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4

Conformaban una extraña procesión: un muchacho cangaceiro acarreando sobre el hombro la antigua máquina de coser de tía Sofía; tres mujeres cogidas de la mano, con las cabezas inclinadas, los labios pronunciando oraciones; y el hombre orejudo caminando detrás, con la mano sobre el rifle y los ojos revoloteando en todas las direcciones. Las calles del pueblo estaban vacías, pero Luzia vio rostros que miraban furtivamente desde los postigos cerrados y entre las grietas de las puertas.

Cuando llegaron a la plaza, Luzia oyó un zumbido, como si un enjambre de abejas estuviera volando en círculos. Desplomados contra los troncos retorcidos de los exuberantes árboles estaban los dos soldados con uniforme y los capangas del coronel, a quienes les habían quitado las botas negras y los sombreros de cuero. Sin las botas, sus pies se veían suaves y blancos, como los de los bebés. Estaban maniatados, de espaldas, contra los árboles, con las cabezas ladeadas, como si estuvieran susurrándose cosas entre ellos. Las moscas se acumulaban en sus bocas abiertas, sus ojos, sus estómagos. Los insectos se movían como una gran masa iridiscente, y los cuerpos parecían contraerse con espasmos. Debajo de los hombres, cayendo desde sus pálidos pies, había charcos oscuros.

– Mirad para otro lado -ordenó tía Sofía. Emília obedeció, tapándose los ojos. Luzia, no.

Ya había visto sangre, había matado pavos y gallinas. Toda su vida había presenciado la matanza de los sábados por la mañana cerca del mercado del pueblo: el ganado colgado de dos postes de madera, con los cuartos traseros expuestos al aire y los cuellos torcidos bajo el peso de sus propios cuerpos. Los hijos del carnicero los despellejaban de la cola a la cabeza, cortando el cuero en tajadas con sus cuchillos, mientras los perros callejeros olfateaban y lamían la sangre, que chorreaba por las bocas abiertas de las reses y se mezclaba con el polvo. Una vez también había visto el cuerpo inmóvil de un delincuente en la plaza del pueblo, con el rostro y el pecho blancos a causa de la cal viva que el coronel había ordenado que le echaran al cadáver. Pero Luzia jamás había visto desangrarse a un hombre. Tuvo el deseo de tocar la sangre de los soldados para ver si seguía caliente. Luego una náusea terrible se apoderó de ella. Gramola se tapó la boca y se aferró a la mano de Emília.

El coronel Pereira tenía aspecto cansado. Estaba de pie junto al portón. Sus capangas habían sido reemplazados por dos cangaceiros que apoyaban sus pies calzados con sandalias sobre la pared blanca del coronel, ensuciándola. Los hombres se acababan de asear, el fétido hedor de antes había desaparecido y el pelo mojado empapaba la parte de atrás de sus túnicas y manchaba las correas de cuero de sus cantimploras, que se cruzaban sobre el pecho. Los cangaceiros miraron a Emília, y ésta cruzó los brazos sobre el pecho. Luzia se acercó a su hermana. Uno de los hombres se metió los dedos en la boca. Dejó escapar un silbido tan agudo y fuerte que Luzia se sobresaltó. Otros dos cangaceiros aparecieron en la puerta. Los hombres tomaron posesión de la máquina de coser y se dirigieron hacia la casa.

– Han prometido que serían respetuosos, Sofía -susurró el coronel-. Sólo desean ropa nueva.

Tía Sofía asintió. No le sacó los ojos al coronel, aunque en ese momento no le habría importado hacerlo.

– Mis sobrinas aún no son mujeres, coronel -dijo-. Siguen siendo doncellas. No permitiré que se vayan de aquí en otras condiciones.

– Yo no controlo a los hombres, Sofía -dijo el coronel, sacudiendo la cabeza-. Pero me han dado su palabra.

– ¿Usted confía en la palabra de un cangaceiro? -preguntó tía Sofía, con tono severo-. Yo, no.

El coronel se enderezó. Cogió la mano de Sofía.

– Entonces confíe en la mía. No importa lo que suceda a este lado de las verjas; fuera, sus hijas conservarán su honor.

Luzia apoyó la mano sobre la espalda de Emília, para calmarla. Su hermana respiraba de forma agitada, y su rostro se volvió amarillento y opaco, como un plátano maduro. Luzia adivinó los temores de Emília, porque eran los suyos propios; una doncella se volvía mujer la primera noche junio a su esposo, nunca antes. O en el caso de Luzia, si el matrimonio no era posible, debía vivir y morir doncella, con el honor siempre intacto. A las jóvenes que se entregaban sin matrimonio de por medio se las consideraba perdidas, arruinadas, como un vestido manchado o una tarta quemada. Luzia cogió la mano húmeda de Emília, sin saber si el sudor era de su hermana o propio. Si los cangaceiros no cumplían con su palabra, el coronel sólo protegería la reputación de ellas. De repente, Luzia odió al coronel. Odió su bigote recortado con esmero y su cabello engominado, de color gris. Odió su parsimonia.

– Nuestro honor no se encuentra debajo de nuestros estómagos -dijo Luzia, con la voz temblorosa.

Emília tosió. El coronel enrojeció y miró fijamente a tía Sofía, como si esperara que increpase a Emília. Como su tía permaneció en silencio, el coronel se volvió y las alejó de la verja.

El jardín del coronel estaba lleno de hombres acampados en todos los lugares sombreados. Tres de ellos se balanceaban sobre la hamaca del porche, cuya tela estaba muy tensa bajo su peso. Seis estaban despatarrados sobre el césped, cerca del árbol de aguacate del coronel, y fumaban gruesos cigarrillos. Parecían aturdidos por el tabaco. Dos hombres se limpiaban las sandalias sobre los escalones del porche. Había huesos de gallina esparcidos a su alrededor, minuciosamente descarnados y relucientes de grasa y saliva. A Luzia le parecieron un enjambre de extraños insectos de color blanco, cigarras albinas listas para levantar el vuelo.

Tía Sofía lanzó un grito ahogado. Dos jóvenes cangaceiros, desnudos y cubiertos de jabón, corrieron desde las dependencias del servicio detrás de la casa, salpicándose con agua de grandes cubos de metal. Tenían el cuerpo de color café con leche, pero sus manos y rostros eran tan oscuros como el cuero curtido. Parecían llevar máscaras y guantes.

– ¡Santo cielo! -gritó tía Sofía. Intentó taparle los ojos a Luzia, pero no pudo alcanzarla. Sí pudo plantar sus manos de grandes nudillos sobre los de Emília.

– Lo siento -dijo el coronel-. Se niegan a bañarse en la casa. Insisten en hacerlo cerca del lavadero. Han ordenado a mis criadas que les laven sus hediondas prendas interiores en el fregadero de la cocina.

– Cerdos -masculló tía Sofía.

– No sé qué le diré a mi esposa cuando regrese. -El coronel se frotó los ojos-. Gracias a Dios que no está Felipe.

Felipe, el único hijo del coronel, estudiaba Derecho en la Universidad Federal, en Recife. El coronel había permitido que se mudara a la capital con la condición de que más adelante regresara y se hiciera cargo de la hacienda. Sin manifestarlo abiertamente, la mayoría de la gente dudaba de que Felipe regresara alguna vez. Era un joven apuesto, con la cara llena de pecas, diez años mayor que Luzia. Se engominaba el cabello y llevaba un bastón en lugar de un cuchillo peixeira. A diferencia de los hijos de otros coroneles, Felipe jamás había deshonrado a una muchacha del pueblo; su padre no estaba obligado a pagarle una asignación mensual a ninguna familia para criar a sus hijos bastardos. Luzia había oído por casualidad al coronel cuando confesó nostálgicamente que, en su juventud, su propio padre había tenido que regalar dos cabras por año para reparar las aventuras de su hijo. Pero Felipe estaba lejos de ser un donjuán, comentaba el coronel suspirando, como si su hijo hubiera renunciado a su prerrogativa de primogénito. La gente del pueblo también se ofendía por el desinterés que manifestaba Felipe por sus hijas. Le llamaban en secreto Ojos de Cerdo, por sus pálidas pestañas e iris de color castaño. Felipe era un jinete entusiasta, y en las raras ocasiones en que visitaba Taquaritinga se pasaba los días montando su preciada yegua, o meciéndose en la hamaca durante horas en el porche, observando la calle. Pero jamás ponía un pie en ella. Mucho antes de que se marchara a la escuela de leyes, Emília había intentado captar la atención de Felipe. Cada vez que entregaban un trabajo de costura en la casa del coronel, intentaba conversar con él, pero el joven ponía los ojos en blanco y apartaba la mirada. Luzia lo consideraba un impertinente absoluto. Se sentía decepcionada de que Ojos de Cerdo no estuviera allí para presenciar la visita de los cangaceiros.

Desde el porche del coronel se escuchó otro silbido, más agudo y melódico.

– Nos llama -dijo el coronel, y las invitó a subir las escaleras.

El hombre con la cara surcada por la enorme cicatriz estaba sentado delante de una pequeña mesa de caoba, con la cara parcialmente cubierta con espuma de afeitar. Su largo y oscuro cabello es taba mojado, atado detrás del cuello con un pedazo de cordel. El alto mulato, a quien Luzia reconoció por haberlo visto en la montaña, sostenía un espejo delante de la cara marcada. Una palangana de porcelana y una jarra de agua descansaban sobre la mesa, al lado de una harapienta bolsa de cuero. Sobre la bolsa se alineaban una cuchilla de afeitar de oro, un cortaúñas, también de oro, y unas pequeñas tijeras de oro. El hombre remojó la dorada cuchilla de afeitar y se la pasó por la cara. Ahora que tenía el pelo recogido hacia atrás, Luzia pudo ver mejor el recorrido de la cicatriz. Se desplazaba desde la boca hasta la oreja, donde se volvía más pálida y delgada.

El coronel carraspeó.

– Aquí están las costureras. Esta es doña Sofía y éstas son sus sobrinas, Emília y Gramola.

El hombre continuó afeitándose. Llevaba una túnica de algodón sucia por fuera del pantalón. Los pies estaban descalzos y tenían gruesos callos. Sus dedos emergían como los brotes de patatas viejas, almacenadas demasiado tiempo en la despensa. Miró fijamente el espejo, pero no observó su reflejo sino a los invitados que tenía detrás. Examinó a Luzia con rapidez. Ella sintió alivio, pero por debajo, como la molestia que provoca una astilla, también decepción. No pudo advertir si realmente se había olvidado de ella o si estaba fingiendo, y no sabía cuál de las dos posibilidades la molestaba más. Dio algunos golpecitos con la cuchilla de afeitar sobre el lavamanos de porcelana, como exhortando a sus invitados a prestar atención.

– Mis hombres necesitan camisetas nuevas -dijo-. Chaquetas y pantalones nuevos.

A continuación, pasó a explicar que había rollos de tela en la casa y suficiente cantidad de hilo, pero Luzia apenas escuchó. Mientras hablaba, se afeitaba, y lo observó mientras manejaba la cuchilla con cuidado alrededor de la gruesa cicatriz, como si aún le doliera. «Mis hombres», había dicho, y, a medida que su rostro emergió de entre la espuma de afeitar, Luzia comprendió que él era el líder. Él era el Halcón.

– Necesitamos la ropa de todo el mundo -anunció tía Sofía-. Para calcarla.

– Muy bien -dijo el Halcón-. Entonces esta tarde mis hombres irán desnudos.

– ¡Cielo santo! -exclamó tía Sofía, aferrándose con fuerza a su rosario-. No necesitamos la ropa. Les tomaremos medidas a todos.

– Por supuesto. -El Halcón rió, levantando el mentón y afeitándose debajo el cuello moreno-. Por eso la he mandado llamar.