38611.fb2 La ciudad y los perros - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 24

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— Todos empezamos dando saltos–afirmó Emilio–Pero luego aprendimos.

— Es que éste dejó de ir a fiestas no sé cuánto tiempo. ¿No se acuerdan? — Sí — dijo Alberto–Eso es lo que me reventó.

— Parecía que te ibas a meter de cura — dijo Pluto; acababa de elegir un disco y le daba vueltas en la mano–Casi ni salías.

— Bah — dijo Alberto–No era mi culpa. Mi mamá no me dejaba. — ¿Y ahora?

— Ahora sí. Las cosas están mejor con mi papá. — No entiendo — dijo el Bebe- ¿Qué tiene que ver?

— Su padre es un donjuan — dijo Pluto- ¿No sabías? ¿No has visto cuando llega en las noches, cómo se limpia la boca con el pañuelo antes de entrar a su casa?

— Sí — dijo Emilio–Una vez lo vimos en la Herradura. Llevaba en el coche a una mujer descomunal. Es una fiera.

— Tiene una gran pinta — dijo Pluto–Y es muy elegante. Alberto asentía, complacido.

— ¿Pero qué tiene que ver eso con que no le dieran permiso para ir a las fiestas? — dijo el Bebe. — Cuando mi papá se desboca — dijo Alberto-, mi mamá comienza a cuidarme para que yo no sea como él de grande. Tiene miedo que sea un mujeriego, un perdido. — Formidable — dijo el Bebe–Muy buena.

— Mi padre también es un fresco — dijo Emilio–A veces no viene a dormir y sus pañuelos siempre están pintados. Pero a mi mamá no le importa. Se ríe y le dice: «viejo verde». Sólo Ana lo riñe. — Oye — dijo Pluto- ¿Y a qué hora bailamos?

— Espera, hombre — replicó Emilio-. Conversemos un rato. Ya bailaremos harto en la fiesta. — Cada vez que hablamos de la fiesta, Alberto se pone pálido — dijo el Bebe-. No seas tonto, hombre. Esta vez Helena te va a aceptar. Apuesto lo que quieras. — ¿Tú crees? — dijo Alberto.

— Está templado hasta los huesos — dijo Emilio–Nunca he visto a nadie más templado. Yo no podría hacer lo que hace éste. — ¿Qué hago? — dijo Alberto. — Declararte veinte veces. — Sólo tres — dijo Alberto- ¿Por qué exageras?

— Yo creo que hace bien–afirmó el Bebe–Si le gusta, que la persiga hasta que lo acepte. Y que después la haga sufrir.

— Pero eso es no tener orgullo — dijo Emilio–A mí una chica me larga y yo le caigo a otra ahí mismo. — Esta vez te va a hacer caso — dijo el Bebe a Alberto–El otro día, cuando estábamos conversando en la casa de Laura, Helena preguntó por ti y se puso muy colorada cuando Tico le dijo "¿lo extrañas?». — ¿De veras? — preguntó Alberto.

— Templado como un perro — dijo Emilio–Miren cómo le brillan los ojos.

— Lo que pasa — dijo el Bebe-, es que a lo mejor no te declaras bien. Trata de impresionarla. ¿Ya sabes lo que vas a decirle?

— Más o menos — dijo Alberto-. Tengo una idea.

— Eso es lo principal–afirmó el Bebe–Hay que tener preparadas todas las palabras.

— Depende — dijo Pluto–Yo prefiero improvisar. Vez que la caigo a una chica, me pongo muy nervioso, pero apenas comienzo a hablarle se me ocurren montones de cosas. Me inspiro.

— No — dijo Emilio–El Bebe tiene razón. Yo también llevo todo preparado. Así, en el momento sólo tienes que preocuparte de la manera cómo se lo dices, de las miradas que le echas, de cuándo le coges la mano. — Tienes que llevar todo en la cabeza — dijo el Bebe–Y si puedes, ensáyate una vez ante el espejo. — Sí–afirmó Alberto. Dudó un momento: — ¿Tú qué le dices?

— Eso varía–repuso el Bebe-. Depende de la chica. — Emilio asintió con suficiencia–A Helena no puedes preguntarle de frente si quiere estar contigo. Primero tienes que hacerle un buen trabajo. — Quizá me largó por eso–confesó Alberto–La vez pasada le pregunté de golpe si quería ser mi enamorada.

— Fuiste un tonto — dijo Emilio–Y además, te le declaraste en la mañana. Y en la calle. ¡Hay que estar loco! — Yo me declaré una vez en misa — dijo Pluto–Y me fue bien.

— No, no–lo interrumpió Emilio. Y se volvió a Alberto Mira. Mañana la sacas a bailar. Esperas que toquen un bolero. No vayas a declararte en un mambo. Tiene que ser una música romántica.

— Por eso no te preocupes — dijo el Bebe-. Cuando estés decidido, me haces una seña y yo me encargo de poner «Me gustas» de Leo Marini.

— ¡Es mi bolero! — exclamó Pluto-. Siempre que me declaro bailando «Me gustas» me han dicho sí. No falla.

— Bueno — dijo Alberto–Te haré una seña.

— La sacas a bailar y la pegas — dijo Emilio–A la disimulada te vas hacia un rinconcito para que no te oigan las otras parejas. Y le dices, al oído, «Helenita, me muero por tí».

— ¡Animal! — gritó Pluto- ¿Quieres que lo largue otra vez?

— ¿Por qué? — preguntó Emilio–Yo siempre me declaro así.

— No — dijo el Bebe-. Eso es declararse sin arte, a la bruta. Primero pones una cara muy seria y le dices:

«Helena, tengo que decirte algo muy importante. Me gustas. Estoy enamorado de ti. ¿Quieres estar conmigo?».

— Y si se queda callada–añadió Pluto-, le dices: «Helenita, ¿tú no sientes nada por mí?».

— Y entonces le aprietas la mano — dijo el Bebe–Despacito, con mucho cariño.

— No te pongas pálido, hombre — dijo Emilio, dando una palmada a Alberto-. No te preocupes. Esta vez te acepta.

— Sí — dijo el Bebe–Ya verás que sí.

— Después que te declares les haremos una rueda — dijo Pluto-. Y les cantaremos «Aquí hay dos enamorados». Yo me encargo de eso. Palabra.

Alberto sonreía.

— Pero ahora tienes que aprender el mambo — dijo el Bebe–Anda, ahí te espera tu pareja.

Pluto había abierto los brazos teatralmente.

Cava decía que iba a ser militar, no infante, sino de artillería. Ya no hablaba de eso, últimamente, pero seguro lo pensaba. Los serranos son tercos, cuando se les mete algo en la cabeza ahí se les queda. Casi todos los militares son serranos. No creo que a un costeño se le ocurra ser militar. Cava tiene cara de serrano y de militar, y ya le jodieron todo, el colegio, la vocación, eso es lo que más le debe arder. Los serranos tienen mala suerte, siempre les pasan cosas. Por la lengua podrida de un soplón, que a lo mejor ni descubrimos, le van a arrancar las insignias delante de todos, lo estoy viendo y se me pone la carne de gallina, si esa noche me toca ahora estaría adentro. Pero yo no hubiera roto el vidrio, hay que ser bruto para romper un vidrio. Los serranos son un poco brutos. Seguro que fue de miedo, aunque el serrano Cava no es un cobarde. Pero esa vez se asustó, sólo así se explica. También por mala suerte. Los serranos tienen mala suerte, les ocurre lo peor. Es una suerte no haber nacido serrano. Y lo peor es que no se la esperaba, nadie se la esperaba, estaba muy contento, jode y jode al marica de Fontana, en las clases de francés uno se divierte mucho, vaya tipo raro, Fontana. El serrano decía: Fontana es todo a medias; medio bajito, medio rubio, medio hombre. Tiene los ojos más azules que el Jaguar, pero miran de otra manera, medio en serio, medio en burla. Dicen que no es francés sino peruano y que se hace pasar por francés, eso se llama ser hijo de perra. Renegar de su patria, no conozco nada más cobarde. Pero a lo mejor es mentira, ¿de dónde sale tanta cosa que cuentan de Fontana? Todos los días sacan algo nuevo. De repente ni siquiera es marica, pero de dónde esa vocecita, esos gestos que provoca pellizcarle los cachetes. Si es verdad que se hace pasar por francés, me alegro de haberlo batido. Me alegro que lo batan. Lo seguiré batiendo hasta el último día de clase. Profesor Fontana, ¿cómo se dice en francés cucurucho de caca? A veces da compasión, no es mala gente, sólo un poco raro. Una vez se puso a llorar, creo que fue por las «Gilletes», zumm, zumm, zumm. Traigan todos una «Gillete» y párenlas en una rendija de la carpeta, para hacerlas vibrar les meten el dedito, dijo el Jaguar. Fontana movía la boca y sólo se oía zumm, zumm, zumm. No se rían para no perder el compás, el marica seguía moviendo la boquita, zumm, zumm, zumm, cada vez más fuerte y parejo, a ver quién se cansa primero. Nos quedamos así tres cuartos de hora, quizá más. ¿Quién va a ganar, quién se rinde primero? Fontana como si nada, un mudo que mueve la boca y la sinfonía cada vez más bonita, más igualita. Y entonces cerró los Ojos y cuando los abrió lloraba. Es un marica. Pero seguía moviendo la boca, qué resistencia de tipo. Zumin, zumni, zumin. Se fue y todos dijeron «ha ido a llamar al teniente, ya nos fregamos, pero eso es lo mejor, sólo se mandó mudar. Todos los días lo baten y nunca llama a los oficiales. Debe tener miedo que le peguen, lo bueno es que no parece un cobarde. A veces parece que le gusta que lo batan. Los maricas son muy raros. Es un buen tipo, nunca jala en los exámenes. Él tiene la culpa que lo batan. ¿Qué hace en un colegio de machos con esa voz y esos andares? El serrano lo friega todo el tiempo, lo odia de veras. Basta que lo vea entrar para que empiece, ¿cómo se dice maricón en francés?, profesor ¿a usted le gusta el catchascán?, usted debe ser muy artista, ¿por qué no se canta algo en francés con esa dulce voz que tiene?, profesor Fontana, sus ojos se parecen a los de Rita Hayworth. Y el marica no se queda callado, siempre responde, sólo que en francés. Oiga, profesor, no sea usted tan vivo, no mente la madre, lo desafío a boxear con guantes, Jaguar no seas mal educado. Lo que pasa es que se lo han comido, lo tenemos dominado. Una vez lo escupimos mientras escribía en la pizarra, quedó todito vomitado, qué asquerosidad decía Cava, debía bañarse antes de entrar a clases. Ah, esa vez llamó al teniente, la única vez, qué papelón, por eso no volvió a llamar a los oficiales, Gamboa es formidable, ahí nos dimos cuenta todos de lo formidable que es Gamboa. Lo miró de arriba abajo, qué suspenso, nadie respiraba. ¿Qué quiere que haga, profesor? Usted es el que manda en el aula. Es muy fácil hacerse respetar. Mire. Nos observó un rato y dijo ¡Atención!, caracho en menos de un segundo estábamos cuadrados. ¡Arrodillarse!, caracho en menos de un segundo estábamos en el suelo. «Marcha del pato en el sitio», y ahí mismito comenzamos a saltar con las piernas abiertas. Más de diez minutos, creo. Parecía que me habían machucado las rodillas con una comba, un–dos, un–dos, muy serios, como patos, hasta que Gamboa dijo ¡alto! y preguntó ¿alguien quiere algo conmigo, de hombre a hombre?, no se movía ni una mosca. Fontana lo miraba y no podía creer. Debe hacerse respetar usted mismo, profesor, a éstos no les gustan las buenas maneras sino los carajos. ¿Quiere usted que los consigne a todos? No se moleste, dijo Fontana, qué buena respuesta, no se moleste, teniente. Y comenzamos a decir ma–ri–qui–ta, con el estómago, eso es lo que hacía Cava esta tarde, porque es medio ventrílocuo. No se mueven ni su jeta ni sus ojos de serrano y de adentro le sale una voz clarita, es de verlo y no creerlo. Y en eso el Jaguar dijo «vienen a llevarse a Cava, ya descubrieron todo». Y se puso a reír y Cava miraba a todos lados, y el Rulos y yo, qué pasa hermano, y Huarina apareció en la puerta y dijo, Cava, venga con nosotros, perdón, profesor Fontana, es un asunto importante. Bien hombre el serrano, se levantó y salió sin mirarnos y el Jaguar, «no saben con quién se meten», y se puso a hablar incendios contra Cava, serrano de mierda, se fregó por bruto, y todo el serrano, como si él tuviera la culpa de que lo fueran a expulsar.

Ha olvidado los hechos minúsculos, idénticos, que constituían su vida, esos días que siguieron al descubrimiento de que tampoco podía confiar en su madre, pero no ha olvidado el desánimo, la amargura, el rencor, el miedo que reinaban en su corazón y ocupaban sus noches. Lo peor era simular.

Antes, aguardaba para levantarse que él hubiera salido. Pero una mañana alguien retiró las sábanas de su cama cuando aún dormía; sintió frío, la luz clara del amanecer le obligó a abrir los ojos. Su corazón se detuvo: su padre estaba a su lado y tenía las pupilas incendiadas, igual que aquella noche. Oyó: — ¿Qué edad tienes?

— Diez años — dijo.

— ¿Eres un hombre? Responde. — Sí–balbuceó.

— Fuera de la cama, entonces — dijo la voz–Sólo las mujeres se pasan el día echadas, porque son ociosas y tienen derecho a serlo, para eso son mujeres. Te han criado como a una mujerzuela. Pero yo te haré un hombre.

Ya estaba fuera de la cama, vistiéndose, pero la precipitación era fatal: equivocaba el zapato, se ponía la camisa al revés, la abotonaba mal, no encontraba el cinturón, sus manos temblaban y no podían anudar los cordones.

— Todos los días, cuando baje a tomar desayuno, quiero verte en la mesa, esperándome. Lavado y peinado. ¿Has oído?

Tomaba el desayuno con él y adoptaba actitudes diferentes, según el carácter de su padre. Si lo notaba sonriente, la frente lisa, los ojos sosegados, le hacía preguntas que pudieran halagarlo, lo escuchaba con profunda atención, asentía, abría mucho los ojos y le preguntaba si quería que le limpiara el auto. En cambio, si lo veía con el rostro grave y no contestaba a su saludo, permanecía en silencio y escuchaba sus amenazas con la cabeza baja, como arrepentido. A la hora del almuerzo, la tensión era menor, su madre servía de elemento de diversión. Sus padres conversaban entre ellos, podía pasar desapercibido. En las noches, el suplicio terminaba. Su padre volvía tarde. Él cenaba antes. Desde las siete comenzaba a rondar a su madre, le confesaba que lo consumía la fatiga, el sueño, el dolor de cabeza. Cenaba velozmente y corría a su cuarto. A veces, cuando estaba desnudándose sentía el frenazo del automóvil. Apagaba la luz y se metía en la cama. Una hora después, se levantaba en puntas de pie, terminaba de desnudarse, se ponía el pijama.

Algunas mañanas, salía a dar una vuelta. A las diez, la avenida Salaverry estaba solitaria, de cuando en cuando pasaba un ruidoso tranvía a medio llenar. Bajaba hasta la avenida Brasil y se detenía en la esquina. No cruzaba la ancha pista lustrosa, su madre se lo había prohibido. Contemplaba los automóviles que se perdían a lo lejos, en dirección al centro, y evocaba la Plaza Bolognesi, al final de la avenida, tal como la veía cuando sus padres lo llevaban a pasear: bulliciosa, un hervidero de coches y tranvías, una muchedumbre en las veredas, las capotas de los automóviles semejantes a espejos que absorbían los letreros luminosos, rayas y letras de colores vivísimos e incomprensibles. Lima le daba miedo, era muy grande, uno podía perderse y no encontrar nunca su casa, la gente que iba por la calle era desconocida. En Chiclayo salía a caminar solo; los transeúntes le acariciaban la cabeza, lo llamaban por su nombre y él les sonreía: los había visto muchas veces, en su casa, en la Plaza de Armas los días de retreta, en la misa del domingo, en la Playa de Eten.

Descendía luego hasta el final de la avenida Brasil y se sentaba en una de las bancas de ese pequeño parque semicircular donde aquélla remata, al borde del acantilado, sobre el mar cenizo de la Magdalena. Los parques de Chiclayo–muy pocos, los conocía todos de memoria-, también eran antiguos, como éste, pero las bancas no tenían esa herrumbre, ese musgo, esa tristeza que le imponían la soledad, la atmósfera gris, el melancólico murmullo del océano. A veces, sentado de espaldas al mar, mientras observaba la avenida Brasil, abierta frente a él como la carretera del norte cuando venía a Lima, sentía ganas de llorar a gritos. Recordaba a su tía Adela, volviendo de compras, acercándose a él con una mirada risueña para preguntarle: "¿a que no adivinas qué me encontré?», y extrayendo de su bolsa un paquete de caramelos, un chocolate, que él le arrebataba de las manos. Evocaba el sol, la luz blanca que bañaba todo el año las calles de la ciudad y las conservaba tibias, acogedoras, la excitación de los domingos, los paseos a Eten, la arena amarilla que abrasaba, el purísimo cielo azul. Levantaba la vista: nubes grises por todas partes, ni un punto claro. Regresaba a su casa, caminando despacio, arrastrando los pies como un viejo. Pensaba: «cuando sea grande volveré a Chiclayo. Y jamás vendré a Lima».