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7

Emília se ajustó con fuerza el pañuelo sobre el pelo. El campo árido que se extendía debajo de la montaña era caluroso y polvoriento. Se cruzaron con una recua de burros. Los animales llevaban latas de queroseno y cajas de jabones, tónicos para el cabello y otros productos envasados que provenían de Limociro. Niños descalzos corrían al lado del sendero, levantando polvo. Emília cerró los ojos.

El profesor Celio no le había escrito una nota. En el pasado, escribía algunas líneas sobre un papelito impreso arrancado del manual de Singer a modo de respuesta. Después de la clase, Emília se había quedado frente a la máquina de coser colocando la silla y quitando los hilos sueltos, mientras Luzia esperaba impaciente junto a la puerta. El profesor Celio permaneció detrás de su escritorio respondiendo a las preguntas de las otras estudiantes. Era por el pañuelo, concluyó Emília. Antes de copiar los modelos de Fon Fon, había llevado el negro pelo ondulado atado atrás con una cinta. Ahora parecía la esposa de un granjero. La próxima vez desobedecería a su tía. Se pondría los rulos con agua de goma para impedir que los rizos se aplastaran debajo del pañuelo, y se lo quitaría en cuanto entrara en el edificio de la Singer.

– Mira -dijo Luzia.

Emília no abrió los ojos. Durante el camino de vuelta a casa, Luzia siempre señalaba las mismas rocas -piedras tan desgastadas por la lluvia y el tiempo que se habían vuelto suaves y casi porosas-. La gente las había manchado recientemente con consignas políticas: «¡Vote a Celestino Gomes!». Luzia odiaba las pintadas. Emília desconocía de quién se trataba… Los políticos eran.gente extraña, figuras fantasmales cuyas voces estridentes se oían cada tanto en programas de radio o cuyos nombres estaban pintados sobre rocas o vallas, y eran promocionados por coroneles del lugar. Sólo los hombres que sabían leer y escribir podían votar. Los pocos que encajaban en este perfil en Taquaritinga rara vez entraban en contacto con una papeleta: el coronel Pereira las rellenaba por ellos como mejor le parecía. Luzia juraba que, si fuera hombre, jamás le daría su respaldo al candidato que estropeaba rocas con lemas. Emília la ignoró, le gustaban las rocas pintadas. Le daban una apariencia más fresca al color oxidado del yermo paisaje. Para Emília eran un elemento de civilización en medio de las agrietadas chozas de barro y los apriscos de cabras sólidamente ajustados, cuya repetición en el paisaje hasta el cansancio la hacía aferrarse a su pañuelo y luego a su estómago, en donde sentía una palpitación, un espasmo espantoso en sus entrañas que sólo podía identificar como repulsión.

– Mira -insistió Luzia.

El codo de su hermana se clavó en sus costillas. Emília abrió los ojos. Ya habían pasado las rocas pintadas. Cuatro figuras bloqueaban el camino.

– ¡So! -gritó su viejo acompañante. Sostuvo las riendas de las mulas con una mano, y palpó debajo del borde de su camisa con la otra, dejando ver una funda ajada de cuchillo. Había robos en los caminos, grupos de cangaceiros o incluso bandidos solitarios se llevaban a veces mercancía y dinero. Alguna gente del pueblo vivía con temor a los cangaceiros, aunque Taquaritinga no había sido atacada en el transcurso de la breve vida de Emília. Doña Ester, la esposa del barbero, insistía en que los cangaceiros no eran héroes, como algunos aseguraban, sino vándalos y asesinos de la peor calaña. Los trovadores, que pasaban por el pueblo llevando trajes raídos y acarreando violas lustrosas, cantaban la crueldad de los cangaceiros: cómo incendiaban pueblos hasta los cimientos, mataban familias enteras, masacraban el ganado. Inmediatamente después, esos mismos hombres cantaban la misericordia y generosidad de los cangaceiros: cómo los agradecidos arrojaban monedas de oro y dejaban cajas con tesoros a los anfitriones generosos.

Doña Teresa, una anciana que vendía gallinas y palillos de canela en el mercado de los sábados, creía que los cangaceiros eran tan sólo peones pobres que se habían hartado de las mezquinas guerras por cuestiones territoriales. El sobrino de la mujer -un muchacho dulce, según insistía ella- se había transformado en cangaceiro para vengar la muerte de su amada a manos de un coronel enemigo. Esto era habitual. Había tres tipos de cangaceiros: aquellos que se unían por venganza, aquellos que se unían para escapar de la venganza y aquellos que eran simples ladrones. Emília creía que los dos primeros tipos terminaban perteneciendo al tercer tipo con el tiempo; no podían vivir escarbando entre los matorrales como animales. De todas formas, en su círculo la venganza era sagrada. Era un deber, un honor. Hasta quienes temían a los cangaceiros como ladrones los respetaban como hombres.

– Los cangaceiros no agachan la cabeza ante nadie. -Zé Muela, un tendero, susurraba esto a menudo cuando estaba seguro de que el coronel Pereira se encontraba lejos de su tienda-. Se ocupan de sus asuntos. No cruzan las piernas como las mujeres.

Algunas de las niñas con las que Emília había asistido al colegio creían que los cangaceiros eran románticos, hasta apuestos. Emília estaba en desacuerdo. Cualquiera que fuese su motivación, los cangaceiros eran los mismos peones que ella detestaba, pero peores. Las armas y el prestigio los habían envalentonado. Para Emília eran como una manada de perros salvajes que merodeaba por Taquaritinga todas las noches. Antaño dóciles, se habían vuelto salvajes y rabiosos, y robaban gallinas, partían el pescuezo a las cabritas, acechaban cabizbajos el pueblo con sus cuerpos ensangrentados y su hedor infame. Eran chuchos impredecibles, ingratos, que se traicionarían entre ellos si se presentaba la ocasión.

Algunos de sus vecinos sentían piedad y alimentaban a los perros. Emília prefería guardar distancia.

A medida que las mulas redujeron el paso, aquellos hombres se acercaron. Llevaban sombreros de cuero de ala ancha y uniforme verde. Los colores del paisaje eran tan sombríos que los uniformes, por contraste, lucían vibrantes, vivos. El viejo acompañante retiró la mano de la funda del cuchillo.

– Un control -murmuró-. Son soldados.

Emília sólo había visto una vez a un soldado, durante una visita a Caruaru, donde Luzia y ella observaron a un grupo de ellos bebiendo cerveza y silbando a las mujeres. Caruaru era la metrópoli más grande en el interior del estado, pero incluso allí era raro hallar verdaderos oficiales de la ley. El coronel Pereira se quejaba de su actual gobernador, quien, decía, había sobornado a los muchachos pobres en la ciudad, les había dado armas antiguas y proclamando soldados y los había enviado a puestos en el interior. Allí, eran más los problemas que ocasionaban los soldados que el bien que hacían. Eran bulliciosos a veces, despiadados en ocasiones, tan ingobernables y crueles como una banda de cangaceiros.

Las mulas se detuvieron. Luzia se enderezó. Emília se aferró a su pañuelo. El soldado tenía un rifle de grueso calibre que le cruzaba el pecho, listo para disparar; estaba raspado, y la culata era de madera rota. Los otros soldados no tenían armas, pero estaban en guardia con las piernas separadas, bloqueando el paso de la mula. El soldado armado examinó a Emília y Luzia.

– ¿El motivo de su visita? -preguntó.

– Clases de costura -respondió Luzia.

El soldado asintió.

– ¿Sin carabina?

– Yo soy la carabina -respondió el viejo, quitándose el sombrero-. Trabajo para el coronel Carlos Pereira.

El soldado sacudió la cabeza.

– ¿Y de dónde es este coronel? Hay tantos por aquí que me cuesta llevar la cuenta. -Los demás soldados se echaron a reír.

El viejo estaba horrorizado.

– Está a cargo de las tierras que van desde esa montaña -señaló delante de ellos, hacia la sombra azul que se veía en la distancia- hasta el otro lado. Taquaritinga y Frei Miguelinho. Está a cargo de todo.

– Tal vez sea el dueño -dijo el soldado, poniéndose bruscamente serio-, pero quien las gobierna es la ley. El estado de Pernambuco las gobierna.

El viejo miró hacia abajo y asintió. Emília sintió una oleada de irritación. Si hubieran venido en el Ford del coronel, ¿habrían sido reprendidos de ese modo? Si hubiera tenido al profesor Celio de compañía en lugar de ese viejo peón, ¿las habrían molestado?

– Está bien -dijo el soldado al tiempo que señalaba el camino con el rifle-. Sigan adelante. Pero permanezcan alerta. El Halcón anda cerca.

El viejo se quedó helado durante un instante, con el sombrero enrollado con fuerza en las manos, y luego dio las gracias a los soldados. Tomó las riendas de las mulas y azuzó a los animales para que se movieran. Emília sintió un escalofrío. Se aferró con fuerza a la montura.

Todo el mundo conocía su historia. A los 18 años, el Halcón se había convertido en cangaceiro cuando mató al famoso coronel Bartolomeu de Serra Negra en su propio estudio; tras esquivar a los capangas del coronel, lo había destripado con su propio abrecartas. Más adelante, los ciudadanos de Río Branco le pusieron el mote de «Halcón» después de que saqueara su pueblo, donde extirpó los ojos de sus víctimas con la punta del cuchillo. Había un pájaro en el llano árido por debajo de Taquaritinga -el caracará-, un tipo de halcón que se lanzaba en picado y se comía los ojos y las lenguas de los cabritos y los terneros. Tía Sofía, como muchas de las madres del pueblo, empleaba el miedo al halcón para evitar que Emília y Luzia se alejaran demasiado de la casa.

«El caracará -solía cantar tía Sofía con su grave voz ronca- busca a los niños que no son listos. ¡Cuando los pilla solos, les saca los ojos!».

Se decía que el Halcón usaba una colección de globos oculares disecados de sus víctimas a modo de collar. Se decía que era enorme, de pelo rubio y ojos azules, como un antiguo soldado holandés. Algunos decían que era fornido, bajo y oscuro como un indígena. Otros decían que era el diablo en persona. El padre Otto intentó disipar este mito en particular. El demonio, advertía, no aparecería bajo una apariencia tan obvia.

– Satán no es un bandido -decía el sacerdote-. Es un embaucador, un encantador de serpientes. No lleva armas, sino regalos, haciéndonos confundir sombras con sustancia, el reino del cielo por los placeres de la tierra.

Emília se movió en su montura y miró fijamente a los soldados, compadeciéndolos de pronto, con sus lustrosos uniformes y su rifle antiguo. Presa fácil. Miró a Luzia, erguida sobre la mula a su lado. Su hermana levantó el brazo gramola. El hueso del codo rígido sobresalía formando un ángulo extraño. Ahuecó la mano sobre sus oscuras cejas y fijó la mirada en el horizonte.