por esta vez, pero en lo sucesivo no te permitirá ninguna otra grosería. Confío en que hayas aprendido la lección. Aunque sea joven, Tung Chih es el emperador de China. Deberías recordar siempre que eres su sirviente.
Los miembros de la regencia se retiraron. En cuanto Nuharoo le devolvió el «olvidado» sombrero a Su Shun, este volvió a su trabajo y no se volvió a mencionar el incidente.
Se había programado que el cuerpo del emperador Hsien Feng fuese llevado desde Jehol a Pekín para su inhumación. Los ensayos de la ceremonia del traslado eran agotadores. Durante el día, Nuharoo y yo nos vestimos con túnicas blancas y practicamos nuestros pasos en el patio. En el pelo llevábamos cestas de flores blancas. Tuvimos que revisar innumerables aspectos: desde los trajes que vestirían los dioses de papel hasta los accesorios decorativos para los caballos; desde las cuerdas que atarían el ataúd hasta los propios porteadores del ataúd; desde las banderas ceremoniales hasta la selección de música fúnebre. Examinamos los cerdos de cera, las muñecas de algodón, los monos de arcilla, los corderos de porcelana, los tigres de madera y las cometas de bambú. Por las noches inspeccionábamos las figuras recortadas de cuero que usarían en el teatro.
Tung Chih fue instruido para cumplir sus deberes filiales. Practicó el modo de andar, las reverencias y kowtows ante un público de cinco mil personas. Durante los descansos, se escabullía para ver el desfile de la Guardia Imperial, al mando de Yung Lu. Cada noche Tung Chih venía a manifestarme su admiración por Yung Lu.
– ¿Vendrás conmigo la próxima vez? -me preguntó.
Yo estuve tentada, pero Nuharoo acalló a Tung Chih.
– Sería impropio de nosotras aparecer con nuestros atuendos de luto.
Después del desayuno, Nuharoo se excusó para ir a rezar. Desde la muerte de Hsien Feng, se había enfrascado más en el budismo. Había cubierto las paredes con tapices de Buda. De haberle estado permitido, habría ordenado la construcción de un Buda gigante en mitad del salón de audiencias.
A mí me invadía el desasosiego. Una noche soñé que me convertía en abeja, atrapada dentro de un loto en forma de corazón. A cada esfuerzo por salir, las semillas del loto brotaban como pequeños pezones. Me despertaba y descubría que An-te-hai había colocado un cuenco de sopa de semillas de loto delante de mí y que había rellenado el jarrón con flores de loto recién cogidas.
– ¿Cómo sabías mi sueño? -pregunté al eunuco.
– Simplemente lo sabía.
– ¿Por qué todos estos lotos?
An-te-hai me miró y sonrió.
– Hacen juego con el color del rostro de su majestad.
Los sentimientos que había estado experimentando no hicieron más que agudizarse; ya no podía seguir negándome a mí misma que se centraban en la figura de Yung Lu. Me excitaba oír las noticias que me comunicaba Tung Chih. Mi corazón daba un brinco cada vez que se mencionaba el nombre de Yung Lu. Cuando Tung Chih me explicaba el dominio de los caballos de Yung Lu, yo deseaba conocer más detalles.
– ¿Lo mirarás desde lejos? -le pregunté a mi hijo.
– Ordenaré una demostración -respondió-. El comandante estará feliz cuando se la encomiende. ¡Oh, madre, deberías haberlo visto con los caballos!
Intenté no hacerle a Tung Chih demasiadas preguntas, ya que temía despertar las sospechas de Nuharoo. Para ella incluso pensar en cualquier otro hombre que no fuese nuestro marido muerto era un signo de deslealtad. Nuharoo dejó claro a las viudas imperiales que no dudaría en ordenar su ejecución por descuartizamiento si descubría una infidelidad.
An-te-hai dormía en mi habitación y era testigo de mi inquietud, pero nunca suscitó el tema ni mencionó nada de lo que yo pudiera decir en sueños. Sabía que solía agitarme y dar vueltas en la cama, sobre todo cuando llovía.
Una noche de lluvia, le pregunté a An-te-hai si había notado algún cambio en mí. El eunuco describió minuciosamente los «saltos» de mi cuerpo durante la noche. Me informó de que había gritado en sueños suplicando que me acariciaran.
El invierno llegó pronto. Las mañanas de septiembre eran frías y el aire era fresco y claro. Los arces empezaban a cambiar de color y decidí dar un paseo que me llevara hasta el campo de entrenamiento de Yung Lu. Cuanto más me advertía a mí misma de lo impropio de mi conducta, más me azuzaba el deseo de seguir adelante. Para disfrazar la intención de mi salida, la noche antes le dije a Tung Chih que quería llevarlo a ver un conejo de ojos rojos. Tung Chih me preguntó dónde se escondía y le respondí: «En la maleza, no lejos del campo de entrenamiento».
Al día siguiente nos levantamos antes del alba. Después de desayunar salimos en los palanquines y pasamos entre los árboles del color de las llamas. En cuanto vimos a los guardias de Yung Lu, Tung Chih salió disparado y yo le seguí.
El camino estaba lleno de baches y los porteadores se esforzaban por equilibrar el palanquín. Corrí la cortina y miré hacia fuera. Mis latidos se aceleraron.
An-te-hai me acompañaba. Su expresión me indicaba que conocía cuál era mi propósito y que sentía curiosidad y nerviosismo. Me conmovió tristemente ver que An-te-hai aún albergaba pensamientos masculinos. En realidad, si nos fijáramos en el aspecto, An-te-hai resultaba más atractivo para una mujer que Yung Lu. Mi eunuco tenía la frente despejada, la mandíbula perfecta y los ojos grandes y brillantes, lo cual era raro en un manchú. Muy educado en los modales cortesanos, siempre se comportaba de manera airosa. An-te-hai, que acababa de cumplir veinticuatro años la semana anterior, llevaba conmigo más de ocho años. A diferencia de muchos eunucos que parecían viejas damas, hablaba con voz masculina. No sabía si An-te-hai tenía aún necesidades físicas masculinas, pero era un ser sensual. Cuanto más tiempo llevábamos juntos, más me impresionaba la curiosidad que mostraba por lo que sucede entre un hombre y una mujer. Aquella sería la maldición de An-te-hai.
Entre la niebla matutina observaba el entrenamiento de la Guardia Imperial. Cientos de guardias trotaban y desfilaban sobre el suelo apisonado. Parecían ranas saltando en un campo de arroz durante una sequía. El aire era frío y el sol aún no se había alzado por completo.
– Vigilad a Tung Chih -ordené a los porteadores, y les pedí que me bajaran del palanquín.
Mis zapatos se llenaron de rocío mientras caminaba por el sendero. Entonces lo vi: al comandante, en su montura. Tardé un momento en recuperarme. Él se sentaba inmóvil sobre su caballo sin dejar de mirarme. La niebla que nos envolvía lo hacía parecer un guerrero de papel recortado. Me acerqué a él con An-te-hai a mi lado. El guerrero espoleó los flancos del animal y se acercó hasta mí a medio galope. Yo lo miraba bajo las sombras que proyectaba el sol naciente. Cuando me reconoció, saltó del caballo y se arrojó al suelo.
– Majestad, Yung Lu a vuestro servicio.
Sabía que se suponía que debía decir: «Levántate». Pero me falló la lengua, asentí y An-te-hai me hizo de intérprete:
– Podéis levantaros.
El hombre se puso en pie delante de mí; era más alto de lo que recordaba. La luz del sol esculpía su figura y su rostro parecía un hacha. Yo no sabía qué decir.
– Tung Chih quería visitar los bosques -le expliqué, y luego añadí-: Está cazando un conejo.
– Eso está muy bien -respondió y entonces él también se quedó sin palabras.
Eché un vistazo a sus hombres.
– ¿Qué tal… lo están haciendo tus tropas?
– Están casi a punto.
Se sintió aliviado de encontrar un tema de conversación.
– ¿Qué es lo que intentas conseguir exactamente?
– Estoy trabajando para aumentar la resistencia de mis hombres. Por el momento son capaces de permanecer en formación durante medio día, pero el desfile con el ataúd durará quince.
– ¿Puedo confiar en que no estarás haciendo trabajar demasiado a tus hombres ni a ti mismo? -le pregunté.
Inmediatamente me sorprendí de la suavidad de mi tono y me di cuenta de que le había formulado una pregunta, algo que la etiqueta prohibía. Yung Lu parecía ser consciente de ello, me miró y luego enseguida apartó la mirada.
Me habría gustado poder despedir a An-te-hai, pero no habría sido prudente; quedarme a solas con Yung Lu podía ser peligroso.
– ¿Puedo solicitar el permiso de su majestad para ir a buscar a Tung Chih? -me preguntó An-te-hai leyendo mis pensamientos.
– No, no puedes.
Tung Chih estaba desilusionado; no había encontrado el conejo. Cuando regresamos al palacio, le prometí que le harían uno de madera. An-te-hai explicó mi idea al mejor artesano de la corte. El hombre pidió cinco días para hacer el conejo. Tung Chih lo esperaba ansioso.
La tarde del cuarto día, le regalamos a Tung Chih un conejo de madera maravillosamente tallado, con el «pelo» blanco. Cuando mi hijo lo vio, se quedó prendado. A partir de entonces, ya no tocaba ningún otro juguete, por muy divertido que fuera. Los ojos rojos del conejo de madera eran dos rubíes. La piel estaba hecha de algodón y lana. Cuando Tung Chih dejaba el conejo en el suelo, saltaba como si fuera de verdad.
Durante los días siguientes, Tung Chih no se ocupaba de otra cosa que no fuera el conejo. Yo podía trabajar con Nuharoo sobre los documentos de la corte que Su Shun nos entregaba. El suelo estaba lleno de papeles apilados y no tenía espacio para moverme.
Nuharoo se cansó pronto de venir a trabajar conmigo. Empezó a poner excusas para no aparecer. Quería que nos atuviéramos a la antigua filosofía china de que «el hombre más sabio debería presentarse como el más confuso». Creía que si así lo hacíamos, Su Shun nos dejaría en paz. «Engañémosle y desarmémosle sin usar las armas», dijo sonriente, encantada de sus propias palabras.
No entendía la fantasía de Nuharoo. Tal vez pudiéramos engañar a los demás, pero no a Su Shun. A mí me resultaba más duro tratar con Nuharoo que con mi hijo. Cuando se cansaba, se ponía de mal humor y se quejaba por todo, el ruido de los grillos, el sabor de la sopa, un punto perdido en su bordado… e insistía en que le ayudara a resolver su problema. Yo no podía evitar que me afectara y tenía que dejar de trabajar. Por fin consentí en dispensarla, pero con una condición: que leyera mis resúmenes y pusiera su sello en todos los documentos salientes, que yo escribiría en nombre de Tung Chih y donde estamparía mi propio sello.
Todas las tardes An-te-hai preparaba una tetera de fuerte té dragón negro mientras yo trabajaba hasta entrada la noche. Cargándome de trabajo, Su Shun buscaba desacreditarme a los ojos de la corte. Me había presentado voluntaria para poner el cuello en la soga y ahora él estaba ocupado anudando el lazo. No me conocía. Yo quería triunfar por una razón muy práctica: quería ser capaz de ayudar a mi hijo, pero calculé mal. Mientras yo estaba ocupada cubriendo un flanco, dejaba otro expuesto. No tenía ni idea de que los tutores imperiales responsables de la educación de Tung Chih eran amigos de Su Shun. Mi inocente negligencia resultó ser uno de mis grandes errores. No me percaté del daño que se hacía a Tung Chih hasta que fue demasiado tarde.
En aquel momento yo estaba desesperada por ampliar mis horizontes. Carecía de seguridad en mí misma y me sentía muy mal informada. Los temas de los documentos eran muy vastos. Comprenderlos era como intentar subir por un poste engrasado. Como me sentía fuerte acerca del cometido ejercido por el gobierno, estaba decidida a cercenar la corrupción que me rodeaba. Intenté ver los perfiles básicos de las cosas, su verdadero esqueleto y evaluarlo todo solo con respecto a sus méritos. También me concentré en familiarizarme con quienes tenían poder e influencia. Además de leer sus informes, estudiaba sus caracteres, sus pasados y sus relaciones con sus homólogos y con nosotros. Claro que prestaba particular atención a sus respuestas a nuestros ruegos y preguntas, a menudo presentados por el príncipe Kung. Siempre he amado la ópera, pero entonces estaba inmersa en un argumento diario mucho más dramático y extraño.
Aprendí mucho acerca de las personas. Un documento venía de uno de los empleados del príncipe Kung, un inglés llamado Robert Hart, el jefe de Aduanas de China. Aquel hombre era un extranjero de mi edad, pero era responsable de generar un tercio de nuestros ingresos anuales. Hart me informó de que recientemente había encontrado fuerte resistencia cuando recaudaba los impuestos de las aduanas nacionales. Muchos hombres influyentes, entre los que figuraba el general en quien más confiaba mi difunto marido, Tseng Kou-fan -el cortacabezas Tseng, el héroe que aplastó la rebelión Taiping-, se negaban a desembolsar su dinero. Tseng afirmaba que las necesidades apremiantes de su zona requerían que él, y no el gobierno central, se quedara los taels. Sus libros de cuentas resultaron confusos y Hart pidió instrucciones al emperador para presentar cargos contra el general.
Su Shun propuso una acción en la cubierta del informe de Hart. Quería que investigasen y acusaran a Tseng Kou-fan, pero a mí no me engañaba: hacía tiempo que Su Shun quería sustituir a Tseng por uno de sus fieles.
Decidí retener el informe hasta que pudiera reunirme con el príncipe Kung y hablar del tema. Tseng era demasiado importante para la estabilidad de la nación, y si yo tenía que pagar por ello, cerraría los ojos y pagaría gustosa. De algún modo, prefería que Tseng Kou-fan se quedara el dinero, sabiendo que lo emplearía para equipar a su ejército, que acabaría protegiéndome, antes que ver cómo el dinero caía en manos de Su Shun, quien lo emplearía en conspirar contra mí.
El informe dejaba entrever que Tseng había ofrecido a Hart un sustancioso soborno por su cooperación, pero Hart resultó incorruptible. La corrupción no comprometería su lealtad con su jefe, el príncipe Kung. ¿Qué le inducía a comportarse con tanta firmeza, entonces? ¿Con qué principios y valores se había educado? No esperaba que un extranjero fuera leal a nuestra dinastía. Fue una gran lección para mí y quise conocer a aquel hombre. Si podía, se lo presentaría a Tung Chih.
Mi petición de conocer a Robert Hart primero se retrasó, luego se pospuso y finalmente fue rechazada. La corte votó unánimemente que sería un insulto para China si yo me «rebajaba» a conocerle. Tendrían que pasar más de cuatro décadas hasta que por fin nos conociéramos. Entonces comuniqué a la corte que no podría morir en paz si no le daba las gracias a aquel hombre que me había ayudado a evitar que el cielo se cayera en pedazos.
Los crisantemos salvajes de color sangre florecían desaforadamente. Las plantas colgaban por encima de las vallas y cubrían el suelo del patio. Aún conmovida por el contenido de una carta que me acababa de enviar el príncipe Kung, no estaba de humor para apreciar las flores. En su carta, el príncipe me describía lo que le había ocurrido ese día, después de entregar los tratados firmados por su hermano agonizante, el emperador Hsien Feng.
«Me escoltaron hasta la Ciudad Prohibida el general Sheng Pao y cuatrocientos hombres a caballo. Luego tomé solo veinte hombres y entré en el salón principal del Consejo de Ritos para encontrarme con mi homólogo, lord Elgin. -A través de la elección de palabras del príncipe Kung notaba su rabia-. Era la primera vez que entraba en las dependencias celestiales después de que las asaltaran los extranjeros. Lord Elgin llegó con tres horas de retraso. Entró con doscientos hombres en una exhibición de pompa. Llegó en un palanquín carmesí llevado por dieciséis hombres, sabiendo que ese privilegio está reservado solo al emperador de China. Me esforcé en ser gentil, aunque estaba soberanamente enfadado. Hice una leve reverencia y estreché la mano de Elgin al modo chino. Intenté no traslucir mis emociones.»
Admiraba la sabiduría de sus palabras finales, dirigidas a Su Shun y a la corte: «Si no aprendemos a contener nuestra ira y continuamos con las hostilidades, estamos abocados a sufrir una catástrofe. Debemos aconsejar a nuestro pueblo en toda la nación que actúe según los tratados y no permitir que los extranjeros se excedan ni lo más mínimo en ellos. Nuestra expresión externa debería ser sincera y amistosa, pero serenamente deberíamos intentar mantenerlos a raya. Luego, en los próximos años, incluso aunque nos vinieran con exigencias, no nos causarían una gran calamidad. El tiempo es crucial para nuestra recuperación».
De nuevo sentí que Tung Chih era afortunado por tener un tío tan sensato. Su Shun tal vez aumentara su popularidad desafiando al príncipe Kung y llamándole «esclavo del diablo», pero ¿hay algo más fácil que burlarse de alguien? El príncipe Kung desempeñaba un trabajo desagradable, pero necesario. Su despacho estaba en los alrededores de un templo budista abandonado del noroeste de Pekín; un espacio sucio, sin encanto y yermo. Tenía demasiado trabajo y el resultado de sus negociaciones era de prever. Debía de ser insoportable. El número de extranjeros que exigían indemnizaciones y reparaciones era ridículo, superaba en exceso cualquier daño real o coste militar. Debía de estar pasándolo aún peor que yo.
Cuando dejé la carta, estaba tan agotada que me quedé dormida al instante. En sueños prendía fuego a todas las pilas de documentos de mi habitación.
Mi debilidad era anhelar un hombro masculino en el que apoyarme. Luchaba contra ello, pero mis sentimientos afloraban a la superficie. Buscaba distracciones y me enterraba en mi trabajo. Pedí a An-te-hai que me preparase un té más fuerte y mastiqué las hojas después de bebérmelo. Por fin conseguí vaciar el suelo de todos los documentos. No sabía si los asuntos de la corte se habían retrasado porque Su Shun no conseguía seguirme el ritmo o si había cambiado de táctica y dejaba de enviarme documentos.
Sin trabajo en que ocupar mis noches, me volví nerviosa e irritable. Podía haberme dedicado a otras cosas: leer una novela, escribir un poema o pintar a la tinta. Sencillamente era incapaz de concentrarme. Me metía en la cama y miraba el techo. En la profunda quietud de la noche, desfilaba ante mis ojos el rostro de Yung Lu y el modo en que se movía a caballo, y me preguntaba cómo sería cabalgar con él.
– ¿Os gustaría que os diera un masaje en la espalda, mi señora? -susurró An-te-hai en la oscuridad.
Su voz me decía que había estado despierto.
No dije nada y él se puso a mi lado. Él sabía que yo no me lo permitiría, pero también sabía que estaba sufriendo una especie de agonía. Como una fuerza de la naturaleza, mi deseo debía seguir su propio rumbo hasta saciarse y agotarse. Mi cuerpo estaba preparado para abandonarse.
An-te-hai me abrazó en silencio. Dulce y despaciosamente me acarició los hombros, el cuello y luego bajó por la espalda. Mi cuerpo se sintió reconfortado. An-te-hai seguía dándome masajes, sus manos estaban por todas partes y me susurraba versos de una canción al oído como en un sueño de efectos balsámicos:
Él llegó a través de las exuberantes secoyas
Los bosquecillos de bambú que se levantaban entre las colinas
Un templo medio oculto entre las nubes verdes
Su entrada era una ruina.
El vacío se expandió en mi mente y flores de ciruelo danzaron en el aire como plumas blancas. An-te-hai fue más enérgico en el momento en que descubrió mi excitación. Respiró hondo como para oler mi aroma.
– Os amo tanto, mi señora -suspiraba mi eunuco una y otra vez.
Mis ojos veían a Yung Lu. Me llevaba con él en su caballo, como la esposa de un antiguo portaestandarte, me aferraba a su cintura entre las ollas y sartenes tintineantes que colgaban de la silla. Los dos nos movíamos a un ritmo perfecto, viajando por un desierto interminable.
Mi cuerpo se calmó, como un océano después de una tormenta. Sin encender una vela, An-te-hai se retiró de la cama. Un mechón de cabello húmedo había caído sobre mi rostro y probé mi propio sudor. A la luz de la luna, mi eunuco preparó una bañera de agua caliente. Me bañó tiernamente con una toalla. Lo hizo con tanta suavidad como si hubiera estado practicando toda su vida. Yo me sumí en un apacible sueño.