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El vestido estuvo listo a tiempo para el velatorio. Tía Sofía descansaba sobre el suelo, acostada sobre la blanca hamaca fúnebre que Emília había extendido debajo de ella. Era un préstamo del coronel y estaba destinada a ser usada en su propio funeral cuando llegara el momento. La lona era suave y resistente, ribeteada con un fleco exquisitamente bordado, que se arrastró por el suelo cuando levantaron la hamaca. De acuerdo con las costumbres, los pies de tía Sofía estaban descalzos y apuntaban hacia la puerta, para que su alma pudiera salir fácilmente de la casa. Emília colocó montones de dalias alrededor de su tía, y doña Chaves salpicó el cuerpo con un frasco entero de una intensa agua de colonia. A pesar de las dos bolitas de algodón en los agujeros de su nariz, el rostro de tía Sofía había quedado fijado en una mirada severa, con los labios apretados, como si no aprobara el perfume con que la habían rociado.

El traje fúnebre tenía un aspecto elegante; Emília estaba orgullosa de su trabajo.

– ¿Acaso no está espléndida? -susurraban los presentes arrodillándose al lado del cuerpo. Nadie la llamó «Sofía», porque si los muertos oían su nombre, permanecían en el mundo de los vivos, pues pensaban que aún los necesitaban.

A la mañana siguiente, un grupo de hombres levantaría la hamaca en la que se hallaba envuelta tía Sofía y la llevaría a la misa del padre Otto y luego a enterrarla. Hasta ese momento, Emília debía saludar a quienes venían a presentar sus respetos. Era la víspera de San Juan, un momento inoportuno para un velatorio. La gente quería celebrar la fecha, lanzar fuegos artificiales, encender hogueras con sus familias y ver a sus hijos bailar en la charanga local. Tía Sofía siempre había disfrutado del alboroto de ese día. Todos los años,

Luzia, Emília y ella dedicaban una semana a fabricar un globo de papel con ramas secas y trocitos de papeles de colores. En la víspera de San Juan, encendían el pequeño bote de queroseno dentro del globo y lo lanzaban al viento para rendir homenaje al santo. Juntas observaban el suave ascenso del globo al cielo nocturno. Primero ardía el papel y luego la madera, hasta que todo el artilugio estallaba en llamas y descendía en picado, como un cometa que caía a la Tierra. Ese año no habría globo de papel. Sólo un entierro.

El humo saturaba la casa. La mesa de costura y los alféizares de las ventanas estaban abarrotados de velas. El coronel había colocado cuatro candelabros de bronce -tan altos como Emília- alrededor de tía Sofía. No había escatimado gastos. Después de todo, era culpa suya. Emília sabía que había otros tan culpables como él: los cangaceiros que se habían llevado a su hermana, el aire frío de la noche y la lluvia. Pero el coronel pudo haberlo evitado. Pudo haber llamado a sus peones y a sus vaqueiros para ir tras su hermana. Pudo haber ido a buscar a un doctor como Dios manda para que se ocupase de su tía. Cada vez que Emília veía su cuerpo encorvado o los ojos que rehusaban encontrarse con los suyos, percibía el remordimiento del coronel y lo culpaba aún más.

Los asistentes al velatorio entraron en la casa uno a uno; saludaban a Emília y luego se congregaban alrededor de tía Sofía. Xavier, el tendero, levantó la mano de Emília de la caja de tío Tirso, posada sobre las rodillas, y la apretó entre las suyas.

– Si necesitas alguna cosa -dijo-, no dudes en pedirlo. Lo cargaré en tu cuenta.

Sus ojos recorrieron la casa. No hallaría nada, pensó Emília. Ninguno lo haría. Su casa se había transformado en una curiosidad -un lugar que los cangaceiros habían invadido, llevándose a la pobre Gramola-, y los asistentes al duelo buscaban signos de trifulca. Pero no los había. Ya antes de que muriera tía Sofía, la gente insistió en guardar luto por Luzia, y aconsejaban a Emília y a su tía que encargaran una misa y cubrieran el antiguo retrato de comunión -la única foto de Luzia- con un trapo negro. Ahora que tía Sofía había fallecido, insistieron todavía más. Emília se negaba a oírlos. Había dejado el retrato de comunión sobre la pared. Usó el baúl que empleaban para guardar la ropa como una barricada para impedir que los curiosos entraran en su habitación. Cortó el paso a la entrada del armario de los santos de Luzia con una silla de cocina.

Hacía calor en el salón, con toda la gente reunida. Un grupo de mujeres repetía avemarías, hasta que Emília se sintió adormecida por las voces. Fuera, el relincho de los caballos atravesó los cánticos. Habían llegado doña Conceição y el coronel.

Cuando la tía Sofía cayó enferma, doña Conceição envió una caja de jabones para manifestar su solidaridad. Eran pastillas redondas y perfumadas, envueltas individualmente en papel de seda de color pastel. Emília no las había usado nunca. Sin embargo, las colocó alrededor de tía Sofía, entre sus dalias y los cuencos de agua con limones. Doña Conceição sostenía en la mano enguantada un pañuelo y llevaba un sombrero con un velo de encaje negro. Unas semanas antes, Emília habría pensado que era el epítome de la elegancia, pero ahora su buen gusto le parecía ridículo, hasta insensible. Doña Conceição se levantó el velo.

– Querida mía -dijo, tomando el rostro de Emília en sus manos enguantadas-, ¿qué puedo hacer para ayudarte?

Los asistentes al velatorio callaron. Los rezos bajaron el tono y se convirtieron en susurros. Todos esperaban que Emília manifestara agradecimiento a su patrona; que le rogara a doña Conceição que no dejara de brindarle ayuda.

– Queda una clase de costura -respondió Emília. Los ojos de doña Conceição se agrandaron-. Es la última clase -dijo Emília-. No me la puedo perder.

Doña Conceição se apartó súbitamente, retirando las manos del rostro de Emília. Se cubrió de nuevo con el velo.

– Sí -dijo-, por supuesto. Te enviaré a un acompañante.

Emília se había perdido las lecciones de mayo y junio. No iba desde que Luzia había sido secuestrada y su tía había enfermado. Pidió a su anciano acompañante habitual que hablara al profesor Celio de las dificultades de su familia, y que le dijera que no se perdería la última clase. La lección sería una semana después y Emília estaba preparada. Cuando terminó el vestido fúnebre de tía Sofía, la joven hizo una visita a la tienda de Xavier y puso todos sus ahorros -una pequeña fortuna- sobre el mostrador. Señaló una maleta de tela. Era verde y tenía un asa de marfil y rebordes metálicos. Volvió caminando a su casa con el vestido fúnebre en una mano y la maleta en la otra. Por supuesto que hubo murmuraciones, pero Emília las soportó. No pensaba huir con el profesor Celio llevando un hato vulgar a la espalda, como una pordiosera. Ella, Emília do Santos, estaba lejos de ser una tosca campesina.

Le había regalado a Luzia su vieja maleta -de cuero gastado y agrietada- la noche que su hermana se marchó con los cangaceiros. Después, Emília no pudo pensar en otra cosa que en comprar una nueva maleta. Durante los días posteriores a la partida de los cangaceiros, el padre Otto dirigió un grupo de búsqueda. Todo el mundo esperaba por aquel entonces que regresara con un cadáver. Cuando volvió sin haber encontrado nada, hasta el coronel quedó perplejo. Los cangaceiros tenían fama de actuar de manera imprevista: algunas veces robaban provisiones, otras las compraban; a algunas personas las mataban, a otras sólo las castigaban; a algunas mujeres les robaban el honor, a otras no las tocaban siquiera. Pero jamás habían oído que se llevaran a una mujer y se quedaran con ella.

El pueblo quiso que se difundiera la noticia del rapto de Luzia y de las muertes de los dos soldados. El coronel envió un telegrama a la costa. Los cadáveres permanecieron en la plaza, cubiertos con cal viva, como prueba de lo ocurrido. Pero la capital no respondió. No apareció ningún regimiento. Taquaritinga era una población demasiado pequeña y lejana para darle semejante importancia. Iban a tener que protegerse ellos mismos.

Enterraron los cadáveres. El padre Otto dirigió numerosas oraciones colectivas por Luzia, rezando novenas que duraban nueve días y nueve noches, y luego empezaban de nuevo. Si Emília cabeceaba de sueño, si sus ojos se cerraban o el cuello se ladeaba durante la oración general, tía Sofía la espabilaba a codazos y proseguía. Las rodillas de Emília sufrieron. El cuello se le entumeció. Cuando llegó el momento en que empeoró la fiebre de tía Sofía, apenas se podía arrodillar.

Emília no descansaba de noche. Dormía en una silla al lado de la cama de tía Sofía, para calmar sus ataques de tos. Lo prefería a dormir en su propia cama, en donde se despertaba sobresaltada y desconcertada por el espacio vacío a su latió. ¿Se había levantado Luzia al excusado o a buscar un vaso de agua? Entonces se le aclaraba la mente y sentía un dolor intenso y profundo en el pecho, como una quemazón que salía desde dentro. Luzia ya no estaba. Se lo decía su cuerpo, pero su mente no lo aceptaba. Cada vez que Emília cocinaba o barría, veía moverse algo con el rabillo del ojo y pensaba que podía ser su hermana, que doblaba una esquina de la casa, volvía de rezar ante su armario de los santos o regresaba de su caminata matinal. Emília siempre se decepcionaba cuando se daba cuenta de que lo que se movía era en realidad su propia sombra, una polilla o una lagartija de vientre blanquecino que se escurría tras un mosquito. Incluso después de que pasara el mes de mayo, cuando menguaron las oraciones, cuando se deterioró la salud de tía Sofía y Emília sacó la caja de huesos de su lugar debajo de la cama de la tía, siguió creyendo en el regreso de su hermana. Le quitaba el polvo al altar de los santos de Luzia; sacaba al sol todas las semanas el bordado inacabado de su hermana, para protegerlo del moho y las polillas.

Cuando doña Conceição se marchó, los deudos permanecieron en silencio. Clavaron sus miradas en Emília por encima de sus manos entrelazadas y sus rosarios de cuentas. Las viudas podían vivir solas, protegidas por la memoria de sus esposos difuntos. Y los hombres huérfanos podían hacer lo que se les antojara. Pero una joven soltera, una muchacha atractiva, sin familia o patrimonio a su nombre, era algo raro y peligroso, que se prestaba a las habladurías. Emília no dio a conocer sus intenciones. No le habló a nadie de sus planes, razón por la cual los asistentes al velatorio la miraron, observándola desde detrás de sus negras mantillas y por debajo de sus gorras de cuero, esperando ver un indicio. El rostro de Emília permaneció impasible, sereno. Se puso de pie, se echó a tío Tirso bajo el brazo y salió de la habitación.

La gente hablaba sobre la caja de madera. Decían que era una prueba de que Emília no estaba en sus cabales. La llevaba con ella cada vez que salía de la casa. La trasladaba a la cocina cuando preparaba sus comidas. Para Emília, la caja de madera era una prueba de que no estaba sola. Aún tenía a su tío Tirso, y su presencia la consolaba.

La mayoría de los presentes se reunieron en la sala de estar, pero algunos necesitaban un vaso de agua o una rodaja de la empalagosa tarta macaxeira para soportar todo el velatorio. Esos dolientes se abrieron paso rápidamente hasta la cocina, y se fueron al lado del fogón apagado y alrededor de la mesa de la cocina. Intentaron hablar en voz baja, pero Emília los escuchó desde el pasillo. Se colocó al lado de la puerta de la cocina, manteniendo el cuerpo apartado de la entrada, y contuvo la respiración, como lo había hecho tantas veces cuando espiaba a sus antiguos pretendientes.

– Pobrecita -susurró una mujer.

– Necesita ser fuerte -interrumpió doña Chaves; Emília la reconoció por la voz nasal-. Esa muchacha nació con demasiadas pretensiones… Siempre es tan estirada… y Sofía se lo fomentaba. Ahora tendrá que casarse con un muchacho de Taquaritinga, le guste o no.

– Me refería a su hermana.

– Ah -suspiró doña Chaves-. Por supuesto. ¡La pobre Gramola! Pues sí, sólo Dios sabe lo que le habrán hecho.

– Debería sentirse avergonzado -intervino el señor Chaves-. El coronel Pontes jamás lo habría permitido en Caruaru.

– Eso es porque el coronel Pontes no lo tuvo todo servido en bandeja -respondió otro hombre más viejo. Emília no pudo identificar su voz aguardentosa-. De niño, ni siquiera tenía un palo para pegarle a un perro. Sabe lo que significa luchar por algo.

– Para empezar, si el coronel Pereira tuviera agallas, no habrían venido aquí.

– Sí, pero si fuera su hija, ya habrían encontrado el cuerpo. Sería enterrada como corresponde.

El anciano emitió un gruñido.

– Si hubiera sido mi hija, le habría pegado un tiro delante de esos bastardos. Prefiero que una hija mía esté muerta a que se la lleve una horda de hombres degenerados.

Emília entró en la cocina. Los dolientes se callaron. Puso la caja de tío Tirso en el centro de la mesa. Ni doña Chaves ni los demás miraron a Emília, sino que mantuvieron la vista fija en la caja. Lentamente, uno por uno, salieron de la cocina. Emília se sentó. Se sirvió un vaso de agua y cortó una porción de tarta. Oyó voces que llegaban desde la sala. No era el monótono zumbido de las oraciones, sino un cuchicheo rápido de voces que se superponían unas sobre otras. La muchacha las ignoró.

Más tarde, cuando el cielo se oscureció y los asistentes al duelo por tía Sofía se marcharon para encender sus hogueras de San Juan y comer sus mazorcas de maíz a la parrilla, sólo permanecieron Emília y tío Tirso. Mientras dormitaba desplomada sobre una silla al lado del cadáver de su tía hasta que la despertó el fragor de los fuegos artificiales y le recordó que debía levantarse para encender más velas, su tío Tirso seguía allí, como una presencia constante, en la caja, junto a sus pies.