38611.fb2 La ciudad y los perros - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 25

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VIII El teniente Gamboa abrió los ojos: a la ventana de su cuarto sólo asomaba la claridad incierta de los faroles lejanos de la pista de desfile; el cielo estaba negro. Unos segundos después sonó el despertador.

Se levantó, se restregó los ojos y, a tientas, buscó la toalla, el jabón, la máquina de afeitar y la escobilla de dientes. El pasillo y el baño estaban a oscuras. De los cuartos vecinos no provenía ruido alguno; como siempre, era el primero en levantarse. Quince minutos después, al regresar a su cuarto peinado y afeitado, escuchó la campanilla de otros despertadores. Comenzaba a aclarar; a lo lejos, tras el resplandor amarillento de los faroles, crecía una luz azul, todavía débil. Se puso el uniforme de campaña, sin prisa.

Luego salió. En vez de atravesar las cuadras de los cadetes, fue hacia la Prevención por el descampado.

Hacía un poco de frío y él no se había puesto el sacón. Al verlo, los soldados de guardia lo saludaron, él les contestó. El teniente de servicio, Pedro Pitaluga, descansaba encogido sobre una silla, la cabeza entre las manos.

— ¡Atención! — gritó Gamboa.

El oficial se incorporó de un salto, los ojos todavía cerrados. Gamboa se rió.

— No friegues, hombre — dijo Pitaluga, volviendo a sentarse. Se rascaba la cabeza–Creí que era el Piraña.

Estoy molido. ¿Qué hora es?

— Van a ser las cinco. Te quedan todavía cuarenta minutos. No es mucho. ¿Para qué tratas de dormir? Es lo peor.

— Ya sé — dijo Pitaluga, bostezando–He violado el reglamento.

— Sí — dijo Gamboa, sonriendo–Pero no lo decía por eso.

Si duermes sentado se te descompone el cuerpo. Lo mejor es hacer algo, así el tiempo pasa sin que te des cuenta.

— ¿Hacer qué cosa? ¿Conversar con los soldados? Sí mi teniente, no mi teniente. Son muy entretenidos.

Basta que les dirijas la palabra para que te pidan licencia.

— Yo estudio cuando estoy de servicio — dijo Gamboa–La noche es la mejor hora para estudiar. De día no puedo.

— Claro — dijo Pitaluga–Tú eres el oficial modelo. A propósito, ¿qué haces levantado?

— Hoy es sábado. ¿Te has olvidado?

— La campaña–recordó Pitaluga. Ofreció un cigarrillo a Gamboa, que lo rechazó–Por lo menos este servicio me ha librado de la campaña.

Gamboa recordó la Escuela Militar. Pitaluga era su compañero de sección; no estudiaba mucho pero tenía excelente puntería. Una vez, durante las maniobras anuales, se lanzó al río con su caballo. El agua le llegaba a los hombros; el animal relinchaba con espanto y los cadetes lo exhortaban a volver, pero Pitaluga consiguió vencer la corriente y ganar la otra orilla, empapado y dichoso. El capitán de año lo felicitó delante de los cadetes y le dijo: «es usted muy macho». Ahora Pitaluga se quejaba del servicio, de

las campañas. Como los soldados y los cadetes, sólo pensaban en la salida. Éstos tenían al menos una excusa: estaban en el Ejército de paso; a unos los habían arrancado a la fuerza de sus pueblos para meterlos a filas; a los otros, sus familiares los enviaban al colegio para librarse de ellos. Pero Pitaluga había elegido su carrera. Y no era el único: Huarina inventaba enfermedades de su mujer cada dos semanas para salir a la calle, Martínez bebía a escondidas durante el servicio y todos sabían «que su termo de café estaba lleno de pisco. ¿Por qué no pedían su baja? Pitaluga había engordado, jamás estudiaba y volvía ebrio de la calle. «Se quedará muchos años de teniente, pensó Gamboa. Pero rectificó: — Salvo que tenga influencias.» Él amaba la vida militar precisamente por lo que otros la odiaban: la disciplina, la jerarquía, las campañas.

— Voy a llamar por teléfono.

— ¿A estas horas?

— Sí — dijo Garriboa–Mi mujer debe estar levantada. Viaja a las seis.

Pitaluga hizo un gesto vago. Como una tortuga que se hunde en su caparazón, sumió nuevamente la cabeza entre las manos. La voz de Gamboa en el teléfono era baja y suave, hacía preguntas, aludía a pastillas contra el mareo y al frío, insistía en que le enviaran un telegrama de alguna parte, varias veces repetía ¿estás bien? y luego se despedía con una frase breve, rápida. Pitaluga abrió automáticamente los brazos y su cabeza quedó colgando como una campana. Pestañeó antes de abrir los ojos. Sonrió sin entusiasmo. Dijo:

— Pareces en luna de miel. Hablas a tu mujer como si te acabaras de casar.

— Me casé hace tres meses — dijo Gamboa.

— Yo hace un año. Y malditas las ganas que tengo de hablar con ella. Es un energúmeno, igual que su madre. Si la llamara a esta hora se pondría a gritar y me diría cachaco de porquería.

Gamboa sonrió.

— Mi mujer es muy joven–dijo–Sólo tiene dieciocho años. Vamos a tener un hijo.

— Lo siento — dijo Pitaluga–No sabía. Hay que tomar precauciones.

— Yo quiero tener un hijo.

— Ah, claro–repuso Pitaluga–Ya me doy cuenta. Para hacerlo militar.

Gamboa parecía sorprendido.

— No sé si me gustaría que fuera militar–murmuró. Miró a Pitaluga de pies a cabeza: — En todo caso, no quisiera que fuera un militar como tú.

Pitaluga se incorporó.

— ¿Qué broma es ésa? — dijo, con voz agria.

— Bah–dijo Gamboa–olvídala.

Dio media vuelta y salió de la Prevención. Los centinelas lo volvieron a saludar. Uno tenía la cristina caída sobre la oreja y Gamboa estuvo a punto de llamarle la atención, pero se contuvo; no valía la pena tener un disgusto con Pitaluga. Éste sepultó de nuevo la cabeza despeinada entre las manos pero esta vez no vino al letargo. Maldijo y llamó a gritos a un soldado para que le sirviera una taza de café.

Cuando Gamboa llegó al patio de quinto, el corneta había tocado ya la diana en tercero y cuarto y se disponía a hacerlo ante las cuadras del último año. Vio a Gamboa, bajó la corneta que llevaba a los labios, se cuadró v lo saludó. Los soldados y los cadetes del colegio advertían que Gamboa era el único oficial del Leoncio Prado que contestaba militarmente el saludo de sus subordinados; los otros se limitaban a hacer una venia y a veces ni eso. Gamboa cruzó los brazos sobre el pecho y esperó que el corneta terminara de tocar la diana. Miró su reloj. En las puertas de las cuadras había algunos imaginarias. Los fue observando uno por uno: a medida que se encontraban frente a él, los cadetes se ponían en atención, se echaban encima la cristina y se arreglaban el pantalón y la corbata antes de llevarse la mano a la sien.

Luego daban media vuelta y desaparecían en el interior de las cuadras. El murmullo habitual ya había comenzado. Un momento después, apareció el suboficial Pezoa. Llegó corriendo.

— Buenos días, mi teniente.

— «Buenos días. ¿Qué ha ocurrido?

— Nada, mi teniente. ¿Por qué, mi teniente?

— Usted debe estar en el patio junto con el corneta. Su obligación es recorrer las cuadras y apurar a la gente. ¿No sabía?

— Sí, mi teniente.

— ¿Qué hace aquí, entonces? Vuele a las cuadras. Si dentro de siete minutos no está formado el año, lo hago responsable.

— Sí, mi teniente.

Pezoa echó a correr hacia las primeras secciones. Gamboa continuaba de pie en el centro del patio, miraba a ratos su reloj, sentía ese rumor macizo y vital que brotaba de todo el contorno del patio y convergía hacia él como los filamentos de la carpa de un circo hacia el mástil central. No necesitaba ir a las cuadras para palpar la furia de los cadetes por el sueño interrumpido, su exasperación por el plazo mínimo que tenían para hacer las camas y vestirse, la impaciencia y la excitación de aquellos que amaban disparar y jugar a la guerra y el disgusto de los perezosos que irían a revolcarse en el campo sin entusiasmo, por obligación, la subterránea alegría de todos los que, terminada la campaña, cruzarían el estadio para ducharse en los baños colectivos, volverían apresurados a ponerse el uniforme de paño azul y negro y saldrían a la calle.

A las cinco y siete minutos, Gamboa tocó un pitazo largo. En el acto sintió protestas y maldiciones, pero casi al mismo tiempo las puertas de las cuadras se abrían y los boquetes oscuros comenzaban a escupir una masa verdosa de cadetes que se empujaban unos a otros, se acomodaban los uniformes sin dejar de correr y con una sola mano, pues la otra iba en alto, sosteniendo el fusil, y en medio de groserías y empellones, las hileras de la formación surgían a su alrededor, ruidosamente, en el amanecer todavía impreciso de ese segundo sábado de octubre, igual hasta entonces a otros amaneceres, a otros sábados, a otros días de campaña. De pronto escuchó un golpe metálico fuerte y un carajo.

— Venga el que ha hecho caer ese fusil–gritó.